Capítulo 40.- "Los sentimientos del general"
Nuestro viaje continuó otro día más. Dejando atrás la bella laguna donde dos días antes aprendí el chidori, el mapa indicaba que para llegar hasta el pueblo más cercano debíamos atravesar el bosque.
No era una parte tan densa y extensa como las anteriores, no obstante, seguía siendo peligroso. El general me explicó que ciertas criaturas de Dragón de Koshi habían sido creadas con el fin de vigilar esas zonas por lo que no sería una sorpresa encontrar alguna en aquellos sitios.
Era casi medio día cuando nuestro camino siguió dentro de ese terreno. Me provocaba escalofríos el mero hecho de verme rodeada de árboles tan altos teniendo una casi nula visión del cielo. Era como estar atrapados.
Quizás mi temor también se debió a las malas experiencias vividas justamente en los bosques.
El trayecto siguió su curso normal por unas horas hasta que el general se detuvo y para que yo hiciera lo mismo, colocó su mano frente a mí. Ese acto tan repentino puso alerta mis sentidos y miré alrededor sin hacer mucho ruido; las aves dejaron de cantar y fue una ventisca volando las hojas secas del suelo lo único que percibí.
—¿Debo activar mi sharingan? —susurré, el señor Kakashi negó con su cabeza.
—Quédate junto a mí.
Tomó mi muñeca y avanzamos despacio. El ambiente comenzó a sentirse pesado y de nuevo se manifestó en mí esa sensación de ser observados por alguien. Pensé que el general no quiso que activara mi sharingan para no hacerme gastar chakra.
Su mano me sostenía con fuerza y él estaba demasiado alerta de lo que acontecía a nuestro alrededor, no quería sentir miedo aunque era algo inevitable.
No pasaron ni diez minutos cuando de pronto escuché un rugido y casi al instante miré a la criatura que saltó sobre nosotros. El general me empujó al suelo y caí de sentón viendo cómo de su mano emitió esa poderosa luz púrpura parecida al chidori.
No tardó demasiado, la bestia murió al primer impacto de aquel rayo; el general era asombroso. Pero apenas terminó con su vida, estiró de mi chamarra y me puso de pie para lanzarme a otro extremo. Con ello evitó que otro monstruo que salió de la nada, fuera directamente sobre mí.
El destino de aquella terrorífica criatura fue el mismo que el de su compañero.
—Señor Kakashi ¿está herido?
—No —se acercó al segundo monstruo para verlo—, estoy bien.
Me levanté del suelo y me sacudí las sentaderas, corrí a su lado.
—¿Por qué no me permitió activar el sharingan?
—Saki, este tipo de bestias son rastreadoras —se puso de cuclillas y observó las fosas nasales del animal muerto—. Tu sharingan hubiese sido percibido de inmediato y seríamos atacados en manada.
—¿Eh? ¿A qué se refiere con manada?
Me miró desde su nivel.
—Hay más de éstos por todo el bosque. Estos dos han sido los que se hallaban más cerca de nuestro camino por ese motivo nos encontraron pronto. Si tu sharingan se activa, ellos pueden detectarlo y todos vendrían tan rápido como les fuera posible. No estoy en condiciones para una pelea con tantos oponentes y el comandante me pidió protegerte.
—Señor Kakashi, ¿estas bestias son las que olfatean mujeres? ¿Es por eso que nos encontraron?
—Saki, éstos son de otro tipo, no tiene nada que ver que seas mujer. Huelen la sangre que posee kekkei genkai y tu sharingan es un tesoro invaluable para ellos.
—Entonces ¿cómo es que nos encontraron si ni siquiera lo activé?
Se puso de pie.
—Dime una cosa… ¿cuándo llega tu periodo?
Pestañeé sorprendida, me incomodó su interrogante mas luego lo recordé.
—Ah, es cierto —mis mejillas comenzaron a arder—. Anoche comenzó. —revelé.
—Eso lo explica.
—Lo siento. Estaremos expuestos durante todo el camino ¿qué deberíamos…?
No terminé mi frase cuando vi que sacó un kunai de su portador, se remangó la chamarra y sin pensarlo se hizo una herida en el brazo la cual empezó a sangrar.
Me quedé helada ante su acción y quise auxiliarlo pero mis piernas se congelaron cuando noté que con su mano contraria se limpiaba la sangre.
—Se… ¿señor Kakashi?
—Lo lamento, sé que esto puede resultar asqueroso para cualquier persona en especial para una jovencita como tú; sin embargo, es la única forma que tengo para salvar nuestras vidas.
—¿Qué?
—Te mancharé con mi propia sangre para que las bestias se confundan y no puedan detectarte. No tengo un kekkei genkai, entonces estarás a salvo. Prometo que en cuanto salgamos de aquí, te limpiaré.
Miré su brazo herido, la sangre continuaba apareciendo. Lo pensé rápidamente y admiraba ese valor del general, su capacidad para tomar decisiones tan veloces para resolver problemas repentinos. No iba a negarme a su ayuda, no después de su sacrificio.
Levanté mis propias mangas y extendí mis brazos para que me untara el líquido rojizo. Así lo hizo y después en mis pantorrillas. Una vez que terminó se desinfectó la herida y se colocó un vendaje.
—Hay que irnos pronto, no debemos dejar que nos alcance la noche.
—Señor Kakashi, ¿usted cree que haya alguien más que sepa de mi sharingan?
—No lo sé, pero no nos quedaremos para averiguarlo. Anda ¡corre!
(…)
Sin descansos prolongados ni nada que nos detuviera, así fueron las siguientes horas. Cargadas de tensión y cansancio pues, tampoco pudimos comer nada. Por fortuna el paisaje delante de nosotros nos indicaba que pronto saldríamos de ese tenebroso bosque.
Lo malo de aquella situación apareció justamente cuando creía que la angustia culminaría y los siguientes minutos se convirtieron en una pesadilla de adrenalina.
La lluvia empezó a caer con fuerza y si me mojaba bastante, la sangre del general se desvanecería. Eso me dejaría al descubierto y las bestias nos perseguirían incluso aunque saliéramos del bosque.
Corrí y corrí tan rápido como pude, el general hizo lo mismo y después de salir de aquel lugar, continuamos avanzando al mismo ritmo hasta alejarnos una distancia considerable.
Nos paramos a tomar aire cuando la lluvia se convirtió en gotas esporádicas y el bosque se vislumbró quedándose a lo lejos.
Me dejé caer al suelo y respiré profundo. Mis pies dolían.
—El campamento está hacia aquella dirección —apuntó con su dedo—. Unas tres horas más y podrás reponer un poco de tus energías.
—Señor ¿cómo está su herida?
Se miró el vendaje, noté una gran mancha roja que casi traspasaba el material.
—Estaré bien, no te asustes por un poco de sangre. A partir de aquí nuestro camino se vuelve un poco más relajado así que podemos ir con calma.
(…)
Pequeñas cabañas se apreciaban bajo una gran colina verdusca; el aire que se respiraba era ligero y mi cuerpo se sintió en paz después de permanecer mucho tiempo a la defensiva.
La tarde había llegado para ese entonces y cuando logramos acercarnos, el general descendió por unos escalones de cemento hacia el interior de una entrada debajo de un puente. Ni siquiera lo había visto porque su ubicación se ocultaba muy bien de las zonas altas.
Abrió una puerta y vi un largo y casi oscuro pasillo solitario. Solamente unas cuantas bombillas alumbraban su interior pero su luz era opaca y no servía de mucho.
Seguimos andando, el señor Kakashi iba por delante de mí. Se paró frente a una segunda puerta y dio un par de golpecitos con sus nudillos. La mirilla se abrió y una voz masculina se dejó oír.
—Identificación.
—General Kakashi Hatake. Tengo órdenes del comandante de venir por material, además solicito dos revisiones médicas.
Un sonido parecido a una alarma fue lo siguiente en escucharse. Posteriormente la cerradura de la puerta fue retirada y ésta se abrió permitiéndome ver la intensa luz blanca del interior de aquel lugar.
—Adelante, señor general.
El hombre hizo una reverencia y nos dejó ingresar, después caminó como buscando algo.
Todo allí dentro era muy parecido a un hospital. Había mujeres y hombres uniformados de un lado a otro y a pesar de que en el ambiente no había tanto ruido, ligeros murmullos se escapaban.
Lo siguiente que noté fue el olor a alcohol etílico. Todo eso me recordó a la señora Ino.
El hombre que nos permitió entrar volvió con nosotros y habló.
—Por favor, síganme.
Fuimos detrás de él por otro pasillo más amplio; abrió una puerta y entramos a un consultorio donde una mujer de cabello oscuro y rostro maduro, nos recibió.
—General Hatake, qué sorpresa tenerlo aquí. —dijo ella, su rostro era de felicidad auténtica.
El señor Kakashi sacó un sobre de su mochila y se lo entregó a la mujer.
—Es de parte del comandante. Necesito que se haga cargo de —me miró—… Usted lo entenderá.
La mujer extrajo una hoja de papel del interior del sobre, luego leyó el contenido y me di cuenta que su expresión facial cambió ligeramente.
—Saki, ella es la capitán de la división médica, la doctora Shizune.
Volteé otra vez con ella e hice una reverencia. La doctora apartó el papel de su cara y lo dobló.
—Yo me haré cargo. Por favor, usted vaya al cuarto siete para que lo examinen.
—Saki, te dejaré aquí unos momentos. Por favor haz caso a todo lo que la doctora te indique.
—Sí, señor.
El general salió y cerró la puerta. La doctora colocó el papel dentro del sobre y lo puso encima de su escritorio.
—Por favor, pasa detrás del cambiador y colócate esta bata.
Me entregó una prenda de color celeste, luego fui a donde me indicó para desvestirme y ponerme el nuevo atuendo de paciente.
Volví con ella y me pidió que me subiera a una báscula. Tras anotar mi peso y estatura, me solicitó ir a la camilla para revisarme.
—¿Y toda esta sangre seca?
—Ah, en realidad no es mía —dije, ella me miró—. Verá… el general se hirió para ponerme de su sangre y así ocultarme de las bestias de dragón de Koshi.
Una ceja de la doctora Shizune se elevó.
—Bueno, comenzaré limpiando esto.
Tuve cierta incertidumbre respecto a lo que decía la carta del comandante pero no quise cuestionar. Una de mis dudas se disipó cuando la mujer terminó de anotar en su libreta.
—No voy a indagar en tu vida personal, así que no tienes de qué preocuparte. Voy a pedirte que por favor abras la boca.
Obedecí y ella metió un hisopo, después lo guardó en una bolsita transparente.
—Muy bien, ahora por favor retira tus lentes porque voy a revisar tus ojos.
Con una luz los examinó haciéndome mirar de un lado a otro. Una vez más tomó apuntes y me devolvió los anteojos.
Se retiró unos momentos y abrió la puerta dando indicaciones al personal. Me sentía muy nerviosa y ni siquiera entendía el porqué.
La miré regresar, se limpió las manos con un gel azul para después solicitar que me acostara sobre la camilla. De sus manos emitió un chakra muy raro y me recorrió desde los pies hasta la cabeza.
—Todo parece estar en orden —dijo—. Ya puedes sentarte. En un momento vendrá el enfermero para aplicarte unas vacunas.
—Uhm… Disculpe…
—¿Sí?
—¿Mis ojos están bien?
—Lo están. ¿Por qué?
—Bueno, nada en particular. ¿Para qué ha sido lo el hisopo?
Tocaron la puerta justo cuando hice aquella pregunta. La doctora permitió el acceso y cuando vi al chico que entró al consultorio, me sentí muy feliz.
—Aquí traigo las vacunas… ¡Saki!
—¿Eh? Con que ustedes se conocen.
—Saki fue mi compañero en el equipo del general —dijo Inojin y apresurado se acercó con una bandeja plateada en sus manos.
—En ese caso, los dejaré solos un momento —la doctora tomó el sobre, la bolsa de plástico y su libreta—. Volveré en un rato, te encargo que administres las tres vacunas que marqué en la lista.
—Sí señora.
Inojin portaba un uniforme color azul, y por lo que escuché, ya tenía el rango de enfermero.
—Viejo, no sabes lo genial que es verte de nuevo. Aquí uno no se puede enterar de nada.
Se colocó un par de guantes de látex, luego abrió un paquete de jeringas.
—De modo que ya eres un enfermero. No ha pasado tanto tiempo y ya estás aquí en la división médica. —mencioné.
—No ha sido cosa fácil. Mamá me tuvo estudiando día y noche para pasar el examen.
Preparó la vacuna, luego me subió la manga corta y desinfectó el área.
—¿Y la señora Ino?
—Mamá fue enviada a otro lado con una cuadrilla especial. Hubo un ataque y necesitaban médicos.
—¿Qué hay del señor Itachi?
Inojin colocó la jeringa usada sobre la bandeja y tomó otro paquete para repetir la acción. Me emocionaba mucho verlo en esa faceta tan seria y responsable.
—Volvió con su familia. Debido a su condición, es mejor que esté en un lugar seguro, o eso es lo que dijo la doctora Shizune.
Me quedé pensando en el hermano del comandante, sentí mucha pena por su triste situación. Inojin continuó aplicando las vacunas y cuando terminó se retiró los guantes.
—¿Cómo están los demás? —Me preguntó.
—El comandante nos separó por grupos, Boruto se ha ido con su padre al igual que Shikadai, cada quien en un grupo distinto. Mitsuki y yo hemos terminado en el mismo junto al comandante.
Él asintió como si estuviera orgulloso.
—Es bueno que hayas llegado tan lejos, mira, ya eres parte del ejército —dijo emocionado pero yo no pude sonreír como él—. ¿Saki?
Sentía toda esa carga de culpabilidad por el secreto que le oculté que no sabía qué hacer o cómo reaccionar.
—Saki ¿pasa algo?
—Inojin...
Me quedé mirando mis manos que descansaban sobre el regazo. Me era muy difícil decir aquella verdad, y no quise pensar en cómo lo tomaría Inojin.
—¿Qué ocurre, viejo?
—Yo, lo siento mucho. De verdad lo siento.
—¿Eh? ¿Qué cosa?
Tragué saliva.
—Esto de mentirte.
—¿Me mentiste? ¿En qué?
Levanté la vista y miré directo a sus ojos celestes. No quería romper sus ilusiones ni nuestra amistad, sin embargo, de nada servía que continuara negando mi naturaleza.
—Mi verdadero nombre es Sarada… y soy mujer.
El silencio que reinó en el consultorio de la doctora, se prolongó más de lo que imaginé. Inojin no dejó de mirarme pero en sus ojos había algo extraño, ni siquiera fui capaz de descifrar lo que cruzaba por su cabeza; era como si continuara procesando la información.
Apenas logró pestañear, sus labios se abrieron para pronunciar unas simples palabras.
—¿Uh?¿Esto es una broma o algo parecido?
Respiré despacio y me quité los lentes.
—No, no es una broma. Yo… yo no soy un chico.
Dejó de mirarme y sus ojos se fijaron en un punto inexistente. Sus cejas se fruncieron y por sus muecas comprendí que Inojin trataba de entender aquella confesión. Seguramente en su mente estaban todos esos recuerdos de los momentos que vivimos juntos cuando él creía que yo era su mejor amigo.
—¿Por qué? —expresó y hubo dolor en sus palabras— ¿por qué no me lo dijiste?
—Porque no aceptan mujeres en la organización.
Continuó con la vista perdida.
—¿Y por eso preferiste engañarme aún cuando te consideré mi mejor amigo?
—Lo hice por el bien de mi mamá.
Me miró después de lo que dije y noté que se había molestado.
—¿Tu mamá? Entonces no solo me mentiste al presentarte como hombre sino que tampoco eres huérfano. ¡Qué gran sorpresa!
—Inojin, en serio lo lamento mucho. Hice esto porque me hallaba desesperada, de verdad necesitaba entrar al escuadrón porque…
—¡Oh vaya! Mi madre es quien realizaba las pruebas a los reclutas, eso significa que ella también lo sabía y no me lo contó.
Apretó los puños, luego tomó la bandeja.
—Espera, no te vayas —agarré su camiseta—, quiero explicártelo.
—¿Y por qué ahora?
—Porque me sacaron del ejército, porque me tendré que ir y no volveré a verte, ni a Mitsuki, ni a nadie.
Me sentí triste, aunque era algo de que ya se esperaba, no fue sino hasta que lo pronuncié que caí en cuenta de lo que sucedería.
—¿Eres una espía?
—No.
—¿Entonces por qué nos engañaste?
Me limpié los ojos.
—Porque secuestraron a mi mamá, yo solo quiero rescatarla. No pensaba entablar amistades, no imaginaba crear conexiones con otras personas. Cuando menos me di cuenta tú me considerabas tu amigo y me sentía en familia con todos ustedes. No te culpo si me odias, es normal que te enfade el que te haya mentido todo este tiempo.
Volvió el silencio aunque fue más breve; Inojin caminó hacia la puerta. Me sentí sola.
—Dijiste que tu verdadero nombre es Sarada ¿no es así? —Asentí—. Bien, señorita Sarada. He terminado mi labor, la doctora vendrá pronto. Cuídese.
Abrió la puerta y salió sin decir más. Nuestro lazo de amistad se rompió en ese instante y fue doloroso. Poco a poco volvía a quedarme sola perdiendo a las personas que quería.
Cuando la doctora Shizune regresó, me indicó que ya podía vestirme. Me entregó un frasco con tabletas, dijo que eran vitaminas. Luego de eso, salí del consultorio con un vacío emocional y un nudo en la garganta.
Vi a las enfermeras cruzar de un pasillo a otro, mis pies anduvieron vagando sin rumbo y aunque era capaz de mirar a las personas, sentía que mis oídos no me permitían escuchar nada.
Mi estado de trance culminó cuando la conocida voz del general apareció; volteé para encontrarlo con su brazo vendado.
—¿La doctora ya terminó de revisarte?
Moví mi cabeza.
—¿Estás bien? Te veo triste.
—Vi a Inojin —hablé en voz baja—. Le conté la verdad, eso de que soy una chica y —apreté el frasco en mis manos—… ya no somos amigos.
—Oh, ya veo. Con que es eso.
Me dio unas palmaditas en la cabeza.
—Sé lo que va a decir: que las cosas no siempre resultan como queremos y que la vida es así. Pero eso no impide que deje de dolerme.
—No, no pretendo que deje de dolerte pues el dolor a veces sirve para hacernos fuertes. Quizás Inojin se siente traicionado y es muy pronto para que lo asimile, por eso actuó de esa forma.
—Mitsuki no lo tomó a mal.
—Las personas no son iguales, todos reaccionamos de distinta manera. Así que quita esa cara y deja de pensar en ello; si Inojin te consideraba su buen amigo, probablemente terminará aceptándolo. Es un muchacho inteligente después de todo.
—¿Y si no me perdona?
El general se inclinó para mirarme a la cara.
—Entonces no era tu amigo.
Apreté los labios y aunque tenía mucha razón, no quería que sucediera lo segundo.
Salimos de aquel sitio hacia la superficie. El cielo oscureció aunque todavía quedaba algo de luz. Miré el humo que salía de las chimeneas de las cabañas y ese olor a madera húmeda llenó mis fosas nasales.
—¿A dónde iremos? —pregunté.
—Con los padres del comandante.
—¿Está muy lejos?
—No, está a una media hora de aquí. Así que vamos antes de que sea más tarde, no me gustaría irrumpir en una hora inadecuada.
Retomamos el camino, mi estómago no hizo ruido mas sentí el doloroso vibrar por la falta de alimento.
Conforme avanzamos, se me ocurrió preguntarle algo más al general.
—Señor Kakashi ¿usted se irá hoy?
—Hmm… Me gustaría tener súper fuerza y hacer todo sin detenerme a comer o dormir, pero soy un ser humano común así que me quedaré otro día para descansar.
—¿De verdad?
—Debe haber alguna posada donde pueda pasar la noche. De todos modos no podré irme porque estoy esperando un resultado médico.
Ladeé la cabeza.
—¿Le hicieron exámenes? ¿Se siente enfermo?
—Asuntos personales, Saki. —contestó.
—Usted nunca me cuenta nada de su vida, señor.
—Mi vida es aburrida.
No lo hostigué más con mis dudas y seguimos la vereda que luego de un rato, nos llevó hasta una vivienda. El general sacó un papel el cual leyó mentalmente, luego tocó la puerta del portón y un hombre se asomó.
—Ah, vengo de parte del comandante Sasuke.
—¿General? ¡Es usted!
Aquel señor salió por completo y nos abrió el portón.
—Qué alegría verlo, general. Por favor pase, le avisaré al señor Fugaku.
Caminamos al interior y nos detuvimos en el portal, me comencé a poner muy nerviosa. No odiaba al papá del comandante pero me aterraba un poco su presencia.
—Tranquila, todo estará bien.
El general me animó. Oí unos pasos apresurados y doblando por la esquina vi a la señora Mikoto, quien se paró en seco cuando nos encontró; detrás de ella llegó su esposo con su habitual expresión.
—General, ¿cómo está mi hijo? —preguntó la mujer, lucía asustada.
—Él está bien, no he venido para dar malas noticias.
Respiró con alivio y llevó ambas manos al pecho agradeciendo en un susurro.
—¿Qué pasa Kakashi? Es inusual que te presentes por aquí y más a esta hora.
El anciano notó mi presencia y elevó sus cejas, yo escondí la mirada.
—El comandante Sasuke me envió aquí para cumplir con una misión especial y es lo que estoy haciendo —sacó un papel de su chamarra y lo extendió al anciano—. Por favor, lea esto.
El hombre desdobló el papel y se puso debajo de la lámpara de la pared. La señora Mikoto buscaba en su rostro alguna información, pero aquel señor permaneció leyendo en silencio. No hizo ningún gesto hasta pasados unos minutos, luego miró a su esposa sin decir nada.
—¿Qué? —preguntó ella.
La siguiente persona a quien miró, fui yo. Volvió a leer la carta y las manos de la señora temblaron quizás de los nervios.
—Fugaku ¿qué pasa?
Por fin culminó la lectura y entregó el papel a su mujer. Respiró hondo un par de veces y se sobó la frente.
—Kakashi ¿sabes lo que dice la carta?
El general afirmó.
—Sasuke y yo ya hemos hablado de esto.
Repentinamente la señora Mikoto jadeó y se cubrió la boca con su mano. Me pregunté por qué resultaba tan alarmante aquel escrito. ¿Tan difícil era saber que existía otro miembro Uchiha? Intuí que de eso hablaba la carta del comandante.
—No es posible. —dijo el señor Fugaku.
Me pareció que se acercaría a mí pero su esposa le impactó el papel en el pecho deteniendo sus pasos y adelantándose; me tomó por los hombros y después de la cara. Me veía con tanta desesperación y apretaba mis mejillas.
—¿Esto está pasando? —decía una y otra vez.
—Mujer, ven acá.
Fugaku la separó de mí y volvió a dirigirse al general.
—Esperaré los resultados, ¿cuándo estarán listos?
—Mañana después de medio día, iré a recogerlos y vendré a entregárselos. —respondió el señor Kakashi.
—Bien.
—Fugaku, Sasuke dijo…
El hombre alzó la mano como pidiendo a su esposa que no continuara hablando, ella cortó su frase y lo miró atónita. Aquel anciano regresó su intensa mirada hacia mí y se cruzó de brazos.
—Así que no eres un chico, sino una niña.
Mi corazón martilló con fuerza, por la forma en que lo dijo lo primero que pensé era en que me esperaba un buen regaño.
—Y tú lo sabías, Kakashi.
—Sí, señor. —contestó el general.
—Vaya, vaya. Uno establece reglas y sus subordinados hacen lo que les viene en gana. ¿Tienes idea de lo grave de esta situación? ¿Sabes cuántas vidas han estado en peligro por tu negligencia? ¡Eres el general de brigadas!
El señor Kakashi no respondió, yo me sentí con total culpabilidad. Él no merecía aquel regaño por algo que yo provoqué.
—Y la médico Ino Yamanaka fue parte de este circo. ¡Qué barbaridad! Pensar que ahora es la sargento de su división, definitivamente voy a separarla de su cargo.
—¡No, señor! —hablé asustada— no lo haga, por favor. Esto ha sido culpa mía, yo rogué por un lugar en el escuadrón.
—Saki —el general puso su mano en mi hombro y me hizo retroceder—, es mi responsabilidad, aunque hubieses hecho de todo si yo no permitía tu ingreso, jamás hubieras entrado.
—Pero señor Kakashi, recuerde la razón por la que me aceptó.
—Te prohíbo que interrumpas esta conversación —me dijo el señor Fugaku—, todavía no es seguro que seas parte de esta familia.
—No me importa si soy o no soy parte de su familia —contesté—, no estoy buscando privilegios, solo quiero salvar a mi madre.
—Eres demasiado maleducada, niña insolente.
—Usted no va a revocar el cargo de la señora Ino, ni tampoco del señor Kakashi. Porque el comandante supremo es Sasuke Uchiha, no usted.
—Saki, por favor, solo mantente en silencio. —suplicó el general.
—¿Y sabe qué? —Proseguí—. ¡El señor Kakashi me aceptó en el escuadrón porque tengo el sharingan!
—¿Qué?
Por primera vez vi un gesto distinto en el rostro de aquel anciano regañón. Se hallaba incrédulo y sus labios se quedaron medio abiertos.
—Kakashi, explícame esto.
—Ah, vaya —el general se rascó el cuello—… Pues eso que oyó, Saki tiene el sharingan.
—¡Las mujeres no despiertan el sharingan!
Me quité los lentes, sabía que me ardería un poco pero si eso podía dejar una clara evidencia sin estorbos de que no mentía, lo hice. Activé mi sharingan, miré al señor Fugaku y a su esposa, ambos se quedaron perplejos.
Las manos del hombre mayor temblaban.
—¿Qué demonios es esto? ¿Acaso eres uno de los experimentos de esos criminales? ¡Ah! ¡Por supuesto! Se robaron tanta sangre Uchiha que seguro tú eres el resultado.
Me indigné y bufé.
—¡Usted y su hijo son igual de prejuiciosos!
—¡Saki! —El general me volteó para que lo viera a la cara— ¡Ya basta, por favor solo cállate!
—No quiero quedarme, mejor me voy con usted.
—No, son órdenes del comandante, además, ya no eres parte de la organización.
—Pues entonces me iré con la señora Tsunade.
Se puso de cuclillas frente a mí.
—Escúchame, por tu propia seguridad debes quedarte aquí. Por favor, no quiero que dragón de Koshi te atrape, si eso sucede…
Se detuvo abruptamente y desvió la mirada.
—¿Señor?
—Si tú mueres, yo ya no tendré ningún motivo para vivir.
Si pudiera describir lo que en ese momento sentí, podría explicarlo como que mi corazón se hizo chiquito. Desde el día en que lo conocí siendo severo y estricto jamás dijo nada de sus sentimientos, hasta ese momento. El señor Kakashi me estaba diciendo que yo era importante para él.
Se sintió bien saber que él me apreciaba.
—Señor Kakashi —toqué su rostro—. No voy a morir, y usted tampoco. Cuando todo esto termine, trabajaré y compraré una casa, entonces lo llevaré a vivir conmigo y le prepararé pescado a la parrilla.
Puso su mano sobre la mía y aunque no vi sus labios, supuse que sonrió. Luego se levantó y volvió a ver al matrimonio Uchiha.
—Por favor —se arrodilló e hizo una reverencia hasta pegar su frente al suelo—, cuiden de Saki independientemente de lo que digan esos resultados.
El señor Fugaku estuvo a punto de hablar pero la señora Mikoto no se lo permitió, pues poniendo sus manos sobre los hombros del general, lo hizo levantarse para que la mirara a la cara.
—Voy a cuidarla sin importar ese papel, te lo prometo.
—Gracias, señora Mikoto.
¡Gracias por leer!
