Capítulo 11.- "Señor Fugaku"
El viento ondeó los cabellos castaños y opacos del señor Fugaku. Su severa mirada bajo sus cejas fruncidas se quedaron fijas sobre mí y me sentí descubierta ante la oscuridad de sus iris.
—Soy huérfano, señor.
La respuesta de siempre que anteriormente me sirvió y generó miradas de pena, en esta ocasión no parecía surtir efecto. Aquel varón no cambió su expresión por lástima sino que me pareció que había endurecido su mandíbula.
—Tengo dos chicos huérfanos bajo mi mando —habló el general logrando desviar la atención del hombre mayor.
—Quiero hablar de esto con más calma, tengo ciertos puntos que me gustaría tratar contigo.
—Sí señor Fugaku, estoy a sus órdenes cuando lo desee.
El anciano se cruzó de brazos y carraspeó.
—Será hoy mismo. Te acompañaré.
La cara del general debió ser graciosa pero sólo pude ver sus ojos y estaban muy abiertos. La señora Mikoto me miró y sonrió, yo traté de devolverle el gesto.
—Sí señor, puede acompañarnos cuando guste —fue lo único que contestó el general.
—Imagino que viniste al pueblo para comprar víveres, así que te daré oportunidad de hacer tus deberes. Sólo dime en dónde estás viviendo y llegaré en unas horas.
—¿El señor Fugaku irá a la casa?
—Estamos en la antigua bodega militar, con el permiso del comandante nos instalamos allí. Mi discípulo y yo no tardaremos mucho haciendo las compras.
El hombre mayor estuvo de acuerdo y se giró para entrar a su casa, su esposa se despidió del general y de mí moviendo su mano en el aire, luego también entró a su hogar.
El general suspiró fuertemente y miró al cielo mientras se rascaba la cabeza; jamás lo había visto actuar así.
—¿Está usted bien?
—Supongo. Anda, vamos a comprar las cosas para la cena, le pediré a Inojin que te ayude ya que lo más seguro es que el señor Uchiha prolongará su visita.
El general no dijo más y simplemente nos dirigimos al centro del pueblo buscando un mercado. Al llegar pude ver que había mucha gente haciendo sus compras, en su mayor parte se trataba de mujeres adultas quienes cargaban un canasto para echar verduras o frutas y además no ignoré el hecho de que al notar la presencia del general, ellas se ponían coquetas, sin embargo él parecía no darse cuenta.
—¿Y qué ingredientes vamos a comprar? —Le pregunté, él sacó un papelito de su pantalón y comenzó a leerlo en su mente.
—¿Sabes cocinar? —Cuestionó de repente.
—Bueno... Algunas cosas, no mucho en realidad.
—Te pregunto esto porque eres un chico que ha crecido en soledad, he establecido el calendario de actividades sin tomar en cuenta si ustedes tienen tales conocimientos.
Lo percibí con un ligero arrepentimiento y no quise sentirme una carga, los últimos días quien había preparado los alimentos había sido la enfermera Ino y el general mientras se organizaba lo demás; pero ellos ya tenían bastante trabajo como para cuidarnos incluso en ese aspecto.
—Yo lo haré —dije tratando de sonar segura—. Usted deje todo en mis manos.
(...)
Volvíamos a la casa, el general cargaba tres bolsas de plástico mientras yo llevaba una gran canasta con verduras, botellas de sake y salsa de soya.
Había recordado un platillo que mamá solía preparar y debido a que me gustaba mucho le pedí que me enseñara a hacerlo. Confiaba en mi memoria y habilidades para cocinarlo y esperaba no arruinar la cena de esa ocasión.
Miré al general andando muy tranquilo, no decía nada y se veía pensativo. Imaginé que su silencio era producto de la presión que sentía al saber que el fundador del escuadrón quería hablar con él.
—General...
Él pobremente contestó con un "humm" sin siquiera voltear conmigo.
—Bueno... Sé que no es de mi incumbencia pero yo me preguntaba si usted... ¿Tiene esposa?
—No —respondió sin titubear.
—¿Novia?
—Es verdad, mi vida privada no es de tu incumbencia —fue tan directo que me dolió y me sentí avergonzada.
—Lo lamento.
La casa se avistó y me sentí aliviada al saber que pronto llegaríamos, pues el mal ambiente que creé con mis interrogantes fue lo peor que se me pudo ocurrir esa tarde.
El cielo cambió su color a un naranja opaco y se espiró un fresco aire con olor a tierra húmeda; lo primero que me cruzó la mente fue que quizás más tarde llovería.
No había terminado de entrar a la vivienda y el general ya estaba dando indicaciones, mis demás compañeros lo escuchaban atentos formados en la sala sin moverse.
—Escuchen bien, el señor Fugaku Uchiha vendrá en poco tiempo a visitarnos, veo que ya limpiaron la casa —echó una mirada rápida—. No hagan comentarios fuera de lugar y sean respetuosos, ustedes son mi carta de presentación.
—¡Sí, señor!
Volteó conmigo.
—Saki, ve a preparar la cena. Inojin, tú le ayudarás.
—Como ordene, general —contestó el rubio.
—¿La enfermera Yamanaka sigue en el sótano?
Inojin asintió.
—De acuerdo, iré a hablar con ella. Boruto, ve a partir troncos para que enciendas la chimenea.
Pude ver en los ojos azules de Boruto, una expresión de desánimo. Desde que vivíamos todos juntos, él evitaba hablarme y todo contacto conmigo, me pregunté por qué me detestaba.
Sin darme cuenta continué observándolo y a mi memoria llegó la escena de la discusión en el comedor. Era verdad, Boruto tenía cierto rencor hacia los Uchiha, intuí que saber que el señor Fugaku nos visitaría era demasiado para él.
—¿Te ayudo a llevar esa canasta?
Desperté de mi trance y al cambiar el rumbo de mi mirada vi los ojos miel de Mitsuki.
—¿Eh? ¡Ah! No, no te preocupes, yo puedo hacerlo.
—Te miras cansado, tal vez deba-
Por incercia aparté la canasta de su alcance y después me arrepentí, él se quedó con la mano en el aire y me sentí pequeñita, incapaz de verlo apropiadamente.
—Es mi trabajo —contesté—... Tú sólo espera y verás la gran cena que prepararé.
Pestañeé y moví mis ojos para verlo, una limitada sonrisa se marcaba en sus labios. No sabía qué pasaba conmigo pero era bonito verlo sonreír, incluso más que cualquier otro gesto del resto de mis compañeros.
—Bien, en ese caso estaré ansioso por probar tu platillo, Saki.
No pude evitarlo, yo también sonreí y el momento se mantuvo así hasta que Inojin abrió su boca.
—¿Qué demonios pasa con ustedes dos? —Me arrebató la canasta— No actúen así, parece escena de novela romántica. Qué asco, parecen de esos hombres que-
—¡Basta, no es nada de lo que dices! —Interrumpí y le quité la canasta, me avergonzó con sus palabras— Sólo somos amigos ¿entiendes? ¡Todos tenemos que llevarnos bien aunque nos detestemos!
Eso último no debí decirlo, Inojin abrió su boca y sus cejas se alzaron en consternación.
—Saki, pensé que éramos amigos. Entonces todo este tiempo te he desagradado y te aguantas ¿no?
—Por supuesto que no, yo jamás dije eso.
—Lo dijiste, dijiste que aunque nos detestemos tenemos que llevar una buena relación.
—Pero no me refería a ti, yo...
Me agité tratando de explicar mis palabras, Mitsuki nos observaba e incluso Shikadai quien estaba en el fondo de la sala. Apreté el asa de mimbre y bufé.
—¿Sabes qué? ¡Olvídalo!
Caminé hasta la cocina y oí que Inojin murmuró, lo hizo con toda la intención de que yo escuchara.
—¡Actúas como una nena!
Me paré en seco y respiré hondo: ¡Por supuesto que era una nena!
—Si hablamos de nenas, tú estás un paso más cerca que yo con ese peinado.
—Los chicos también podemos usar cabello largo ¿sabías? —Replicó.
—Los chicos también podemos ser sensibles ¿sabías? —Lo volteé a ver, respiré hondo e intenté calmarme— Mira, dejemos esta discusión absurda y ven a ayudarme con la cena, el señor Fugaku llegará pronto y la reputación del general pende de nosotros.
Inojin se cruzó de brazos e hizo una mueca que me recordó a la enfermera Yamanaka. Le echó un vistazo a Mitsuki pero no le dijo nada, entonces caminó en dirección a mí.
Al momento que preparábamos la cena, el tiempo fue inquieto y desesperante, estaba ese silencio tristón entre nosotros y me sentí terrible. ¿Por qué solía culparme de todo?
Miré de reojo a Inojin, él estaba muy serio cortando el repollo y vi que sus ojos se habían tornado rojizos ¿estaba llorando?
—¡Eres horrible, Sarada!
Dejé de rallar jengibre y moví mis manos sin completar ninguna acción, no sabía qué decirle y comenzaba a asustarme. Aclaré mi garganta y quise sonar lo más varonil posible.
—Eh... Inojin... ¿Sabes? A veces uno dice cosas que no quiere decir—carraspeé, lo vi soltar el cuchillo y quejarse.
—¡Ah! ¡Cielos!
Se limpió los ojos con la manga de su jersey.
—Ay no, lo siento en serio. No quería hacerte llorar —me odié tanto.
—Si no querías hacerme llorar entonces tú debiste cortar las cebollas y quitar el plato de mi alcance.
Se descubrió los ojos y me miró, ¡estaba llorando por culpa de la cebolla! Resoplé y miré el techo.
—Debí suponerlo. Dame ese plato —extendí la mano—, yo me hago cargo de esto.
(...)
Cuando la cena estuvo lista, nos dirigimos al comedor de la casa para servir los platos, me sentía orgullosa de mi creación y me aseguré de ordenar todos los cubiertos como mamá lo hacía.
—Bueno, debo decir que se mira bastante bien —confesó Inojin.
—Parece que hicimos un buen trabajo.
—Iré a llamar a los demás.
Me quedé acomodando los manteles hasta que sentí una presencia, miré a un lado y vi entrar al general y al señor Fugaku. Me sacudí las manos e hice una reverencia, ese señor comenzaba a incomodarme, su manera de verme era parecida a la de Boruto.
—Saki, trae una botella de Sake —me pidió el general.
—Sí, enseguida.
Volví a la cocina por la botella y cuando regresé ya todos estaban tomando asiento, incluso la enfermera Yamanaka. Coloqué el envase en la mesa y me senté junto a la señora Ino, el general estaba junto al fundador del escuadrón, ambos frente a mí.
Di un recorrido discreto a cada uno de los presentes: Shikadai se acomodaba una servilleta, Boruto tenía cara de pocos amigos, Inojin despegaba sus palillos y Mitsuki observaba todo lo que había en la mesa.
—Esta cena se mira muy bien, ¿cómo se llama el platillo? —Me preguntó la enfermera.
—Es cerdo al jengibre —contesté.
—Bueno, vamos a comer.
Todos empezaron a probar los alimentos, el general Kakashi abrió la botella de sake y le sirvió al señor Fugaku.
Anteriormente, el general no comía con nosotros, siempre se alimentaba muy aparte del grupo pero en esa ocasión estaba sentado a la mesa y dispuesto a deshacerse de su máscara. No sé si a los demás no les importaba pero yo estaba expectante viendo cómo bajaba despacio la tela que le cubría.
Cuando su cara quedó al descubierto, mis labios formaron un círculo y mis ojos se abrieron. El general era un hombre maduro muy apuesto. Sin embargo, mi estado atontado desapareció una vez que me miró y se dio cuenta que lo observaba.
Inmediatamente aparté la vista y tomé mis palillos para comenzar a comer, pero mis manos estaban temblando tanto que no podía dividirlos.
—Déjame ayudarte.
La enfermera Ino me hizo el favor de partirlos y me sonrió al devolvérmelos.
—Aquí tienes.
—Gracias.
Hice todo lo posible por enfocarme en mi plato y no mirar a nadie más, de pronto estar entre tantos hombre se convirtió en incomodidad.
—¿Qué le parece la cena, señor Fugaku? —Preguntó la enfermera.
—Está aceptable —fue todo lo que contestó.
Miré el trozo de carne que sostenían mis palillos y al probarlo el sabor me produjo ligera decepción. No sabía mal, pero no era la sazón de mamá.
—Me parece que sabe delicioso —me susurró Shikadai. Le dirigí mi mirada y me alzó su pulgar.
—Gracias —contesté también susurrando.
—Normalmente no como nada que no haya sido preparado por mi esposa o la cocinera de la casa —dijo el hombre mayor—, por motivos de seguridad. Tú me entiendes, Kakashi ¿no es así?
El general movió su cabeza.
—Debido a que usted es el fundador del escuadrón, tiene muchos enemigos que intentarían asesinarlo.
—Así es. Pero hice una excepción porque confío en ti y en que estos chicos que elegiste son hombres de bien —nos miró a todos—. Quiero tener la certeza de que ustedes serán más fuertes y jamás se atreverían a traicionar a esta organización.
Eso sonó más como una amenaza, el señor Fugaku tenía algo que lo hacía una persona que infundía temor.
—Inojin Yamanaka —pronunció, mi compañero dio un respingo cuando oyó su nombre.
—¿S-sí?
—Eres el hijo del sargento Sai y la enfermera Ino, tu padre es un hombre talentoso y hábil, espero que hayas aprendido algo de él.
La enfermera Ino resopló muy discretamente y la comprendí. Aquel hombre sólo tomaba en cuenta las aptitudes de los varones.
—Tú eres Shikadai Nara, el hijo del militar Shikamaru —Shikadai afirmó sin decir una sola palabra—. Su intelecto es admirable, espero lo mismo de ti.
El anciano volteó con Boruto, el rubio no lo miró.
—Boruto Uzumaki, no tengo mucho qué decir de ti, tu abuelo ha sido uno de los hombres más fuertes que he conocido así como tu padre, el clan Uzumaki debe estar orgulloso de ti.
Boruto chistó y siguió comiendo.
—Ah, él es Mitsuki, señor —dijo el general.
—Mitsuki —repitió, como intentando comprenderlo—. Tu apariencia es muy distinta a la de los aldeanos comunes. Me han dicho que eres huérfano ¿dónde has vivido todo este tiempo?
Mitsuki dejó sus palillos y se concentró en el anciano.
—Viví en una provincia del sur, en un orfanato.
—Ya veo —el hombre dio un sorbo a su bebida—. El general me contó que eres muy bueno en el combate cuerpo a cuerpo ¿dónde aprendiste a luchar?
—Un hombre que vivía cerca del orfanato nos impartía clases de defensa personal.
La ceja del señor Fugaku se elevó y apretó sus labios. Su cara me decía que no creía en las palabras de Mitsuki.
—Entiendo. Pues, buena suerte. También deseo que puedas ayudarnos a combatir a los criminales.
—Lo haré, señor.
Me quedé mirando las manos de Mitsuki y el momento en que retomaron los palillos, me perdí en mis pensamientos imaginando la niñez de mi compañero hasta que oí mi nombre y miré al señor. Sus oscuros ojos me contemplaban y el vasito de sake se mantenía en su mano a la altura de su pecho.
—Tú me dijiste que eres huérfano también, sin embargo tu rostro me resulta familiar. ¿De dónde eres?
—Oh no ¿acaso conoce a mi mamá?
Permanecí callada unos segundos y tras idear mis posibles respuestas me atreví a contestar.
—Soy de Konoha, señor.
—¿En qué orfanato estuviste? En Konoha sólo hay dos.
—Bueno... No era un orfanato como tal —me puse nerviosa—, quiero decir, no era oficial. Una anciana cuidaba niños huérfanos y yo crecí con ella.
—¿Cómo se llamaba esa mujer?
¿Por qué quería saber tanto sobre mí? El rostro de los demás era de pena, me pregunté si ellos se sentían como yo.
—No lo sé —contesté—, todos le llamábamos Hana —mentí.
—Señor Fugaku, ¿le sirvo más sake? —Preguntó el general, el hombre ni contestó simplemente le pasó el vaso pero continuó mirándome.
—¿Y qué habilidades tienes?
Me hundí en el asiento, ¿qué podía contestar? Todos tenían habilidades asombrosas, yo no encajaba en ese lugar. Si no resultaba tan maravillosa como los demás ¿el señor Fugaku me sacaría del equipo?
Miré su rostro, mis labios temblaron. ¿En qué era buena? ¿Qué le diría? Recordé una cosa, mi único talento y cuando estuve a nada de decirlo me quedé viendo al general Kakashi.
—Sha...
No, el sharingan era un secreto; confiarle algo tan importante a un hombre como el señor Fugaku no era bueno.
—Yo... Tengo buena puntería —sonreí cuando lo vi, él cambió su expresión severa y parpadeó, lucía confundido.
—Saki también es muy bueno equilibrando su chakra —dijo el general—. Tiene un control muy preciso.
—Sí, sí, eso mismo —hablé y por los mismos nervios mi cuerpo se levantó de la silla, todos se me quedaron viendo— Ah... ¿Quiere que le sirva más? —Le señalé el plato, el señor Fugaku vio mi mano.
—No es necesario —se quedó muy serio, pero no parecía molesto.
El general Kakashi movió su boca y leí sus labios «siéntate» fue su frase. Volví a mi lugar. Ese silencio raro apareció y me di cuenta que de algún modo lo había arruinado.
—Señor Fugaku ¿ha recibido revisión médica últimamente? —Preguntó la enfermera.
—¿Me veo como alguien enfermo?
—No, para nada. Pero usted sabe, siempre es bueno verificar que nuestro cuerpo esté trabajando correctamente.
—Estoy bien, no tengo ningún malestar.
El resto de la cena sólo hubo intercambio de palabras entre el general y el señor Fugaku. Cuando todo terminó, ayudé a recoger los platos y escuché que el general despidió en la puerta al anciano.
—Parece que por fin se va —dijo Shikadai en voz baja.
—Pero ¿no es peligroso que vaya solo? —Pregunté.
—No lo creo, esta zona está muy protegida y él a pesar de estar viejo, todavía debe ser fuerte. No por algo fundó esta organización.
Shikadai se fue a la cocina para lavar los trastes, yo continué mirando la puerta.
(...)
Al día siguiente en el campo de la montaña, el general nos mostró una hojitas de forma cuadrada. Las sacó de su chaleco y las sostenía a un lado de su cara.
—Hoy veré si manejan algún tipo de naturaleza de chakra. Esto es importante para poder avanzar en su entrenamiento.
Inojin elevó su mano.
—¿Qué es eso de naturaleza de chakra?
—Es la afinidad con algún elemento. Existen cinco tipos básicos: Agua, fuego, rayo, tierra y viento. Si poseen alguno de estos, quiere decir que pueden desarrollar técnicas de un grado con mayor dificultad que les servirán para el combate. Estos pedazos de papel que ven aquí, nos indicarán el tipo de elemento que poseen; sólo pongan su mano con la palma hacia arriba y yo lo colocaré.
Todos obedecimos, el general comenzó con Boruto.
—No tienen qué hacer nada el papel detectará sus flujos de chakra y reaccionará.
Recién terminó de decir eso y el papelito de Boruto se rompió por la mitad, él se quedó asombrado.
—Eres del elemento viento —dijo el general—. Es tu turno, Shikadai.
La hoja de Shikadai tuvo la misma reacción que la de Boruto.
—Era de suponerse. También tu elemento es el viento.
Shikadai apretó el puño sin dejar de mirarlo, parecía contento.
El papel de Inojin se dobló de las esquinas.
—Ah, esto es nuevo. Parece que eres del elemento yang.
—¿Elemento yang? Pero usted ha dicho que hay cinco elementos básicos.
—Sí, pero el elemento yang es uno que se puede clasificar dentro de los especiales. Debe ser por el clan Yamanaka, si no mal recuerdo tu familia tiene una técnica llamada Cambio de cuerpo y mente.
Inojin se quedó pensativo. Luego siguió Mitsuki y su papel al igual que el de Boruto y Shikadai, indicó que era elemento viento.
—Bueno, vamos a ver qué tal tú.
El señor Kakashi puso el papel en mi mano y no hizo nada. Lo miré y de pronto noté una lucecita en el centro que rápidamente se desplegó por todo el trozo incendiándose. Me asusté al creer que me quemaría y aparté mi mano; el resultado fue que el papel se hizo cenizas en el aire.
—Lo siento... Lo siento.
Me disculpé pero dejé de hacerlo cuando el general se quedó quieto. Su expresión no me gustaba, ¿estaba bien? Arrugó la frente y se sobó el mentón, luego sus pupilas se detuvieron en mi persona.
—Lo lamento —pronuncié apenada.
—El papel se quemó porque tu afinidad es el elemento fuego —dijo. Pude oír que Shikadai jadeó como sorprendido.
—¿Y eso es malo? —Pregunté.
—No, no es nada malo.
—Vaya, eso es genial —pronunció Shikadai—. Mi papá me dijo que pocas personas tienen esa afinidad, debes ser muy bueno, Saki.
—¿Pocas personas?
—Sí, de quienes son afines al fuego sólo estoy enterado del clan Sarutobi y el clan Uchiha.
Me quedé sin palabras y miré mi palma. Entonces tal como pasó con Inojin tuve una inquietud; si la afinidad se heredaba ¿mamá tenía esta naturaleza o la poseyó mi papá?
¡Gracias por leer! Si puedes dejar un comentario haciéndome saber tu opinión, lo recibiré con gusto.
