N.A.: A- Buenos días, tardes, noches, madrugada, etc. Terminó el manga de Haikyuu y yo lloré al ver a Tobio y Tsumu hablando en un panel, qué cosas. No prometo nada pero en estos días escribí mucho y pienso pienso... seguro pronto actualizaré de nuevo.

En fin, a disfrutar la lectura y no me maten.


Disclaimer: Haikyuu y sus personajes no me pertenecen, son propiedad del queridísimo maestro Furudate.


Capítulo IV: Extrañar

Hay días en que me despierto antes de que el sol se asome tímidamente por el horizonte, todo lo que me rodea es oscuridad, todo lo que siento es blando y a veces es frío, me congela, me sulfura. A veces me quedo pensando en las cosas que viví, repaso esos últimos años de mi vida donde fui feliz y no supe apreciar; otras veces me rindo ante mí mismo y no retengo las lágrimas. Pero también hay veces en donde vuelvo a cerrar los ojos y pido que se lleven mi alma, rezo para que alguien venga y me diga que ya no pertenezco aquí, a la vida, a esta existencia sobre la tierra.

Hay melodías en mi cabeza que suelo tararear lentamente buscando consuelo, porque duele una parte de mí que está fuera de mi alcance. Hay una voz que me susurra, hay unos brazos invisibles que me acobijan cuando ya no puedo con el cansancio. Así también, hay una fuerza indescriptible que me impulsa y me dice: "Hey, no te rindas. Por algo tú sigues respirando."

Respirar. El aliento por otro aliento, «intercambio equivalente» suelo pensar, incluso me hago creer que es él quien me lo dice. Es él con ese susurro de chicuelo travieso que se cree superior a otros por saberse de memoria los diálogos de sus dibujos animados favoritos.

Hay días donde el sueño me abandona o muta convirtiéndose en una inspiración que abofetea mi rostro, me deja ciego y a la vez me obliga a ver las cosas de otra manera. Todo mezclado, todo homogéneo, todo fuera de los recursos literarios que se me dan para poder expresar lo que siento, lo que a veces retengo. Y me pongo a escribir en la laptop sin descansar, Miwa suele regañarme porque me ocupo siquiera antes de desayunar, otras veces me deja estar.

— ¿Qué tanto escribes, Tobio?

Siento que el cojín de al lado se hunde, que una cabeza se recuesta por mi hombro. No es mi hermana, ella sale temprano para el trabajo, nadie más vive en el departamento, no tengo amigos que suelen quedarse a dormir ni que viven a mis alrededores, y si lo hicieran no tendrían el coraje suficiente para romper mis barreras del espacio personal.

—Es algo que llevo adentro— simplemente contesto. Puedo sentir su respiración suave, sus latidos diminutos, su calidez. Y me da miedo hasta de parpadear, por si todo desaparece.

—Mira, has puesto doble coma allí— apunta con un dedo en la pantalla, me resisto a levantar mi mano y acariciarlo, porque sé más que nadie que no debo irrumpir en su naturaleza, como cuando duerme envuelto en luces de colores al otro lado de la línea. En esa lejana cercanía.

—Gracias— suelto inconsciente —ahora lo cambio— le digo sin voltearme, sin despegar los ojos de la pantalla. Me acaricia de la barbilla, va por el costado y termina en la sien, me da un ligero beso allí. Luego escucho sus pasos alejándose, la puerta de la entrada se abre y se cierra haciendo un clic que resuena varias veces.

En eco, se dispersa. En eco, zumba en mis oídos…

Y me levanto de golpe.

Veo que en el último párrafo llueven un montón de letras sin sentido, me quedé dormido sobre el teclado. Es media mañana y aún no he desayunado.

Con Sugawara quedamos en reunirnos este día. Se le jodieron los pistones del carro a la mañana, por ello tuvimos que movernos en bus para encontrarnos en la estación.

—Es que no puedo tener tanta mala suerte, primero se rompe mi taza favorita y ahora esto. Qué te digo.

Fuimos en tren bala hasta el recinto sorpresa que él tanto adulaba. Eso hacíamos últimamente, cuando a Sugawara le sobraba tiempo él me llevaba a distintos lugares o eventos poco peculiares, íbamos a cafés con temáticas de animales, la otra vez estuvimos en una feria de muebles europeos y lo último que visitamos fue una exposición de material editorial interactivo, de esos donde abres un libro y salta un personajillo hecho de doblados de papel. Sugawara se compró tres libros infantiles porque este semestre ha empezado con su pasantía en una primaria privada que queda a tres calles del campus. "Si era más lejos mis bolsillos llorarían porque sería un ida-ida-vuelta en triángulo y el combustible no da" repasaba la expresión con un movimiento de su índice para adelante y al costado y atrás. Me mareaba. A Sugawara los estudios le estaban llevando más años de lo que planeaba, tras dejar dos carreras en Sendai se había mudado a Tokio para descubrir su verdadero propósito en la vida, aunque tuvo que dejar mucho atrás, incluyendo su familia.

Creo yo, que las nuevas oportunidades llegan tarde o temprano pero son difíciles de atraparlas, aceptarlas.

Sin más vueltas que dar, esta vez tocaba asistir a un curso gratuito de termografía básica que yo no tenía idea en dónde quedaba, allí el factor sorpresa.

— ¿De qué nos servirá eso? Ni siquiera tenemos máquinas termo… eso.

—En la termografía no se utiliza máquinas, son planchas, lo dice en la página web ¿no lo leíste?— Sugawara, imposible seguirle el hilo o darle vuelta, a la contra. Nunca supe la existencia de la dichosa página web, de las cosas que me ahorraría. —Las máquinas trabajan a motores o con un mecanismo; esto es literal enchufar un artefacto, esperar a que caliente, planchar y ya. Esa es la palabra correcta, artefacto.

—Vale, artefacto. ¿Tienes eso en tu casa?

—Oh mira, para la siguiente semana ofrecen cursos de serigrafía— y me acercó su móvil a la cara, los ojos se me llenaron de mallas y bastidores. Me rendí ante él.

Durante el trayecto quise mencionarle a Sugawara que estaba siguiendo su consejo pero que a veces costaba, así como cuesta ajustarse a los cambios durante un entrenamiento de vóley (pero que no se ligaban a lo grupal como el cambio de titulares o estrategia, sino un cambio brusco individual como pasar de armador a líbero o de bloqueador a armador), y que quizás necesitase algo de su ayuda para continuar. Sin embargo, no me atreví, algo en mí me decía que aún no era momento. En vez de eso, comencé a relatarle algunas pequeñas cosas que me sucedieron últimamente, él también lo hizo, acabamos retrocediendo en el tiempo y no tardé nada en escupirle una de las mayores vergüenzas de mi vida.

—Debes estar jodiendo.

Apenas comenzando el segundo año de preparatoria me metí en un lío, corrección, me metieron en un lío. En una completa catástrofe. Todo miembro del equipo sabía de pies a cabeza que si Ennoshita decía una mala palabra significaba peligro en letras rojas y luces y alarmas; y nadie tardó más de medio segundo en voltearse a la misma dirección donde él estaba observando. Yo me paralicé, a mi lado, Yaotome también.

Yaotome, primer año clase dos, líbero, no pasa del metro setenta, su cabello rubio a veces es esponjoso y otras veces parece una escoba de paja a la cual los años se le vinieron encima. Aunque tiene un estilo de juego muy sigiloso y agudo para su edad, se mete en más problemas de lo que uno puede contar con ambas manos. Va de pícaro con una chica que conoció en quién sabe dónde y comparten besos en el viejo armario de escobas.

A un lado de la entrada principal esperaba una chica de pelo negro, falda corta, ojos de águila e intenciones raras. En resumen: la novia loca (o ex novia) de Yaotome.

No entendía cómo maquinaban los engranajes dentro de su cabeza, le faltaba aceite o qué, pero no tengo nada más que asumir que algo fallaba allí dentro. Se paraba a la entrada trasera del gimnasio y observaba todo el movimiento de los jugadores, al principio nadie dijo nada pero al paso de los días a Ukai le picaba los dedos y se ponía rojo de nervios hasta el cuello.

—No es por ser malo pero no me gusta la idea de las admiradoras— dijo Ukai cuando tuvimos una reunión. Automáticamente todos giraron su cabeza hacia mí, o hacia Yaotome, ya que el chico estaba sentado a mi lado esa vez. Se estaba volviendo pegajoso.

Pero yo sabía perfectamente que esa chica no iba a por mí. Al terminar los entrenamientos me tomaba la excusa de dar vueltas alrededor del club para no perder calor hasta llegar a casa, de paso obviamente conversaba con Atsumu por teléfono porque justamente coincidía con su salida del gimnasio de máquinas (y sí, en ese entonces ya conocía parte de sus horarios). A la par que deambulaba, podía fijarme cómo Yaotome siempre se prestaba para cerrar el cuarto del club y… sorpresa. De la manito con la novia se iba a casa.

No viene por mí. Se me caía la nuez hasta al suelo cuando oía a Yaotome negar que tuviese novia o algo parecido. Y volvía a respirar normalmente cuando éste me miraba y se encogía de hombros o me enseñaba un gesto que dictaba que no debía preocuparme.

También, continué con mi ritual de esconderme al final de pasillo al lado de la máquina expendedora, frente al cuarto de escobas y telarañas. Yaotome también iba allí con su novia, guardábamos un acuerdo tácito de no abrir la boca. Un "tú nunca viste que usé el móvil y yo nunca los vi a ambos cruzar esa puerta" que pactamos fielmente.

De esa manera el primer mes de clases estaba por terminar, el rumor la ex-novia enamoradiza poco a poco fue desapareciendo (o quizá lo estaban sólo pasando de largo, igual yo iba con mis escudos listos ante cualquier desgracia) y me sentí extrañamente conforme. En cuanto a Yaotome, el chico parecía caminar más liviano a cada día que pisaba el instituto del Karasuno. Para junio estaría levitando.

Pero no todo es color de rosa. Pues, se me ha pegado la mugre a los talones.

—¡Kageyama! Buena pesca la de hoy— Tanaka posó ambas manos por mis hombros, yo me quedé repasando mi historial de actividades, que yo recordase sólo una vez en mi vida he ido de pesca, a los diez años —Te hemos pillado hablándole a la presidenta del club de coro, ella estaba meneándose el pelo, ¡significa buena señal!

¡Ora, ora! —Nishinoya le pegó un puñetazo a mi brazo que ni sentí —Desde lo de la novia de Yao no dejan de caerte pretendientes. ¡Este es nuestro muchacho!

—¡Es tu oportunidad Kageyama!

Parpadeé incrédulo.

—¿Oportunidad?

Ambos intercambiaron miradas antes de corear:

—¡Para conseguir novia!

Mi rostro dibujó una incógnita. La filosofía de Tanaka y Nishinoya, o lo que sea que estén regidos, no iba conmigo ni del derecho ni revés. No buscaba novia ni estaban en mis planes más lejanos conseguir alguna. Las chicas (y todos en general, aclaro) que hablaban conmigo eran por otros temas exclusivamente fuera de todo este delirio del amor y sus largos etcéteras. Los que sí chorreaban discusiones al nivel de revistas para adolescentes, con brillos y corazones incluidos, eran Motoya y Hoshiumi.

Motoya (11:24): AAAAAAA HOSHI, CALLA UN SEGUNDO QUE NO PUEDO PENSAR.

Hoshiumi (11:24): Oblígame.

Motoya (11:25): Te obligo.

Hoshiumi (11:25): Bueno papá.

Motoya (11:25): Gracias. Digo y recalco mil veces que a Kiyosaku le vendría bien una de esas bajitas que dan cálidos abrazos, preparan galletas y te cepillan el pelo. Pero que también se pican y saltan como la brasa. Típico cliché de wattpad.

Hoshiumi (11:26): Yo pienso, analizo, hago una encuesta, hago un análisis cuantitativo, verifico las variables, realizo una hipótesis, y digo: Qué va, merece una jugadora del vóley de su misma altura o más.

Motoya (11:26): Quien conozca a Kiyoomi desde la primaria que levante la mano. 3, 2, 1. No te veo levantar la mano Hoshi, perdiste.

Sakusa (11:26) Dejen de hablar de mí como si no leyera sus mensajes.

Motoya (11:26): AWS. ¡Lees nuestros mensajes, qué lindo! ¡Nos aprecias!

Motoya reventó la plataforma con corazones de todos los colores, Hoshiumi lo ayudó con una artillería de stickers de conejitos. Y eso cuando estaban tranquilos, había veces donde el chat grupal estallaba con cien mensajes por segundo y la aplicación se petaba, era para desesperarse. Cuando Atsumu se unía al desfile de mensajes solía suceder aquello, pero descubrí que cuando se tocaban esos temas controversiales él no metía mano al fuego y quedaba como un espectador más sin opinión que emitir.

Tobio (11:57): Es raro que hoy no te haya visto discutir con ellos dos.

Sin querer presioné un lado sensible.

EC (11:58): ¿Discutir? Perdón, pero yo no discuto. Además, no me llevo bien con la polémica.

Me sentí afligido al no recibir su llamada en lo que restó de la tarde. Había empezado a capturar esos detalles y decodificarlos lentamente, pero esa vez iba recién a medio camino.

Y si no era eso suficiente, era otro escándalo. Y otro. Se sumaban las desgracias.

—Kageyama, te buscan.

Cuando levanté la mirada de mi escritorio alcancé a ver a la novia de Yaotome observándome desde el pasillo, con ambas manos (garras, mejor dicho, sus uñas postizas resaltaban más que sus dedos) sosteniendo una botella de yogurt de durazno, irradiando una tranquilidad que no encajaba.

Al caso ahora, esta chica, iba a la clase dos del segundo año; es decir, al lado de mi salón. Los primeros días nos topábamos por rincones de la institución y nos saludábamos cordialmente, luego pasó a ella gritándome mil holas con un mote enérgico, después la pillé observándome toda psicópata esas veces que yo acompañaba a Hinata y Yamaguchi al comedor. Y al paso de los días, aprovechando que mis compañeros se han acostumbrado a su presencia en el umbral, le picó el mosco de la curiosidad y terminó sentándose frente a mi mesa al primer toque de la campanilla.

No me dio tiempo ni de parpadear.

— ¿Puedo robarte unos segundos?

En el fondo de mi bolso y al otro lado del país había alguien quien también quería robarme tiempo. Como no sabía establecer prioridades simplemente le asentí a ella, vaya error.

—Necesito preguntarte algo si no te molesta— me encogí de hombros, mientras más rápido fluya esto, mejor. Tomé mi bolso para adelantarme y guardar mi teléfono en mi bolsillo, a escondidas.

—No me molesta.

—Me da curiosidad que siempre con Yao te veamos charlar con alguien— se aseguró de susurrar, con esa tonalidad su voz era capaz de quemarme las entrañas —Le pregunté si sabía algo, según él era con…— mi mirada se clavó en su dedo índice que levantó al aire y dio unos giros mientras hablaba, por ello no noté del todo su expresión maligna (sí, maligna, no encuentro otra palabra que encaje a su cara de demonio) cuando soltó:— ¿Miya de Hyogo?

Qué. Cómo. Y por qué.

—Miya…

Síp, Atsumu Miya. Yao es capaz de reconocer su voz incluso si murmurara— me quedé perplejo, me rodeaban extraños y yo ya tenía suficiente drama en mi vida con pasar vergüenza frente al equipo por su culpa. Ahora quería meter a Atsumu en esto que… ni si quiera sé cómo llamar a esta situación, tampoco tengo ni pizca de idea por qué no corté todas las raíces antes que crezcan y me lleven a una montaña de problemas. —Y ya que hablas con él… ¿Te puedo pedir un favor?

Sus labios gruesos y pintados de un rosa pálido formaron una sonrisa leve. Tragué pesado. Favor, cuál favor.

— ¿Un favor?

—Sí, uno sólo.

No sé qué me impulsó a asentir. Mi teléfono vibró en llamada entrante, apreté mis bolsillos para que nadie lo notara.

—Tráelo aquí.

Después de ello todo fluyó más rápido que un torrente, tanto que apenas recuerdo. Me explicó que ella y Yaotome eran fans de Atsumu por redes sociales pero que nunca tuvieron la oportunidad de conocerlo en persona, cara a cara, porque sí lograron asistir a sus partidos. Hubo mucha conversación que obviamente no presté atención porque mi mente se licuó o algo por el estilo, pero quedamos en hacer que se conozcan, Atsumu, Yaotome y ella. Ni diantres cómo acepté aquello. Alguien de que pasaba por allí la llamó, apenas ella se volteó yo huí volando, Hinata se encontró conmigo en los pasillos y me invitó a darnos unos pases, casi lloró de la emoción cuando le dije que sí.

— ¿Ya te explicó Yaotome por qué vino a Karasuno?—Tiró justo el tema que menos quería oír y yo le lancé la pelota por la cabeza, era eso o gritarle mil barbaridades -¡No tienes que ponerte muy bravo, idiota!

Hinata hizo un pase largo que se desvió para arriba, me vi obligado a saltar porque o si no se estrellaría por una de las ventanas que estaba a mis espaldas, lo último que necesitaba era romper algo y terminar con mi condena. Vaya, vaya, Tobio, llamando al demonio. Pero al hacerlo algo salió disparado de mis pantalones y se hizo trizas en el suelo. Hinata se quedó viendo la tragedia con los ojos como focos, abrió la boca y la cerró y la volvió a abrir pero la voz no se soltaba. Yo tardé en darme cuenta que pasaba.

— ¿Qué tanto miras?

—K-Kageyama, tu…

Arrugué el entrecejo y me fijé hacia donde Hinata apuntaba, dejé caer el balón de mis manos. Mi teléfono estaba en el suelo con la pantalla partida y la carcasa destrozada de un lado. Lo tomé conteniendo la respiración y aunque apretase todos los botones no encendía.

Me quise morir.

Qué cosas pasan, qué cosas pasan. Al llegar a casa ese día no supe cómo demonios fui valiente en dar la cara ante mi madre para que me consiguieran un móvil nuevo. Tenía a la víctima sobre la mesa del comedor, mi madre estaba por invocar a Satanás a través de sus pupilas. Y Miwa no ayudaba.

—Seguro se puso a jugar voleibol mientras le escribía a su novia.

Novia. Pero qué tiene metida la gente en su cabeza sólo para pensar en esas cosas. Que me calcinaba por dentro.

— ¡No es cierto! Yo estaba…— casi dije que estaba jugando con Hinata, casi. Sería mi condena si supieran mi irresponsabilidad de llevar el teléfono conmigo mientras juego, suerte que hacían la vista gorda a la prohibición de elementos distractores en el colegio, todo con la famosa excusa de "el teléfono lo llevas sólo para emergencias". Claro, es para emergencias, pero el hecho de hablar con Atsumu no lo veía tan lejos del acuerdo inicial, ¿verdad? Y a la par que pensaba ello, la lengua se trabó y se salieron palabras atravesadas —Sólo escribo con Miya.

Mi madre quedó en blanco. Miwa subió las escaleras dejando un hilo de su risa maniática. Yo tardé en procesar lo que dije, y bastante, fue a la noche cuando realmente me di cuenta de mis palabras mientras repasaba la conversación en mi cabeza y me ahogaba ante mi necesidad de mantener una charla nocturna con alguien que vive a mil kilómetros de mí. Sin embargo, no podía hacer nada al respecto, lo hecho pues hecho está.

Mi padre llegó a casa muy tarde, no saludó a nadie, aproveché que estaba en la cocina para contarle que rompí mi teléfono. Me prometió uno nuevo para después de la Golden Week. No lo vi subir al piso de arriba después de cenar, asumí que volvería a dormir en el sofá.

No era el fin del mundo pero me incomodaba no tener un teléfono. ¿Cuándo me volví tan dependiente de un objeto? Lo que hace la colectividad humana, creo yo. Y al estar sin un distractor, me dediqué a limarme las uñas, a limpiar mi cuarto, a estudiar un poco, a hacer pases con el balón mientras me acostaba boca para arriba…

Me latía el corazón muy rápido. Al desconcentrarme el balón cayó por mi pecho y lo detuve allí, pude escuchar claramente los latidos rebotando por el cuero, golpeteos que viajaban hasta mi frente y caían a mis pies, y todo ese movimiento hacía que mi sangre fluyera, que mi cuerpo se alterara, que la ansiedad me asaltara. En mi cabeza se alojaban unas manecillas de reloj horriblemente ruidosas, como esas viejas que aparecen en películas antiguas de terror. Y así, pensando y no a la vez sobre el tiempo, llegó la medianoche y el sueño no daba pistas de estar apareciendo, lo último que deseaba era un insomnio que me pasara factura a la mañana siguiente.

Quise analizar mis problemas de ese día que seguramente me han llevado a ese estado inestable, por así decirlo, ya que si era algo cardíaco tendría que encender mis alarmas e ir corriendo al médico pero tampoco quería preocuparme por eso. Basta, no atraigas el mal. Problemas de salud significa menos vóley y paso, eso sí que no. Suficiente tengo con problemas que llegan sin haber avisado.

Inesperado. Así fue como pensé en Yaotome y su novia (estos focos de incendio) y qué tan especial era Atsumu para ellos, me nacía una curiosidad inmensa. Tráelo aquí. ¿Por qué de todas las personas que existen justo a mí me ocurría eso? Carecía de sentido. La única manera comprensible para que Atsumu pisase suelo sendaiés sería mediante el vóleibol y yo ni siquiera era el capitán del equipo como para organizar un partido de práctica contra Inarizaki.

Detuve mi tren de pensamientos, esa idea no sonaba tampoco tan mala. Si los de Inarizaki no pueden venir hasta Miyagi entonces nosotros podríamos ir a ellos. Un partido fuera de prefectura iría bien para un equipo de alto calibre como el Karasuno, aunque tampoco fuimos los mejores en ese momento, vencimos a Shiratorizawa una vez pero nadie sabría si esa sería la única o si otros equipos nos destronarían rápidamente, como Dateko, quienes se abrieron paso en el torneo de marzo.

En medio de esa reflexión sobre qué sería mejor para el equipo, que nació desapercibida así como nacen los yuyos en las aceras descuidadas, fue que abrí mi laptop y me puse a buscar el instituto Inarizaki por internet. Los resultados eran infinitos, las primeras páginas eran pestañas del sitio web oficial del colegio y algunos artículos hablando sobre los triunfos de sus estudiantes. Me sorprendí al saber que tienen el club más grande de "Recolección e Investigación de Rocas" en todo Kansai, ni siquiera sabía que existía un club de ese calibre. No tuve que recorrer mucho para dar con un enorme apartado sobre su club de voleibol, leyendo y buscando palabras claves que ni sé por qué buscaba, acabé en una entrevista de Miya Atsumu para la revista mensual de vóley Younger Dreams.

—Me interesa poder llegar a lo más alto, a ese punto donde nadie ni siquiera imaginó— leí en voz baja una de sus tantas respuestas —Sé que puedo tropezar muchas veces pero igual continuaré mi camino…

»Es gracioso esto. Una vez, a los siete años, corrí por una calle persiguiendo a un vendedor de helados junto con mi hermano, al cruzar la calle me caí y me raspé las rodillas. Lo recuerdo muy bien porque lo primero que vi al moverme fue la sangre brotando. Obviamente lloriqueé como un mocoso, pero no fue impedimento para levantarme, alcanzar a mi hermano y obtener mi helado. Aunque mis rodillas sangren.

Leí varias veces aquel comentario. Su voz lo dictaba en mi cabeza.

Aunque mis rodillas sangren.

Hay un esfuerzo antes de llegar a la cima, hay pérdidas, hay dolor, pero luego hay paz y satisfacción. Ya sea como ese helado que calmó al pequeño Atsumu de siete años, como aquel dulce que cura todos los males del corazón.

Recuérdalo siempre.

Sigo buscando. Esa paz.

Arrugué los dedos de mis pies, me sudaban las manos. Continué leyendo la entrevista que poco o nada hablaron sobre voleibol, aún así extrañamente me entretuve. A Miya Atsumu le encanta el atún graso, justamente lo que yo más detestaba en la vida. Más tarde me daría cuenta que hay platos en donde el atún es tolerable para mi paladar y mi estabilidad en lo respecto a lo culinario, teniendo en cuenta también que las latas son baratas. Y va sumando puntos.

La entrevista terminaba con algunas palabras del autor y unos enlaces a redes sociales, me paralicé al leer "Club de fans de Miya Atsumu". La curiosidad mató al gato dicen, pero la última vez que me vi a un espejo me fijé que no tengo rasgos felinos, entonces le pellizqué al enlace. Me llevó a una red social que deslumbrada en amarillos y rosados brillantes, la foto de perfil era la carota de Atsumu con brillitos, emoticones y un montón de corazones de miles de colores. Me sentí bastante fuera de lugar, como un cartón de leche en medio de una estantería de arroces. Arroces de colores.

Varias publicaciones eran frases y fotografías compartidas entre fans, algunas de ellas mismas con Atsumu, otras de Atsumu desde lejos en la cancha o en el instituto, y muchas eran de ellas posando frente al televisor donde transmitían partidos de voleibol. Reconocí a la novia de Yaotome en un video donde gritaba al ver un servicio de Atsumu en su computadora y luego se grababa llorando con purpurina adornando su rostro. Un millón de vistas. Pero qué demonios hacía yo viendo esas cosas.

Aún así, con un bichito en la cabeza que me acarreaba una negación hacia algo, fui revisando, explorando, con la curiosidad hecha un nudo en la garganta, un desastre total. Hallé una publicación que se titulaba: "Amores en la cancha". El video ajunto me paralizó.

Divina reproducción automática que me cambió la vida, ojalá algún día pagues por lo que has hecho.

El video duraba dieciséis segundos exactos, el escenario se me hizo reconocido. Las fotografías. Allí se podía observar claramente, sin movimientos que hicieran borrosas las imágenes, el beso que Atsumu le dio a Sakusa aquella vez en el torneo de primavera.

Me quedé fijo, sin parpadear, incluso vacilé pretendiendo que mis pulmones perdieron oxígeno o que mi corazón se estancó, por ahí. Dieciséis segundos. Huí de la publicación a la velocidad que el scrolling del ratón me lo permitía, no se me dio tiempo de repetir el video, procesar lo que he visto, indagar la razón por la cual me dejó con el pecho atrofiado como si una neumonía me azotara de la forma más desprevenida posible.

No sé qué fue exactamente lo que me sorprendió. Que fuesen Sakusa y Atsumu, que ocurrió durante el torneo, que yo no lo había pillado con las cincuenta fotografías que llenaron Hoshiumi y Motoya en el grupo. O porque ambos eran hombres.

A Miya Atsumu le van los chicos.

Tragué forzosamente, sentí el espasmo trepándome por la espalda. Vaya.

En la pantalla saltaron (y yo también salté al verlo) varios cuadros de notificaciones del correo, sin preverlo di clic para cualquier lado y cerré todas las ventanas. Me esperé unos segundos para que mi respiración se normalizara y volví a entrar a internet, a la bandeja del correo específicamente, y me encontré con el buzón al tope.

Todos los correos nuevos se titulaban con un EC. En ese momento se me vino a la mente agregarle algo más.

—Miya…— murmuré para mí, o para él, no lo sé. Pero en ese momento mi voz se aterciopeló y me dio la sensación de haber clamado su presencia, de desear tenerlo en voz o en persona. Cerca, muy cerca, porque quería palparlo, y yo no me daba cuenta de aquel anhelo naciente de mis entrañas.

Las imágenes de aquel video no se borraban de mis retinas, como si se me hubiese impregnado un halo luego de tomarme una fotografía con flash. Dudé en revisar los correos. Sin embargo, por más que me insistía a mí mismo de no hacerlo, leí el nombre de asunto de uno.

Era un simple: Espero que estés bien. Sí, simple pero que puso mi (poca) estabilidad patas para arriba.

Aquí vuelvo a pensar que a pesar de todo, a pesar de que yo estaba falto de voluntad, Atsumu se adelantaba a mí, pudo poner puentes en los barrancos que atravesaban mi camino sin que yo me diese cuenta. Pudo enviarme varios correos porque su mente corría más rápido que sus dedos y enviaba el mensaje antes de terminar. Nada fue impedimento para preguntar qué ha sido de mí, que si llegué bien a casa, que si ya he cenado, que las llamadas van directo al buzón, que a Hoshiumi y Motoya también les pasa lo mismo al llamarme, que el apático de Sakusa ni ha intentado contactarme, que han empezado a armar teorías y que Hoshiumi volvió a apostar chucherías (de esas gigantes que venden en Don Quijote porque no existe tienda más rara), que seguramente ha escrito mal mi correo y que le está enviando todo lo redactado a un extraño, que pide perdón por ello, y miles de cosas más. Y se esmeró en colocar onomatopeyas y expresiones tan largas que hasta perdían sentido, se preocupó en enviarme una foto suya bajo las luces de colores, se disculpó por escribirme muy tarde y me deseó buenas noches.

Me leí cada correo varias veces, quizás unos más que otros. Y allí estaba, era algo con lo cual no me familiarizaba, ya nunca tuve la necesidad de desvelarme conversando con alguien, excepto con él. Atsumu era la excepción, una agradable excepción.

¿Por qué?

Y era extraño, pero me encantaba. Atsumu me encantaba cada vez más y no soy capaz de controlar mis expresiones cuando recuerdo ese sentimiento brotar, crecer, resplandecer con la vista a lo alto. Cada día había algo con lo cual sumar, pensar siquiera en eso me traía una comezón rara en el pecho, ni siquiera estaba seguro si era allí o en la cabeza, en los hombros, en las piernas. En cualquier parte. O si en vez de una comezón era una cosquilla, o un escalofrío. Y se me hacía como un juego muy difícil y a la vez tan sencillo, donde sólo debo dejarme arrastrar pero impedir que me lleven lejos, cosa que no me iba, ni a mí ni a nadie.

De todas formas, he aprendido a sobrellevar lo que se me presentaba. Y si pensar siquiera en Atsumu hacía que mi corazón se volviera una bola de demolición dentro de mí, pues tendría que manejarlo.

Y aceptarlo.

Llegó otro correo, era de él. Dictaba un simple "perdón, se me fue el sueño y no creo que vuelva más" siguiendo con un resumen sobre una película que había visto la semana pasada con su hermano. Yo me reí en contra de toda mi naturaleza, o quizás esa sí era mi naturaleza transformándose y revelándose ante un mundo naciente.

Le respondí con un "para la próxima no le confiaré mis datos a Motoya". Recibí un corto "es el destino, Tobio, nuestro destino se llama Komori Motoya. Déjame hacerle un altar al chico".

Luego de ello le comenté que me he leído sus correos, le conté lo sucedido con mi móvil, él siguió la conversación tratando de convencerme que quizá eso pasó porque yo ya necesitaba un móvil más actualizado. Dimos mil vueltas, "qué tal va con el cover", "te envié un audio justo esta tarde, veré luego cómo hago para mostrártelo", "no pasa nada, sea como sea lo oiré" y tras preguntarme qué pasó con la novia de Yaotome desvié el tema comentando acerca de la tortura espartana de Ennoshita en nuestros entrenamientos, el capitán nos hacía trotar cincuenta vueltas alrededor de la manzana antes de calentar.

Atsumu dijo que era un exagerado, yo le dije que con mi estabilidad física lo haré comer polvo en la Interhigh, él aseguró que ni en mis más remotos sueños sucedería eso. Hablamos y alargamos la noche como ese primer día que no puede desaparecer de mi cabeza. Atsumu me contó que para la final de la Golden Week tendrían su partido en Tokio, le mencioné que extrañaba Tokio, él me dijo que también y mucho más…

Que me extrañaba a mí.

Mis ojos se detuvieron en esa última línea del correo y allí quedé, naufragando, sin saber qué hacer. Seguramente a la primera lo ignoré, o quizá brotó otro tema de conversación, pero continuamos escribiendo pasando de largo ese detalle. Me faltó mi parte, que nunca redacté y envié. El amanecer se asomó, dormí menos de lo quería pero a la mañana siguiente no me sentí cansado.

Sino renovado.

—Tienes una bonita sonrisa tan temprano, Kageyama. ¿Te has levantado de buen humor o has encontrado dinero en la calle? —me preguntó Yachi cuando cruzamos caminos llegando al instituto. Tsukishima venía a su lado.

—Es tan tonto que si lo ha encontrado seguro ya se le habrá caído— escupió Tsukishima con todo el veneno que una víbora puede tener. Suerte que no abrí la boca.

—No seas tan malo, Tsukki— habló Yamaguchi llegando tras nuestro al momento exacto, Tsukishima tornó los ojos en disgusto —Kageyama ha estado muy feliz en estos días, no lo abrumes mucho.

Casi me caí al pisar la entrada del colegio.

—¿Me veo muy feliz?

Tsukishima me analizó como un escáner para luego encogerse de hombros, voltearse e irse como si nunca me hubiese visto en la vida. En cambio, Yamaguchi y Yachi asintieron sincronizados. Me quedé en una nube de dudas.

A Atsumu le hice la misma pregunta y él me respondió como si estuviera hablando un idioma diferente.

"Kageyama Tobio, si tanto quieres enviarme una foto hazlo de una y no pongas tantas excusas. O mejor hagamos otra videollamada. ¿Tienes webcam?"

Qué ganas hay que tener para encontrar maneras de colmarme la paciencia. No le dije que tenía la cámara instalada en la laptop y en todos esos días que estuvimos escribiéndonos por correo yo no le quitaba un ojo de encima al ícono de llamada. En un punto me envolvió la paranoia, tomé un trozo de cinta de papel y le pegué a la lente. Hubo una vez que Miwa entró a mi habitación para dar el increíble anuncio de que el jamón estaba pasado pero lo tiraría el día que pase el recolector orgánico (y de paso robarme una sudadera) y lo vio, me dijo que ya es tarde para ponerlo y que los hackers ya tienen memorizada mi cara. Muchas gracias hermana por el dato. Lo primero que se me vino a la cabeza fue que quien sea que esté tras de esa red que me espía (porque era un crío que desconocía la calidad de la seguridad virtual y le daba ok a cualquier oferta de plan de antivirus) habrá percibido mi reacción insólita tras ver el video de Atsumu y Sakusa. Esa noche no dormí.

—¡Kageyama, ¿estás en la luna o qué?!

Comenzaba la Golden Week, una semana al cual estábamos dedicando exclusivamente a las prácticas internas a pesar de no tener un campamento como el año anterior. No quería meterme en problemas pero Hinata era quien me reclamaba, podría aceptarlo de cualquiera pero viniendo de parlante-diminuto-naranja me provocaba jaqueca.

—Quizás eres tú quien tiene la cabeza en las nubes, la colocación estuvo bien.

Y para demostrarlo armé la pelota de la misma forma que antes para uno de nuestros kouhais, obviamente que lo hice con la concentración al tope esta vez. El chiquillo lanzó estrellitas por las pupilas, Hinata me veía con ojos rojos y las orejas echando humo. Suerte que el entrenador nos dio una pausa al finalizar el set, al segundo tomé mi toalla y fui a refrescarme un rato porque traía la frente pesada y seguro que saltaba una vez más y se me reventaba.

En eso, cuando me aparté y fui afuera para lavarme la cara, Nishinoya se me pegó como adhesivo a la espalda.

—¡Kageyama! Tienes cara de no haber dormido por una semana— estas son las situaciones que me hace pensar que los mayores tienen algún sexto sentido para saber qué ocurre en la mente de sus compañeros más jóvenes, esa vez lo dejé pasar —A Shoyo les sienta mal tus pases, pero a mí me parece que vas bien, no debes de angustiarte por ello— y me dio tres palmaditas.

—No estoy angustiado.

—¡Ese es el espíritu!

Pensé que la conversación terminó allí (a pesar de existir esas pausas entre respuestas como me suelo acostumbrar con mi familia y, a la larga, con Atsumu) pero Nishinoya no se movía de su lugar. Está esperando. Asumí que quería enjuagarse la cara también ya que, aunque no estuviésemos en verano con el sol torturándonos, hacía un calor para nada agradable. Terminé de refrescarme y me sequé con la toalla que llevaba por mi cuello, Nishinoya me miró unos segundos y luego puso toda su cabeza bajo al agua, no me fui porque mis pies eran de hierro y el suelo un gigante imán.

—No sé cómo decirlo pero has estado muy… ¿Raro? ¿Feliz? ¿Raramente feliz? ¿Felizmente raro?

Oh no, tú tampoco Nishinoya, por favor. Pero como ya he confirmado: no hay quien escuche mis plegarias.

—Pero hoy estás más callado de lo normal. Si quieres decirme algo hazlo, no te avergüences. ¡Anda, anda, que se te nota en la cara! —Su voz de campanilla se inyectó en mis tímpanos y encendió una alarma en mi pecho. Nishinoya cerró el grifo, no se secó, de sus pestañas salpicaban diminutas gotas cuando parpadeaba y miraba a un lado, arriba, abajo, a mí. Me paralicé. Estaba por soltar un no para cerrar la conversación (o abrir otra, no lo sé) pero Nishinoya continuó a su manera: — ¿Sabes? Aquí fue la primera vez que hablé a solas con Asahi.

No supe a qué iba esto, Nishinoya contándome sobre Azumane, quien ya se había graduado. Me encontraba confundido, muy fuera de mí. Igual tomé aire y me dispuse a oírlo detenidamente en cuanto abrió la boca con una mueca extraña, lejos de esa emoción que acostumbraba.

—Cuando estábamos aquí él se estaba refrescando el rostro, le dije lo mismo— dijo a la par que presionaba las yemas de sus dedos entre sí, gesto que irradiaba nerviosismo y me contagiaba.

—¿Qué tenía algo que contarte? —tenté.

—¡Pues claro! Y él se puso tan rojo como una ciruela— sonrió, pero no completamente, fue desestabilizándose hasta verse flojo, tenue —¿No te pasa que a veces tienes algo dentro y quieres decirlo? Pues, esa vez Asahi me dijo que le preocupaba los rumores sobre él y le pesaba mucho los hombros.

En ese instante no podía imaginarme la angustia de cargar con un peso enorme, a pesar de no tener culpa de nada. Recuerdo la última vez que vi a Azumane, fue en un encuentro del equipo de vóley de Karasuno (la de nuestra generación), cenamos en un izakaya en pleno noviembre lluvioso. Azumane no es muy fan del contacto físico, yo tampoco, pero me abrazó cuando mi semblante enflaqueció bajo tres copas de alcohol y yo no quería que nadie me viese, me pregunten. Odiaba que me pregunten qué pasaba siendo que ya todos lo sabían.

No me olvido cómo sus ojos se achicaron y su sonrisa luchaba con mantenerse como al menos una mueca pasiva, intentando todo lo posible para mostrarse firme cuando yo no podía serlo. Creo que era lógico lo que Nishinoya me dijo entonces:

—Hay veces que lo extraño mucho, Kageyama, y aunque estoy feliz pongo esa cara angustiada como tú traes ahora.

Automáticamente me llevé la mano a la boca, Nishinoya abrió los ojos como platos y empezó a agitar las manos hacia mi pecho, porque no me alcanzaba al rostro.

—¡Bueno, no te pongas así! Lo que quiero decir es que… No sé. Mira, seguramente estás así de pensativo por lo de la novia de Yaotome ¿verdad?

—No… exactamente— balbuceé. Se me fundía el cerebro por partes. —Ella no me gusta.

—¿En serio? —Daba la impresión que algo hizo corto circuito en su cabeza, me sorprendía que eso le sorprendiese, valga la redundancia.

—Es en serio…— las puntas de mis orejas se calentaron, me rasqué el antebrazo para distraerme mientras buscaba la palabra adecuada, que obviamente se esfumó y nunca pude encontrarla —Es ella, no sé cómo explicarlo.

Es un demonio. Quise decir. Me asaltó en clase y tiene garras de veinte centímetros, no me atrae pero me incomoda, no sé si decir que es la novia de nuestro recién llegado kouhai porque no sé qué es el romance o en qué punto las personas llegamos a sentir ese algo que puede ser mucho o poco o un intermedio que desconozco. Porque no hay normativas que me digan quién, cuándo y cómo alguien me debe gustar. Y ahora sí me sale escribir este refrán sin detenerme a repasar porque pude recorrer ese momento con todos mis sentidos. Pero en ese entonces, me callé y Nishinoya interpretó el mensaje entrecortado, que al final no puedo decir si era el correcto o no.

—Mira Kageyama, no te hagas tormentas con cosas tan chiquititas. Lo entiendo, te lo juro— me puso la mano en el hombro y se me cayó el corazón a los pies —Si no te gusta ella pues no pasa nada, está súper. No a todos nos gustan las mujeres.

Me sobresalté. Qué. Las palabras se hicieron un nudo junto con mi lengua, mi sangre se heló e hirvió a la vez. Nishinoya recargó su botellín con agua, no me estaba dirigiendo la mirada. Sin decirlo ambos coincidimos en lo mucho que resaltaron las últimas palabras.

—Quizás…— se me escapó entre el bochorno. No me fijé en la cara que puso Nishinoya, pero sé con certeza que algo cambió dentro de él.

—No es por ser metiche pero— dejó las palabras en el aire, no continuó hasta que me di valor para mirarlo a la cara. Él me sonrió —Extrañas a alguien también ¿no?

¿Lo hago?

Las fotografías, fueron ese día del torneo, no me fijé las heridas que tenía justo enfrente; el video, el beso. No puedes hablar de ello. Una tormenta se formaba en mi cabeza, arrasaba con todo, mis ideas volaban por todos lados y me hacía quedar en blanco. Destruido. Nishinoya de alguna manera abrió su corazón ante mí, quien sabrá por qué, pero lo hizo. No sé si esperaba algo a cambio, que yo dijera alguna cosa al respecto para que no se sintiera tan solo. No me salió la voz cuando lo intenté.

Sin embargo ahora, a diferencia de muchos, siento que encuentro algo de consuelo contando mis relatos. Repitiendo que lo extraño. Y siento que si no lo digo, si me desconcentro, me abrumará una tristeza del cual nunca podré escapar.

No ocultes tus manos, tus heridas, muéstrate, exprésate. Las palabras de Sugawara retumban en mi interior, las palabras de Atsumu también.

Seguramente Nishinoya pensaba igual que mi yo actual, en ese momento se dio cuenta de sus sentimientos por Azumane, se hizo del ciego por mucho tiempo y cuando los ramajes en su interior florecieron ya no los pudo esconder. Y tras contarme brevemente lo que sucedía, noté que era mejor aprender a vivir con esos ramajes en vez de ocultarlos.

—No lo sabía— concluí.

—Hasta ahora yo tampoco— si no lo dijera tan alto no creería que estuviera hablando conmigo. El entrenador nos llamó para regresar a las prácticas, sentí que un aire nuevo nos rodeaba —Gracias, Kageyama.

—¿Por qué?

Me adelantó el paso, lo seguí. Volteó hacia mí y dirigió la mirada hacia el cielo azul que siempre está allí.

Y nadie percibe.

Nadie.

Hasta que se atreven y levantan la cabeza, dejan de tener miedo, dejan de observar lo que tienen alrededor de ellos para apreciar que lo que aman no está tan lejos.

Qué cosas pasan.

—No sé, de alguna forma hablar contigo me hizo darme cuenta de mucho— y estalló en una carcajada muy digna de él.

Nishinoya, sí extraño a alguien, lo sigo haciendo. Perdón por no habértelo dicho, pero tampoco creo que fueses a ayudarme a solucionar mis problemas, porque yo no solucioné lo que había en tu interior. Sin embargo, te sentías mejor. Y no sé si algún día publicaré esta parte en mis escritos, o si tú lo leerás, si Azumane lo leerá. Pero aquí está, lo relato porque siento que me relaja el corazón, porque siento que ese detalle me ha abierto las puertas hacia un lugar que nunca había visto ni imaginado.

Cuando terminaron las prácticas de ese día, los entrenadores y el capitán informaron los partidos que tendríamos durante la semana, dos de ellos fuera de prefectura. Prácticamente Fukushima es la prefectura vecina, pero el viaje hasta el punto medio entre los dos institutos que nos invitaron era más de dos horas sin contar paradas improvisadas por si a alguien (Hinata) vomitase o alguien (Tanaka) quisiera bajarse cada cinco minutos a orinar porque su única forma de calmar los nervios es con líquidos. Y si hacía bien mis cálculos, coincidía con el viaje del equipo de Inarizaki a Tokio. No sumaba ni restaba nada pero…

Pero.

Atsumu y yo estaríamos más cerca.

No sé por qué se me instaló aquello en la cabeza durante los días que faltaban antes del viaje. Cerca, claro, pero no podríamos vernos, ni siquiera a través de una pantalla porque yo no me atrevía a despegar aquel trozo de cinta que tapaba la lente y dejaba a luz mi enorme timidez que jamás creí que llegaría a tener.

Mi padre no me consiguió el teléfono, no le quise apurar porque tenía escrito la palabra estrés en la frente. La mañana antes de viajar a Fukushima lo vi cruzar la puerta de casa sin despedirse y luego no lo vi más. Mamá no dijo nada mientras preparábamos juntos el desayuno, aún así noté las lágrimas secas marcando de las mejillas hasta la mandíbula. No quise preguntar.

Antes de salir de casa revisé una última vez mi laptop, a pesar de repetirme mil veces no hacerlo, y le mandé un correo a Atsumu preguntándole si estaba en Tokio aún, para asegurar. Rápidamente me contestó diciendo que sí, me confirmó que justo estaban dirigiéndose a uno de los gimnasios porque consiguieron rellenar la agenda con más partidos de práctica. El pulso se me subió a las nubes. Por curiosidad, y porque no podré comunicarme con él en todo este tiempo que estaré fuera de casa, pregunté contra quién jugarían el domingo.

Cuando me llegó su respuesta me congelé. No abrí el correo, cerré la laptop, me alisté y fui a Karasuno.

Las fotografías, el video. No salían de mi mente.

A Atsumu le van los hombres. A Atsumu le gusta Sakusa Kiyoomi.

No entiendo las reglas, qué es este sentir, cómo se produce, cuándo se produce, para quién. Yaotome asume no tener novia, pero igual ambos se ocultan para que nadie los vea besarse, se niegan entre sí en el exterior. Atsumu besó a Sakusa frente a todos, también intentó ocultarlo, negarlo.

Atsumu quiso que yo opine sobre las fotografías, quiso que viera sus heridas, sus raspones, y yo nunca le dije nada.

I feel so broken up (so broken up)

Pero… Atsumu me dijo de pronto que me extrañaba.

And I give up (I give up)

Me cargaba la duda como soga al cuello. Sin reglas, sin normas, me pierdo en la deriva.

Quería escribirle a Atsumu. Quería decirle que también tenemos práctica en Fukushima, que nunca visité ese lugar, quería preguntarle si él ya lo había hecho, y si no, en algún futuro, lo haríamos juntos. Quería decirle que vi las fotografías, el video, que me cuente qué sucedió, que nuestra confianza creciera. Que me muestre el cover, que me hable de sus bandas favoritas, de sus amigos y su hermano, de sus gustos. Quería contarle que Nishinoya extraña a Asahi, que Yaotome y su no-novia me abruman.

Y como soy muy corto de mente, quería preguntarle qué es ese sentir. Qué se siente amar.

Háblame, Atsumu, hasta que tu voz me calme el alma.

Pero nunca redacté el "yo también te extraño", tampoco le conté que estaríamos a menos kilómetros de distancia de lo que anhelamos, y aunque no nos podamos ver podríamos sentir de alguna manera esa cercanía.

Rumbo a Fukushima evité contacto con mis compañeros, Hinata se quedó a mi lado pero no hizo pregunta alguna, Nishinoya fue el único que notó mi aura desestabilizada, me dio un apretón en el hombro antes de encontrar su asiento. Perdón Nishinoya, me agobié con las imágenes formaban tormentas en mi cabeza, no eran chiquititas como decías, me agotaban.

Hasta lo más profundo.

Acabé durmiendo en todo el trayecto, pues mis energías se habían drenado al saber que el partido que tanto ansiaba Atsumu era contra Itachiyama.


N.A.: Voy metiendo más parejas che, ya veremos por qué lo hago jajan't. Por cierto, vayan juntando los trocitos en inglés. Ah, también hice un dibujo de Yaotome con su no-novia loca, está en mi perfil de twitter AnilecRose_, corran antes que ella les acose también.

Les tqm, nos leemos pronto babus!


Respuesta para el rw de nothing: ¡Hola babu! Lloro mil mares porque fuiste el primer review para el fic (y único lol, por ahora). Me emocioné cuando me dijiste que no salgo del personaje, es que me toma un esfuerzo colosal, ay Tobio, mi lindo Tobio con cara de querer apuñalar gente. Y lo de Atsumu, no es algo que quise ocultar y creo que lo dejé un poco claro al principio... creo... En fin, habrán detalles sobre lo que sucedió, sólo hay que ir juntando las piezas muajaja.

Estoy muy feliz porque te gusta el atsukage aaaaaAAAA. Bienvenida al infierno, zona VIP con malteadas de chocolate, población: 2. Te mando un abrazo, ¡nos leemos pronto!