N.A.: A- Holanda, me fui y volví pero,,, aquí estoy con un nuevo capítulo de mis nenes hermosos divinos. Me cuesta mil siglos hacer esto, soy un perdedor sorry...
En fin, ¡disfruten el cap mis vidis!
Disclaimer: Haikyuu y sus personajes no me pertenecen, son propiedad del queridísimo maestro Furudate.
Capítulo III: Adentro
Cuando cumplí siete años me regalaron mi primera pelota de vóley, a los nueve mi primera camiseta de un equipo oficial, a los doce ingresé a una escuela media con un gran equipo del cual destacar. Mi abuelo supo que toda la vida que yo sería alguien resaltante en el deporte, lo notó desde el momento en que nací, lo reforzó cuando me vio babeando uno de los balones que mi hermana dejó caer en mi cuna. Teniendo esa guía siempre creí que a todos los jugadores nacían con un instinto deportivo y competitivo, que van aspirando un oxígeno diferente, que van pisando terrenos diferentes. Pero no es así.
Cuando Atsumu cumplió tres años sus padres lograron conseguirle un coche de juguete para que compartiera con su gemelo, Atsumu se enamoró perdidamente de su cacharro nuevo, en cambio, Osamu jamás le tuvo interés. A los cinco años Atsumu empezó a dibujar automóviles en sus cuadernos para el preescolar, teniendo como consecuencia varios regaños de la maestra. A los trece años aprendió a conducir con su padre luego de insistir sin parar por varias semanas, su padre lo llevó al auto, condujo hasta la colina, colocó en neutro y al cambiar asientos con su hijo le advirtió que conduzca sin que el motor se detenga. Fue un caos para él dominar los vehículos de cajas mecánicas.
Y aunque haya adoptado interés en el voleibol desde que apenas podía hablar, aún tenía otros gustos específicos escondidos consigo tan cautelosamente.
—¿Un bajo?
Llegaba la mitad de febrero, el frío se apoderó de todo el país. Desde que volví a clases luego del torneo intenté que mi centro de interés vaya un poco hacia los estudios, a pesar de no llegar siquiera a la nota promedio al menos quería salvarme de tener las peores calificaciones de toda la clase. Por ello, mis pláticas con Atsumu se redujeron bastante, hablábamos días de por medio y a veces ni siquiera teníamos temas de conversación, hubo ocasiones en donde sólo conectábamos la llamada y nos quedábamos en silencio oyendo la suave interferencia o la respiración del otro.
Esa noche no fue tan diferente. Luego de unos minutos de silencio Atsumu respondió:
—Sí, es como una guitarra pero de cuatro cuerdas y justamente es para tonos bajos— oí un sonido como a plástico blando, a papel, a envoltorio. Es febrero, mes calificado para la entrega de chocolates, Atsumu se estaba acabando el primer paquete que abrió. Me contestó con la boca llena: —Ago ashí me eshpicó Gin.
—¿Qué? —fui capaz hasta de oler el cacao dulce a través de la llamada, y Atsumu era bastante ruidoso al tragar.
—Que algo así me lo explicó Gin.
—Entiendo pero…— Gin, Gin, quién era Gin. Me recosté en mi colchón, sin querer tumbé un cuaderno que estaba al borde, mi cuarto se coinvertía en un chiquero cuando estudiaba porque nunca sé por dónde empezar y termino sacando todos los cuadernos de una vez, todos los lápices, todas las carpetas. —¿Sabes ejecutar?
—No.
—¿Y para qué lo compraste entonces?
—Me gusta probar cosas. —me hice la idea de que se había encogido de hombros, un "es algo que así me va y ya está" —Con Gin, Suna y Osamu queremos formar una banda, que sea contraparte a las prácticas.
Allí está. Revisé mis apuntes mentales, Atsumu mencionó tres nombres de los que eran sus compañeros de equipo. Ginjima era un rematador muy fuerte y se diferencia de los demás por su cabello ceniciento, Suna era el bloqueador central con cara de dormido que le hizo la vida imposible a Tsukishima, Osamu era su hermano gemelo de los ocho segundos demoledores. Fin de revisión. De hecho, no se me hizo difícil aprender los nombres de las personas cercanas a Atsumu ya que los tenía todo el día en la boca. "Ah, Midoriko, la panadera de tu barrio ¿no es así?" sorprendí una vez cuando Atsumu me dijo que la señora Midoriko fue a dejarle un paquete de pan de frutas luego de regresar de un partido de práctica en Kobe, medio que tardamos en darnos cuenta de ese detalle. Y al contraste de todo esto, a Atsumu le llevó bastante tiempo en saberse los nombres de los que me rodean, justamente porque yo los mencionaba pocas veces. "Tsukamina ¿no?" probaba él, "Es Tsukishima" lo corregía, aunque por mí que nunca se aprenda el nombre de Tsukishima, muchas gracias.
Después de todo, esa vez no pude sacar mis propias conclusiones acerca de esa idea que de pronto asaltó a Atsumu e hizo que llamara a sus compañeros y empiecen a ejecutar instrumentos de la nada.
—Ginjima fue del club de música en la escuela media y su hermano mayor le heredó una batería completa, también tiene dos guitarras eléctricas que puede prestarle a Suna y Osamu, ellos aprenderán fácilmente, además Suna tuvo su época punk-rock antes de la preparatoria—sea la razón cual sea, Atsumu se las arreglaba para conseguir lo que deseaba, y si de pronto quisiera ir a la luna, él lo lograría. Tenía una manera de proponerse las cosas que lo formaron como una persona muy constante, pero obviamente pasaba muy desapercibido debido a que siempre se trataban de gustos suyos y no sobre lo importante que siempre citan los demás. Como los estudios.
—¿Y tus calificaciones? —Yo no era nadie para soltar eso, si pudiera remplazaría mis horas de estudio con practicar voleibol, pero lastimosamente el mundo no funciona así. Y Atsumu mucho menos, yo no tenía pizca de idea cómo maquinaba sus ideas.
—¡Nah! Hay tiempo para todo. Ensayaremos en nuestros días libres de las prácticas, que antes solíamos utilizarlas para ver los partidos internacionales.
"Hay tiempo para todo", su frase favorita de toda la vida. Atsumu supo emplearla a la perfección, tanto que asustaba. Logró recopilar cinco horas a la semana para poder ensayar con su nueva banda aficionada, ensayos que duraron de esa manera un mes porque siempre acababan fritos y no alcanzaban siquiera mantenerse despiertos a las primeras horas de clases.
—¿Una hora de ensayo a las cinco de la mañana?
—Es media hora si le restas lo de montar el equipo, por suerte la mayoría de las cosas la tengo en mi habitación ya que ensayamos allí, pero igual medio dormido se suele confundir los cables.
—Pero a las cinco de la mañana es una locura.
Esa semana la familia de Atsumu recibió una denuncia por parte de los vecinos debido a la perturbación de la paz pública, los horarios de los ensayos se redujeron a dos horas semanales, en los domingos. De igual manera, Atsumu se veía bastante insatisfecho debido al poco avance que tenía con sus compañeros.
EC (05:24): Decidí inscribirme a un curso de música online.
Pensé que había leído eso en mis sueños, ya cuando resucité una hora después me di cuenta que iba en serio.
Tobio (06:47): Debes estar bromeando.
Y por supuesto que no lo hacía. Se descargó audiolibros sobre historia y composición de la música y se empeñó en escucharlos a todo momento, incluso mientras calentaba antes del entrenamiento de voleibol, fue inteligente al comprarse los auriculares inalámbricos para que el entrenador no lo notara. Lo usaba sólo del lado derecho para poder cubrirlo con el flequillo, me envió una foto para evidenciar su crimen.
—Deberías cortarte un poco el cabello— comenté tras una llamada que tuvimos entre clases. Yo estaba escondido en la sala del club antes de que los demás llegasen, Atsumu había huido de sus clases de matemáticas para colarse unos minutos en el club de música y letras de su instituto.
—No lo sé, es quiero tener el peinado de Kevin, mi cantante favorito.
De nuevo, armábamos esas conversaciones con hilos nacientes por doquier.
Finalizaba marzo. En Karasuno despedimos a nuestros senpais con un emotivo adiós que sacó lágrimas en algunos y un silencio profundo en otros. Ennoshita heredó su puesto de capitán y nombró como su vice-capitán a Tanaka, decisión que duró un escándalo de una semana. "Hagamos una fiesta de conmemoración" cantaba Tanaka en medio de los calentamientos y Ukai saltaba como leche hervida diciendo que no podían desconcentrarse a penas iniciando el año, luego miraba a Ennoshita tirando la pregunta obvia, se cruzaba con el profesor Takeda para tener un cómplice ante su reclamo. "Ya pillarán por qué lo he elegido a él" respondía Ennoshita con una elocuencia y una enorme fe que dejaba microscópico hasta al santo más santo.
En mi opinión, lo dejé estar. No tomaría palabra contraria a toda persona que es capaz de mandar a Tsukishima a montar una bicicleta en medio del frío, o a quien es capaz de cortar las energías infinitas de Tanaka y Nishinoya de un tajo.
También, en ese tiempo Yachi mandó a remendar las camisetas, una vez listas se hizo la repartición y a mí me tocó el número seis, me conmovió un poco porque ni siquiera lo elegí, fue aleatorio. Hinata brincaba de un lado a otro vistiendo el nueve, Tsukishima el ocho y Yamaguchi el siete. Esa noche, cuando estaba por preguntarle a Atsumu cómo estaba llevando el tema de cambiar camisetas y despedirse de sus senpais, él justo se me adelantó enviándome una foto suya vistiendo su nuevo número.
—¿El uno?
—Saluda al nuevo capitán de Inarizaki.
—Miya, ¿estás…?
Definitivamente oí el chillido en el fondo de su garganta y el moqueo que intentaba ocultar en alguna parte inútilmente.
—Los senpais nos invitaron a una cena de despedida y Aran le pidió matrimonio a Kita, también aprovecharon para resaltar el empeño que pusimos en el Torneo de Primavera. Ah, también discutí de nuevo con Samu, es una historia larga pero no tengo a quién más contar ahora mismo— su voz me trepó hasta la nuca. Era hueca, como si estuviese hablando dentro de un templo vacío, sin luces, sin aire, sólo su voz presente e inundando cada espacio. No respiraba entre palabras, le prestaba poca atención a cada cosa que salía de su boca. —Pero olvidaron que… Ay, lo siento, mencioné lo de la propuesta y luego lo de Samu, me quedo como tonto. Te juro que se me acabaron las tarjetas de cómo reaccionar ante la felicidad de otros siendo que hay cosas dentro de uno mismo que ya estaban alterando de mala manera.
Y hacía eso, hablaba sin pausas cuando sus sentimientos le ganaban, con una inmensidad que quiere que crezca hasta alcanzar hitos que son ridículos. Mientras una parte de mi encéfalo carburaba para reconocer al tal Aran, busqué las palabras más adecuadas para calmar a Atsumu según mi vocabulario, o mis intenciones, o mi carencia de empatía del rango siento-algo-profundo. Me quedé corto. Al igual que sus tarjetas.
—¿Tienes en serio tarjetas para esas ocasiones?
La pausa fue tan larga que me tuve que asegurar dos veces si la llamada ya había terminado.
—Qué mierda voy a hacer contigo, Tobio.
La mayoría de veces Atsumu se desmenuzaba en carcajadas cada vez que yo no comprendía su forma de expresión, algunas veces también le picaba el mosco de la ira y regañaba al cielo, al suelo, a sí mismo, pero nunca a mí, no directamente. Luego continuaba normal, manteniendo su compostura explosiva, compostura digo porque se me complicaba sujetar al ras de mi vista todas las actitudes de Atsumu sabiendo que era como esas burbujas de jabón que se inflan hasta el límite pero no se desprenden del aro, como si tuviese pavor de volar, reventando allí. Compostura explosiva. Y me siento raro al hacer esta comparación ya que Atsumu no se veía como alguien que tuviese algún miedo o algo por el estilo, su temperamento emanaba confianza y desconfianza a la vez, como si fuese posible ver dos caras de la moneda en una sola, y que existiese una tercera parte que nadie ve, que a la vez es imposible comprobar si de verdad está allí. Nunca se sabe qué trama Atsumu, qué oculta, ni siquiera se me daba la palabra para admitir si se veía misterioso o algo por el estilo, debido a que siempre fue muy abierto con los demás.
Pero esa vez me intrigué cuando Atsumu enmudeció. Ni una carcajada, ni un suspiro. Nada.
—¿Sucede algo?
Y es ahí cuando uno sin querer construye una figura de otra persona, lo hace con lo que encuentra, con arcilla, azulejos, telas, pinturas, madera, metal. Forma algo que ve, una faceta que cree que es todo lo representativo de una persona. Pero la figura no tiene base, está hueca, está espesa, carece de firmeza y se hace todo lo posible para mantenerla quieta con las manos, no tiene siquiera una forma definida. Y cuando pensamos que se ve mejor de lo que creíamos…
Se rompe.
—Esperaba que… no, no es nada— y lo dejó allí sin más.
Qué esperabas. Dime qué esperabas.
Porque me quiebro, me rompo, soy de arcilla y madera y metal que se oxida ante el agua que se escurre de la tierra, la mezcla heterogénea que se deshace entre los dedos ante el agarre. No entiendo por qué me siento así, no te entiendo Atsumu, tú no te entiendes tampoco. No veo lógica en esa necesidad de querer mostrarte al mundo sabiendo que te van a hacer daño, por eso muestras todas tus caras pero ocultas tus manos, tus piernas, tu pecho. Te tropiezas, te levantas, corres por la calle sonriendo como siempre ¿no? Aunque tus rodillas sangren.
Pero cuando llegas a casa lloras porque te duele ¿no? Dime qué esperabas.
La llamada quedó allí, esa noche no pude dormir. Me miraba las manos, los dedos, las uñas, las líneas que conforman las yemas. Qué buscaba. Algo diminuto, algo espontáneo, algo que me diga qué tengo que hacer y por qué siento que debo hacer esto o aquello. Para qué, por qué. No sé, nunca lo sé.
Pierdo sentido entre las letras, voy repasando fechas que de pronto florecen ante mis ojos cuando abruma el silencio en la inmensa madrugada.
Fue después que me enteré que nadie lo felicitó por su capitanía, ni su hermano, ni yo. En su momento no fue algo de tal relevancia, incluso podría decirse que su actitud fue etiquetada como un capricho nada más. Se me cayó el corazón entero cuando Osamu me lo contó mucho tiempo después, con el cigarrillo en la mano, con el humo llenando un gran vacío en su pecho. Era un octubre, la noche anterior a su cumpleaños.
—Me molesté con él porque yo quería dejar el voleibol, y ya lo conoces, hizo todo lo posible para impedirlo— a Osamu se le sumaban los años bajo la luz nocturna, con los ojos brillando de más —Me comporté como un verdadero hijo de puta al aprovechar cada situación para ignorarlo.
—Pero no lo dejaste— aferré mis manos al barandal del balcón como si eso fuese a asegurar mis palabras, perdí mi vista en las cenizas que caían de la colilla y se desintegraban en el viento —Te quedaste un año más.
En un punto de la vida Atsumu me contó su versión de la historia, de lo que le gritó a su hermano en una de sus típicas peleas, una que justamente no debería ser llamada con el sinónimo a esa rutina. Osamu también repetía esa escena en su cabeza, me lo decía para poder comprobarse a sí mismo que en serio pensaba en ello cuando su intención era olvidarlo.
"Cuando estés en tu lecho de muerte miraré a tu cara y podré decirte que he sido más feliz que tú"
—Un año más, no dejé el voleibol— afirmó. Apagó el cigarrillo, llevó una mano a la cara y quebró. De arcilla, madera, metal. Pero a veces solemos ser de cristal. —Pero siento que sí lo dejé a él.
Se deshizo. No podemos retener lo que tenemos adentro, ya sea porque estamos llenos o vacíos.
A veces sólo quiero retroceder en el tiempo y cambiar las cosas, muchas cosas. Sin embargo, al final del día hago un ritual similar a esos caballeros que después de las batallas se despojan de sus panoplias, se recuestan mirando al techo y quedan vulnerables ante la realidad, ante el presente continuo.
Aunque somos dueños de nuestro destino, como muchos dictan, no somos capaces de controlar las pruebas que se nos anteponen. Los tropiezos, las caídas, las heridas. Hay heridas que no se curan ni con el tiempo, hay heridas que quiero que sean como esos raspones. ¿No es así, Atsumu?
Hay cosas que no podemos evitar, por más que quisiéramos. Por eso, en el torneo de prefectura de marzo perdimos en las semifinales contra Shiratorizawa y ellos perdieron en la final contra el monstruoso Dateko. Y así llegamos a abril, la supuesta dulce primavera pintada de rosa, y resalto la supuesta ya que ese año los árboles de cerezo retrasaron su florecimiento. Tras la ceremonia de bienvenida de los de primero, las clases continuaron con su horario normal, luego los presidentes de los clubes comenzaron a reclutar a nuevos miembros. Quise mantenerme ajeno a ello a toda costa pero Ennoshita estableció hoja y media de los mandatos para aquel día, estuve unos minutos aguantándome las ganas de ir a reventar balones con mis servicios, después perdí fuerza de voluntad. Me escabullí de las garras de Tanaka cuando éste fijó su atención dos segundos hacia el escándalo que estaba haciendo Hinata para atraer a los chicos de primero.
Bzz, bzz. La puerta del salón del club estaba cerrada, al igual que el gimnasio, no pude creer que Ennoshita fuera tan precavido en mantenernos a todos en un mismo campo de visión, sin adelantarse a los entrenamientos hasta que él confirme el verdadero inicio de las actividades. Bzz bzz. Se me hacía algo descabellado el tener que ir a recorrer baldosa por baldosa para reclutar nuevos miembros, recordé claramente cómo el año pasado tuve que ir yo solo a llenar el formulario de inscripción. Bzz bzz. Acaso no sería mejor que sólo el capitán, la mánager y el profesor sean los únicos en manejar el reclutamiento mientras los demás pueden hacer cosas más productivas, como entrenar supongo. Bzz bzzzzzzzz.
Me harté. Saqué con furia el móvil de mi mochila.
EC (15:43): ¿Qué tal el regreso a clases, Kageyama-senpai?
EC (15:43): Nótese que te digo senpai por el hecho de que ahora eres grandecito y tienes que cuidar a tus niños.
EC (15:44): AAAAAAAAH Ahora que dije eso me siento un anciano, Tobio. Seguramente ya me están saliendo arrugas, seguro mañana amaneceré fosilizado.
Y envió una foto de su cara con el epígrafe de: "Envejecí". Me descoloqué al captar las frazadas de felpa que lo cubrían hasta la coronilla, casi igual a un hijab pero gigante.
Tobio (15:45): ¿No deberías estar en la práctica?
EC (15:45): Los capitanes tenemos el primer día libre.
Eso no se lo tragaba nadie ni con miel. No le contesté por un buen rato, me quedé frente a la puerta del club contemplando el acetato de mis cordones y esperando a que alguien llegara, a que algún alma se asomara, a que al menos apareciese Hinata con esas vibras infinitas que tiene y que saque una pelota de vóley del suelo por arte de magia. Pero nada eso pasó.
EC (15:51): Bueno. Pesqué el peor resfriado de toda mi vida.
Cayó solo, el ladrón principiante y soso que se arrepintió y se entregó a la comisaría por parte propia. No tenía nada más que decirle, guardé mi móvil sin antes asegurarme de silenciarlo porque no estaba preparado para sufrir un terremoto de escala seis de Richter dentro de mi bolso. Busqué algunas monedas porque tenía pensado bajar e ir por un yogurt para pasar el tiempo y pasarme la amargura también. Dije e intenté. Un escalón bajé y me topé con una bola de pelos amarilla que se estrelló contra mi pecho y se quedó allí unos segundos, yo también me quedé tieso. Nos quedamos. Nariz contra costillas. Su cabello ondulado me daba comezón en la barbilla.
—¡AAAH! ¡Mil disculpas! —Vi como el bicho saltaba para atrás sin tropezarse por ningún escalón, el mini infarto que tuve a penas se exteriorizó —No te he visto, es que estaba buscando el club de…
Se detuvo de pronto. Lo miré mitad confundido y mitad desinteresado, también mitad impaciente, no me llevo bien con las matemáticas. Pero es que el chico no me sacaba los ojos de encima, me toqué la nariz pensando que la tenía roja o qué, o serían mis ojos, mi pelo, mi cara. Algo no me cuadraba, y justo el chico se descuadró.
—¡Ah, eres Kageyama-senpai! —La frase rebotó por mi cabeza junto con el anterior mensaje de texto que recibí de Atsumu, y aquello no me dejó prepararme para lo que vendría luego: —Seguro te recuerdas de mí. ¡Vengo del Kitagawa Daiichi!
Ah, vaya.
—Ah, vaya— no tenía ni idea. Recalco, soy malísimo acordándome de las personas.
—No lo hace, ¿cierto? —Me sentí indefenso al negar con la cabeza, el otro lanzó una risotada que duró un poco más que el espasmo que me asaltó —Me lo imaginaba, es que no fui titular hasta mi tercer año, así que no resalté.
Hice una pausa para mí mismo. En Kitagawa Daiichi la mayoría de los titulares siempre eran de tercero, la costumbre, decisión de los entrenadores. También, en la escuela media pasé por muchas cosas como para fijarme en detalles, en lo que hay en el fondo, y lastimosamente hay personas allí, personas que se van o regresan para otra oportunidad de formar parte de tu vida. Y antes de seguir reflexionando, no allí en el pasado sino aquí, en este tiempo indefinido, chasqueo los dedos frente a mis ojos recordándome de no perderme de nuevo.
Asumo que no es necesario repasar de qué estuvimos hablando en esos minutos (no porque no quiera sino porque seguro me hago un traspié con un tema y acabo diciendo algo que en realidad nunca sucedió, una paradoja al cual no tengo ganas de enfrentar) antes de que se nos cruzara Nishinoya y nos refriegue esa inmensa alegría que siempre tiene, cosa que se multiplicó al enterarse que el nuevo miembro era un líbero. El chico, de apellido Yaotome, fue quien más resaltó de entre los tres nuevos miembros que ingresaron al equipo, era el primero en llegar a las prácticas y se unía a los bullicios de Tanaka y Nishinoya cuando Ennoshita no los miraba. En el primer partido de práctica interno actuó en silencio, observó todo a su alrededor y en medio del juego se movió de un lado de la cancha al otro sin ser visto.
Hinata, a quien la agudeza le había venido en ese paquete de madurez que llegó a inicios de este año, tampoco pasó desapercibido ese detalle. A la segunda semana de clases fui a buscar un libro de su casa, antes de regresarme a la parada me sorprendió un diluvio, no tuve opción que regresar sobre mis pasos y obligarme a quedarme a dormir allí.
—Es un buen jugador, el de Kitaiichi.
Yo estaba sentado en el suelo haciendo estiramientos, Hinata volvía de la ducha y olía a vainilla con limón porque juntaba el champú de su hermanita con el acondicionador de su madre, horrible combinación. Fuera de contexto, como su comentario.
—¿Yaotome? Lo es— respondí con el interés hasta el suelo como mis antebrazos.
—Me da curiosidad, juega mejor de lo que hubiera imaginado de un kohuai— y eso que lo decía él —¿Habrá venido a Karasuno porque nos vio jugar en las nacionales?
—Supongo que sí, al igual que los otros dos.
—¿No será que te admira mucho y ahora quiere seguir tus pasos?
Detuve mi respiración y exhalé despacio, me sudaban las manos. Seguir mis pasos, me parecía algo completamente descabellado, soy consciente de lo que sucedió en mi último año de la escuela media y, aunque hubiese cambiado en poco tiempo, el pasado no puede taparse con un montículo de tierra. Así y nada más.
—No sé. Ve y pregúntaselo.
Me incliné un poco hacia mi costado derecho para estirar mi espalda, recibí un talón por mi cara. Medio segundo después me abalancé sobre Hinata.
—¡Kageyama, pero qué aguafiestas eres!
—¡CIERRA EL PICO, IDIOTA!
No sé si lo vi venir o no pero Hinata sí fue a preguntarle a Yaotome sus verdaderas razones para unirse al equipo, al cruzarme con Hinata en los pasillos lo noté risueño, admitió que no me enteraría pizca alguna de su conversación bajo la promesa de que sea yo quien fuese a preguntárselo directamente. Mandé a Hinata a comer tierra era él al principio quien tenía curiosidad sobre ese tema, no yo.
Para cereza del pastel, a unos minutos de entrar a clases recibí una llamada. Me oculté en un rincón cerca de una máquina expendedora, era al final del pasillo y frente a la puerta que da al viejo armario de escobas que no se usaba desde la edad de piedra.
—¡Tobio! Suerte que me contestaras, tengo algo importante que decirte. Pero antes de eso, me recuperé al fin de esa gripe tan fea— asentí, de nuevo esa tonta costumbre mía, luego solté un sí —Ya otra vez andas asintiendo, ¿verdad Tobio?
Me atrapó, tercera vez en esta semana. Seguramente volví a asentir, o a responder de nuevo monosilábicamente, o sonreí fuera de toda mi esencia. O todo junto.
—En fin, Tobio, al fin logramos hacer un cover de dos minutos y medio con la banda— comentó emocionado, de fondo se apreciaban conversaciones lejanas, me inquieté un poco —Cuando pueda te envío un audio que voy a grabar, al menos de la parte donde más ajustado está.
—¿Cuándo se juntarán de nuevo?
—Acordamos hacerlo mañana después de clases, no tendremos entrenamiento porque debemos ir a Gifu para jugar nuestros primeros partidos — se le notaba emocionado hasta las nubes, y cómo no cuando a él le tocaba dirigir a su equipo a las victorias. Ahora que repaso esta conversación el corazón se me encoje.
—¿Tan pronto fuera de prefectura?
—Sí, es que nos tocan jugar con…
No capté lo último que dijo pues, justo en ese instante, la puerta del frente se abrió de golpe, instintivamente me encogí ocultando mi teléfono. Noté a dos personas saliendo del armario de escobas, una acomodándose la falda y el otro la corbata, tapé el auricular de mi teléfono por mi pecho y con una mano me cubrí la boca. Me hice minúsculo, me apegué aún más por la máquina expendedora. No me han visto, creo yo, porque esas dos personas intercambiaron un beso un poco pasado a esas normativas tácitas sobre exhibicionismo.
—¿Tobio? ¿Qué sucede Tobio, estás con alguien? —La voz amortiguada de Atsumu llegó claramente a mis oídos.
Esos dos se dejaron de besar de golpe y me miraron, lo hicieron tan fijamente que sentí como si una lanza me atravesara el cráneo por la frente. Y yo no tenía idea dónde meter la cara. Ellos tampoco.
—Nos vemos luego, Yao— se despidió la chica roja hasta las orejas, desapareció por el pasillo haciendo rebotar su melena oscura y ondulada. Me quedé perplejo. La voz de Atsumu ronroneaba por mi pecho.
—Hablaremos más tarde, Miya— susurré y corté justo cuando iba a gritar que esperara.
Lentamente despegué mi espalda de la pared, sentí como si fuese adhesivo, me costaba calamidades hacer que mis músculos respondan. Quien estaba frente mío se rascó la barbilla con vergüenza.
—Lamento que hayas visto eso, Kageyama— me dijo arrepentido hasta la médula. Dos semanas, chico, dos semanas desde que pisaste el instituto y ya te metes en asuntos que ni me dan el cuero de clasificar. —Prométeme que no dirás nada, ¡por favor! —Y se inclinó ante mí mientras que se me subían los colores a la cara.
—No… no lo haré— fue lo único que salió de mis labios, quizás Yaotome ni me escuchó porque me tomó de la camisa y comenzó a lloriquear como un mocoso.
—¡Por favor, por favor, por favor! ¡Yo tampoco mencionaré que rompiste las reglas!
En eso me di cuenta del teléfono en mis manos, lo escondí en el bolsillo del pantalón. La voz de Atsumu resonaba en mi cabeza y Yaotome continuaba con el síndrome de la garrapata, no me soltaba hasta que yo atinara a un sí que mi voz no dejaba salir. Y justo cuando creí que no podía empeorar apareció la persona menos indicada del universo.
—Dos semanas, rey, dos semanas y ya te metes en problemas con los de primero.
Tsu. Ki. Shi. Ma. Quise gritarle separando su apellido en sílabas, se me pegaba la enfermedad de Atsumu. ¡Y continuaba en mi cabeza! Yaotome dejó de lloriquear pero se aferró aún más a mi pecho, como queriendo desaparecer de la existencia. Yo también quería desaparecer, no sin borrarle la sonrisita al cuatro ojos.
Y justo en ese momento, Yaotome me lanzó una mirada con detenimiento, me asustó un poco ese cambio momentáneo de expresión. Como máscaras. Me presionó en el antebrazo antes de sisear:
—Tsukishima-senpai, mi novia acaba de romper conmigo, ¿qué voy a hacer?
Definitivamente me congelé, listo, a partir de allí perdí el timón del barco y quedé varado en terreno desconocido. Yaotome me abrazó fingiendo ser consolado, yo no despegaba los ojos del rostro de Tsukishima que parecían ser formados por puntos y letras en un computador. Dios, si existes, no estaría mal un poco de ayuda, ilumina mi cerebro.
Mi teléfono comenzó a vibrar, la vibración especial, Atsumu. Vaya ayuda. La situación se alargaba sin límites, yo ya creía que nos detuvimos en el tiempo y que el receso del almuerzo duraría toda la eternidad. Vi a Tsukishima rascarse la coronilla del pelo y encogerse de hombros.
—Vine a Karasuno para estar con ella y… me ha dejado— continuó Yaotome, consciente del sismo en mis bolsillos —Esta tristeza se me va a pasar con algo de la cafetería. ¿Podriás acompañarme Tsukishima?
—¿Por qué yo? Tienes una máquina expendedora y a un rey justo allí.
—No me gustan los jugos en conserva. Por favor, no me acostumbro aún a recorrer el instituto solo.
Percibí el conteo en susurros. De un instante a otro Yaotome saltó por Tsukishima, entre el escándalo vi cómo modulaba un "corre", y dos segundos después me encontré llegando a clases unos minutos antes de que sonase la campanilla. La intranquilidad no abandonó mi cuerpo en lo que restó del día de estudio, más bien, se transformó en sueño y me quedé dormido a la mitad de las clases de historia. Fui despertado por Hinata, quien me arrojó un cartón de leche por la cabeza.
—Cortesía de Yao.
Me faltaban fuerzas y me sobraban bostezos como para poder agarrarle el cráneo a Hinata y hacerlo papilla entre mis dedos. Me quedé a cuadros luego de procesar lo que había dicho Hinata.
—¿Yao?
—Dijo que quería verte luego en la sala del club.
El día cada vez se volvía más extraño. Al acabar el cartón me dirigí directo a la sala del club pero no encontré a Yaotome allí, sino a Yamaguchi tarareando inocentemente mientras se cambiaba el uniforme. Al reparar en mi presencia me sonrió con más amabilidad de lo que siempre traía, tanta amabilidad que ni siquiera parecía eso, sino se acercaba más a un concepto completamente contrario, y no quería pensar aquello sobre Yamaguchi que era el pan del equipo. Por alguna razón tuve la sensación que nos golpearía un terremoto apocalíptico y que iniciaría el fin del mundo.
En realidad no exageré, lo que se venía era el sinónimo más acertado a lo que sería el fin de la humanidad.
—Ya me enteré de los rumores, Kageyama.
Mi fin, a decir verdad.
—¿Rumores?
El final definitivo.
—Que la novia de Yaotome lo dejó porque ella se ha enamorado de ti.
Listo, se acabó. Este fue el punto, fue el límite. Ahora quizá me ría por recordarlo pero en ese momento fue un punto de ebullición al cual no pensé llegar jamás. No encaré a Yaotome esa vez porque el muy cobarde se retiró antes por intoxicación, el chico es alérgico a la canela, en la cafetería de Karasuno se solía vender un pastel con canela. Astuto hasta la médula. No sé cómo tragué el cuento de que no le gustaba los jugos de las máquinas expendedoras, es que pensé que era una forma de arrastrar a Tsukishima o algo así. ¡Al final era toda una estrategia compleja para salirse con la suya sabiendo el chisme que iba a recorrer a mi nombre! Cuando me quejé esa noche de todo ello, derecho y al revés, Atsumu estalló en carcajadas al otro lado del auricular. Por alguna razón, volver a oírlo tan fibroso me tranquilizó.
—Kageyama Tobio sabe quejarse había sido— dijo entre risas, se asfixiaba él solo en su dramatismo —Nunca pensé llegaría a oírte hablar tan rápido y tan enojado. ¿Será que tienes esa cara de apuñalar gente o una peor?
—No lo sé, que no tengo una cara así- la paciencia se me drenaba a cantidades gigantescas.
—Déjame ver.
En ese momento acababa de salir del cuarto del baño, luego de vestirme paré unos minutos para llamar a Atsumu y adelantar nuestras conversaciones nocturnas. Hay personas que te rompen los esquemas y puede que esas mismas personas te hagan romperlas también, como el cristal, porque no sabemos si adentro estamos llenos o vacíos, pero sí que queremos liberar todo lo que ya no aguantamos. Quise despejarme, y si eso significaba buscar desesperadamente liberarme tras cruzar palabras con Atsumu, pues que así sea. Sin embargo, así como hay cosas que se rompen, así como desconocemos muchas cosas, no esperé que algo dentro de mí retumbara sorpresivamente.
No, no era mi corazón. Era algo más profundo, más allá de lo que yo pudiera alcanzar.
—¿Qué?
Hubo un mutismo de su voz, lo digo así porque perfectamente escuché otros ruidos en el ambiente que lo rodeaba al otro lado de la línea.
—Déjame verte, ¿sí? Activaré la cámara para una videollamada.
De nuevo esa espontaneidad, esa vibra que suele confundirme. Nunca supe qué esperar de Atsumu o si era necesario esperar algo de él en sí. A veces suelo pensar si es que en realidad Atsumu y yo deberíamos habernos conocido ya que somos tan diferentes, o quizás somos muy iguales y esas pequeñas diferencias que tenemos son abismales. Que quizás, él llegase a ser más feliz si nunca nos hubiésemos visto aquella vez en el campamento. Pero luego pienso en nuestros momentos, en esos años donde las extrañezas se volvían rutina, donde nos acostumbramos a la lluvia, al sol, a la nieve. Donde de igual manera sentimos que cada día del año es diferente.
Y no sé qué pensar, hasta dónde puedo pensar.
El botón para activar la cámara palpitaba en mi pantalla. Presioné el ícono verde para contestar…
Y mi visión se llenó de colores.
Sueles confundirme hasta ahora, Atsumu. Sueles sorprenderme hasta ahora, Atsumu.
A veces somos de arcilla, madera, metal o cristal. Pero Atsumu, tú eres de luces de colores, de esa infinidad tan monumental.
Cuando contesté la llamada vi el rostro de Atsumu pintado de luces que cambiaban de colores al segundo, él sonreía disfrutando seguramente la expresión que yo estaba haciendo. Cambió de posición la cámara y enfocó a su pecho, allí descansaba el bajo de color escarlata que se había comprado para la banda. Dejó a un lado su teléfono para liberar ambas manos, yo dejé de respirar, de parpadear, de existir, me trasladé a otro universo.
Cuando Atsumu comenzó a ejecutar el bajo quise cerrar los ojos para dejarme llevar por las notas, pero no podía alejar mis ojos de los colores, no quería. Hubo puntos donde las yemas de los dedos fallaban las cuerdas, hubo notas que se salieron de tono, hubo maldiciones cortas por parte de Atsumu, pero al final no fueron razones para irrumpir la armonía que se había construido, una armonía que no dudaba en abrazarme y hacerme formar parte.
—¿Qué te parece? —preguntó. Maravilloso, increíble, espléndido, tan tú. Pero no me salieron las palabras. Atsumu dejó a un lado el bajo y tomó de nuevo su teléfono, la cámara hizo sin querer zoom a su nariz, justo hacia ese punto sobre el tabique donde una mancha tenue y blanca nunca se borraba. Yo no dejaba de sonreír, él tampoco. —Hace tiempo que quería ponerle vida al cuarto, quería que Samu fuese el primero en verlo pero ya que estabas ahí…
—¿Ya que estaba aquí…?
Hizo una mueca rara como si intentase atajar una risa, se lamió los labios y miró a todas partes menos a la cámara. Sus ojos brillaban en azul, su cabello en naranja, luego intercambiaban a rojo y verde, a morado y amarillo. Se acostó con el lado derecho del rostro por el colchón, instintivamente yo lo hice con el izquierdo.
—Me alegra verte sin esa cara de apuñalar a alguien.
Hablaba bajito, sólo que esta vez no había nadie a su alrededor a quien su voz pueda interrumpir sus sueños.
—Que no tengo esa cara.
Yo también hablé bajito, pero esa vez no tenía por encima un montón de frazadas que pudieran resguardarme del frío.
—Ahora ya no.
But I can't, I can't give you a reason.
Era la calma de las olas en el mar, era su presencia quien me apaciguaba, esa misma presencia explosiva que dominaba la cancha, esa misma presencia que era capaz de destruirse hasta a sí misma. Las notas leves del bajo continuaban resonando en mis oídos cada vez que la voz de Atsumu se ausentaba, él rasgaba las cuerdas al azar con la delicadeza que suele tener el viento al acariciar las hojas. En un punto comenzó a tararear despacio, con dificultad de crear un ritmo con las notas bajas, pero con una emoción brillando tímidamente bajo sus ojos, entre esos colores que lo rodeaban.
Quise ver ese brillo, atraparlo, hacerlo parte de mí. Mi pulgar tocó la pantalla y se encontró con el cristal, me di cuenta que no podía atrapar el brillo, que no podía palpar los colores, que no estaba cerca de Atsumu. Me mantuve en un ligero trance, Atsumu fue cerrando los ojos, el bajo hace rato dejó de sonar. Eran ahora sólo luces bailando sin sentido ni son, pintaban los párpados de Atsumu, deslumbraban su serenidad muy poca vista.
Me vi contagiado por el sueño también, y aunque no quería dejar de apreciar la tranquilidad que Atsumu me transmitía no tuve más opción que dejarme llevar, fui consciente que no era la primera vez que ambos nos quedábamos dormidos tras una llamada. Pero esa vez lo estaba viendo, y él a mí. Ambos…
Ambos estábamos cerca.
Eres como el cielo siempre presente arriba de nosotros, con un azul inmenso que nadie aprecia hasta que alzan la vista hacia arriba.
Pero eres como un cielo que estalla en colores, estallas pero con una calma que no sé si todos pueden verla, y eres tranquilo y a veces arrogante y otras veces eres una mezcla de muchos sentimientos que te hacen caer pero a la vez te impulsan en seguir adelante.
Te lastimas, lloras, continúas. Corres, saltas, aunque tus heridas no sanen.
Me haces cambiar en todo aspecto de mi vida, me haces apreciar cada detalle que hay en ella. Me enseñaste cosas diminutas como que al servir jugo en cartón la tapa debe ir arriba o que los carritos del supermercado deben sacarse de frente y no por detrás de la caja, que se puede aprender a ejecutar un instrumento en poco tiempo, que hay personas que llegan a tu vida formando un terremoto con tu teléfono y hay otras que simplemente están y se van.
Me demostraste que todas las personas tienen algo dentro de ellos y que a veces cuesta sacarlo.
Yo sigo teniendo muchas cosas atoradas dentro de mí, como si sus raíces hubiesen calado hasta lo último, dejándome seco. Pero poco a poco lo voy sacando a cada palabra que escribo, que digo, que recuerdo…
Y lo hago por ti.
N.A.: Tobio, a veces no sé si eres para mí un espejo o una ventana de cristal. (Reflexión que a nadie le importa)
Thanks por leer!
