Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.
XXI.- Bañarse
El pasillo de aquella planta del hotel estaba desierto, Emilie oía el eco de sus pisadas y también el de las de él. Estaba nerviosa.
Le había pedido que la acompañase a París para arreglar unos papeles, a él le había gustado la idea incluso le había sugerido que hicieran un poco de turismo aprovechando que iban a la capital; pero la inocente escapada para arreglar papeles había sido una pequeña encerrona. Desde que él había acabado sus estudios en Kadic que apenas se veían, aunque durante el último curso había entablado una relación entre la amistad y el noviazgo, ninguno de los dos se había atrevido a definirse, y, quizá, aquel limbo en el que estaban era el que hacía que se vieran menos. Así que, cansada de estar en aquel "sí y no" se había lanzado a aquel plan absurdo suyo en el que, tras los papeles y el breve tour turístico, se había asegurado de perder el último tren de vuelta a casa quedando atrapados en la ciudad. Él le había sugerido llamar a alguien para que fuese a buscarlos, ella rápidamente le había contestado que era mejor que buscasen alojamiento porque así se ahorrarían el tener que dar explicaciones; William había enarcado una ceja, pero al final había aceptado decidido a buscar por internet algún hotel o pensión no demasiado caro, Emilie se había apresurado a decir que conocía un buen lugar y él había aceptado sin protestar o preguntar.
La recepcionista les había analizado como si dudase de sus billeteras, pero les atendió con aquella estudiada amabilidad de quien lleva toda la vida trabajando de cara al público. Tras cuchichear un rato se quedaron con una habitación doble porque las individuales valían casi el triple, Emilie contuvo su entusiasmo al salirse con la suya y tomó la llave magnética que le ofrecía la recepcionista susurrando un gracias.
—Habitación 407 —anunció William parado frente a la puerta de madera oscura—, es aquí.
Con dedos temblorosos metió la tarjeta en la ranura y el pestillo saltó, abrió enfadada consigo misma por estar tan nerviosa. William encendió la luz de la entrada, a la izquierda estaba el baño, al fondo un escritorio con una silla y un televisor colgado de la pared y, supuso, que la cama también. Cerró la puerta a sus espaldas sintiendo mariposas en el estómago. William se deshizo de su cazadora y la colgó en el respaldo de la silla.
—La cama es grande.
Ella se acercó sólo para comprobar que así era. Grande o pequeña, lo cierto era que le daba igual, sólo quería dormir con él, aunque fuese una única noche. Dejó con cuidado su bolso sobre el escritorio y la chaqueta sobre la de él.
—Parece cómoda —musitó.
—Mejor que cualquier cama de Kadic seguro que es —replicó él—, aunque eso tampoco es muy difícil.
Emilie rió. Las camas de Kadic eran bastante incómodas, aunque llevaba casi toda su vida en el internado no había logrado hacerse a la dureza del colchón.
—Voy a lavarme las manos —soltó.
Quería comprobar si las fotos de internet eran ciertas, había elegido aquel hotel porque se suponía que tenían bañeras. En Kadic sólo había duchas comunitarias y en casa de su tía un plato de ducha desangelado, no había visto una bañera en la vida, pero siempre había deseado poder darse un buen baño de espuma.
Un gritito emocionado escapó de sus labios.
—¡William, es enorme! —exclamó asomando la cabeza al descansillo—. Mira, ven a ver.
—Sólo es una bañera —replicó él riendo al ver el motivo de tanta emoción.
—Pero es enorme —repitió—. ¿Habías visto alguna tan grande antes?
—Creo que no.
Tampoco era para tanto, pero suponía que para Emilie, acostumbrada a usar siempre las duchas de Kadic, aquello debía ser un auténtico lujazo.
—¿Por qué no nos damos un baño? —Su voz tembló nerviosa, hubiera deseado sonar firme y espontánea, pero supo que había fracasado estrepitosamente—. Quiero decir...
—¿Juntos?
No sonó escandalizado por la idea, sin embargo, enarcó una ceja como queriendo preguntar si iba en serio.
—Ah, ¿sí? —titubeó perdiendo todo su convencimiento, sintiendo la cara arder—. Es decir, no pasa nada, ¿no? Somos... amigos y...
—¿Y es algo que hacen los amigos?
Emilie puso las manos en su pecho y le empujó mientras él se partía de la risa. A aquellas alturas tenía más que claro que William sabía que todo aquello había sido una estratagema para pasar la noche con él.
—Estaría bien —replicó agarrándola por los codos—, si estás segura de ello.
Lo estaba, sino no hubiese planeado todo aquello.
—Lo estoy.
—Muy bien, llena la bañera y avísame cuando pueda entrar.
—Vale.
Emilie abrió el grifo dejando la mano bajo el chorro de agua hasta que salió caliente, puso el tapón, tomó dos botecitos de gel de baño de la bandejita y los vertió en el agua. La espuma empezó a surgir al instante. En la bandejita había un bote con algunas sales de baño de color violeta, olían a lavanda, sonrió y las echó también, no muy segura de qué cantidad debía usar.
Se quitó la ropa mirando su reflejo en el espejo, intentando ahogar sus propios complejos en lo referente a su cuerpo, con toda aquella espuma no tenía de qué preocuparse, ¿cierto? Se recogió el pelo en un moño alto para evitar mojárselo y dejó las gafas junto al lavamanos. Metió los pies en la bañera sintiendo el agua caliente y el olor de la lavanda llevándose sus preocupaciones, y tomó asiento, el agua jabonosa la cubría casi por completo, alargó el brazo y cerró el grifo.
—Ya puedes —anunció pegándose al extremo de la bañera y abrazándose las rodillas.
Él entró con sigilo y enarcó una ceja al ver la enorme cantidad de espuma que había.
—Puede que haya calculado un poco mal —admitió, era la primera vez que llenaba una bañera, la próxima vez no pasaría—. Prometo no mirar.
Emilie se tapó los ojos mientras él se deshacía de su ropa, y permaneció inmóvil hasta que le oyó zambullirse en el agua.
—¿No está un poco caliente?
Se destapó los ojos con el corazón galopando en su pecho.
—Puede —replicó deseando que su voz sonase normal.
—Si tu tía se entera de esto me mata, seguro.
Emilie rió consciente de que así sería, pero su tía no estaba allí y no tenía por qué enterarse de nada.
—No podemos desaprovechar la oportunidad de darnos un baño en una bañera tan grande.
William no contestó. Desde que habían llegado a París había tenido la sensación de que ella tramaba algo, pero había seguido adelante como si nada, fingiendo no darse cuenta. Y ahora ahí estaban en remojo en una bañera que casi parecía una piscina, con el agua caliente, un montón de sales de baño y espuma.
—Sabes que podrías haberme contado tu plan, ¿verdad?
—¿Qué… qué plan?
—El de pasar la noche en París, podríamos haber buscado un sitio más económico o haber pensado en qué hacer en la ciudad.
—¿Estás enfadado?
—No, pero la próxima vez inclúyeme en la planificación y estaremos en paz.
Emilie se relajó dejando de abrazarse las rodillas, permitiendo que sus pies resbalasen por la bañera hasta que su tobillo tocó el de él.
—Trato hecho.
Fin
Notas de la autora:
¡Hola! Para esta palabra sólo se me ocurrían cosas relacionadas con la playa, pero escribo mucho sobre eso y me apetecía cambiar, así que he apostado por un buen baño de espuma y sales de baño. También he querido romper con el esquema de que sea William quien lleve la iniciativa, haciendo que Emilie planee la escapada y la encerrona.
Espero que os haya gustado. Un abrazo.
