EROS
Si había algo que Bulma tenía en cuenta era que jamás había planeado casarse con Tarble, el hermano de Vegeta.
No había planeado que Tarble se enamorase de ella, que la quisiera.
Ella había estado tan roto cuando Vegeta la había desterrado, humillado delante de todos diciéndole que ella solo fue una simple amante, una a la que utilizó para satisfacer sus placeres carnales.
La habían desterrado de aquel imperio, de aquel territorio.
Bulma aún tenía impregnada las palabras de Vegeta en su mente como un maldito torbellino:
—Nunca fuiste nada para mí. Jamás dejaría el trono por ti. —su voz había sonado gruesa y déspota, la había mirado a los ojos cuando lo dijo. Los mismos ojos que la habían visto desnuda, y habían transmitido la pasión mientras tocaba cada parte de su cuerpo. Aquellos ojos que la habían hecho sentir mujer, una mujer afortunada, deseada, amada.
El amor en la realeza no existe, porque todo son alianzas, guerras. Nada era amor.
Bulma había conocido a Vegeta cuando simplemente había dejado unos encargos de materiales para su reino. Nunca había pensado que chocaría con él cuando se perdió por los pasillos. Vegeta la había mirado de la misma forma que un artista a un modelo. Y aunque ella sintió aquella mirada como el roce de un terciopelo, Vegeta la había despreciado.
—¿Eres prostituta?—le había dicho.
El enfado de Bulma fue evidente.
Prostituta. Una palabra que describía a las mujeres como uso de placeres carnales a cambio de servicios.
Ella no era prostituta. Era una doncella proveniente de una familia de primera clase, hacían perfumes. Perfumes para la realeza, al menos por parte de su madre. Por parte de su padre, se encargaba de arreglar algunas armaduras y máquinas de la realeza.
Bulma lo miró con los ojos entrecerrados, era evidente lo ofendida que estaba.
—A ti que te importa.
Las cejas de Vegeta se alzaron como si alguien levantara una espada a su pecho. Bulma por un momento se sorprendió de que un simple acto demostrara tanta arrogancia. Vegeta había cruzado sus brazos, mirándola con total apatía.
—Controla tu boca, mujer.
Bulma no controlaba su boca, nunca lo hacía. Ni mucho menos con aquellos que intentaban ofenderla.
La última vez que una persona, un cliente para ser exactos, había intentado menospreciarla haciendo su pedido, Bulma le había entregado un perfume que le hinchó la piel al cliente por más de un mes.
Bulma era indomable.
—¿Por qué deberías hacerlo?
Vegeta no dudó en responder:
—Porque soy superior a ti y tú no eres nadie.
Bulma no dudó en abofetearlo. El rostro de Vegeta se giró por su fuerza.
—Yo soy Bulma Briefs—había dicho. Su mano dolía, pero eso no le importó cuando los ojos negros de Vegeta se desviaron lentamente hacia ella como un animal apunto de cazar—, y sí soy alguien.
Vegeta la había mirado con asombro e incredulidad. Bulma no supo si era por su osadía, pero de cierta forma, no pudo evitar admirar la belleza en su mirada obsidiana.
Ambos se habían quedado mirando penetrantemente hasta que Vegeta la agarró por el cuello y la puso contra la pared, ahorcándola. Bulma le puso sus manos en el pecho como signo de defensa.
Nadie iba a tocarla.
La mirada de Vegeta estaba oscurecida.
—Deberías agradecer que sea compasivo contigo porque podría matarte en este instante—susurró contra sus sien, Bulma podía sentir el aroma dulce salir de sus labios como una droga—. Doblar tu cuello y escuchar tu gemido de dolor, sería totalmente satisfactorio para mí—Vegeta ladeó una sonrisa macabra—, mujer.
Bulma sintió miedo. Había sido víctima de personas insultándola, mirándola con desprecio por ser bella e inteligente en la época. De cierta forma, siempre había estado acostumbrada a la pelea por naturaleza innata. Y aquello la ayudó a sacar sus defensa porque ningún hombre intentaría humillarla.
—Mátame entonces. Así demostrarás que tan bajo caes ante una sola cachetada.
Iba a morir, de eso estaba segura.
Vegeta apretaba su cuello como si quisiera estrangularla, asesinarla. Pero cuando creyó que doblaría su cuello, se alejó de ella como si su tacto ardiera.
Bulma se tocó la garganta, su piel estaba roja, sonrosada. Cuando sus ojos se alzaron, los ojos de Vegeta estaban en su cuerpo, su vestido, sus ojos, su rostro, su pelo.
Bulma se le quedó mirando con la respiración entrecortada, quería hablar, pero sentía que le ardía y dolía la garganta.
Vegeta solo se dio la vuelta y se fue.
Bulma recordaba exactamente todo. Después de aquella vez, los encuentros con él aumentaron. Siempre eran palabras mordaces, miradas asesinas, al menos por parte de ella.
Una vez había encontrado a Vegeta con una mujer. Ella había visto cómo tocaba aquellas caderas con posesión y demando. Como sus manos gruesas y calientes pasaban por las curvas de la hembra como si fuera suya, de él.
La mujer lo besaba. Y Bulma, aunque no debió quedarse ahí, lo hizo, preguntándose cómo un hombre tan horrible era capaz de tocar a una mujer con la misma pasión de un arte. Vegeta estaba besando a aquella mujer con vehemencia. Tenía la agresividad de un león, elegante y salvaje.
Bulma pensó en irse, pero Vegeta abrió los ojos. Y la vieron. A ella. A sus ojos turquesas. En el pasillo del castillo.
Dos puntos negros, dos gemas oscuras, dos obsidias en fuego puro la estaban mirando. Y él se detuvo, pero la mujer no. La hembra atrapaba sus labios como si estuviera acostumbrada a su tacto. Lo amasaba, lo mordía, lo lamía..
Y Vegeta solo la miraba a ella.
A ella.
A ella.
A ella.
A Bulma.
Las manos de Vegeta agarraron con fuerza la cintura de la mujer y la apegó a su pecho. Bulma sabía que aquello era suficiente como para saber qué seguiría después. Cuando se volteó y siguió su camino, pudo sentir una mirada atrás de su espalda, mirándola, siguiéndola.
No era su plan haber deseado a Vegeta. Bulma había tenido un romance con un chico, Yamcha. Él la hacía reír, él la hacía sentir bien. Era un romance que a ella la hacía florecer.
Una vez pasó por el pasillo real y se lo encontró. Su rostro estaba serio, pero cuando vio a Yamcha, ella sonrió. Sintió una mirada arderle pero no le importó. Yamcha estaba ahí. Y eso la hacía sonreír.
Pero se esfumó cuando vio a Vegeta mirarlos a ambos, a ella con molestia.
Y aquella sonrisa se fue para siempre cuando Yamcha murió, alguien lo había asesinado. Nunca supo quién.
Fue después del romance con Yamcha donde Vegeta se le empezó a acercar más. Siempre terminaba en pelea todo. Ya sea por parte de Bulma o de Vegeta. Siempre era pelea.
Hasta que un día Vegeta la besó, y ahí comenzó todo.
Un sinfín de remolinos llenos de deseo y pasión.
Bulma miró a la mujeres que estaban tatuando su cuerpo con cierto líquido negro. Estaría desnuda si no fuera por la tela de seda semitransparente que solo tapaba sus pechos, la línea de su trasero y su feminidad.
Se veía a sí misma en el espejo. A ella y a las demás chicas que tocaban su piel para tatuarla. Eran dos. Una la tatuaba por delante, y otra por atrás. Los dibujos eran como remolinos, líneas, figuras provenientes de una cultura por todo su cuerpo.
Hacía un hermoso contraste con la palidez de su piel.
Era el ritual que cada mujer hacía cuando se casaría con un príncipe. Los tatuajes temporales servían para que la protejan del fuego.
El ritual era simple. Solo se podía verificar que una mujer era digna de pertenecer a la dinastía mediante la prueba de fuego. Bulma tendría que entrar a un círculo de fuego, si sus tatuajes desaparecían, demostrando que era inmune al fuego mediante la guerra entre sus tatuajes y el fuego, ella era digna. De lo contrario, si permanecían, no se casaría con Tarble.
Bulma soltó un suspiro.
Ahí afuera la verían todos. Y era consciente que las mujeres quedaban desnudas después de esa prueba. Ella quedaría desnuda, delante de todos. Delante de Tarble, de los soldados reales, de los reyes, de los príncipes...
Delante de Vegeta.
Delante de Vegeta.
Como hermano mayor y rey de Vegeta-sai, él debía estar ahí. Él debía llevarla al círculo de fuego, y él la miraría desnuda.
De nuevo.
Bulma tembló cuando el pincel pasó por su mano por última vez.
—Ya está listo—dijo una criada. Bulma la vio, tenía la piel pálida y cabello negro—. Tienes que meter tu cuerpo en el agua para que se sellen. El rey Vegeta te esperará cuando salgas.
Vegeta.
Vegeta la vería de la forma en cómo estaba, con este pedazo de tela que prácticamente la hacía ver desnuda porque mostraba sus areolas, sus pezones, su feminidad. Todo aquello que había visto Vegeta mientras la hacía gemir en su cama con las embestidas que le daba.
Bulma parpadeó. Se miró al espejo por última vez y siguió a las criadas que la acompañaron a una fondo lleno de agua cristalizada.
Acercó su rostro para ver su profundidad, estaba en un cuarto casi oscuro, había oído los relatos de las mujeres que se metían ahí. Se tenía que luchar contra el agua para salir. Se tenía que vencer al agua para continuar con la siguiente y última fase.
Bulma miró a las dos chicas que la veían con expectación, ellas también tenían miedo.
—No hay ninguna escalera para bajar—dijo.
Una de las chicas alzó su brazo y señaló.
—Ahí—Bulma siguió el camino del dedo hasta mirar cinco escalones. Salía un humo del agua. Estaba caliente—. Tienes que entrar lentamente por los escalones y luego sumergirte en el agua hasta que no puedas ver.
—¿Qué pasa si no salgo?—preguntó Bulma mirando y sintiendo cierto temor en su cuerpo.
Las chicas se miraron entre sí.
—Si pasas de los cinco minutos, el agua te comerá en un remolino—respondió la otra, una mujer rubia. Bulma sintió un recorrido de angustia—. De lo contrario, si sobrevives pasarás a la siguiente prueba.
Bulma tragó saliva. Acercó su rostro al agua, vi su reflejo.
Era salir o morir.
Morir o salir.
Bulma miró a las chicas para asegurarse de que no estaba sola. Volvió a mirar el agua, y después de unos segundos, sus pies totalmente descalzos se dirigieron a los escalones.
Su pie rozó con el agua en el primer escalón. Bulma sintió cómo si la quemaran viva. Sacó su pie de inmediato. Miró los tatuajes en su pies, salía humo de ellos. Ella se arrodilló para tocar su piel, para intentar quitar ese líquido en su piel.
No había ningún líquido. Esas figuras ahora formaban parte de su piel.
Los ojos turquesas de Bulma se levantaron para ver a las chicas, ellas mismas veían lo que Bulma estaba viendo, estaban sorprendidas.
La chica rubia, a pesar de que Bulma sintió que estaba preocupada por ella, soltó:
—Tienes que meter todo el cuerpo, hasta tu cabeza entera.
Bulma sintió cómo su espalda se enderazaba.
Tenía que meter todo su cuerpo. Su cabeza entera. Sentir cómo el agua le hacía arder su piel como si el fuego estuviera abrasandola.
¿Todo esto era lo que tenía que hacer una mujer si quería formar parte de la dinastía? ¿ Si quería ser princesa?
Bulma tragó saliva.
Volvió a mirar el agua.
Bulma Briefs siempre sobrevivía.
Sus pies dieron unos cuantos pasos.
Tocó el primer escalón, Bulma trató de controlar su respiración cuando sus dos pies entraron en el agua.
Tocó el segundo escalón, Bulma tuvo que parpadear e ignorar el ardor que generaba el agua cuando rozaba con pantorrillas.
Bajó al tercer escalón, Bulma apretó sus dientes cuando vio salir humo en su piel. Ardía Quemaba. Dolía.
Continuó al cuarto escalón, el agua se dirigió a ella como si fuera una presa, algo que se debía agua estaba en sus piernas, arriba de sus rodillas. Bulma soltó un suspiro.
El quinto, y ya no habría más escalones. Y el agua parecía no tener profundidad. Bulma miró a las chicas que estaban a su atrás, ellas la miraron con preocupación.
—Lánzate—sugirió una.
Mientras más se quedaba, más sentía cómo su cuerpo se quemaba.
Bulma soltó un suspiro e impulsó su cuerpo hacia adelante.
Cuando cayó, todo ardió, y todo era negro.
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Vegeta sabía cómo era el ritual que tenían que pasar las mujeres para pertenecer a una dinastía. Su antigua esposa lo había sobrepasado.
Sabía lo que se venía. Sabía qué mostraría Bulma delante de todos. Sabía quiénes la verían cuando su cuerpo estuviera expuesto.
Su jodido hermano la vería.
Todo el maldito reino, lo haría.
Verían ese cuerpo que él había marcado y había hecho suyo, y que aún era suyo.
Sobre. Su. Puto. Cadáver.
Vegeta caminó por los pasillos del castillo de su hermano hasta que llegó a aquel cuarto. No hizo falta pedir permiso cuando vio a las criadas paradas viendo la laguna. Sabía a quién estaba viendo. Sabía quién se había lanzado ahí.
Bulma.
Vegeta sintió su corazón latir con vehemencia.
—Largo—espetó, su voz se escuchó como un eco en todo el lugar—. Ahora.
Las criadas no dudaron en obedecer e irse con la cabeza agachada, dejándolo solo. A Vegeta, solo.
Y con aquella mujer que lo había hechizado desde la primera vez que la vio.
Vegeta avanzó unos pasos, los suficientes como para estar a unos metros de la laguna.
La laguna formaba parte de la cultura saiyajin. Había sido creado por los dioses para convertir dignas a las hembras que continuarán el linaje.
Vegeta se quedó viendo por unos segundos. Ni siquiera pudo pensar en aquel nombre que no lo dejaba en paz todas las noches porque un cuerpo salió de la laguna.
Los ojos de Vegeta se fijaron en aquella silueta que conocía perfectamente. En aquel cuerpo que conocía perfectamente.
Bulma salía de la laguna con todo el agua escurriendo por todo su cuerpo. Todo aquel cuerpo tatuado por aquellas marcas y figuras que representaban a féminas saiyajines de su religión. Las gotas caían de su cuerpo.
A Vegeta se le fue la respiración, la mujer que salía de aquel lugar era una diosa.
Las ganas de poseerla, abrirle las piernas y penetrarla como tanto había ansiado desde hace tiempo lo gobernaron.
Sus ojos pasaron por todo su cuerpo. Por sus piernas delgadas y pálidas, por sus caderas contorneadas y angostas, por su cintura estrecha y deliciosa, por sus abdomen, por sus pechos...
Sus malditos pechos.
Aquellos que estaban siendo tapados por una fina tela transparente al igual que su feminidad.
A Vegeta se le hizo agua la boca. O la poseía ahora mismo, o se volvería loco.
Entonces, Bulma abrió los ojos. Su cabello turquesa estaba pegado a su rostro y espalda. Humo salía de todo su cuerpo. Bulma quemaba.
Y Vegeta quemaba por ella.
Cuatro años.
Cuatro años sin hablar con ella. Sin poder tocarla, besarla, acariciarla, poseerla, admirarla. Cuatro años donde no había sentido paz.
Cuatro años donde no había dejado de pensar en ella.
Cuatro años de jodido sufrimiento.
Vegeta fingió impasibilidad al verla,aunque las ganas de saborearla y pasar su lengua por sus piernas y pechos no lo dejaban en paz. Podía oler aquel aroma, aquel olor que lo volvía loco y lo hacía arrodillarse ante ella por tan solo probar su feminidad.
Bulma se le quedó mirando. Y Vegeta por fin parpadeó cuando la vio de nuevo. A los ojos. Esos ojos que tanto extrañó, pero que alejó.
Vegeta le dio su mano, un mero impulso suyo.
—Bulma.
—Rey Vegeta—Bulma agachó la cabeza.
No Vegeta, no. Rey Vegeta.
No de frente, mirándolo a los ojos, no. Agachando la cabeza.
Vegeta apretó los dientes ante aquel gesto. Ella nunca agachó la cabeza con él, pero ahora lo hacía ahora.
—Levanta el rostro y mírame, mujer.
Era esa palabra la que desencadenaba un sinfín de recuerdos, acciones y pensamientos. Lo que los hacía retroceder a su pasado, hace cuatro años.
Vegeta jamás había llamado mujer a otra hembra, no después de haberse acostumbrado a Bulma.
Ella lentamente levantó el rostro y lo miró. El humo que desprendía de su cuerpo lo acarició. Cálido y ardiente, como el toque de Bulma.
Faltaba poco. Faltaba poco.
—Tu mano—dijo Vegeta, Bulma miró su palma—, así te llevaré donde tu prometido.
Quería volver a tocarla no por simple casualidad, sino por necesidad.
No podía apartar la mirada de su jodido cuerpo y ojos porque simplemente sentía deseo y ya, sino porque lo necesitaba. Era el aire que necesitaban sus pulmones para sobrevivir.
Y era su mirada lo que él necesitaba para dar más pasos y caminar, aunque la ganas de ponerla contra una pared y follarla ahí misma también lo estuvieran desgarrando.
Bulma lentamente alzó su mano, y lo tocó.
Vegeta sintió una electricidad recorrer su cuerpo. Ella estaba caliente, quemaba, pero aún así, él no se alejó.
Bulma estaba prácticamente desnuda, con el agua cayendo por todo su cuerpo, pero Vegeta aún así la tocó.
Recordó aquellos dedos que pasaron por su cuerpo, por sus músculos, su espalda, su pecho, todo...
Vegeta avanzó con ella y salió de aquella laguna. Pasaron por los pasillos del castillo, si bien Bulma podía estar mojando el suelo cada vez que daba un paso, a Vegeta no le importaba. Porque, aunque tuviera su orgullo tan alto como su trono, disfrutaba de este momento, de este toque, disfrutaba de ella.
Veía la circunferencia de sus pezones rosados, aquellos que había lamido y chupado hasta memorizarse su delicioso y maldito sabor.
Podía sentir la respiración de Bulma salir con pesadez. La capa de Vegeta rozaba contra su cuello.
Tenía que aguantar las inmensas ganas de mirar cada una de aquellas facciones femeninas que conformaban su rostro.
La puerta del palacio se vio, y Vegeta frunció el ceño al saber que todos verían a la mujer que traía de la mano como la futura esposa de su hermano.
No Bulma, no su Bulma, sino que la esposa de su hermano.
En un acto de posesividad, Vegeta apretó más su mano. Pudo sentir la mirada de Bulma sobre su perfil. Cuando salieron, el aire los enfrentó.
Todos estaban delante, con sus respectivas armaduras. Todos los soldados, las princesas, las mujeres que pertenecían a su harem, los reyes, y Tarble.
Su hermano.
Vegeta solo miró al frente mientras sostenía con fuerza la mano de Bulma y la guiaba hasta aquel círculo de cenizas.
—Quiero ver como te prendes—dijo él en un susurro, Bulma lo miró, él por fin desvió su mirada a ella, sin vergüenza, sin preocuparse que los demás los vean—. Ver como te prendes siempre es un espectáculo.
Bulma frunció el ceño. Ahí estaba, ese movimiento de cejas que él tanto había extrañado. Delicado y elegante.
—Eso es lo que fui para ti, ¿verdad? Un espectáculo.
Vaya mentira.
Aunque pronto vería la forma de hacerle cambiar de opinión.
—Fuiste más que eso y siempre serás más que un simple espectáculo.
Bulma agrandó sus ojos, sorprendida ante sus palabras. Vegeta podía imaginar sus preguntas.
Pronto serían respondidas, pronto.
Vegeta soltó la mano de Bulma. Y cuando la soltó, quiso no haberla soltado nunca.
—Entra—soltó. Bulma vi cómo su cabello en forma de flama se mecía por el viento, cómo su capa roja bailaba al compás del viento.
Bulma miró el círculo de cenizas, miró a todos los que lo miraban. Miró a Tarble.
Cuando le miró, ella le dio una sonrisa.
Los ojos de Vegeta se oscurecieron, afilaron.
De todos los hombres, Vegeta había sido quien más sonrisas había tenido de Bulma. Y él merecía tener solo su sonrisa para él.
No para ningún otro hombre, sino para él, solo para él.
Porque esa sonrisa era suya, le pertenecía.
Y saber que otro hombre ocasionaba eso en el rostro de Bulma lo volvía loco.
Había asesinado a su pareja cuando la vio sonreír por primera vez. Los celos lo gobernaron, y lo mató.
Las ganas de matar a su hermano lo carcomía.
Bulma dio un paso y entró al círculo de cenizas. Todos la miraban, atentos, expectativos.
Cuando Bulma llegó al centro y miró a todos, el círculo se prendió. Y el fuego la rodeó.
Todos se sorprendieron ante aquella bramura de las llamas.
Vegeta se quedó parado viendo cómo el fuego se comía a Bulma. Los tatuajes tenían que desaparecer, haciéndola quedar desnuda. Si no lo hacía, ella no sería digna.
Por una parte, él no quería que lo fuera para que se convirtiera en la esposa de su hermano; pero la otra, deseaba ver cómo los dioses la elegían como parte de su linaje saiyajin.
Entonces la llama creció.
Y creció, haciendo que flameara con más intensidad.
Hasta que se apagó por completo.
Y un cuerpo desnudo, pálido, sin tatuajes, quedó delante de todos.
El cabello turquesa de Bulma y sus ojos del mismo color eran lo que resaltaban de su figura.
Bulma había vencido al fuego, era digna. Pertenecía a su linaje.
Y estaba desnuda, delante de todos.
Vegeta quería agarrarla y llevarla a su maldito dormitorio en estos mismos momentos.
Todos se quedaron viendo a Bulma, la futura princesa de Vegeta-sai, la futura esposa del príncipe Tarble.
—¡Los Dioses la han considerado digna!—gritó Tarble, con una sonrisa, mirando con completa devoción a Bulma. Vegeta le quería arrancar los ojos. Ni siquiera podía verla desnuda—. Y ella, ahora, es mi esposa.
Pero para Vegeta, él había puesto sus ojos en Bulma primero.
Vegeta agarró a Bulma con tanta fuerza que todos se quedaron sorprendidos, entonces, él dijo:
—No, si yo la convierto en mi esposa primero.
Bulma no pudo ni contestar, porque Vegeta, con una sonrisa maldita, desapareció y se llevó se la llevó.
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N/A: FELIZ DIA DE LA MADRE!
Si ya sé que ha pasado como un año desde que publiqué este oneshot. He de admitir que nomas tenía pensado dejarlo asi como está porque me gusta dejar el suspenso, pero ayer la idea se me cruzo por la noche y no pude evitar escribirla.
La primera parte es del punto de vista de Bulma, que era totalmente necesario; y la segunda, la del punto de vista de Vegeta cuando se reencontraba con Bulma. ¿Cuál les gustó más?
Probablemente, no pudo actualizar en las próximas dos semana que vengan porque son mis parciales, así que por eso les traje este capítulo (SÍ, CAPÍTULO) de esta HISTORIA.
¿Qué les pareció? La verdad que ya había extrañado escribir en tercera persona, aunque siento que se puede empatizar mejor con primera persona.
Pero, empecé con tercera persona y siento que necesitaba escribirla en tercera persona.
Espero que les haya gustado :D
Besitos y nos vemos.
