6. Abrazos atrapados
Días después, en el vestíbulo de salidas del aeropuerto Eleftherios Venizelos
No pudo resistirse.
Sabía que no era seguro.
Sus instrucciones habían sido más que claras: "Necesito que te vayas con Sasha...lejos...fuera del país, de Europa si quieres...pero no me digas dónde..."
"No me digas dónde..."
Aspros no debía saber pero necesitaba verles una última vez.
Los hilos que movió su amigo y colega Manigoldo Granchio consiguieron ofrecerle la información que precisaba. Desde el instante que recibió la señal que le informaba sobre la partida de dos personas con maletas hacia el aeropuerto internacional Eleftherios Venizelos, Aspros disponía de una hora para convertirse en una persona totalmente anónima y desplazarse hacia el mismo lugar. Se vistió con jeans, zapatillas deportivas, una gruesa sudadera con capucha y un anorac típico de esquí. El cabello se lo sujetó a la nuca y su mirada la cubrió con unas gafas de sol cuyos cristales reflejaban el paisaje frente a él a través de una brillante paleta de colores.
Visto de lejos parecía un chaval cualquiera conduciendo un coche viejo, presuntamente heredado de sus padres. Otro tan o más antiguo como el que había alquilado para ir al encuentro de su hermano apenas unos días atrás. La metamorfosis la llevó a cabo en los baños públicos de un gran centro comercial, lugar donde había la oficina de alquiler de coches que había elegido esta vez, y llegar al aeropuerto solamente le supuso media hora de conducción.
Aspros condujo con el corazón maltratándole el pecho. Controlando a duras penas el nervioso sudor de sus manos y sintiendo la garganta árida y obstruída por un jodido nudo que no quería desaparecer.
Al acceder al aeropuerto fue a comprarse una revista sobre el mundo del motor que se convertiría en su cómplice, y buscó la mesa con el mejor ángulo de visión en el café que se asentaba más cerca de la entrada de los viajeros llegados en taxi. Una lata de coca-cola sin vaso le acompañaba en su milimétrica y estudiada pantomima. La capucha le ocultaba parte del rostro y las gafas de sol siempre puestas le daban ese aire de joven engreído y pasota que seguramente estaba ahí a la espera de algún colega de su misma calaña.
Le costó hacerlo, pero Aspros se creyó su propio papel y acabó sentándose con la espalda recostada contra el respaldar del banco, las piernas separadas y estiradas por debajo de la mesa y la revista abierta y apoyada sobre la tabla, camuflándole la espera. Nadie se acercaba a él ni osaba decirle que la posición de sus pies entorpecía el paso de las demás personas que querían tomar asiento en las mesas contiguas, detalle que le hizo sentir seguro en su maquiavélica interpretación.
Verlos aparecer por una de las grandes puertas de acceso le heló la sangre. Le robó todo el aire y le aceleró el corazón con tanta violencia que sentía los frenéticos latidos retumbar hasta en sus oídos.
Apenas pudo apreciar ninguna línea de las que años atrás habían dibujado el bello rostro de Sasha. Ella entró cabizbaja, dejándose guiar por Defteros en esos momentos en que sus pies iban en sentido contrario al de su frágil voluntad.
Algo la detuvo...
Una duda quizás...O muchas.
Hubo preguntas. Ruegos que recibieron sus respuestas por parte de Defteros, quien la tomaba de los hombros y se inclinaba hacia ella para conseguir que le mirara a los ojos. Pero Sasha había desviado su mirada hacia algún confín de sus recuerdos y negaba con la cabeza...negaba y negaba ante la infinita paciencia del hombre que la acompañaba. Aspros vio cómo su hermano rodaba sus ojos hacia el infinito techo en busca de más gramos de paciencia, de otra dosis de ternura y de varios kilos de coraje, pero pudo apreciar cómo se mordía los labios con impotencia y volvía a inclinarse hacia ella, zarandeándola levemente, como si así fuera a conseguir algún tipo de comprensión.
Sasha se puso a llorar. Las sutiles convulsiones que comenzaron a desordenar su cuerpo así lo evidenciaron y Defteros trató de abrazarla, viéndose rechazado por un débil empujón. La gente que pasaba a su alrededor les despachaban esas miradas morbosas que parecen disfrutar con las escenas ajenas, sobretodo si éstas implican gritos o llantos, y algunos incluso se atrevían a cuchichear a su paso. Defteros intentó abrazarla de nuevo, rodeándola con fuerza para evitar otro rechace y la mantuvo atrapada entre sus brazos, acariciándole la espalda contínuamente mientras ella hundía el rostro en su pecho.
Aspros se dio cuenta que él mismo estaba desecho cuando la voz de una anciana le preguntó si se encontraba bien.
- Sí, estoy bien...no se preocupe...- Al centrar su foco de visión sobre el punto emisor de voz que se había personado ante sí se percató que estaba llorando en silencio. Se sentó más recto, dejó la revista sobre la mesa y tomó una servilleta de papel para secarse las lágrimas que se deslizaban por detrás de esas salvadoras gafas de sol.
- ¿Una despedida amarga, hijo? - Insistió la mujer, dejando la maleta entre Aspros y su decisión de tomar asiento en la mesa contigua.
- Más o menos, sí.
La anciana parecía tener ganas de seguir hablando, pero Aspros la ignoró por completo. Esos instantes de desconcentración habían conseguido que perdiera de vista a Sasha y su hermano, y activado por un resorte invisible se alzó del banco y salió de la zona que delimitaba la cafetería, barriendo con la mirada todas las colas de facturación que se desplegaban ante sí.
Necesitaba verles una última vez. Decirles en silencio que lo sentía...que no se merecían absolutamente nada de todo lo que su desquiciado despecho les había infligido...Le urgía rogarles un enésimo perdón al aire...Robarles un abrazo que se sabía injusto e inmerecido...Confesarles que sí...que al final lo había entendido...que en ese triángulo imperfecto él siempre fue el lado más corto y que si alguien se había ganado el amor de su esposa desde el primer día ese no había sido él, sino su hermano gemelo.
Defteros.
Defteros y nadie más.
Pero ya era tarde para todo eso...Demasiado tarde.
Con impotencia se quitó las gafas y volvió a repasar la zona con avidez en un último intento dar con ellos, ubicando la altura de su hermano a lo lejos. Sus ojos le traicionaron en el momento que quisieron leer el destino que les esperaba y su estómago se achicó aún más al descifrar Berlín. La partida que él les había obligado a jugar ya estaba en marcha, y Alemania podía ser tanto un destino como un simple movimiento de la jugada.
El dolor que se había instalado en su pecho comenzaba a dificultarle el simple hecho de respirar, y si se quedaba más tiempo estancado entre las oleadas de culpas y remordimientos sin derecho a redención acabaría ahogándose en las aguas pútridas de su orgullo herido. Se abrazó a sí mismo con sutileza, en un último intento de otorgarse un perdón que se sabía inmerecido y sintió cómo sus piernas comenzaban un ciego y lento retroceso.
Un retroceso que le obligó a virar vista y cuerpo hacia el exterior y que le exhortó a emprender una carrera. Las lágrimas le nublaban la visión y fueron los instintos más básicos de supervivencia los que le guiaron hacia las grandes puertas de salida. Le importó una mierda colisionar con algunas personas que osaron interponerse en el camino elegido por su fugitiva desesperación. Las quejas, insultos o improperios que recibió a su paso ni siquiera fueron capaces de acariciar sus oídos y cuando llegó al viejo coche de alquiler se sentó tras el volante cerrando la puerta con un fuerte golpe. Estampó las gafas contra la ventanilla contraria y se bajó la capucha de la sudadera con gesto furibundo. La respiración la tenía totalmente descontrolada, las lágrimas seguían cegándole el alma y el profundo odio que sentía hacia su ser estalló contra el volante.
Una vez.
Dos, tres, cuatro...
Todas las necesarias hasta que su puño pudo sentir el dolor, instante en que se agarró al círculo de cuero con ambas manos y liberó un grito desgarrador seguido de un profundo e insaciable llanto.
Aspros no fue capaz de descifrar cuánto tiempo transcurrió mientras estaba encerrado dentro de ese coche de rancio olor. Cuando el desconsuelo que le había embargado se fue diluyendo dejó paso a un intenso aturdimiento, a una irreparable sensación de vacío y a una falta de aire que decidió no abandonarle en lo que duró el trayecto de regreso a su "yo" escudo. Para deshacerse de esas ropas juveniles y deportivas eligió los baños de un restaurante de comida rápida, muy cercano a otro punto de devolución de coches alquilados por la empresa que había usado en esa ocasión. Nunca antes vestirse como Aspros Samaras le había resultado tan difícil y repugnante, pero debía hacerlo. Debía seguir con el personaje que se había confeccionado desde hacía años y tras el cual ocultaba todos sus defectos y flaquezas, aunque por dentro fuera un hombre completamente roto y sin ninguna otra ilusión que ver crecer a sus dos hijos los más sanos y salvos posible.
Tuvo que respirar hondo varias veces antes de acceder al edificio donde vivía con el porte altivo y orgulloso que le caracterizaba. En lo que duró la subida con el ascensor se observó en el gran espejo que le envolvía y se restregó los ojos como si ese infantil gesto pudiera borrar la conmoción que todavía escapaba de su irritado y opacado azul, rezando para que al entrar a casa no estuviera Saga pendiente de él. El mayor de sus hijos hacía días que le preguntaba demasiado y esa tarde Aspros no se hallaba con fuerzas para mentirle, a riesgos de desembocar en un derroche de dolor que debía evitar a toda costa.
Acercar el oído a la puerta y escuchar con atención el inesperado alboroto que se filtraba por las costuras de la entrada fue algo que no pudo evitar. Si su deseo había sido el de hallar su morada solitaria o tranquila ese no parecía ser el caso, sumándole el pequeño detalle de detectar una voz desconocida mezclada en todo el jaleo que parecía haber montado dentro.
Inspiró con resignación e introdujo la llave en el cerrojo, abriéndose paso directo al caos que Kanon parecía tener instalado por todo el salón. El griterío que se escuchaba desde el rellano se debía a una árdua carrera de coches que se desplegaba en el televisor. Antes de llegar al salón tuvo que sortear la mochila de su hijo menor y dar una zancada para no pisar otra mochila que no pertenecía a ninguno de los gemelos. Como siempre, la luz de la lámpara estaba apagada y sólo la parpadeante iluminación del videojuego se reflejaba en paredes y techo con rápidas ráfagas de diferentes colores. El volumen de la carrera era excesivo y cuando se pudo personar en el limbo de esa dimensión exclusiva de Kanon accionó la luz del techo, sorprendiendo a su hijo y al desconocido chaval que le acompañaba.
- ¡Joder! ¡Mierda! - Exclamó Kanon, apresurándose a apagar el videojuego como si hubiese sido pescado en medio de una fechoría.
Rhadamanthys enmudeció al instante y se sonrojó por la vergüenza de ser hallado por el fiscal más importante de Atenas en su propio salón y rodeado de latas de refresco y envoltorios de snacks vacíos.
- La luz.- Dijo Aspros, tratando de mantener una calma que necesitaba más que nunca.- Os lo he dicho mil veces, Kanon. Forzar la vista con las pantallas acaba pasando factura.
- ¿No ibas a estar todo el día fuera? - Kanon ni supo porqué preguntó justamente eso, pero los nervios que le florecieron por haber sido hallado en compañía de su amigo en medio de ese fangal le hacían temer una desagradable reprimenda que no tenía ganas de soportar.
El joven inglés se concentró en recoger todos los desechos que se habían acumulado durante la tarde, evitando alzar la vista hacia ese hombre que descubrió más imponente de lo que se había imaginado.
- En ningún momento dije que hoy llegaría por la noche...- A decir verdad, la tribulación que se estaba apoderando de Kanon comenzaba a antojársele incluso graciosa, y sacar partido de ello fue una excelente vía de escape para alejarse un poco del dolor que ese día acaba de forjarse a fuego en su alma.- De igual modo que tampoco te dije nunca que sólo dejaras subir a tu amigo a escondidas de mí, sino todo lo contrario...
- Joder, qué cansino que llega a ser...- Masticó Kanon entre dientes, manteniendo la cabeza gacha y todo su coartada expresión corporal colaborando con Rhadamanthys en la adecuación de la mesita del salón y alrededores.
- ¿Y ahora qué hago? - La pregunta que el inglés despachó a media voz alteró a Kanon aún más, que únicamente atinó a gruñir y despotricar para sus adentros mientras obviaba tanto a su padre como a su amigo, dejándole a su propia suerte.
A Aspros se le escapó un atisbo de sonrisa que ocultó con maestría tras el moldeo de una adusta mirada y la exhibición de su porte erguido y seguro, con el que se acercó al joven desconocido llamándole la atención.- Deduzco que tú debes ser...Rhadamanthys...- dijo después de tratar de recordar ese nombre tan extraño para no cometer ningún error de dicción.
El muchacho alzó la mirada aún avergonzado, con las mejillas hirviendo y la voz saliéndole a trompicones.- Sí...sí, soy Rhadamanthys Wyvern, señor...- Balbuceó, poniéndose en pie y ofreciendo una mano tímida y sudorosa.
Aspros le correspondió el gesto con firmeza. Le estrechó la mano con la misma determinación que hacía con sus clientes y colegas de profesión y le sonrió con afabilidad, tratando de conseguir que el chaval se relajara ante su inesperada presencia.- Un placer conocerte, Rhadamanthys.- Le dijo Aspros, sonriéndole al tiempo que le soltaba la mano.- Llevaba tiempo diciéndole a Kanon que puedes subir a casa cuando quieras. Como ves, no muerdo, ni tengo rabo de diablo ni nada por el estilo.
- Papá, ya vale ¿no? - Se quejó Kanon, posicionándose al lado de su amigo con el ceño fruncido y la defensa en guardia.
Aspros obvió la incomodidad que seguir en el salón junto a ellos estaba generando en Kanon y formuló una pregunta que les iba a salvar a todos de esa escena repentina asentada entre los tres.- ¿Saga está en casa?
- Sí, en su cuarto.- Fue la seca respuesta que le ofreció Kanon.
- Yo me retiro a mi pequeño despacho, vosotros seguid con lo vuestro.
Kanon no le contestó. Rhadamanthys se quedó de pie, parado y sin saber qué decir o hacer, y cuando Aspros estaba por desaparecer se dio media vuelta y ofreció una invitación que servía tanto a la cortesía como a la sincera intención.- ¿Te apetece quedarte a cenar con nostros, Rhadamanthys?
- Hoy no va a poder.- Kanon se apresuró a contestar por él, ocasionando que su amigo le mirara con molesta interrogación ante esa pisada de voluntades.
- Otro día entonces.- Aceptó Aspros, sin ganas de batallar con el mal carácter de Kanon.- Reitero mi placer en conocerte. Por mi parte eres siempre bienvenido aquí.
Un sutil guiño de ojo consiguió que a Rhadamanthys le asomara una sonrisa, quien correspondió a esas palabras con toda la educación que poseía.- Gracias señor Samaras, otro día aceptaré.
Kanon le acuchilló con la mirada, pero si entre los muchachos se desencadenó algún tipo de discusión Aspros ya no lo vio. Sus pasos declinaron ir hacia el despacho y le condujeron hacia la soledad de su habitación.
Una soledad que ese día se estaba convirtiendo en un escollo insalvable y que necesitaba maquillar con la cercanía de una mano amiga.
Se dejó caer sobre el colchón y alargando el brazo tomó el teléfono fijo que tenía en su mesita de luz, marcando de memoria el número de alguien que se estaba convirtiendo en un pilar de su vida. Un par de tonos fueron los que tuvo que esperar para escuchar su voz, y cuando lo hizo sintió una especie de pequeña liberación a la que le urgía agarrarse con todas sus fuerzas.
- Úrsula, soy Aspros...Acabo de llegar a casa y me preguntaba si te apetecería que nos viéramos esta noche...
"Mira cariño...no me convence la idea de meternos en un hotel para...¿para qué?. Si al final no nos lo pasamos bien los dos no sirve de nada..."
Aspros guardó silencio. Úrsula tenía razón, pero es que en realidad esa noche no necesitaba una sesión de sexo sino un paréntesis de compañía desinteresada. Alguien con quien poder compartir un café o una copa y charlar. Simple y llanamente, charlar. Intercambiar pedacitos de alma. Preocupaciones. Miedos y alguna pequeña y mortecina ilusión. Aspros anhelaba poder expresarse sin barreras ni tapujos, exponer mucha de la oscuridad que le estaba recorriendo las venas desde hacía tiempo con la seguridad de saberse escuchado y aceptado, y la única persona con la que se veía capaz de hacerlo era ella.
Úrsula.
Una mujer que se había convertido en algo mucho más íntimo que su secretaria con derecho a roce, aunque el tipo de amor que él le profesaba no llegaba a traspasar la barrera de la confidencia y confianzas más absolutas.
Aspros cerró los ojos, sintiéndolos pequeños y cansados, y se llevó una mano al entrecejo para masajearlo en un vano intento de destensar todo el sufrimiento que había acumulado.
- No quiero un encuentro para acabar en la cama, Úrsula...- Confesó con voz queda, arrastrando la mano hacia la frente y luego hacia los cabellos, peinándolos hacia atrás inútilmente - Hoy necesito una amiga. Hablar...- Prosiguió, alzando la mirada vidriosa para focalizarla en la pared de enfrente.- Hablar de mí y mis miserias internas...Hablar de ti y de lo que te pasa por dentro...Hablar de...de la vida y de cómo nos enfrentamos a ella...- Aspros volvió a cerrar los ojos, apoyó los brazos en sus piernas y tragó saliva para evitar la reaparición de ese nudo atando su garganta.- Hoy necesito que me conozcas...conocerte yo a ti y si después de todo somos capaces de regalarnos un abrazo sincero, quizás pueda dormir con algo de sosiego...
"Aspros, ¿estás bien?" - Preguntó con evidente preocupación la voz al otro lado de la conexión telefónica.
- No, Úrsula. No estoy bien...- Aspros se mordió la flaqueza que surgía junto con su voz quebrada, pero ya no le quedaba nada que ocultar. No ante ella.
"Te espero en casa. Ven cuando quieras."
El fiscal cortó la comunicación y ahí no se pudo retener más. La desolación que le había embargado al llegar al viejo coche parecía renacer en medio de su pecho, con mucha más fuerza que antes y todo lo que fue capaz de hacer se consumó en el hundimiento del rostro entre sus manos y en abrir de par en par las compuertas de su dolor estancado y en peligroso proceso de putrefacción.
#Continuará#
