Algo que también se volvió rutinario en la vida de las Kanker fue que ya no volvían juntas de la escuela. Desde que Lee consiguió aquel empleo de medio tiempo después de la escuela, May y Marie regresaban solas a casa, por lo general en silencio, excepto cuando May forzosamente trataba de sacar un tema de conversación. Eso al menos representaba un poco de alivio para Marie. A pesar de no soportar a su hermana menor la mayoría del tiempo, sentía que era mejor que estar sola, y era justo en la escuela donde se hallaba sola todo el tiempo.

La alarma de la escuela sonó por última vez, anunciando el final del día y de la semana. Todas las puertas de los salones se abrieron para dar lugar a una gran estampida. Era algo muy común de los viernes.

May había pasado a dejar un libro de Química que había rentado de la biblioteca hace unos días. Era un fiasco en la mayoría de las asignaturas a excepción de Educación Física y Química. Y tal vez Dibujo. Le gustaba también la música, pero allí no había guitarras eléctricas ni púas, solo una orquesta aburrida y sosa.

Se abrió paso por los pasillos. Un grupo de muchachos del equipo de Tim hizo silencio para desviar su atención hacia ella. Sintió sus miradas pasearse por ella y escuchó un silbido dedicado. Fue por este tipo de cosas que había reemplazado los shorts por unos jeans largos en otoño, combinadas con unas botas marrones y un cinturón del mismo color para hacerle juego.

Se acercó a su casillero, que se encontraba entre el de Lee y el de Marie. Alguien había dibujado la cabeza de un burro en la puerta con un marcador, resaltando los dos dientes frontales. Siempre usaban marcador indeleble, pero Doble D ya le había enseñado a borrarlo con un poco de quitaesmalte. May abrió su casillero, recogió sus cosas y volvió a cerrarlo. Cuando se giró, vio a otro grupo de populares. Eran las chicas del club de porristas. Algunas de ellas la miraban con recelo. Otras la ignoraron. Ella supo que una de ellas había sido, y no era la primera ni la última vez.

Salió del edificio y encontró a Marie inflando una burbuja rosada gigante. Justo cuando se puso detrás de ella, la burbuja explotó.

—Así que hoy lo harás.

—Sí —dijo ella—. Yo creo que realmente puede funcionar, Marie.

—Mientras no hagas tonterías supongo que está bien.

—No ocurrirá.

Caminaron en silencio por una cuadra. Delante de ellas iban Kevin, su novia y algunas de sus amigas.

—Me voy a casa —dijo Marie—. Luego me cuentas como te fue.

—Por supuesto —respondió May. Una vez que Marie se alejó lo suficiente, ella murmuro—: Voy a ayudarte, Marie.

No era un secreto en el callejón que desde hace tiempo Kevin había dejado de recibir su mesada de su padre. La motocicleta había sido su último regalo, y desde entonces el muchacho se hizo la idea de que no necesitaría nada más en la vida para saciar su necesidad y realizarse como hombre. Sus padres le dijeron que, si quería dinero, debía conseguirse un empleo. Kevin encontró algo mucho mejor, o al menos eso es lo que dio a entender cada vez que compraba una chaqueta de cuero nueva o llevaba a Nicole a algún lugar caro y lujoso del centro de la ciudad. Pero hasta ahora muy poca gente se había fijado en la frecuencia con la que cambiaba los neumáticos de su motocicleta. De algo estaban seguros; ese estilo de vida no se alcanzaba repartiendo pizzas y hamburguesas en Uber Eats. Lee había sido la primera en advertirlo, y May no dejó de pensar en ello.

Nicole se retiró de escena con sus amigas del club de porristas. Ninguna de ellas pertenecía a aquella mitad que hace media hora había mirado a May como si fuera una cualquiera.

May rodeó la manzana entera para poder encontrarse a Kevin de frente.

—¿Qué haces aquí, amiguita? —saludó él, desde su motocicleta. La luz estaba en rojo.

—Acompañaba a una amiga a hacer las compras.

—Pero estas sola.

—Ya iba camino a casa.

—¿Quieres que te lleve? —sugirió él, arrojando una sonrisa. May miró a todos lados antes de asentir. Kevin le dio el único casco que tenía y la llevó al remolque. A pesar del manto de nieve, el chico iba a gran velocidad.

Una vez en el aparcadero, May se bajó.

—Eres muy rápido conduciendo.

—Eso me dicen todas. Es broma. Es parte de la rutina —respondió Kevin—. Ignora a los idiotas del equipo de futbol americano. Amenazan a los otros con robarle a sus novias, pero nunca logran hacerlo. Bueno, casi nunca.

—Sí… —May bajó la mirada para ocultar el rubor.

—Hace un frío del demonio.

—Esa chaqueta de cuero no parece abrigar mucho en invierno —sugirió ella.

—No, pero me ayuda a verme más rudo —bromeó Kevin.

—Igual te ves lindo con ella.

—Pues gracias. A ti todo te queda bien.

—¿Quieres pasar? —preguntó ella. Kevin comenzó a sospechar. ¿Le habrá gustado mucho lo de aquella noche y quería otra ronda? ¿O era una trampa?

—¿De verdad? Pero… ¿no hay alguien en tu casa?

—Mama y Lee están trabajando, y Marie se ha quedado en la escuela un rato más. Pero mamá siempre dice que es nuestro deber ser amable con la gente, así que…

—De acuerdo.

Ambos entraron. May cerró la puerta, y cuando se dio la vuelta, se encontró con él de frente. Sin decirse nada, se besaron. Estuvieron así por medio minuto.

—¿No que no volvería a ocurrir? Vamos, mujer. Esperaba una bofetada —se burló él. May le dio un pequeño empujón para apartarse de él y retrocedió, dándole la espalda.

—Deja de hacer eso —comentó ella, volviendo a jugar con su cabello—. Solo quiero ser amable.

—Bien, lo siento. Pero es que contigo es muy difícil contenerse. Eres guapísima.

May se giró a él, decidida a ser directa.

—Kevin, yo… Hay algo que he querido preguntarte que me interesa, y no es de nosotros.

El muchacho levantó la ceja naranja.

—Pues ya picaste mi curiosidad. ¿De qué se trata?

—¿Tú participas de carreras ilegales en motocicleta?

La pregunta casi le hizo atragantarse. ¿Cómo era posible que alguien se haya dado cuenta?

—¿De dónde sacas eso?

—Pues es evidente. No tienes otros ingresos, tus padres no te dan mesada desde tercer año, pero te alcanza para comprarte ropa nueva, mantener tu motocicleta como nueva y hasta llevar a bonitos restaurantes a tu… a tu novia.

Kevin abrió la puerta del remolque, miró a todos lados, y luego volvió a cerrarla.

—Dame tu palabra de que no hay nadie en esta casa.

—Te la doy.

El motorista la tomó por la cintura. May no se negó. Volvió a sentir aquel fuego que había experimentado en aquella noche de Halloween.

—¿Quieres conocer mi secreto, preciosa? —le susurró al oído.

Entre escalofríos y un fuego que apaciguó el frío de su soledad, ella asintió.

—Sí. Por favor.

—Mmm… no lo sé.

—Haré lo que quieras.

—Es que… —El muchacho no pudo evitar dirigirle otra mirada de avidez. La recorrió de pies a cabeza de nuevo. May lo notó al instante.

Lo tomó suavemente de la cabeza y lo besó de nuevo. El remolque de las Kanker, silencioso como un cementerio, solo emitió los chasquidos que profanaban sus bocas impuras.

—Debes estas muy desesperada para pedir mi ayuda, muñeca.

May pensó que Kevin era realmente sexy, quizá tanto como imbécil y ordinario. Pero en ese corto instante vio en sus ojos algo que de alguna manera le devolvió esperanza. El muchacho pareció sentir compasión de ella.

Kevin cerró las cortinas de la sala de estar.

Unos minutos después, sentados en el sofá, May retomó el interrogatorio y Kevin respondió.

—Todas las semanas a la medianoche nos reunimos en algún punto aleatorio de la ciudad. Somos un grupo de personas de varias edades, con motocicleta o auto propio. Hay tres categorías, automóviles, motocicletas y bicicletas, los participantes apuestan la misma cantidad cada uno, corren por algún circuito urbano de Peach Creek y quien gane se lo lleva todo. La actividad estaba medio muerta durante este año, hasta la última semana, donde todo volvió a explotar debido al regreso del fundador del evento —relató Kevin.

—Eso suena intrigante —comentó May, comenzando a jugar con sus pies.

—No sé si alguna vez te has subido a una motocicleta, pero para una principiante, las carreras de motocicletas son un suicidio. Las de auto también, en parte. Por suerte pensaron en chicas como tú y abrieron la categoría para bicicletas, aunque no esperes ganar más de cien dólares.

—No, no. No planeo usar una motocicleta ni mucho menos una bici. Yo quiero un automóvil.

—Pues, hay algunos autos para alquilar en el evento. Conozco al fundador, así que puedo conseguirte uno a préstamo.

—¿De verdad? —preguntó ella.

—Sí, mientras no me hagas quedar mal. Ese tipo es una persona algo inestable.

—No te preocupes. Esta carrera me importa más de lo que te imaginas.

—Ah, ¿sí? ¿Por qué? —preguntó él, deslizando una mano por la pierna de ella.

—No sé si deba contarte… Es una larga historia.

—Si voy a llevar a mi amante a un antro de delincuentes por dinero al menos debo saber en qué la estoy metiendo —sugirió Kevin.

—Punto numero uno, no soy tu amante. Lo de esa noche fue un error, y lo sabes —sentenció May con firmeza, apartando su mano de su pierna. Kevin hizo un gesto burlón—. Punto numero dos, necesito el dinero, y haré lo que sea por conseguirlo.

—Si tú lo dices… Mira, yo en tu lugar pensaría en apostar algo valioso tuyo, como tu virginidad… ah no espera, cierto que la perdiste —rio Kevin—. Que es broma. No te tomes todo tan enserio, May. La gente de ese lugar es mucho peor que yo.

Si tuvo algún deseo de volver a dejarse llevar con él, se había terminado de esfumar con esa broma.

—No podía esperar menos de ti —murmuró May, cruzándose de brazos—. Te sale bien hacerte el caballeroso, pero luego del acostón vuelves a ser el energúmeno de siempre. El verdadero Kevin.

—Solo es mi sentido del humor. Sabes que te respeto —argumentó él, posando su mano sobre el mentón de ella. La chica arqueó los ojos.

—¿Y a qué hora nos vamos? —Kevin la ignoró y comenzó a besarla—. Basta Kevin. —El muchacho hizo caso omiso, continuó y ella no pudo evitar dejarse llevar—. En cualquier momento llegará Marie…

Justo cuando pronunció su nombre, la susodicha abrió la puerta del remolque de una patada.

—¡May Kanker! ¡¿Qué carajos hace ese renacuajo en mi casa?!

Los amantes se pusieron de pie rápidamente. May se alejó del muchacho de un salto.

—No es lo que piensas —dijo May.

—Pero es lo que veo, ¿no?

—¿A qué te refieres?

—Yo ya me iba. —Kevin fue a buscar su chaqueta para marcharse.

—May, mamá y Lee te matarían si se enteraran de que metiste a un chico de la escuela en la casa. Pero, ¿justo a este tipo?

—Oye, ¿cuál es el problema conmigo? —preguntó Kevin.

—Lo siento, Marie. Me trajo a casa y le invité a pasar solo porque hacia frio, es todo.

—Eres una grandísima tonta. ¿Cómo te atreves a deshonrar el apellido Kanker acostándote con este llorón? —exclamó Marie.

—Al menos no soy gay —replicó Kevin.

El motorista quiso escapar por la puerta, pero Marie alcanzó a tomarlo de la oreja.

—Mira, gusano inmundo, vas a salir por la ventana como el rastrero traidor que eres. Recuerda que sabemos tu secreto y no pensamos dos veces antes de revelar secretos.

—Dile a tu hermana que pasaré por ella a las diez.

Marie lo empujó de una patada por la ventana. Una vez que se fue, Marie se dirigió a May.

—Dijiste que no volverías a enrollarte con él.

—No me enrollé con él.

—Ah, ¿entonces te besó a la fuerza?

—¡No! Simplemente pasó. Pero no hice la tontería. Juré que no volvería a ocurrir y así fue.

Marie se tapó la cara con las manos.

—Mira, May. Lo último que quiero es que te enamores de un estúpido.

—Yo no me estoy enamorando, mi corazón solo le pertenece a una persona —se defendió May—. ¿Creen que soy tan tonta como para dejarme atraer por cualquiera?

—No lo sé, tú dime.

—Yo nunca me olvidaría de Ed.

—Como sea —espetó Marie—. Ya no importa. Ahora dime, ¿qué quiso decir él con que pasaría a buscarte?

—Pues sobre todo ese tema. Deja de regañarme y te contaré bien.

Ambas fueron a la habitación y se sentaron en la cama. May procedió a relatarle todo lo que le dijo.

—¿Así que gana dinero con carreras ilegales? Yo creí que era un inútil.

—Dijo que también hay carreras de automóviles, de hecho, son las principales, y yo creo que puedo ganar. ¿Recuerdas cuando papá me dejó conducir su auto la última navidad?

—Esa es una manera de decirlo. Otra manera sería que tú le robaste las llaves.

Como olvidarlo. En su vida Marie sintió que iba a morir más que en aquella cena de nochebuena. Era una chatarra de los setenta. Lee, que iba atrás con Marie, había apostado a que el motor se le apagaría a la primera frenada. Marie tuvo la visión de que May iba a hacerle comer sus palabras. Un idiota de aquel pueblo retó a la menor de las Kanker a una carrera, y ella aceptó. Prácticamente barrió el suelo con ese pobre infeliz. La inocente May nunca sospechó que solo estaba tratando de ligársela. A Marie le había resultado guapo en lo físico, pero ella ya era una mujer comprometida.

—Yo sé lo que hago, Marie. ¿No dicen mamá y Lee que tengo que dejar de ser una niña y volverme una mujer? Desde aquella noche en la mansión algo cambió dentro de mí. Puedo sentirlo… No te burles, Marie, apuesto a que sentiste lo mismo en tu primera vez.

—No sentí una mierda.

—Eso dices ahora. En fin, lo que quiero decir es que ahora sí estoy lista para ser adulta.

Marie abrazó súbitamente a May.

—Francamente no sé por qué lo haces, pero no te detendré. Por favor, ten cuidado. Mucha gente muere por esto.

—No te preocupes. Mi vida vale más que el dinero.

Kevin pasó por su amante a las diez y quince de la noche. Dijo que se le había hecho tarde porque tenía que llevar a su novia a casa de sus abuelos a las afueras de la ciudad. Lo dijo con tanta despreocupación que a Marie le dio la sensación de que no le importaba nada. Se preguntó también por qué se molestaba en ayudar a May a sacar dinero, revelándole uno de sus grandes secretos. La respuesta era inmediata.

¿Tanto le importaba el dinero o el tonto concurso de bandas?

Llegaron a las once de la noche a Pruit Igoe. May no dejaba de mirar curiosa a su alrededor.

—¿Cuál es el plan? —preguntó Kevin.

—¿Para ganar la carrera?

—Yo preguntaba para que querías el dinero, pero sí. Necesitas un vehículo. Voy a suponer que sabes manejar bien.

—Claro que sí. Saqué la licencia de conducir hace poco, pero ya sabía manejar el viejo auto de mi padre —explicó May—. Y ese era manual.

Kevin echó a reír.

—No vas a competir contra otros autos urbanos, nena. Estas son naves de verdad.

—¿Qué?

—Lamborghini, Ferrari, Ford, Skyline. Hay premio para el segundo y tercer lugar, creo que con el tercero podrías pagar el alquiler del auto para la carrera… si sale intacto. Pero el nitrometano corre por tu cuenta.

—Quedaré primera y te cerraré la boca.

Kevin la llevó hacia el epicentro de la reunión. Vehículos carísimos con mujeres envidiablemente hermosas sobre ellos… Todo parecía de película, pero al mismo tiempo cada vez cobraba más sentido. Durante las noches en las que May no podía conciliar el sueño pensando en su amado gran Ed, parte de ello se lo atribuía a los vehículos corriendo a alta velocidad y derrapando con furia por las curvas de Pruit Igoe, todo eso a dos kilómetros del aparcadero, y aun así alcanzaba a oírse a lo lejos. De alguna manera, ella supo que su destino estaba escrito en el asfalto de aquellas calles.

Kevin la presentó con un montón de muchachos extraños, gente que ni siquiera había conocido. Reconoció al líder y fundador del festival solo cuando lo vio; era un muchacho de no más de veinte años, tenía la cabeza rapada como Jonny de niño, y estaba sentado en un Lamborghini negro. Una chaqueta negra lo cubría. Debía medir en altura lo mismo que Doble D. Y se le hizo muy familiar.

—¿Qué tal princesa?

—Eh… Soy May. May Kanker.

—¿Kanker? ¿Una Kanker?

—Umm sí. Supongo que de alguna manera somos afamadas.

Una mujer que llevaba la ropa mínima para no pasar frío se le acercó.

—Ya he hablado con ya sabes quién. La zona estará liberada hasta las dos de la mañana, Jack.

May casi se derrumbó al suelo.

—¿Solo eso? ¿Ese topo no aprendió a devolver favores?

—¿J-Jack? —balbuceó May. Kevin llegó justo a tiempo.

—Oh, sí. Olvide decírtelo. Este tipo es Jack El Destripador Ferguson. Jack, May. May, Jack.