Capítulo 35.- "Sangre"

El agua que cayó del cielo impactándose contra mi cara me hizo abrir los ojos, ni siquiera había amanecido y junto a mí dormía Mitsuki. Un relámpago alumbró por instantes y me permitió confirmarlo.

Mis ojos se sentían cansados y pesados, quizás solamente había dormido apenas una media hora desde que el comandante me ordenó moverme de mi sitio de vigilancia, pero no sería suficiente tiempo para reponer energías. Sin buena alimentación y con un lapso breve para dormir, mi cuerpo estaba completamente débil y derrotado. Me dolía todo y sentía mucha sed, eso sin contar el frío que penetraba la tela de mi ropa húmeda. Temí enfermarme.

Me acurruqué junto Mitsuki para conseguir algo de calor, aunque fue inútil, Mitsuki estaba incluso más frío que yo.

Mi estómago hizo ruido y apreté el abdomen como intentando evitar que siguiera reclamando por alimento, si las cosas continuaban de esa manera, no dudaba que pronto moriría. Conocía mis límites y estaba llegando a ellos.

Me quedé mirando hacia el horizonte borroso y oscuro donde apenas unas cuantas siluetas se manifestaban, se trataba de aquellos vigilantes de nuestro grupo que se encargaban de cuidar el área mientras nosotros descansábamos. Entre ellos, el comandante Sasuke seguía firme, a pesar de que la ligera lluvia lo mojaba desde la cabeza hasta los pies.

Mis ojos se volvían a cerrar lentamente víctimas del agotamiento, y mi cerebro me mandaba imágenes recordándome escenas de mi antigua vida mezcladas con la más reciente interacción con aquel líder del ejército del país del Fuego. La manera tan brusca en que me apretó la cara con su mano fuerte y helada, su mirada era casi tan terrible como la de aquellas bestias.

Caí rendida una vez más hasta perder la conciencia, quería simplemente dormir y no saber de monstruos, dragones infernales, de nada… nada. No obstante, la vida se encargaba de recordarme que había sido el camino que elegí y no escaparía de él por mero gusto. Mi sueño se vio repleto de aquellas voces femeninas que clamaban desesperadas y entre los quejidos sobresalía mi nombre, mas esa voz era distinta, sonaba como alguien a quien conocía y cuando aquello tomó forma abrí los ojos espantada porque alguien me dio palmadas en la cara.

—Saki, tenemos que irnos.

Tardé un rato en reaccionar, una parte de mí seguía atrapada en el sueño y no reconocía a la persona frente a mí.

—Indra —pronuncié.

—¿Qué?

El cielo seguía oscuro pero había una gran movilización alrededor, todos estaban de un lado a otro hablando en voz baja y los murmullos me confundieron.

—Saki, ¿te sientes mal?

Al volver con la persona que me hablaba y ver sus ojos claros, regresé por completo a mis sentidos.

—Lo siento Mitsuki, estoy aún somnolienta —jadeé espantada y lo miré directamente— . No, quiero decir-

—Vamos, el comandante ha dicho que debemos irnos. Algo nos está siguiendo y no podemos permanecer aquí.

Mitsuki pareció no darse cuenta que me referí a mi persona como mujer y eso me dejó más tranquila. No podía cometer esa clase de errores.

—¿Qué cosa nos está siguiendo? —Pregunté, él se colgó su mochila sin dejar de mirarme.

—Oí al señor Neji decir que son kregos. No estoy seguro de qué signifique, pero no debe ser nada bueno.

Sacudí la cabeza y agarré mi mochila. Abroché bien mis botas y recordé el ungüento, lo busqué hasta encontrarlo pero no alcancé a untarme ni un poco pues el comandante nos apuró a todos. Lo metí dentro del bolsillo de mi chamarra y seguí al resto de mis compañeros.

Cada paso que daba era un infierno, me dolían tanto los pies que pensé que llegaría un punto donde no podría caminar; sin darme cuenta, empecé a cojear y el general Kakashi no lo ignoró. Discretamente se alineó junto a mí y me habló en voz baja.

—¿Estás herido?

—No, me duelen los pies —revelé.

—Saki, el ungüento… ¿Lo usas?

Metí la mano dentro de mi bolsillo, sentí el botecito.

—No pude usarlo esta vez.

El general siguió mirando hacia adelante con su cuerpo erguido, pero había algo que le preocupaba y de eso me percaté rápidamente.

—¿Es por los… kregos?

Volteó y se puso casi a mi altura para decirme algo.

—Esas cosas tienen un olfato muy-

No terminó de decirlo, un fuerte ruido nos estremeció y sin darme tiempo de deducir de qué se trataba, el potente chillido me aturdió y mi pierna resbaló por un acantilado. El señor Kakashi me sujetó del brazo y me estiró con fuerza para subirme a piso firme, cuando eso sucedió miré con pena que el ungüento cayó de mi chamarra hacia el vacío.

—No puede ser…

Pero no pude quedarme quieta mirando mi desgracia, al volver el rostro noté que todos se colocaron alrededor, Mitsuki corrió y se quedó a mi lado.

—¿Qué pasa? ¿Qué fue ese sonido? —Le pregunté.

—Nos alcanzaron —contestó.

Miré a todos lados, pero la oscuridad no me permitía ver bien, ni siquiera los lentes me servían. Dudé de si debía activar mi sharingan, el miedo comenzaba a invadirme. Todos estaban a la expectativa de lo que pudiera ocurrir o al menos así lo interpreté.

Un nuevo sonido agudo y perturbante se oyó alrededor, el comandante volteó hacia atrás y allí noté que su sharingan se había activado, su ojo brillaba entre la oscuridad y de pronto se movió tan rápido que en un parpadeo ya había llegado justo al otro extremo del terreno, casi junto a Mitsuki y a mí.

—¡Muévanse!

Al exclamar, los demás hombres comenzaron a desplegarse como si conocieran la estrategia, el general me empujó junto a Mitsuki y yo no entendía nada.

—Nos tienen rodeados, ustedes quédense juntos.

Comencé a temblar y entrelacé mis manos con fuerza para evitarlo.

—Saki, mírame —el general me habló y obedecí, esa forma de verme no me gustaba—. Ya no importa mucho si te descubren, haz lo que tengas que hacer para mantenerte con vida ¿me escuchaste?

Supe a lo que se refería, moví mi cabeza en repetidas ocasiones, pero estaba muriéndome de miedo.

—Eres fuerte, no dudes de ti.

Apenas terminó de decirlo y vi con incredulidad a un montón de bestias salir de lo profundo del bosque, desde la más plena oscuridad saltaron hacia nosotros y chillaban como si fuesen ratas. Eran tan diferentes de los demás monstruos que antes nos atacaron, esas cosas tenían cuernos y uñas más largas.

Corrían con gran rapidez y lanzaban arañazos e intentaban morder. Mi cuerpo estaba paralizado y por un instante creí que se trataba de una pesadilla.

—¡Saki!

Mitsuki llamó a mi nombre y lo miré golpear a uno de los animales, con un rayo emergiendo de su brazo le atacó y la bestia se retorció, luego le clavó un kunai en la cabeza.

—¡Detrás de ti!

Escuché que alguien gritó aquella frase y mi cuerpo finalmente se movió. Me giré y vi que venían hacia mí dos de esos grandes monstruos.

«No actives el sharingan.

Puedes activarlo.

No lo hagas»

—¡Saki!

Apreté mis ojos y concentré mi chakra, al mover mis manos las llevé hacia mi boca y expulsé una bola de fuego tan grande que el calor casi me sofocó. Todo se iluminó y esas ratas o lo que fueran, se empezaron a quemar.

Mi corazón latía a mil por hora, y el chillido que hacían era demasiado incómodo para soportarlo.

—¡Manejas el fuego, maldita sea mocoso, debiste decirlo!

Alguien gritó entre jadeos, y miré hacia atrás, los hombres que combatían de vez en cuando volteaban conmigo. Había varias criaturas muertas, pero decenas de ellas seguían allí.

Mitsuki estaba peleando contra otra y el general atravesó a varias bestias con su rayo púrpura. El fuego todavía no se consumía y agradecí al cielo que la lluvia se detuviera, aunque empezaba a apestar por el olor de la carne ardiendo.

El resto de esos seres horripilantes evitaban a toda costa acercarse al fuego y mientras yo seguía perdida analizando la situación, algo me empujó por detrás y caí por completo al suelo; rápidamente me giré para rodar y mirar de frente al monstruo y a punto de saltar encima de mí, una llama negra lo envolvió y mi chamarra fue jalada casi ahorcándome para arrastrarme lejos de allí. El animal cayó en el sitio donde yo estaba y me di cuenta que Mitsuki me había salvado.

—Lamento haber sido tan brusco, pero esa cosa iba a caer sobre ti y tú también te quemarías.

Tosí varias veces.

—No te preocupes. ¿Qué son esas llamas oscuras? Ya las había visto antes.

—Parece que es una técnica exclusiva del comandante. Anda, de pie —me levantó—, aún quedan unas cinco y tenemos dos heridos.

—¿Qué?

El señor Neji también se hallaba luchando, aunque su forma de hacerlo era muy distinta. Su palma estaba extendida a la altura de su pecho y su posición era extraña, sin embargo no tardé en comprender por qué su modo de combatir era así de curioso.

Con su habilidad ocular él podía ver a través de esos animales y moviéndose tan rápido los golpeaba en seco haciéndolos caer enseguida. Me quedé sorprendida y admiré lo grandioso de su modo de batalla.

Cuando todas esas criaturas fueron derrotadas, el comandante se paseó por todo el lugar mirando a cada una. Yo estaba ayudando al general Kakashi quien se encargaba de atender a uno de los heridos.

—Ah, es molesto no tener entre nosotros a un médico —le oí decir con calma—. Saki, pásame otra gasa.

Abrí el paquete y sin tocar el material interno, le entregué lo que me pidió. El señor Kakashi tenía conocimiento de primeros auxilios, así me lo confirmó la médica Ino e incluso lo supe desde el primer día, cuando me curó las heridas.

—Estaré bien, señor —dijo el hombre que estaba siendo atendido—. Sólo fueron un par de rasguños.

—Por fortuna esas cosas no tienen veneno en sus garras. Pero sí, vas a estar bien.

Me sentí tranquila de escuchar eso, aunque no conociera al herido, no quería que se perdieran más vidas. El otro hombre también estaba fuera de peligro, sólo se trataban de cortes no profundos.

—No podemos quedarnos aquí —de repente habló el comandante—. Ya saben que estamos en este punto, esos kregos de algún modo nos olfatearon y eso significa que no funciona que se oculte nuestro chakra.

—Hice una revisión con mi byakugan, hay otro grupo de kregos a cuatro kilómetros de aquí y se movilizan hacia nosotros.

El comandante se quedó callado mirándome, eso me incomodó. ¿Por qué se enfocaba en mí?

—Hay uno más, cerca de aquí —pronunció—. Los conté antes de que llegaran, eran treinta y cuatro y sólo hay treinta y tres muertos.

El señor Neji frunció el ceño.

—¿Y por qué no lo encuentro? No hay criatura con chakra que pueda esconderse de mi habilidad.

—Éste es diferente, o eso es lo que parece. Pero no tenemos tiempo qué perder, debemos irnos ahora y llegar al campo abierto rápido. Los kregos no se exponen a la luz del sol, fuera de este bosque estaremos a salvo.

(…)

Con angustia e impaciencia veía hacia el cielo anhelando que pronto amaneciera. Pero incluso aunque así sucediera, todavía estaría nublado. Sólo ansiaba un poco de luz.

No podía caminar más rápido, todavía me dolían los pies y ahora cargaba con el peso extra de mi conciencia recriminándome el no haber usado el ungüento y para colmo, perderlo.

Si nos olfatearon fue por mi culpa. Si esos dos hombres estaban heridos había sido culpa mía también. Violé la regla principal del escuadrón y me pregunté cuántas otras tragedias se sumarían a mi cargo de conciencia.

Durante el camino escuché algunas charlas en voz baja, todas ellas apuntaban hacia mí y mi gran bola de fuego, uno de los hombres incluso se me acercó para hablar del tema.

—Oye niño, ¿quién te enseñó el jutsu de los Uchiha?

Con vergüenza miré la espalda del comandante quien caminaba por delante de todos nosotros. No sabía si debía responder.

—¿Eh? Oye, ¿no vas a contestar?

—Eso es irrelevante, señor —dije apenada, él chistó.

—Niño presumido.

No volvió a cuestionarme y caminó más de prisa para adelantarse, Mitsuki continuó a mi lado.

—No le hagas caso —dijo—, ¿quieres beber un poco de agua?

—Estoy bien así, gracias Mitsuki.

—Veo que te cuesta caminar, si quieres te puedo llevar en mi espalda —ofreció, de inmediato me avergoncé.

—N-no, eso no estaría bien. Además, tienes que mantener la energía para cualquier emergencia.

Mitsuki se me quedó mirando sin decir nada, después me mostró algo parecido a una sonrisa.

—De acuerdo.

—Haremos una parada de cinco minutos —habló el comandante, se detuvo y volteó a ver a todo el grupo—, para que hagan lo que tengan que hacer. No se alejen demasiado.

Se dio la media vuelta y caminó hacia un extremo mientras sacaba de su chamarra un papel. Algunos hombres se dispersaron y otros incluso orinaron casi junto a mí, yo me aparté y busqué con la mirada al general, pero éste se reunió con el señor Sasuke y juntos conversaban sobre algo.

Mitsuki se sentó sobre un tronco y de su mochila sacó una venda, se levantó el pantalón de una pierna y pronto noté que tenía un raspón.

—Te ayudaré —le dije.

—No te preocupes, no es nada grave. Aprovecha estos minutos para que tus pies descansen.

—B-bueno… La verdad es que creo que debo orinar —dije en voz baja—. Así que… No me tardo.

—Recuerda no apartarte mucho.

Crucé unos arbustos y busqué algún árbol de tronco lo bastante ancho que pudiera ocultarme de cualquier mirada. Cada paso que daba era un aumento considerable de temor, mi pecho seguía inquieto, odiaba ese bosque.

—Aquí estará bien.

Hice lo que tenía que hacer y al terminar, brinqué un tronco para regresar con los demás. Sin embargo, a pesar de los murmullos de los hombres a lo lejos, en el aire había otro sonido que atraía mi atención.

Enfocándome en aquel sonido casi inaudible, pude potenciar su volumen al punto de relacionarlo con un jadeo. Sí, como si alguien respirara cansado muy cerca de mí.

Mi corazón latió con fuerza y sentí mis piernas pesadas, «no debí apartarme tanto» fue lo primero que pensé.

Un gruñido parecido a un perro rabioso mirando a un enemigo, así se escuchaba a metros de distancia. Tragué saliva y recordé lo que dijo el comandante, que de los monstruos faltaba uno, y bien… quizás el faltante estaba cerca de mí.

Di un paso lento, luego otro, al dar el tercero pisé una rama que se quebró y mi cuerpo se sacudió involuntariamente. En mi espalda seguía esa sensación de una presencia cercana a mí, era hostigador y terrorífico.

Mi pie derecho se levantó y quedó en el aire cuando escuché una voz gruesa y poco humana. Pensé que estaba soñando.

—Quieta.

No me moví, mi cuerpo se puso helado y mi piel se erizó. Mi pie irremediablemente bajó al suelo por mi falta de equilibrio. Pero ¿esos monstruos podían hablar? Sentí la falta de aire al escuchar unas pisadas y el roce de las hojas de los arbustos.

—Vendrás conmigo.

Mi cabeza empezó a girar poco a poco, así como el resto de mi cuerpo. Tenía esa lucha interna por querer descubrir quién me decía aquello y a la vez no quería saberlo.

Cuando presencié que detrás de mí estaba únicamente una bestia de cuernos y enormes colmillos, sentí que la sangre se me iba hasta los pies.

Pero aquella bestia tenía un aspecto distinto a sus demás compañeros; no tenía ojo izquierdo, en su lugar había una gran cicatriz.

—P-pu-puedes hablar —pronuncié con un débil tono, el monstruo gruñó sin hacer mucho escándalo.

—Vendrás conmigo —repitió.

Retrocedí un paso y él se acercó, me detuve y él también se detuvo. No sabía cómo escapar.

—¿Qué quieres de mí?

Tardó un rato en responder, meneaba su cabeza hacia un lado y hacia otro y sus fosas nasales se dilataban.

—Tu sangre.

Abrió su hocico y me mostró sus colmillos, un montón de saliva comenzó a escurrirle, las piernas me temblaron.

—No —negué con mi cabeza—, no… yo no voy a morir aquí.

Al dar un paso atrás, noté que el animal se enfurecía y ante la expectativa de que inevitablemente sería atacada, activé mi sharingan y me quité del lugar donde el monstruo saltó con la intención de atraparme.

Quise gritar pero mi voz se cortó, y sólo tuve tiempo para evitar que me alcanzara con sus colmillos.

Con mi sharingan mis sentidos se aguzaban y podía anticiparme a sus movimientos para huir de su agarre. No tenía ningún arma a mi disposición para defenderme más que el sharingan y el jutsu bola de fuego, pero temía acabar con mi chakra si usaba más de uno a la vez.

Me arrastré por el suelo y grité el nombre de Mitsuki, pero no creí que fuera lo suficientemente potente para que me escuchara.

Uno de los cuernos del krego me golpeó con fuerza sacándome todo el aire de los pulmones y miré al ojo del animal, quien estuvo evitando a toda costa que nuestras vistas se conectaran. Pensé que esa bestia era lo bastante inteligente para entender mi sharingan y su funcionalidad, mas conseguí que mi habilidad lo atrapara y se quedó inmóvil de un momento a otro a muy escasos centímetros de mí.

Me levanté del suelo sin dejar de ver al krego, me costaba trabajo estar de pie después de gastar parte de mi chakra. Estaba tan enfocada en aquel ojo suyo que de repente todo se puso negro a mi alrededor. En un instante ya no estaba allí, ya no era el lugar donde mis compañeros descansaban.

Había voces, había llantos. Bajo mis pies, sangre. Puse atención, no eran mis pies, eran garras y entre la sangre, estaban varios cuerpos tirados.

Era la escena más espantosa que hubiera imaginado, esos monstruos habían matado muchas mujeres y unos hombres enmascarados se limitaban a observar. De pronto, la escena se distorsionó y cambié de localización, corría hacia una niña que lloraba pero la imagen se volvió borrosa cuando una mujer impactó un objetó contra mí. Vi su cabellera, era rosa… Era mi madre.

Quise gritar su nombre pero todo se alejó a gran velocidad y volví al mismo sitio donde el animal se quedó petrificado.

—Vi sus recuerdos —musité incrédula—, los vi… su ojo, lo perdió por causa de mamá, fue mamá… ¿Está viva todavía?

Pasé saliva pero mi boca continuaba seca, no podía dejar de ver esas imágenes aunque ya sólo pasaron a ser parte de mis memorias.

—Que no la haya asesinado, por favor, que este animal no la haya asesinado, por favor-

—¡Hey! ¡¿Qué demonios pasa?!

Gemí y tomé aire, volví la cabeza hacia un lado cuando escuché esa exclamación. El comandante Sasuke me encontró y me veía con una expresión extraña. Su frente se arrugó y sus ojos, los cuales por fin podía ver al mismo tiempo, estaban tan abiertos observándome.

—Señor —apenas pude pronunciar, me hallaba consternada, no sabía realmente cómo me sentía—… Esta bestia…

—¡¿Quién diablos eres?! —Preguntó furioso, su mirada había cambiado a un muy notable enojo— ¡¿Por qué tienes el sharingan?!


La verdad pronto saldrá a la luz.