—Muy bien, Edward Skipper McGee. Te concedemos la palabra para que nos transmitas tu serenidad para con la situación, y nos comentes de una vez por todas, ¡qué demonios vamos a hacer! Vamos, anda, comparte tu sabiduría.

—Relájate y siéntate —ordenó Eddy, con firmeza. Doble D dejó de caminar de un lado para otro, pero se mantuvo de pie. Ed solo estaba sentado en su sofá individual, en silencio. Tenía las piernas recogidas, los brazos tensos y estaba jugando con sus dedos. Igual que cuando era regañado por su madre por causa de Sarah.

—Te escuchamos.

Eddy tomó el control y apagó la televisión. Ya habían escuchado mucho.

—Nosotros no conocemos a nadie que se llame Freddie Lockhart, nunca tuvimos contacto con alguien con ese nombre excepto cuando fuimos a su fiesta, a la que por cierto nos invitaron otros amigos. Y si alguien nos vio ir a su mansión al salir de clases, no íbamos allá, íbamos a... a... al centro.

—¿Y cómo explicas que estuve manejando un patrullero?

—Bueno, señor intelectual, usted también puede pensar en alguna coartada.

—No me digas, esto es increíble —se quejó Doble D. Eddy se puso de pie.

—¿Qué quieres que haga? ¡Maldita sea! ¡Como si yo hubiera tenido la culpa!

—Nadie aquí estaba más emocionado como tú cuando decidimos trabajar con ese sujeto —replicó Doble D.

—No, claro. Yo te puse un arma en la cabeza y te obligué a ser parte de esto. ¿No es cierto, Ed?

—Pues... Yo solo recuerdo que todos estuvimos de acuerdo —murmuró Ed.

—¿Quién de los dos dijo «¿No haremos nada incorrecto, te lo aseguro»? ¿Quién lo dijo? ¿Tú o yo? —acusó Doble D a Eddy.

—¡Tú trajiste la idea a la mesa!

—¡No señor! Mi única intención fue ayudarte a resolver tu problema, porque yo estaba dispuesto a dejarlo atrás, pero tú no.

—Bla, bla, bla, bla, bla...

—Y todo eso, ¿sabes por qué fue? ¡Por tu maldita venganza, carajo! —gritó Doble D—. ¡Pero está bien! Todo fue culpa mía.

—No lo dudes.

—Yo fui el de la idea, yo también les obligué a trabajar para ese tipo. Tú no te preocupes de nada, Eddy, yo enfrentaré a las autoridades mientras tú te vas a esconder debajo de la cama —continuó Doble D, con una voz que denotaba absoluto cansancio y sarcasmo atrevido—... Yo daré la cara como siempre hago cada vez que haces una estupidez...

—Yo no le tengo miedo a las autoridades...

—¡...porque siempre termino respondiendo por tus tonterías!

—¡El que les teme eres tú, por eso siempre haces lo que te ordenan!

—¡Porque siempre arreglo tus cagadas!

—¡Asume tu culpa!

—¡Siempre doy la cara!

—¡Asume tu puta culpa!

—¡A callar! —gritó Ed. Ambos se callaron y se giraron a verlo, sorprendidos—. ¡A Ed no le gusta que sus amigos peleen! Si no se callan Sarah me va a acusar con papá y mamá. Y además, Jonny y las Kanker también saben de nuestras misiones especiales —recordó Ed.

—Sí, gracias a ti —espetó Eddy—. Ya hablaremos de esto con el pelón, en cuanto a las Kanker... Ed, si te preguntan por ellas, no son tus amigas.

—Pero Eddy... May si es mi amiga. Y ella me dijo que Marie y Lee también.

Eddy se llevó una mano a la cara.

—Entiende cejotas, estamos en problemas. Métanselo en la cabeza, ustedes no conocen a las Kanker, no tienen relación con ellas, en especial con Marie.

—¿Qué tienes con Marie? —preguntó Doble D.

—Hoy te levantaste muy bajo de IQ, Doble D. Su ex orquestó esta fuga, y es cuestión de tiempo a que lo descubran.

—Pero el rastro de las pistas comienza conmigo y Doble D en nuestra misión yendo a esa base con un patrullero y ropa de policía. No con Marie —sostuvo Ed, como si estuviera hablando de un juego de GTA.

—Pues la rata traidora no tardará en hablar. Tiene que lavarse las manos de alguna manera. Que ganas tengo de estrangular a ese hijo de puta.

—Por favor. ¿Tú crees que volverá a Peach Creek solo para delatarnos, aunque eso lo ponga en riesgo? —protestó Doble D.

—El delincuente siempre vuelve a la escena del crimen —sentenció Ed.

Eddy volvió a divagar.

—Bobby era su mejor amigo, o eso quiere hacer creer. No creo que se mantenga fuera de esto, sin mover un musculo. Si lo hace nos confirmará que es una comadreja sin pelotas.

—¿Saben qué? Ya es muy tarde. Hablaremos de esto mañana. Yo me largo —opinó Doble D, retirándose de la casa de Ed.

Al día siguiente, en los pasillos de la escuela habían aparecido unas tablas de inscripción al siguiente evento de los juegos. Se trataba de la batalla de talentos, que no era más que un concurso de bandas con el clásico formato de las películas de preparatoria. En los espacios en blanco un grupo escribía el nombre de su agrupación, y debajo los nombres de sus integrantes. Muchos escribían con resaltadores de colores, logos que representaban nombres originales.

Marie se quedó inspeccionando a cada una de las bandas. Leyó nombres como: «Barco Basurero», «The B1tches», «Zelda in Park», «Bill Clinton y sus amantes», «Hellraiser», «Villanas», «Los herederos de Jack», «Lord Gauss», y uno que parecía una red de líneas irregulares, ilegible, bien de black metal.

Lee y May regresaron a ver qué era lo que la había atrasado.

—¿Qué ves, Marie? —preguntó May.

Las tres compartieron unos segundos de ocio con los nombres de las bandas, en silencio. Tanto May como Lee comprendieron que lo que tenía a Marie tan absorta en esas tablas no era la inspiración. Era la necesidad. Había algo dentro de ella, algo que debía tirar, como si fuera su basura.

—Olvídenlo. No hay dinero —repuso Lee.

—Allí dice que los instrumentos pueden alquilarse en las tiendas del centro —comentó May.

—Sigue siendo muy caro —volvió a reponer Lee—. Además, ninguna sabe tocar una mierda.

May se quedó con Marie. Lee se fue por su lado. En la mirada de Marie se veía todo lo que deseaba, pero May la conocía lo suficiente, y sabia que uno de sus sueños era ser una estrella de rock por una noche. No vivir de ello ni repetirlo, solo una noche. Ese era una de sus fantasías junto con la de ir al espacio y ser agente del FBI.

—Creo que yo recuerdo algo de la guitarra de papá —sugirió May—. Y Lee una vez se puso a tocar la batería en un museo.

—Lo se... Pero Lee tiene razón, no tenemos dinero. Nunca tenemos dinero.

Marie dejó a May y se fue a caminar por su lado. La caja de cigarrillos se le había acabado ayer, y ya no tenía para otro más. Eso la fastidiaba demasiado. No por no fumar; no lo necesitaba para vivir. Se sintió mal por May, quien se notaba que trataba de animarla, pero hoy tampoco tenía ganas de fingir que lo estaba logrando.

Cuando los cigarrillos y las manzanas acabaron, Marie se reencontró con su viejo amor vicioso. Aquella barra rosa, plástica, con sabor a fresa y que la gente suele dejar bajo los asientos de los pupitres cuando ya no los usa.

Salió con un globo en su boca, solo a mirar el cielo. Su lugar favorito seguía siendo aquella barandilla que daba a los campos, porque era ahí donde no vería al chico que hace no mucho dijo amar. Lo más probable era que él ya supiese donde estaría ella y por tácito respeto ni siquiera se apareciese allí. Eso era lo que Marie pensaba de vez en cuando. Cuando no pensaba en eso, se enfurecía con él por haber permitido que ella se apartara de él. Luego lo olvidaba, y regresaba a su furia principal: haber elegido a la otra antes que a ella.

Pero no tenía planeado ser una amargada con alma de vieja toda la vida. Ya había mojado las almohadas con sus lágrimas muchas noches por él. Ya había arrancado de su libreta de dibujos varios de los que le había dedicado a él. Ya se había cansado de ser una fracasada. Intentó ser su amiga y no funcionó, ahora no lo quería ni cerca. Intentó superarlo con otro chico y no funcionó, ya no quería saber nada con nadie más.

Regresó al edificio. Lo único rescatable de todo esto era que su espíritu americano consumista se había escurrido de sus manos junto con su presupuesto. Marie siempre había sido más de fumar que de beber, a diferencia de May, quien a pesar de no haber tocado un cigarrillo en su vida, tenía un pequeño problema de alcohol. La siguiente mesada de mamá seria dentro de uno o dos días, y por primera vez en mucho tiempo Marie pensó en otra cosa que no fueron cigarrillos.

Buscó a May por toda la escuela. Por los pasillos desfilaba el grupo de animadoras oficial de la escuela. Al menos la mitad de ellas eran amigas de Nicole. La otra mitad de simplonas competía entre sí para ver quién era capaz de lamerle mejor los pies a Ashley Morgan, la líder de las porristas y novia de Tim Hudson, o en otras palabras al cliché en persona. De pronto Marie tuvo náuseas y apresuró el paso.

Atravesó los pasillos y pasó por aquel que conducía a la biblioteca, donde el consejo solía ir a hacer sus discursos, con la complicidad de las autoridades de la escuela y con intención de fastidiar a todo aquel que estuviese tratando de estudiar en paz.

—Por el momento no tenemos por que preocuparnos, compañeras y compañeros. Ese violento de Jack Ferguson ya se ha convertido en la persona mas buscada de la ciudad —sostuvo una chica del consejo. Gretel Beatrice O'Conell le quitó el micrófono de la mano y tomó la palabra.

—Otra vez las autoridades de la ciudad nos han confirmado como responden al mismo sistema encubridor de hombres. El alcalde Nolan tiene que explicar como es posible que el escape sucedió a la mañana y todos los medios lo difundieron varias horas después —sostuvo la presidenta—. ¿Será que no le gusta que la gente vea sus errores? No debemos dejar que nos manipulen, compañeras y compañeros. Ese tipo debe regresar tras las rejas, y su cómplice Bobby también. Freddy Lockhart también debería aparecerse, si tiene valor, y explicar por qué su mano derecha estaba involucrado en esto.

Marie huyó de la puerta apenas escuchó su nombre. Pasando por otro salón escuchó a algunos estudiantes hablar sobre el mismo sujeto.

—Mi hermana menor dice que ha soñado con Jack y se despertó llorando.

—Los que jugaron futbol con él dicen que en otras ciudades lo conocían como Jack el destripador... y ahora está libre.

—¿Creen que vuelva a la escuela para vengarse?

—Dicen que lo vieron hoy por la madrugada rondando en Pruit Igoe.

—Detener a Jack... es como detener la lluvia con las manos.

Realmente tenía un montón de problemas en la cabeza como para temerle a un loquito maltratador que no tardaría en ser atrapado de nuevo. Lo último que deseaba era de alguna manera verse involucrada en el asunto solo por haber sido la pareja del tarado de Freddy, siendo que ella nunca en su vida habló con ese Jack.

Encontró a May en la azotea del edificio, luego de estar buscándola por media hora.

—¿Cómo sabias que estaba aquí?

—No lo sabía. ¿Qué carajo haces aquí?

—Vine a reflexionar. No eres la única que adora algo de soledad —sostuvo May—. Me hartó todo el colegio hablando de ese Jack.

—A mí también.

—Por cierto, creo que si juntamos nuestras mesadas podríamos alquilar unos instrumentos... Y si no alcanza tendremos que salir a buscar trabajo... de nuevo.

—Imposible, somos inútiles —repuso Marie. May consiguió reír un poco. Su risa se cortó al ver que Marie no había podido esbozar ni un milímetro de sonrisa.

—Marie... ¿soy una zorra?

—No, May. ¿Quién te ha dicho eso?

—Yo... nada. Solo decía.

—¿Las amiguitas de Nicole ya descubrieron que estuviste con el llorón del equipo?

—No. Y no es eso.

—¿Entonces? Dímelo. Somos hermanas.

May pensó en silencio.

—Es que... he pensado en una idea para ganar dinero...

Marie ahogó un grito.

—No vas a mostrar el culo en OnlyFans.

—No, Marie, tampoco es eso. No se trata de vender mi cuerpo ni a... ni nada de eso.

—Diablos, habla de una vez, ¿quieres?

May le habló a Marie sobre su idea, con la confianza de que ella no la juzgaría por ello.

Un rato después, Marie estuvo a solas con Lee a la salida de la escuela. Por alguna razón, ella no preguntó sobre May. Marie aun no comprendía la repentina obsesión de May por reunir algo de dinero, o más bien, por participar en ese concurso de música. No negaba que era algo que en lo personal le parecía genial, y que por ello decidió apoyarla, si eso la mantenía ocupada y la hacía olvidarse de su miserable existencia.

Y todo eso sin sospechar que era May quien estaba haciendo esto por ella, y no al revés.

—Así que decidieron participar en la batalla de bandas.

—Tú también... Porque nos acompañaras... ¿verdad?

—Claro que sí, Marie. ¿Qué harían sin mí? Voy a estar a cargo de la banda.

—Genial.

—Eso sí, cada una va a rentar su propio instrumento.

—Ya hemos pensado en eso. Ya está resuelto.

—¿De verdad? —inquirió Lee—. ¿Cómo? ¿Se abrirán cuentas en OnlyFans?

—No soy una cualquiera —aseveró Marie—. Y May tampoco. Con la nueva mesada y algo de dinero ahorrado que no gasté en cigarrillos me alcanzará.

—¿Y May? Creo que aún no terminó de cancelar el vestido de la fiesta de Halloween. Y eso que no lo usó toda la noche.

—Ella tiene dinero... Ehh... Algo ahorrado.

Sobre el final del día, las chicas asistieron a la clase de entrenamiento de futbol soccer, de cara al campeonato femenino de Washington. La rutina consistía en iniciar el calentamiento corriendo alrededor del campo. Hasta hace un mes, las chicas tenían la débil voluntad de mantener el espíritu de unión en el equipo corriendo todas en conjunto. Hoy el equipo se había fraccionado en tres grupos. Por un lado, Laura y Wendy discutiendo sobre algo que aparentemente nadie sabía, excepto ellas dos. Por el otro, Nazz y más de la mitad del equipo en silencio. Y por último las Kanker. Nazz ni siquiera había disimulado cuando decidió tomar distancia de las hermanas. Desde lo de Halloween que no le había dirigido la palabra a ninguna de las tres; sabía de antemano que ninguna de ellas quería saber nada con ella. Lee comprendió que al menos les estaba haciendo un favor.

La profesora Prudence era una sesentona que había llevado más de treinta años al servicio del instituto como entrenadora. Su llegada a la escuela como entrenadora fue una innovación en el estado, ya que eso convertía a Peach Creek en el primer equipo femenino en tener una entrenadora mujer. Muchos años después, solo otras dos escuelas siguieron su ejemplo. El resto había contratado entrenadores hombres para competiciones.

Luego de una breve y exagerada charla sobre cómo mantenerse unidas y pedir ayuda apenas se vea algún indicio de Jack Ferguson en la calle, la entrenadora dejó a las chicas haciendo trabajos de elongación.

Lee se acercó a la capitana del equipo, quizás la única persona no familiar a quien ella podría respetar como autoridad.

—¿Es cierto que la entrenadora se jubila hoy?

—Sí. Ya me lo han confirmado. Y también sé quién será su sucesora —respondió Laura.

—¿Sucesora? —cuestionó Lee. Se sintió aliviada al saber que el equipo quedaría en manos de otra mujer. Si llegaban a contratar a un estúpido hombre, como suelen hacen injustamente en todo el mundo, seguramente ella abandonaría el equipo por voluntad propia—. Interesante, ¿Quién?

Laura arqueó las cejas y dejó escapar un suspiro de resignación. Tenía el cabello oscuro y lacio, y generalmente se lo amarraba para entrenar y jugar.

—No querrás saberlo, Lee.

May y Marie corrían delante de ella, todavía murmurándose sobre el plan de May. Luego, Lee se acercó a Marie.

—Ustedes dos me están ocultando algo —comentó Lee.

—¿Eh? No te creas tan importante. Que te diga ella que hizo —respondió Marie.

—Dime la verdad, ¿qué interés tienes en este concurso?

—Tener algo que hacer.

Lee arqueó una ceja.

—Ya veo. Así que todo se resume a Do...

—No —dijo Marie—. Prometiste que no dirías su nombre.

—Bien. Pero eso es señal de que aún no lo superas.

—¿Por qué no me dejas en paz?

Prudence llegó de nuevo con ellas.

—Señoritas, han sido largas décadas al lado de esta escuela. Finalmente he decidido anunciar mi retiro. A partir de hoy, soy jubilada. —Hubo murmullos de sorpresa—. Pero no se preocupen. Ustedes quedaran en buenas manos. De alguna forma siempre he sospechado que niñas como ustedes se entenderían mejor con alguien más joven, alguien de su edad y de su época, que sea capaz de transmitir la pasión por este deporte mejor de lo que una anciana como yo podría hacer. Mi trabajo aquí... ha culminado —murmuró antes de echarse a llorar de la emoción.

Cuando se voltearon a ver a la mujer que reemplazaría a la entrenadora, ni las Kanker ni el resto del equipo pudieron evitar emitir su frustración.

—No...

«¿Por qué ella? Maldita sea.»

Una sonriente y risueña Valeria saludó a todas con la mano.

—¡Hola, niñas! ¿Listas para el torneo de fútbol?