Code: Lyoko y todos sus personajes son propiedad de MoonScoop y France 3.

IX.- Papelera

—¡Dunbar, castigado! —gritó la señora Meyer señalando la puerta de clase.

William se levantó de su silla, rodeado del murmullo de sus compañeros, con cara de pocos amigos, pero no protestó. Él no había hecho nada, pero decirlo sólo le habría servido para perder el tiempo.

Alguien había tenido la fantástica idea de meter una rana, animal que odiaba la profesora, en el cajón de arriba de la mesa. Nada más abrirlo para coger los folios el anfibio brincó y chocó contra la cara de la mujer. Él fue el único que no rió y eso llevó a la profesora a determinar que era el culpable.

Si Yumi hubiera estado allí seguramente le habría apoyado diciendo que no había hecho nada, pero estaba en casa por la gripe. El resto de sus compañeros se habían quedado callados los muy…

Cerró con suavidad a pesar de que tenía ganas de destrozar la puerta a golpes y recorrió aquel camino que era una constante en su vida. El aula de castigo estaba vacía, ni siquiera había un profesor dentro.

—Mejor —refunfuñó. Así podría quitarse la mala hostia de encima sin ser visto.

Sacó una libreta, la primera que encontró en la mochila, arrancó una hoja, la arrugó con rabia y la lanzó contra la pared haciéndola rebotar y caer dentro de la papelera.

Arrugar papeles y usar la papelera como canasta era estúpido y, aunque en realidad, no le servía de desahogo como mínimo le valía para descargar su frustración.

Por desgracia para él su jodida fama le había perseguido hasta a aquel maldito internado para pijos e hijos de papá que acostumbraba a sacarle de sus casillas. Desde que estaba en Francia tenía la sensación de que casi todo le atacaba los nervios.

Su víctima-libreta empezaba a quedarse sin una sola hoja blanca y, aunque le tentaba destrozar las que estaban plagadas de apuntes y ejercicios, sabía que acabaría arrepintiéndose, y lo peor, Yumi le mataría si se le ocurría pedírselos a ella porque en un arrebato de histeria adolescente se los había cargado como un idiota. Oh sí, Yumi le mataría, menudo genio tenía la señorita.

Acabadas las hojas blancas y descartada la idea de asesinar los apuntes cerró la libreta. Se levantó. Cogió la papelera y empezó a sacar todas las bolas de papel que había ido lanzando, dejándolas desordenadas sobre la mesa.

La puerta se abrió, por un instante temió que fuese Jim y que, viendo el panorama, decidiese ampliar su castigo. Sin embargo, no era Jim, tampoco ningún otro profesor. En el zaguán de la puerta había una chica de piel dorada, cabello y ojos negros. ¿Qué demonios pintaba en aquel aula? Descartó la idea de decirle que se había equivocado de lugar, porque no era nueva, llevaba más tiempo que él en aquella academia del infierno.

Emilie le miró y después bajó la mirada al suelo con timidez. Entró cerrando la puerta tras de ella. No había nadie más, sólo William vaciando la papelera y ella que no sabía qué hacer allí. Se sentó en el pupitre que había detrás de él.

—¿Por qué estás aquí?

William detuvo un instante su labor de vaciar la papelera para mirarla con el ceño fruncido. ¿Es que acaso no se había enterado que, al parecer, era el delincuente oficial de la academia?

—Había una rana en el cajón de la señora Meyer.

El tono de su voz la hizo poner nerviosa. Demasiado tajante. Sólo intentaba ser amable con él. Suspirando sacó de su mochila un libro, lo abrió por donde se había quedado la última vez. Lo escuchó levantarse y el ruido de la papelera al tocar de nuevo el suelo, su silla chirrió contra el linóleo.

El papel crujió entre las manos de él al apretar con más fuerza una de las bolas, la lanzó. Chocó contra la pared para caer después dentro de la papelera. William agarró otra y repitió el ritual. Aplastarlas con rabia antes de estamparlas contra la pared empezaba a relajarle un poco.

—¿Puedes parar? —pidió su compañera de castigo.

—No —gruñó.

—Me estás poniendo nerviosa.

—Denúnciame.

Emilie suspiró con frustración y cerró el libro con estruendo.

—No hace falta ser tan hostil —protestó clavándole la mirada en la nuca—. A nadie le gusta estar aquí…

—Qué sabrás tú, sólo eres una niña buena que ha caído en aquí por error.

—¿Y tú qué sabes, idiota? No sabes por qué estoy aquí.

William se giró con cara de fastidio, ¿acaba de llamarle idiota?

—¿Lo has hecho?

—¿Qué?

—Meter la rana en el cajón de la señora Meyer.

Frunció los labios en una mueca de desagrado.

—Yo nunca haría algo tan infantil como eso —soltó sacudiendo la mano ofendido—. Encerrar a una rana en un cajón es cruel.

Emilie sonrió, al menos había logrado que parase con los papeles.

—¿Por qué te han acusado a ti?

—Porque no me he reído con el espectáculo, así que eso me hace culpable por lo que parece.

—No es justo.

—¿Y tú? ¿Por qué estás aquí?

Ella suspiró enredando los dedos entre su pelo.

—Por copiar —replicó.

—¿Lo has hecho? —preguntó sorprendido, jamás se lo hubiese esperado de alguien como ella.

—No —dijo al tiempo que negaba con la cabeza—. No sé cómo, pero Sissi me robó el trabajo de literatura, lo copió y se lo entregó a la profesora antes que yo.

—Y como Sissi es una alumna modélica… —Emilie rió, a pesar de no querer hacerlo, por el sarcasmo de su voz—. ¿Y no has protestado?

—Sí que lo he hecho, pero no ha servido de nada. No me ha creído y además me ha castigado y puesto un 0.

—¿Lo dejarás pasar?

—No veo qué podría hacer sino.

William le sonrió, parecía haberse olvidado definitivamente de las bolas de papel y la papelera, también de su enfado. Aquel William se parecía más al que ella acostumbraba a mirar de lejos.

—Venganza.

—No sé si es buena idea.

—Piénsatelo, podría ser divertido.

Emilie asintió lentamente, pensárselo no podía hacerle daño, aunque no se vengaría. No creía que fuese la solución. William se giró, tomó una de las bolas de papel y la dejó sobre la mesa de ella.

—Lánzala, te sentirás mejor.

—No veo cómo podría hacerlo.

Él se encogió de hombros, tomó una y apuntó a la pared.

—¿Ves esa pared?

—Ah… sí.

—Pues no es una pared. Es el traidor de Emmanuel metiendo una rana en un cajón —contestó lanzando la bola con fuerza.

Ella soltó una sincera carcajada. Agarró la bola e imitó su gesto. La bola botó y entró en la papelera.

—Es muy infantil —soltó ella.

Fin

Notas de la autora:
¡Hola de nuevo! Cuanto tiempo sin actualizar esto… Bueno, parece que me estoy reenganchando a un ritmo normal, tener un horario decente ayuda bastante la verdad.
Cuando me salió la palabra papelera me quedé a cuadros, porque no sabía qué demonios escribir con semejante tema, hasta que ayer haciendo un poco de limpieza entre mis papeles llenos de garabatos horrendos (para no llevármelos en mi mudanza), esos que hago para desestresarme cuando no tengo ideas, me dediqué a usar la papelera como canasta de básquet. Es un shot muy tonto, seguramente el más tonto de los que he escrito, pero se necesita variedad en esta vida y no todo pueden ser tramas elaboradas. Excusas baratas.
Me he dado cuenta de que cuando escribo sobre William me sale en un tono "el mundo es maravilloso y si no te gusta tírate por un puente" jajaja.
En fin, espero que os haya gustado, cualquier cosa ya sabéis donde era el cajón del review.