Capítulo 44.- "Entrenar".

—Señor Itachi, ¿ha pasado algo? Veo que todos están muy nerviosos.

No hubo un gesto que me revelara una pista de la situación; el hermano del comandante seguía en silencio como pensando en algo para responder.

El día había sido muy raro, o por lo menos así lo percibí. Minutos atrás el anciano Fugaku recibió un extraño mensaje por su radio transmisor. Para mi mala fortuna, estaba en clave y no pude entender nada; sin embargo, lo vi muy inquieto de un lado a otro y sin decir nada se encerró en su habitación.

—Saki, cariño —habló la señora Mikoto—, ¿quieres ayudarme a regar unas plantas del jardín?

—Madre, prefiero que no salgan de la casa. —dijo el señor Itachi, el tono de su voz me provocó una mala sensación.

—No pasa nada, hijo. Iremos al patio trasero. Tu padre y tú necesitan hablar a solas.

La mujer me tomó de la mano y me sacó de allí; no hice ningún cuestionamiento pero mi corazón latía demasiado fuerte causándome una especie de opresión.

La anciana empezó a verter el agua sobre unas florecitas rosas plantadas en el suelo. Estuve observando en silencio tal acción hasta que puse atención en la expresión de la madre del comandante, se veía inquieta y la mano con que sostenía la manguera, temblaba con debilidad no haciéndolo tan evidente.

—Señora ¿qué sucedió?

Tardó un rato en tratar de contestar, estuve atenta a sus labios hasta verlos separarse.

—No pasa nada, Saki.

—¿Qué me están ocultando? Por favor, sea sincera conmigo.

Dejó de desviar su mirada y se enfocó en mí, de repente una sonrisa apareció en su cara.

—En pocos días es tu cumpleaños ¿verdad?

Me quedé pensativa, había pasado por tantas cosas que ni siquiera recordaba que estaba cerca esa fecha. Y si me detenía a pensar, el cumpleaños de mamá era al día siguiente.

—Te haré un pastel del sabor que desees. Dime ¿cuál es tu favorito?

En mi interior sabía que aquella conversación sobre el pastel era solo para cambiar de tema, y aunque quería continuar indagando sobre el extraño comportamiento de todos, tuve que ceder.

—Bueno... me gusta el de fresa.

Ella volvió a sonreír y acarició dulcemente mi cabeza, luego sus dedos atraparon un mechón de mi cabello.

—Tu melena está creciendo otra vez, pronto podrás usar bonitos ornamentos y listones.

Me acomodé los anteojos y coloqué uno de los mechones tras mi oreja. Por algún motivo, aunque fue una de las cosas que más deseé recuperar, en ese momento pensé que no sería bueno. Mi cabello no debía ser tan largo todavía.

—Dime qué quieres que te regale.

—Oh, no se preocupe por eso —dije—. No necesito nada, estoy bien solo con el pastel.

—No, no me digas eso. Es el primer cumpleaños que celebraré de mi única nieta, tiene que ser especial. No tengas pena de decirme lo que quieres, eres mi familia, Saki.

Volví a mirar las teresitas del suelo mientras pensaba que quizás existía algo que quería, a parte de volver a ver a mamá.

—¿Y bien?

—Pues —me rasqué la mejilla con mi dedo índice al tiempo que planeaba mi frase—... No tengo amigos —dije con cierta amargura—, y es triste pasar un cumpleaños sin los cuales pueda compartir un trozo de pastel, así que pensé que me gustaría invitar a Chouchou.

—Ah, la hija de la señora Karui. Es una buena jovencita y parece que ustedes son casi de la misma edad, podrían ser buenas amigas.

—Eh... Sí...

—¿Mmm? ¿Por qué esa expresión?

—La verdad es que ella sigue pensando que soy un chico —confesé—, y la última vez que nos vimos antes de llegar aquí, ella...

Paré en seco, sentía vergüenza de decirlo.

—¿Ella...?

—Pues... básicamente Chouchou me confesó sus sentimientos, dijo que yo le gustaba.

La señora Mikoto no se burló de mí aunque pensé que lo haría, solo movió su cabeza como entendiendo la situación.

—Eso quiere decir que eres una gran persona, tan especial que alguien siente este bello afecto hacia ti.

—No creo que sea eso, mas bien... bueno la verdad no tengo idea de por qué le gusto pero quiero aprovechar esta oportunidad para hablar con ella y decirle que no soy lo que ella cree. Es casi seguro que se enojará y dejará de hablarme, porque a fin de cuentas yo le mentí... a ella y a mis compañeros —mis ánimos descendieron, recordé a una persona en particular—. Incluso a mi único gran amigo.

—Saki, ese mejor amigo tuyo ¿descubrió que eres una chica?

—Se lo dije antes de llegar a esta casa, y no lo tomó de la mejor manera. Pero no lo odio, no se puede odiar a alguien por algo que uno mismo provocó ¿verdad?

Inesperadamente me dio un abrazo y me juntó a su pecho.

—Lamento tanto que hayas tenido que crecer en medio de todo este desastre, siento mucho no haber podido hacer nada por ti, mi pequeña.

Se separó de mí y me miró a los ojos.

—Pero estoy orgullosa de ti.

Tras terminar de regar las plantas del jardín, volvimos al interior de la casa. El resto del día nadie más puso un pie afuera y aunque todo parecía estar bien, durante la cena hubo más silencio que de costumbre.

Lo único que podía oírse era el sonido de los cubiertos golpeando los platos de cerámica y de vez en cuando, el fuerte respiro del señor Fugaku. Cuando creí que la incomodidad me absorbería, el señor Itachi habló.

—Tu cumpleaños es en cuatro días, Saki. Mamá me ha contado que te hará un pastel, ¿hay algo que pueda obsequiarle a mi sobrina?

El último sorbo que di a mi bebida me supo muy dulce, aunque los ojos del señor Itachi no me veían, sentí que lo hacían. Si no mal recordaba, era la primera vez que me llamaba sobrina.

—Agradezco mucho su intención, pero no es necesario que se moleste. —contesté apenada.

—No seas tan tímida.

El radio transmisor comenzó a emitir un sonido, el anciano rápidamente se levantó de su asiento para tomarlo. Noté que el señor Itachi cambió su serenidad por un estado de alerta.

—Recibo. ¿Qué pasa? —habló el señor Fugaku, pero el mensaje se entrecortaba como si hubiera mala señal de comunicación y era difícil de entender—. No entiendo el mensaje, repito, no se entiende.

El mensaje en clave no estaba funcionando, como si existiera desesperación desde el otro lado, el emisor manifestó varias veces una frase hasta que de tantas mencionadas, una llegó completa y me hizo tener escalofríos.

¡El comandante desapareció!

La piel se me heló y mi apetito se desvaneció al instante. Vi temblar las manos de la señora Mikoto y por impulso las sujeté como intentando calmarla. Sus ojos oscuros marcados por la edad me miraron con angustia.

—La señal es demasiado débil —expresó el anciano y arrugó la frente—. Estoy seguro que Sasuke tiene un plan, no debemos perder la cordura.

—Padre, quizá no deberíamos seguir aquí escondidos. Nos necesitan, no podemos dejarlo solo.

—Trataré de comunicarme con el teniente, me temo que incluso Kakashi estaba con Sasuke así que sería en vano querer contactarlo. Itachi, tú no puedes ir, no conseguirás nada más que la muerte.

—¿Crees que vale la pena intentar sobrevivir si todos los tuyos mueren?

Comencé a sentir náuseas con el solo hecho de imaginar que tanto el comandante como el señor Kakashi estaban muertos o en el peligro de estarlo. No dije nada y me puse de pie, el hombre mayor de inmediato se fijó en mí.

Mi deseo de cumpleaños y el cual no le dije a la señora Mikoto, era tener la posibilidad de utilizar el radio transmisor para hablar con el comandante; quería oír su voz, saber que estaba bien. Eso ya no era posible.

—Gracias por la cena —hice una reverencia—. Iré a dormir.

(...)

A pesar de llevar un rato acostada, no tenía nada de sueño. De mis dedos colgaba el cascabel que el general me obsequió, lo había estado observando sin dejar de pensar tanto en él como en el comandante.

La comodidad de dormir en una cama suave; bañarme con agua caliente; vestir ropa limpia y comer tres veces al día, todo ello me hacía sentir mal. No lo merecía, no en este tiempo cuando los demás luchaban por derrotar a dragón de Koshi.

Llevaba varios días sin entrenar, el señor Fugaku no quería verme muy lejos de la casa y la señora Mikoto me mantenía ocupada con ciertas actividades que quería hacer conmigo. Debido a que no quise ser grosera y arruinar sus ilusiones de convivencia con su nieta, dejé de lado mi entrenamiento.

No obstante, caer en la cuenta de que el peligro nos alcanzaba a zancadas y no había tiempo para jugar a vivir en paz; añadiendo la encomienda que el señor Kakashi me dejó de no echar por la borda todo mi esfuerzo, me mentalicé de que practicaría mi chidori le gustara al señor Fugaku, o no.

Oí un golpe en la puerta, ya imaginaba de quién se trataba así que fui a abrir y tal cual, la señora Mikoto estaba allí de pie con un rostro más relajado.

—¿Puedo hablar contigo un momento?

Me hice a un lado y le permití pasar, cuando estuvo dentro, cerré la puerta.

La mujer me miró y apretó los labios, sus manos fueron indecisas unos instantes hasta que se atrevió a tocar mi rostro.

—Le prometí al general que te protegería, realmente quiero cumplir con esa promesa.

Elevé mis manos hasta posarlas sobre las suyas, las cuales continuaban puestas en mis mejillas. El sonido del cascabel que colgaba entre mis dedos, le hizo cambiar la dirección de sus ojos.

—Es un obsequio, me lo dio el señor Kakashi antes de irse.

Mantuvo sus labios sellados mientras su vista caía sobre el objeto brillante. Suspiró y volvió a verme, luego apartó sus manos.

—El general Hatake finalmente fue conquistado.

Fruncí el ceño.

—¿Eh?

—Siempre ha sido un hombre severo y fiel al ejército. Perdió a su familia desde muy joven y después, a su maestro. Creció solitario y aunque muchos temían de él, tiene un corazón noble.

No entendí por qué me contaba eso, pero sus palabras declaraban que la anciana lo conocía bien y saber cosas del general era interesante. En especial porque nunca me habló de su vida personal.

—El señor Kakashi ¿tenía esposa?

—No. Kakashi no se involucró sentimentalmente con nadie, al menos hasta donde sé. Platiqué con él muchas veces cuando era más joven y servía directamente a Fugaku. El temor de perder de nuevo a alguien valioso le aterraba y por eso nunca tuvo intenciones de formar su propia familia.

Tocó el cascabel y sus ojos brillaron.

—Cuando me pidió que te cuidara supe que ha tomado un fuerte afecto hacia ti; no de un modo incorrecto sino un cariño paternal y ver este cascabel me lo confirma.

—¿Qué tiene que ver el cascabel? Él me dijo que era solo un cascabel de la suerte.

La anciana sonrió.

—Algunos clanes de Konoha y pueblos vecinos, mantienen la tradición de obsequiar cascabeles a sus primogénitos. Kakashi no es del tipo de persona que olvide sus raíces, puedo asegurarte que si te ha entregado un objeto como éste es porque para él, eres su hija, aunque no haya lazos sanguíneos de por medio. El general te quiere como a una.

Acerqué la esfera de metal a mi rostro. Pensar que su significado era más profundo que un mero deseo de suerte, hizo que mi corazón se comprimiera.

—No sé si soy una mala persona, señora Mikoto... Pero, si puedo ser honesta con usted, yo le dije al general que hubiera querido que él fuera mi padre. Y lo hice, se lo dije delante del comandante antes de saber la verdad de mi origen.

Pasé saliva.

—Quizá no merezco el cariño de nadie, no me he portado bien.

—No digas eso, te has ganado cada gota de afecto por parte de quienes te conocen. Incluso puedo asegurar que tu amigo, ése que se enojó mucho contigo por saber que no eres un muchacho; él aún te aprecia.

Cerré mi puño ocultado el cascabel.

—Señora Mikoto, ¿usted cree que soy débil?

—Por supuesto que no, eres la jovencita más fuerte que conozco.

La miré a los ojos.

—Usted hace que me sienta fuerte, es parecida a mamá. Debe haber algo en el cariño de una madre que de cierta forma nos motiva a continuar ¿verdad?

—Estás pensando en Sasuke ¿no es así?

—Por favor, solo confíe en mí y guarde este secreto.

(...)

Cuando la mañana llegó, salí al patio trasero preparada para entrenar. Ya era tiempo de volver a enfocarme en mis propios asuntos y retomar el objetivo con el que aquella tarde salí de casa.

La mañana era fresca y el sol se ocultaba tras las nubes. Todos dormían aún pero yo debía frenar mis descansos.

Hice ejercicios de respiración para luego pasar al calentamiento.

—Recuerda lo que el sargento Konohamaru dijo sobre el flujo del chakra.

Cerré los ojos y me concentré en ello. Memoricé cada una de sus instrucciones así como los consejos del general, tenía la teoría pero necesitaba reforzar la práctica.

Me enfrenté anteriormente con esas bestias, estuve en peligro de muerte muchas veces y si seguía con vida tras todas esas desgracias, quería creer que simbolizaba algo positivo.

En un determinado punto sentí cómo los flujos del chakra recorrían todo mi cuerpo, era difícil de explicar mas podía manejarlo lo bastante bien.

Abrí mis ojos, el sharingan se había activado y todo movimiento alrededor era fácilmente detectado por mis ojos.

Cargué una buena cantidad de chakra hacia mi brazo derecho para moldearlo hasta convertirlo en una corriente eléctrica; pequeñas chispas saltaron y el famoso sonido del millar de aves surgía de a poco. Pronto, una envolvente luz celeste comenzó a surgir.

Sujeté con fuerza mi muñeca y busqué un objetivo en el cual impactar el chidori antes de que éste se acrecentara pero no había nada de gran tamaño más que un árbol donde florecían bellos cerezos.

—No puedo impactarlo.

Remedé la acción del general cuando se deshizo del chidori en el aire, y cuando liberé la energía sentí una punzada en la palma de mi mano. Rápidamente la sacudí y me masajeé, el dolor desapareció despacio.

—Así que Kakashi te enseñó su más preciada técnica.

Miré hacia atrás, el anciano Fugaku estaba cruzado de brazos y se dirigía hacia mí. Su expresión era la de alguien que estaba muy molesto.

—No recuerdo haberte dado permiso de salir y mucho menos, de practicar técnicas.

Sacudí mi mano para terminar de liberar los residuos del chidori.

—No necesito su permiso.

Se me quedó viendo sin cambiar su postura y a pesar de que no se veía con la intención de dejar de observarme, no me intimidó.

—Tu sharingan... Quién pensaría que viviría para ver a una chica poseerlo.

No le respondí y me di la media vuelta para continuar con lo mío, aunque resultara pesado tener al anciano mirando.

—¿Piensas desobedecer mis órdenes?

—No puedo quedarme dentro de la casa —manifesté—. No tengo derecho ni quiero la comodidad sin hacer nada.

Volví dirigir la carga de chakra hacia mi brazo pero de pronto la mano del anciano lo sujetó con fuerza y perdí mi concentración.

—¿Qué está...?

—Por tu propio bien y el de aquellos que te aprecian, tienes que obedecerme.

Al mirarlo a la cara noté el sharingan de sus cansados ojos, él tenía tres aspas en cada uno de ellos y pude percibir que sus reservas de chakra se mantenían equilibradas. Después de todo, ese hombre era alguien con mucha experiencia en el dojutsu.

—Aprecio que quiera cumplir con los deseos de su hijo en querer protegerme, pero no puedo aceptar.

No cambió su gesto mas sentí que su agarre se aflojó.

—Lo cierto es que para protegerme lo que debe hacer no es encerrarme como si yo fuera un cachorro temeroso, si quiere mantenerme con vida entonces déjeme ser más fuerte y hábil.

No retiró su mano de mi brazo, sus ojos se achicaron y su sharingan se desvaneció.

—¿Por qué no destrozaste el árbol?

—¿Qué?

—Si pensabas practicar el chidori, ¿por qué dudaste en destruirlo? Con el chidori jamás debes titubear ¿no te enseñó eso Kakashi?

Bajé la mirada unos segundos.

—Es un árbol de cerezos —dije con un fuerte sentimiento de melancolía—. Pensé en mi madre cuando lo vi y recordé que hoy es su cumpleaños.

El anciano liberó mi brazo con delicadeza, algo que no esperé de él.

—Si existe algo de amor y compasión dentro de su corazón, permítame entrenar, hágalo por esa mujer que me crió y dio su vida por protegerme... porque ella es la mujer de la cual su hijo se enamoró.

Volvió a entrecruzar sus brazos y tensó sus cejas. Por la cara que puso me resigné a oír sus duras y frías palabras.

—Por lo que dices me das a entender que me ves como un viejo malvado sin sentimientos.

No respondí.

—Es verdad que soy un anciano sin tacto, pero quiero que sepas que no hay nadie que ame tanto como los Uchiha. Y justamente por ese fuerte amor es que somos capaces de hacer las más descabelladas locuras.

Su revelación me hizo pensar en el comandante y también en mí. Tenía razón, a pesar de todo el miedo fui capaz de mover mis piernas hasta ese campamento para ser recluta del escuadrón.

—En ese caso... ¿va a permitirme entrenar?

Su entrecejo estaba tan fruncido que me dolió con solo ver.

—Eres una niña terca y desobediente.

Pasé saliva, respiré lo más serena posible y con firmeza levanté más mi rostro. Hubiera sido buena idea arrodillarme y suplicar o hacer una reverencia más formal e intensa, pero en su lugar decidí mantener mi cara en alto.

Ese hombre, aquel que una vez fue el líder del gran ejército del país del Fuego y al que muchos temían, se mantenía de pie frente a mí retándome con la mirada. Quizás amaba a su familia como lo dio a entender, pero su trato conmigo seguía siendo hostil; sin embargo, a pesar de ser tan serio y estricto, algún punto débil debía tener.

—Quiero que me permita entrenar —hablé—. Por favor, no me esconda, quiero ser de utilidad —nos miramos fijamente—. Ayúdeme a ser una Uchiha de la que pueda sentirse orgulloso —contuve la respiración antes de continuar—. Por favor señ...

Paré, volví a respirar y otra vez pasé saliva. Mis labios temblaron y dudaron. Decenas de pensamientos inundaron mi cabeza y demasiados escenarios se proyectaron en ella; lo que iba a decir podía abrir demasiados caminos y cada uno llevaba a un destino distinto.

—Por favor... abuelo.

Sonó extraño, quizá muy falso o gracioso, pero mi voz tembló cuando lo pronuncié. El gesto duro de aquel anciano cambió finalmente y sus cejas se elevaron como si la sorpresa lo alcanzara. De repente lo más raro sucedió: empezó a reír.

Lejos de sentirme relajada, me dio miedo. Nunca lo vi riendo de esa manera... Ni siquiera recordaba haberlo visto reír.

Cuando su acción culminó, deshizo el amarre de sus brazos y metió sus manos en los bolsillos de la chamarra que traía puesta.

—Abuelo, abuelo —repetía—... Qué curioso suena eso. Ah... Este viejo amargado ha sido llamado de esa forma.

—Uhm... bueno, si le parece inadecuado que lo llame así, no volveré a hacerlo. —Me apené.

—¿Le has llamado abuela a Mikoto? —preguntó, negué con mi cabeza— ¿Y por qué conmigo eres de esta forma? ¿Quieres ganar mi confianza?

—No, señor abuelo —dije, él alzó una ceja—. Quiero intentar verlo como mi abuelo, pero usted no es ni será como esos abuelos que todos tienen. Me refiero a los que son cariñosos, comprensivos y que a escondidas de sus hijos les regalan golosinas a sus nietos.

Asintió con su cabeza.

—Tienes razón, no puedo ser ese tipo de abuelo. Además, no tengo golosinas.

Resoplé. Ese hombre era difícil de tratar.

—No obstante, jovencita —alzó su dedo índice—, soy mucho mejor que cualquier anciano de mi edad.

—No lo sé, señor. Yo a usted lo conozco muy poco, supongo que tuvo sus buenos tiempos.

—Aún los tengo.

—Si usted lo dice.

Me pareció que la actitud del señor Fugaku se había vuelto más amena pero no quise hacerme ilusiones.

—Te dejaré entrenar.

—¿Habla en serio? —Abrí mucho mis ojos.

—Con ciertas condiciones.

—¿Y esas condiciones son...?

Miró hacia el horizonte.

—Quiero que hagas el jutsu bola de fuego. Muéstramelo.

Tuve una especie de déjà vu, de aquella vez que el sargento me contó de la técnica de los Uchiha y cuando el señor Itachi me explicó de ella. Hacer bien este jutsu era como un examen para pertenecer oficialmente al clan.

Anteriormente no me sentí tan ansiosa como en ese momento. Haría una técnica legendaria frente al hombre más importante del famoso linaje Uchiha.

—¿Aceptas? —preguntó— O ¿es que no lo conoces?

—Lo haré.

—Bien, entonces sígueme.

Caminamos fuera del patio hacia un campo abierto, a lo lejos se apreciaban cabañas y chimeneas encendidas. El cielo continuaba nublado.

Se paró con firmeza y llevó sus manos tras su espalda; me indicó con su cabeza que me pusiera delante de él y así lo hice. No dijo nada, no dio ni una sola indicación, solamente se quedó siendo un espectador.

Imaginé que así debió ser cuando el señor Itachi y el comandante demostraron su gran habilidad.

Llené de aire mis pulmones; hice el sello de manos y dirigiendo mi chakra hasta mi vientre lo moldeé a calor para expulsarlo por mi boca a través de un aro formado por mis dedos. Al tener contacto con el oxígeno del exterior se transformó en una grandiosa bola de fuego, una tan magistral que gracias a la precisión de mi control de chakra, se expandió perfectamente sorprendiéndome.

Cuando el fuego desapareció, me quedé aún callada orgullosa de lo que hice. Independientemente de lo que el anciano dijera, estaba feliz de tener tal control.

Luego oí un "ja" y volteé. El señor Fugaku tenía sus ojos viendo hacia el cielo y una mueca parecida a una sonrisa.

—No cabe duda... se nota que eres mi nieta.

No tuve idea de cómo interpretar eso ¿era un halago? Se dio la media vuelta y caminó de regreso desorientándome incluso más.

—¡Espere! ¿Eso significa que me va a dejar entrenar?

Se detuvo en seco sin voltear.

—Sí, pero yo personalmente voy a entrenarte.

—¿Eh?

No añadió más nada y siguió andando, tardé unos segundos en seguirle el paso y solo podía pensar en que el padre del comandante me había aceptado, aunque de un modo peculiar.

Antes de llegar a la casa escuché a alguien exclamar mi nombre, no el real sino el que usé para ocultar mi identidad. "Saki, Saki" siguió gritando hasta que tanto el señor Fugaku como yo nos detuvimos.

Al mirar atrás pensé que era un sueño, pero pronto reaccioné. No lo era, de verdad estaba pasando.

La persona llegó hasta nosotros deteniéndose a escasos metros; no dijo nada mientras su respiración se normalizaba. Llevaba puesta ropa de civil y además cargaba una mochila en su espalda.

No sabía qué decir, me avergoncé y por lo mismo me quedé en silencio. En cambio el anciano sí habló.

—¿Qué se te ofrece? ¿No deberías estar en tu base?

—Disculpe señor, tenía que encontrarlos a usted, y a Saki. —Me miró. Me costó mantener el contacto visual.

—¿Qué ocurre, Inojin? —pregunté.

—Siento un chakra, no está cerca de aquí pero puedo sentirlo. Es diferente, es muy intenso y si puedo describirlo de alguna forma: es maligno.

—¿Qué? —Soltó el anciano— ¿Tu lado sensor se ha aguzado?

—Trabajé en él como me lo dijo mamá, y nadie más puede sentir este chakra que ha aparecido repentinamente. Esto tiene aproximadamente cuatro días.

—¿Qué significa, Inojin? ¿Qué piensas que es? —Le cuestioné.

Se quedó en silencio, su expresión era como de alguien con un mal presentimiento.

—Creo que es un monstruo... uno muy grande y con bastante chakra.

Recordé al dragón de Koshi, mi pecho se oprimió. Inojin y yo nos miramos, pero yo ya estaba demasiado consternada.

—¿Qué pasa, Saki? ¿Tú sabes algo?

Sentí las miradas de ambos hombres.

—Podría ser que esos criminales han despertado al dragón —volví con el anciano, su cara era de una total preocupación—. El dragón de Koshi está vivo de nuevo.


¡Ah! Finalmente he podido actualizar. En este capítulo pasaron unos días después del anterior. Ahora no tenemos noticias de Sasuke :(

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¡Nos leemos!