—¿Jack Ferguson? —preguntó Nazz.
—Sí —respondió Doble D—. Todo el plan de Freddy consistió en una simple fuga. Bobby nunca nos traicionó. Todo, absolutamente cada detalle fue minuciosamente planeado. Él se infiltró en esa prisión y su misión fue la de ayudar a escapar a Jack por dentro. No sé de qué forma, apuesto a que tenían más ayuda dentro. Y luego…
—El patrullero y las ropas de policía fueron para despistar.
—Exacto y lo peor de todo es que jamás se me cruzó por la cabeza.
Doble D escuchó a través de la línea el sonido de los resortes ocultos bajo el inmenso somier de la cama de Nazz. Se estaba acomodando. Probablemente también se estaba pintando las uñas de los pies.
—Sigo pensando que es un maldito. Los utilizó. Utilizó a todo el mundo. A veces pienso que tiene merecido lo que le ocurrió en Halloween, pero… no sé.
—Sí —asintió Doble D, pensando en Marie. También la había utilizado a ella—. Por muchos años lamentaré la idea de haber trabajado con él, pero ahora debo pensar cómo mantener a salvo a mí y a mis amigos. Como siempre lo hago.
—Tranquilo, cariño. Ya verás que todo saldrá bien. Solo pídeme ayuda si necesitas algo.
Continuaron hablando sobre su día para distraerse de los problemas, hasta que a Nazz se le ocurrió hacer algunas preguntas con fines no tan bondadosos.
—Pues… solo estamos mi primo y yo. ¿Por qué?
Desde la otra línea, Nazz pasó de estar boca abajo a boca arriba en la cama y su lacio cabello dorado cayó del colchón como una cascada.
—Mis padres fueron a una fiesta de unos colegas, yo estoy sola en casa.
—Oh. Vaya. ¿Y cuando regresan?
Considerando que se encuentran haciendo un esfuerzo por no dejar morir su matrimonio, ella estimaba que sería muy tarde.
—Muy tarde. Me siento sola y es por tu culpa.
Tuvo que agregar una pequeña risita para que el bienpensado y humilde Doble D no creyera que lo decía en serio. Con Kevin había momentos en el que era ella quien deseaba iniciar los coqueteos, y con alguna frecuencia terminaban en la cama, aunque eso no ocurría en las semanas finales.
—No te sientas así. Yo estoy contigo —respondió Doble D.
Nazz continuó pensando en Kevin. Ahora mismo debía estar revolcándose en su cama con su pareja actual, y si no lo estaba, entonces estaría pensando en revolcarse en su cama con su pareja actual, pero con ninguna otra, porque no debía tener a ninguna otra. Así como Doble D no debería tener a nadie más que no fuera ella. Esas eran las reglas.
—Lo sé. Aunque… si tú quieres… podrías venir un rato.
—¿Ahora? —preguntó Doble D.
—Sí. Ven y hagamos algo. ¿O no te dan permiso?
—Claro que me dan permiso. Iré enseguida.
May se quedó sin palabras. Otro muchacho, uno robusto y con apariencia bruta, se acercó a él.
—Jefe, la carrera ya debería comenzar.
—Es cierto. Gracias, Bobby. ¿Tú vas a competir, amiguita?
—Sí, per… —Antes de poder terminar, Kevin la tomó de la muñeca y la llevó hacia otro lado.
—Olvidé mencionarte una cosa.
—¿Qué?
—Cuando hay pocos competidores en la carrera solo hay premio para el ganador. Y hoy solo serán cuatro.
May sintió como sus esperanzas de ganar dinero se marchaban.
—No importa. Solo debo ser mejor que otros tres… ¿no?
—Ehh… Sí.
Camino a la pista de carrera, May reconoció algunos rostros familiares en el evento. Algunos, no todos, de los muchachos de la escuela se encontraban allí. Entre ellos, uno de los tontos que se dedicaba a mirarla de más por los pasillos y la hacía sentir incómoda. También vio a Mike, el ayudante de campo del entrenador Straker, con algunos de sus amigos, supuso ella. Ahora que lo pensaba, era peligroso que la vieran con Kevin, por lo que tomó distancia de él para que no pareciera que venían juntos.
Los cuatro corredores se colocaron a lo ancho de la calzada. Entre los dos del medio, una mujer caminó unos metros adelante. Tenía unas calzas y una chaqueta sin mangas. Vestía con la menor ropa posible, y May imaginó que en verano si usaba ropa interior ya era mucho pedir.
—Muy bien, corrazones, y… niñita —dijo con un acento ruso, mirando con desprecio a May—. Conocen el asunto. Diez mil dólares en juego, el ganadorr se lo lleva todo.
—Como sepan que no tengo ni para el taxi no saldré viva de aquí —murmuró May en voz baja. Miró por el espejo lateral derecho a Kevin, esperando atraparlo babeándose por la chica de la meta, pero en su lugar, era a ella quien estaba viendo. Esa mirada era de orgullo, como si ella fuera su novia oficial y no su amante de una noche. Probablemente Kevin no quería decepcionar a Jack, quizás porque le debía lealtad o algo.
«¿Pero en qué estoy pensando? ¿Kevin y lealtad en una misma oración?»
Echó a reír por la idea, distrayéndose del conteo.
—Tres, dos, uno, ¡ya!
Los cuatro corredores arrancaron al mismo tiempo. May dejó de pensar en su pérfido amigo y se concentró en la carrera. El primer tramo del circuito era por la calle Beethoven hacia el norte, en dirección al callejón sin salida, hasta chocar con Lincoln.
Los neumáticos rugieron contra el helado asfalto y los vehículos salieron disparados. May se vio detrás de sus tres competidores. Una sonrisa se dibujó en su rostro. Los dos hombres iban adelante. Más atrás iba la mujer, y por último ella.
—¡Nos vemos, belleza! —le gritó a May.
La tercera Kanker sabía que una carrera de este estilo no se limitaría simplemente a pisar el acelerador, y de en caso de tener una caja de cambios, escalar hasta cuarta como había hecho su contrincante mujer. Sobre la calzada, habían colocado autos en perpendicular, a cada lado de la calle y separados lo suficiente para que los corredores no se mataran. Eso podría venir más adelante.
La otra chica pisó fuerte los frenos. May la rebasó por la izquierda, le sacó la lengua y procedió a realizar las maniobras para atravesar el ondulado camino y mantener el ritmo. En cuestión de segundos pudo ver a los otros dos.
El primero derrapó en la esquina, tomando ahora Lincoln. El segundo hizo lo mismo, casi llegando a chocar con la esquina. May logró acortar distancia respecto a él. Pudo realizar el derrape perfectamente viendo como lo habían hecho ellos dos y recordando la técnica en ese juego de Crash.
Y decían que jugar videojuegos no serviría de nada, pensó ella.
Durante los siguientes dos minutos, la carrera se vio reducida a una pista recta y recién pavimentada por la administración del alcalde Nolan.
—¡Con el lamebotas de Dickson esta avenida seguiría siendo un desastre! —gritó el que iba primero.
—¡Cierra el culo! —respondió el segundo. May iba muy cerca de este, y se echó a reír en voz alta—. ¡Oye! La niñita nos está alcanzando —advirtió. Por la voz, May le calculó treinta años o más.
—¡Habla por ti, viejo acabado! —respondió el primero, quien parecía estar en los veinte.
El primero hizo una maniobra peligrosa, un amague que provocó que el segundo se tambaleara. Por suerte para él, logró recuperar el equilibrio.
—¡Voy a matarte, niño de mami! ¡Me follaré a tu madre!
—Pero qué ordinario —se quejó May.
La nieve comenzaba a caer con más fuerza sobre la emblemática Lincoln. Cada curva se iba haciendo más difícil.
El hombre logró alcanzar al joven y trató de hacerlo desviarse empujando el auto. Ambos se movieron hacia el carril izquierdo, a contramano, y por poco se salvaron de colisionar con dos autos civiles. El muchacho volvió a su mano, mientras el hombre mayor perdió el control y se subió a la acera, llevándose puesto unos botes de basura que le hicieron ralentizar.
May aprovechó el momento para adelantarse. De la ventanilla del segundo salía humo como una chimenea. Estaba fumando.
—Ups. Lo siento. —May pasó a toda velocidad, llegando a escuchar al hombre proferir algún insulto ininteligible. La muchacha tenía entre ceja y ceja a su adversario final.
—¿Crees que puedes alcanzarme, muñeca? —gritó el muchacho—. Tal vez en un millón de años.
—Ya vas a ver —murmuró May.
—¡Hagamos una apuesta! Si te gano, follamos.
May decidió concentrarse de ahora en más en la pista. El karma terminaría encargándose de él.
—Cada uno es más energúmeno que el otro —se quejó.
El circuito llegaba por Lincoln hasta el centro de la ciudad, y doblaba por la intersección con la avenida Kennedy, que se hacía calle por el este y continuaba a lo largo del puerto en el sur de Peach Creek hasta regresar a las tenebrosas calles de Pruitt Igoe.
Mientras se centraba en no perder el ritmo frente al violento Honda Civic del muchacho, logró escuchar los gritos de la otra chica detrás de ella. Al parecer había regresado a la carrera.
—¡No puede ser que una mocosa sea más rápida que yo! ¡No lo puedo permitir! —gritó ella.
—Cielos, no hay lugar donde alguien no me odie —se lamentó May.
Pero sí había un lugar. Un pequeño remolque donde tres personas la querían y la esperaban todos los días en casa.
«Mamá… Lee… Marie.»
La calle estaba bloqueada por dos camiones, pero se podía continuar por los muelles helados por el siguiente kilómetro. Gracias a Dios no había ni un alma a esa hora. May consiguió acercarse un poco más al muchacho y alejarse de la chica.
Tras girar hacía la izquierda por una curva, el muelle finalizaba en un puente basculante abierto casi completamente. Se había elevado lo suficiente como para que alguien pudiera subir sin colisionar con la pista, solo por muy poco. Y si su sentido de la orientación no fallaba, al cruzar el puente, debería estar de nuevo en el barrio.
El problema era que no veía nada del otro lado. Si saltaba el puente, seguiría en línea recta hasta donde la gravedad le ordenara caer.
Vio al primero dudar justo antes de saltar por el puente. May eligió una dirección, aceleró, y fue lo que Dios quiso.
Estar en el aire se sintió como viajar en un cohete. Fue mejor que cuando subió a ese juego mecánico de la feria, dos años atrás. Ella gritó y no fue la única, sus dos contrincantes próximos también lo hicieron.
La calle continuó con un giro a la izquierda, bordeando una planta industrial amurallada. El muchacho cayó a un lado del asfalto e hizo una maniobra para no chocar con el único faro de luz en la zona. May consiguió caer dentro de la calzada, logrando tener toda la ventaja para adelantarlo.
—¡Sí! —gritó ella. Por el espejo izquierdo vio al muchacho furioso acelerando hacia ella, y por el derecho, a la chica aterrizando sobre la muralla de la planta y saliendo disparada por el parabrisas. No fue una caída mortal, pero su carrera terminó ahí y seguramente despertará en la camilla de un hospital.
La calle continuaba recta por un último kilómetro hasta la meta, donde todos la esperaban. Justo cuando iba cerca de la mitad, el muchacho, que iba a menos de un segundo de distancia de ella, activó su as bajo la manga. Turbo.
—Vamos, vamos, vamos —gruñó él.
May no se mosqueó. Esperó a que el muchacho mal hablado la alcanzara por la izquierda, y una vez que lo hizo, ella giró el volante hacia él, utilizando la esquina frontal de su coche para empujar la esquina posterior del de su rival. El auto rival dio un giro de 180 grados, quedando en contramano, y May simplemente se redirigió sola hacia la meta y hacia la gloria.
—¡No!
—Es un novato —murmuró ella. Había visto incontables veces la maniobra PIT en la televisión.
Así fue como May Kanker consiguió ganar una carrera ilegal de verdad, con un coche de verdad, y frente a rivales de verdad. Una vez cruzó la meta, detuvo el coche y salió.
—¡Gané! ¡Gané! —Fue corriendo a abrazar a Kevin. El muchacho no supo en dónde meterse.
—Eh… Sí… que bueno…
El perdedor salió de su coche y fue a confrontarla.
—¡Eso no valía! ¡Hiciste trampa! —ladró él. May le sacó la lengua. Detrás de ellos se acercaron Jack y su banda.
—Dañaste mi coche, pero no importa. Bienvenida a la banda, muñeca —dijo este.
—¡Pero Jack, ella hizo trampa!
—A llorar con tu mamá —respondió tajante—. Denle el dinero a la chica.
Todos aplaudieron a May, excepto la muchacha rusa de la meta.
—Muchas gracias por el auto, Jack —agradeció May, devolviéndole la llave—. Toma tu parte por la renta y por los daños.
—Lo que sea por ver una cabellera de oro ondeando sobre las ventanas de un auto a toda velocidad. Esta chica me cae bien, Kevin. ¿Tu novia sabe de ella?
—No. Solo es una amiga y le debía un favor —respondió molesto.
En ese momento, el competidor sacó una Magnum y apuntó a Jack, para asombro de todos.
—Ya me cansaron tus carreras de mierda, siempre terminas haciendo lo que quieres —farfulló él. Todos hicieron silencio, conmocionados—. Tal vez es momento de que alguien más que no sea algún lameculos tuyo tome el mando.
—Baja… esa… arma… Brad —repuso Jack lentamente, con las manos en alto. May vio en su bolsillo trasero un arma. Rápidamente pensó en escabullirse en silencio del lugar, incluso sin el dinero.
—No te muevas —le susurró Kevin a May.
—Pero…
—Shh…
—Todas las noches es lo mismo —continuó el muchacho—. Primero el cabrón de Tim hace explotar mi auto. Después ese otro Wayne le pone algo a mi cerveza. ¡Y ahora esta niña se burla de mí y me saca la lengua! Pero hay un Dios que…
—…que todo lo ve, si, ya lo sé, Brad.
El sujeto movió el arma a todos los que estaban cerca, y finalmente volvió a Jack.
—Esta fue la última noche en que se rieron de mí… Hasta nunca, imbécil de mier…
Bobby se había acercado por detrás. Tomó el arma y comenzó a forcejear con él. Una bala disparó hacia arriba. Kevin imaginó de qué manera las Kanker lo harían picadillo si dejaba que algo le pasara a May, por lo que aprovechó la distracción para alejarla del lugar. Ella se dio la vuelta y vio el desenlace. Jack corrió hacia el sujeto y le golpeó con la culata de su Beretta. El muchacho se desplomó en el suelo. Jack lo golpeó un par de veces más hasta asegurarse de que ya no sería un problema. Todo esto ocurrió en tres segundos.
—¡Aquí tienes, hijo de perra! ¡¿Quién es la mierda ahora?! ¡¿Eh?! ¡¿Eh?! —gruñó Jack, mientras lo pateaba y le escupía en la cara.
—¿Lo ves, May? Todo está bajo control —la tranquilizó Kevin.
Se alejaron de la multitud. Bobby Hunt y otro de los muchachos de Jack le acercaron a May un pequeño saco repleto de billetes. Por primera vez en la noche, Kevin quiso poner sus manos en algo que no era May.
—No te preocupes, esto es más común de lo que parece. Además, ese tipo tenía denuncias por violencia de sus exparejas, se lo merecía.
—Pues… Espero que estés en lo cierto. Aunque creo que Jack no es el más indicado para hacer justicia sobre eso.
—Claro que no. Todo esto solo fue defensa propia —comentó él, y su tono de voz indicaba que ya quería irse de ahí—. Pero no te preocupes, ya se acabó. Eres rica.
—Sí… —May trató de dejar de lado lo ocurrido y se centró en su victoria, sonriente. Muy pronto volvería a ver sonreír a Marie también.
—Por cierto. Cuando cruzaste el puente, ¿cómo sabías en qué dirección tenías que aterrizar para no chocar como lo hizo la otra chica? —preguntó Kevin, subiéndose a la motocicleta con ella. May lo pensó un rato.
—No lo sabía… Tuve fé.
Esa noche, Doble D y Nazz durmieron juntos por primera vez. En la madrugada, Doble D se despertaría, con una ligera sensación de culpa. Bajaría a escondidas a tomar un poco de café, sintiéndose aliviado de que ella se encontrara profundamente dormida. Nazz no se despertaría para regañarlo por seguir hundiéndose en ese liquido negro, y todo marcharía bien. Después, se recostaría cuidadosamente al lado de ella, y la arroparía bien para que no pasara frío.
—Le estoy haciendo daño, ¿verdad? —se preguntaría en voz baja, para no despertarla.
«No lo sé, tú dime»
Doble D bajaría corriendo hacia la cocina y se serviría una taza de café. Y luego otra. Y luego otra. Y así estaría bien.
