N.A.: Qué descarado de mi parte regresar luego de tropecientos meses solamente para cultivar... bueno, cultivar la emoción que sea que sentirán luego de esto. No merezco que me lean el capítulo, digo- Bueno sí, léanlo porque este fic es lo único que me queda en la vida.

Biennnn, espero que hayan pasado unos lindos meses porque vengo con todo con el atsukage. ¡Así que disfruten!


Disclaimer: Haikyuu y sus personajes no me pertenecen, pero Furudate me deja usarlos para llorar.


Capítulo VI: Canta.

La vida sigue. Es lo que me repito, es mi mantra. Una y otra vez.

Hasta que me lo creo, por unos segundos al menos. Unos segundos de tranquilidad.

Sigue y sigue. Lastimosamente sigue.

En pleno septiembre, a puertas de otoño, regresé a Miyagi y pasé tiempo en mi antigua casa. No me imaginé jamás que volver con mamá hubiese sido reconfortante, la encontré tranquila y cómoda en su soledad, agradezco heredar ese lado de su pasividad. También visité la casa de papá en Ishinomaki, fue la primera vez que pisé una baldosa en su hogar. Antes me recibía en el jardín pero mucho antes yo ni siquiera me bajaba del auto de Miwa a saludar, él solía llamarme a través del cristal de la ventanilla, yo sólo fingía que no lo veía.

A penas ayer regresé a Sendai y tomé el tren hasta Tokio. Miwa me ayudó a tirar todo lo que entraba en mis maletas, también se subió encima de ellas para que yo pudiera cerrarlas. La laptop la llevé en el regazo para transcribir y corregir mis escritos en esas otras cuatro horas en tren hasta Osaka. Me buscaron de la estación en auto, extrañé bastante el viejo nissan con las pinzas pintadas de rojo (naranja realmente, son naranja), con el ronroneo del escape que puedo reconocer a un kilómetro. Al conductor le miré bien el tabique por si no tenía una minúscula mancha blanca, él notó mi gesto de reojo diciéndome que hasta ahora sigue costándole mirarse a un espejo; pero lo dijo de una manera relajada, casual. No pasa nada, no hay por qué hacer nada.

Sólo hay que continuar.

Viajar despierto en tren es una de las pocas cosas que me drenan por completo las energías, por ello (o quizá costumbre, pues el observar por la ventanilla se transformó en una de mis pesadillas) me dormí en el trayecto en auto hasta cinco minutos antes de llegar a Kawanishi. Me recibieron en una calurosa bienvenida con unas alitas de pollo al horno y la mítica copa de vino dulce porque no puedes quedarte tres segundos en esa casa sin haber bebido alcohol. Mamá Miya era quien establecía esa regla y había que cumplirla.

No puedo negar lo mucho que necesitaba esa esencia familiar dentro de mi vida.

—No dejes que Ichiro vaya por allí, lo sueltas un momentito y vuela.

Esta mañana me obligaron a despertarme temprano y tomar nuevamente un viaje en carro, aunque sólo tomó quince minutos. A lo que voy, no quise hacerle tanto caso a Suna, no porque aún tuviese sueño, sino porque mi concentración está únicamente en mis brazos que funcionan como una especie de columpio.

—No lo hagas, Tobio— me lo repite. Ni caso, lo suelto y éste sale corriendo el otro lado del salón, es Osamu quien lo para cargándolo con un solo brazo mientras que con el otro sigue sosteniendo una caja que tiene pinta de destartalarse si no fuese por una tira débil de cinta adhesiva. Ginjima silba impresionado al ver el espectáculo y Suna agrega un: —Te lo dije.

Quedamos en limpiar la casa de Osamu y Suna en Kawanishi, a fin de este mes tenían pensado mudarse a Kobe para poder ampliar el negocio. Como la casa es muy antigua (y es literalmente la mitad de la abuela de Suna, abres una puerta y te transporta a otra dimensión de casas), es difícil de mantener, la madera del techo debería renovarse pronto y no pueden estar viviendo allí mientras se hacen las reparaciones.

Justo ahora toca sacar las cajas del depósito, en un punto Osamu casi se desmaya de risa cuando a Ginjima se le cae encima una araña y Suna no desaprovecha la oportunidad para decorar su galería de videos con ese escenario digno de compilación de memes. Mientras que yo observo todo desde la perspectiva del suelo porque alguien no me deja levantarme, mi misión se centra en actuar como una montaña, o algo así. Siento sobre mi cabeza una torre de juguetes difícilmente equilibrados, me da miedo incluso de respirar, y al final termino también siendo foco de atención para Suna y su obsesión con las fotografías.

—Deberías ser rostro para Discovery Kids— me dice Ginjima agachándose a mi lado y picando con el dedo un cubo de madera a dos pisos de mi oreja. Un flash a mi costado me deja ciego, le sigue un bajito ups.

—Eso dentro de poco ya ni va a existir— Osamu resurge nuevamente del depósito con una caja enorme que al dejarla en el suelo provoca una onda expansiva de polvo, suerte que al taparme la nariz no llegué a echar ningún juguete —Increíble la paciencia.

—¿La mía o la de Ichiro? —tiento.

—La mía por continuar limpiando mientras estos dos haraganes están con el móvil o analizando el entretenimiento infantil televisivo.

Sin más, Osamu abre la caja para revisar si hay algo que tirar, Suna y Ginjima se acercan como moscas curiosas al notar lo llena que estaba. Suna empieza a quejarse porque Osamu no quiere tirar unos guantes de cocina que no están en tan mal estado, ya que según éste un poco de suciedad y bordes descosidos no son comparación con esa camiseta que tiene más agujeros que un colador, y luego Suna reprende "los agujeros son el decorado, tú qué vas a saber de mi estilo", en eso Osamu toma los guantes para llevarlos consigo a un lugar seguro "Te conozco desde los catorce, Sunarin". Y mientras tanto, Ginjima da un saltito no muy digno de una persona de veinte y tantos años y que pasa el metro ochenta, a la par que grita. Todos nos paralizamos. Rezo para que no fuese otra araña.

—¡Es el primer álbum de la banda de mi hermano! —exclama sosteniendo la caja del disco, lo voltea para leer la lista de canciones y es allí donde reconozco el viejo logo de Mikan Kakoteru —Esta copia te la regalamos Suna. ¡Mira en el estado que la tienes!

—Joder qué recuerdos— cuando se le ocurre Suna era capaz de ignorar a niveles olímpicos, con un gesto le pide prestado el álbum a Ginjima para quitarle unas cuantas fotos —Este álbum lo sacaron justo cuando nosotros formamos a Jädka. ¿Pero qué estábamos pensando queriendo copiar a la banda de tu hermano? Cinco covers y un original a medio terminar, tuvimos suerte de que no hayamos acabado siendo drogadictos.

—Gin probó la fuerte— balbucea Osamu.

—¡Fue una vez! Además estaba bajo control con mi hermano.

—Tu hermano y bajo control no concuerdan en la misma oración—continua Osamu ganándose un bufido por parte de Gin.

—Dios, no hablen así, ¿no ven que hay niños cerca?— y de entre todos los presentes Suna me apunta a mí, en respuesta arrugo la nariz —¿Si escuchamos esta cosa mientras limpiamos?

—Suerte que tenemos la compu vieja— Osamu se encoge de hombros pero la mirada que dirige a Suna dicta un claro "pero te toca a ti limpiarlo y encenderlo" escrito en sus pupilas. A veces pienso que aquel no tan lejano mito de la telepatía acabó afectándonos a Suna y a mí.

—Vale, hay que probar.

Al final todos vamos a la sala de estudio para limpiar y encender la antigua computadora. Suna se parte de risa al ver que el fondo de pantalla es una foto de los gemelos cuando eran niños y estaban comiendo helado frente a la fachada de la casa. En mis brazos Ichiro quiere tocar el monitor, se me arruga el corazón al comparar su mirada inocente con aquellas en la fotografía repleta de accesos directos a los lados. De pronto, noto que Osamu me observa, no pronuncia palabra alguna y sólo se dedica a colocar el disco en el reproductor de la computadora.

Y sin esperar más, nos vimos envueltos en esa época donde la vida aún no se había quebrado.

No puedo evitar pensar en aquella vez que Atsumu me dijo que se compró un bajo y que quería formar una banda con sus compañeros de equipo, y todos pensamos que era una locura. Y sí, lo fue, pero no quita el hecho de que también fue un sueño, una meta. Una más de tantas que siempre quiso lograr a pesar de sus tropiezos.

Era verano en mi segundo año de preparatoria. Después de pasar varios días sin comunicarnos, Atsumu y yo regresamos a esa rutina del cual ya no podíamos abandonar.

Como lo había prometido, Atsumu me envió un audio con el cover que había ensayado con la banda, me sorprendí bastante al oírlos, me explicó que decidieron al final que el vocalista sería Suna ya que Osamu no llegaba a tonos altos y él echaba a perder su voz a cada tanto entre resfrío y resfrío, no podían comprometerse con ello. También fue mandándome videos de sus ensayos, habían conseguido ahorrar algo de dinero para alquilar un estudio de música, suerte que el lugar incluía un equipo completo de batería.

La abuela de Suna es repostera, como tengo licencia podemos ir tranquilamente a repartir los pedidos en auto. Recibimos una buena paga por ello.

Me tomé unos segundos en procesarlo.

—¿Licencia?

Oh sí, tengo una licencia de conducir para menores de edad. Lo saqué al cumplir dieciséis, supuestamente Samu y yo la sacaríamos juntos pero él es flojo y dijo que lo haría cuando tenga dieciocho. La verdad no le veo conduciendo. Hay cosas que le hacen perder la paciencia, el tráfico y los malos motociclistas que se meten por la izquierda justo cuando uno dobla la esquina son algunas de ellas.

De lo que uno se va enterando.

A la par de todo, mis preocupaciones fueron dispersándose al paso de los días, aunque había sólo un tema (que ahora ya no me vale estar diciéndolo una y otra vez) que intente disipar y no pude, y cada vez que pensaba en ello me paralizaba. Sin embargo, lograba controlarme distrayéndome en las prácticas y saliendo a tomar unos helados con mis compañeros del club. Uno de esos días quedamos a comer paletas heladas frente al Sakanoshita con Yaotome, Nishinoya y Hinata, por el cumpleaños de éste último.

—¡Las paletas de soda son deliciosas como lo dijiste, Noya-senpai! —a Yaotome le brotaban estrellitas por los ojos, era un consentido, últimamente se había ganado el completo carisma de todos sus compañeros, incluyendo Tsukishima. Ese cuatro ojos le absolvió de todos sus pecados cuando a Yao le picó la avispa confitera y llegó a la sala del club con un pastel de crema de fresa que él mismo preparó para compartir con el equipo. Jodido estratega. —Creo que encontré la paz finalmente— añadió con más inocencia que un perro recién nacido, un perro muy pequeño y amarillo.

—¡Puedo sentir las burbujas de soda en mi boca! —canturreó Hinata siguiéndole el juego, traía la lengua azul.

—¡Verdad, verdad! —exclamó Nishinoya con el orgullo a rebosar —Kageyama, fuiste el único tonto que pidió de crema y no de soda— me apuntó con el palito como su fuese un micrófono —¿Tiene algo que decir en su defensa?

Abrí la boca para responder y me vi interrumpido por la vibración de mi celular, se trataba de mi hermana, me envió fotos de los yukatas que había conseguido y que cuando regresase a casa me decidiera por cuál llevar. No me fijé en qué momento todos se colocaron detrás de mí para verlo.

—No sabía que te gustaban los yukatas— cuando Hinata me dijo eso sentí un rayo atravesando mi médula —¿Irás a un festival? ¿Del pueblo o en Sendai?

—Tokio— modulé apenas. Nishinoya dio un brinco.

—¡Oh, yo también iré a Tokio! —clamó abriendo el envoltorio de una segunda paleta, se lamió los dedos para quitarse el azúcar que se había derretido —Pensaba quedarme luego del entrenamiento en Saitama e ir a Komae, donde está Asahi. Tengo todo coordinado y ya avisé a Ukai. A mi abuelo le va bien que no me quede por unos días en casa pero no daré detalles.

—¿Detalles? —dijimos con Hinata a la par.

—Quiero cuidarles la salud mental.

—¿Y no te dijeron nada? —preguntó Hinata. Yaotome temblaba de emoción a su lado.

—¡Por supuesto que no! De todas formas si lo hacían ni caso, me haría el sordo e iría— qué buen ejemplo de senpai frente a tus kouhais, Nishinoya —Por cierto, ¿con quién te encontrarás en Tokio?

Medité por unos segundos e intenté ocultar mi sonrisa.

—Con algunos que conocí en el campamento de la All Japan.

—¡Oh, con los de la élite! —Exclamó Yaotome saltando entre nosotros. No vi venir la tormenta —¡Quiero ir también!

—¡Y-Yo también! —dijo Hinata levantando un brazo como si estuviera pidiendo permiso para hablar. Yo negué mirando a Nishinoya.

—Vale— dijo él —Vengan también ambos.

Me quedé en blanco, Yaotome y Hinata celebraron. Nishinoya invitó otra ronda de helados.

Esta decisión nos obligó a encarar al profesor Takeda para solicitar un permiso extendido para nuestra estadía en Tokio, a él no le pareció de buena gana tener que hacer permisos especiales para nosotros (suficiente tenían con el espécimen de rompe-reglas que es Nishinoya) ni quería cargar a la institución por no regresar con todos los jugadores que habrán llevado a Tokio. Además agregó lo de los exámenes finales, nos convertimos en cal.

—Es un riesgo sabiendo que todos ustedes son menores de edad, Tokio no es como Miyagi y lo saben.

—¡Pero Nishinoya-senpai…! —empezó Yaotome y se vio interrumpido por la expresión seria del profesor.

—Él tiene el consentimiento de sus mayores— asignó. Todos cruzamos miradas a la vez antes de dirigirnos al profesor. Él nos miró, nosotros seguimos mirándolo, él negó, nosotros insistimos en seguir mirando, y él suspiró derrotado —Está bien…

Con insistencia, Takeda habló con nuestros padres (al menos en mi caso habló con Miwa y agradezco a todo lo que existe por eso) y al final conseguimos el permiso para quedarnos en Tokio tres días después del entrenamiento de fin de semana en Saitama. Pero obvio, tendríamos que aprobar los exámenes.

Los exámenes. Maldición.

Pero mientras tanto, Nishinoya se encargó de hacer planes con Azumane para poder darnos hospedaje en su departamento en esos días.

—¿Hospedarnos? Yo me quedaré en lo de Motoya.

—Y yo ya tengo un lugar también— dijo Hinata.

—Yo quizá sí necesite quedarme con ustedes, Nishinoya-senpai— aseguró Yaotome. Estábamos los cuatro en una tienda de yukatas, alquilaríamos para Hinata y Nishinoya, Yaotome y yo ya teníamos los nuestros —Ah, ese se te ve bien Hinata.

Hinata dio unos cuantos giros en su yukata rojo con soles amarillos, Nishinoya terminó su llamada con Azumane y se probó el último yukata que tenía en su lista. Yo iba revisando las fotos que le había quitado para hacer las comparaciones luego, entre todos coincidimos que le quedaría bien el verde oscuro con detalles de aves.

Avanzábamos por partes sin apresurarnos, pues en julio tuvimos los exámenes finales. No creí que pasaría todas las materias con un promedio no tan bueno pero al menos mejor que el año pasado, Yaotome pasó casi igual como yo, Nishinoya y Hinata se salvaron raspando. Ennoshita debería ganarse el título del mejor senpai por darse el tiempo de guiarnos en ciertos temas de estudio y prestarnos sus libros del año pasado, como agradecimiento Yaotome le preparó piñas marinas ahumadas. Se veía delicioso pero cuando el capitán nos contó cómo se prepara el sashimi de piña de mar casi se me salió el estómago por la boca.

En lo que fue el resto de la semana la pasamos organizando nuestros horarios de acuerdo a las distancias de donde residiríamos, nos daría tiempo de recorrer en grupos y separados, me sorprendí ante el esfuerzo que puso Nishinoya en informarse en qué sitios hay paradas de buses que coordinan entre los tres puntos en que nos dividiríamos. Estuve solo en la sala del club de voleibol cuando me animé a contarle a Atsumu sobre ello, lo pillé en medio de un entrenamiento extra.

Debes importarme demasiado… para que te conteste justo ahora— se lo oía terriblemente cansado, escuché otras tres voces de fondo. —Así que espero que tengas… una buena razón para interrumpir… un concurso de servicios contra Suna…— le costaba respirar —Mierda, creo que Gin perdió un pulmón.

—Iré a Tokio con unos compañeros— anuncié sin más, sin emoción pero tampoco sin nada complicado para descifrar —No importa si van al matsuri, ¿verdad?

No sé por qué se lo preguntaba.

—¿Te quedarás con ellos?

—No. Dormiré en lo de Motoya.

—¡Bien!— le chilló la voz, carraspeó y continuó un poco más calmado —Bien… digo, bien porque te quedarás con nosotros, no porque no te quedarás con ellos. ¿Entiendes?

—Entiendo.

Me lo imaginé sonriendo de esa manera tan suya, con las mejillas hinchadas y las cejas para arriba.

Me gustaría conocerlos, si es que quieres— se notaba un flojo ruego en su tono, solté un corto sí luego de asentir, rió exhalando —Bien, bueno… ah no sé, yo… ¿Te encuentras bien, Tobio?— le tembló la última sílaba, tarareé una afirmación suave que lo tranquilizó —Me pone feliz que lo estés... Diablos, Samu y Suna me están haciendo muecas, iré a partirles el trasero.

—Está bien, hasta luego.

Nos vemos, Tobio.

Cortó la llamada y yo mantuve el teléfono en su lugar por un rato, congelé el tiempo a mi manera, en mi silencio. Su despedida me costó asimilar.

En serio nos veríamos después de tanto. Vernos en persona.

En el ahora, cierro los ojos anhelando envolverme con ese sentir una vez más.

Y fue así que los días pasaron tranquilamente, dando la bienvenida a las vacaciones.

Motoya (11:51): Hoshiumi Kourai González Giménez, ¿se puede saber en qué parte del continente te metiste? Hace una hora te estamos esperando en la estación con Kiyosaku y no hay ni un lugar fresco, me voy a tirar al suelo, o mejor, a los rieles.

EC (11:52): ¿González Giménez?

Motoya (11:53): En Latinoamérica las personas tienen dos apellidos y más de un nombre, quise regañarlo agregándole más apellidos para que suene más amenazante.

EC (11:53): No entiendo tu lógica. ¡Deja de consumir tantas novelas mexicanas, Cejitas!

Motoya (11:54): ¡Oblígame Mauricio Antonio!

Sakusa (11:54): Me voy a incendiar, un minuto más y me voy a casa.

Hoshiumi (11:54): HEY, NO SE VALE. El regaño no funciona si tengo tres apellidos.

Motoya (11:54): Conté "Hoshiumi" como nombre, no como apellido.

Sakusa (11:55): Me voy a casa.

Hoshiumi (11:55): ESPEREN. ¿Dijeron que me esperarían en la estación de buses o de tren?

Motoya (11:55): De tren.

Hoshiumi (11:55): Ah… ups.

Sakusa (11:56): Komotoyis, nos vemos en casa.

Era julio, casi por terminar. Esos fueron los mensajes que leí al mediodía del sábado cuando paramos el entrenamiento para almorzar, esa mañana llegamos a Saitama, perdimos en nuestro set contra Fukurodani pero ganamos el siguiente que fue contra Ubugawa. Yaotome se sentó a mi lado al ver la silla libre, con un gesto me indicó que me acercara a él.

—Kagura acaba de avisarme que está por Tokio, en la casa de sus tíos— susurró de igual manera que lo haría una persona que está describiendo una mancha que vio casualmente en el suelo, le dediqué una mirada confusa.

—¿Quién?

—La que yo…— pensó unos segundos en sus palabras —La que te pidió ver a Atsumu— su serenidad me dio escalofríos, tragué pesado. Recordé sus maliciosas palabras hechas de humo y veneno, pero también mantuve en mi mente la idea de que ella ya no molestaría con sus "tráelo aquí" y, que en vez de eso, la tendríamos meneando pompones en nuestros partidos (en las playoffs la vimos haciendo escándalo en las graderías cuando perdimos, me perturbaba). Yaotome sin enterarse de mi colapso mental, continuó: —Iba a quedar en visitarla pero sin querer queriendo la invité al matsuri.

Que hiciste QUÉ.

—Es tu novia, es normal que vayan a citas— era lógico, cierto, no había nada malo en ello. Nada malo como para que me vengan a decirlo en susurros.

—No somos novios— se apresuró a decir —Debería haberles consultado primero pero lo hecho pues hecho está, aunque yo quería pasar tiempo con ustedes y conocer a tus amigos de la élite y al tal Asahi de Nishinoya.

—¡¿Oí por allí el nombre de nuestro antiguo ace?! —llegó Nishinoya como un rayo, se detuvo haciendo rechinar sus zapatos y tambaleó el contenido de su bandeja sin echar ni una miga. Se sentó al otro lado de nuestro kouhai —¿Por qué la cara tan larga, Yaoyao? Cuéntale a tu querido senpai tus desgracias.

Continué mi almuerzo sin escuchar demasiado la conversación entre los líberos, mi atención estaba enfocada en masticar tofu y continuar leyendo los mensajes del grupo. Hoshiumi ya se encontró con Sakusa y Motoya, enviaron una foto donde sólo dos de tres sonreían; Atsumu anunció que ya pasó la estación de Nagoya. Recibí un mensaje privado de Motoya, eran las indicaciones de cómo llegar al punto de encuentro para que después me llevase a su casa en taxi. Y mientras yo examinaba una vez más el mapa más enredado que las hebras de un nido, Atsumu me envió una foto de la portada de un manga que estaba leyendo.

Tobio (12:47): Ah, ese lo conozco.

EC (12:47): ¡No puede ser, me sorprendiste una vez más! ¡¿Cómo demonios lo haces?!

No podía asegurar si mis latidos ascendían o decrecían. Me fijé si todos alrededor mío estaban distraídos antes de devolverme al mensaje.

Tobio (12:47): No lo hago de forma intencional.

EC (12:47): Lo sé, lo sé. Lo que no sabía era que te gustaban los mangas shoujo o el manga en general.

Tobio (12:48): No leo mucho manga pero este es entretenido y todo el mundo lo leyó.

Bueno, después de todo lo leí por presión social (alias Yamaguchi).

EC (12:48): Te aseguro que sí, Samu y Suna me lo recomendaron. Lo leí casi todo pero compré el último tomo justamente para tener algo de emoción, viajar en tren es aburrido.

Perdí la oportunidad de preguntarle si sabía el significado de la luna porque en ese instante nos llamaba el capitán, escribí la mitad del mensaje, lo borré y lo olvidé. No toqué mi teléfono hasta la mañana siguiente, saludé a Atsumu y nos prometimos no hablarnos para guardar la emoción hasta que nos veamos, palabras suyas. No sé cómo es que se le ocurrían esas cosas que al verlas por primera vez son absurdas, a la segunda cobran sentido y a la tercera es uno mismo quien se siente absurdo por no notarlas al principio.

El bus de Karasuno se puso en marcha el domingo a la entrada del sol, Takeda fue muy amable en dejarnos en una estación de buses. Nishinoya tenía el GPS activado en su teléfono y analizaba el mapa como todo un experto, mientras tanto, Yaotome leía uno de los avisos sobre el horario de buses. Hinata se quedó en Saitama porque regresaría en el bus de Nekoma y de allí quedaría en lo del armador, justo recibí un mensaje suyo diciendo que había llegado a la institución, una fotografía le adjuntaba.

En la foto distinguí el detalle de que intercambiaron chaquetas, la expresión del chico al lado de Hinata se veía más relajada de lo que se solía observar en los partidos. En ese momento lo negaría hasta que no me diesen las palabras, pero ahora no me nace negar el cosquilleo agradable que brotó en mí.

—Mira Yaoyao, es este el que nos llevará, no es hasta Komae pero Asahi nos pasará a buscar— Nishinoya apuntó al cartel luminoso, indicaba que el siguiente bus pasaría dentro de tres minutos. Justo abajo estaba el que me dijo Motoya, llegaba en once —Kageyama, ¿tienes todo contigo? ¿Cepillo de dientes? ¿Desodorante? ¿Calzoncillos limpios?

No se alejó ni medio milímetro cuando me giré bruscamente hacia su dirección. De todos modos revisé nuevamente mis maletas, tenía bastante ropa limpia.

Acordamos entre los tres encontrarnos al día siguiente frente al templo de Asakusa, luego pasaríamos a almorzar en el restaurante donde trabajaba Azumane en aquel entonces. Tomé nota mental de tratar de invitar a Atsumu y al resto, no podía borrar esas palabras de Atsumu en nuestra llamada.

Me gustaría conocerlos.

Espero que nunca se me borren.

Me despedí de Nishinoya y Yaotome cuando abordaron el bus, pronto me subí al que me llevaría hasta Kiyose, el punto donde Motoya me buscaría para luego ir a su hogar en Mizuho. Me divertí mandando fotos de cada parada al grupo, Motoya designó aquello como la galería de la cuenta regresiva de nuestro encuentro, Hoshiumi cambió el nombre del grupo a "La reunión de los Simpáticos" y el icono pasó a ser a unos patos en fila dentro de una laguna y con las mismas pelucas de colores. Mi cerebro hacía maromas dentro de mi cabeza para encontrarle lógica a lo de los patos.

Así, una hora pasó volando. Al bajarme del bus vi al taxi estacionado al otro lado de la calle, se me subió la sangre a la cabeza. No alcancé llamar a Motoya para asegurarme si era él, ni siquiera sé realmente si se me cruzó por la mente hacerlo. Pues, esa fue una de las situaciones donde todo sucede tan instantáneamente que ni siquiera me da tiempo para respirar.

Escuché mi nombre paseándose en la brisa.

Volteé.

Y no sé por qué sentí que el mundo se detenía conmigo.

Solté la mochila que llevaba en mi mano, mi corazón bombeaba a su pico máximo, mis piernas no reaccionaron cuando vi el semblante dando unos pasos hacia mí. Lo observé con cuidado mientras sacaba ambas manos de los bolsillos de su sudadera y saludaba con un asentimiento bajito, bastante tímido. De pronto fue como tener un espejo justo enfrente, donde podía ver a alguien que no se me asimilaba físicamente pero sí que adoptaba mis mismos gestos reservados. Como diciéndome "hey, no tengo coraje para dar el primer paso" y tentándome a lucir esa faceta contraria que supuestamente tengo.

¿Qué hace…?

—Se siente bien no verte con un cristal y cientos de kilómetros en el medio— comentó sonriendo y cerrando el paso. Supe que me abrumaba la sorpresa pero mi expresión no dejaba ver más allá de un ceño fruncido —Sé que una extraña manera de saludar pero…

Se quedó mudo de un segundo a otro, levantó la mano derecha y yo dudé si debía estrecharla, tomarla, golpearla, algo. Me quedé quieto observando sus dedos temblar. Al notarlo, con una risa corta él abrió los brazos de par en par, dejé que me atrapara y que hundiese la nariz en mi hombro. Me pregunté si era correcto o cómodo colocar mis manos en su espalda cubierta, aunque era verano las noches en Tokio son frías, más de lo que uno se puede imaginar.

Al separarnos descubrí que sus manos estaban heladas cuando las posó en mis mejillas.

—Te extrañé mucho, Tobio.

Traía los ojos brillosos, a esa distancia hasta podía contar sus pestañas. Me dejé acariciar por sus pulgares.

—Yo también lo hice, Miya.

Todo el peso con el que cargaba se liberó en cuanto al fin se lo dije.

Se ofreció para ayudarme a cargar con la mochila, insistí en que no necesitaba cuatro manos para levantar algo que puedo hacerlo con una, le entraron unas ganas de golpearme y cuando le reté con un "adelante, hazlo" él me abrió la puerta trasera del taxi denotando una elegancia exagerada y que "no golpea a santurrones". Resoplé y me subí al taxi, vi a Motoya observándome con picardía desde el asiento del copiloto, desvié rápidamente a ver a Atsumu subiéndose a mi lado, se encogió de hombros.

—Nunca vi algo tan hermoso, yo también quiero que me abracen así cuando lleguemos a casa— canturreó pasando la mirada entre ambos antes de devolverse al frente —Fue un encuentro digno de película, ¿no es así Mirai?

Me sorprendí porque de piloto estaba una mujer con el pelo oscuro corto y piel bronceada, no parecía del todo japonesa pero tenía las mismas cejitas redondas de Motoya. Vestía la camisa y los guantes de taxista, aún así no llevaba el uniforme completo. Tengo recuerdos tenues de cómo era ella antes de recortarse el pelo y teñirlo de azul, y llenarse de tatuajes en ambos brazos.

—Así mismo, tienes unos amigos tan dulces. Ojalá Kiyoomi fuese más así.

Fuah. Con él ni caso.

Camino a casa de Motoya nos vimos envueltos en una cálida conversación, Motoya me presentó ante la taxista que resultó ser su hermana mayor, debí haberlo sospechado, claro… ambos transmitían las mismas vibras. Atsumu era muy suelto hablando con ambos, yo sólo dije algunas que otras palabras y luego me perdí en el paisaje urbano al otro lado de la ventanilla pensando si habría buenas canchas de voleibol por allí. Era mi primera vez recorriendo los suburbios de Tokio, en ese entonces deseé repetir esa impresión mil veces más.

Me gustaría dejar de tener miedo y animarme nuevamente a recorrer las calles dentro de un coche, observar los paisajes, contar cuántos autos blancos o rojos se cruzan por mi camino. Quisiera volver disfrutar de la vida y no más bajar la mirada a mis pies, tensar los brazos, rezar para llegar lo antes posible donde deba llegar, u obligarme a quedar dormido, desperdiciando toda mi energía en calmarme del pavor que me sofoca.

Ojalá… pero no puedo.

Revisé mi teléfono cuando me llegaron mensajes en el grupo que creamos con Hinata y los demás, había una foto de él jugando videojuegos con el armador de Nekoma (Kenma, creo que así se llama, tuve que revisar mis mensajes con Hinata para poder sacarme al fin la duda), y dos que envió Nishinoya: una donde está abrazando a Azumane y otra donde éste último está conversando con Yaotome y tienen botellas de té helado de cebada en la mano.

—Son tus compañeros de equipo que dijiste que se quedarían, ¿no? —preguntó Atsumu y yo no sé qué tienen todos con esa manía de observar conversaciones de otras personas. Cuando lo miré y alumbré su cara con el brillo del teléfono pude notar que aguantaba una risa, era como si me estuviese leyendo la mente —Perdón por ver, soy una mosca y me atrae la luz.

Pero si tú eres luz. Quise decirle cuando el pigmento dorado se reflejaba en su coronilla y cautivaba todos mis sentidos.

—Somos cuatro los que nos quedamos en Tokio luego del campamento. Nishinoya, Hinata y nuestro kouhai Yaotome, este fue nuestro senpai, Azumane— fui dictando mientras le mostraba las fotografías, no sentí cuando pasó su brazo por mis hombros, me acomodé instintivamente un poco más hacia su cuerpo. Adiós nerviosismo —Nos volveremos a encontrar mañana en Asakusa para almorzar.

—Ah y no invitan.

—Justo estaba por invitarlos.

—Acepto si luego pasamos por los arcades— se unió Motoya sin girarse a vernos —Atsumu, espero que esta vez me des algo de competencia en el Street Fighter.

—¡¿Qué dices, Cejitas?! ¡Esta vez te voy a ganar, ya verás!

Llegamos a Mizuho en menos de lo que se esperaba porque era un domingo de noche y el tráfico simplemente no existe en ese horario. En lo que restó del camino me quedé viendo cómo Atsumu se pasaba niveles imposibles en un juego de motocross en su teléfono, a veces me quedaba observando sus dedos pensando que, al ser un armador, a qué rutina de cuidado está regido; y otras veces me detenía a ver su cara de concentración, con su entrecejo arrugado, sus ojos achicados y su lengua asomándose a través de sus labios.

Me mareaba bastante. Esperaba no vomitar de nuevo.

Al llegar a la casa, la hermana de Motoya nos explicó algo que entendí a medias, recién estuve un poco más fresco cuando nos bajamos del auto. Esta vez Atsumu sí llevó mi bolso y mi mochila, Motoya se nos adelantó a pasos rápidos porque se congelaba a pesar de ser verano, y yo, notando mi cansancio, dejé que Atsumu me guiara hasta la casa.

Apenas entramos me percaté lo grande y tradicional que era, nos recibía un pasillo ancho que abría al salón. Me distraje observando la madera negra decorando en gran parte de las paredes, apenas noté cuando una copia exacta de Motoya, pero versión de bolsillo con trenzas incluidas, corrió hacia nuestra dirección y saltó a sus brazos. Detrás de ella Hoshiumi apareció y brincó hacia nosotros como un saltamontes.

—¡Sakusa se ha encerrado en su habitación de nuevo, dice que no saldrá hasta que mate al bicho que está por la luz del pasillo de arriba o sino él…!— sus ojos dieron vueltas entre Atsumu y Motoya, tardó en reparar con mi presencia —¡Kageyama, hola!

Nos tomamos nuestro tiempo en saludarnos, Motoya me presentó a su hermana pequeña, Mamoru. Atsumu comentó que le recordaba a la hermana de Suna ya que tienen la misma edad, se me subieron los colores a la cara cuando ella me pidió que la cargue, Atsumu se rió de mí cuando acepté.

—Tobio, ¿no te llevas con los niños?

Suerte que no lo mandé a callar.

Dejé a la niña al suelo y Motoya aprovechó para reclamarme el abrazo, cuando se lo di se nos unieron Atsumu y Hoshiumi, ellos intentaron aplastarme hasta morir pero tuve la divina suerte de escabullirme, Motoya fue el único que no barrió el suelo al caerse. Luego de una lluvia de carcajadas por parte de ellos y un largo desconcierto de mi parte, Hoshiumi nos llevó a mí y a la hermanita hasta la cocina mientras Atsumu adoptaba su semblante de camarero de piso y llevaba mis cosas hasta el cuarto donde me quedaría. Y Motoya, arremangándose los bíceps, fue a ver qué sucedía con Sakusa.

—Taraaaaán, ya llegó— anunció Hoshiumi apenas pisamos la cocina, había una mujer tan igual que Motoya que si no fuese por su cabello largo y sus mejillas rechonchas los confundiría, incluso tenían las mismas cejitas, al igual que las hermanas. Lo que es la genética. Estaba sentada frente a una barra americana mientras trabajaba en una laptop, al escucharnos levantó la vista y se quitó los lentes.

—Ah, tú debes ser Kageyama, un gusto. ¡Eres más alto y apuesto en persona!

Me ofreció una butaca y un plato de galletitas de manteca que no pude rechazar, tenían formitas de estrella y glaseado, Hoshiumi no desaprovechó en robarme algunas mientras conversábamos. Justo cuando la madre de Motoya me hizo una pregunta sobre el colegio, escuchamos unos gritos y golpetazos provenientes de arriba, Sakusa llegó escopetado y se ocultó tras nosotros, luego apareció Motoya con una bolsa de plástico que privaba la libertad de un escarabajo de luz. Atsumu llegó último con el aspecto muy parecido a un espantapájaros.

—¡Aléjalo, mátalo, quémalo, haz algo pero que desaparezca! —gritó Sakusa. Yo me encogí en mi asiento sin creer lo que presenciaba.

—¡No hay que matar al pobre e inocente escarabajo! Voy a sacarlo por la ventana, mira…

—¡Ni loco! ¡Seguro se reproduce y mañana aparecen cien!

Escuché un conteo a mi lado.

—No digas esas tonterías, Kiyosaku, un bichito no te va a matar.

—¡Eso crees tú, no yo!

—¡No lo creo, es un hecho comprobado científicamente!

Lo que siguió fue muy fugaz, Atsumu saltó hacia Motoya y la bolsa voló por los aires, Hoshiumi logró atraparla pegando uno de esos brincos que sólo él sabe dar. Por otra parte, Sakusa estaba por desmayarse. Y en menos de un segundo el insecto murió aplastado bajo el pie de Hoshiumi. Motoya se libró del agarre de Atsumu y se arrojó hacia el refrigerador fingiendo llorar, Sakusa recuperó los colores luego de ser abanicado por la madre y la hermanita de Motoya.

Sentí que vivía dentro de una mala película.

—Hijo, no asustes más a Kiyoomi de esa manera— ese fue el reproche más manso que oí en mi vida. Motoya ni caso, siguió con su drama —Kiyoomi, ¿te sentirás mejor si quemo la bolsa afuera?

—Sí… por favor.

Y así, esos fueron los primeros cinco minutos dentro de la residencia Komori. Sakusa también poseía esa maña de demorar en notarme, me saludó desde lejos antes de instalarse de nuevo en su habitación, que en realidad era de Motoya y lo compartían cada vez que él se quedaba en su casa. En la habitación de al lado nos quedaríamos Hoshiumi, Atsumu y yo, allí había una litera y un somier, Atsumu me resumió que Hoshiumi le ganó en una batalla campal de almohadazos y se quedó con él. Tras una ronda de piedra, papel y tijeras, me tocó tener la cama de abajo.

—No me molestaría si quieres dormir arriba— me murmuró en esos pequeños segundos que quedamos solos en la habitación. Yo no comprendí, no tendría sentido que eligiese de nuevo la cama si perdí. Atsumu era un mal ganador.

La noche se resumió en jugar cartas, cenar el tonkatsu que preparó la madre de Motoya junto con Sakusa (me sorprendió que le gustase cocinar, parece que cuando realiza algo que le gusta se desactiva su sensor de gérmenes y vive al límite, como cuando juega al voleibol), y pasarnos horas viendo películas de terror en el salón. Hoshiumi y Atsumu fueron quienes más chillaron envueltos en mantas, Sakusa se pasó la mitad del tiempo haciéndoles callar y la otra mitad recitando los detalles que delataban que todo era falso, Motoya se quedó dormido en la segunda función y yo hice mi mayor esfuerzo en comprender la trama más allá de la sangre y los griteríos.

—¡Deja eso pedazo de camarón! —reprochó Sakusa dándole una patada a Hoshiumi, quien había tomado el rotulador al lado de la mesita con la línea baja.

—No te aguantas nada Saku— destapó el rotulador y caminó de puntitas hasta donde dormía Motoya —Le haré un bigotito ya que le gusta tanto los mexicanos.

—Te escucho, Hoshi.

Fuimos espectadores de la resurrección de Motoya, o el despertar de una momia. De un segundo a otro Motoya y Hoshiumi tuvieron una persecución por todo el salón, Atsumu se les unió en unas dos vueltas antes de tomarme del brazo y obligarme a jugar con ellos. Del brazo pasó a mi muñeca y luego a mi mano, en ningún momento me soltó.

La madre de Motoya bajó a regañarnos por el bullicio y nos mandó a dormir, aunque a Atsumu y a mí nos pegó el sueño una hora después ya que continuábamos hablando por LINE y amortiguábamos las risas lo más que podíamos. Lástima que no tengo guardados los chats de esa noche.

Al día siguiente Motoya nos despertó a todos temprano porque iríamos a Ueno para hacer un picnic, desayunamos por partes porque teníamos que ducharnos antes de salir, me tocó compartir el desayuno a solas con Atsumu, comimos en silencio y nada más. Nada más, pero en más de una ocasión lo atrapé observándome e intentando esconderse tras sus palillos.

Fuimos en tren hasta Kanda y caminamos hasta el parque, nuestro supuesto picnic fue té helado con nikumanes y croquetas de queso que compramos de camino. Nishinoya me llamó para confirmarme si iríamos a almorzar, Atsumu oyó mi conversación y vino de atrás para decir al mismo tiempo que yo lo hice, oí a Yaotome gritar antes de cortar la llamada, miré enfadado a Atsumu y él se alejó con un silbido decorando su supuesta inocencia.

Mientras hacíamos hora antes del mediodía nos fuimos a dar una vuelta por una tienda de deportes cercana y un salón de juegos. Motoya y Atsumu se enfrentaron como prometieron, tuvieron un puntaje muy igualado pero de todos modos la victoria fue para Motoya. De una expendedora le conseguí un jugo de naranja a Atsumu para que cambie su mala cara y él me prometió devolverme el dinero con un cartón de leche, le dije que no era necesario. Aún así, cuando paramos en un konbini me descubrió echándole un ojo de más al estante de chocolates. Me compró uno.

—Estamos a mano— no tengo idea cómo hacía para hablar normalmente cuando sus ojos transmitían una expresión completamente diferente. Su mano se cerró sobre la mía y el chocolate por demasiado tiempo, se me tensó la mandíbula —Los dulces curan el corazón.

Le sostuve la mirada.

—Recuérdalo siempre— completé en voz baja.

Llegamos al templo de Asakusa unos minutos antes que Nishinoya, Yaotome y Azumane. Ya estaban allí Hinata y Kenma. Tuvimos un súper enredo con las presentaciones porque muchos ya sabían la existencia del otro, Yaotome lloró cuando Atsumu le habló, me agradeció la vida entera y yo no supe dónde meter la cara. Atsumu disfrutó burlarse de mí con lo de santurrón y todo eso, pero así tampoco desaprovechó la oportunidad para pasar su mano por mi hombro mientras hablaba o darme unos cuantos toquecitos en el brazo mientras caminábamos, como para calmar las mismas oleadas que él provocaba.

El restaurante donde trabajaba Azumane no quedaba muy lejos, nos contó que su turno era por la noche y eso le daba tiempo para estudiar de tarde. Tomamos una mesa donde fácilmente entraban como quince personas, muy parecida al izakaya donde solíamos quedar con el entrenador Ukai luego de los torneos. Al sentarnos vi cómo Sakusa se agachaba un poco para masajearse el tobillo, Motoya se apresuró en preguntarle qué tal se sentía, no oí más conversación porque sentí que Atsumu decía mi nombre y al darme la vuelta me quedé viendo un halo blanco.

—Ay mierda, tenía el flash encendido.

Atsumu empezó a hacerse del desentendido cuando todos posaron su mirada en él, decidí pasar de largo lo que ocurrió.

Tuvimos un almuerzo tranquilo, pensé que habrían muchas diferencias debido a que la mayoría eran de equipos y aires diferentes, pero me sorprendí al saber que hasta Nishinoya y Atsumu se llevaban de maravillas a pesar de haberse picado un poco por rememorar el torneo pasado donde Atsumu le dirigió sus saques más fuertes hasta romperlo, Nishinoya se enfadó tres segundos hasta que resaltó lo mucho que mejoró luego de ellos.

—¡Me recuerdas a mi senpai Akagi! Es un tipazo.

—No me digas que es ese que el año pasado recibió con el pie en nuestro partido…

—¡Ese, ese! ¡Ni te cuento cómo era en las prácticas!

Eran madera hecha de un mismo árbol, o quizá Atsumu era capaz de transmitir buenas energías sin querer queriendo. Cuando se emocionaba era un imán de personas.

Al igual que ellos, Hinata y Hoshiumi rememoraron el torneo y juraron volver a enfrentarse algún día. Sakusa se quedó a un lado junto con Kenma hablando en voz baja y distante. Motoya se encariñó rápidamente con Yaotome y se la pasó diciendo que algún día lo adoptaría, también dijo que Azumane debería ser su padre y que eso le convertiría ya en abuelo. Para cuando salimos del lugar teníamos una familia completa construida.

—No es justo, ¿por qué yo soy el perro? —bufó Hoshiumi luego de despedirnos de los demás y volviendo a la estación de tren.

—No sé de qué te quejas, yo soy el sofá— dijo Atsumu —Quiero ser como Tobio, el tío millonario.

—Cásate con uno entonces— burló Motoya y Atsumu lo asesinó dentro de su mente por la cara que llevaba. Me puse a pensar si era legal que los sofás se casen.

De vuelta a Mizuho todos quedaron dormidos menos Sakusa y yo, intenté despejarme contando los postes que veía o apreciando el cielo que se abría en ciertas partes entre edificios y vegetación, quería enfocarme en cualquier cosa menos en que Atsumu se quedó dormido recostándose por mí y con su mano agarrando mi brazo, nadie lo veía porque llevaba su mochila entre nosotros. En ciertos momentos descubrí a Sakusa mirándonos de reojo, la incomodidad me acechaba y no me daba oportunidad de huir.

De nuevo en la casa de Motoya fuimos recibidos por su hermana mayor, llevaba dos pesas en la mano, Motoya le reclamó algo sobre empezar la sesión de entrenamiento y luego me perdí. Sakusa fue directo a bañarse y dormir, recordé lo que vi en el restaurante y la conversación que no alcancé a oír del todo, no me atreví a preguntar.

Los demás fuimos hasta una cancha de barrio para poder practicar unos pases y servicios. Regresamos después del atardecer.

—Hey, ¿algunos de ustedes quiere acompañarme a comprar algunas cosillas antes que todo cierre? —preguntó Motoya entrando a la habitación, fue el último en ducharse y traía aún el cabello húmedo. Atsumu, Hoshiumi y yo estábamos sentados en el somier viendo una compilación de servicios ace en el celular de Atsumu —No es lejos pero sería aburrido ir solo.

Hoshiumi se ofreció. Caminó sobre el colchón y se bajó dando un gran salto, Motoya le reprochó diciendo que si salta tan alto se va a sacar la cabeza con el techo, tuvieron una corta discusión que se esfumó con un "volvemos enseguida" antes de cerrar la puerta.

Atsumu y yo nos volteamos a la vez hacia el otro. Me tembló el labio inferior cuando lo vi acercándose un poco.

—¿Quieres seguir viéndolo? —dijo apuntando a su celular. Negué y él se rascó la nuca —¿Qué podemos ver entonces?

—Creo que ya no tengo ganas…

—Siendo sincero, yo tampoco.

Luego de bloquear su teléfono y arrojarlo a un lado, Atsumu se acostó por completo en el somier, una de las esquinas de la sábana se soltó del colchón cuando él estiró su cuerpo.

—Estoy cansado— se quejó mientras cerraba los ojos —¿Tú no lo estás, Tobio?

Evadí su pregunta porque mi mente no estaba del todo presente en la habitación y mi mirada andaba paseándose por ciertas partes de su cuerpo: sus manos en puños, su abdomen cubierto con una camiseta, sus piernas tendidas casi como una equis. Su cabello…

—¿Hace cuánto que no te lo cortas? —le pregunté, él abrió los ojos y siguió hacia donde apuntaban los míos.

—Debería preguntarse lo mismo, ¿acaso tu hermana no trabaja en una peluquería? — se burló. Por acto reflejo me toqué un mechón, no me di cuenta que lo traía tan largo hasta el punto de cubrir casi por completo mis orejas —Seguramente ella quiere asesinarte cada vez que te ve así, apuesto que tienen la misma cara de…

—La cara de apuñalar que no tengo.

—¡Lo dijiste, lo dijiste!

Atsumu liberó una risa perezosa, se acurrucó y me tomó una mano, un espasmo recorrió todo mi cuerpo, enviando alertas a cada célula por si me desmayaba o algo. Él tiró lentamente mi mano hasta su cabello, me percaté de sus raíces negras y me cuestioné cada cuándo será que se lo teñía. No se lo dije porque él habló primero.

—Estoy muy tenso— dejó lucir esa tímida sonrisa, la misma que vi cuando me esperó en la acera el día anterior —Y… cuando suelo estar así, o triste, voy junto con Samu o mamá. Ellos saben de memoria que cuando me acurruco a su lado es porque quiero que me acaricien el pelo, suelo decirles "quiero cariñito" casi llorando.

—¿Cariñito?— se me escapó un indicio de risa. Atsumu lo notó y se levantó de repente, el fleco se le erizó para todos lados.

—¡No te burles, santurrón!

—No me burlo— regresé a mi mueca seria— sólo me sorprendí.

—¡Ah, genial! Vamos empatados con esto de las sorpresas.

—¿Eh? No, tú dijiste que te sorprendo desde el día en que me conociste.

—Ah no, no. Ya vas a ver.

Fue a por su mochila y volvió a subirse en la cama, se sentó enfrente de mí sosteniéndome la mirada por unos segundos, a veces admiro mi capacidad de mantenerme fresco por fuera mientras que por dentro me derrito. No pienso bien. Atsumu abrió lentamente el cierre de su mochila, tarareó la presentación de la 20th Century Fox cuando sacó un peluchito. Era el osito representativo de LINE, traía una camiseta blanca que decía "I corazón Cony" pero aseguré que el corazón significaba algo relacionado con amar.

¿Amar?

Ah, al fin le hallé sentido a lo de EC corazón y Toka-chan corazón florecita.

—¿Qué tanto piensas? ¿No te gusta? —la voz confundida de Atsumu me devolvió a la realidad.

—¡No es que…!— sacudí mis pensamientos con rapidez. Sujeté al peluche entre mis manos y le acaricié cada detalle bordado —Me encanta, Miya. De verdad que me encanta.

Atsumu trató de tapar inútilmente su sonrisa emocionada.

—Lo vi en una tienda el otro día y no pude evitar pensar en ti— me vio de reojo y cuando lo atrapé con los ojos se devolvió al otro punto de la habitación, sus orejas estaban rojas. Como un tomate.

—Entonces— bajé la mirada de nuevo al peluche, pasé mi pulgar sobre el corazón —yo también pensaré en ti cada vez que lo vea.

Escuchamos a Hoshiumi y Motoya charlando en el pasillo, me apresuré a pasar a la litera para guardar el peluche en uno de mis bolsos. Atsumu y yo salimos disparados del cuarto cuando nos llamaron, a Sakusa lo sacaron de la habitación a tirones. Entre los cinco fuimos al salón a la par que Motoya nos explicaba que le gustaría preparar algunas manualidades por su cumpleaños, que es una tradición entre la familia preparar carteles y el más feo e ilógico será colgado en la entrada de la casa. Sakusa explicó que el año pasado colgaron un cartel de un pato con cinco patas, Hoshiumi agonizó de la risa.

—¡Sakusa, eres el simpático perfecto!

Preparamos los carteles pegándole todo lo que se hallaba en nuestro camino. Motoya le puso al suyo trozos de fideos secos, Hoshiumi hizo collages mezclando rostros y cuerpos de personas que recortó de una revista, Atsumu le puso plastilina al suyo y yo hice una monstruosidad con tres tipos de purpurina. Sakusa se conformó con marcadores porque ni loco tocaría algo que le manchase los dedos. Las hermanas de Motoya designaron el cartel de Atsumu como ganador, él no sabía si reír o llorar.

—Haremos un milagro para colgar esa cosa sin que se caiga la plastilina— Motoya nos mostró un rollo de hilo de pescar. Sudamos intentando hacer dos perforaciones a la plastilina sin dañarla tanto pero lo logramos, lo que no logramos fue que el cuadro se sostenga al colgarlo por la puerta. Decidimos al final colocarlo como pisapapeles en el cuarto de Motoya. Hasta ahora sigue allí junto con varias fotografías.

Con la pintura que sobró empezamos a dibujarnos cosas en los brazos y el rostro como prenda a cada quien que no pudiera pronunciar bien un trabalenguas que el otro le designe. Sakusa fue el único que no quiso jugar, se dedicó a ver nuestro sufrimiento desde el otro lado del salón mientras se tragaba un plato con cereal. Hasta ese entonces yo llevaba ganando con sólo dos dibujos en el brazo izquierdo (tenía un pato deforme en la mejilla que me dibujó Hoshiumi y una luna que dibujó Atsumu), me tocaba asignarle un trabalenguas a Atsumu que no pudo terminar en los tres intentos que tuvo. Con un pincel lleno de pintura roja decidí pintarle los labios.

—Nunca en mi vida dejé que nadie me maquille y menos con pintura. Me vengaré, Tobio, recuerda mis palabras— me amenazó pero su seriedad duró menos que un pestañeo.

En medio de la jugada llegó la madre de Sakusa de la nada, me asusté cuando la puerta del salón se abrió y entró una mujer de cara pálida y con los rizos negros hasta la cintura, su rostro igualito al de su hijo (y a la mayoría de fantasmas según la creencia japonesa). De la vergüenza, Atsumu mantuvo cubierta su boca con una mano, Hoshiumi y Motoya hicieron todo lo posible e imposible para no reventar en carcajadas hasta que la mujer se fue, llevándose a Sakusa para que pueda probarse su yukata en casa.

Atsumu corrió hasta el baño para lavarse el rostro, Motoya gritó que se arrepintió no haber grabado eso, pero sí registró con la cámara cuando Hoshiumi quiso ir a ver qué tal se encontraba Atsumu en el baño pero tropezó y se cargó con todos los frascos de pintura. Ahí sí me reí.

Cenamos sin Sakusa, Motoya dijo que seguramente vendría a quedarse luego de la medianoche, pero que no importaba mucho ya que vivía a una calle. Yo no sabía aquello, tampoco sabía del pequeño detalle de que eran primos, lo descubrí cuando la madre de Motoya preguntó si su hermana fue quien llevó a Sakusa a casa.

—Siempre lo pienso, tu madre y la madre de Omi no se parecen en nadita— comentó Atsumu una vez que terminamos de cenar y nos desafiamos en un juego de mesa, el que ganaba se llevaba todas las gomitas que compró Hoshiumi. Le tocaba lanzar los dados, si le salía más de seis entonces se adelantaría a Motoya, quedaría en primer lugar y ganaría.

—Son hermanastras, el padre divorciado de mi tía se casó en un crucero con mi abuela solterona— explicó Motoya. —Es de locos, mamá tampoco se salvó de ser una locura en sus relaciones, que yo sepa mi padre está en prisión en no sé qué país.

—¿Y qué hay de ti? —preguntó Hoshiumi.

—¿Yo?— Motoya lanzó una carcajada, por un pelo percibí cómo sus ojos apuntaron por un segundo hacia la puerta de la entrada —¡Yo también soy un completo desastre!

Los dados de Atsumu dieron un total de cinco, sollozó. Motoya se quedó con las gomitas agradeciendo su regalo adelantado. De todas formas, no negó convidar sus dulces en cuanto Atsumu y Hoshiumi se lo pidieron de rodillas.

Diez minutos antes de la medianoche apareció Sakusa junto con sus padres y dos fotocopias suyas pero con unos años encima, los cinco parecían que te robarían el alma si lo observases por mucho tiempo. Atsumu me susurró algo sobre sus similitudes con la familia Addams, en ese entonces ni pizca de idea sobre qué hablaba. Pero como suelen decir: es mejor no juzgar las apariencias. La madre de Sakusa era un sol, nos preparó pastel helado, y el padre de Sakusa compró más helado. El golpe de azúcar nos dejó tan contentos como un pajarillo volando.

Felicitamos a Motoya encendiendo estrellitas en el patio.

—¡Láncelos y pidan un deseo! —nos dijo Atsumu —¡Contará como estrella fugaz!

Cinco estelas brillaron en el cielo y se esfumaron. Quisiera recordar cuál fue el deseo que pedí.

Esa noche, los cinco quedamos dormidos en el salón. Motoya y Sakusa en los asientos de kotatsu, a Hoshiumi le bastó un almohadón en el suelo, Atsumu y yo quedamos recostados el uno por el otro en el sofá. Al día siguiente despertamos casi a las diez de la mañana, con unos nudos en cada centímetro cúbico del cuerpo.

Fuimos a almorzar en la casa de Sakusa, descubrí que el tipo de curry preferido de Atsumu es el dulce, se emocionó al saber que el curry era el plato que más me gustaba, cuando iba a mencionar que el suyo era el atún yo me adelanté. Se quedó mudo por mucho tiempo, y yo… pues, también. Tres fisgones se posaron sobre nosotros y no pude ignorarlos, a Atsumu le valió de aquí a Egipto porque poseía ese don de hacer desaparecer de su alrededor todo aquello que no le agradase, como el ruido durante su servicio.

Regresamos a lo de Motoya para empezar a prepararnos para el matsuri. Sakusa vistió de un yukata de color mostaza oscuro, Hoshiumi de uno color cielo con detalles de nubes, Motoya con uno color lavanda oscuro con flores blancas, Atsumu con uno marrón con rayas. Me sentí algo soso al presentarme con un yukata azul marino con cuadros blancos. De todas formas, percibí como un par de ojos marrones recorrían por cada pliego de la tela.

Una vez afuera Atsumu me sujetó de la mano haciendo que retrocedamos en la caminata y quedásemos atrás. Tenía la palma sudada.

—Te ves bien.

Tropezó con algo inexistente en la acera, lo sujeté de cuello de la vestimenta. Me fijé que cargaba con una mochila pequeña, no dije nada respecto a eso.

—Tú también te ves bien— le respondí. No alargamos la conversación.

Llegamos hasta el matsuri en bus. No era una festividad muy grande como se suelen dar en el hanabi o en el sanja*, y a pesar de ser una festividad ubicada en Tokio no acaparaba a mucha gente, al menos no a la hora que llegamos.

—Es que el hanabi fue el sábado, la mayoría va a ese festival— relató Motoya —Quería que fuésemos a aquel pero luego me enteré que este caía justo en mi cumpleaños.

—Además este está más cerca de casa— agregó Sakusa.

A la entrada del templo se habría un pasillo enorme compuesto por casetas de juegos y comida, todo sobre la calle cerrada, Motoya y Hoshiumi corrieron al primer puesto de manzanas acarameladas que vieron. Sin querer, mi mirada pasó de ambos a Sakusa, lo noté ansioso mientras se ponía el barbijo. A mi lado, el rostro de alegría de Atsumu me despejó de las preocupaciones.

Motoya y Hoshiumi regresaron con manzanas sólo para ellos dos, los muy desgraciados. No recuerdo mucho lo que sucedió en esa hora y pico que recorrimos el lugar, sé que Atsumu me preguntó si quería comer algo y que nos quedamos a disfrutar de calamares asados en un banquillo. Motoya ya había empezado a tomar fotografías usando a Hoshiumi como primer modelo, quien posaba sacando exageradamente en trasero delante de la lente. Sakusa se mantuvo a mi lado evadiendo a Motoya, yo creí que estaría más acostumbrado ya que un poco más y vivían juntos dentro de la misma casa.

—Es que a Motoya le encanta ponerme esas caritas de colores y subirlas a todas partes. No sabes lo que es que me lleguen todas las chicas del instituto pidiéndome que me saque fotos junto a ellas con orejas de gato.

—¿Orejas de gato?

Orejas de gato— repitió con voz de ultratumba —Y eso no es lo peor.

Nos quedamos recostados por una de las murallas que separaban el patio de una residencia, después de discutir cuáles serían nuestros planes decidimos acercarnos al templo. Nos cruzamos con Hinata (quien un poco más y trepaba por nosotros) y Kenma, detrás de ellos venían Azumane, Nishinoya y Yaotome, todos en yukatas.

Como era de esperarse nos llenamos de fotografías, mientras más tiempo pasaba más gente llegaba, los espacios se reducían y yo más mareado me encontraba. Y Atsumu lo notaba, no se despegaba de mi lado, se hacía del tonto cuando me sujetaba del obi para que yo no me alejara tanto de su lado.

Motoya y Sakusa se saludaron con unos compañeros de equipo, Atsumu los siguió por inercia, simplemente para marcar presencia. En ese instante sentí un tirón en mi manga, me agaché para oír lo que Yaotome quería decirme.

—Cuando aparezca Kagura, por favor, no estés cerca de Atsumu.

¿Cerca?

—¿Por qué?

Justo ese día, después de esperar medio año, me pedía que no esté cerca.

—Por favor.

Se me atiesaron todos los músculos del cuerpo. ¿Qué demonios planeaba Yaotome? Este tipo es de lo peor, ¡incluso peor que Hinata, Tsukishima y Oikawa juntos! Si no fuese mi kouhai lo haría papilla y… No, basta. Intenté calmarme de inmediato, me convencí que eran paranoias mías y le asentí a Yaotome. No debería preocuparme, no había nada que pueda inquietarme e irrumpir en un día como ese.

Y si pasaba, bueno, no sería el fin del mundo.

Con Hinata hicimos una competencia en el kingyo sukui* de quién sacaba más peces, él sacó cinco y yo siete. Reclamé mi victoria número trescientos, cinco menos en derrotas. La bolsa con peces se lo regalé a Atsumu para compensar lo del peluche.

—No sé si decir gracias porque no los puedo llevar hasta Hyogo, ¡se me van a pudrir!

Decidimos devolver los pececitos en la pecera del puesto. Hinata no me quitó el ojo de encima desde ese momento hasta que desviamos trayecto y acabamos en uno de los patios de césped, antes de sentarnos lo vi susurrándole en el oído a Atsumu, él también le respondió con un susurro. Traté de no pensar mucho en ello.

Nishinoya se compró un juguetito de goma con luces y empezó a jugar pases con Yaotome, Motoya aprovechó para grabarlos como todo un senpai libero orgulloso. Cuando Atsumu también sacó su teléfono pensé que sería para tener doble registro de la jugada, pero en realidad fui yo blanco para su cámara, me di cuenta tarde porque esta vez no hubo flash.

—No sabes sonreír, Tobio— se burló Atsumu y arrugué la cara en desprecio. En vez de sentirse amenazado, él se encogió de hombros —Te enseñaría pero cobro las clases por hora.

—¿Quién pagaría para verse como un perro pug? —preguntó Hoshiumi y se desató una batalla.

Aprovechando el disturbio donde incluso Nishinoya y Motoya se dedicaron a apostar (a veces creo que la mala influencia no es Hoshiumi, sino Motoya, es un peligro), Hinata arrastró su trasero hasta quedar a mi lado y fue empujándome descaradamente hasta literalmente alejarme de los demás.

—¡¿Qué rayos te pasa?! —le agarré la cabeza y estuve a punto de hacerla estallar entre mis dedos pero Hinata, en vez de retorcerse como el gusano que era, me tomó de ambas manos y sonrió como si hubiese ganado las olimpiadas.

—¡Lo sabía, Kageyama! ¡Lo sabía, lo sabía!

—¡¿Saber qué, idiota?!

Hinata se estiró hasta llegar a mi oído, me paralicé al percibir lo bajito que hablaba en comparación a su tonada infantil habitual.

—Eres igual que Noya y yo.

El tiempo se detuvo. Abrí los ojos y observé perdido a Hinata, él me apuntó con el mentón hacia mi derecha, seguí la dirección y por medio segundo descubrí a alguien estando al tanto de nuestra conversación a pesar de la lejanía. El cabello largo le cubrió el rostro sonrosado.

Me devolví a Hinata. La tranquilidad que emanaba sus ojos me arrasó hasta el cuello.

—Pero yo no…— desanudé lentamente mis cuerdas vocales —No sé a qué te refieres, Hinata.

—De nada te sirve mentirte, tonto— soltó las palabras como un hilo mientras volvía a su lugar. Y allí terminó nuestra plática.

El sol se estaba ocultando para las cinco. Me la pasé platicando con Motoya y Hinata acerca de las diferencias entre los paisajes que había allí en Tokio comparado con Miyagi, Motoya me dijo que algún día quisiera visitar Miyagi, le prometí que le recibiría en casa tal como él hizo con la suya. Casi lloró de alegría.

—En un futuro quisiera que todos viajásemos juntos a Miyagi o Hyogo, también Nagano. O quizás a otras partes del país, del mundo incluso— sugirió Motoya con aire esperanzador —Suena imposible pero creo que lo lograríamos si tal vez…

—¿Tal vez? — repetimos con Hinata al unísono. Motoya sonrió abrazando sus rodillas.

—Tal vez si todos lleváramos los colores de Japón— y de repente negó con la cabeza —¡Bueno, no es para presionarlos, muchachos! Todavía nos quedan muchos años para cumplir aquello, ¿cierto?

Muchos años.

Miré al horizonte casi imperceptible. ¿Cuánto es realmente mucho? ¿Dos, tres años? ¿Diez años?

Bajé mi atención hacia Atsumu, lo quise imaginar cómo sería dentro de diez años. Seguro seguiría decolorándose el pelo, sería más alto y más corpulento, o quizá llevaría barba. Perdido en mis propios pensamientos no me fijé cuando éste recibió una llamada, lo único que pude percibir fue a él revolviéndose entre muchos sí y okay antes de suspirar cansado y cortar, luego me sujetó de la mano para levantarme.

—Ya están aquí. Acompáñame Tobio.

Apenas nos pusimos de pie él me soltó, comprendí su miedo a que alguien se percate de nuestros gestos. ¿Percatar? ¿Gestos? Qué de todos los qué. Me estaba inventando ideas más allá de lo que eran.

Coordinamos cómo nos dividiríamos, supuestamente a las siete habría un desfile de luces al que Motoya no quería perderse. Hinata iría con Kenma para reunirse con otros miembros del Nekoma al otro lado del matsuri, Nishinoya y Azumane dijeron que irían a recorrer los puestos de comida, Yaotome se quedaría junto con nosotros mientras tanto hasta que se encuentre con su (supuesta no) novia.

Paramos al lado de un escenario montado, Sakusa y Hoshiumi quedaron a ver la danza con abanicos que estaban presentando, Motoya fue con Yaotome para comprarle granizados, Atsumu me arrastró entre pasillos improvisados hasta dar con una furgoneta. La compuerta estaba abierta y alrededor habían algunas personas organizando instrumentos, cables de todos los tamaños posibles, equipos de sonido, y… Una copia exacta de Atsumu se acercaba a nosotros con el rostro de pocos amigos y algo en manos.

—¡Samu traidor, no trajiste tu yukata!

—Traidor ni nada. No estaría viajando seis horas enlatado en una furgoneta y con unos trapos calcinándome— y le arrojó a Atsumu lo que trajo, noté que era una camiseta —Ve y cámbiate, tenemos poco tiempo para montar el equipo y ensayar.

—Pero qué modales Samu, déjame presentarte a Tobio primero.

Osamu me miró como si hubiese aparecido la nada y me saludó con una mano, le respondí inclinándome un poco.

—Ah, el armador de Karasuno. Es raro verte cara a cara y no al otro lado de la red— me sorprendió que pudo decirlo con un tono tan serio mientras empujaba a su hermano para que apurase el paso y desaparezca de nuestra vista —No te preocupes, no te tengo rencor como este tonto, todo el día tiene tu nombre en la boca.

—¡No digas esas estupideces, Sam- WAAH!

De la nada apareció un hombre alto de cabello negro y parado que tomó a Atsumu por los hombros y lo llevó lejos, después resurgieron de la furgoneta un chico muy parecido al anterior pero con pelo claro, y otro algo flaco y con una guitarra eléctrica colgando por la espalda.

—¿Ya atraparon a Atsumu? —Preguntó el de pelo claro, Osamu asintió divertido —Le dijimos a las seis tocamos, a las seis. Hay que estar mínimo una hora antes.

—Ese idiota no tiene solución— concluyó Osamu, a la vez me dirigió una mirada y me hizo un gesto para que me acercara, dudé un instante antes de hacerlo —Por cierto, Gin, Sunarin; Tsumu al fin decidió extender el legado.

Vaya manera de presentación. Les hice una reverencia.

—Kageyama Tobio, un gusto— luego de saludar me dirigí a Osamu —¿Por qué están aquí en Tokio?

—¿No es muy obvio? Vamos a tocar en un escenario— contestó a su vez quien, según el apodo que utilizó Osamu, asumí que era Suna —Bueno, es el "hermano" de Gin—hizo comillas con los dedos— quien tiene una banda completa y van a tener el mini concierto aquí…

—Pero nosotros hacemos la apertura con el cover— completó Osamu dejando que Suna le rodee los hombros, él hizo lo mismo pero en su cintura. Aparté los ojos rápidamente —Tsumu se la pasó cotorreando por más de un mes para que coordinemos y vengamos a tocar, que era importante, que ibas a estar tú y blablá. ¿Cómo lo logró? Ni idea, pero de todas formas aquí estamos.

Mantuve el "ibas a estar tú" dentro de mi cabeza. ¿Qué tenía que ver yo?

Atsumu resurgió desde el otro lado de la furgoneta haciendo maniobras con su bajo escarlata, ya no vestía el yukata sino que en su lugar traía unos jeans con una camiseta completamente negra, al igual que sus otros tres compañeros. A medio camino dejó el bajo junto con los demás instrumentos, hizo un gesto abriendo los brazos y luego se colocó a mi lado, me abrazó por la espalda.

—Así que se están llevando genial— canturreó dirigiéndome la mirada, a pesar de estar oscuro pude apreciar cada detalle en su rostro. Le sonreí, no supe si se dio cuenta —¿Te gusta la sorpresa, Tobio?

Con que de eso se trataba. Una competencia de sorpresas.

—Realmente sí— repasé nuevamente todo lo que tenía presente —No me lo esperaba.

—Es un bocadillo— tarareó Suna paseando sus ojos por Atsumu y por mí, luego encaró a uno del grupo —Para cuando tú, Ginjima.

—No me interesa esas cosas, lo dije mil veces.

—No seas amargado, Gin.

Ya fue. Vayamos a ensayar.

Los otros tres se adelantaron, o mejor dicho, Ginjima fue empujando a Osamu y Suna mientras éstos hacían todo lo posible para voltearse hacia nosotros. Atsumu ni intentó dar un paso lejos de mí, reforzó su abrazo con ambos brazos y ocultó su rostro en mi hombro mientras reía con vergüenza. No entendía por qué lo hacía, se trastornaba ante mi contacto, ante mi presencia. Era como si fuese un globo de agua esquivando espinas y conmigo sabía que no tenía riesgo de reventar porque me cubría con algodón antes de aproximarse.

Su tacto se ablandó y luego se tensó.

—Tobio…

Me llamó con voz amortiguada.

—¿Miya?

Susurró dos palabras.

Dos.

No lo oí bien.

No lo repitió.

Al separarnos él me miró asustado, afirmó que bromeaba, que era una mentira blanca. Sentí mi cuello hervir. Después de un corto "cuídate, asegúrate de verme" nos despedimos y lo vi encaminarse al otro lado de la furgoneta.

Alisé los pliegos de mi yukata lentamente, lo hice creyendo que borraría toda calidez ajena que se pegó a mi cuerpo.

Regresé junto con los demás con un sabor amargo en la boca que se multiplicó cuando me fijé en una presencia más dentro del grupo, alguien con un yukata anaranjado brillante y un cabello recogido con un moño del mismo color. La no-novia de Yaotome estaba conversando con él y Motoya, el celular a la altura del rostro, no tuve que hacer muchos cálculos para saber que los estaba grabando. Para no interrumpir me escabullí entre Sakusa, que tenía el ceño fruncido hasta el punto máximo; y Hoshiumi, quien estaba intentando borrar una mancha de labial de su mejilla izquierda.

—Es un demonio, suerte que no estabas cuando nos asaltó— dijo Hoshiumi cuando me coloqué a su lado, no pude estar más de acuerdo —¡Agh! ¡Vamos lejos de aquí!

Bueno, con eso último no estaba de acuerdo.

—No, tenemos que ver el concierto.

—¿De qué?

—Miya tocará enseguida.

—¿Miya tiene una banda? —se asombró Hoshiumi pero no lo procesé mucho ya que le tomé de la manga del yukata y lo arrastré hasta lo más cerca que se puede estar del escenario. Sakusa nos siguió sólo porque preferiría estar entre un cúmulo de personas en vez de ser toqueteado y grabado con filtros de corazoncitos por una loca. —¡Que yo sepa él no sabe cantar!

Para ese entonces no había tanta gente al frente del escenario, las personas parecían estar más cómodas sentándose cerca del templo o a los lados de los puestos para poder apreciar el concierto, pero por nuestra posición podíamos pasar desapercibidos por la no-novia-demonio. Mientras pasaban los minutos recibí algunos mensajes de Nishinoya y Hinata preguntándome si nos encontraríamos de vuelta, cuando les dije que vería el concierto de Atsumu ellos pidieron que envíe algunas fotos. Los emoticones de corazones llenaron el chat cuando envié una del escenario, me exigieron que me sacara una con Atsumu luego del concierto, los corté con un no directo.

Seis en punto.

A la par que el público crecía también lo hacía la inquietud de Sakusa, lo vi temblar y me alarmé cuando él quiso alejarse de un grupo de personas que lo sofocaba y una vez más cojeó, se sostuvo de mi hombro sólo porque me apresuré en retenerlo. Hoshiumi infló las mejillas y saltó como pollito al notarlo.

—Mierda…— maldijo Sakusa mirando al suelo. Oímos unos golpeteos en los bombos y los platillos de la batería, me giré y vi a Ginjima preparándose en su posición, Atsumu y Osamu estaban subiendo. No ahora.

—¿Quieres que vayamos a otro lugar? —pregunté. Sakusa me miró desganado y negó, estaba pálido.

—No, Kageyama, yo lo llevo— me interrumpió Hoshiumi —No estaremos lejos, te lo prometo. Algo de agua y ya se le va a pasar. Todo tranqui.

—¡Es su tobillo! —Respondí alarmado y luego me dirigí a Sakusa —Lo he visto, estás lesionado ¿cierto?

—Estoy bien. Camarón, necesito sentarme un rato— pidió Sakusa a Hoshiumi.

—Les ayudaré— insistí.

—Quédate, en serio— me ordenó Sakusa, prepotente —Sólo… Mierda Kageyama, no seas un pelmazo y sólo hazlo, es importante.

Por un segundo creí que diría algo más.

Iba a seguirlos de todas formas, iba a hacerlo si Hoshiumi no se voltease y apuntase hacia el escenario, escuché la prueba de los instrumentos a través de los altavoces. Mis piernas se convirtieron en dos bloques de hielo, todo lo que había a mi alrededor desapareció como si hubiese sido consumido por un humo espeso y oscuro, a contraste de la luz blanquecina del escenario que me apresó como un minúsculo insecto.

—¡Buenas noches, nosotros somos Jädka! —habló Suna al micrófono, de fondo se escuchaba lentamente las cuerdas del bajo. Esa vez sí cerré los ojos unos segundos para sentirlo, poder apreciar y abrazar esas notas —Esta noche abriremos la presentación del grupo Mikan Kakuteru.

En eso subió al escenario una mujer pequeña con el cabello naranja (a ella también la había visto entre esas personas que estaban acomodando los cables al lado de la furgoneta) y con un violín en manos, continuó con la presentación de ambos grupos, su carisma era tan increíble que hasta mantuvo la atención de aquellos que pasaban cerca del matsuri sólo por pasar.

Me giré para ver dónde se habían metido Sakusa y Hoshiumi, no podían haberme dejado solo.

Suna hizo un conteo en reversa.

Tres.

¿Dónde están?

Dos.

Al devolverme al frente crucé miradas con Atsumu. Recordé esas dos palabras que creí escuchar.

Uno…

El ambiente se llenó de una melodía mágicamente coordinada, empezó de forma lenta.

Look at me and listen close, so I can tell how I feel before I go…

Mi corazón estaba por escaparse de mi interior. Mis gustos siempre recorren en lo más bajo, lo más básico, vivo amando todas aquellas cosas que a simple vista son normales entre las personas, ya sea en la comida, en el deporte, en la música.Música. Me gustaba lo básico, entonces por qué de un día para otro me encontraba oyendo una banda nueva que alguien me recomendó o viendo a través de una videollamada como ese mismo alguien ensayaba con un bajo, el mismo que ahora deslumbraba junto con sus compañeros.

El mismo que en toda la presentación no me apartó de su vista.

Suna continuó con intensidad.

Say tomorrow… I can't follow you there. Just close your eyes…

En el coro, oí leve la voz de Atsumu.

And sing for me.

Durante casi cuatro minutos quedé envuelto dentro de una cápsula mágica e invisible, poco a poco sentí que regresaba a la realidad cuando los aplausos inundaron el lugar. Vi la despedida de los que estaban en el escenario hacia su público y pronto subieron otras personas, seguramente era la otra banda. En ese momento la gente se había duplicado, empecé a inquietarme. Me dirigí hacia donde mi instinto me indicaba mientras sacaba mi teléfono para escribirle a Hinata y Nishinoya diciéndoles que no conseguí capturar el momento en fotografías, pero no pude, justo Motoya me estaba llamando, contesté tapando mis oídos porque la música volvió a inundar el lugar.

—Motoya, no te escucho, habla más fuerte— le dije a la par que me apartaba más y más del escenario, no alcanzaba a descifrar las palabras amortiguadas al otro lado de la línea. Una parte de mi quiso maldecir a Sakusa y Hoshiumi por no dejarme irme con ellos —Voy a cortar y te llamo cuando esté lejos de esto.

Me encontraba algo aturdido cuando encontré un área más despejada, no sabía en donde estaba, mandé mensajes en ambos grupos de LINE, Hinata fue el único que había respondido mandando una foto que estaba en el tren con Kenma, seguido de eso escribió un "Espero que ganes, Kageyama". No entendí del todo el significado de sus palabras, no iba a jugar ningún un partido en ese momento, así que lo ignoré. Intenté llamar a Motoya pero daba en ocupado. Recorrí perdido mientras seguía disfrutando la figura de Atsumu cantando que continuaba fresca en mi mente, ansiaba poder encontrarlo lo antes posible.

Tarareé parte de la música haciéndome creer que era Atsumu quien cantaba para mí.

Probé marcar de nuevo el número de Motoya pero seguía sin contestar, cuando estaba por rendirme vi una cabeza rubia conocida y me aproximé rápidamente.

—Yaotome— lo llamé aliviado. Él se giró de inmediato y, como aquella vez cuando descubrí su secreto y él atacó a Tsukishima, vi cómo cambió su expresión tranquila por una desesperada.

—¡Kageyama-senpai, se supone que no debería…!

No comprendí del todo lo que me dijo, simplemente mis sentidos dejaron de funcionar cuando me fijé que a unos cuantos metros detrás de Yaotome se encontraba Atsumu con la mano cerrada por la muñeca de Sakusa, quien no traía barbijo. Frente de ellos estaba la no-novia ya sin el pelo recogido en un moño. Parecían estar discutiendo, nunca he visto a Atsumu tan molesto, sus berrinches en aquel partido en las nacionales no son nada comparado a sus ojos fijos sobre el enemigo y la mandíbula tensa, como si él mismo temiera a saltar y encajar sus dientes en su presa.

Sakusa estaba encogido tras de él, incapaz de mantenerse con dos pies sobre el suelo, por más que quise no fui capaz de fijarme en su tobillo. De un segundo a otro la novia-demonio pareció haberse cansado y se retiró pateando el suelo y haciéndole gestos groseros a los otros dos.

Se acercó a nosotros. Sus ojos abiertos me tiraron directo al infierno.

—Yao…— exhaló desesperada y sin dejar de mirarme.

—Ve de nuevo— murmuró él sujetándome de la manga del yukata.

—¡No regresaré allá! —y nos enseñó su móvil roto —¡Estoy harta de esto, hazlo tú si tanto quieres!

No escuché (o no recuerdo) su conversación. Mi atención se posó en Atsumu, quien se colocó frente a Sakusa y se acercó cuidadosamente, posó una mano por su mandíbula, no le soltaba el brazo por nada en el mundo. Por sus gestos quise creer que sólo estaban hablando en voz baja, las personas que pasaban entre ellos y yo me tapaban la vista.

Recordé las fotografías, el video.

—Ustedes no están saliendo. ¿Cierto?

Su discusión paró en seco, me miraron confundidos y negaron.

Creí que lo entendí. Sin las reglas, me pierdo.

—Pero se gustan, ¿no es así?

El sentimiento era similar a aquella vez hace dos años donde creí haber escalado y llegado a una cima satisfactoria, me cegué y cuando armé el balón nadie remató, al girarme nadie me seguía, nadie me respondía. Eso pasó también, me volteé siendo recibido por un abismo, uno del cual temí toda mi vida.

—Kageyama…— empezó Yaotome —¿Senpai? ¡Kageyama-senpai, no se vaya!

Hice oídos sordos y fingí no haber estado allí desde un principio. Bien, bien. Esto debe tener alguna lógica, lo que sucedió seguramente fue por Yaotome y su novia, o por otra cosa, nada de nada; intenté convencerme mientras controlaba más de lo necesario los pasos firmes que daba. No estaba caminando en círculos, ¿cierto? Era por allí, derecha, izquierda, izquierda otra vez. Una de mis manos temblaba, no tenía idea de cuál.

Miré por unos segundos al cielo nocturno.

Ah cierto, estamos en un matsuri.

No pasa nada.

Nada.

Trastabillé mientras buscaba el contacto de Motoya en mi teléfono, quería decirle que ya era hora de irnos, que ambos podíamos ir hasta su casa solos, seguramente Sakusa conoce los itinerarios y sabe cuál es la línea que lo llevará con Hoshiumi y Atsumu. No, no, cierto… el espectáculo de luces a las siete. Cambié de idea pensando irme sólo con Hoshiumi, o solo; ah también quería escribirle a Nishinoya y decirle que no vuelva dejar a Yaotome solo, y a Hinata porque ni idea pero necesitaba desbloquear el teléfono y respirar y caminar… y quiero irme de aquí ya.

Y por un segundo viví la realidad en cámara lenta. Fue de esos efímeros momentos donde el oxígeno pesaba más y daba la sensación de que todo era húmedo, que el suelo era de goma rellena de agua y que a cada paso que diese los pies se enterrarían más y más hasta dejarme sin salida. Sentí al cúmulo de personas cerrarse alrededor mío, yo me encogía en contra de mi voluntad. Del pecho al cuello ardía, el obi del yukata me sofocaba, quise arrancármelo.

Clavé mis uñas en los bordillos de mi vestimenta. Un toque en mi hombro me hizo girar con brusquedad.

—Tobio…

Atsumu me miró con los ojos muy abiertos, respiraba rápido, le tiritaban los labios. Me fijé detrás de él, Sakusa venía a unos pasos por delante de Yaotome y su no… lo que sea. Sakusa traía de nuevo puesto un barbijo desechable pero mal colocado. Cuando cruzamos miradas él se paralizó, no comprendí del todo su expresión porque llevaba media cara oculta, pero noté cómo se giró y detuvo a los otros dos para obligarlos a retroceder juntos hasta salir de mi campo de visión.

—¿Te encuentras bien, Tobio? —Pasó su pulgar por mi sien —Estás sudando mucho.

No me llegaba el aire a los pulmones. Atsumu bajó su mano hasta mi mejilla, al parpadear me encontré viendo el mismo escenario a metros de distancia, mi persona se transformaba. No era yo, quien debería estar allí no era yo.

No pasa nada.

—Tobio, no me ignores, ¿qué sucede?

¿Pero por qué en mi interior pasaba algo?

Colapsé.

—¡¿Qué sucede contigo?! —me sacudí liberándome del tacto, Atsumu se espantó, percibí perfectamente el alarido ahogado surgir de su garganta. Cuando retrocedimos un paso cada uno sentí que la realidad me prendía una tremenda bofetada, haciendo que el ruido ambiental llegase el doble de fuerte a mis oídos —Perdón, yo no…

—No, perdón yo— interrumpió rápido —Creo que… creo que me apresuré un poco. Quizás aún no debería estar haciendo, um… ¿todo esto?

—Miya…

—Tobio— me interrumpió levantando ambas manos a la defensiva, como si yo fuese a saltarle como un animal salvaje —Si no te sientes bien sólo dímelo y volveremos a la casa de Komori. ¿Sí?

Me costó tomar aire e impulsarme a decírselo.

—Miya, los vi.

—¿Qué cosa?

Era ahora o nunca.

—Que los vi— repetí —las fotografías, el video, a ustedes— vi tus raspones —Pero… no lo entiendo. ¿Ustedes acaso…?

No completé mi pregunta. No entendía cómo es que Atsumu era capaz ver a través de las personas pero yo ni siquiera podía notar las llagas que están enfrente de mí.

—Video. Joder, ¿hay un video?— lo oí susurrar —¿Cómo que un video? No tenía idea de eso.

—No me mientas, Miya— me costaba dejar salir la voz —No lo hagas.

Me dedicó una mirada muy similar a aquella vez donde nos colamos en las graderías para ver el partido de Itachiyama y gastaba el nombre de Sakusa con todo lo que su aliento le concedía.

—Tobio…— ahora gastaba el mío pero a fuego lento, sin desesperación, sin levantar mucho la voz por miedo a que alguien más lo oiga —Escucha bien porque sueno bastante patético, pero entre Omi y yo ya no hay nada, en verdad, nunca hubo nada.

—Te dije que no me mientas— modulé cada sílaba con mucha fuerza.

—Bien, bien. Tobio, necesito que entiendas… bueno no, sólo déjame empezar de nuevo— hablaba muy rápido —Es que ha pasado mucho y poco y… ¿Tobio…? No, Tobio, mírame por favor, mírame— no supe en qué instante habré cerrado los ojos, negué dos veces. Las manos de Atsumu viajaron hasta las mías y las apretó con suavidad. Me aparté de nuevo.

—Basta, Miya.

—No quiero equivocarme otra vez pero tengo miedo y ese medio me hizo cometer muchos errores. Yo no mentía con lo de hace rato, no era una broma Tobio, sé que escuchaste aquello y me acobardé. Pero no era mentira, créeme, no… No hace falta que me creas, sólo mírame por favor, es lo único que te pido ahora. Tobio, siento que estoy haciéndolo todo al revés, necesito que me mires. Después desapareceré de tu vista si quieres.

Suspiré intentando apaciguar mi pavor, quería y no a la vez que esto terminara. Abrí los ojos, fui recibido por la mirada impaciente y quebradiza de Atsumu.

No hubo fuegos artificiales pero sí vi cómo unos niños pasaban por allí con unos juguetes de feria con luces rojas, los puntos se multiplicaron ante las diminutas gotas que pintaban mis pestañas. No nos alejamos de la multitud, nadie se detuvo a apreciar el cielo, o a nosotros, simplemente continuaban su camino.

El cielo no se llenó de colores, pero bajo la oscuridad Atsumu igual lo hacía.

Qué ironía. Esperé dieciséis segundos y aguanté la respiración.

—Es que yo te quiero a ti, Tobio.

No alcancé a atrapar su corazón entre mis manos. Me resbalé, caí con él y nos rompimos a la vez.

¿Cómo puedes quererme sabiendo que he visto el sentimiento más allá de un video o fotografías?

—¿No estás mintiendo?

—No lo hago.

—Me pediste aquella vez que mire las fotografías.

—Pero Tobio, por favor…

—No te creo.

A veces suelo decir lo primero que se me viene a la mente. Sin embargo, esa vez no pensé en nada.

—Bien, Tobio. Está bien— me dijo bajando la mirada hacia nuestras manos —Lo entiendo…

Dos líneas de lágrimas pintaron sus mejillas. Me inquieté.

—Perdón Miy…— no sé de dónde me nació la valentía, o quizá se me cruzaron los cables cuando pronuncié un firme: —Atsumu.

Y en vez de mirarme, él presionó sus párpados intentando retener el sollozo.

—No me pidas perdón, estúpido santurrón— se restregó la cara por el hombro —Puedo tal vez… Mierda, ¿puedo al menos…?

No lo dejé terminar porque estiré sus manos, los solté y ambos nos envolvimos en un abrazo. Me susurró que quería ir a casa, que es feo llorar en público, aún así no nos movimos de donde estábamos. No nos separamos ni cuando Motoya al fin me devolvió la llamada excusándose de correr tras Hoshiumi porque le robó un boleto para los juegos. Lo hicimos dos segundos después de vislumbrar a Nishinoya acercándose a nosotros con Yaotome a su lado para despedirse, sin querer noté que algo no encajaba en la expresión alegre de ambos.

Motoya, Sakusa y Hoshiumi llegaron minutos después, nos compraron caramelos, Atsumu no tocó ni uno. En el viaje en bus nos sentamos separados, al llegar a casa no volvimos a cruzar palabras. No opinamos nada cuando vimos un partido internacional entre los cinco, cenamos sin participar en las conversaciones, no respondíamos cuando Motoya o Hoshiumi nos llamaban con un gesto.

A la hora de acostarnos me fijé que la litera de arriba estaba vacía, segundos después llegó Sakusa con su propia almohada y manta.

—Eres el único en quien confío que no tenga piojos, déjame dormir en tu cama.

Atsumu fue a dormir junto con Motoya, Sakusa se quedó en la litera de abajo luego de hacer un completo cambio de sábanas; no me daban ganas de dormir arriba, terminé acostándome en el somier con Hoshiumi. Intenté silenciar mis pensamientos distrayéndome viendo partidos sin volumen en mi teléfono, la sábana cubriendo el brillo, pero mi concentración era tan floja que me pasé horas retrocediendo el mismo video.

En la pantalla me salió un globo de chat junto con la inconfundible vibración larga.

EC (03:12): Lo siento por todo.

Tobio (03:26): No deberías disculparte por ello.

EC (03:43): Olvidemos que sucedió esto ¿de acuerdo?

No volví a retroceder el video, tampoco logré conciliar el sueño sabiendo que algo entre nosotros salió mal, sabiendo que Atsumu se había roto, sabiendo que quizá estuviese calmando sus lágrimas en silencio al otro lado de esa pared que nos separaba.

Tobio (04:18): De acuerdo.

Dos horas después Motoya me despertó con un almohadazo por la cara, antes de mandarlo al suelo de una patada me recordó que debía estar en la estación de Tokio antes de las nueve. Sin despertar a los demás nos bajamos a desayunar juntos algo de pastel de limón con chocoleche, por más que esperé no me hizo pregunta alguna sobre lo sucedido entre Atsumu y yo, más bien, sólo posó una mano por mi hombro diciéndome:

—Él es un caso épico, pero va a estar bien.

Claro, él siempre estaba bien. Se levantaba del suelo y se refregaba el polvo de sus ropas antes de burlarse del mundo con un "¿es eso todo lo que tienes?". Por eso, cuando salí de ducharme y me topé con Atsumu en el pasillo, se despidió de mí sin vacilar, sin demasiadas energías tampoco, era un punto medio que nadie era capaz de ver, que nadie supo que estaba allí.

Pero yo lo podía sentir de alguna forma.

Motoya viajó conmigo en los asientos traseros del taxi, se encargó de distraerme hablando de sus planes para el resto del verano, le seguí la conversación asintiendo únicamente, él no insistió en sacarme palabra. En la estación me esperaban mis compañeros, hablaron un buen rato con Motoya antes de despedirse. Me sentí bastante fuera de lugar cuando abordé el tren.

Nishinoya se sentó a mi lado, Yaotome y Hinata estaban a unos asientos detrás de nosotros.

—No todas las cosas salen bien, ¿verdad? —Me dijo Nishinoya de repente, abrí la boca para responderle pero lo vi aferrarse al abrigo que llevaba suelto entre sus brazos y quebrarse sin anticipación alguna, decidí dejarlo continuar —Me prometí a mí mismo que si Asahi no me aceptaba entonces… entonces lo dejaría hacer su vida y yo buscaré continuar la mía en otra parte.

Dejé que se apoyase por mi hombro en esas cuatro horas en tren, se durmió recién a la mitad del trayecto, ojalá yo también hubiese podido hacerlo, no tenía esa habilidad de dormir como quiera donde sea como lo aseguró Nishinoya. Así como tampoco era una caja de sorpresas, Atsumu, no lo era.

Sus lágrimas aún se sentían por mi cuello.

Me quieres, ¿no?

De Sendai fuimos los cuatro en un mismo tren y bus hasta la parada cerca del Karasuno. Yaotome y Hinata se veían satisfechos y prometieron volver a las prácticas esa misma tarde, Nishinoya dijo que volvería recién al día siguiente. Cuando ambos caminamos hacia nuestras casas Nishinoya me rogó que no me preocupase mucho por lo que sea que haya sucedido, mañana sería un día nuevo y que hay que practicar y avanzar y… Ya no capté más sus palabras. Mi concentración se colaba de entre mis dedos y se iba lejos, bastante lejos, a kilómetros de mí.

¿Por qué yo, Atsumu?

Llegué a casa y vi a papá en el sillón, mamá a su lado, Miwa en el comedor. No pasé desapercibido por ninguno, me hicieron sentarme al lado de mi hermana como si no hubiese estado fuera de casa por casi una semana. Fueron directo al grano.

—Tu padre y yo nos vamos a divorciar.

Ese fue el día en que me enteré sobre la otra familia de mi padre, sobre la nueva pareja de mi madre, que ambos estuvieron separados tácitamente desde que yo era un niño. Dijeron algo sobre vender la casa, hacer intercambios, mis estudios, mi supuesto futuro, me mostraron papeles indescifrables y me hicieron preguntas que no llegué a captar. Papá se marcharía para siempre, en unos meses Miwa también lo haría, quién sabría si mi madre también. Y yo…

—Hagan lo que se les cante con su maldita vida y no me vuelvan a meter en ella.

—¡Tobio, no hables así en esta casa! —me reclamó mi padre.

—¿En una casa en la cual nunca estás? ¡Por favor!

Era el colmo. Pasé de largo sus súplicas para que me quedara en mi lugar, fui a mi habitación a arrojar mis maletas y cambiarme por ropa cómoda para entrenar. Me dolía el pecho, la garganta, ardían como si hubiese bebido ácido. Tomé mi bolso deportivo y sin dirigirle mirada a mi familia me fui de allí para ir hasta el gimnasio del Karasuno.

Llegué antes del atardecer, mis compañeros estaban teniendo un descanso, no me costó reintegrarme. Hinata y Yaotome llegaron casi una hora después de mí, como Nishinoya había dicho él no apareció en todo lo que restó el entrenamiento. Evité a toda costa que cualquiera me dirigiese palabra fuera del contexto de las prácticas, di más esfuerzo de lo normal en cada jugada, en cada movimiento, las horas pasaban y pasaban pero mi cabeza me pesaba junto con esas dos simples palabras.

—Tobio.

Reventé el balón en un último servicio con salto, se oyó cómo rebotaba por las paredes vacías del tinglado. Yo era el último que quedaba en el lugar, me desplomé empapado de sudor en el suelo, me dolía hasta respirar.

—Son las once de la noche— era Miwa quien me vino a buscar —¡Nos tuviste preocupados en casa! Llamé desesperada a Hinata porque no regresabas, ambos sospechamos que seguirías aquí.

No le dirigí palabra, me levanté tambaleándome y cogí otro balón del suelo porque ambas cestas estaban completamente vacías, ella se interpuso en mi camino agarrándome de los antebrazos.

—Es suficiente, mira tus brazos, van a estallar— como lo dijo, mis músculos me palpitaban hasta el límite. Ella me miró detenidamente intentando colarse en mis pensamientos —¿Sucedió algo nene?

No me daban ni las energías para asentir.

—Quiero ir a casa.

Me ayudó a juntar los balones, mientras fui a refrescarme ella limpió todo el lugar. Suerte que me buscó en su coche porque si caminaba hasta casa seguro me desmembraría al recorrer apenas un metro. Cuando llegamos no había nadie en el salón, no quise preguntar donde estaban mis padres, no toqué la cena y fui directo a ducharme.

Miwa me esperó en mi habitación, tenía un sobre abierto en sus manos.

—Me llegó esto el otro día en la peluquería— me indicó que me sentara junto con ella en la cama —No solemos revisar el buzón tan de seguido, creo que ha estado allí como por un mes.

Me acosté en el colchón luego de tomar el sobre, indicaba la fecha en junio, abajo tenía la dirección de la peluquería y el nombre de mi hermana en hiragana. Miré unos segundos a ella buscando su aprobación, cuando asintió levanté la solapa y encontré al dorso mi nombre junto con una luna y un corazón, debajo de ello una corta pronunciación.

—¿Estás segura que no es para ti?

—Los únicos sobres que recibo son de facturas de telefonía, esas me las tiran en el buzón de aquí— la sentí alejándose un poco, dándome espacio —Por más que quisiera leerlo no lo haría, te lo juro.

Saqué las hojas dobladas en su interior, eran simple papel cuadriculado de cuaderno, estaban escritas a mano del derecho y del revés. Leí lentamente la carta, deteniéndome en algunas frases, en palabras sueltas, me costaba analizar profundamente todo ese enrollo de sentires explicados en letras. Justo como me sucede ahora, sólo que en vez de tratar de comprender las letras quiero que ellas me ayuden a expresar lo que siento, lo que es profundo y no puedo sacar de mí.

Terminé de leer, traía la boca seca como si hubiese recitado todas esas palabras en voz alta. Ladeé mi cabeza viendo mi reloj, faltaba poco más de cuarto de hora para la una de la madrugada.

Agosto.

—¿Qué sucede…?— Miwa se acercó a mí arrastrándose sobre el colchón —Tobio, no llores, ven aquí, ven…

Here I go,

Scream my lungs out and try to get to you.

Me desesperaba oír mi propio sollozo desprenderse a gajos. No solté la carta cuando mi hermana me abrazó y dejó que me acurrucara entre sus brazos.

Leí de nuevo la última línea.

You are my only one.


Hanabi: Es un festival anual de fuegos artificiales que se celebra el último sábado de julio en Sumidagawa, cerca de Asakusa.

Sanja: Es un festival que se lleva a cabo en honor a Hinokuma Hamanari, Hinokuma Takenari y Hajino Nakatomo, los tres hombres que establecieron y fundaron el templo budista Sensō-ji.

Kingyo sukui: Es un juego japonés de feria donde tienes que sacar pececitos de colores con una cuchara de papel.


N.A.: A- Tranqui, seguro después de esto me llega el karma, no se preocupen. Ahora a llorar todes juntes como hermanessssss. ¡Nos leemos en el próximo siglo!