Capítulo 10.- "Zona D"
Después de tres días en el refugio, por fin se llegó el momento de partir. Nos informaron que debido al ataque a la zona de entrenamiento, los reclutas serían divididos por grupos más chicos y repartidos en distintos puntos, y de ese modo asegurar su bienestar.
Nos entregaron una mochila a cada uno con lo básico: dos cambios de ropa, zapatos, ropa interior, un cepillo de dientes y una pasta dental.
El general Kakashi me llamó para que lo siguiera, cuando todos estaban retirándose con sus grupos. Lo seguí y mientras caminábamos juntos por el largo pasillo, nos encontramos al señor Itachi quien caminaba en sentido contrario a nosotros.
—Buena suerte —le dio una palmada al hombro del general, éste movió su cabeza.
—Agradece de mi parte al comandante por la autorización.
El señor Uchiha me miró, yo no pude sostenerle la mirada por mucho tiempo y terminé desviándola hacia el suelo de cemento.
—Cuida bien de todos los muchachos, general.
—Así lo haré.
Levanté lentamente mis ojos para cerciorarme que ya no me estaba viendo y sentí un alivio cuando acerté. El señor Itachi caminó dejándonos y giré mi cabeza para ver por encima de mi hombro, su espalda fue lo único que presencié.
—Vamos.
Continuamos el trayecto hasta llegar a un estacionamiento donde vi una furgoneta de color arena; el general abrió la puerta trasera y antes de subirme miré que dentro del vehículo estaba Inojin, Mitsuki, Shikadai y Boruto; éste último al verme volteó su rostro.
—Hola Saki, te estábamos esperando —dijo Inojin con muchos ánimos.
—Sube —me ordenó el general y le obedecí.
Me senté junto a Mitsuki, en total eran seis asientos; tres del lado izquierdo y tres del derecho. Podíamos vernos de frente y para mi mala suerte, Boruto quedaba justo en la posición delante de mí.
—Escúchenme bien —habló el señor Kakashi—, el viaje durará varias horas así que sólo haremos una parada para que liberen sus desechos corporales, saben a lo que me refiero —señaló a Inojin que estaba a punto de preguntar—. No griten, no hagan tanto ruido, no queremos ser detectados por criminales. Y sobre todo, no peleen ¿entendieron?
—¡Sí, señor!
—Una cosa más, está prohibido ir llamando por la ventana del conductor, si tienen algo que decirme y si es realmente importante, dejaré este radio intercomunicador. Yo viajaré en la parte delantera del vehículo y atenderé a sus llamados —entregó el aparato a Shikadai—. ¿Alguna duda?
Levanté mi mano a la altura de mi cara.
—Adelante.
—¿Qué pasa si somos atacados? En la posibilidad de que pudiésemos ser descubiertos y un grupo de criminales nos interceptara ¿qué haremos?
El general me miró sin pestañear, sólo dedicándome esa fuerte mirada oscura que lo caracterizaba. Lo malo de esas situaciones era que nunca sabía si estaba molesto o así era su forma de ser.
—Deberán permanecer dentro del vehículo, pase lo que pase. Si la furgoneta se detiene inesperadamente y no hay indicios de que haya sido cosa nuestra, ustedes no intentarán nada. Se prepararán para sobrevivir, si las puertas son abiertas ustedes tendrán que pelear. Si pueden escapar del peligro quédense en el bosque, y no intenten buscar la salida a menos que sea de mañana, procuren no avanzar cuando la tarde comienza a caer.
—¿Cómo podremos identificar cuando la furgoneta se detenga por órdenes suyas?
—Cuando hagamos la parada para las necesidades básicas, les llamaré por la radio avisándoles, de igual modo será cuando hayamos llegado. La palabra clave será ave azul. Y la de ustedes: 10-15. No la olviden.
Todos asentimos.
—Es todo. Abróchense los cinturones y prepárense.
Cuando el señor Kakashi cerraba la puerta, pude ver que antes de que ésta impidiera todo acceso al exterior, sus ojos se desviaron hacia mí.
Abroché mi cinturón y cuando el motor del vehículo encendió, mis manos se doblaron en un puño.
Ninguno de nosotros hablaba, mi mirada se concentraba únicamente en los pies de Boruto pero no les prestaba atención por estar pensando en escenarios peligrosos.
El viaje se volvía largo, no sabía cuánto tiempo había pasado pero al mirar hacia un lado pude ver a Inojin dormido, estaba recargando su cabeza en su mochila. Shikadai jugaba con sus dedos; Boruto tenía la cabeza echada hacia atrás y sus ojos cerrados, pero él definitivamente no estaba durmiendo. Por último Mitsuki quien estaba a mi lado, no se había movido por un largo rato y sus ojos ámbar estaban fijos en el suelo.
Repentinamente el vehículo se detuvo, Inojin se despertó cuando el movimiento cesó y Boruto enderezó la cabeza. Todos nos miramos y vimos el intercomunicador que Shikadai había tomado del asiento.
—Ave azul, aquí el general Hatake. Ésta es la parada para que hagan sus necesidades —la radio transmitió aquella voz—, iré a abrir la puerta en cuanto me den la confirmación.
—Aquí 10-15, recibido —dijo Shikadai y todos desabrochamos los cinturones.
La puerta se abrió, el general nos hizo una seña de guardar silencio y todos bajamos con cuidado. Lo poco que se podía ver del cielo estaba gris, las copas de los árboles eran tan altas y se mecían con el ligero viento que traía consigo el olor a tierra húmeda.
—Tienen cinco minutos, de preferencia no se alejen demasiado. Si sólo van a orinar, cualquier árbol está bien.
Recorrí con mi mirada todo el panorama, queriendo localizar un arbusto lo suficientemente frondoso para no ser vista. No podía simplemente bajarme el pantalón y ya, en ese momento envidié esa característica masculina.
Fui detrás de un árbol de tronco robusto, el cual estaba rodeado por matojos. Brinqué uno de éstos y cuando me aseguré de que nadie me veía, me desabroché el pantalón.
Cuando terminé, caminé de regreso entre los árboles y lavaba mis manos con el agua de mi botella; me paré al ver a Mitsuki de espalda, inmediatamente me giré para no verlo y sentí mi cara arder.
—Oh, Saki, eres tú.
Lo escuché decir, luego el sonido de su cremallera.
—Lo siento, te juro que no vi nada.
—Está bien, de todos modos somos hombres.
—¿Quieres de mi botella para lavarte las manos? —Ofrecí, él extendió sus palmas y las juntó en espera de recibir el líquido.
—Por favor.
Mientras vertía el agua vi cómo el líquido se movía hacia un lado cuando el viento sopló levantando varias hojas. Tanto Mitsuki como yo miramos hacia el cielo al momento que un montón de cuervos volaban marchándose.
—Parece una escena de cine de terror —dije.
—Es momento de volver a la furgoneta.
(...)
El resto del viaje fue igual de tranquilo pero sin conocer la razón, me resultó más extenuante. Teníamos una nueva palabra clave y no habría nuevas paradas sino hasta llegar a nuestro destino. El vehículo se paró repentinamente y casi en sincronía todos miramos el intercomunicador que Shikadai sostenía en espera del llamado del general.
Mas ya habían pasado algunos segundos desde que el vehículo dejó de moverse y no teníamos ningún mensaje del señor Kakashi.
—¿Qué está pasando? ¿Creen que algo esté mal? —Susurró Inojin.
Ninguno de nosotros respondió, apenas pude inhalar cuando oímos varios gritos en el exterior y mi piel se puso como carne de gallina.
—¡Abre la maldita puerta!
Mi labio inferior comenzó a temblar, Boruto frunció el ceño y se inclinó hacia el frente mirando hacia la puerta. No se escuchaba muy claramente la conversación pero de pronto unos golpes azotaron el vehículo y me estremecí, todos lo hicimos.
—¡Ábrela, ahora!
Mis manos vibraban involuntariamente, vi cómo Shikadai se desabrochó el cinturón y tragó saliva preparándose para lo que ocurriera. Cuando sentí que iba a entrar en pánico, la mano de Mitsuki sostuvo mi muñeca y su calor me calmó un poco.
—No tengas miedo, no pasará nada malo —susurró.
Miré sus ojos, luego oí el sonido de la puerta y volteé a ésta.
—Halcón negro, aquí el general Kakashi. Voy a abrir la puerta.
Shikadai tomó el radio y lo observó por instantes.
—Contesta —dijo Inojin—, ésa es la clave ¿no?
Shikadai subió el aparato hasta la altura de su boca y presionó el botón.
—10-20, recibido.
La puerta se abrió y vimos al general Kakashi, sentí que el alma me volvía.
—Bajen ahora, tenemos un inconveniente.
Sin darnos más detalles, todos abandonamos el vehículo y al momento de estar de pie, fuimos capaces de ver como a diez hombres de uniformes negros que nos rodeaban. Me sentí intimidada y lo primero que pensé fue que se trataban de miembros de Dragón de Koshi, pero luego vi que no estaban usando máscaras.
—¿Quiénes son esos chicos? —Preguntó uno de los sujetos uniformados.
—Como les dije, éstos son los reclutas que llevaré a la zona D. Tengo el permiso del comandante.
—Revísenlos.
Quien parecía ser el capitán de aquel grupo, ordenó a cinco de sus hombres para que nos examinara. Todos levantamos nuestras manos y el horror apareció cuando el hombre que me revisaba tocó mi cuerpo, no pude hacer nada, cualquier movimiento en falso echaría todo a perder; no me quedó más opción que soportar hasta el final, pero agradecía poder usar ese sostén deportivo para ocultar lo poco que tenía.
—Todo está en orden, señor —informaron.
—General Kakashi Hatake, ¿usted se hará cargo de estos jóvenes? Me parece curioso que haya tomado tal decisión.
—Oficial Ibiki, me parece que eso a usted no le compete —contestó el general, el moreno arrugó las cejas.
—Tengo órdenes de cuidar esta zona, nadie me informó que vendrían reclutas. Hemos reforzado la seguridad luego de un ataque a cinco kilómetros de aquí.
—Me informaron de ese ataque, parece que ya no estamos tan seguros como antes. Pero el comandante me dio su autorización de traer a estos jóvenes.
El moreno nos miró, su cara me daba pavor, estaba llena de cicatrices y sus ojos no eran especialmente bonitos.
—Es probable que al señor no le guste tanto la idea de que entrenen a estos chicos por aquí, así que procuren no ocasionar problemas —dijo el tal Ibiki.
—¿Señor? —Pensé.
—Haremos las cosas bien.
Volvimos a la furgoneta y entramos a la zona D, el resto del camino duró cinco minutos y cuando bajamos, observé lo que parecía ser una casa rústica de una sola planta y de aspecto muy sencillo, rodeada de árboles con hojas amarillentas.
—Aquí es donde viviremos —dijo el general—, éste es el edificio militar de la zona D. El lugar donde los entrenaré se encuentra a setecientos metros de aquí, pero lo veremos mañana temprano. Por ahora síganme al interior, hay algunas reglas que debo establecer.
Tomé mi mochila y al colgármela una fuerte ventisca me voló hacia atrás el mechón de cabello que me cubría las cejas. Involuntariamente comencé a temblar por el fresco del ambiente y me sobé los brazos.
—En esta área hace más frío porque estamos cerca de la montaña.
Mitsuki se había puesto a mi lado y me señaló hacia una dirección donde aprecié la hermosa montaña del horizonte que se escondía tras las nubes.
—Es verdad, estamos más alto ¿no? —Expresé sin despegar mi vista del magnífico paisaje.
—Vayamos adentro o el general podría molestarse.
El interior de la vivienda era amplio a pesar de que la fachada no lucía exorbitante. Quizás era una ilusión óptica ya que no había demasiados muebles que la llenaran. La sala apenas tenía dos sofás y una mesita de centro; también había una chimenea pero no se veía muy acogedor. Las paredes estaban lisas sin ningún tipo de decoración y las cortinas eran gruesas de modo que no mucha luz podía atravesarlas.
—Ya que estamos todos, voy a comenzar a explicar la situación, presten atención.
El general se desprendió de su mochila y de uno de los compartimentos sacó una libreta.
—Durante el camino anoté los horarios que vamos a manejar, esto no será un día de campo ni vacaciones, es urgente que ustedes mejoren sus habilidades. También distribuí las tareas que realizarán para mantener ordenado este lugar.
El general abrió la libreta y arrancó una hoja, luego nos la mostró.
—La pondré en el muro de allá, así si quieren copiarla estará disponible para ustedes.
Caminó hacia una de las paredes y la pegó clavándole un kunai, luego volvió a donde nosotros y se metió las manos a los bolsillos del chaleco.
—Les contaré acerca de la zona D. No es un sitio como la zona de entrenamiento, este lugar es diferente en muchos aspectos, anteriormente esta casa era utilizada como bodega para armamento pero luego fue clausurada cuando se decidió que no sería base militar, aunque después de cuatro años de abandono, el comandante ha dado su visto bueno para permitirme entrenarlos aquí. Este lugar está cerca de un pueblo pero ustedes no pueden ir allí a menos que yo lo ordene, debemos evitar lo más posible cualquier contacto con los habitantes cercanos.
El señor Kakashi dejó de vernos y caminó hacia una de las ventanas donde corrió una cortina y se quedó mirando a través del cristal.
—Es un lugar más pequeño que el edificio donde dormían ustedes, pero lo suficiente amplio para vivir dignamente. La casa tiene siete habitaciones: una cocina, un cuarto de baño, la sala y cuatro dormitorios. Considerando que seremos siete personas en total las que vivamos aquí, tendremos que aprender a trabajar en equipo.
—¿Cómo dormiremos si sólo hay cuatro dormitorios y somos siete? —Preguntó Boruto.
—Será por parejas, a excepción de la enfermera Yamanaka que tendrá su habitación exclusiva.
Boruto miró a Inojin con cara de pocos amigos.
—Una cosa más —dijo el general—, lo que les he dicho es la parte visible de la casa, hay habitaciones subterráneas donde la enfermera tendrá su área asignada y también divisiones donde guardaremos todas las armas con las que trabajaremos. Pero nadie tomará objetos de allí si yo no les doy autorización ¿entendido?
—¡Sí, señor!
—Es todo, vayan a instalarse de acuerdo al programa.
Fui a ver el papel que estaba clavado en la pared, busqué mi nombre y me di cuenta que Inojin sería mi compañero de habitación; los demás quedaron repartidos así: Mitsuki y Boruto, el general Kakashi y Shikadai.
—Ah, nos ha tocado juntos —oí a Inojin, se posicionó a mi lado izquierdo—, qué suerte.
—Sí ¿verdad? —Sonreí pero no estaba del todo feliz. Inojin era raro.
—Bueno, será mejor ir a elegir habitación.
—Espera, quiero anotar el horario.
El señor Kakashi dejó una libreta y un bolígrafo justo en la mesita de centro por si alguien se interesaba en anotar el programa.
Al día siguiente, el general nos llevó a conocer el campo de entrenamiento o campo de la montaña, como según nos dijo el general que la gente del pueblo lo llamaba.
Para llegar allí hicimos cerca de ocho minutos, sólo atravesamos los árboles que rodeaban la casa y arribamos a un sitio fantástico donde por supuesto, hacía más frío. La montaña se visualizaba mejor y un río ancho se distinguía a la orilla.
—Qué bello —musité extasiada de tanto mirar.
—Ciertamente es un paisaje hermoso —me dijo Mitsuki—. ¿Dormiste bien?
Lo miré, no le había prestado demasiada atención cuando salimos de la casa pero al observarlo frente a un paisaje matutino cerca de la montaña, donde el ligero viento balanceaba sus blancos cabellos y sus ojos brillaban con los finos rayos de la luz del sol, aprecié que él era una criatura fascinante y mi corazón se agitó.
—S-sí, ¿qué hay de ti?
—Hmm... Supongo que también.
Se volteó y su perfil fue lo único que quedó a mi alance. Mitsuki era muy diferente de cualquier persona que conociera, pero no entendía por qué me sentía de esa manera cuando se trataba de él.
Ese día, el general se enfocó en enseñarnos a utilizar y equilibrar nuestro chakra. Dejando de lado por un tiempo el combate cuerpo a cuerpo, dijo que lo primordial en nuestra situación era mejorar el dominio de la energía que nos ayudaba en las peleas y el chakra nos serviría bastante.
Todo eso era nuevo para mí, sin embargo aunque era la primera vez que lo experimentaba, el señor Kakashi me hizo un comentario muy particular, él dijo que le sorprendía ver lo bien que se me daba la práctica de manejar y distribuir mi chakra después de haber recibido la teoría.
Y tenía razón, cuando él explicaba las cosas me resultaba sencillo de entender. Quizás no se trataba de mí, tal vez el general tenía el gran talento de saber transmitir los mensajes.
(...)
Tres días pasaron desde entonces, la situación no había cambiado mucho y los entrenamientos poco a poco aumentaban su intensidad. Esa tarde al volver, el general me detuvo antes de entrar a la casa junto a mis compañeros, dijo que lo acompañaría al pueblo para comprar ingredientes para la cena, pues era mi turno de cocinar y además quería hablar conmigo de algo importante.
Sólo me dio oportunidad de sacudirme el polvo y lavarme las manos y la cara antes de marcharnos en busca de alimentos.
El general caminaba casi a mi ritmo, sus piernas eran más largas y por momentos me dejaba atrás pero al notar que yo batallaba para seguirle el paso, hacía una pausa. Él de pronto ya no se veía como aquel hombre agresivo y regañón que conocí el día que me presenté a la prueba.
—Saki —de repente pronunció—... ¿Cómo ha estado tu vista? Hace días me comentaste que estás teniendo problemas de visión a largas distancias.
—Es cierto, pero como hace mucho que no uso el sharingan mis ojos no pican y mi vista aunque no mejoró, se ha mantenido tal cual ese día de la explosión.
—Ya veo.
Estuvo callado por al menos otros dos minutos, dejamos atrás la concentración de árboles y bajamos por un camino de piedras, no tardé en ver el pueblo que se expandía por todo el panorama. Las casas lucían húmedas pero las chimeneas estaban encendidas, todas eran de piedra al igual que las calles angostas y aunque pareciera ridículo, me emocioné de ver tanta gente, no sólo jóvenes sino también niños, ancianos y mujeres adultas.
—¿Sabe a dónde iremos, general?
—Sí.
Yo miraba asombrada para todos lados y por ir embobada leyendo el letrero de una tienda, choqué con alguien y me pegué en la cara.
—Lo siento, te he lastimado ¿estás bien? —Dijo la persona.
—Saki —el general se detuvo y me miró severamente, aparté la mano de mi cara y me disculpé.
—Lo siento, fue culpa mía —hice una reverencia.
—Lamento la imprudencia de mi discípulo.
—General Hatake, ¿no es usted demasiado estricto? Sólo ha sido un accidente.
El señor Kakashi comenzó a tartamudear aunque lo disimuló bastante bien pero por pasar tanto tiempo con él, oírlo titubear era una señal de que algo era anormal. Levanté mi cabeza y miré a una mujer mayor, quizás de la edad del general, aunque sus facciones eran muy bonitas y su cabello negro sólo permitía ver unas cuantas canas.
—Señora Mikoto, no pensé encontrarla aquí.
El general hizo una reverencia y después me aplastó la cabeza para inclinarme también. ¿Quién era esa mujer y por qué alteraba tanto al general?
—Basta, no es necesario que hagas eso. Me alegra verte y saber que sigues vivo. Veo que hay nuevos jóvenes entrenándose para el escuadrón —volteó conmigo.
—Sí, realmente estamos en tiempos difíciles. Usted no debería estar aquí ¿quién la está cuidando? Cualquier sitio es peligroso.
—Estoy bien —sonrió dulcemente—, no pienso permanecer encerrada todo el tiempo, ese hombre es un paranoico.
—¿Ese hombre? —Pensé.
—¿El señor Fugaku vive en esta zona? —El general se cruzó de brazos— Ah, eso explica la actitud de Ibiki.
—Viviremos con precaución, pero a mi edad dudo mucho ser útil para esos hombres —suspiró y miró a cielo, había algo triste en su mirada—. Bueno, terminé mis compras así que me despido.
—Espere, la escoltaremos hasta su casa —dijo el señor Kakashi.
—Sé que aunque me niegue no vas a hacerme caso, la verdad nunca entenderé a los hombres así que vamos.
El general me miró y me indicó con su cabeza que los acompañara, no dije nada y caminé del lado derecho de la señora Mikoto.
—¿Cómo ha estado Sasuke? Tengo meses sin verlo.
Mi oreja se movió, ella conocía al general y se refería a él de un modo muy cercano.
—Honestamente, tengo quizás más de un mes sin ver al comandante —reveló el señor Kakashi y se llevó las manos al pantalón—. Sé que ha estado ocupado, él siempre fue muy cuidadoso con todo lo que hacía desde que era un niño.
—Fugaku le exigió demasiado a pesar de su corta edad, sinceramente no me sorprendería que no haya venido a la casa porque le molesta ver a su padre.
Al oír eso moví mi cabeza y miré a la señora Mikoto.
—Disculpe —hablé con pena—... ¿Usted es la mamá del comandante?
La señora Mikoto sonrió ligeramente y un par de líneas se marcaron bajo sus ojos oscuros.
—Así es, jovencito.
No se lo dije, pero envidié al comandante por tener a sus padres vivos. La señora Mikoto se veía como una madre amorosa, además el señor Itachi era su hermano y estaba cerca todo el tiempo. Su familia era grande y fuerte, no era un hombre solitario.
—¿Cuál es tu nombre? —Me preguntó.
—Saki, así me llamo.
—Saki ¿eh? —Hizo una mueca curiosa y abrazó la bolsa de papel que cargaba— Ese nombre me trae recuerdos.
Pensé que hablaría más sobre ello pero cambió el tema cuando divisó su hogar. No volvimos a hablar de ello y cuando por fin llegamos noté que la casa era más grande que las otras. Sus muros eran altos y apenas permitían ver la fachada.
—¡Con que allí estás, Mikoto!
Un hombre mayor salió de detrás de la puerta de madera y el general volvió a presionar mi nuca hasta obligarme a saludar.
—Señor Fugaku.
—¿Eh? Con que eres tú, Kakashi.
—El general y su alumno me escoltaron, quita esa cara.
—Ya te he dicho que es peligroso que salgas y más si no llegas escoltas, eres demasiado terca, Mikoto.
Su voz era fuerte y mandona. Aun cuando se calló, yo seguía sin querer levantar la cabeza pero terminé haciéndolo. El general lucía incómodo.
El tal señor Fugaku se parecía al señor Itachi; y en comparación con su esposa, él se veía más viejo. Su mirada era totalmente la de un señor regañón.
—Gracias por cuidar de mi esposa.
—No tiene nada qué agradecer, señor Fugaku. Sólo hago mi deber.
El hombre mandón me miró y sentí que me hundía.
—Cielos, ¿qué pasa con los jóvenes de ahora que no se desarrollan bien?
—¡Fugaku! —La señora Mikoto intervino.
—Él es mi discípulo, estoy haciéndome cargo de un total de cinco muchachos.
—Asegúrate de entrenarlos bien, las cosas no están mejorando desde hace tiempo y si seguimos así... En fin, sé que Itachi está al tanto de todo y no se quedará de brazos cruzados.
—¿Itachi? ¿Y el comandante?
—Seguro que sí, señor. Bueno, no les quitamos más su tiempo, con su permiso.
Hicimos una última reverencia y nos dimos la media vuelta, sin embargo, cuando me giraba me percaté de que el señor Fugaku me estaba mirando.
—Espera tú, el chico.
Me quedé quieta pero miré por encima de mi hombro. El general también volteó.
—¿De qué familia eres?
