Lo próximo que supo después de abrir los ojos fue que el aire no secaba de manera dolorosa sus fosas nasales y estaba entre mullidas telas. Escuchaba un tenue «bip» estático, proveniente seguramente de su mente al saberse perdida desde la última vez que había estado despierta.

—Su majestad.

Viró los ojos a la criada que en silencio le observaba, intentó tragar saliva, pero su boca se encontraba completamente seca y con un sabor agrio en ella, recorrió la habitación antes de volver a mirar a la criada.

—A-agua, por f-favor.

Le dolió mencionar aquellas palabras y desistió completamente en intentar saber de su ubicación, aun así, la criada no tardó ni un segundo en cumplir su pedido. Una vez terminó se limitó a regresar a su posición inicial, donde si bien se sentía dolorido, no le costaba respirar. Sopesó de nuevo la idea de saberse perdido y lejos de su patria, pero esperaba que su luna supiera de su ubicación.

Su luna.

Había soñado cosas bastante extrañas, donde su luna no era su luna, donde él era una criatura que pertenecía al mar... una de aquellas criaturas de las que los marineros hablaban y a las que les temían. Pero le parecía tan extraño en no pensar en aquello como un ser horripilante, sino más bien como uno con el mar, y desde que despertó tenía una extraña sensación de que algo le faltaba. Se sentía vacío y de una forma bastante extraña sentía una calma permear en su ser a pesar de no encontrarse cerca de sus tierras, pero si con el arrullo del mar tan cerca que podía saborear el salitre en el aire.

—Amor mío.

Viró su vista al umbral de los aposentos que le habían designado en medio de su inconciencia, ahí se encontró a la mujer que por poco no reconoce, quizá por los extraños sueños que invadían su mente, quizá por los golpes que seguramente se había propinado en medio de la tormenta o simplemente era por haber cortejado a la misma muerte y salir impune de ello.

—Sona... —gruñó antes de rendirse de nuevo en pronunciar palabra.

—¡Calma! —clamó desesperada y corrió hacia su prometido para evitar que hablara.

Sinceramente aquella acción le pareció bastante rara, pues Sona Sitri no solía ser una persona sentimental, era, como toda su familia, de pocas palabras y gestos aún más escasos, en realidad parecía que su familia política eran un montón de muñecas de porcelana, y aquella apariencia había resonado en las mentes de muchos de los súbditos de la corona del Rey Lucifer.

Aunque realmente no entendía el porqué de aquellas habladurías, el último gobernante carismático y pasional había sido su bisabuelo, de aquellos días hasta la era actual todos eran más bien rancios, y a él sinceramente no le interesaba ser de palabras que engatusaran a la gente, realmente ni siquiera le gustaba hablar y mucho menos ir por el mundo expresando sus sentires. Era más bien feliz demostrándole su amor a su prometida atrás de las puertas de sus aposentos,

—Estoy bien —silbó tomando la mano de Sona y regalándole un pequeño beso entre sus nudillos enfundados en delicados guantes de seda.

—¡Casi mueres!

—Pero estoy vivo, es lo que realmente importa.

—Solo tú y uno de los marinos que se encontraban en su barco han sobrevivido, él dice que tu abuelo hizo enfadar a los dioses tirando al gato que los acompañaba por la cubierta.

—No, no fue eso —respondió mirando al ventanal donde se escuchaban las olas chocar contra las rocas de forma tan rítmica que aquel arrullo clamaba por devolverlo a los brazos de Morfeo—. Creo que le arrebató algo al mar y ahora este se lo pidió.

Sona gruñó inconforme pues había visto desde la entrada del castillo del Duque de Agares cómo las olas arremetían con ira contra el desfiladero. Ira. ¿Podía el mar actuar como un ente con sentimientos? ¿Podría desear algo tan banal que un simple humano lo poseía?

—Pues el mar no ha recuperado aquello que perdió —Vali miró a Sona, y entonces ella notó que había un cambio en él, era ligero, casi podía decir que pasaría desapercibido para nadie más que ella: sus ojos, que solían ser de un enigmático azul hielo habían cambiado su tonalidad, un hecho que no podía dejar de lado—, jamás había notado que tus ojos eran tan azules como el tormentoso mar —la susurrante voz de Sona no fue escuchada por Vali.

—¿Crees que los dioses ayuden al mar a recuperar aquello que perdió?

Sona, con mirada escrutadora, simplemente se limitó a desviar la mirada y guardar silencio. Puede que su prometido aún no se diera cuenta, era comprensible, él era infinitamente ignorante de muchísimas cosas, probablemente por la rigurosidad —rozando con el desprecio— con la que la familia Lucifer lo trataba, pero Sona Sitri intuía que aquello por lo que clamaba colérico el mar era aquel muchacho de ojos de mar.


05-02-2021