Capítulo 56.- "ABERRANTE"

Cada vez que en la lejanía se escuchaba un rugido feroz junto a un chillido como de vapor saliendo a presión, mi piel se erizaba dolorosamente. No había más que decir, ese ruido era emitido por el temible dragón.

Las aves volaron escapando, perdiéndose en el horizonte. El viento a veces cambiaba su dirección, y cuando todo se quedaba en silencio era más susceptible a tener miedo.

Constantemente miré hacia el cielo creyendo que en cualquier momento aparecería la temible bestia. Si lo que el comandante decía era cierto, entonces nos debería estar persiguiendo.

Cuando la noche llegó, se volvió complicado correr a la misma velocidad. El comandante poco a poco bajó la intensidad de su andar hasta quedarse quieto por completo. Estuvo moviendo su cabeza a todos lados, a veces caminaba uno o dos metros alrededor y aunque por dentro me carcomían las dudas me abstuve de preguntar, pues ya me había dejado muy claro que le incomodaba.

—Vamos.

Fue lo único que dijo tras estar viendo el terreno. Lo seguí, ya no corríamos sino que caminamos a paso normal.

El bosque comenzó a llenarse de los sonidos nocturnos, desde unas horas atrás ya no se escuchó el sonido del dragón y a pesar de que eso podría considerarse un alivio, continuaba produciéndome temor.

—¿Quieres hacer tus necesidades fisiológicas?

—¿Qué?

Su pregunta fue tan espontánea que tardé en asimilarla, luego negué.

—Estoy bien, puedo esperar.

Volvió a permanecer callado sin dejar de caminar. Fui a su ritmo, preguntándome si trataba de ser amable o era una cuestión de su actitud de comandante.

Siendo honesta, quería hablar más con él, pero luego del regaño no me quise arriesgar.

Cuando culminó el camino rodeado de árboles llegamos a un espacio abierto lleno de hierba y rocas enormes. El cielo oscuro y estrellado se apreciaba al fondo del paisaje.

Oí un leve quejido que me jaló de vuelta a la realidad: el comandante se tocaba el costado, eso me preocupó.

—¿Está bien? ¿Le duele mucho?

—No es gran cosa.

De su chaleco sacó algo que no pude ver, pero supuse se trataba de medicina que Inojin le dio.

—Estaré mejor en dos minutos, solo déjame sentarme un momento.

Se inclinó despacio sobre una de las rocas y permaneció con sus piernas extendidas y el brazo sobre su costado, mirando al cielo. No supe qué hacer mientras, así que me senté junto a él para descansar.

La hierba hizo un ruido suave cuando una ventisca refrescante corrió por todo el lugar. El cabello sobre mi frente se revolvió y tuve que peinarlo con mis dedos. Me quité los lentes para limpiarlos y cuando volví a ponérmelos vi una lucecita volando y desaparecer; luego, otra vez apareció y tan rápido como llegó se fue.

Cuando presté más atención me percaté de todas las luciérnagas que estaban en el campo, volando y escondiéndose entre la hierba. Iluminando con sus pequeñas luces intermitentes.

Quise atrapar una, pero no lo conseguí. Finalmente me rendí y me dediqué a apreciar su majestuosidad. El paisaje era como uno de los tantos que aparecían en los cuentos que alguna vez mamá me leyó.

—Saki.

Di un respingo cuando recordé que solo serían dos minutos de descanso y yo me dejé llevar por el espectáculo persiguiendo a las luciérnagas.

Volteé hacia atrás, vi al comandante poniéndose de pie y regresé.

—¿Ya se siente mejor?

—Sí. Es hora de irnos.

—Claro.

Me colgué la mochila y continuamos el camino en medio de la hierba. Conforme avanzamos, las luciérnagas desaparecieron y no hubo más cuentos de hadas.

Con el transcurrir de las horas me sentí cansada y hambrienta, pero aún no podía saber cuánto más faltaba para llegar. El trayecto se hacía pesado especialmente porque el silencio entre nosotros me estaba ahogando.

Tras pensarlo mucho decidí hacer una pregunta más, esperando que esa cuestión sí fuese respondida.

—Señor comandante, hay otra cosa que me tiene preocupada, le pido por favor me responda.

—¿Qué quieres saber?

Pasé saliva.

—¿Usted sabe en dónde está Mitsuki? Es el chico de cabello blanco, él nos acompañaba cuando pasó lo de...

—Sé quién es. —intervino.

—Eh... Bueno, ¿y en qué equipo está? Porque Boruto y Shikadai no lo han visto, y sí me siento inquieta por no saber de él. ¿Sabe? Todos éramos un equipo y vivimos juntos mucho tiempo.

El desesperante silencio del comandante me ponía de nervios. Una pregunta tan sencilla debía tener una respuesta igual, pero en su caso tardaba demasiado en contestar lo cual me daba mala espina.

Al no escuchar ninguna palabra que saliera de su boca, comencé a preocuparme.

—¿Señor?

—Está en otra área militar —contestó sin añadir nada más.

—Entiendo —suspiré—. Me alivia escuchar eso.

Podría decir que me tranquilizaba saber sobre Mitsuki aunque fuera vagamente, porque eso significaba que continuaba con vida.

(...)

En un determinado punto del trayecto el comandante me dijo que no faltaba mucho para llegar, y agradecí internamente el no tener que ser yo quien preguntara.

Aunque la noche no terminaba aún, sentía que habían pasado demasiadas horas y me estaba aburriendo.

Por fortuna, el comandante se estaba tornando más parlanchín conforme el pasar del tiempo y empezó a preguntar con sutileza sobre mis días junto a los abuelos. No sabía si lo hacía por querer matar el silencio o porque de verdad estaba curioso.

—¿Cómo está mi madre?

La abuela Mikoto apareció en mis pensamientos y la última escena de nuestra despedida.

—Físicamente sana aunque cuando supo que tenía que partir mostró lo preocupada que se halla por mí, pero también lo está por usted. Supongo que es cosa de mamás preocuparse por sus hijos.

No dijo nada, solo se escuchó el crujir de nuestras pisadas. Al cabo de unos momentos decidió volver a hablar.

—¿Viste que comiera bien?

—Sí, daba sus tres comidas al día. Me enseñó su jardín y me contó cómo conoció al abuelo.

El comandante hizo un sonido raro, pero aunque vi su expresión no pude saber si fue una risa o un quejido.

—¿Se siente bien?

—Estoy bien —contestó con una notable seriedad—. Entonces supongo que mi padre también está sano. ¿Qué hay de Itachi?

—Bueno, su vista se ha ido por completo así que no creo que eso sea algo positivo. Él no parece ser del tipo de persona que se lamenta en público por sus enfermedades, pero debe estar triste por ello.

No hubo palabras para su hermano, el comandante solo continuó andando sin cambiar su mueca tranquila. Me sorprendía lo mucho que contenía sus emociones y al mismo tiempo me preocupaba por eso, pues no consideraba que fuera normal que las personas no demostraran ninguna expresión ante las situaciones trágicas o alegres.

El comandante sin duda era un hombre extraño; demasiado desabrido para mi gusto. ¿Por qué mamá se enamoró de alguien como él? Ella era tan sonriente y resplandeciente.

Me le quedé mirando mientras analizaba su físico y personalidad, tratando de encontrar algún encanto en él; de pronto me miró también y entrecerró los ojos. Sentí un escalofrío por toda la espalda.

—¿Pasa algo? —preguntó, entonces aparté la vista.

—No, lo siento, señor.

(...)

Cuando por fin llegamos al campamento militar donde estaba Neji -el tío de Boruto-. El comandante fue recibido por sus subordinados quienes mostraron preocupación por los ataques y el asunto del dragón que despertó.

Revisaron la herida del comandante y durante ese tiempo permanecí recargada en el tronco de un árbol, jugando con mis dedos para calmar mi ansiedad.

Los militares pasaban de aquí a allá y algunos otros hablaban entre ellos con voces inaudibles. Luego pasó frente a mí el hombre de cabello largo y ojos claros; me echó una mirada de reojo y se adentró al sitio donde estaba el señor Sasuke.

Tuve un escalofrío pese a que el sol comenzaba a tocarme, y volví el rostro hacia atrás donde se apreciaba un bosque profundo y oscuro. Era como si estuviera siendo observada.

Me sumergí tanto en la sensación que di un salto asustada cuando llamaron mi nombre. Volteé con el militar que se acercó.

—Calma.

—Lo siento, me distraje.

—El comandante quiere que entres, necesita hablar contigo.

Asentí y fui hacia allá. Al entrar vi varios hombres que me miraron.

—Saki, quiero que escuches bien la orden que voy a darte —habló el comandante—. Vas a quedarte aquí.

—¿Qué?

—Sabes bien por qué.

Negué con mi cabeza en repetidas ocasiones, no podía creer lo que escuchaba.

—¿Piensa dejarme aquí y enfrentar usted solo al dragón?

—El dragón de koshi necesita un solo par de ojos más para ser invencible, no hay necesidad de arriesgarnos. Te quedarás aquí, se abrirá una barrera que te mantendrá a salvo.

—No puede hacerlo, tengo que ir con usted.

Me empezó a temblar el labio ante el miedo de que sus órdenes se cumplieran.

—No está a discusión —dijo con voz firme—. Te quedarás aquí y esperarás, si las cosas se salen de control, uno de mis subordinados te llevará al país de las Flores.

—No, no voy a quedarme.

Pude ver la incomodidad en los rostros de otros militares, pero eso no impidió que continuara protestando.

—¡Escúchame! —Exclamó y mi cuerpo casi se alteró, el comandante bajó de la camilla y caminó directo hacia mí—. Sakura te cuidó y agotó sus últimos recursos para que vivieras sana y feliz, y si ella no está aquí es mi turno de asegurarme de tu bienestar.

Me miró desde su altura con ojos determinantes, y me sentí impotente ante su presencia. Pero, aunque me temblaba el cuerpo por la desesperación, no aparté la vista.

—No te estoy dando esta orden como el comandante, sino como tu padre.

Cuando dijo aquello, sentí que los recuerdos venían a mí uno tras otro apuñalando mi pecho. Crecí pensando que papá estaba muerto y deseé que no fuera así, y sin embargo, mi padre estaba ahora frente a mí viéndome con esos ojos oscuros tan parecidos a los míos, pero... no era como imaginaba.

Su deber como líder sobrepasaba todo afecto que pudiera desarrollar, y claro, no esperaba que me quisiera como un padre que cría a sus hijos.

—Saki no tiene padres —respondí y noté que algo cambió en su expresión—, no quiero esconderme, eso solo empeorará las cosas.

Iba a decirme algo cuando un militar entró interrumpiendo la conversación.

—Comandante, tenemos problemas. Se acerca un grupo enemigo por el área sur de la zona.

«¿El área sur?»

Me vino a la mente la profundidad del bosque donde presentí que me veían.

—Comiencen a crear la barrera. —ordenó.

—Sí, señor.

—Y llévate a Saki. Escóndela en un sitio seguro.

Volteé con él, lo miré indignada y a pesar de ello él lo hizo con indiferencia.

—Vamos.

Aparté las manos del militar.

—Dije que no-

—¡Señor! —Un hombre se acercó corriendo interponiéndose entre el comandante y yo—. ¿Qué hago con el chico que está encarcelado? Los de dragón de koshi van a llegar pronto a esa zona.

Fruncí el ceño, el comandante le hizo un gesto al otro militar para que me sacara de allí.

—Vamos, te llevaré a un sitio bien resguardado.

Nuevamente aparté sus manos, continué mirando al comandante y al otro hombre.

—Déjalo allí. —Oí que le dijo.

«¿Encarcelado? ¿Quién está encarcelado?»

—Sí, como ordene.

—Vámonos.

—¿Quién es ese chico encarcelado? —pregunté mientras luchaba por liberarme de las manos del militar—. ¿Quién es?

—Llévatela. —Ordenó mirando al militar que me sostenía.

No había más chicos en el ejército que nosotros cinco y de todos, aún faltaba uno. Mi corazón comenzó a latir apresuradamente al imaginar de quién se trataba.

Las vagas respuestas del comandante, el hecho de que nadie supiera dónde estaba...

—¡Mitsuki! —grité— ¡¿Dónde está Mitsuki?!

Pero su rostro no cambió, y con ello sentí que el alma se me desprendía del cuerpo. De pronto el militar que me arrastraba con él, me cargó sobre sus hombros. Pero yo no podía dejar de ver los ojos de quien era mi padre, suplicándole que me respondiera.

—Es un infiltrado —contestó—. Perdimos a muchos miembros por su culpa. Con eso debe bastarte para entender por qué está donde está.

Dejó de verme para dirigirse a otro militar, y cuando sentí el viento pegarme en el rostro, luché por liberarme dándole una patada al hombre que me cargaba.

Tomándolo desprevenido, en ese pequeño espacio aflojó su agarre y corrí en dirección opuesta para ir hacia el bosque.

—¡Sarada!

Oí gritar mi nombre, pero no volteé y di más de mí para aumentar la velocidad. Su voz aún seguía escuchándose, pero ya no presté atención pues solo podía pensar en Mitsuki.

Corrí y corrí, sin detenerme a pensar si lo que hacía estaba bien; lo único que deseaba en ese momento era encontrar a Mitsuki y saber qué fue exactamente lo que sucedió.

Miré a todos lados tratando de hallar el lugar donde pudiera estar, mi respiración se aceleraba por los nervios y fue entonces que vi una cueva.

Me acerqué atravesando los arbustos. Estaba demasiado oscuro, luego vi unos barrotes gruesos que cerraban el paso a su interior. No se escuchaba nada y la oscuridad tampoco me permitía ver qué había adentro.

—¿Mitsuki?

Tan pronto como pronuncié su nombre, una voz respondió entre el eco y la penumbra.

—¿Saki?

Se aproximó a la barrera y pude verlo: su cabello blanco y su piel pálida, además de sus brillantes ojos miel. Tomó los barrotes con sus manos y me miró como si viera a un fantasma.

—Mitsuki... ¿Qué sucede? ¿Por qué estás aquí?

Mis piernas temblaban y al ver sus ojos tristes me entristecí yo también. Pero no hubo una respuesta inmediata; él se percibía decaído y avergonzado.

—Fue un malentendido, no eres un infiltrado, ¿cierto?

—No —respondió—. No es ningún malentendido. Yo... estoy aquí porque cometí un crimen.

Mi mandíbula vibró al querer abrirse para expresar algo, pero no pude decir nada.

—Dragón de Koshi me envió para que entrara al escuadrón y les diera las ubicaciones.

Volvió a levantar la mirada.

—Todas las veces que nos localizaron, no fue culpa tuya, sino mía.

Mi cuerpo enteró se paralizó, mi mente se quedó en blanco. No podía ser real lo que escuchaba, tenia que ser una mentira. Mitsuki, el Mitsuki a quien conocía y de quien me enamoré... ¿Un miembro de dragón de koshi?

—Es mentira.

—No, no lo es.

—Mitsuki, tú no puedes ser un traidor... somos amigos ¿lo recuerdas? ¿Recuerdas todo lo que vivimos juntos? ¡Luchaste junto a nosotros! Me protegiste varias veces.

Mi voz se quebró.

—Lo siento, Saki. De verdad lo siento.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Por qué? ¿Por qué nos engañaste?

Sus manos se aferraron más al frío hierro que nos dividía.

—Por mi mamá —contestó con pena y vi una lágrima resbalar por su mejilla—. Porque dragón de Koshi me dijo que la matarían sino obedecía.

Hubo silencio por un momento, luego retomó la palabra viéndome a la cara.

—Yo soy uno de los experimentos de esa organización. Soy un ser aberrante, Saki.