Capítulo 3.- "La prueba" Parte II
El joven de ojos miel suspiró y aceptó la prueba. Su mirada era tan determinante, como si luchar no presentara problema alguno para él.
—Este chico va en serio. Vamos Sarada, concéntrate, trata de mantenerte en pie, no debes perder —pensé.
Elevó su mano izquierda a la altura de su cara, frente a su cuerpo con el brazo extendido mostrándome la palma pero no sólo eso me inquietaba sino también la forma alargada de sus ojos claros. No pestañeaba en lo absoluto y me costaba trabajo mantener mi mirada.
—¿Qué está haciendo? ¿Qué clase de movimiento es ése? Tiene planeado empujarme, estoy segura que se trata de eso.
Antes de que siquiera pudiera darme cuenta, el muchacho avanzó hacia mí a punto de empujarme o tomarme del cuello de la camiseta. No lo entendí muy bien pero mi cuerpo se movió por sí sólo y logré retroceder a tiempo evitando que me alcanzara.
—¡Es demasiado veloz! Apenas soy capaz de esquivar sus golpes.
Todavía en mi estado de alteración por haber sido atacada, no pude concentrarme más que en el movimiento acelerado de su cuerpo, él era demasiado hábil para alguien como yo que jamás en su vida había peleado a golpes.
Sus pies se deslizaron por el suelo y en un giro violento alzó su pierna hasta impactar una patada directo a mi mejilla derecha.
El dolor había sido abismal, era algo que no esperaba y casi podía sentir un ardor que me iba a reventar la piel. Me tambaleé ante el impacto y mi tobillo izquierdo se dobló haciéndome caer al suelo. Todas mis esperanzas se esfumaban una por una como vapor hacia el cielo, la vergüenza, el daño que me lastimaba la cara, el tobillo, todo... todo era una pesadilla.
—Lo siento, he fallado... mamá. Siempre he sido torpe, ni siquiera puedo defenderme de algo tan simple... ¿Cómo podré salvarte?
—Parece que hasta aquí llegó tu oportunidad. Levántate y vete. Tú, el chico de blanco... Te quedas en el escuadrón.
El señor de la máscara había dicho lo inevitable y sonaba peor que haberlo imaginado.
No fui capaz de mirar a nadie a la cara, con mi cabeza baja, sobándome el tobillo y mi mejilla me puse de pie poco a poco. Estaba muerta de vergüenza.
¿Las palabras seguirían sonando en mi cabeza hasta el día que me fuera de este mundo? "Levántate y vete, levántate y vete" ¿por qué dolían incluso más que los daños físicos a mi cuerpo? Quizás porque el dolor de mis músculos se iría con el tiempo y aquella frase persistiría como una memoria triste y humillante.
Mis pasos eran lentos al caminar, mi dolor del tobillo me impedía avanzar apropiadamente; continué mirando a la tierra evitando a toda costa encontrar la mirada de alguien. Podía escuchar murmullos por donde pasaba y eso me avergonzaba aún más.
"Pobre chico, no hizo nada"
"Si es tan débil ¿cómo se atrevió a venir aquí?"
"Mis padres estarían avergonzados si yo pasara lo mismo que él"
Ante la pena de estar expuesta a sus juicios y sentirme la más inútil del mundo, soporté el dolor de mi tobillo y apresuré mis pasos para irme lo más pronto posible. Lógicamente el dolor era espantoso y todavía me ardía la mejilla, las lágrimas estaban amenazando con salir y luché contra todo mi ser para no llorar, al menos no frente a todo ese grupo de hombres.
Las pesadas miradas casi eran palpables, las sentía sobre mi espalda, todos viendo hasta el más mínimo detalle de mi humillante retiro del campo.
Salí como pude y crucé la entrada ignorando la mirada del hombre que anteriormente tomó mis datos para dejarme entrar.
Más delante, me escondí detrás de un gran árbol en medio del bosque y me senté en el suelo para sobar mi tobillo mientras las lágrimas aparecían desbordantes mojándome la cara. Lloré, lloré mucho odiándome por todo y maldiciendo mi debilidad.
—Mamá —dije entre jadeos de sufrimiento—, mamá perdón.
(...)
Abrí mis ojos cuando escuché que golpeaban la puerta, el estruendo me hizo recordar la noche que esos sujetos entraron a la casa donde vivía con mi madre. Confundida y alterada me enderecé sobre el futón y miré el reloj, eran las seis de la tarde.
Los golpes continuaron pero mi temor desapareció cuando escuché la voz de la señora Tsunade.
—Sarada, oye muchacha ¿estás ahí?
Me arrastré fuera del futón y me puse de pie para ir a abrir la puerta, cuando lo hice vi en su rostro una alteración espantosa. Me miraba como si hubiese visto a un fantasma.
—¡Sarada! ¿Qué te ha pasado?
Recordé lo de mi mejilla.
—Bueno... Me golpeé por accidente —llevé una mano a la mejilla queriendo ocultar la gran marca.
—¿Accidente? No señorita, a mí no me vas a engañar con esa mentira.
La señora Tsunade entró de lleno a la pieza y dejó una bandeja sobre la mesita. Luego me tomó de los hombros y me giró hacia ella para verme fijamente.
—¿Qué has estado haciendo? ¡Te cortaste el cabello! —Lo revolvió bruscamente— Y tienes ese horrible golpe en tu mejilla ¿quién lo hizo?
—Ya le dije que fue un accidente, todo está bien, lo prometo.
Frunció el ceño y se cruzó de brazos.
—Esta mañana vine a buscarte pero no estabas así que he venido para ver qué sucedía, además te traje comida.
Miré hacia la bandeja.
—Gracias, aprecio mucho sus atenciones.
—Sarada, ¿qué me estás ocultando? Sakura te envió conmigo hace semanas y hasta ahora no he recibido mensaje suyo. Te cortaste el cabello y estás vistiendo como un niño, acaso ¿escapaste de casa?
Bajé la mirada y junté mis manos frente a mi vientre.
—Señora Tsunade, mi mamá fue secuestrada.
—¡¿Qué?!
—Fueron de los enmascarados, ellos entraron de pronto en nuestra casa en plena noche y mamá me escondió en el armario, me pidió que huyera y no le dijera a nadie que soy Sarada Haruno, todavía no entiendo por qué y estoy tan asustada.
Mis labios temblaron y mis ojos se humedecieron, la señora Tsunade suspiró y se puso las manos en la caderas mientras caminaba de un lado a otro.
—No puede ser —mascullaba—, esos malditos. Sakura te ha dejado a mi cuidado, de eso no hay duda. Es por eso que has cambiado tu apariencia ¿no?
En realidad no se trataba de eso pero tuve que mentir, asentí con mi cabeza y ella lo aceptó.
—Es conveniente que la gente crea que eres hombre.
—¿Puede usted llamarme Saki? Así nadie sabrá mi verdadero nombre.
La señora Tsunade se mantuvo observándome, luego su mano elevó mi rostro y seguramente tomó detalle de la marca rojiza de mi mejilla.
—Saki... ¿De dónde se te ha ocurrido ese nombre?
—Bueno, mamá una vez me dijo que cuando estaba embarazada y aún no sabía si yo sería hombre o mujer, pensó en dos nombres. Si yo hubiese nacido varón, me llamaría Saki.
Ella cambió la severidad de su rostro y pude notar una sutil sonrisa.
—Ah, Sakura casi siempre ha sido tan precavida. Entonces te llamaré Saki delante de los demás —dijo y soltó mi mentón—. Déjame tratar ese golpe en tu mejilla, si no mal recuerdo, tengo un botiquín de primeros auxilios.
Vivir cerca de la señora Tsunade era casi parecido a estar con mamá; ella era una mujer fuerte y aunque algunos aldeanos hablaban a su espalda, nadie se atrevía a decir algo en su presencia. Poco sabía yo de la señora, mamá me habló escasamente de ella y sólo sabía que había sido como su maestra cuando mamá fue una adolescente.
Esa noche me estaba costando poder conciliar el sueño, no podía dejar de recordar la humillación que viví. Toqué el parche que cubría mi mejilla, volteé el rostro y vi la ventana. Me levanté del futón y caminé hacia ésta para ver el cielo.
«—Mamá, ¿papá nos puede ver?
—Sí, Sarada.
—¿Cómo lo hace?
—¿Ves las estrellas? Siempre que titilan es porque nos está mirando.»
Pegué mi mano al cristal frío después de que aquel recuerdo apareciera.
—Si papá no hubiera muerto, quizás mamá nunca hubiese sido raptada.
Jamás me había sentido tan vacía, no conocía a ningún familiar pues no tenía a nadie más que a mi madre. La tristeza volvió esa noche y cuando limpié mis ojos para quitar las lágrimas, vi una nube de humo saliendo de una de las casas del pueblo.
Mis ojos se abrieron asustados al oír el ruido y de gritos de terror y esas espantosas bestias salvajes que gruñían la noche del secuestro, estaban corriendo por las calles del pueblo.
—Los enmascarados, son ellos —comencé a temblar incapaz de moverme—. No puede ser ¿qué hago? ¿qué hago?
Estaba entrando en pánico al revivir las escenas, sin duda alguna esos hombres estaban buscando más mujeres y niños para llevárselos. Sentí que el aliento se me escapaba, con el escándalo aterrador reaccioné y corrí a ponerme los zapatos.
—¡Tengo que esconderme pronto!
Mis cuerpo temblaba entorpeciendo mis actos. Si no me daba prisa, los criminales llegarían hasta las habitaciones de la señora Tsunade y me encontrarían.
Miré la foto donde estábamos mamá y yo, la tomé y la escondí debajo de un buró. Oí el rugir de las bestias que me indicaban que estaban acercándose; mi corazón latía cada vez más violento y con todo el miedo del mundo abrí la puerta y salí corriendo hacia el bosque para esconderme.
Entre gritos de horror y llantos, yo también tenía unas inmensas ganas de llorar. Mis jadeos aumentaron y el corazón palpitaba tan fuerte que podría jurar que se saldría de mi pecho. Mi tobillo dolió otra vez justo en el momento menos indicado y caí de rodillas al piso. No di tiempo al dolor y me levanté para volver a correr.
Escuché un estallido de vidrios mas no miré hacia atrás, lo que sea que hubiese explotado en ese momento no era importante, sólo mi propia integridad.
La gente corría espantada, nadie sabía a dónde ir para escapar. Mis piernas estaban dando todo de sí y mis ojos alcanzaban a ver el bosque oscuro y tenebroso que en ese momento era mi única alternativa. Pero justo cuando creí que lo había logrado, escuché el llanto de una niña y me paralicé al mirar con horror cómo una de esas horribles bestias que parecían perros, la tomaba en su hocico.
La pequeña no podía tener más de cuatro años y lloraba a grito abierto. Al mirarla, presencié el resto del panorama y todo era un caos, una escena escalofriante.
Sí, yo estaba llena de pavor pero no podía ignorar el hecho de que a metros de distancia de mí, estaba esa bestia llevándose a una niña.
—Esto no va a terminar bien ¿verdad?
Cerré mis ojos por instantes y al abrirlos busqué en el suelo una piedra, encontré una y a pesar de que mis manos temblaban, la lancé contra el monstruo logrando pegarle en el lomo. Volteó y me localizó con sus horrendos ojos, sólo pude sentir mi final.
Recogí otra piedra y volví a lanzarla pero la esquivó y se abalanzó sobre mí. Si de todas formas no tenía escapatoria, sólo me restaba ser valiente y tratar de salvar a la niña; mis manos sujetaron su hocico intentando abrirlo pero era inútil, no tenía la fuerza suficiente para hacerlo.
—¡Suéltala!
Exclamé a todo pulmón, mi voz se cortaba y yo insistía. La bestia gruñía y la niña había dejado de hacer ruido, imaginé lo peor y comencé a llorar pero sin dejar de intentar liberarla.
Mis ojos vieron con horror cómo los hombres enmascarados que acompañaban a las bestias, se llevaban mujeres y jovencitas como si fueran cualquier objeto. Entre gritos y sollozos, arrancándolas de sus familias, y en cada una de ellas estaba la imagen de mamá.
Estaba comenzando a enfurecerme, odiaba a esos criminales y sus horripilantes criaturas. Mis manos seguían presionando la mandíbula del animal y volví mis ojos hacia los suyos. Lo detestaba, quería tener la fuerza suficiente para arrancarle el hocico y acabar con él.
No recordaba haber estado tan molesta y llena de rabia, mi cuerpo comenzó a sentirse caliente y mis ojos picaban, de pronto el hocico de la bestia se aflojó y la niña cayó al suelo. El animal se quedó inmóvil como si estuviera petrificado.
Vi cómo el Escuadrón de Konoha llegó a ayudar enfrentándose a la organización de criminales. Dejé de prestar atención porque me agaché para tomar a la niña entre mis brazos, tenía heridas en su cuerpo y estaba sangrando. Sus ojos permanecían cerrados y un fuerte dolor en mi pecho surgió al pensar que había muerto.
—No, no por favor.
Pegué mi oreja a su pecho para escuchar su corazón y luego tomé su pulso. Ella seguía viva pero estaba perdiendo sangre.
—¡Ayúdenme! ¡Por favor! —Grité con todas mis fuerzas— ¡Alguien que me ayude!
Entre gritos de auxilio y la ansiedad de la situación, un hombre del escuadrón se acercó presuroso y se puso de cuclillas. Mi labio inferior no dejaba de temblar.
—Por favor señor, ayúdela.
El hombre me miró y a pesar de la escasa luz, pude ver que se trataba del señor de la máscara. El mismo que me había hecho luchar.
Sus ojos me miraban de un modo diferente mientras yo lloraba, pero no parecía conmovido sino confundido.
