La ambición es una virtud, y el hombre era ambicioso por naturaleza.

Terry McGee finalizó el turno de la tarde y se limpió la frente con el dorso de la mano, como era la costumbre. La puesta del sol había transformado las estructuras de la feria y los riscos de la zona en irregulares figuras a contraluz, volcadas y mezcladas entre sí en una batalla estática, plasmada en la eternidad del tiempo. Muy pronto el cielo terminaría de apagarse, el firmamento se haría presente, y llegaría la hora de seguir vaciando las cajas de Mariboro en la intemperie lúgubre, o continuar adornando el atestado cesto de basura con botellas de Johnnie Walker. Y cuando el momento lo ameritaba, obsequiarse a sí mismo algo mejor y prohibido.

La vida en la feria no era tan gris como se aparentaba. La rutina consistía en levantarse a las once de la mañana, hundir la resaca con agua y una buena ducha, comer algo e ir a ocuparse de las monstruosidades mecánicas que ofrecía el trabajo hasta que el sol se ocultara y los grillos gritaran. Su estación preferida era el verano, porque no tenía que ponerse ochenta abrigos encima para dormir por las noches. Lo molesto era tener que limpiar y aromatizar su hogar cuando tenía visitas. Además, en verano venía más gente.

Por lo general, este lugar no es tan visitado durante el resto del año, con algunas excepciones. Una de ellas fue la última noche de Halloween, celebrada tres semanas atrás. Mondo A-Go Go se preparaba para repartir promociones y abrir las puertas a la marea de adolescentes y acogerlos hasta casi las nueve de la noche, de manera que ellos usaran la feria como punto de encuentro y calentamiento antes de ir a sus respectivas fiestas. Había algunas fiestas a menor distancia de allí, pero fue sin duda la de Peach Creek la que terminó por absorber todo el caudal adolescente. Los riquillos de Lemon Brook amanecieron verdes de la envidia.

La marea de gente por día era espectacular cuando recién había llegado ahí luego de ser desterrado de Peach Creek, y continuó así hasta hace algunos pocos años, cuando un platudo ingles con ínfulas de grandeza llamado Freddie Lockhart tuvo la brillante idea de ofrecer su propio castillo como anfitrión, arrastrando a toda la juventud del condado hacia su colosal mansión. Por lo que había averiguado a través de sus amigos, este vivía a solo un kilómetro del callejón donde el había crecido. Según rumores de sus contactos más oscuros, el extranjero había desembarcado en América con su familia hace no más de tres años, que fueron suficientes para ganarse todo el respeto no solo del pueblo, sino de gran parte del estado de Washington. Malditos británicos.

Desde entonces, la feria ha ido de mal en peor. Era común pasear por los asfaltados caminos que surcaban Mondo A-Go Go de punta a punta y ver cada semana más tiendas cerradas. Casi parecía los restos de lo que alguna vez fue la principal atracción de la bahía. Eso fue lo que pensó Terry mientras abría la puerta de su hogar e ingresaba dispuesto a descansar y tratar de olvidar su larga lista de obligaciones y favores a pagar.

La mujer de anoche se encontraba desplomada a un lado de la incomodidad del sofá. Era un lugar muy raro para dormir, y una posición muy rara para recostarse siquiera. El sofá era una mierda, y él no veía la hora de que pasara el vendedor de muebles usados por gente de clase alta para conseguir algo mejor. Sin embargo, ella también podría haberse ido a la cama a dormir. Terrence lo comprendió mejor cuando vio en la mesita de luz frente al sofá los restos de su tesoro. Si había algo que no podía tolerar de estas perras era que tocaran sus cosas sin permiso. Incluso una vez se le había ido la mano con una de ellas.

Estaba apenas consumido, lo cual fue extraño en parte. Se inclinó para escudriñarla mejor; ella descansaba boca abajo. La tomó de los hombros y le dio vuelta con brusquedad. El cabello negro enmarañado cubría todo su rostro, pero debajo de este el hombre alcanzó a ver una sustancia extraña, mezclada con otra roja.

Terrence la examinó mejor. Estaba entumecida y fría. No tuvo que tomar su pulso para saber qué ella se había ido hace algunas horas.

Mal día y mal lugar para morirte, pensó él. De cualquier manera, el día no había acabado. Estaba muy lejos de acabar. Y si no se movía ahora mismo, probablemente iría a terminar muy mal.

Unos minutos después de ingresar, salió cargando en su hombro un tapete viejo, enrollando el cuerpo de la mujer que había llevado a su casa la noche anterior. La llevó hasta el viejo y noble Ford Ranger que lo había acompañado desde que se hizo expulsar de la escuela y de la ciudad. Abrió el maletero y la arrojó adentro como si se tratara de un costal de patatas, sin tener el más mínimo cuidado.

Encendió el pedazo de chatarra, abrió las ventanillas manuales para dejar escapar el hedor a tabaco, y condujo por la lúgubre ruta por varias horas. La noche aún era joven. Encendió la radio y colocó su estación favorita, todo mientras encendía su pipa y se la metía a la boca. Esa era la noche que le había preparado el destino. Con él manejando en la ruta con un cadáver en el maletero del auto, mientras la radio emitía That Smell de Lynyrd Skynyrd y el humo de su vieja pipa escapaba de las ventanas abiertas.

Pensó en llamar una vez más a un amigo suyo de la policía, que le había hecho varios favores a cambio de servirle de mediador de su demandado tesoro, pero su relación con él no fue lo mismo desde que se acostó con su hermana. Su ayuda en estos casos habría sido una gran ventaja, pero aquella zorra que le recordaba en apariencia a Val había valido toda la pena, y además el muy marica estaba comenzando a dudar acerca de seguir tratando con él. Desde esa perspectiva las cosas estaban mejor así.

Y ahora, ¿qué alternativa tenía? La otra opción era dejar que la ley penetrara en su hogar, lo que conllevaría a tener que explicar el origen de las sustancias que encontraría allí, y al no hacerlo terminar tras las rejas, o en lo posible sobornarlos de nuevo, pero ya no contaba con mucho efectivo encima.

Felicidades, Terrence McGee, tu vida se ha convertido en una película promedio de Tarantino, pensó él. Le había tomado mucho tiempo armarse con algo de respeto por la zona, en especial para dejar de ser conocido como el encargado mecánico de parque de atracciones al que su hermanito menor y los amigos pubertos de este habían humillado hace cuatro años, y destruir algo como eso había requerido de mucho trabajo duro, entre otras cosas de las que ya era muy tarde para arrepentirse. Había aprendido a apostar, por ejemplo, comenzando por simple efectivo, pasando por tarjetas y terminando por otras cosas. Había aprendido a robar, a sobornar, a amenazar de muerte, e incluso a secuestrar y silenciar personas, y lo único que le permitía poder dormir por las noches era saber que le había hecho un favor al mundo al deshacerse de esa gente.

Llegó a su destino a las cuatro de la mañana. Aparcó cerca de un acantilado, donde se supone que se desharía del cuerpo. Pero antes de salir del vehículo, vio algo que lo dejaría despierto toda la madrugada.

Unos autos grandes y negros llegaron por el otro lado de la ruta, y se detuvieron a cien metros de él. De ellos salieron tres hombres vestidos de traje. Sacaron otro cuerpo del maletero. Lo llevaron al acantilado y lo arrojaron. Luego de observarlo desaparecer entre las rocas del mar, los hombres regresaron a los autos y se marcharon. Todo con una naturalidad que espantaría a cualquiera. Como si fuera algo de rutina.

Terry se preguntó qué clase de información habrá guardado ese pobre diablo para que quieran silenciarlo definitivamente, o a quien habrá traicionado, o cuánto dinero debía como deuda a quién sabe qué organización. Se apresuró en tirar el cuerpo, justo cuando el sol asomaba sus primeros rayos en el horizonte del mar. Vaya manera de terminar la noche. Lo único cierto de todo esto era que no era aburrido. Era cualquier cosa y lo era todo, menos aburrido.

Podría ser peor. Siempre puede ser peor, pensó él.