Capítulo 45.- "Cumpleaños".
Cuando regresamos a la casa, le conté todo a Inojin. Él había escuchado sobre la leyenda del Dragón de Koshi, y en sus ratos de ocio leyó muchos libros de ello, aunque como lo dijo, no le parecía ser algo real puesto que todos los escritos lo trataban como un mero cuento.
Él seguía incrédulo y desde que empecé a hablar sobre las sospechas del comandante y el teniente acerca de la posibilidad de que el dragón existiera y estuviera a punto de ser despertado, Inojin no había parado de beber leche.
Se terminó el tercer vaso y lo detuve antes de que continuara con el cuarto. El señor Fugaku permaneció en silencio, cruzado de brazos y con su mirada perdida.
—Inojin, debes parar ahora mismo. Te va a dar algo si sigues bebiendo de esa forma.
—Saki, hace meses que no como bien y con esto que me cuentas ni siquiera sé si continuaré con vida para en un futuro vivir tranquilo comiendo y durmiendo.
Me arrebató la jarra con leche y se sirvió más. La señora Mikoto dejó sobre la mesa una charola con panecillos de mantequilla.
—Así que tú eres amigo de Saki —le dijo—. Por favor come todo lo que quieras.
—Gracias señora, es usted muy amable.
El anciano se levantó de su sitio y sin decir nada, se marchó; la señora le siguió. Una vez que desaparecieron de vista, Inojin se atrevió a hablar sobre nuestra relación amistosa.
—Saki... ¿Puedo seguir llamándote de esta forma?
Lo miré, estaba serio y podría decirse que hasta apenado.
—Olvidaste mi nombre real ¿cierto?
—No. Me dijiste que tu nombre es Sarada, pero sinceramente me cuesta mucho trabajo llamarte de esa manera. Para mí tú sigues siendo... bueno, eso...
—Un chico. —dije.
—Mi mejor amigo. —Corrigió.
—¿Hablas en serio? Pensé que estabas enojado conmigo por ocultarte mi verdadera identidad.
Dejó el panecillo de lado y se pasó un dedo por debajo de la nariz. Nuestro contacto visual se rompió.
—La verdad es que desde aquella vez que te hablé de esa manera, no pude dejar de reprocharme el haber sido tan malo contigo. Tú no merecías esto, es solo que yo me sentí... ya sabes, me sentí traicionado y me frustró mucho ser engañado por ti y por mi madre.
Me rasqué la mejilla.
—El general Kakashi y el sargento Konohamaru también lo sabían —confesé—. El general se enteró desde aquel día que la señora Ino nos quiso advertir del ataque. Al sargento se lo tuve que decir yo misma, porque quería que tomáramos una ducha en el mismo sitio después de trabajar.
De repente el rostro de Inojin se volvió completamente rojo, evitó mirarme a la cara a toda costa.
—¿Qué te pasa, Inojin?
Se cubrió los ojos.
—¡Ahh! ¡Maldita sea! Acaban de llegar a mi cabeza todos esos recuerdos bochornosos.
—¿De qué hablas?
—De todas las cosas vergonzosas que te dije pensando que eras un chico.
Guardé silencio, pues también lo recordé y fue un poco incómodo.
—No pasa nada, olvidémoslo ¿sí? —le sugerí—. A partir de ahora podemos empezar bien nuestra amistad.
—Entonces ¿quieres que te llame Sarada?
Negué con mi cabeza.
—No, puedes seguir nombrándome Saki. Me he propuesto no volver a ser Sarada hasta que esta guerra termine. Y bien ¿puedo saber cómo supiste que yo vivo aquí?
Se removió en su asiento, se terminó el pan y bebió el último sorbo de leche.
—Te lo dije, siento ese chakra maligno. También puedo sentir el tuyo. Mi rango se extiende a varios kilómetros a la redonda, aunque no es tan preciso como el de mamá cuando existe mayor distancia. Pero el chakra maligno es tan potente que es imposible ignorarlo.
—Entonces ¿estabas buscándome?
—Así es. Digamos que me escapé de la base de médicos.
—¡Inojin! ¿Por qué hiciste eso?
—Porque esto es importante, mi mamá, mi papá, mis amigos, todos estamos en peligro y yo no puedo quedarme allí encerrado, siento que es mi deber ayudar tanto como me sea posible. ¿No te sientes así también? ¿No crees que debemos pelear y aprovechar lo que aprendimos?
Comprendía sus sentimientos, justo me pasaba igual que a él. Me reconfortó saber que había alguien más con este sentir; alguien que también quería luchar y no quedarse de brazos cruzados.
—Saki, a todo esto ¿por qué estás en este lugar? Me dijiste que te sacaron del ejército pero pensé que te irías a tu pueblo.
Bajé la mirada ajustándome los lentes. Había un secreto más por revelar, pero antes de poder expresárselo él volvió a hablar.
—¡Ah, es cierto! Supongo que si el comandante se enteró de que eres un chica y te echó de allí, decidió protegerte, por eso te envió aquí con su familia —bajó el volumen de su voz—; siendo honesto, jamás esperé amabilidad de su parte.
Aclaré mi garganta, él notó mi acción arqueando una ceja.
—¿Hay algo que quieras decirme, Saki?
—Inojin, esto que te diré es la cosa más rara y poco común que jamás creí que sucedería.
—¿Uh? ¿Qué, qué?
Apreté los labios unos instantes, luego solté un largo suspiro.
—Me enteré que el comandante Sasuke Uchiha es mi padre.
Los ojos de mi amigo casi se salieron de sus órbitas, ni siquiera era capaz de pestañear, solo estaba allí viéndome con incredulidad.
—Te juro que no lo sabía, ni siquiera él. Nos enteramos hace poco.
—Saki ¿estás de broma? —Negué—. ¡Saki! —Las palabras se atoraron en su boca, solo vi sus labios moverse hasta que pudo concretar una frase—. ¡Eres hija del comandante supremo! ¡Eres de la élite!
—Inojin, lo que menos me importa en este momento es el rango que pueda tener mi padre, pasé toda mi vida creyendo que estaba muerto ¿lo entiendes?
Sus presurosas manos me atraparon los hombros.
—¿No lo entiendes tú? Boruto no paraba de menospreciarte por ser inferior según su criterio, y resulta que eres hija del hombre más poderoso de la organización. ¡Quiero ver su cara cuando se entere!
—Inojin, no tienes remedio. —Reí, luego él también lo hizo.
—Perdóname por tratarte mal —dijo repentinamente—. ¿Seremos amigos a pesar de todo?
—Lo seremos.
Un carraspeo nos sacó de nuestro momento; el señor Fugaku nos miraba desde el umbral de la puerta.
—Sí, sí, pueden ser amigos. Ahora aparta tus manos de los hombros de mi nieta.
Inojin quitó ambas palmas a una velocidad sorprendente.
—Lo, lo siento señor Fugaku.
—¡Señ-!
—¡No! No se te ocurra llamarme "señor" o "señor abuelo" —me advirtió—. "Abuelo" es el término correcto.
Inojin me miró de reojo.
—Muchacho, voy a reportar tu paradero al centro médico.
Él se puso de pie y miró al anciano con preocupación.
—No, por favor. No quiero volver, ya no estoy aprendiendo nada.
—Lo haré porque tu madre podría preocuparse si le mencionan que estás desaparecido. Deberías pensar un poco en ella —Inojin bajó la cabeza ya apretó los puños—. Sin embargo, les diré que yo he solicitado tu presencia en mi hogar por lo que estarás aquí.
Ambos volteamos con el señor Fugaku.
—¿Qué?
—Le dije a Saki que la dejaré entrenar siempre que sea bajo mi supervisión. No esperaba que alguien más se uniera así que escuchen esto con atención.
Entró de lleno a la cocina, se paró por delante y puso sus manos sobre nuestras cabezas.
—Voy a entrenarlos y después, iremos al Valle de las Lágrimas.
—¡¿Habla en serio?! Abuelo, ¡usted es el mejor!
—¿Eh? ¿Cómo me has llamado? Tú no eres mi nieto.
—Señor... Quiero decir... A-abuelo —él me miró— ¿por qué iremos al Valle de las Lágrimas?
—Eso lo hablaremos otro día, por el momento vamos a enfocarnos en este asunto.
Me pareció estupendo que el señor Fugaku comprendiera nuestra necesidad de no estancarnos, mas seguí preguntándome por qué motivo iríamos al pueblo donde solía vivir el clan Uchiha.
Pasamos toda la tarde practicando control de chakra, percepción del entorno y nos dio un poco de teoría sobre las criaturas que los miembros de dragón de Koshi utilizaban para rastrear víctimas.
Fue el día del cumpleaños de mi madre, no lo olvidé por ningún momento y recordarlo me hizo tener más motivación para continuar con el entrenamiento.
—¿Qué tanto aprendiste de medicina? —preguntó a mi compañero.
—Soy enfermero, por ahora solo sé curar heridas de grado menor, tratar ciertos envenenamientos y cuidados post quirúrgicos. Mis mentores tuvieron que marcharse a otra área, me quedé a mitad de las enseñanzas.
—Son tiempos difíciles los que estamos viviendo, a este paso no quedará nadie que pueda cuidar nuestra salud.
—Quería aprender a utilizar jutsu médico para reconectar el flujo de chakra, por eso traje un libro de la biblioteca subterránea.
Volteé con Inojin.
—¿Robaste un libro de medicina?
—Estaba allí abandonado, será de utilidad si yo lo tengo ¿no crees? El conocimiento no sirve de nada si solo puede quedarse grabado en las letras impresas de un texto.
—Tienes razón. —Acepté.
—En cuanto a combate, imagino que conoces lo básico del cuerpo de infantería. —mencionó el hombre mayor.
—Sí, eso no lo he olvidado.
El señor Fugaku se sobó la barbilla y se quedó pensativo. Había algo en su rostro que me mantenía intranquila y necesitaba saber qué era.
—Por hoy detengámonos aquí, mañana nos dedicaremos a entrenar con sus habilidades de combate. Necesitan comer y descansar bien.
Se dio la media vuelta, apenas dio un par de pasos y se detuvo.
—No se hostiguen pensando en los problemas, duerman lo suficiente.
(...)
Dos días pasaron desde entonces. El señor Fugaku era muy severo con sus enseñanzas y hubo momentos en los que quise tirar la toalla.
Pedía cosas que me resultaban muy complicadas, me costaba trabajo mantener el ritmo de mi sharingan porque mis ojos no soportaban el ardor sin mis lentes, y mi cuerpo se cansaba al agotar las reservas de chakra.
Inojin por su parte estaba gastando su energía en mantener por más tiempo sus criaturas de tinta. Reconoció haber perdido potencial por falta de práctica.
—No puedo usar mi sharingan sin mis anteojos, es demasiado doloroso. —dije.
—Ah, tienes unos ojos asombrosos —elogió Inojin desde el suelo donde estaba tirado—. Envidio tanto que tengas un dojutsu tan poderoso.
—De nada sirve un gran dojutsu si su usuario no lo utiliza de manera óptima —expresó el anciano—. Ponte de pie —se dirigió a mí—, déjame ver tus ojos.
Con todo y mi cansancio logré levantarme, me tomó del rostro e inspeccionó mi sharingan a través de mis gafas.
—Tus ojos, ambos tienen solo dos tomoes. Sigues atrasada, necesitas aplicarte con mayor intensidad.
—¿Y cómo logro eso? ¿Cómo puedo hacer que se activen todos los tomoes?
—Cuando consigues dominar una técnica que haga uso de tu sharingan, significa que tienes gran control y equilibrio del chakra que se distribuye hasta la activación de esta habilidad ocular. Por lo que los tomoes aparecen indicando el nivel en el que te encuentras. Entre más experiencia consigas, mayor será la categoría alcanzada por tus ojos.
Inmediatamente recordé los ojos del comandante aquella vez que descubrí su sharingan. Él tenía un ojo violeta con tres aspas y el otro era un sharingan extraño. Imaginé que era todo un experto en el uso de su habilidad y me pregunté cuánto dolor le pudo costar llegar hasta ese nivel.
—Quizás debería practicar de nuevo el chidori.
—Ése ya lo tienes bien dominado, lo que quiero que aprendas es a controlar las mentes. Necesitas encerrar a los enemigos en ilusiones para que queden inmóviles y dejen de ser una amenaza, esto puede servir para ganar tiempo.
—¿Se puede hacer eso con el sharingan? —Inojin levantó la cabeza.
—Por supuesto. —contestó el abuelo.
—¡Genial! Saki, tienes que dominar eso, serás toda una guerrera rompe cu-
Mi compañero dejó inconclusa su frase y agradecí al cielo que no la terminara pues el anciano puso una mirada severa.
—Rompe cuerpos. —Quiso arreglar.
—Levántense, vamos a comer algo y más tarde regresamos a este sitio. Necesitan reponer sus chakras.
—Ah, espere —hablé—. Me preguntaba si... bueno...
—¿Qué?
—¿Usted sabe por qué el sharingan del comandante Sasuke tiene una forma diferente a la mía? ¿Es un nivel superior?
—Hablas de su mangekyou sharingan —añadió—. Sí, en efecto, es de una escala mayor al sharingan común.
—¿Y su otro ojo?
—El rinnegan, nadie del clan Uchiha consiguió ún nuestros ancestros, es un ojo divino y solo lo posee aquel a quien la deidad se lo concede.
Me puse de pie y sacudí mis sentaderas.
—Con deidad usted se refiere a Indra ¿cierto?
Él asintió.
—¿Quién es? —Me preguntó Inojin.
—Te lo contaré más tarde —le extendí mi mano y él la sujetó—. Vamos a comer.
(...)
El resto del día se nos fue entrenando en el campo; el señor Fugaku me mostró cómo crear una ilusión capaz de petrificar. Anteriormente lo llegué a hacer pero sin un control de por medio y sin saber de qué se trataba. Mas esta vez ya tenía un conocimiento de en qué consistía atrapar la mente de un individuo.
El señor Itachi permaneció sentado, de vez en cuando nos daba instrucciones sobre cómo mejorar ciertos ataques. Esto lo hacía cuando su padre era incapaz de dar una explicación clara a nuestro entendimiento.
Debo decir que para ser un día agotador y aunque me doliera el cuerpo, resultaba divertido entrenar con ellos. El señor Fugaku poco a poco se ablandaba en su forma de hablarme, de repente ya no me resultaba tan molesto.
Esa noche, después de la cena, escuché a Inojin hablando con alguien en la sala de la casa. Fui a asomarme y lo miré revisando los ojos del señor Itachi; me acerqué a pero incluso así, mi amigo continuó enfocado en su trabajo. Verlo tan concentrado me emocionó mucho.
—No soy un médico como tal para hacerme cargo de esto, pero con mis pocos conocimientos puedo decir que sus ojos no se ven del todo perdidos. Todavía se perciben líneas finas de chakra circulando por los canales que apuntan a sus córneas, aunque éste no llega lo suficiente.
—Mis ojos no ven una oscuridad absoluta —explicó el señor Itachi—, aún en lugares iluminados puedo percibir manchas y figuras grandes, aunque la nitidez es demasiado baja.
—Debe haber una especie de daño en la retina o quizás una obstrucción de algún vaso sanguíneo —Inojin se sobó el mentón—. Lo siento mucho señor, no soy un experto y no puedo darle un diagnóstico preciso. ¿La doctora Shizune no le dijo si su problema de ceguera tiene solución?
—Ella dijo que mis ojos están completamente dañados por el mangekyou sharingan. Una falla genética provocó que mis ojos despertaran el kekkei genkai de un modo más potente del adecuado por lo cual el constante uso me dañó los vasos sanguíneos de los ojos.
Al oír esas palabras, me quedé pensando en mi situación. Mis ojos no soportaban el sharingan y de no ser por los anteojos que el señor Kakashi me regaló, quizás seguiría sin poder utilizarlo.
—Señor Itachi... ¿Usted tenía ardor cuando activaba su sharingan? —pregunté.
—Sí, lo tenía, pero era muy ligero. Con el uso del mangekyou sharingan mis ojos comenzaron a sangrar y eso me provocó este gran problema.
—Mis ojos también arden —revelé—. La razón por la que utilizo estos lentes es porque desde que el sharingan se manifestó en mis ojos por primera vez, comencé a sufrir falta de visión, es decir, miopía. Y no puedo activar mi habilidad sin que me ardan. ¿No será que yo también tengo una falla genética? Quizás también me quedaré ciega en algún momento.
El señor Itachi levantó su brazo y su mano alcanzó mi blusa, por impulso me acerqué.
—No, tú no sufrirás lo mismo que yo.
—¿Cómo puede estar seguro?
—Porque la deidad Indra te protege. Y como le he dicho a mi padre, no creo que sea casualidad que tú nacieras con el kekkei genkai que jamás se activaba en las mujeres Uchiha.
Aunque en sus labios fluyó una bella sonrisa, no pude sonreír como el señor Itachi. Me sentía triste por su situación, quería ser capaz de encontrar una solución a su ceguera. Quería ver sus ojos brillar otra vez.
(...)
Llegó entonces un nuevo día, uno que me haría extrañar a mi madre de una forma impresionante.
Tomé un baño, después salí un rato al jardín para contemplar las bellas flores que la señora Mikoto cuidaba con mucho amor. Las puntas de mis dedos rozaban sus finos pétalos y su aroma me llenaba el aire de su suave perfume.
—Mamá, hoy es mi cumpleaños.
Me quité los lentes para limpiarme los ojos, al colocármelos de nuevo me di cuenta que Chouchou estaba acercándose a la casa con su habitual gran canasta.
—Saki, buenos días.
—Chouchou, buenos días. ¿Más pan para el señor Fugaku? —Señalé el objeto en sus manos, ella sonrió.
—Sí. ¡Ah! Ayer la señora Mikoto me dijo que hoy es tu cumpleaños y me invitó a venir a su casa, espero que eso no te moleste.
—No, para nada. De hecho yo fui quien le preguntó si podía invitarte.
—¿Eh?
Noté un gran rubor en sus mejillas y recordé que no le había dicho todavía mi verdadera identidad. Esa tenía que ser la ocasión perfecta para dejarlo todo en claro. Ella no merecía que le siguiera mintiendo de esa forma; sin embargo, no sabía cómo decírselo sin lastimarla.
—¡Ahí estás, Saki!
Una exclamación de Inojin nos hizo mirar atrás, él se detuvo en cuanto notó a la chica morena.
—Tu eres esa chica, la que estaba en la cafetería de la zona de entrenamiento.
—Su nombre es Chouchou. —dije.
—Ah, sí. Te recuerdo también porque le confesaste tu amor a Saki.
Ella se puso más colorada, yo sentí que se me atoraba la saliva.
—Inojin, ¿qué haces despierto tan temprano? Hoy no entrenaremos.
Se metió la mano en el bolsillo de su chamarra.
—La señora me dijo que hoy cumples años, y como soy tu mejor amigo es mi deber darte un obsequio.
Sacó una cajita larga, la extendió para mí y la tomé con ambas manos.
—¿Cuándo compraste un obsequio?
—Es algo que mamá me dio hace tiempo, me dijo que tenía que entregárselo a la persona adecuada.
Al abrir el estuche miré un hermoso kanzashi con florecillas rojas. Fue entonces que recordé lo que la señora Ino me dijo sobre esos ornamentos.
—¿Eh? ¿Pero los kanzashi no son un accesorio de chicas?
Oí a Chouchou, Inojin cambió el rostro, seguro no se esperaba que ella aún no lo supiera. Acaricié el broche, era muy lindo.
—Gracias Inojin. Aunque no creo ser la persona adecuada a la que tu mamá se refería.
—Si lo dices por el significado, no te preocupes. Este kanzashi es de amistad.
Apreté los labios entregando una sonrisa de cortesía, luego miré a Chouchou quien seguía confundida, ella de inmediato hizo contacto visual conmigo.
—Yo lamento mucho tener que decirte esto, pero no puedo corresponder a tus sentimientos. Yo no soy la persona que tú crees.
—Saki...
Por la tristeza que se dibujó en su rostro, mi corazón se arrugó. Comprendía un poco de ese sentimiento, lo sentí alguna vez cuando Mitsuki cuidaba a Sameri y ella me confesó que le gustaba mi compañero.
—Sí... Lo entiendo —bajó el rostro—. Creo que es mejor si no estoy aquí. ¿Puedes entregarle esto a...?
—Chouchou, soy una chica,
Ella volvió a verme. Inojin se retiró despacio y solo me hizo una señal de que se marcharía para dejarnos a solas.
—¿Qué cosa?
—No soy un hombre, estuve ocultando mi identidad para poder estar en el escuadrón. En realidad soy mujer y me llamo Sarada. Eres una gran persona y aprecio mucho tus sentimientos hacia mí, pero me gustaría que mejor seamos amigas ¿sí?
—Espera, espera, espera... ¡¿Qué?! ¡¿Eres mujer?!
Respiré hondo.
—Sí. De verdad siento mucho haberte mentido y espero que no me odies por ello. Yo, siempre te vi como alguien que podría ser mi gran amiga, me sentía muy cómoda contigo porque estaba rodeada de chicos y tú eras muy amable y atenta.
Chouchou se encogió de hombros.
—Entonces te llamas Sarada.
—Sí.
—Ya veo.
Noté lo incómoda que lucía la muchacha, imaginé que en cualquier momento me cortaría la charla y se iría, pero no fue así. Su mirada aun tenía algo que no pude descifrar.
—¿Estás molesta? —pregunté, ella negó.
—No sé cómo decirlo, no quiero que pienses que soy extraña —dijo—. Pero es difícil para mí cambiar lo que siento así tan de repente. Aunque ahora sé que eres una chica, hasta hace unos minutos seguía viéndote como a un chico y bueno... Todavía me pareces genial y así. —habló con pena.
—Eh... Bueno, creo que es normal. No debes sentirte avergonzada.
De repente se rió.
—Ah, cielos —miró hacia arriba—. No sé de qué forma debería sentirme.
—Chouchou, hay algo que no le he contado a nadie más —ella volvió su mirada hacia mí—. Pero aunque no lo creas, entiendo lo que experimentas.
—¿Te gusta alguien? —cuestionó.
—Sí, me gusta un compañero. Bueno... Ex compañero. Pero a diferencia de ti, yo no pude decirle mis sentimientos.
Chouchou bajó la canasta y me dio un cálido abrazo, lo correspondí.
—Gracias por ser honesta conmigo —su voz se quebró—. Estaré bien, y tú también lo estarás y seremos mejores amigas.
Mis ojos se cristalizaron.
—Feliz cumpleaños, Saki. Te seguiré llamando así hasta que por fin logre superar lo que siento.
—Está bien, gracias Chouchou.
(...)
Los rostros de la señora Mikoto y mi nueva gran amiga estaban maravillados, la anciana no dejaba de mirarme con orgullo y Chouchou estaba boquiabierta. Recién me habían colocado un kimono rojo que la señora Mikoto me regaló y me pidió que utilizara para mi cumpleaños; era muy elegante, llevaba un estampado de flores brillantes.
—Ahora déjame ponerte el kanzashi que Inojin te regaló. Estoy segura que aunque tu cabello aún no sea tan largo, éste se prenderá bien de tu melena.
Colocó el ornamento con suma delicadeza acomodando mis cabellos. Puso un poco de color en mis labios y sonrió de nuevo.
—¡Saki, eres preciosa! —Exclamó Chouchou.
—Así es, lo eres.
—Quiero verme en el espejo.
Cuando presencié mi reflejo me quedé completamente pasmada. La persona del otro lado era tan diferente a Saki.
—¿De verdad soy yo?
—Sí, mi niña bella —la mujer me giró de los hombros y me dio un abrazo—. Feliz cumpleaños, cariño.
Sobre la mesa había un gran pastel de fresa, fue lo primero que vi al llegar al comedor donde también se hallaba el señor Itachi e Inojin. La cara de mi amigo era más graciosa que la que puso Chouchou; sus ojos se abrieron bastante y pestañeaba sin parar.
—¿Saki?
—Me siento un poco rara —afirmé—, no estoy tan acostumbrada a esta ropa. Pasé tanto tiempo vistiendo de otra forma que siento que estoy fuera de lugar.
—Para nada, te miras hermosa —soltó Inojin, luego se sonrojó—. Eh... bueno, lo digo con respeto.
—Apuesto a que luces muy bella, sobrina mía.
—G-gracias.
—Saki, es hora de que soples la velita pero antes debes pedir un deseo.
La señora Mikoto encendió una vela blanca con forma de flor, y todos se pusieron alrededor. El señor Fugaku observaba desde la puerta.
Miré la llama del pabilo y cerré mis ojos. Pedir solo un deseo no sería suficiente, pues tenía tantas cosas que anhelaba que sería muy poco querer que solo uno se hiciera realidad.
«Quiero que mamá, papá y el señor Kakashi estén bien; quiero que el señor Itachi recupere la vista; quiero que derrotemos a dragón de Koshi... y deseo que Mitsuki y yo nos volvamos a encontrar.»
Abrí mis ojos y soplé fuerte hasta apagar la vela, los aplausos no se hicieron esperar. Miré a cada uno de los presentes sonriendo, a excepción del abuelo quien no solía expresar tal gesto; no obstante, sentí que aunque mamá no estaba cerca, hubiera sonreído como ellos y estaría feliz de ver mis nuevos amigos y familia.
—Gracias a cada uno de ustedes por hacer de este día algo muy especial —expresé—. Antes me sentía perdida y sola... Tenía mucho miedo de continuar sin mamá y aunque no hay nada que pueda reemplazar su lugar, ustedes hacen que mi vida sea más bonita —mi voz tembló, y sonreí con lágrimas en mis ojos—. Voy a tratar de convertirme en una persona de la que puedan estar orgullosos.
—Yo ya estoy orgullosa de ti. —dijo la señora Mikoto.
—Yo también. —secundó el señor Itachi.
—Y yo . —hablaron al mismo tiempo Inojin y Chouchou, eso les causó gracia.
El señor Fugaku se retiró del lugar pero no sentí tristeza por su ausencia; comenzaba a comprender cómo demostraba sus emociones y manejaba ese tipo de cosas. No me odiaba, pero aún no se formaba el fuerte lazo parental.
—Este obsequio es para ti —me dijo la señora Mikoto, mostrándome un regalo envuelto en papel dorado con un moño de color rojo—. Fugaku no te lo quiso entregar personalmente porque es muy tímido en estos aspectos. —Me susurró.
—¿Eh? ¿El señor Fugaku me preparó un obsequio? —Estaba sorprendida.
—Ábrelo.
Quité el papel con cuidado evitando romperlo; al deshacerme de él miré que se trataba de un libro y al darle vuelta leí su cubierta. Mi corazón se sintió feliz e inevitablemente sonreí.
—El lenguaje de las flores. —pronuncié.
«Gracias, abuelo Fugaku.»
