11. Resaca universitaria

Día siguiente, habitación de Shura

Intentar siquiera entreabrir los ojos a Saga se le hacía imposible. Cada vez que se esforzaba en despegar los párpados sentía un millar de agujas dispuestas a traspasarlos, amenazándole al compás de un atronador martilleo craneal nacido de una peligrosa mezcla de vino, ouzo y algún otro alcohol que cayó en sus manos la noche anterior.

La cena familiar con la que celebraron el cuarenta y cinco cumpleaños de Aspros no fue tan accidentada como se había estado imaginando. Por alguna extraña razón que únicamente conocía el destino, y tal vez también Rhadamanthys, Kanon se había mantenido callado y correcto la mayor parte del tiempo. No recordaba que su hermano hubiese participado activamente en ninguna de las conversaciones que surgieron, y las pocas palabras con la que contestó a las preguntas que recayeron directamente sobre él fueron menos rudas de lo habitual, por lo que se podía afirmar que la cena había sido un éxito sin víctimas. Al menos hasta que él se despidió de todos para acudir a la fiesta universitaria de cierre de curso, lugar donde le esperaba el amigo que había hecho en la facultad. Era español, un año menor que él y estaba estudiando la carrera de Derecho en Atenas gracias al programa de intercambio universitario Erasmus. No compartían la totalidad de las asignaturas que cursaban pero sí algunas de ellas, además de ser ambos asiduos a la biblioteca, lugar donde pasaban gran parte de las horas que no tenían clase. Las coincidencias iniciaron el roce y éste acabo derivando en una bonita amistad que les llevó a conocerse mejor fuera del ámbito estudiantil.

Saga se sentía importante cuando los fines de semana se convertía en improvisado guía turístico de una ciudad que cuanto más mayor se hacía, más aprendía a amar, y Shura aportaba su parte de protagonismo relatándole todos los encantos naturales de su lugar de nacimiento, un hermoso valle hundido entre montañas que no podía evitar añorar de vez en cuando. El español le había contado que tenía una novia desde que era adolescente, que habían planeado casarse una vez ambos terminaran con sus respectivos estudios, que sus sueños de futuro eran labrarse una vida sencilla y tranquila en las mismas tierras que les vieron crecer. Ante estas pequeñas aperturas íntimas Saga se había visto con el valor de confiarle que él todavía no había sido capaz de conocer el sentimiento que genera tener una pareja estable, que parecía estar inmerso en una espiral de continuos desengaños y que no podía evitar experimentar cierta envidia de la firme relación que unía a su hermano con el que éste se empeñaba en denominar "amigo" cuando incluso su padre sabía que eran mucho más que eso desde hacía años.

Su amistad se había ido solidificando con la calma, constancia y sobriedad que caracterizaba sus respectivas almas, convirtiéndolos en dos chavales cómplices y afines. Hasta esa noche. Esa jodida noche en la que Saga temió haber roto esa cálida realidad por la mitad de todas sus esquinas.

Otro intento de abrir los ojos le gestó una molesta náusea que se tragó con la poca determinación que le quedaba, y cuando al fin pudo desvelar sus vidriosa mirada se fijó en el blanco techo que parecía descender sobre él para aplastarlo sin piedad. El punto de luz que se balanceaba ante sus resacosos sentidos no era el de su habitación, y al estirar el brazo hacia las afueras del colchón y tocar las frías baldosas de un suelo gastado pudo imaginarse dónde estaba.

Un lugar que no era la primera vez que pisaba, aunque anteriormente lo hubiese hecho bajo otras circunstancias.

La habitación de Shura en la residencia de estudiantes donde el español vivía se había convertido en su improvisada morada. Un necesario refugio para acabar de gastar una noche que poco a poco iba esbozándose en su mente, rescatando demasiadas imágenes que Saga no sabía si de verdad quería recuperar.

Incorporarse sobre ese colchón hinchable haciendo uso de la fortaleza de sus abdominales fue una quimera que otra oleada de mareo se encargó de derribar. Con ambas manos se frotó el rostro, maldiciendo el mal sabor de boca que apreciaba asentado en el paladar y que convertía su lengua en un molesto pedazo de corcho. Armándose de valor y preparándose para cualquier reacción con la que su cuerpo se pudiera rebelar, se tumbó de medio lado y ahí sí fue capaz de apoyarse primero sobre un codo y acto seguido, sentarse.

Echó una ojeada a su alrededor, ubicándose poco a poco a través del espeso velo que aún limitaba sus movimientos. Shura no estaba. La cama de su amigo se presentaba vacía, pero la cafetera que tenía asentada en un rincón del escritorio se veía prendida. Al costado, un bote metálico destapado parecía estar esperando algo y mientras Saga sucumbió de nuevo a la necesidad de volver a frotarse el rostro con ambas manos recordó de golpe todas las escenas que, para su integridad moral, tal vez hubiera sido mejor dejar enterradas bajo la vergüenza de la primera gran borrachera de su vida.

Saga se vislumbró llegando a la fiesta universitaria con el cuerpo ya un poco caldeado. Pasar horas sirviendo bebidas baratas tras la barra que pertenecía a la Facultad de Derecho no estuvo reñido con seguir regando su garganta. Shura era otro de los muchachos que se había prestado voluntario para desempañar el rol de barman y entre unos y otros se habían ido animando con un traguito de ésto o un sorbito de lo otro. Hasta ahí Saga lo recordaba todo con cierta dignidad, comenzando a torcerse el asunto cuando llegó la hora de zanjar con la fiesta y recoger la parada. Revivió con emisión desdoblada el instante en que él y Shura movieron uno de los grandes barriles de cerveza, llevándolo hasta el camión mientras vadeaban las ráfagas de alcohol que ya hacían trastabillar sus sentidos. Vislumbró de nuevo esa necesidad que le surgió de agarrarse al hombro de su amigo para no tropezarse con sus propios pies...Recordó que cuando Shura le pasó el brazo por la cintura con la única intención de contribuir a evitar que probara el sabor del sucio suelo, él se le agarró de la nuca y le besó.

Sin delicadeza. Sin previo aviso. Sin siquiera ser consciente que lo estaba haciendo hasta que Shura fue capaz de esquivarle la boca, buscando con su innata elegancia de modales las palabras menos ofensivas para coartar esa equivocada acción.

A partir de entonces las imágenes comenzaban a presentarse sembradas de interferencias; Saga se vio con su brazo por encima de los hombros de Shura, andando con dificultad y cabizbajo. Recordó que el español le iba preguntando cosas que no alcanzaba a descifrar, tal vez porque en el punto álgido de su embriaguez ya no las pudo comprender. Rescató la visión del tronco de un árbol y la sensación de la rugosa corteza amparándole las manos mientras su estómago decidía alzarse en rebelión.

- Mierda, mierda, mierda...- Saga se llevó una mano al estómago al notar otra punzada de dolor. Un desagradable eructo le escaló por la garganta, aunque tuvo la suficiente lucidez de contenerlo mientras se quedaba a la expectativa de lo que pudiera suceder.

Y lo que finalmente acabó levantándolo del colchón con agilidad pasmosa para plantarlo en el baño y seguir con su necesario proceso de depuración.

Shura era un chaval ordenado, limpio y precavido, detalles que Saga adoró después de lavarse la cara a consciencia y de mojarse gran parte del cabello con ambas manos. Agarró una de las dos toallas que halló colgadas al costado del lavabo y se secó a medias el agua que escurría de su rostro y cabellos. Le urgía sentirse fresco de alguna manera y el espíritu se le ensanchó de liberación cuando sus ojos avistaron una botellita con enjuague bucal de sabor mentolado.

Saga aún tardó un tiempo en poder recomponerse físicamente, puesto que después del estómago fueron sus tripas las que decidieron emprender un desagradable proceso de limpieza y evacuación. El joven estudiante de Derecho pasó largos minutos encerrado en un baño al que se le abrió la pequeña ventana superior de par en par y que se ambientó con todo lo que encontró a mano antes de atreverse a abrir la puerta y salir al encuentro del que quizás ya no tenía tantas ganas de seguir siendo su amigo.

Personarse a las espaldas de Shura le arrebató la respiración con la misma celeridad que se apresuró a sellar ese ambiente del que acababa de emerger, con el cuerpo algo más recompuesto de lo que había estado minutos atrás. El joven español había regresado de la escapada que le había llevado a comprar un paquete de café molido al supermercado de la zona residencial estudiantil, y el agradable aroma que se esparcía por toda la habitación contribuía a relajar un poco la vergonzosa tensión que se había apoderado de Saga.

- ¿Te apetece uno? - Shura ya se había preparado el suyo y estaba rellenando el mango de la cafetera con otra carga, asumiendo que la respuesta de Saga sería afirmativa.

- No sé...acabo de vomitar otra vez...y de...- Saga se estrujó la tela de la camiseta a la altura de su ombligo y se apretó las sienes con los dedos de la otra mano, en un vano intento de aplacar ese insistente martilleo que seguía retumbando dentro de su cabeza.-...estoy hecho un asco...

- La pillaste buena, ¿eh? - La sonrisa con la que Shura acompañó esa inofensiva sentencia no ayudó a que Saga le ofreciera ningún tipo de réplica. El bochorno que se había caído sobre el joven griego era demasiado pesado para permitirle dejar de pensar en las consecuencias de su borrachera, y Shura optó por tomar la iniciativa por él, obviando ciertos detalles que asumía un pelín incómodos para ambos.- Tómate un café, te apetezca o no, puede venirte bien...y también ésto...- Acompañando la taza llegó una pequeña píldora que Shura había extraído de un cajón.- Es un analgésico, para el dolor de cabeza. Mezclado con la cafeína puede hacerte efecto un poco más rápido.

Saga aceptó las ofrendas sin atreverse a alzar el rostro. Mirarse directamente dentro de esa profunda y rasgada mirada le avergonzaba sin medida. El nítido recuerdo del intento de beso no cesaba de darle vueltas por dentro, igual que seguía haciendo su maltratado estómago. Se llevó la pastilla a la boca sin levantar la mirada y se la tragó con la ayuda de un copioso sorbo de café que le hizo arder hasta las ideas, dotándole de la determinación que necesitaba para esclarecer un pequeño detalle sin importancia.- Shura...dime que...que no hice lo que creo que hice...

- Sí, Saga. Lo hiciste.

- Joder...

- Pero no pasa nada, estáte tranquilo.

- Joder, joder, joder...¿cómo pude?... Lo siento, en serio...Si sé que tú no...que tienes novia...que no te va mi rollo...

- Saga, en serio. Tranquilo.

- Qué vergüenza...

- Ya vale. O dejas de pensar en ésto o me cabrearé de verdad contigo. Mírame - le ordenó, posando ambas manos sobre sus hombros para no dejarle escapatoria - No - pasa - nada - Insistió, recalcando bien cada palabra.- Además, sé que no soy tu tipo.

A Saga le nació una espontánea sonrisa que ladeó sus labios ese atractivo mohín que compartía con su gemelo.- Tienes razón, no eres mi tipo.- La relajación física y anímica parecía ir regresando, propiciando que Saga se olvidara de su nefasta actuación comandada por la impertinente embriaguez - Aún no sé cuál es mi tipo, si es que tengo alguno, pero no. Tú no lo eres. Ni hablar. Jamás me fijaría en ti.- Sentenció, a modo de broma que el español pilló y decidió seguir.

- Agradezco su sinceridad, señor letrado.- Dijo, exhibiendo una expresión terriblemente seria, acompañada de un tono de voz que agravó adrede para hacerla más solemne.- Aunque me haya ofendido un poco, no importa. La claridad es primordial, abogado...

Saga se rió con ganas y sin darse cuenta bebió otro sorbo de café que ya tragó con mejor disposición.- ¿Te imaginas el día que nos encontremos ante un tribunal y debamos hablar así?

Shura hizo caso omiso de la pregunta y se rindió a las ganas que tenía de divertirse un poco, aprovechando que su buen amigo estaba recobrando su capacidad mental habitual.- No me falte al respeto, señor letrado. Si se dirige a mi persona debe hacerlo de "usted", y si no le es mucha molestia, le rogaría que respondiera a mis preguntas.- Shura andó un par de pasos aquí y otro allá, fingiendo estar planteando para sus adentros las cuestiones que debían formularse ante el imaginario tribunal. Saga se sentó en una de las dos sillas que había en la habitación, sonriéndose divertido ante la pantomima que estaba llevando a cabo su siempre serio y sobrio amigo.- ¿Me podría explicar, señor Samaras, qué ha pasado con el pasante que da clases en quinto? ¿Tampoco es su tipo?

Las facciones de Saga se ensombrecieron al instante de ser testigo de esa pregunta directa, formulada desde el más sincero respeto aunque estuviera camuflada por lo que ahora descifraba como una muy pensada actuación.- Pues se ve que no, Shura...- respondió Saga con un palpable deje de decepción.

Shura le miró con tristeza. Hacía días que Saga estaba decaído. No le confiaba el por qué de ese decaimiento, pero las diferentes rutinas repletas de ilusión que había llevado a cabo los últimos meses habían dejado paso, de un día para otro, a la misma vida monótona y programada de siempre.- ¿Qué ha pasado, Saga? - Preguntó, dejándose de interpretaciones teatrales y de bromas de abogacía mientras se sentaba en la otra silla disponible.

Saga inspiró hondo y se encogió de hombros. Era cierto que algo dentro de él le empujaba a compartir sus experiencias con el que se había convertido en su único y gran amigo , pero su carácter reservado y la constatación que las personas de su alrededor eran mucho más felices en el terreno amoroso de lo que era él eran dos elementos que combinados, le frenaban la iniciativa de comunicación.

- Va, cuéntame.- Insistió el español.

- Pues me dijo que lo nuestro estaba cojonudo para pasárnoslo bien. Que le gustaba...follar conmigo...- estas últimas palabras surgieron con un tono de voz que casi se hizo imperceptible para Shura, y luego no hubo más aclaración.

- ¿Y?

- Y ya está, Shura. Ya está.- Se molestó Saga.

- No te creo, Saga. Estoy convencido que hay más. Que le guste follar contigo está genial, por lo que hay otro problema. ¿Cuál es?

Saga inspiró todo el aire que pudo para armarse del valor que le urgía para verbalizar algo que para él sonaba a excusa barata y pueril.- Me soltó que yo era demasiado joven para él. Que era un crío.

- ¿Pero qué dice ese imbécil? - Shura frunció su ceño con visible desagrado ante esa estúpida justificación con la que un don nadie venido a más se había atrevido a herir a su amigo.- El crío es él para no apreciar el tío que tú eres. Además...¿cuántos años te saca?

- Tiene veinticuatro.

- Ya ves...tampoco es tanto. Cuatro años. Me dijeras que son más...como ocho o diez, lo puedo entender. Pero ¿cuatro? Nada, olvídale Saga.

- Eso intento...- Saga se apartó los mechones aún húmedos de la frente y se los mantuvo agarrados bajo el apoyo en que convirtió su mano, al tiempo que el codo se anclaba en la mesa del escritorio.- Lo que me jode es la mierda de justificación de la edad. No estoy de acuerdo contigo, Shura. No importa que sean cuatro años, ni ocho ni diez. Me gusta creer en la idea que si amas a alguien la edad no debe ser un obstáculo.

Shura pensó en lo tajante que había sido en sus palabras, y aunque a él le costara visualizarse en una relación con bastante diferencia de edad, tal vez había personas que no impusieran ese detalle como un barrera infranqueable.- Ya encontrarás a alguien, Saga...Cuanto más te ofusques, peor irás.

A Saga se le humedecieron los ojos y se vio en la tesitura de romper el contacto visual que le unía a la franqueza de corazón que albergaba su amigo. La mano que había sujetado el peso de su dolor de cabeza bajó hacia el escritorio y comenzó a jugar con un bolígrafo que yacía olvidado por ahí. Sus dedos lo agarraron y se propusieron garabatear tontadas en la esquina de un papel en blanco, convirtiéndose en una pequeña ayuda para la siguiente inesperada confesión.- A veces te envidio, Shura...- Murmuró Saga, alzando la mirada tan sólo un instante, regresándola rápidamente al papel de sus lamentos.- Y a mi hermano también.

- ¿Por que dices ésto, Saga?

- Pues porque quizás te parezca estúpido, pero tengo ganas de enamorarme. Y que alguien se enamore de mí. Como tú lo estás con tu novia Rosa, aún separándoos tantos kilómetros. Como lo está Kanon con su amigo.

- ¿Tu hermano..."enamorado"? - Se rió Shura con cierta incredulidad.- Tu hermano es el tío más pasota y desapegado del mundo que he visto en mi vida.

- Hablas así porque no le conoces...

- No mucho, la verdad. Tampoco se deja. Es el típico que va de "me la suda todo y todos".

- Kanon está pilladísimo de Rhadamanthys desde que se conocen. A su manera, no te lo niego...pero mi hermano está colgado de su amigo inglés. Tanto que hoy se van a vivir juntos. Se han alquilado un piso...- Saga acabó la frase volviendo a saborear ese regusto amargo que le había embargado desde el preciso instante que Kanon le confió su inmimente huida de casa.

No añadió más palabras y siguió estampando esa inocente hoja de papel con varias pintarrajeadas dignas del más veloz olvido artístico. Shura le observaba con cierta compasión, analizando todas las palabras expuestas y la más que presumible relación directa que guardaban con la descomunal borrachera que Saga había decidido conocer la noche anterior.

- A parte que ese gilipollas pase de ti porque según él eres un crío para pasar el rato, lo que a ti te duele de verdad es que tu hermano se vaya de casa...

- Puede ser.- Admitió Saga con un hilillo de voz, mirándose a Shura a través de una ráfaga visual que volvió a buscar la protección de los garabatos, cada vez más furiosos y densos.

- Pero si tu hermano y tú siempre estáis de punta...

- Lo que tú quieras, pero le voy a extrañar.- Saga dejó el bolígrafo sobre el papel y se cruzó de brazos al tiempo que se comía los labios y se encogía de hombros ante lo que para él era una evidencia que no podía seguir eludiendo más.- Estar en casa y ver su caótica habitación vacía será raro. Estar durmiendo plácidamente y maldecirle los huesos porque entra como un vendaval para contarme cualquier intimidad o cochinada de las suyas también lo voy a echar en falta. Es así. Estúpido. Absurdo. Y real...Tan real como que también me duele no saber dar con esa persona especial.

Shura se quedó con su aguda mirada vertida sobre Saga, sintiéndose correspondido sin fisura por la confianza que depositaba en él su amigo. Reflexionó sobre las verdades que acababan de compartir y después de pensar muy bien las palabras que iba a exponer no halló otra manera que hacer honor a la amistad que les unía con la única respuesta que él poseía.- Acostumbrarte a la falta de tu hermano lo harás. Además, estoy convencido que no te librarás de él tan fácilmente como tú crees; está cursando la misma carrera que nosotros, y sabes tan bien como yo que si va pasando asignaturas es porque tú le ayudas más de lo que deberías. Así que no creo que se aleje tanto de ti como te empeñas en pensar...

- Es posible que tengas razón...- Aceptó Saga, inspirando hondo otra vez, rindiéndose a la claridad de pensamiento que jamás abandonaba a Shura.

- Luego...sobre saber dar con esa persona especial...es que eso no se basa en "saber dar con ella" o no. Simplemente sucede. Y cuando sucede...pues lo sabes. Tienes la certeza que es "esa persona". Es así de simple. Ahora...es posible que llegar a este momento lo hagas cuando tengas treinta años. O más.

- ¡No me jodas, Shura! - Exclamó Saga, alzando un brazo en un ademán que necesitaba acallar tanta dosis de raciocinio.- ¿¡Hasta los treinta?!

- O quizás más...- continuó el español, captando tarde los claros signos gestuales que le mandaba la expresión corporal de Saga.- O...o tal vez pasa mañana mismo.- Añadió, en un fútil intento de arreglar su derroche de reflexión.- ¡Qué sé yo, Saga! Cuando le tengas delante sabrás que es él. Punto. No digo nada más.

- Mejor, mejor que te calles porque estoy a punto de mandarte a la mierda ¿sabes? - Sentenció Saga, enarcando las cejas en señal de aviso.

Shura alzó ambas manos en son de paz y se levantó de la silla, estirando los brazos hasta llevarlos tras su cabeza para intentar desentumecer los músculos de su torso.- ¿Te ves con el estómago bien para bajar a comer algo a la cafetería? - Preguntó una vez se hubo desperezado.

Saga acercó su nariz a la axila olisquearse el cuerpo, tomando consciencia del desagradable aroma a demasiadas cosas que se hallaba adherido a su camiseta.- Estoy que doy asco...- se quejó con la voz derrotada.

- Dúchate si quieres. Y coge ropa mía.- Propuso Shura sin pensárselo.

- ¿En serio? ¿Puedo?

- Joder, Saga...Pues claro que puedes. Somos amigos ¿no? - el español comprobó que la billetera seguía engrosando el cachete izquierdo de sus vaqueros y se dispuso a bajar sin Saga.- Agarra lo que necesites del armario y no tengas prisa en devolvérmelo. Yo me bajo al café y te espero allí.

- De acuerdo.

- ¿Te pido algo? ¿Algún croissant? ¿Bocadillo? - Inquirió, ya con la mano en la manija de la puerta entreabierta.

Saga se lo pensó unos segundos mientras se alzaba de la silla y recalibraba sus sentidos.- Otro café y...un bocadillo quizás...

- ¿De qué?

- Elige tú. Lo que pidas estará bien.

- Oído.

Shura desapareció cerrando la puerta tras su marcha y dejó a Saga plantado frente al armario, con la mirada focalizada en un montón de ropa bien ordenada y sus pensamientos vagando hacia el abandono fraternal que esa misma mañana Kanon pensaba presentarle.

Sin importarle no habérselo contado antes.

Sin interesarse por su opinión.

Sin saber que él se alegraba que hiciera su vida...

...y sin ser consciente de lo mucho que, muy a su pesar, le extrañaría.

#Continuará#