Cinco de diciembre.
La nieve no se hizo esperar en Peach Creek. Presentándose de manera religiosa y obstinada todos los años, fue cuestión de solo semanas embadurnar las calles del pueblo de inmaculada blancura y felicidad para quienes conservaban con firmeza el espíritu navideño. Principalmente, los más pequeños. Pero la gente de mayor edad no se quedaba atrás. Ni siquiera algunos jóvenes, lo cual era de destacar en tiempos en donde las tradiciones parecían más algo negativo y arcaico. Los muñecos de nieve y las huellas de ángel sobre los parques y los porches de las casas aparecieron más rápido de lo que cantaba todas las mañanas Gertrude en la granja de Rolf Yonick, quien ya se pavoneaba por sus tierras con su nuevo suéter que la nana de su amo le había hecho con mucho amor, a ella y a sus amigas. Suéteres, sudaderas y muchos abrigos en todo aquel que cruzaba el umbral de la entrada del instituto para seguir asistiendo a la escuela en sus últimas semanas antes del receso de navidad.
Los estudiantes del instituto no presentaban quejas respecto a la climatización del edificio, no por lo menos en los dos primeros pisos. Sobre el tercero, algún gracioso de cuarto había volado una de las grandes ventanas con un balón una semana después de la épica fiesta de Halloween, y de momento no lo habían arreglado. El consejo no tardó en atribuirle la culpa de la demora al alcalde Nolan y a su malvado régimen. La caldera cumplía su trabajo en los días fríos, incluso cuando aún faltaba bastante para los días más gélidos. Personajes como Kevin Graells ya no podrían espiar las piernas de las amigas de su novia. Atrás habían quedado los días de las minifaldas y los vaqueros cortos.
Los campos exteriores se habían teñido de blanco con la mínima capa de nieve. El conserje de la escuela, cuyo tejado de caseta también había padecido la nieve, tenía un gran dolor de cabeza por delante. Los más desalmados, como los del equipo de futbol americano, y de básquet, encontraron nuevas maneras de gastarle bromas ingeniosas para luego subirlas a TikTok. Ese originalmente era trabajo de las hermanas Kanker, pero tras los acontecimientos en la fiesta de Halloween esas tres mujeres parecían haberse calmado.
La parte más difícil de lidiar con la nieve era cuando tenían que sacarla del campo de futbol y las gradas cada vez que el equipo tenía que jugar de local. Incluso aunque se tratara de solo una fina capa de bienvenida, se trataba de un trabajo duro.
Toda la escuela se encontraba en las gradas animando al equipo masculino de soccer. Había comenzado el segundo tiempo y el marcador estaba cero a cero contra la escuela de Redmond.
—¡Ed, toma!
Liam Rosenberg, a quien no le había tomado mucho esfuerzo ganarse el respeto del público con su vertiginosa velocidad y su atrevida picardía, llegó hasta la esquina y le tiró un centro al delantero del equipo. Jonny y Billy también habían llegado al área, y desde allí la pelota flotando sobre sus cabezas pareció estar a cientos de metros de altura.
Pero no para Ed. Pasando como conos a la defensa rival, Ed cabeceó la pelota en un gran intento de marcar por abajo, y la pelota rebotó hacia la portería, eludiendo las manos del portero. Un gran gol.
—¡Gooooool de Peach Creek! ¡Luego de un primer tiempo apagado y aburrido, los durazneros logran ponerse en ventaja! ¡Peach Creek 1, Redmond 0! ¡Drommond lo hizo!
Ed corrió hacia el banderín de córner a festejar su anotación con las gradas, y en menos de un segundo fue sumergido en un abrazo grupal con Eddy y Doble D. Jonny y Billy se le colgaron del cuello. Liam irguió el banderín de córner para festejar el primer gol del equipo en el campeonato. Los demás lo celebraron desde sus posiciones.
—¡Así me gusta, Ed! ¡Sigue así! —le habló Eddy, sosteniendo su rostro con sus manos.
—Sí, ese soy yo.
Doble D aprovechó un segundo de distracción para respirar un poco y mirar hacia las gradas. Allí estaba Nazz, su hermosa y leal Nazz, siempre a su lado, acompañando como siempre. Ella lo saludó con la mano y una hermosa sonrisa. De pronto se sintió con fuerzas para terminar el partido.
El dominio de los durazneros languideció durante el resto del partido. La pelota estaba desfilando mucho tiempo dentro de su campo. Todos los ataques de Redmond terminaban en alguno de los de Peach Creek rechazando la pelota. Todo eso descontroló al entrenador Straker.
—¡Salgan a jugar! ¡No se queden atrás! —ordenó él.
Los chicos de Redmond hicieron la misma jugada que había hecho Peach Creek para anotar, pero Jason y sus uno ochenta y ocho metros de altura lograron rechazar la pelota. Esta cayó a los pies de Rolf, y este la despejó del área.
—¡No des rebotes, Ferguson! ¡Juega por abajo! —gritó Straker.
—¡Sí, Jason! ¡Tienes que atrapar las pelotas, eres bueno en eso! —gritó alguien desde las gradas detrás del arco. Algunos de sus amigos echaron a reír.
Otra llegada de Redmond, que comenzaba a presionar.
—¡Carajo, Eddy, no te distraigas! —gritó Kevin, mientras perseguía al delantero rival. Me dice que hacer el bobón, pensó Eddy, corriendo con más intensidad.
Volvieron a hacer la misma jugada. Eddy alcanzó a retroceder lo suficiente para rechazarla, pero otra vez el rival disparó. El balón pegó en el palo.
—¡Qué suerte tienes, fenómeno! —volvieron a gritarle.
—No les hagas caso, Jason —dijo Kevin, lo suficientemente alto para que sus compañeros escucharan también.
—Es… muy difícil… —se murmuró él.
En las gradas, no podía faltar el trío de demonios. Aisladas del publico se encontraban ellas tres.
—Hay que reconocerlo, tiene pelotas para seguir viniendo a la escuela después de todo lo que paso, a diferencia de la otra mierda —comentó Lee.
Corría el minuto final. Doble D había hecho un partido regular, lo suficiente para pasar desapercibido de las críticas, pero en un intento por asistir a Jonny un rival tomó la pelota y todo Redmond salió hacia el campo en un vertiginoso contraataque.
Lee no despegó la vista de Doble D en ningún momento. Ni siquiera cuando se detenía a mirarla a esa. Quería estar presente para cualquier atisbo de su estado secreto. Tenía la idea de que aquel personaje podría reaparecer en momentos de alta presión como este.
—¡Vuelvan! —advirtió Eddy, al ver como Redmond volvía a la carga con todos sus hombres.
—¡Agarra una, Jason! ¡No nos avergüences más de lo que ya lo hiciste! —gritaron en las gradas.
Un delantero rival eludió a Clark, luego a Rolf, se la pasó a otro que debía estar marcando Liam, y ante la incapacidad de Eddy de llegar, disparó fuerte. Jason estiró las manos, y la pelota rebotó en ellas. El segundo delantero de Redmond recibió el balón en el área grande, pero antes de poder disparar de nuevo, Rolf aterrizó en su tibia. Sonó un pitido, y en medio de un segundo todo el equipo de Redmond se fue tras Rolf. Doble D y Kevin tuvieron que meterse a separar.
—¡Penal! ¡Penal para Redmond y…! —El árbitro se acercó a Rolf y le sacó tarjeta roja—. Bueno, es que era obvio… ¡Roja para Rolf Yonick!
—¡Nooo! —Straker arrojó su botella de agua contra el césped bañado en nieve. Le gritó a Rolf—. ¡Inútil, siempre regalando penales y tiros libres! ¡Siempre!
—Carajo, ya lo teníamos —se lamentó Eddy.
—Tranquilos, muchachos, todavía tienen que marcar —dijo Doble D, mientras se llevaban en camilla al delantero rival.
El delantero de Redmond se colocó en posición y pateó. Jason Ferguson rechazó con las manos. La pelota cayó de nuevo en otro jugador rival, que se había anticipado a los defensores de Peach Creek. Este pateó a la portería y marcó gol.
—¡Gooooolll! ¡Gol de Redmond, que ahora se lleva el empate! ¡Uno a uno sobre el final!
—¡Me cago en mi vida! ¡¿Por qué siempre das rebotes, puto inútil?!
—¡Maldita sea, carajo! —gritó Kevin. La pelota le llegó a él y ésta la arrojó contra el suelo— ¡Cuánto retraso! ¡Son inútiles!
—¡Mierda, Jason! ¡Solo tenías que retenerla! —regañó Eddy. El portero no respondió. Se quedó congelado al escuchar comentarios en las gradas.
—¿Por qué siempre le rebota? ¿Acaso tiene manos de manteca? —comentó uno.
—Yo diría de algún lubricante —respondió otro, y ambos echaron a reír.
—Pero él no parece el tipo de persona que le guste recibir.
—Estamos hablando de futbol, ¿verdad?
—Amigo, enserio. Van a hacer que se cuelgue de un árbol si siguen así —señaló una chica.
Treinta y dos segundos después, el árbitro pitó el final del partido.
—¡Redmond y Peach Creek han empatado en el debut! ¡Ambos se van a casa con un punto cada uno! —anunció el relator.
—Cuando parecía que los durazneros se llevaban los tres puntos y se acercaban la clasificación a la segunda fase, Redmond y su implacable fuerza de voluntad les arruina la fiesta. Aprovecha todos sus puntos débiles, y consigue llevarse un punto. Y a domicilio. Mañana jugarán las otras escuelas del grupo F, y debo decir, el torneo está que arde —opinó el comentador.
Lee, May y Marie se levantaron de sus asientos y se unieron a la poca marea de gente que buscaba la salida.
—¿Saben qué? Me siento más satisfecha —opinó Lee—. Ese grupo de perdedores no tiene nivel para este campeonato. Mucho menos con esa decepción de portero. Por eso yo nunca doy rebotes y lo saben bien. Y Rolf y Kevin no pueden defender ni una maceta.
—No se… Creo que fueron muy crueles con ese Jason —opinó May.
—No lo fueron. Es horrible.
—Sí… —Fue lo único que murmuro Marie en toda la tarde.
—Yo lo digo por los comentarios sobre… eso. Se que lo que hizo estuvo mal, pero creo que se pasaron.
—May, ese tipo participó de una traición. Es una basura igual que su amante —dijo Lee. Las palabras atravesaron a May como una estaca hecha de hielo. Aun la fastidiaba. Marie coincidió por completo con su hermana mayor, o casi por completo. Cuando pensaba en May sus ideales se cruzaban entre sí.
—¿Y a ti qué carajos te pasó? —preguntó Straker a Jason.
—Yo… no lo sé…
—Pues yo te lo diré, apestas en penales. Todos ustedes fueron un fiasco.
Media hora después, el pelotón de amigos del barrio se encontraba cruzando las calles empapadas de nieve, luego de un larguísimo día en la escuela.
—Bueno chicos. ¿Qué tal una partida de Among Us o Valorant con los chicos hoy a la noche para quitar el mal trago?
—¿Otra vez, Eddy? Mañana hay examen de Calculo. Además esos juegos ya pasaron de moda, según mis últimos datos —respondió Doble D. Nazz iba a su lado, tomado de su mano.
—Doble D es una gallina —señaló Ed.
—Estas en lo cierto, Ed. Nazz, dile algo a tu esposo.
La dulce muchacha echó a reír.
—No te ves tan desanimado por lo del partido, Eddy. Yo esperaba verte refunfuñando hasta el día siguiente.
—Claro que lo estoy. En este momento quisiera estrangular a Rolf por su penal de mierda y a Jason por ser tan rebotero —se defendió Eddy—. ¿Pero saben qué es lo que más me molesta? Kevin no detuvo a nadie en todo el partido, y nos llama inútiles a nosotros. Solo estoy tranquilo porque sé que lo hice bien.
—Lo mismo digo. A veces pienso que Rolf o Doble D serían mejores capitanes que él —mencionó Nazz—. O creo que siempre lo pensé y nunca lo vi bien.
—¿Y yo? ¿Estoy pintado o qué? —se defendió Eddy.
Doble D llegó a su casa cuando el cielo ya estaba casi oscuro. No había nadie. Mamá y la tía seguían en el trabajo. Su primo Clark se había ido directo a su trabajo apenas terminó el partido. Había conseguido empleo en una cafetería, y todos los días se veía sonriente. Seguro que era por servir al prójimo con tal irresistible sustancia, y no por tener compañeras mujeres en ese local, pensó Doble D, recordando que había llegado la hora de su enésima taza de café y que mañana después de la escuela, Dina Ortiz, la chica que compitió contra Jonny en los Juegos, lo esperaba para que este la ayudara a ella y a su hermano en algunos problemas académicos de física.
Vivir a un kilómetro de Nueva Malibú había resultado un negocio bastante fructífero. La mitad de los estudiantes, contando a los que planeaban llegar a una universidad, había recurrido a él en un desesperado y un poco tardío intento por mejorar su promedio y, en el peor de los casos, salvarse de perder el año. Antes de iniciar el negocio, Doble D incluso llegó a pensar en ofrecer sus servicios ad honorem. Si al final decidió establecer precios dudosamente elevados, no fue por influencia del rincón capitalista de su conciencia, ni tampoco por sentir que no estaba desperdiciando su potencial. Los granos de café no se pagaban solos. Tampoco lo hacía la cuenta de ese restaurante italiano al que fue con Nazz el otro día. Si había algo que no le faltaba a los Vincent era dinero. Su madre tenía un sueldo de clase media alta en el laboratorio privado de investigaciones en el que trabajaba con la tía. Pero a Doble D no le gustaba la idea de depender de ella y no valerse por sí mismo. Pensaba que eso no era parte de ser hombre, y fue también por eso que sacó la licencia de conducir apenas cumplió los dieciséis. No fue una idea suya propia, sino que su padre se lo había dicho hace millones de años atrás, cuando él aún era un niño y mamá y papá dormían en la misma cama.
Incluso con la casa en sepulcral silencio y una oscuridad que anulaba el otro sentido, Doble D pareció escuchar sus ecos lejanos, provenientes de algún valle cerebral como los vestigios de su sobrecargado intelecto activo. De cualquier forma, ahí estaba. Estaba presente y él lo sabía. De alguna forma estuvo seguro de ello desde aquella final de tenis contra Lee, solo que en esa ocasión no fue capaz de aceptarlo. No tuvo alternativa cuando volvió a escucharlo en la fiesta de Halloween en varias ocasiones.
Doble D preparó la taza de café negro y se lo terminó en un trago. Aquel dulce néctar caliente fluyendo a través de su esófago lo aliviaba contra todo demonio interior.
Ahora sí. El silencio en la casa volvía a reinar. Doble D se quitó los zapatos, se recostó en el sofá y revisó su celular un rato. Casi todos los mensajes de Whatsapp eran de grupos, o de Ed y Eddy, o mejor aún. De Nazz.
Doble D sonrió ante sus mensajes y le respondió con la misma picardía. Luego apagó la pantalla y se puso a pensar en lo extraño que era seguir tratándose como amigos luego de haber dado el siguiente paso. Y detrás de ella estaban sus otros amigos. Algo en su interior le dijo que debía sentirse agradecido con lo que tenía. Pero también había algo que lo inquietaba. En su menú de Whatsapp, las Kanker aparecían muy abajo. Hace mucho que no hablaba con ellas.
Antes de sumergirse de nuevo en una reflexión, tomó el control y encendió la televisión. Puso el canal de noticias, y lo que vio le heló la sangre.
Eddy llegó a casa y se recostó en su cama. Se sentía increíblemente agotado por el partido. Antes de que este siquiera comenzara, había planeado ir a ver a su amiga con derechos como celebración si ganaban, o como consuelo su no ganaban, pero ahora mismo estaba destruido y no tenía el humor suficiente para tolerar sus comentarios sobre el desempeño del equipo masculino.
Casi sucumbido a la modorra, su teléfono vociferó con violencia. Una llamada. Dos llamadas. Eddy atendió.
—Hola, Eddy.
—¿Qué sucede, Cabeza de Calcetín? ¿Por qué tan serio?
—Siempre supe que trabajar para Freddy Lockhart fue la peor idea que tuvimos en toda la secundaria y quizá de nuestras vidas.
—¿Eh? ¿Aun sigues con eso? ¿Ques que c'est, Doble D?
—¿Ques que c'est? ¡¿Ques que c'est?! ¡¿Nunca te has puesto a pensar por que tu socio nos daba encargos como llevar un falso patrullero y disfraces de policía a un cierto lugar?!
—Sé más claro, amigo.
—Enciende la televisión en las noticias principales. Adiós, Eddy. Todo esto es responsabilidad mía.
Doble D colgó. Eddy encendió la televisión y lo puso en el canal. En primera plana reconoció los rostros. Sintió los pelos ponerse de punta cuando la mujer del noticiero dijo:
—...sobre lo que sería el escape del siglo. Las autoridades a cargo no han hablado todavía, pero se cree que la fuga se efectuó alrededor de las seis de la mañana. Se ha identificado a los prófugos como Jack Ferguson, de veinte años, y Robert Hunt, de diecinueve años. La investigación sobre lo acontecido en la prisión todavía continúa.
