4. Secretos del alma

Saga había elegido la mesa de siempre. La suerte últimamente le acompañaba y eran pocas las veces que esa mesa en concreto estaba ocupada, momento en que se veía obligado a ubicar su foco de observación hacia alguna de las contiguas.

Kanon no estaba con él. Al terminar las clases sólo se le había acercado para exigirle su parte de dinero que le correspondía para poder pagarse un menú, desapareciendo de su vista una vez hubo tenido el dinero en su mano. Ni le preguntó dónde iba, ni con quién ni por qué. Únicamente se fijó que su gemelo se apresuraba hacia el lugar donde Rhadamanthys estacionaba siempre su ciclomotor y vio cómo se subía tras el inglés para ir a callejear por cualquier lugar, seguramente hasta la hora de cenar. No era la primera vez que lo hacía, por lo que Saga se resignó a ir a comer un menú él solo.

Solo pero con una buena vista asegurada, puesto que el joven que trabajaba de camarero ejercía un extraño y placentero magnetismo que le demandaba observación plena y constante. Ese chaval había comenzado a trabajar ahí, en el bar de menús rápidos ubicado cerca del instituto, ese mismo septiembre y Saga se había prendado de él desde el primer día que sus verdes ojos se fijaron en su presencia. Sabía cómo se llamaba porque había escuchado a sus jefes y algún cliente habitual dirigirse a él por su nombre, pero las palabras que Saga era capaz de pronunciarle se resumían en el pedido a realizar y en las correspondientes "gracias" de rigor.

Para su infortunio, ese medio día fue el mismo jefe el que le cantó el menú y tomó nota, pero la ausencia de Kanon fue una especial aliada para que el mayor de los gemelos pudiera dedicarse a la contemplación de una persona que le hacía cosquillear el estómago con unas extrañas sensaciones que le resultaban tan adrenalíticas como placenteras. Saga se conformaba con mirarle, y si durante su estancia en el concurrido bar de estudiantes y trabajadores de negocios cercanos el camarero le hablaba, aunque fuera para servirle el plato, ya estaba feliz. Y sonrojado hasta las orejas. Y confundido. Y con ganas de volver al día siguiente para seguir confundiéndose e ir asumiendo que algún día le gustaría ser mirado por ese joven, y no sólo visto como un cliente más.

Cuando le llegó el primer plato, tampoco fue el chaval que se lo trajo. Parecía que el jefe se había empeñado en estar fuera de la barra y la razón de que Saga acudiera cada día allí con algún pretexto absurdo ubicado tras ella. Pero no importaba...Kanon no estaba con él para tocarle las pelotas con nada, y su padre le había asegurado que no llegaría a casa hasta la noche, por lo que Saga decidió dilatar su estancia en el bar hasta que su mirada se pudiera cruzar con la del camarero, aunque sólo fuera para indicarle "hey, estoy aquí esperando que me digas algo y aún no me has visto". Comer el segundo plato lo demoró hasta acabar escarbando los restos fríos; el postre también se lo pidió y como excepción y nimia travesura optó por comenzar a flirtear con la cafeína pura mientras iba haciendo tiempo con la tontería de fingir repasar apuntes o hacer deberes en la parte limipia de la mesa.

Pasó ahí un par de horas. Tal vez más...Al final, las suficientes para ver cómo ese joven atractivo y magnético acababa su turno, desaparecía por la puerta que conducía a la trastienda y salía abrigado con una mochila colgando del hombro. Escuchó cómo se despedía de sus jefes hasta al día siguiente y cuando alcanzó la puerta y un resorte invisible hizo que Saga se alzara para ir tras él con cualquier excusa torpe, inexperta y barata, vio cómo una muchacha que estaba esperándole fuera se abrazaba a él y se daban un beso que le bajó el mundo a los pies en cuestión de milésimas de segundo.

El estómago se le contrajo, pero esta vez de rabia y dolor. Ese beso se le antojó repugnante, sobreactuado e innecesario. Ese beso le arañó la ilusión que día tras día le conducía hasta ese bar y le hizo nacer una especie de odio instantáneo hacia aquél que no se había dignado a darle ni una pequeña migaja de antención más allá de una sonrisas que ahora descifraba como normales y protocolarias.

La mirada se le apagó. Los ojos se vsitieron de tristeza y resignación y la necesidad de irse hacia casa le instó a pagar su cuenta para salir de allí sólo con las deudas contraídas consigo mismo.

No volvería a ese bar. Ni a fijarse en nadie más que desajustara su estómago con esas corrientes sensoriales que sólo le acarreaban falsas esperanzas y decepción. Erigiría la bandera de "El amor es una falacia" y se dedicaría a los estudios. Éso había decidido esa tarde en que su corazón fue roto sin él querer saberlo o asumirlo. Y éso mantendía hasta que al día siguiente regresara a ese bar con cualquier pretexto que consiguiera que su rostro fuera visto por ese muchacho más mayor que le turbaba mente y cuerpo. Sí...se conformaría con ser visto, y tal vez algún día alguien le miraría haciéndole la persona más importante del mundo.

Tal vez...

Algún día...

...habría alguien...

...alguien que le amaría...

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Rhadamanthys había dejado la moto bajo un conjunto de pinos que se escoraban hacia el precipicio. Habían salido de la carretera principal por una de esas zonas que se ensanchan para permitir paradas seguras, pero ellos habían avanzado todavía un trecho más. La barandilla construida a base de troncos se la saltaron por encima y sus pasos les acercaron a lo que ya dejaba de ser zona segura. El romper de las olas se escuchaba varios metros por debajo de su posición, el viento procedente del mar les revolvía los cabellos a voluntad.

Ambos se sentaron en el suelo arenoso, y ahí decidieron comerse las hamburguesas que se habían comprado en un local de comida rápida antes de escapar de la bulliciosa Atenas. Las rencillas que habían tenido tanto el día anterior como durante la mañana ya habían quedado atrás, y los temas de conversación que les ocupaban eran banales, triviales y sobretodo, alejados de cualquier camino que les condujera hacia la exposición de temas familiares y personales.

Al terminar de comer, Kanon hizo una bola con los papeles que habían envuelto la hamburguesa, y antes que pudiera tirarlos al viento, Rhadamanthys se los arrancó de la mano y los metió dentro de la bolsa que después desecharía en alguna papelera pública.

- Joder, Wyvern...¿por qué eres tan condenadamente correcto? ¿Qué importa un poco más de mierda para este mundo que ya apesta? - Kanon lo planteó así porque realmente sentía que intentar arreglar el planeta era algo que no estaba al alcance de la solitaria buena voluntad de su amigo. Mirándoselo de refilón rebuscó en el bolsillo de su chaqueta y se hizo con el paquete de tabaco que aún tenía a medias.

- Si todo el mundo piensa y hace como tú sí que nos iremos a la mierda todos, y bien pronto.- Rhadamanthys hizo una pelota con la bolsa de papel que contenía su basura y la dejó a su lado, tomando entre sus dedos el cigarrillo que le ofrecía Kanon.

Kanon rechazó darle respuesta. No hacía falta ni merecía la pena. Jamás se entendían con ese tema y se concentró en la dificultosa tarea de prenderse el cigarrillo, puesto que el viento que les azotaba desde el sur hacía imposible que la llama del mechero se formara y mantuviera.

- ¡Puta mierda de viento! - Se quejó, con el pitillo entre los labios.- Acércate, Wyvern. Hazme de muro.- Ordenó, medio girando el torso hacia la presencia de su amigo, agachando la cabeza para resguardarla del viento gracias al cuerpo de Rhadamanthys, que intentaba hacerle de parapeto. Con el rostro escondido y el mechero protegido entre el hueco de sus dos manos, al fin pudo darle el fuego necesario para aspirar una calada y conseguir su prendido definitivo, pero al alzarse para ofrecer la llama a Rhadamanthys, ésta desapareció al acto.- ¡Mierda! - Masculló, aún sujetando el cigarro entre los dientes.

- Acércate tú ahora...- Rhadamanthys se llevó su cigarro aún apagado a los labios y se miró a Kanon.- Aspira y déjame a mí.

Kanon le hizo caso, y cuando el extemo de su pitillo ardió vio cómo era robado de sus labios para unir punta con punta y así facilitar que Rhadamanthys encendiera el suyo gracias a varias y cortas aspiraciones. El humo que les envolvió fue rápidamente barrido por las contínuas ráfagas de viento que azotaban ese acantailado sin cesar, y a pesar que el intenso sol de la tarde aún quería seguir presente un tiempo más nada podía hacer para apaciguar el frío inherente a esa estación del año.

Los dos amigos se sumieron en un silencio de esos que ya empezaban a ser muy suyos, con las miradas perdidas en el horizonte. El inparabale descenso del sol les iba iluminando los rostros con una colección de matices que resaltaban los atisbos de la belleza que seguramente poseerían en un futuro, y sus respectivas miradas adquirieron esa transparencia magnética que sólo el adecuado ángulo de luz era capaz de ofrecer.

- ¿Has pensado en qué quieres ser de mayor? - Preguntó Rhadamanthys, rompiendo el silencio mientras se miraba el perfil de Kanon, quien parecía ausente.

- Qué va.- Kanon aspiró otra calada, y al expulsarla ladeó su rostro para mirarse a su amigo a través de ese verde transparente y cristalino.- ¿Y tú?

- Me gustaría tener un bar.- El Wyvern se recostó sobre el moribundo césped que yacía bajo sus cuerpos, tratando de minimizar los efectos del viento, y dio otra calada a su pitillo antes de bajar el brazo y usarlo también de apoyo.- Un típico pub inglés.

- Pues para éso no te hace falta estudiar.

- Ya sé, pero quizás haga Empresariales, para saber cómo llevarlo bien sin que se me vaya a pique a la primera de cambio.

Rhadamanthys había ido soltando el humo lentamente, deleitándose en la rapidez que el viento se lo llevaba mientras el impacto de los rayos del sol descendiente le hacían achicar la mirada.

- Si tú quieres perder el tiempo...es tu problema. No creo que llevar un bar sea tan chungo.- Insistió Kanon, observándole de soslayo.- Saga quiere estudiar Derecho...- Dicho ésto volvió su atención al frente y dio otra calada a su cigarrillo.- Quiere ser como nuestro padre, no te jode...Como si ser "Aspros Samaras" fuera algo bueno...

- ¿Por qué le tienes tanta rabia a tu padre? - Rhadamanthys abandonó su cómoda posición para sentarse con las piernas cruzadas y propiciar una interactuación más directa y atenta.

- No quiero hablar de éso.- Susurró Kanon entre dientes, bajando la mirada y protegiéndose de una fuerte e inesperada ráfaga de viento.

- Nunca quieres hablar de éso pero siempre le estás nombrando. No te entiendo, Kanon...

- Tampoco te pido yo que lo hagas, Wyvern.

- Pero a mí me gustaría poder comprenderte un poco...

- ¡¿Por qué?! ¡No hay nada que comprender! - La mirada de Kanon se achicó gracias al influjo del sol y de la ira que empezaba a crecer otra vez dentro de él.

- Pues porque soy amigo tuyo ¿no?

Rhadamanthys le miró directo a los ojos sin intención de desviar la vista. Si eso se convertía en un pulso de orgullos que así fuera, pero el inglés ya estaba harto de ser oyente pasivo de los desprecios constantes hacia una persona que no conocía, simplemente porque el tozudo de su hijo no dejaba que así fuera. Al no hallar una respuesta rápida fue Kanon el que desvió su mirada al horizonte, aprovechando el momento para hacerse el interesante al dar otra calada a su cigarrillo casi extinto. Rhadamanthys seguía con sus ambarinos ojos clavados sobre el perfil del gemelo, guardando un medido silencio que iba generando una incomodidad con la cual disfrutaba.

- No me gusta que me miren fijamente sin decir nada, Wyvern...- Advirtió Kanon, lanzando la colilla lejos de él después de haberla frotado contra el suelo para desmenuzarle la punta ardiente.

- Te jodes. Te miro si me da la gana.

Kanon encogió las piernas mientras decidía entrar en el estúpido juego de Rhadamanthys y le devolvía la afrenta mirándole también fijamente. Perdiéndose dentro de ese ámbar tan extraño, peculiar y atrayente. Viéndose reflejado en su iluminada transparencia. Sintiéndose como si esa luz que surgía desde muy adentro de su amigo fuera capaz de desnudarle de demasiadas maneras, siendo su alma la primera en perder toda protección y prenda, y esa sensación no le gustaba.

No estaba listo para exponer muchas de las cosas que le hervían y dolían por dentro. No creía que nadie, aunque pusiera voluntad para ello, fuera capaz de comprender lo intrincandos que eran los caminos de su interior y se le ponía del revés el estómago cada vez que Rhadamanthys intentaba abrir el plano donde guardaba los bocetos que delineaban su insufrible carácter. Sus pupilas viajaron con intermitente rapidez de un foco a otro y al final fue él quien se dejó vencer y rompió todo contacto visual, alzándose del suelo para avanzar unos pasos hacia el precipicio y detenerse ahí, mostrando su figura oscura y recortada por el sol cada vez más bajo.

Rhadamanthys continuó observando todos sus movimientos y también extinguió lo que le quedaba de cigarro, apagándolo contra una pequeña piedra. Que Kanon se hubiera acercado tanto al borde del acantilado no le gustaba, y seguirle fue una necesidad, más cuando se percató que su amigo se había agachado para coger una piedra que lanzó al mar.

- ¿Qué estás haciendo, Kanon? Estás demasiado cerca del borde...- Rhadamanthys se mantuvo dos pasos por detrás y agarró a Kanon del brazo con la intención de alejarlo de ese peligroso límite.

- ¡Suelta! - Exclamó Kanon, zafándose del agarre de un tirón.- Yo controlo, sé lo que me hago.

El gemelo cogió otra piedra, jugueteó con ella impulsándola al aire un par de veces y se llevó el brazo hacia atrás para tomar más impulso que antes y así poder tirarla más lejos. El ímpetu del lanzamiento hizo que sus pies avanzaran un peligroso paso que acabó en resbalón y sin darse cuenta de cómo pasó, Kanon se vio cayendo de espaldas sobre el suelo y hallándose con Rhadamanthys encaramado sobre él, presionándole los hombros contra el terreno que le mantenía a salvo de su inconsciencia y estupidez.

- ¡¿Estás loco o qué?! - Le gritó Rhadamanthys, completamente pálido por el susto que se acababa de llevar.

- ¡Tú estás loco! - Le respondió Kanon, también a gritos e intentando quitárselo de encima sin éxito.- ¡¿Qué cojones haces?! ¡Suéltame, joder!

- ¡¿Te quieres matar?! ¡¿Eh?! ¡¿Te quieres matar, imbécil de mierda?! ¡Casi que te vas al vacío!

- ¡Te he dicho que controlaba!

- ¡Y una puta mierda! ¡Si no te agarro te vas abajo y te revientas todo, gilipollas!

- ¡¿Y qué?! - Siguió gritando Kanon, con los ojos anegados de rabia.

- ¡Que la palmas, tío!

- ¡¿Y qué?! - Repitió, mordiéndose los labios con impotencia e ira contenida.- ¡¿A quién le importaría?! ¡Dime! ¡¿A quién?!

- ¡A tu hermano! ¡A tu padre! ¡A mí, joder! ¡A mí! - Rhadamanthys le presonó más contra el suelo antes de aflojar el agarre e incorporarse, quedándose sentado a horcajadas sobre la cadera de Kanon - A mí...

Kanon guardó silencio, maltratándose con los dientes el labio inferior para evitar que el resquemor de su perenne rabia le aguara más los ojos. Rhadamanthys se lo miró largamente, negando con la cabeza al tiempo que también se medio mordía los labios y respiraba con agitación. Al final dejó caer el peso de su cuerpo hacia el costado, donde se sentó con las piernas flexionadas para utilizarlas de apoyo. Una mano fue hacia sus cortos y rubios cabellos y se agarró a ellos mientras evitaba mirar a Kanon. La paulatina descompresión del susto también se encargó de licuarle la mirada, la cual buscaba refugiarse en el horizonte rojizo.

No hubo más palabras durante un largo rato en el que Kanon se incorporó para quedar sentado al lado de su enfadado amigo, que seguía negándole mirada y palabra. Lo único que hacía el inglés era apoyarse con los codos en sus rodillas flexionadas, medio abrazarse las piernas y evitarle a toda costa para beneficio de ambos.

- Rada...

- Déjame.- Una tímida lágrima logró condensarse y escapar de esos ambarinos ojos, pero Rhadamanthys se frotó el puño de la sudadera que emergía bajo la chaqueta para impedir que fuera más allá.

- No quería asustarte...- Kanon hablaba en susurros, cabizbajo y arrepentido de la peligrosa escena que acababa de protagonizar.

- ¡Pues lo has hecho, joder! - Rhadamanthys ladeó el rostro para al fin mirárselo otra vez directo a los ojos, mostrando los suyos enrojecidos y borrosos.

Kanon bajó más el rostro, escudándose en el revoloteo que el viento confería a sus cabellos, largos hasta rozar los hombros y pensó...Pensó en las palabras que Rhadamanthys le había repetido tres veces y una desconocida fuerza interna le empujaba a querer escucharlas otra vez.

- Lo que has dicho...- murmuró, sintiéndose torpe y estúpido - ...¿es cierto?

- ¿El qué? - Rhadamanthys hizo la pregunta adrede, deseando forzar un aclarado que en realidad no necesitaba.

- Lo que a ti...que a ti te importo...- musitó Kanon otra vez, buscando la mirada de su amigo con grandes dosis de vergüenza copando la suya.

- Claro que es cierto.

- ¿Por qué?

- Porque eres mi amigo, joder...No es tan difícil de entender, Kanon...Importas a la gente.

Kanon quería creérselo, aunque muchos detalles y aspectos de su vida le arrebataban las fuerzas para hacerlo. Detalles que se moría de ganas de compartir con ese chico aparecido en su vida apenas un par de meses atrás y que era capaz de iluminarle los días más que el sol que ya acababa de morir en el horizonte. Deseaba poder contarle que no tenía madre porque estuviera fallecida, como dejaba que creyera todo el mundo, sino que él y su hermano habían sido abandonados por ella porque su padre nunca estuvo a la altura de nada...Deseaba abrirse en canal y dejar salir todas las emociones que le hacían sentir un ser despreciable y sin nada bueno que ofrecer...

No sabía lo que realmente necesitaba, pero sí tenía la certeza que la compañía y proximidad de Rhadamanthys le hacían vibrar de una forma especial y desconocida hasta el momento, y esa sensación...esa sí le gustaba.

- Perdóname por ser tan estúpido...- La voz surgió envuelta con mucha vergüenza, pero sonó sincera.- No sé cómo eres capaz de aguantarme. Sé que a veces soy un jodido gilipollas de mierda.

El Wyvern le miró y esbozó una tímida sonrisa que consiguió iluminar un poco los verdes ojos que le observaban a través de un retraimineto inusual en el gemelo.

- Te lo he dicho.- Rhadamanthys se alzó del suelo con agilidad y se plantó frente a Kanon con la mano tendida.- Eres mi amigo y me importas. Te guste o no.- Kanon aceptó el gesto y tomó la mano del inglés, sintiéndose alzado del terreno con un ímpetu inesperado.- Y ahora regresemos, que ya ha oscurecido y este viento comienza a congelarme los huevos.

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Pasada la media noche, piso de Aspros y los gemelos

Cuando Aspros entró el piso estaba a oscuras, salvo por la tenue luz del salón que iluminaba sutilmente la zona del sofá. No había rastro de sus dos hijos por ningún lado, pero sus pertenencias olvidadas por aquí y por allá le indicaban que estaban en casa, seguramente durmiendo cada uno en su habitación.

Mejor así...

El fiscal había regresado a Atenas con el corazón más roto que antes y el alma doliéndole hasta los huesos. Ver a su hermano después de tanto tiempo no había resultado fácil...

Despedirse de él sin un nimio gesto de afecto en correspondencia había sido el momento más cruel y angustiante de su vida.

Aspros sabía que no podía esperar nada a cambio. Sabía que no merecía ningún tipo de deferencia por parte de aquél que había sido su todo en la vida...Asumía que el amor que alguna vez les había unido hacía lustros que se ahogaba en las aguas de las traiciones y las venganzas...

Pero Defteros era su hermano gemelo, y despedirse de él definitivamente y de esa forma tan impersonal y tan fría le había herido el último resquicio de alma que todavía tenía vivo.

De Sasha no pudo saber nada. Defteros no había querido compartirle ni una palabra sobre su estado y sólo le quedaría recordarla completamente rota y desmenuzada por dentro. Aspros no había sabido amarla...

Ni comprenderla ni perdonarla.

Todos los errores que un hombre podía cometer en la vida los había consumado con ella, con la única mujer que había conquistado su corazón cuando aún eran estudiantes. Y la única que lo haría para el resto de sus días. Si únicamente hubiera sabido cuidarla de verdad tal vez su ambición y altanería no se hubiesen tenido que medir con la espontaneidad y naturalidad de su gemelo...

Si hubiera sido capaz de escuchar las advertencias de Defteros en vez de oírlas...

Si se hubiese fijado más y mejor en las señales de alarma que le ofrecía Sasha...

"Si...si...si"...condicionales que ya nada resolvían ni arreglaban...

Nada...

El Fiscal Aspros Samaras seguiría siendo el más joven, atractivo y brillante que había conocido la ciudad de Atenas en tiempo, pero el Aspros hermano, esposo y padre agonizaba de dolor, tristeza y arrepentimiento y jamás dejaría de hacerlo, aunque la belleza de su fachada se encargara de ocultar todos los muebles astillados que guardaba en el desván de su apagada alma.

Así era y seguiría siendo Aspros...

Éxito y fracaso...

Luz en los tribunales, tinieblas en su corazón...

Dos caras...y una sola y única alma para custodiarlas.

#Continuará#