N.A.: Boenas, magnífico hiatus que tuve... ¿Cuánto? ¿Cinco meses? Pffff no sé si alguien sigue leyendo esto, igual lo subiré, por si alguna vez algún alma le echa un ojo. Bueh- sin más tristezas (spoiler: no) espero que disfruten de la lectura,,,
Disclaimer: Haikyuu y sus personajes no me pertenecen, son propiedad del queridísimo maestro Furudate.
Capítulo VII: Sólo tú
8 de junio, 2013.
Hey, Tobio:
Bueno, no sé qué poner, es todo imprevisto…
Lo que sí es que ojalá estés entrenando lo suficiente en estos días, obvio sin sobre-esforzarse porque es un error que solemos cometer los jugadores y acabamos vomitando, con algo roto o un resfriado de esos que me quieren dar cada mes porque nunca aprendo lo que es reposar en cama; y ojalá también estés bien porque te veo como una excelente persona, por más fuera de contexto que suene. Estoy… no sé cómo estoy la verdad, preocupado no es suficiente para expresar lo que siento por ti ahora. Es que yo no sé los problemas que estás teniendo y por eso ya no me escribes correos (no quiero presionarte por ello, si no puedes, está bien). Pero no vengo a hablar de eso…
Yo no sé cómo puedes ser tan amable conmigo y con los demás, con todos. Al principio pensé que eras sólo uno de esos presumidos y santurrones que creen que son mejores que todos por nacer con un talento y ser seleccionado nacional, pero vaya… me llevé una gran sorpresa al enterarme que eres sólo un chico que desea mejorar en el deporte, que intenta con todo lo que puede comprender a sus compañeros y expresarse de la manera más fácil. Sí, así te veía y veo dentro de la cancha, tal cual como un rival; pero fuera de ella eres sorprendente y curioso y extraordinario, eres mucho. ¡Demasiado, maldita sea, eres demasiado para mí, Tobio!
Sé que es una palabra muy fuerte y que no debería emplearla tan rápido, perdóname de antemano, pero amo ese lado tuyo fuera de la cancha. Eres tan tierno que hasta con sólo mirarte en esas videollamadas no tengo palabras que decir y me pierdo en tus ojos, me hace desear volver a verte o retroceder al campamento o a las nacionales de primavera sólo para aprovechar tenerte de frente y poder… ¿estar cerca? No sé. Más bien, quiero poder sentirte más cerca.
Soy tonto, estoy en mi hora tonta, así que soy capaz de enumerar todo lo que me gusta de ti, te lo advierto, lo voy a hacer. Me encanta tu personalidad, tu forma de expresarte (las pocas veces que lo haces lo aprecio un montón), tu mirada, tu… ese abrazo dulce y amargo que me diste en los baños de la arena cuando tu equipo perdió el torneo. Y tu pelo, ¡bueno, lo admito! Me encanta tu pelo, es muy hermoso y me han dado hasta ganas de poder acariciarlo alguna vez (oh por Kamisama, sueno como un acosador asqueroso, no me alcanzan las palabras para pedir perdón).
Ugh, me pierdo… ¡Ah! Sólo jugamos algunas veces en el campamento porque en la mayoría estábamos a lados contrarios de la cancha, cuando estuvimos en el mismo equipo no tuve oportunidad de golpear tus pases, espero poder hacerlos algún día. También creo que eres talentoso con tu forma de estabilizarte luego de fallar una jugada, ¡no es justo, yo no puedo porque me la paso gritando y maldiciendo! Enséñame por favor, Tobio, haré lo que quieras a cambio. Te compraré galletitas de leche ya que si mando lácteos hasta Miyagi se descompondrían.
Uy, se me acaba la hoja. Da la vuelta, Tobio.
¡Hola de nuevo! (Si empiezas aquí entonces lo estás leyendo al revés, da la vuelta TontiTobio)
Ya falta poco para el verano… Estábamos acordando con Komo, Omi y Hoshi para ir a un matsuri en Tokio. Si no ganamos la Interhigh vamos a usar yukatas, me estoy esforzando mucho con el equipo para la final de los playoffs. No sé en qué día llegará esto, pero te lo digo igual: mañana jugamos la final, estoy muy nervioso. ¿Qué haces cuando estás nervioso? Pregunto sabiendo que no me vas a responder… Ah cierto, también recordé que me preguntaste si estaba nervioso antes del torneo de primavera.
Tengo que explicarte todo.
Tobio… Quiero decirte un kilo de cosas, pero creo que es mejor ponerlo en palabras cortas: me enamoré, fallé y tengo miedo. Agh, soy ridículo. No quiero cometer los mismos errores, a Kiyoomi nunca le confirmé mis sentimientos y yo confundí los suyos, quise creer que todo estaba yendo bien cuando una parte en lo más profundo de mí estaba al tanto de la inestabilidad bajo nuestros pies. Grité su nombre en las gradas afirmándole que iba a estar tras de él fielmente como prometí. Promesas, promesas, promesas… ¿Al final para qué? Kiyoomi me daba claras señales y yo me hacía del ciego, creyendo como siempre que yo estaba en lo correcto. Y cuando aquello pasó me sentí desplazado como un hielito del ártico. Necesitaba contárselo a alguien, es por ello que te pedí que vieras las fotografías (por cierto, tengo que castigar a Komo y Hoshi por ello, lo prometo).
No puedo poner excusas sobre lo que hice, pero puedo confirmarte que esa vez quería saber si aún seguía enamorado de él, si era justo seguir estándolo. Suena raro, lo sé, es que quise… ¿un beso de despedida? ¿De prueba? ¡Suena horrible ahora, soy lo peor! ¡Perdóname, Tobio! No sé, fue la primera y única vez que me atreví a besar a Kiyoomi, y no sentí nada, ni cosquilleos, ni sudor en las manos, sólo un nerviosismo que se impregnó en todo mi cuerpo y me mantuvo tieso. Mejor dicho, era un constante "Ah, la has regado, Tsumu" que sonaba como una jodida campana en mi cabeza.
Me enfoqué tanto en buscar un Kiyoomi que no existe, me fijé tanto en lo lejano. Hasta que de un día para otro apareciste tú y te quedaste a mi lado, te quedaste, aunque yo hui varias veces.
Te conocí en diciembre, dudé en enero, llegando a febrero me di cuenta que no entiendo ni mis propios sentimientos, ni mis heridas, son rapones que sangran y sangran, pero no me duelen, o de tanto dolor ya no los siento. Y en medio de este embrollo no me di cuenta de tu presencia hasta que estuviste literalmente dentro de cada uno de mis días, de mis horas. Cuando no hablábamos yo igual pensaba en ti, en cuándo volverías a llamarme, a escribirme, a compartir sin querer la rutina.
Así que un día me recosté para dormir, miré al techo y me dije: Wah… estoy enamorado de Tobio.
Luego de eso le hablé a Kiyoomi contándole un chorizo y medio de cosas, y él me respondió con un: "No creí que fueras tan imbécil como para llamarme de madrugada, mi cabeza sólo me da para decirte que eres experto en cagarla y si haces algo malo esta vez no te perdono". Kiyoomi y yo funcionamos más como amigos que se detestan pero que igual siguen allí, me di cuenta tarde y después de muchas fallas, pero al menos crecí y lo entendí. Él no se irá de mi lado y yo tampoco del suyo, pensé que sería una tortura pero… estoy aquí ¿no? Escribiendo una carta para ti.
(Hoja dos, perdón, me estoy pasando con esto)
Luego de tener mi primera videollamada contigo, Samu entró a nuestra habitación y me despertó, me dijo que apagara el móvil y que me acomodara bien para dormir, y yo lloré… ¡No me juzgues! ¡Lo hice porque estaba tan malditamente feliz! Cuando le conté a Samu lo que me sucedía, él se burló de mí: "Espero que no te enamores de cada uno de tu grupito del campamento", y me hizo un masaje en los hombros hasta que me calmé. En realidad, él está bastante feliz por mí. A veces Samu es bueno, siempre te hablo de él, pero quiero que lo conozcas. Siento que ustedes dos se llevarán de maravillas, pero también presiento que se aliarán contra mí si es que me descuido.
Me pierdo, es que estoy muy inquieto. Tengo miedo de esto, de lo que puede suceder, de lo que no va a suceder, nadie puede estar preparado para las peores situaciones, ni la mejores. Tobio, sea como sea voy a tratar de contactarte para decirte que vayas al matsuri (ojalá esto llegue antes del día) y si no vas entonces al siguiente día me compro un boleto y llevo mi trasero hasta Miyagi para llorarte sobre el pavimento. Y sí, maldición, soy un llorón de punta a punta, es mejor admitirlo.
Pero espero que vayas a Tokio, que nos volvamos a ver, quiero que estemos uno al lado del otro, quiero que no me tiemblen las palabras y que hasta las risas sean palpables.
Que pase lo que tenga que pasar.
PD: Agh, me dará gripe cuando escriba esto… me adelanto mucho, no me entiendo, lo confieso. No tengo el derecho alguno de que me aceptes mis sentimientos, sé que hice mal con Kiyoomi y que ahora que sabes mi pasado oscuro no quieres estar conmigo. Pero quiero decirte que espero que encuentres a alguien que te haga feliz, que te comprenda, que le comprendas. Se me acaba la hoja de nuevo, no sé si esto cuenta como una buena posdata pero ya lo escribí. Te aprecio, Tobio. Gracias por dejar a este tonto ser parte de tu vida y gracias por estar en la mía.
PD2; 14 de junio: ¡Ah, me dio vergüenza enviarlo la semana pasada! ¡Kiyoomi se enteró por el chismoso de Komori (bueno, gracias a él conseguimos la dirección de la peluquería donde trabaja tu hermana, Komo con facebook en la mano es muy peligroso, llévenlo a la cárcel a él, no a mí) y me llamó amenazándome que me bajaría todos los dientes incisivos de un puñetazo si es que llego a arruinarlo! ¡Samu oyó la conversación y dijo que no me defendería, sino que ayudaría a Omi sujetándome para dejar mi rostro libre! Tobio, me junto con gente mala, lo sé, pero yo también me golpearía si lo arruino.
Quería decirte que perdimos el torneo, me tocará usar yukata. Si no vas prometo llenar tu galería con fotos mías, si es que Komori no lo hace primero. Me aseguraré de ganar al menos en eso.
Estuve oyendo de nuevo esa música que una vez pasé al grupo, ¿lo recuerdas? Lo reproduzco cada vez más de seguido desde esa vez que me dijiste que era tu canción favorita.
Espero cantártela algún día, aunque no sé cantar.
"Tsuki", Tobio. You are my only one.
Palabra por palabra lo reescribí, al hacerlo tuve que leer la carta una y otra vez, las lágrimas nunca dejando de correr. Este escrito lo tuve guardado por mucho tiempo, es Osamu el primero a quien se lo enseño. Justo hoy, el día en que sólo él está cumpliendo veintidós.
—¿Cuándo lo reescribiste? —me pregunta sin despegar los ojos de la pantalla, a cada tanto lo noto masajeándose con cansancio el párpado izquierdo.
—Agosto del año pasado— digo bajito —A finales.
Aún no se asoma del todo el sol, aunque es otoño igual hace frío dentro de la nueva casa en Kobe, y eso que faltan dos horas para abrir el negocio. Subo mis pies descalzos sobre el sofá debido a que me olvidé de colocarme los calcetines cuando salí del cuarto de huéspedes con la laptop en mano y con el insomnio recargándose por mi nuca, pesando como una tonelada.
—Mierda— masculla él —fue muy pronto.
—Encontré la carta y me dio… pánico. ¿Qué sucedería si lo perdiese también?
Hace media hora que estábamos recostados en el sofá. Cuando fui al salón me encontré a Osamu planchando los delantales que se olvidó anoche en la secadora, ahora todo está doblado y listo para él, Suna y los tres empleados novatos. Estoy incluido en ese paquete. Miro cómo nuevamente Osamu sube la página hasta el principio y relee la carta, me quedo en silencio abrazando mis rodillas y, por más que intento no hacerlo, mis ojos repasan las oraciones que me estrujan el pecho una y mil veces.
—¿Hay más de esto?
Trago saliva.
—¿Más de qué?
—Esto, lo que escribes. Sobre él.
Cuando el nerviosismo y la angustia nos superan solemos evitar decir su nombre, nunca tuve idea del por qué, es algo automático que surge de nuestras entrañas sin querer.
Paso la mirada de la pantalla a los ojos de Osamu, el gris tirando a un añil oscuro se rehúsa a debilitarse, me recuerda al chocolate que no permitía fundirse ante el dolor. Quisiera tener esa misma fuerza, quisiera volver a ver esos ojos que suelo comparar con lo más dulce y amargo que existe. Asiento lentamente mientras tomo el mouse y abro una carpeta llena de documentos de escritos, lo suelto y espero a que Osamu eligiera cuál ver primero. Pero en vez de eso, él evade la laptop y me mira detenidamente.
—¿Tanto? —Resopla incrédulo —Esto es… No sé, es sorprendente. No creí siquiera que escribías.
Relajo el cuerpo y dejo relucir una tenue sonrisa, esas que se salen al instante en que lo recuerdo a él, cuando invade mi mente repentinamente. Es como una explosión repentina que mueve los ladrillos de esa enorme muralla que construí alrededor de mi corazón durante toda mi vida.
—Es que a veces vienen algunos a romper nuestros esquemas.
Oímos pasos, nos giramos a la vez y vemos a Suna con más ojeras que cara y con un biberón vacío en manos. Sin invitación se sienta a mi lado preguntando qué hacíamos levantados si los cumpleaños no se celebran tan temprano, en respuesta le apunto a la pantalla con mi mentón, le cuesta unos cuantos segundos despertarse del todo y descubrir a qué me estoy refiriendo. Al leer la carta Suna se tapa la boca, por un segundo creí que iba a gritar de horror.
—Y-yo…— tartamudea bajo la palma y cierra los ojos, aguantando una carcajada por reflejo. Me desconcentro unos segundos antes que él continúe: —Diablos, Atsumu, escucho tu jodida voz aquí— reprocha antes de apuntar a su hombro izquierdo —Siento que me está hablando a la par que leo cada palabra, no sé cómo pero es así.
—Yo hasta pude sentir su nerviosismo adolescente— agrega Osamu un poco más relajado.
Y luego ambos me miran impacientes. Yo abro los demás archivos mostrándoles la historia.
Les muestro mi corazón, mi alma, mis lágrimas en letras.
Varias veces me han preguntado cómo es que aguanto todo esto, cómo es que uno tiene la capacidad suficiente de seguir de pie luego de vivir dentro de una tormenta de arena que te desgarra la carne y la deja expuesta al calor arrasador del sol. Asimismo, muchos me han dicho que si estuviesen en mi lugar no lo soportarían, que el dolor es inimaginable, que desearían irse también por más crudo que sonase, lo soltaban sin preocuparse en poner filtros a sus palabras. Sinceramente no me afectaba lo que decían, ya que por más lástima o empatía que sintiesen por mí yo sabía que nunca me comprenderían.
Y para no mentirles sólo respondía que quizás no lo proceso aún, que me estoy fundiendo a fuego lento y que cuando finalmente entienda qué está pasando… colapsaré.
Siento que voy cerrando los portales de una enorme casa, que afuera de ella llueve torrencialmente y que el agua comienza a colarse entre las bisagras. Me muevo lentamente porque aún tengo las heridas de aquella tormenta. Me voy adentrando más y más, habitación por habitación, teniendo en mente que la casa se inundaría en cualquier momento y que no tengo escapatoria.
Y no es como si estuviese buscando alguna.
Pero hay algo que me retrasa de ese derrumbe que presencio, que está tan cerca. Hay un sostén ligero que mantiene mi cuerpo sobre tierra firme y me señala las ventanas y balcones de aquella casa. Algo me da esperanzas de hallar una salida.
Y mientras recompongo en el regazo de Suna, éste y Osamu deciden contarme anécdotas para ayudarme a comprender todo, a recordar todo.
A construir esta historia.
Al parecer, Osamu supo de lo que sucedía con Atsumu antes que él mismo lo descubriera, fue desde que Atsumu llegó a casa luego del campamento juvenil de la All Japan en su segundo año. Osamu no es de creer todas esas cosas que se rigen a las energías, a lo espiritual, ni nada de eso, pero claramente sintió que las vibras de su hermano gemelo tenían una notoria alteración. Osamu compara: es como cuando ves las nubes y sabes que se avecina una tormenta, no un aguacero.
Atsumu nunca se despertaba temprano, por eso, cuando Osamu lo descubría saliendo del baño ya duchado cuando él ni siquiera despegaba un ojo, todas sus alarmas se activaban. También, Atsumu no solía usar tanto las máquinas expendedoras del Inarizaki, siempre se excusaba diciendo que la comida de allí sabe a plástico o es rancia, cuando las empezó a usar frecuentemente fue tan fuera de cuadro hasta el punto de que su grupillo de niñas fans del instituto armaron un debate sobre ello (hasta ahora nadie sabe cuál fue la conclusión). Y para agregar, se la pasaba todo el día pegado al móvil pero tardaba milenios en contestar un mensaje suyo o de sus padres.
Su primera opción fue que esa actitud estaba ligada a Sakusa ya que su enamoramiento no era un secreto, Osamu detesta decir esa palabra, prefiere usar atontamiento. Según él, Atsumu no se enamoraba, simplemente perdía la cabeza y se arrojaba al precipicio. Según yo, no hay diferencia entre amar y arrojarse a un precipicio, en ambas situaciones existen posibilidades de hacerse papilla humana o tener todo previsto para tener una experiencia segura y emocionante.
Siguiendo el tema, al paso de los días Osamu descubrió que Atsumu añadía un nombre de más en sus anécdotas del campamento. "Tobio esto, Tobio aquello". Y luego ya ni siquiera hablaba del campamento, sino que cambiaba los "aquella vez en" por "ayer me dijo". Cada vez más directo y sin darse cuenta.
—Él solía hablar mucho sobre las personas que lo rodeaban, especialmente de ti— le digo. Osamu carajea somnoliento.
—Pues claro, era mi hermano y vivíamos uno pegado al otro. En cambio, tú no.
Cuando entraba en confianza Atsumu platicaba hasta por los codos, como si tuviese una enciclopedia atlas bajo la lengua, era bastante curioso y se detenía a escuchar lo que los demás tenían para decir (cuando se le antojaba, o sino fingía que había nacido sin oídos). Con su hermano no era así, siempre iba a los griteríos o a los silencios telepáticos, nunca un medio. Así que cuando comenzó a tirarle comentarios neutros cuando hablaba sobre mí, Osamu comenzó a unir cabos.
—Con Sakusa al principio fue un constante "¡Lo odio, no lo puedo ver, a la próxima lo mando a comer tierra!" para luego pasar a "¡Maldita sea, me gusta!" o cosas parecidas, muy explosivo, las bombas nucleares se quedaban diminutas al lado de su boca. Contigo pues, simplemente te mencionaba como si fueses su brazo izquierdo, como si siempre estuvieses allí.
Aunque me incomoda un poco ser comparado con Sakusa no puedo evitar sentirme halagado. Sé que las palabras de Osamu no tienen más intención que decir la verdad, sea dolorosa, dulce, atrevida. O triste.
—Sabes, yo dudaba si Atsumu era sólo un caprichoso de esos que estresan y se arrugan si no consiguen lo que quieren, es que cuando lo conocí era muy callado, más que Samu— agrega Suna levantándose con dirección a la cocina, ni cinco minutos después regresa con el biberón cargado de leche tibia y un rollo de papel de cocina que no duda en entregarme —Y cuando lo vi llorar cuando nos contó que lo rechazaste lo confirmé, era caótico— continúa como si nada. Dios, no sé dónde esconder la cara.
—Ah, cierto que lo rechazaste— Osamu sí que sabe cómo achicharrarme.
—¡No me lo recuerden!— me quejo mientras me sueno los mocos con un trozo de papel. De tan sólo pensar en aquel momento en el matsuri mi estómago se revuelve, es como tener adentro un enjambre de mariposas, pero volando a través de un tifón.
—Nada de nada lo de ustedes. Rin también me rechazó, dos veces.
—Es la maldición Miya— completa Suna.
Como lo mencioné varias veces, Atsumu era de esos que por más veces que se tropezara y se raspara las rodillas al aterrizar sobre el suelo rugoso de cemento, seguiría levantándose para desafiar al mundo entero hasta obtener la victoria que deseaba. Pero obviamente, no te puedes poner de pie sin haber caído primero.
Así como en la carta, Osamu me cuenta que no fue necesario mediar palabra para que Atsumu le cuente su atontamiento.
Atsumu se gustó de muchas personas a lo largo de su vida, siempre prefería sacar su lado más dulce, más suave, como si mágicamente de un día para otro se haya transformado en el ser más inmaculado de la existencia. Llegó a salir con varias chicas en la escuela media pero terminaban a la semana porque, según Atsumu, sólo quería besarlas y ya; según Osamu, ellas se daban cuenta rápidamente que Atsumu era un patán para las citas y las llevaba a todas al mismo puesto de taiyakis. También, le daba pavor ir más allá de la primera salida y el primer beso.
Incluso una vez, en su primer año en Inarizaki, una chica de tercer año le iba a pagar cincuenta mil yenes si aceptaba salir con ella, incluido beso y pasarse del cuento; Atsumu la rechazó y faltó al instituto por dos días porque no quería cruzarse con ella nunca más en la vida. Recuerdo haber oído un trozo de aquella historia, fue una de las tantas veces que quedé en la casa de los Miya en Hyogo, en esas cenas donde dentro de la confianza familiar dejábamos relucir nuestras mayores vergüenzas. Claramente, la declaración fallida de Atsumu hacia mí era uno de los temas favoritos después del desastroso caso del jugo de detergente, relato que quizás lo cuente luego.
Al caso, Atsumu era un lío de corazonadas. Iba de aquí para allá diciendo que al fin encontró a su alma gemela y días después llegaba a casa con el rostro arrugado y el corazón hecho pedazos.
Hasta que, en su primer año de preparatoria y pisando un nuevo mundo, se cruzó cara a cara con Sakusa Kiyoomi.
—A Sakusa lo conocíamos desde la escuela media pero de lejitos, vimos uno de sus partidos en un torneo en no sé qué año— recalca Osamu —Luego en la Interhigh de nuestro primer año, perdimos contra Itachiyama y Tsumu se enganchó por él como una percha. ¡Y mierda! Al principio lo fue negando y negando… Hasta el siguiente año.
Se me arruga el corazón cuando Osamu admite que le molestó un poco al enterarse de que su hermano sentía algo por Sakusa.
Cuando apenas tenían doce años Osamu le contó confiadamente a su gemelo que sólo le gustaban los chicos y que tenía miedo sobre muchas cosas, sobre el qué sucederá. Qué pensaran los compañeros del colegio, qué pensaran los maestros, los vecinos, los conocidos o desconocidos que pasan por la calle. Qué pensarían sus padres.
Qué pensarían si algún día lo veían de la mano con otro chico, si lo vieran besándolo o anunciando en voz alta que lo ama.
Qué es lo que esperaban de uno más allá de de tener una vida completa con trabajo, esposa e hijos. Qué pasaría si él quebraba esa norma.
Obviamente Atsumu fue su primera opción para liberarse, para arrancarse una máscara y decirle: "Mira, este soy yo, soy diferente pero también lo mismo que los demás"
Lo que no esperó fue que lo rechazara.
—Me dijo que era el gemelo defectuoso. Yo le escupí en la cara— y hace un gesto amagando que escupiría a Suna, el otro ni se inmuta. Soy yo quien se asusta.
—Tsumu era un bocazas, sólo necesitaba un buen golpe para que sus fusibles dejaran de andar lanzando chispas— confiesa Suna de esa manera que sólo él sabe hacer.
Es cierto, Atsumu cambió su perspectiva cuando ambos conocieron a Suna, quien llegó como una granada que, en vez de destruir todo a su paso, unificó a los hermanos. No se encontraron en el mejor de los escenarios que pudiesen existir, los gemelos intentaron irrumpir en una brusca entre dos pandillas de colegios de Tokio, por razones de la vida Suna estaba metido allí para repartir golpes a quien se le cruzase. Al final los tres salieron de allí a tropezones y con las narices hinchadas como bombillas. Nadie esperaba que un campamento tranquilo en la capital haya terminado con una suspensión de dos semanas para los gemelos, a Suna no lo cargaron demasiado porque en su instituto ya estaban acostumbrados a sus disputas de delincuente.
—Bueno, me cancelaron un reclutamiento para una preparatoria deportiva en ni me acuerdo ni me importa dónde— admite Suna, la vida puede golpearle tantas veces en sus puntos más débiles pero él continuaría como si fuese una pelea divertida en plena calle y le devolvería la jugada como sea —Y qué buena suerte tuve de no ir allí, en Inarizaki al fin pude ser quien yo quisiese y sin miedo.
Cada vez que yo escuchaba ese relato había risas de por medio, de cómo Suna corría con una escoba robada, de cómo Osamu era un cóctel de terror y adrenalina cuando le sacó un diente a un tipo de un puñetazo, y de cómo Atsumu fue el único en ser regañado por su entrenador ya que fue él quien dio la cara para defender a su hermano.
—Quizá si Tsumu no hubiese sido un entrometido, jamás conocería a Rin— medita Osamu con el cansancio en la voz —Y la historia sería otra.
Pues así, Suna y Osamu también tienen su propia historia, llenas de baches, cimas tan altas como montañas y abismos con escaleras para poder volver a subir cada vez que alguien toque fondo. Gracias a ellos podría decir que Atsumu aprendió demasiadas cosas, que cada persona es un mundo y que no es malo ser diferente, amar de una forma diferente. Que si Osamu amaba a Suna o a quien fuese nada cambiaría.
—¡Al final ambos salimos defectuosos! —carcajea Osamu señalándome pero mirando a Suna, su expresión era similar a cuando Atsumu se despertaba por las mañanas y somnoliento me preguntaba si era mejor desayunar al estilo americano o japonés. —Aunque no lo culpo del todo, nos criamos en ignorancia, sólo que yo fui el primero en darme cuenta. Además, es algo que pasa, cuando no eres hetero o cis eres el primero en rechazarte, pero también el primero en aceptarte. No necesitaba del todo de mi hermano para aceptarme, pero cuando él se disculpó conmigo… No sé, me sentí completo.
Atsumu no tardó mucho en romper ese lado suyo que lastimaba a Osamu. Rememoro esas madrugadas donde el silencio a nuestro alrededor le abría las puertas a su corazón, solía hablarme por horas sobre lo mucho que detestaba a su yo de la pre-adolescencia, sobre que deseaba poder retroceder y cambiar las cosas, quería evitar esa herida que terminó afectando a ambos. Y en una de esas veces, mientras lloraba me confesó que no se perdonaría si abandonaba a su hermano de nuevo.
Lastimosamente, hay promesas que no se pueden cumplir.
Atsumu no era de esos que se comían la cabeza ante cualquier problema que se les presente, más bien, los enfrentaba cara a cara. Pero Osamu era su lazo, su otra mitad. Sabía que no era un ser extraordinario, que las relaciones no se reparan de un día para otro, que las palabras curan y destruyen a la vez. Y también sabía sólo tenía un hermano, que no podría seguir avanzando si lo perdía por completo.
"Cuando estés en tu lecho de muerte miraré a tu cara y podré decirte que he sido más feliz que tú"
Y cuando yo pienso en ello me cuesta levantar la cabeza y percatarme que la mirada de Osamu está perdiéndose en algún punto de la casa, seguramente batallando contra las olas arrasadoras en su interior.
—Tsumu siempre fue una buena persona, Tobio. Si no lo fuese, entonces ni siquiera te hubiese conocido— me confirma Osamu sujetándome de las manos. No me di cuenta de lo mucho que estoy temblando, retazos del sollozo.
Sakusa llegó en el momento justo. Y al tener a su hermano y cuñado a su lado, Atsumu rápidamente reconoció que también le gustaban los hombres, que le gustaba Sakusa. Osamu intentó todo lo posible para no sembrar resentimiento y le dio a su hermano todo el apoyo que él no recibió en un principio, pero Osamu termina su frase con un "sin darme cuenta, después recibí el doble". No sé qué significan esas palabras, Suna me dice que hay claves que sólo los gemelos pueden entender. Así que asumo que era una forma de comunicarse más allá de lo que un ser humano puede, con señales que uno mismo crea y espera a que sean recibidos, no contestados.
—Cuando Sakusa apareció en su vida claramente algo cambió en él, no tiene por qué ser malo— sigue Osamu —Negarlo sólo me convertirá en otro Atsumu más.
—No digas eso frente a Tobio, que me roba— Suna le pellizca la nariz a Osamu al levantarse del sofá, a mí sólo me deja un beso en la frente, y luego se devuelve a su habitación sin decir nada más.
Cierro la laptop y lo dejo sobre el kotatsu. Osamu me pregunta si iría a dormir de nuevo, que, si quería, que me uniera al trabajo después del mediodía, niego diciendo que era él quien debía descansar hoy por su cumpleaños.
—Justamente por ello quiero trabajar con todo.
Osamu adora cocinar de la misma manera que Atsumu adoraba levantar el balón con sus manos, es la misma dedicación, los mismos movimientos, el mismo objetivo: mejorar hasta llegar a la cima. Y mientras Osamu lava los granos de arroz y yo corto las verduras frescas, continuamos hablando de lo que sucedió en ese lapso entre el campamento de la All Japan de mi primer año y el verano donde Atsumu creyó que el universo se le derrumbaba encima.
Atsumu tuvo su punto de partida con Sakusa, era su primera vez sintiéndose libre, por ello se apegó mucho a su atontamiento.
Pero hay veces que los planes se tuercen y no salen como uno se espera. Hubo detalles que pasaron desapercibidos.
Yo también desconocía mi identidad en aquel entonces. Toda mi vida vi a mis padres estando juntos, me decían que al casarte con la mujer indicada conocerías la felicidad absoluta. En agosto de mi segundo año en la preparatoria los acompañé al ayuntamiento cuando firmaron los papeles del divorcio, al final mamá se quedaría con la casa, decidiría qué hacer con ella una vez que yo terminase mis estudios.
—No te preocupes Tobio, papá te visitará de vez en cuando.
Además de aprender que casarse y tener hijos no son sinónimo de felicidad, también aprendí que incluso las personas que más quieres no son fieles a sus propias palabras.
A partir de ese momento supe que mi familia no volvería a ser la misma, se me complica decirlo pero la sensación fue similar a aquella vez que el abuelo Kazuyo enfermó y se marchó para siempre. Durante esos días evitaba caminar por el patio trasero porque no quería ver su viejo auto estacionado al lado de la muralla, ni su caja de herramientas abandonada a entre las macetas rotas que mamá nunca tiró a la basura, ni sus balones gastados a la espera paciente de volver a ser usados por su dueño, esos balones mamá sí los desechó al primer mes.
Tenía catorce años apenas. Fue muy pronto para aprender lo desesperante que es encariñarse con las personas porque nunca sabes en qué momento se irán.
Y así como aquella dolorosa vez, fue Miwa quien permaneció a mi lado para ser ese pilar emocional que necesito ciertas veces en mi vida.
—Tobio, quiero que lo entiendas, no todos los divorcios tienen por qué ser malos.
Quedamos un día a cenar hamburguesas después de mis prácticas, el local era un restorán de comida rápida que había tenido su apertura apenas el día anterior, y como Miwa es fan de probar cosas y lugares nuevos me veía venir una salida como esta. El olor a desodorante de ambiente de lavanda se mezclaba con la carne asada creándome una sensación no del todo agradable, al notar mi incomodidad Miwa sacó de su bolso un caramelo de miel. Me brillaron los ojos.
—A veces sigues pareciendo un niñato— su mirada irradiaba nostalgia, estuve de acuerdo con esa expresión, pues de niños solíamos reventarnos la barriga comiendo caramelos de miel que nos compraba nuestro abuelo. Aún así, no coincidí opinión con sus palabras.
—Tengo dieciséis.
—Dieciséis, pero sigues guardándote las cosas como un crío.
—No me guardo las cosas— intenté defenderme. Ella revolvió su refresco de cola en busca de algún hielo que masticar.
—Pero sigues sin decirle a tu hermana qué te dejó tan mal en Tokio.
Algo en mí ya sabía a qué iba la conversación, Miwa no dejaría pasar de largo lo de la carta. En el ahora todo es diferente, pero en aquel entonces ella más que nadie era consciente de que yo no me quebraba tan fácilmente por más crítica que fuese la situación. Me rendí ante su insistencia indirecta, armé una historia rápida y le conté que me había peleado con Atsumu (me aseguré de cerrar su persona con el título de "un lejano amigo", bueno, ni que fuese otra cosa) por una tontería que tenía que ver con el voleibol. No era un experto en mentir pero hice todo lo posible para mostrarme honesto, que no me vibrasen las palabras, o al menos no tanto. Tartamudeé cuando llegué a la parte donde nos reencontramos en Tokio, Miwa levantó una ceja acorde sonreía.
—Ah… por eso el yukata— su tono me decía en letras mayúsculas que no me creía nada, aún así insistió a que continuara.
Me enfoqué en acortar el relato, le expliqué a medias que lo traté de mala manera porque supuse que seguíamos molestos el uno con el otro, pero que él ya se había disculpado con anterioridad en esa carta que me llegó tarde. Miwa no pidió más información, su silencio indicaba que sólo decidió dejarme en paz por el momento.
Miwa pagó las hamburguesas, me recomendó que hablase con Atsumu cara a cara para resolver nuestros problemas, tomé el consejo y lo dejé por algún lugar de mi cabeza.
No estaba listo para encararlo.
Por fortuna los entrenamientos en Karasuno eran mi prioridad y podía utilizarlos como un medio eficaz para distraer mi mente, lástima que no podía practicar las veinticuatro horas, me decidí a encontrar otros métodos para mantenerme ocupado. A veces aceptaba ir a tomar helados o comer nikumanes con Nishinoya y Hinata luego de las prácticas, los notaba echándome un ojo por más segundos de los que deberían.
Los mandaré a volar apenas no estén atentos.
Y por más que quisiera, no alcanzaba a borrar por completo mi inquietud por lo sucedido en el matsuri, cosa que crecía más y más porque Atsumu vivía como si nada hubiese ocurrido, tal como me lo había dicho esa última noche en la casa de Motoya. Me sentí ridículo al creer que mentía. Él continuaba contándome todo lo que sucedía en su día entre llamadas y mensajes, ni una sola vez tocamos el tema de su confesión.
Tampoco ni una vez hicimos videollamadas.
—¿Estás seguro que no? Llegué temprano a casa porque mañana tendremos la concentración en Saitama.
—Tobio…— arrastraba mi nombre mientras pensaba qué decir a continuación, de fondo reconocí la lima pasando por sus uñas —Estoy muy cansado, ha sido un día muy duro.
—Eso lo dijiste ayer— claramente me negaba a abandonar mi idea, no quería regresar a esos días donde dejamos de comunicarnos y sentíamos que en cualquier momento estallaríamos y nuestras partículas se perderían en el cosmos.
—Es un poco injusto que me reclames— su risa fue desganada. Allí está. Cerré mis ojos, sabía que en cualquier momento llegaría esta conversación —¿Qué tal mañana? Haremos la videollamada mañana.
Por suerte (o mala suerte) la conversación no llegó.
—¿Mañana a la noche? — solté en voz baja, decaído.
—¡Sí, sí! Mañana a la noche.
Pero no me contestó ni una llamada. A la mañana siguiente me escribió diciendo que se quedó dormido, que mil perdones y que no era su intención hacerlo. El patrón fue repitiéndose por unas semanas, pero de todas formas me rehusé a rendirme.
—¿Tienes una razón para explicarme por qué tengo tantas llamadas perdidas tuyas?
—Son sólo tres, antes contestabas a la primera.
—Es que estoy ocupado, Tobio. Puedes enviarme un mensaje antes de llamar, ¿de acuerdo? Así te aviso si estoy libre o no.
Alejé el teléfono de mi oreja por unos segundos porque sentía que sus palabras me quemaban los sesos. No debería estar molesto por el hecho de que esté evadiéndome, pero lo estaba, y el enfado se me escapaba como humo por los oídos. Sin embargo, conseguía apaciguarlo algunas veces, me convencía a mí mismo que eran delirios míos y que lo que sucediese con Atsumu iba más allá de mi alcance.
O quizás…
—De acuerdo— fue lo único que dije.
Cortó sin decirme buenas noches. Arrojé el teléfono a mi cama y me senté frustrado sobre el colchón. Habré pateado algo de paso.
¡¿Qué demonios era lo que estaba mal?! ¡¿Era en él o en mí?! Lo único que sabía es que había un problema y que no podía solucionarlo saliendo a correr como un coyote por el barrio apenas volvía del entrenamiento. Cuando Ukai se enteró de mi sobreesfuerzo me mandó a casa de una patada lanzando su sermón de que mi plato con la cena no se comería solo y muchos blablá.
Esto no hubiese pasado si rechazaba la invitación al matsuri. Sin embargo, también fui consciente de que la confesión Atsumu llegaría sí o sí, aunque no fuese en el matsuri o en otro lugar, llegarían sus sentimientos junto con esa carta.
Pensar en eso me carcomía el alma. Escondí la carta para que nadie pudiera encontrarla nunca, lo dejé entre las hojas de mi agenda de voleibol. Lo sé, suena como si fuera un lugar ridículo, pero es que nadie se atrevía a poner una mano encima de mis pertenencias (a excepción de Motoya y Hoshiumi, en aquella época por suerte aún no estaban pegados a mis talones) y no quería dejar esa carta en casa, corría peligro de que mamá lo encontrara. Por ese mismo temor escondí el chocolate dentro de mi cajón de medias y al peluche bajo mis almohadas, me aseguraba que no fuese notado a simple vista por si a alguien (Miwa) se le ocurriera entrar a mi habitación. Y conociéndola, lo haría sin pensarlo dos veces.
De todas formas, a la madrugada sacaba al peluche de su escondite y dormía abrazado a él. Bueno, para qué miento, sigo durmiendo con él.
Y así, con una parte mía ansiando poder resolver el enigma que estaba entre Atsumu y yo, agosto terminaba. Durante esos años agosto no significaba nada para mí, no sé cómo es posible que haya pasado por esas fechas tantas veces en mi vida sin que me afectase, sin que vaya contando de treinta a treinta para decir: "Ah, ya ha pasado otro mes más".
Los playoffs para las nacionales de primavera empezaron a mitad de agosto, nosotros jugaríamos recién en octubre ya que quedamos en segundo puesto en el torneo anterior. Volvimos a Tokio dos veces después de iniciar las clases en septiembre, en una de ellas Nishinoya y Hinata me colocaron una mochila vacía en la cabeza y con la ayuda de Tanaka me trasladaron a una habitación. Un aula, quiero decir.
—¡Qué demonios les pasa a ustedes dos! —Estallé en una de mis peores formas pero Tanaka era usado como un escudo humano por los otros dos enanos —¡Tanaka, suéltame!
—¡Oi oi, tranquilo chico! ¡Que te pongo un bozal si no te calmas!
Era de noche, justo en el horario entre cenar e ir a las duchas antes de ir a dormir. En otra ocasión aún estaría entrenando unas cuantas horas extras junto con los demás jugadores con una cápsula de energía extra guardada bajo la piel, pero esa vez los planetas se alinearon para que me diera sueño antes de lo previsto y que al salir del baño me cruzara con una barricada de estos tres demonios de Tasmania. Cuando me calmé Hinata le pidió a Tanaka que esperase afuera pero que no se alejara tanto de la puerta, por si yo me volviese loco y cometiese doble homicidio. Triple si lo alcanzaba.
—Escucha Kageyama, estamos en medio de algo importante— asignó Nishinoya aportando el papel de un investigador británico —¿Tienes algo que aportar antes de empezar, Shoyo?
—Que tenemos hasta las once, pasando eso seguro llega Ukai con zapatilla en mano y nos atina en la nuca.
—Elemental mi querido Shoyo.
Después de una discusión corta sobre Hinata siendo un terrible Watson, me resumieron que estábamos (corrijo, estaban, yo ni enterado) en medio de una investigación acerca de la no-novia de Yaotome y su repentina invitación a un matsuri sin permiso de integración. Realmente no fue tan repentina para mí, ya que yo sí estaba al tanto de su cita. No mencioné ese minúsculo detalle.
—Yaotome no dijo nada, ella apareció de repente y lo arruinó todo. Se supone que iríamos sólo nosotros tres, tu escuadrón de élite y nuestras respectivas…— tarareó Nishinoya dejando inconclusa esa última parte.
—¡Parejas! —completó Hinata.
—¡Eso! Kenma y tú, Asahi y yo, Kageyama y…
Me atraganté con el aire y me apresuré a interrumpir.
—¡Miya no es mi pareja!
Hinata y Nishinoya me miraron satisfechos. Caí derechito en sus redes, suerte que por la impresión mis pies se enyesaron en el suelo, o sino enteros de esa habitación no saldrían.
—Jamás mencionamos un nombre— la picardía de Hinata era enorme, su velocidad también, mi puño no lo alcanzó porque el maldito aprendió a teletransportarse.
—Te delataste solito, Kageyama— carcajeó Nishinoya dándome unas palmadas por toda mi espalda. Se me calentaron las orejas, quería arrancármelas —Bueno, ni que fuera tanto. Asahi y yo no estamos saliendo, somos un caso perdido.
Eso no era consuelo alguno.
—Aunque la verdad, Kageyama— Hinata dudó unos segundos si debía volver a su lugar anterior a mi lado, terminó quedándose lo más cerca posible de la salida, por si su vida apeligraba de nuevo—Nishinoya y yo ya lo sabíamos, es que ay, ustedes andaban como siameses. En el matsuri le pregunté a Miya si se gustaba de ti. Así, sin filtros.
—Le dijo que sí— Nishinoya resaltó lo obvio —El tipo quería salir de ese lugar con el corazón inflado y los labios hinchados, por eso intentamos dejarlos solos, Motoya y los demás también colaboraron. Los únicos que no sabían el plan eran Yaoyao y la monstruosidad con garras de medio metro.
Fue mucha información de una sola calada.
—¡¿Qué cosa qué?!
—Labios hinchados por los besitos, don lelo. Que ya no eres un crío.
—¡No eso! ¡¿Ustedes lo sabían?!
—¿Tú no? —tiró sin más. Conté hasta diez para aplacarme y no arrancarle el mechón rubio —Ah cierto, no lo sabías…—susurró para sí mismo.
—Kageyama, eres un tonto— se burló Hinata.
—¡CÁLLENSE!
Pero la verdad, sí que lo era, un tonto a la quinta potencia. Nunca entendí cómo es que me llevó tanto tiempo enterarme que mi relación con Atsumu tiraba para un lado completamente desconocido, no por ello menos agradable. Como era algo que nunca había experimentado entonces no podía prever lo que me esperaba adelante, los pasos los daba a ciegas. Aquello no era como el voleibol donde puedes predecir qué movimiento podría hacer tu rival. El caso era: en este tonto juego (lo llamo así según mi lógica de ese entonces) no había enemigo alguno, sí un compañero, sólo uno. ¡En el voleibol hay seis! ¡Y nosotros éramos dos colocadores! ¿Qué jugada podían construir únicamente dos colocadores en la cancha?
Quién me metió en este partido difícil.
Ahí lo recordé, esto no hubiese ocurrido si no aceptaba ir al campamento de la All Japan. Si yo me ausentaba entonces no cruzaría palabras con Atsumu, no existiría lo de "santurrón". Ah, pero no podría haber desperdiciado tal oportunidad de compartir cancha con los mejores del país, me hubiese quedado bajo tierra antes de ir a la nacional de primavera.
Dando miles de vueltas y creando escenarios posibles de mi supuesto rechazo a asistir al campamento o las posibilidades de no cruzarme con Atsumu ni una sola vez, llegué a ese momento donde Motoya amplió su lista de contactos.
Tras regresar de Tokio tomé mi teléfono y sin dudar dos veces llamé a ese desgraciado.
—¡Kageyama! ¡Qué inusual tenerte a voz después de tanto!
—Motoya, tú me metiste en esto y quiero que me ayudes.
—Woah, detente allí cerebrito, que yo sepa nunca apostaste nada conmigo. Por el momento estoy libre de toda ilegalidad.
—¿De qué estás hablando? —sacudí la cabeza y me arrojé de espaldas sobre mi cama, el peluchito de LINE rebotó y cayó a mi lado, lo tomé con una mano y lo acerqué a mi pecho. El rastro de aquella noche aún permanecía dentro de mi cabeza. Agh, qué es esto. —Hablo de… Esto, del matsuri.
—Matsuri matsuri…— repitió haciendo un eco falso.
—No, sí… Bueno, no. En realidad, quiero que me ayudes con Miya.
El oh de Motoya se extendió hasta que se quedó sin aire, luego de ello nos mantuvimos en un silencio que me hizo doler las sienes.
—Miya Atsumu, este muchacho… es un caso difícil, ¿sabes? —Comenzó Motoya con una risilla —Pero tú también lo eres, son el terco versus el caprichoso.
—Pero lo sabías, ¿cierto? —No encontré las palabras correctas para expresarme, me temblaban los labios —Lo que él siente por mí.
Me llegó una tonada al teléfono, otra llamada entrante. Ahora es él quien insiste. A esa hora debería estar hablando con Atsumu sobre lo que sucedió en el día, no intentando resolver un puzle imposible junto con Motoya. Miré unos segundos el nombre de EC, no respondí, desvié la llamada y quedé mirando el contacto desapareciendo de mi pantalla mientras los segundos bajo la fotografía de Motoya seguían avanzando.
—Claro que sí, también todos creyeron que tú también lo sabías— escuché cómo suspiraba pesadamente —Menos yo.
—¿A qué te refieres?
—No te conozco por demasiado tiempo como para decir que sé muchas cosas sobre ti— admitió —Pero puedo descubrir cuándo una persona es consciente de algo o cuándo no.
—¿Cómo? —me invadía un calor extraño en el pecho. Motoya soltó otra risita.
—Calma, que soy terrible explicando— y tarareó juguetonamente mientras reordenaba sus ideas —Es porque eres distraído, muchas cosas han pasado desapercibidas para ti. Te he visto, Kageyama, y puedo jurar ahora estás abriendo los ojos hacia alguien que es importante para ti más allá del voleibol, que existe un vínculo con Miya que es más fuerte de lo que imaginabas.
» Y si lo hubieras sabido desde un principio entonces te centrarías más en ello que en otras cosas, ¿no te está pasando eso ahora?
—¿Ahora?
—No puedes dejar de pensar en él. ¿O me equivoco?
Y fue allí que me di cuenta.
Un sentimiento que ya no pasa desapercibido.
Repasé rápidamente mi habitación con mis ojos, a simple vista irradiaba mi personalidad, es mi espacio, mi lugar, pero sólo yo sabía qué elementos exactos irrumpían esa armonía para traer presencia de Atsumu. El peluche en mis manos, la carta dentro de mi agenda y el chocolate escondido no eran lo único que me recordaba a él; ver el balón de voleibol, los auriculares en mi escritorio, la laptop con los correos, incluso aquella ropa de entrenamiento que compré en invierno y que estaba guardado en mi clóset…
Todo me recordaba a él.
—¿Me equivoco, Kageyama? —repitió Motoya.
Me llevé una mano al rostro, cubrí mis ojos. Todos mis músculos se relajaron, las palpitaciones de mi corazón resonaban más fuertes de lo que recordaba.
Sonreí a la nada.
—No te equivocas.
Soy patético.
Motoya es para todos a su alrededor, por así decirlo, como lo que es Osamu para Atsumu, alguien que puede leerte sin que medies palabra alguna con él. Me relató que también sospechó que algo había cambiado con Atsumu luego del campamento en diciembre y que era raro que haya abandonado rápidamente sus sentimientos por Sakusa. Motoya fue uno de los pocos que estuvo al tanto de lo que sucedió entre Atsumu y Sakusa, que no fue mucho ni poco.
—Atsumu está loco, pero no por ello es menos sincero sobre sus sentimientos, aunque él mismo lo niegue habrá pequeñas cosas que lo delaten— de pronto, la voz de Motoya decayó —Kiyoomi es… no sé cómo describirlo apropiadamente. Por más que lo intente no puede sentir ese "amor romántico" por nadie, no entiende qué es enamorarse, qué es dar todo por otra persona. Y no es que necesite algo como ello en su vida. Su corazón es complicado, sólo él mismo es capaz de entenderse— intentó explicarme —No odia a Atsumu, pero tampoco lo ama.
—No a la manera que lo hacía él… ¿cierto?
Atsumu sabía cómo era Sakusa e igual intentó hacer algo al respecto, por más que haya querido silenciar su corazón o negar la existencia de una llama dentro de él, igual se animó a seguir de frente. Me sentí un poco culpable pensando que rompí aquello que Atsumu construyó poco a poco con Sakusa, que sólo llegué para sacudir la tierra bajo sus pies y derrumbarlos.
Motoya quedó mudo por unos segundos.
—Entonces fue así…— murmuré resistiéndome a naufragar dentro de mi mente.
—No te hagas la cabeza. Ya te lo dije, Sakusa es difícil de comprender.
—Yo… no sé— ese ahogo que sentía no era normal —Tal vez fue malo haberlo conocido y…
—¿Realmente deseas eso, Kageyama?— me interrumpió —Escúchame bien: ¿Prefieres quedarte en la deriva pensando en un pasado que no puedes cambiar?
Pero si existía alguien que podía ayudarme a completar esos huecos y ver las cosas desde múltiples perspectivas, ese sería Motoya. Esas mismas palabras que pronunció van repitiéndose a cada tanto en mi mente, resuena en el vacío de mi habitación en esas veces donde mi mente reproduce en bucle aquel instante donde levanto la mirada del móvil al parabrisas y hace que me sacuda el cuerpo entero, como un recordatorio de que sigo vivo.
Aún así, son muy pocas veces las que sigo creyendo que si algunos de los tantos momentos que compartí con Atsumu no hubiesen ocurrido quizás…
Tan sólo quizás…
—Preocúpate ahora por escucharlo, no permitas que evada el tema— continuó aunque no di respuesta—Tampoco te precipites, Kageyama, haz lo posible para entender qué tiene que decir tu corazón.
—¿Mi corazón?— repetí, mis ojos cayeron directamente al bordado del peluche a mi lado.
—Mira, todos dijeron que te faltaba un empujoncito, yo dije que no necesitabas más que un tiempo a solas con él. Pero tampoco nadie puede darte ese empujón para adelante si tú no estás de acuerdo con ello. ¿Captas?
Hice lo posible para comprender sus palabras pero no lo conseguí, Motoya sólo repitió lo de escuchar a Atsumu y a mi corazón. No me dio tiempo de enfadarme, Motoya cambió rápidamente de tema contándome lo sucedió esa noche donde Atsumu quedó a dormir en su habitación. Destrozado hasta la médula, Atsumu le confesó que no quería rendirse, que era la primera vez que le dolía tanto ser rechazado por alguien, que antes hubiera pensado que no importa y que no sirve de nada estancarse.
Pero…
—Me dijo que, si algún día se lesionaba y dejaba de jugar voleibol para siempre, no sería ni la mitad de doloroso de lo que estaba sintiendo, de lo que está sintiendo ahora mismo. Pero también prefería sufrir antes de obligarte a que le correspondas, él puede ser orgulloso y todo lo que quieras, pero también es un ser humano. Uno muy dramático, por cierto.
Allí comprendí más esas últimas posdatas en la carta y lo que me dijo en el matsuri mientras yo cerraba los ojos y deseaba desaparecer para siempre.
Atsumu tenía miedo.
—Ah, no le digas que te dije, pero Kiyoomi le partió el labio y un ojo justo después de que te fueras.
Cuando Motoya regresó de la estación de trenes notó una tensión enorme entre Atsumu y Sakusa, él ya veía venir la discusión de perro y gato entre estos dos, lo que no esperaba para nada fue a Sakusa hartándose del pesimismo de Atsumu para después regarlo a puñetazos. Fue cuando entre los cuatro salieron a relajarse dando unas vueltas en el barrio para levantarle el ánimo a Atsumu, cosa que no sirvió porque él se mantuvo ausente pensando en lo que hizo en el matsuri. Lo que detonó la pelea fue un descuidado "Si te cuidaras más la pata entonces nos íbamos a tomar esa foto sin problemas" por parte de Atsumu, y Sakusa obviamente no se quedó callado asumiendo que Atsumu es un primate que no sabe cómo hacerles frente a sus errores.
—Se tiraron la caña una y otra vez, me distraje dos segundos y al devolverme sólo vi el puño de Kiyoomi pasando frente a mis ojos, directo a la cara de Atsumu.
Eso no me ayudaba a sentirme mejor, me costaba comprender cómo es mi simple existencia acarreó grandes consecuencias.
Atsumu, ¿qué viste en mí? ¿No estabas viendo en qué te metías? Quizá ya sabías lo que sucedería, lo afirmaste en la carta.
Pero Motoya tenía información de más entre los dedos, cosa que por decisión suya no lo compartió en el momento. Y se lo agradezco, seguramente se dio cuenta que él no debía ser el mediador de una conversación que yo tendría con Sakusa en un futuro, uno no tan lejano para esas épocas, pero que ahora me resulta de antaño.
No me desvelé platicando con Motoya esa noche, sí que fui enviándole mensajes más de lo normal días después, todo para mantenerlo al tanto sobre lo que sucedía con Atsumu. Pues, éste seguía negándome las videollamadas, mantuve la idea de que no quería que notase sus heridas. Una sola vez pensé en hacerle frente y decirle que ya sé de la pelea, que no era necesario continuar ocultándome cosas, pero cuando tomé el teléfono y busqué su contacto…
Me acobardé.
—Yo tampoco puedo obligarte a nada…— le susurré al nombre de EC brillando en mi pantalla, presioné el cristal y vi el contacto siendo reemplazado por el menú de mi teléfono, una fotografía aburrida que alguna vez le saqué a un balón decoraba tristemente allí.
En el grupo de LINE habían pasado varias fotos del día del matsuri, recorrí mi galería hasta dar con una foto de los cinco, la única donde Atsumu y yo salíamos uno al lado del otro, la seleccioné para el fondo de pantalla. Fui ajustando hasta que quedamos sólo los dos algo pixelados por el repentino zoom y recorte, me rendí y dejé la foto tal cual como estaba. Cinco simpáticos en yukatas adornaban mi teléfono, pero no podía evitar fijarme en la sonrisa alegre acompañada de unos ojos encapuchados y un fleco dorado.
Sostuve con firmeza mi teléfono y lo llevé a mi pecho con un susurro:
—No sé qué hacer contigo, Miya…
O conmigo.
Las semanas continuaban pasando, no soy nadie contra el tiempo. Hasta ahora sigo creyendo que es el tiempo que me va condenando y, a la vez, me va salvando de este martirio.
Sin darme cuenta empezó octubre. Nishinoya y Hinata continuaron con nuestra (su) investigación, la cual sinceramente no llegaba a ninguna parte. A Yaotome le valía comino y medio lo que sucedía a su alrededor, a él sólo le importaba jugar correctamente como líbero, compartir besos tras una puerta (supongo), dar like a todas las publicaciones de Atsumu en facebook antes que los demás y ganarse el cariño de todos sus compañeros con pequeños regalos inocentes.
Me pasé los siguientes días dando zancadas por todo el Karasuno evitando cruzarme con Yaotome y su novia demonio, me gustaría apodarle a él también como un monstruo. Las cosas por su nombre. Por su tamaño Yaotome sería un duende.
Con ese pensamiento me llegó el karma, o quizá mi suerte es inexistente, o mejor, por culpa el querido destino que me armó miles de enredos y llevó a escribir lo que estoy escribiendo, un fuerte aguacero de otoño me empapó de pies a cabeza camino a casa después del entrenamiento. Al diablo. Acabé refugiándome en el puesto de ramen de una pareja de ancianitos y, justamente allí, trabajaba de mesera quien menos quería ver.
Al principio me notó y retrocedió sus pasos detrás de una cortina. Luego regresó con una toalla en manos y una taza de té humeante, lo acepté aunque fuese sin leche.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté a Kagura sin pretender ser descarado o algo por el estilo, me aseguré bien de que no llevase las uñas como garras. Esa vez estaban más cortas que de lo normal, sin pedrería, sólo un color suave.
Ella me relató que solía ayudar en el puesto de ramen de sus abuelos cuando tenía tiempo libre, que no se le daba bien cocinar pero que al menos era rápida atendiendo los pedidos. Pidió para mí un cuenco de shoyu, que me lo invitaba. Mientras esperábamos la comida nos sentamos frente a frente en una mesa pequeña, el sonido de la lluvia se opacaba tras las paredes.
—¿Sucede algo?
—¿Has hablado con Yao?
Sugerimos a la vez. Negué con la cabeza y le cedí la palabra, ella estaba demasiado abochornada.
—Yaotome no me estuvo dirigiendo palabra desde esa vez en Tokio, no sé si hice algo malo… Está bien, me retracto, sí hice algo que no debería, pero justamente lo hice porque él me lo pidió.
Alto allí. ¿Por qué todos tienen que hablar tan aceleradamente? O quizá yo era el lento, a saber.
—¿Qué hiciste?
—El tema no es qué hice, sino por qué lo hice.
Por un segundo creí que se treparía encima de la mesita de madera que compartíamos, sin embargo, sólo estiró sus adoloridos antebrazos y apoyó su rostro entre las manos con cansancio. No, no parecía cansancio. Creí que sería de mala educación preguntar, por eso no dije nada respecto a ese detalle.
Ninguno se atrevió a romper el silencio. Afuera la lluvia no cesaba, Kagura aprovechó capturar con su móvil el momento donde las gotas que caían cerca de la entrada y se reflejaban por las luces del cartel de bienvenida. Sin pedírselo me mostró la fotografía, tenía un buen ojo para lo que hacía, se lo hice saber y por primera vez, en todo ese tiempo que la conocía, la vi sonreír tristemente. Su demonio interior no estaba presente.
—Comencé con esto de la fotografía poco antes de conocer a Yao, me gustaba enviarle fotos de los partidos de voleibol donde iba, después fui poco a poco admirando y atrapando los detalles a mi alrededor.
Kagura empezó a hablarme de él, ambos se conocieron por internet, Yaotome era de esos fans que siguen la vida de sus ídolos como si fuesen una serie televisiva, Kagura era dueña de una de las mayores cuentas de fans de Atsumu y otros jugadores de la élite (incluido Tooru, lo cual no me sorprende). La habilidad con la cámara le dio a Kagura un título no escrito de su posición como fanática de los jugadores, algo que atrajo a Yaotome de inmediato. Empezaron a hablar porque les encantaba la relación entre Sakusa y Atsumu, y sí, fue ella quien grabó el dichoso video del beso.
—¡¿No era que nunca lo conociste?!
—¡Nunca tuve la oportunidad de conocerlo en persona, eso no quiere decir que nunca haya ido en sus partidos!
Además del video, Kagura subió varias fotografías de aquella nacional de primavera en mi primer año, nada resaltante de cualquier fan, pero cuando ella me mostró su móvil con la única fotografía que no publicó… Simplemente todos mis músculos se volvieron de hielo, luego se derritieron con el cáliz que forma parte de mi corazón.
En la fotografía había cinco personas, tres de ellas salieron desenfocadas por el movimiento, los dos restantes quedaron el centro. Reconocí el lugar, el momento, el sentimiento. Vi la captura del instante exacto donde Atsumu me entregaba el algodón de azúcar y me decía que los dulces curan el corazón. Dirigí mis ojos hacia Kagura, su expresión era para escribir una enciclopedia entera, su sonrisa era tímida y sus ojos derramaban ternura y sensatez.
Lo has hecho muy bien. Intenté, mis palabras nunca se hicieron externas.
—En el matsuri quisimos alejarte de Miya porque creímos que irrumpías, digamos, en la relación entre Atsumu y Sakusa, una relación que jamás tuvieron. Es nuestra culpa por construir algo que no era real, aunque no sólo nosotros, allá afuera, en las redes se sigue creyendo el mismo cuento. Sakusa Kiyoomi y Miya Atsumu deberían estar juntos.
» Me di cuenta tarde que eso está mal, fomentar la vida privada de otros. Por más fotografías que suba de ellos dos, por más información que supiera de ellos, por más que intentase calar en su existencia excusándome con una cámara… el hecho de que haya hecho caso a la idea de Yaotome de conocerlo en persona y nuestra obsesión por recolectar contenido de una relación que nunca existió me llevó a cruzar el espacio personal de Sakusa.
» No sabía que no le gustaba las selfies, hay fotos suyas con su líbero, Komori, su Facebook es puramente de ellos dos. Luego Miya se enfadó conmigo porque seguía insistiendo en la toma "perfecta". Y entre un conflicto y otro el móvil se me va al suelo. Los culpo a ambos, me frustro y… ¡Y Yaotome no hizo nada por ayudarme! Fui sólo el cebo para tener su estúpida foto soñada, aunque él ya estaba contento con ese almuerzo en el templo.
El color huyó de mi rostro, no sabía qué decir. Eso de los clubes de fans no me era tan desconocido, pero palparlo tan de cerca era algo impresionante.
—¿Por qué no tomaste la fotografía de lejos?
—No olvides que Miya te seguía como tu sombra.
—Al menos creo que podrías haberlo hecho mientras descansaban o algo así.
—¿A qué te refieres?
—Sakusa estaba lesionado, quizá por eso también estaba de mal humor— agregué porque seguramente era un detalle importante en el relato. Y al parecer lo era, Kagura soltó un largo aaaaah mientras se relajaba en su asiento.
—Mierda, él se encorvaba mucho y no era atractivo para la toma y… y luego…— hundió su cabeza entre sus brazos y la mesa —¡Soy la peor fan del mundo!
—No lo eres… bueno, quizás sí— recapacité —Pero te diste cuenta que hiciste algo mal y… Um— medité unos segundos antes de soltarlo: —creo que no te hace mala persona.
Ella giró el rostro por sobre la mesa y me miró dudando.
—¿De verdad?
Aún tenía mis dudas, pero era un cincuenta y un por ciento versus un cuarenta y nueve. Así que vale.
—De verdad. Antes de hoy me convencía de que eras un demonio.
Carcajeó levemente mientras volvía a enderezarse. Segundos después llegó su abuelo con dos cuencos con ramen humeante, copié a Kagura con lo de fotografiar la perfecta decoración de los vegetales con los fideos. Se lo envié a Atsumu, él me respondió con una foto de un vaso con un líquido que tenía pinta de ser algo radiactivo en vez de etílico. Ese día era el cumpleaños de Atsumu y su hermano Osamu, lo había felicitado apenas me desperté y, al agradecerme, Atsumu se quejó de que odia que el país sea tan grande y que es injusto que yo no hubiese nacido en Hyogo, o en Osaka al menos, y así podría haber pasado ese día especial con él.
No hablamos mucho esa vez, pero tras enviarme la fotografía Atsumu escribió: "¿Sabes? La próxima vez me aseguraré de cumplir años en tu presencia"
Mis labios temblaron cuando aguanté una sonrisa.
—Esa mirada que tienes cambia mucho con él— escuché de repente, mi cuerpo entero se sacudió como si rotación del planeta se hubiera detenido y la inercia me obligara a estrellarme con la pared más cercana —No sé cómo no me di cuenta antes.
—¿Cómo es eso de que cambia?
Cara de apuñalar. Una vez más mi mente me jugaba en contra.
—Que eres un jodido malvavisco, Kageyama Tobio.
Comimos en silencio, de vez en cuando me detenía a ver los mensajes de Atsumu. En cambio, el celular de Kagura no vibró ni una vez.
—¿Sabes? Cuando tomé esa fotografía de ustedes dos, Miya y tú, lo primero que pensé fue cómo es posible que él tuviese esa delicadeza al estar contigo siendo que apenas hace unas horas había besado a Sakusa. Y ahora que fui testigo de ver esa misma expresión en tu rostro— jugueteó con los palillos —No lo sé, ustedes son el uno para el otro.
Eso último sonó como si fuese algo tan fantástico, fuera de todo este universo que conocemos.
—No exageres.
—No lo hago, más bien, lo mínimo que puedo hacer para remediar lo que hice es desear con todo que Miya y tú sean felices.
—No te culpes demasiado, todo esto se resolverá.
Ah… Yo mismo dije lo que tanto necesitaba oír en ese momento. Ya pasará.
—Eso espero.
Le agradecí por todo tras terminar de comer, me prestó un paraguas desechable y prometí devolvérselo pronto. También le prometí una salida pagada a una cafetería con mochis o algo parecido, su sonrisa coqueta adornó nuevamente su rostro, me alivié por verla menos decaída. Regresé a casa con los hombros un poco más livianos.
A la mañana siguiente no recibí mensajes de Atsumu, supuse que estaría fermentando en su cama y con cero probabilidades de asistir a las prácticas, increíble capitán que traía el Inarizaki. Pues, en toda la madrugada me había enviado fotografías de las botellas de alcohol que pudieron meter de contrabando por su ventana con la ayuda del hermano ilegal de Gin y las habilidades de zorro astuto de Suna, seguramente dejaron cada envase seco. No hubo señales de Atsumu hasta la tarde, me saludó diciendo que iría a Kobe con su hermano.
Sin embargo, a la noche, el grupo de los simpáticos decidió causar caos como un enorme huracán.
EC (21:06): POR EL AMOR DE TODO LO QUE EXISTE BORREN EL AUDIO, POR FAVOR. FUE SAMU EL LOCO QUIEN ENVIÓ.
EC (21:06): SALVEN MI DIGNIDAD.
Hoshiumi (21:07): ¿Eso existe?
Motoya (21:07): No hay por qué tener vergüenza de eso, Tsumuchin. La primera borrachera es para tener registro de por vida.
EC (21:07): Cejitas, yo te quería.
Sakusa (21:08): Yo sí borré el audio.
EC (21:08): Omi… eres la esperanza para la humanidad.
Sakusa (21:08): Pero Motoya escuchó el audio a todo volumen cuando yo estaba a su lado y…
Motoya (21:08): Santa María.
Hoshiumi (21:09): Madre de Dios.
Me rebusqué entre los mensajes hasta dar con el audio, lo descargué y escuché atentamente poco más del minuto que duraba. Acabé poniéndome rojo hasta la médula y carcajeando hasta más no poder. Lo habré escuchado decenas de veces de corrido.
Más tarde recibí mensajes de un número desconocido, apenas leí que se trataba de Osamu guardé su contacto, después me preparé mentalmente para leer lo que me había dicho. Explicó que envió el audio al grupo por error, que se disculpaba por ello pero no se arrepentía, pues su objetivo era que yo lo escuchara, le corroboré haberlo hecho. Al parecer en algo tenía razón Atsumu en su carta: si Osamu y yo nos conocíamos nos pondríamos en su contra, lo que él no estaba al tanto es que eso le beneficiaría de todas formas.
Y suerte que me enterado en el momento. No salía de mi cabeza las voces de Osamu, Suna y Ginjima cantando viejas músicas de los ochenta, los tarareos iban del derecho y revés hasta que resaltó la voz de Atsumu con un aullido:
"¡Tobio te amo!"
Es una palabra muy grande que nadie sabe si se deba emplearla tan pronto, algo así afirmaba Atsumu en su carta, aún así se dispuso a enumerar partes de mí que yo pasaba desapercibido por ser tan comunes en mi vida, y eso que me gustan las cosas normales, que no resaltan. Es una palabra muy grande y la tomó siendo consciente de que hacerlo le quemaría el alma entera, la escribió en una carta sin saber si recibiría alguna respuesta alguna vez en su vida.
¿Pero acaso a los sentimientos tienen que tener los días, meses o años contados para que tengan el valor adecuado?
Cuando Osamu terminó de hablarme me envió la fotografía de alguna playa pequeña, aquel lugar no estaba nublado como en Miyagi, en la arena se dibujaba un corazón con una T y una A dentro de él y unidos con un signo de suma. No podía creerlo, como lo dijo Motoya: Atsumu era muy dramático.
Las vibraciones largas indicaron que en otro punto de la aplicación algo estaba haciendo cuenta regresiva para un posible sismo del deletreo.
EC (21:16): ¡Tobio, no veas la foto!
EC (21:16): ¡Fue sacada y enviada a traición!
EC (21:17): ¡No sé en qué momento el imbécil de Samu lo hizo!
EC (21:17): ¡Y sí! ¡Me acabo de enterar de la existencia de esa fotografía porque Samu me lo acaba de mostrar!
EC (21:18): ¡Y se está riendo el muy macabro!
Y como lo pronostiqué, le siguieron mensajes de mi nombre siendo deletreado una y otra vez. En vez de contestarle lo llamé, Atsumu contestó al tercer pitido. Oí un tartamudeo incomprensible antes de que dos voces se mezclaran como una pelea de bestias depredadoras. Después siguió una rápida exclamación de Atsumu junto con una risotada histérica; luego un portazo, pasos rápidos, otro portazo. Pude sentir el aire fresco colándose a través del cristal de mi teléfono.
—Estás afuera —asumí en voz alta.
—Quise salir sólo al balcón, pero sé que Samu no me dejaría en paz. ¡Me acabó de quitar el móvil y contestarlo! Lo tuve que sacar a cosquillas, Samu tiene la tripa sensible— respondió algo agitado, percibí claramente esas respiraciones largas que daba con la nariz. Ni supe en qué momento también obtuve la capacidad de contar detalles, uno a uno, atesorándolos sin notarlo —¿Me llamaste para algo importante o sólo lo hiciste para burlarte con Samu y acabar con lo poco que queda de mí?
Caótico.
—Miya.
—Tobio…
—Vamos a vernos.
Ese silencio que da una pausa refrescante a nuestras vidas se presentó por varios segundos.
—Samu me dijo lo mismo, que vaya a Miyagi, que vaya a verte— resopló rindiéndose, comprendí al instante ese sentimiento burbujeante de hacer a un lado al orgullo para ceder paso a otras emociones a través de la palabra; a veces rendirse no es fácil, pero tampoco tiene por qué ser malo. —Me dio como regalo una parte del dinero que tenía ahorrado. No sé por qué hace eso, de repente se comporta como el hermano bueno y yo quedo como un tonto.
—No eres un tonto.
Un hipido salió del fondo de su garganta, yo no tenía idea de cuál paso debería de dar para poder traer la calma.
—No sé qué hacer, Tobio.
—Entonces ven aquí si puedes, por favor— insistí —Intentaré ayudarte.
—¿Ayudarme cómo?— su voz a penas era audible —Tobio, te quiero tanto y sé que sueno algo torpe repitiendo algo que ya sabes, pero no deseo para nada del mundo que te comprometas a algo que no quieras o no puedas. Y ya me dijiste que no, lo entiendo, debí haberlo previsto sabiendo que ya me ha pasado con Omi y yo… Mierda, seguro te sientes incómodo ahora mismo— jadeaba de nuevo, sus pasos resonaban una y otra vez—¡Ahg! ¡Pero no puedo evitar que duela! No deberíamos hablar de esto ahora, temí que llegara este momento y yo…
—Atsumu— traté de no flaquear, me aferré con fuerza al teléfono —No llamé para… ¿sabes? Primero detente y respira.
Esa sacudida temblorosa al otro lado de la línea se detuvo, grandes bocanadas de aire resonaron por mis oídos.
—Tobio, ¿cómo puedo saber…?— exhaló al borde del sollozo —¿Cómo puedo saber que no me he equivocado otra vez?
Alejé mi teléfono para poder marcar en el ícono de cámara, Atsumu no tardó demasiado en aceptar la videollamada. Como lo supuse había salido de su casa, su rostro se encontraba a oscuras y sus ojos vidriosos eran lo único que resplandecía tímidamente.
—Nunca estuviste equivocado, Atsumu.
Le sonreí, él no pudo contener las lágrimas.
—Estoy feliz por verte—desanudé una de aquellas cosas que siempre quise decirle. Atsumu se tapó el rostro con una mano, temí por un instante a que se le ocurriera cortar la llamada —Tú también lo estás, ¿no?— Atsumu asintió sin descubrirse —Sakusa te dio una paliza, ¿no es así?
Asintió nuevamente, pero con una risa corta, se sorbió la nariz mientras intentaba desesperadamente borrarse todo rastro del sollozo con el dorso de su mano.
—Te contaron, ¿verdad? Apuesto a que fue Komori.
—¿Vas a quitarle los incisivos también?
Esta vez su risa fue más fuerte.
—Maldito santurrón, te quiero demasiado.
—Ven a verme entonces— pedí ablandando mis cuerdas vocales. Antes de que Atsumu responda le mostré el peluche que tenía a mi lado, tomé su pequeño bracito para fingir que lo estaba saludando, Atsumu lo saludó también —Ven para decírmelo otra vez.
—¿No vas a rechazarme de nuevo entonces?
Me mordí el labio sin poder creer sus ideas. Le eché un ojo al calendario que colgaba en un punto de mi habitación, la defensa de tesis de mi hermana caía dentro de dos miércoles.
—Tienes diez días.
—Suena como un desafío— no pude tomarlo en serio porque moqueaba —¿No puedo estar antes?
—Miwa estará por Sendai el dieciséis, le pediré que me lleve. Es que no conozco del todo la ciudad.
—Bien, bien. Es un trato entonces, el dieciséis verás mi adorable cara por tu territorio.
Adorable y que aún tenía los rastros de lágrimas por sus mejillas. Acaricié el cristal de mi pantalla anhelando la calidez de su piel lo antes posible, por el gesto dulce que hizo Atsumu concluí que estaba haciendo lo mismo. Cerré los ojos buscando el tacto que, aunque lo haya sentido contadas veces hasta ese día, ya me era familiar.
—Eso espero.
Diez días sonaba demasiado tiempo. Una semana con tres días, con dos si uno cuenta de lunes a lunes como los telediarios. Diez días estando pendiente del encuentro, diez días con la impaciencia trepando por mi nuca.
Y en uno de esos días, para sacar conversación, le pregunté a Miwa cuándo sería su defensa de tesis, ella me regañó porque había dicho mil veces que era ese diecisiete de octubre. Me quise arrancar las pestañas. Sin dar demasiadas vueltas le pedí para que me llevara a Sendai ese día, ya vería después cómo cambiar planes con Atsumu, pero que necesitaba ir allí como sea.
—Pero me quedaré dos días, para la predefensa el dieciséis y la defensa final el diecisiete— explicó mientras preparábamos la cena, agradecí mentalmente a todo ente espiritual que existe —Tendré ver si te consigo lugar en el piso de mi compañera, nene.
—Iré el dieciséis y volveré a casa solo.
—¿Estás seguro? —Dejó de revolver la sopa cuando le dije que sí, detuve mis ojos en la cuchara de madera —¿Pero por qué tanta emoción, Tobio?
Controlé cada movimiento de mis dedos mientras llevaba los platos con arroz blanco a la mesa. Miwa me siguió curiosa.
—Es una sorpresa.
Hice lo posible para que mis emociones no se lucieran tan precipitadamente, pero Ukai estaba espléndido por la manera en que había mejorado mis bloqueos en el último partido de práctica y no paraba de preguntarse en voz alta cuál sería el porqué de aquel salto de mis habilidades. Tuve suerte de que Nishinoya y Hinata no hayan metido su cuchara en donde no debían, más bien, se las arreglaban para distraer al equipo con sus maniobras en conjunto que sonaban como algún movimiento especial de un superhéroe, y no cualquiera, sino de esos que usan la ropa interior por fuera.
Suerte que pude escaparme de ese par de curiosos, y resalto que me sentía un poco culpable (en cantidades minúsculas, ¿de acuerdo?) por no ponerlos al tanto del encuentro que tendría con Atsumu en algunos días. Incluso sentía que se lo debía más a Nishinoya que a Hinata, Noya fue quien sacudió esa nube de polvo que estaba frente a mis ojos y Hinata ni me contó sus planes de jugar voleibol de playa desde el principio. ¡Que se vaya al cuerno!
Como estábamos con un pie dentro de las eliminatorias, los entrenamientos bien entrada a la noche y, por como iban las cosas, me negaba a dejar de lado las llamadas con Atsumu. Cuando se trataba de él se me salían a la superficie todos mis dotes de terquedad, el resto de días antes de ir a Sendai nos quedamos hablando toda la madrugada, yo llegaba frito al entrenamiento del Karasuno de la mañana, ni me arriesgaba a jugar las carreras matutinas con Hinata para saber quién llegaba primero a la sala del club.
Desapercibido, Tobio del pasado, sabes al pie de la letra como pasar completamente desapercibido.
—Se te notan las ojeras— me dijo Miwa esa mañana de miércoles cuando subimos nuestras mochilas a su coche —Es muy inadecuado para un deportista no controlar su horario de sueño, ¿lo sabes?
De hecho, había recuperado mis horas de sueño durmiendo en clases, pero esa era discusión para otro día. Y se sumaba el hecho de ausentarme a la práctica y a las clases a mitad de la semana. Si el vicedirector no me liquidaba antes de los playoffs a fin de mes seguramente Ennoshita lo haría, ya me veía haciendo su planificado circuito de cien veces cuesta arriba. El capitán adoraba molernos las piernas.
—Lo sé, lo sé— le contesté con un bostezo y alistándome en el asiento del copiloto. No despegué la mirada de mi celular, pues estaba siguiendo la ruta del Shinkansen —Pero no suelo dormirme tan tarde, sólo me tiene agotado las horas extras en la práctica.
El tarareo largo de Miwa era clara señal que me creía tanto como un ateo creyendo en Dios.
Entré en el chat de Atsumu para asegurarme a qué hora me había enviado una foto suya en la estación de Tokio y así poder calcular en cuánto tiempo llegaría a Sendai. En la fotografía estaba adormilado, seguramente se la estaría pasando el viaje entero durmiendo porque tuvo que alcanzar el tren de Kobe a Osaka a las cinco de la mañana, y el gorro de béisbol que llevaba le cubría gran parte del flequillo dorado, le dejaba un semblante un poco más maduro del que habituaba.
Me gustaba.
—¿Estás sonriendo porque te estás burlando de mí o porque algo te tiene prendido en el teléfono?
No me percaté cuando Miwa se subió al coche, ojalá yo fuese capaz de borrar esos segundos donde me pilló el móvil de reojo y vio la foto de Atsumu antes que yo lo cubriera con el pecho, pero en vez de sacar todo ese recuerdo de mi cabeza lo rememoro y escribo. Lo tengo registrado ahora, no sé si para avergonzarme de mi yo adolescente y decir: "ah, mira cómo he crecido", o simplemente para mantener viva esa pequeña flama que tengo miedo que algún día desaparezca para siempre.
Vaya, mi primer enamoramiento. Y es cierto todas esas palabrerías que sueltan los ancianos cuando se les de hablar de la vida, que las cosas suceden porque sí y por más que tengamos la capacidad de cambiar las cosas no podemos evitar que lleguen otras de repente. O quizá yo estoy envejeciendo muy rápido y reflexiono justo donde no debería reflexionar, deteniéndome a rememorar esos momentos que nadie sabe si se quedarán toda la vida conmigo.
Motoya supo lo que me sucedía antes que yo lo notara y pudiera darle nombre. Nishinoya y Hinata sólo necesitaron unos cuántos gestos para leerme de punta a punta.
Pero Miwa es mi hermana, me conoce como su propia mente.
—Tobio— me susurró —No sé si vi mal, si lo estoy interpretando mal pero…
Antes que continúe busqué en la galería de mi móvil rápidamente hasta dar con aquella en el matsuri, no me importó darle zoom hasta quedar dos simples rostros pixelados. Se lo mostré a Miwa sin decir nada, tampoco lo di tiempo suficiente para que pueda soltar alguna palabra al respecto. Regresé a la última fotografía de Atsumu en la estación, su sonrisa en la pantalla fue luz verde para que yo hablase.
—Él es Miya Atsumu— vi cómo ella asentía con los ojos bastante abiertos, recordaba el nombre perfectamente, tuve que bajar la cabeza algo avergonzado e intentar que la lengua no se me pegase al paladar —Me habías dicho que solucionara nuestra pelea cara a cara, pero no tuvimos una pelea real, sino que sucedió algo un poco más complicado…
Él se me confesó. Pero no lo completé.
—Tobio— apenas moduló.
—Miwa, sé que suena raro. No estoy seguro a partir de qué momento exacto él no sale de mi cabeza, es extraño porque no es una persona de mi equipo, ni siquiera de mi instituto, como para cruzármelo todos los días. Pero me agrada bastante. Me gusta hablar con él, me gusta pensar en él, me gusta ir por la calle y toparme con alguna cosa que me recuerde a él…
Aunque traía la mandíbula tensa y la mirada inquieta, pude sentirme un poco más tranquilo al liberar esas palabras que traía atascadas en la garganta.
Subí la mirada cuando mi hermana posó una mano por mi hombro, me alivié verla sonriendo con esa serenidad capaz de calmar tifones. Mientras la recuerdo tirándome para un abrazo por encima de la palanca de cambios, repaso las palabras que me había dicho Osamu esta mañana, en el ahora; que no se necesita del todo de otras personas para aceptarse a uno mismo, pero cuando lo hacen, cuando dejas de cargar tanto peso por mucho tiempo… el mundo parece ser un lugar nuevo.
Lo único que aún no sabía era que habría más tropiezos en lo que continúa de mi camino y que algunos senderos son más cortos que otros. Por alguna razón el mío se cruzó con el de Atsumu, en una esquina nevada y desolada, en un lapso tan corto que sólo duró una frase. Pero después empezamos correr juntos, en algún punto nuestros tramos iban uno al lado del otro, seguí sus pasos guiándome por esa luz que de alguna forma siempre se aferraba a él, aunque en realidad era él quien se guiaba tomándome de la mano y confiando en la dirección que yo tomaba.
Sigo preguntándome por qué lo solté, por qué no me quedé a su lado unos minutos más entre la oscuridad y el hierro retorcido.
Tengo aún toneladas de culpa por mis hombros que debo liberar.
De casa a la Universidad de Tohoku era como una hora, suficiente tiempo para reorganizar todos los sucesos en mi cabeza y contarle la verdadera historia a Miwa. Desde el campamento, ese cruce de palabras, mi frustración con los grupos de chat, mi canción favorita en manos de Atsumu, las llamadas por la noche, por el día, por cada minuto libre. Le resumí lo que pasó en las nacionales de primavera, no di detalles de lo que pasó entre Atsumu y Sakusa, no creí que fuese necesario. Y por supuesto, le hablé sobre lo sucedido en el matsuri, todos esos encuentros que tuvimos en esos días eran más frescos a la par que relataba, todos esos toques sutiles los volví a sentí en cada parte de mi cuerpo, quemaban como la brasa.
—Y yo ya me preguntaba de qué tienda te has conseguido el osito, ahora ya sé, te has sacado el premio mayor.
Ah… Me imagino que habré quedado como un chiquillo mal experimentado cuando Miwa levantó una ceja curiosa y a mí las mejillas me estallaron en un rojo brillante. ¿Qué habré hecho en mi vida pasada para tener que pasar por estas vergüenzas?
Al llegar a Sendai abrí nuevamente el mapa fijándome cuál camino debería tomar de la universidad a la estación de trenes, lo que no me percaté fue que pasamos de largo una intersección y que el coche de Miwa nos dirigía a otra dirección. Me di cuenta cuando estábamos estacionando a unas manzanas del lugar, justo cuando me estaba distrayendo por la noticia fresca sobre la clasificación de Kamomedai en los playoffs de Nagano.
—Estás bromeando.
—Quiero saber cómo es mi cuñado, la curiosidad me gana— contestó ella bajándose del vehículo.
—No estamos saliendo— tiré rápidamente, casi salgo volando por la puerta.
—Mira Tobio— chasqueó los dedos hacia mi frente —No seas tonto, lo quieres también ¿no?
¿Qué si quería a Atsumu? Como que existen múltiples significados de querer. Quería jugar con él a lados contrarios de la cancha, aunque tampoco me molestaría jugar del mismo lado, lo habíamos hecho en el campamento el pasado año y fue una experiencia increíble; también quería saber qué métodos utilizaba para mantener saludables sus uñas y que no le salieran ampollas en las palmas de las manos. Todo lo que quería de él giraba alrededor del voleibol… No, no me era suficiente.
Caminando por las calles de Sendai empecé a fijarme en las personas que pasaban a nuestro lado, cada una de ellas tenía un semblante diferente, un estilo de ropa diferente, una forma de percibir las cosas que yo jamás podré saber. A veces suelo pensar qué hubiese pasado si Atsumu sólo fuese de esas personas que me suelo cruzar porque sí y no afectan mi vida, qué visión de las cosas tendríamos o hacia dónde se dirigirían nuestros caminos.
A veces me detengo y pienso qué historia yo hubiese escrito. Si es que me animaba a escribir siquiera.
Llegando a la estación de trenes di vueltas intentando ubicar esa mirada que era capaz de envolverme en una calma que jamás busqué, pero tanto necesitaba y más en aquel momento. Miwa esperaba entre ansiosa y emocionada a mi lado, incapaz de mantener el pie quieto que resonaba a la par del segundero de su reloj de muñeca. Éramos consientes que ella debía llegar a la universidad y la defensa de su tesis estaba a contrarreloj, pero fue decisión suya acompañarme. Y es mi decisión escribir todo lo que viví en esos minutos.
A veces creo que Atsumu está leyendo todo esto, palabra por palabra, pero no sabe cómo responderme.
Recibí un mensaje suyo que decía que ya estaba recorriendo la estación, me paré de puntillas para observar por encima de las personas, ninguno traía la cabeza dorada. El corazón se me estrujaba por la impaciencia. Segundo tras segundo.
No entiendo cómo a veces me pierdo en la última oración que escribo pensando en qué diría si me leyera.
Atsumu, léeme. Léeme, por favor.
Te sigo esperando. Suelo sentarme en mi cama o en el sofá esperando a que algún día abras la puerta con la lentitud de una tortuga y asomes tu cabeza para fijarte si hay alguien durmiendo antes de entrar a pasos cortos. Hay veces que palpita una inocente ilusión de que llegarás a casa y dirás que todo fue una broma, o que yo me despierte, me abraces en la cama y me digas que todo fue una larga pesadilla. Sigo con la débil esperanza de que te estás escondiendo en un punto equis dentro del mundo y que algún día volveremos a encontrarnos en una estación de trenes como tantas veces lo hemos hecho.
Esa esperanza es la ventana que me salva de la casa inundada.
Esa esperanza de volverte a ver.
Y cuando me di la vuelta vi a Atsumu encaminarse hacia mí pero mirando a varios lados en su propia búsqueda, se veía neutral pero con los labios fruncidos lucía algo preocupado, como si se hubiese perdido. Me abstuve de realizar algún movimiento que resaltase mi posición, quería disfrutar un poco más esa vista, ese semblante que Atsumu tenía cuando yo inundaba su cabeza y creía que nadie lo veía.
Ah… con que así se siente esto.
Su mirada se cruzó con la mía, achicó los ojos, luego los abrió y apresuró el paso casi dando un salto. Yo levanté una mano para saludarlo, incapaz de calcular qué debería hacer a continuación.
—¡Tobio!— me llamó con ese tono agudo, como si se le escapase todo el aire o como si sus músculos enflaquecieran y sólo pudiese aferrarse a la vibración de sus cuerdas vocales. Me fijé en toda su persona, sus ropas oscuras hacían juego con su mochila y contrastaban con su cabello que se deslizaba un poco por debajo de la gorra y se captaba mejor de cerca. Me mantuve unos segundos indagando en su rostro sonrosado convenciéndome de que este era el momento para voltear las páginas, o mejor, arrojar todos los folios al suelo y empezar de nuevo.
—Hey— lo saludé escondiendo mis manos en los bolsillos, presioné mis puños intentando apaciguar mi nerviosismo.
Respiré pausadamente. ¿Qué debería decirle estando cara a cara? Una disculpa no me parecía del todo coherente porque no tenía razones para hacerlo, ninguno de los dos habíamos hecho nada malo. Tampoco podía precipitarme y abrazarlo como aquella vez en Tokio, aunque fue Atsumu quien dio el primer paso. Los engranajes hacían ruido dentro de mi cabeza, giraban y giraban sobrecalentando mi cerebro, Atsumu los detuvo en seco colocando su dedo índice entre mis cejas.
—Relájate cara de apuñalar— bromeó mientras me masajeaba el ceño fruncido, alejó rápidamente su mano antes que la mía la atrapara, todo lo que agarré fue el aire cálido instalado entre los dos.
No reclamé porque él dejó escapar una de sus risas que nadie creería que provendrían de alguien que estallaba el estadio con sus jugadas titánicas. Se veía tan tranquilo, tan suelto y cómodo, todo lo contrario a esa última vez donde se quebró entre lágrimas bajo tenue luces rojas.
Estaba feliz.
—Vaya, vaya— escuché detrás de mí, me olvidé que Miwa venía conmigo. Se me tensó el cuerpo entero cuando la vi pasando a mi lado hasta quedar frente a Atsumu —Un gusto, soy la hermana de Tobio, Miwa. ¿Y tú eres el famoso Miya Atsumu de la carta?
¡Mierda Miwa, tus modales!
—Sí, lo soy— encogió los hombros sin importancia —¿Por qué? ¿Tengo mala letra?
—No, no, no es eso, ni siquiera leí lo que pusiste. Es sólo que…— dejó la frase en la nada. Conocía esa inyección de preocupación en su mirada, le resultaba difícil comprender por qué tenía a milímetros al responsable de ese colapso inesperado que tuve y de mi liberación (también imprevista, por supuesto). Sin vacilar ni un segundo más, ella colocó una mano en el hombro de Atsumu, él bajó la mirada a sus pies casi en picada —Eres tan alto como mi hermanito, ustedes son unos monstruos.
Los dos exhalamos sincronizados. Percibí la mímica dulce que Miwa nos dedicó.
—Cuida a mi nene, Sendai es muy grande y ustedes unos niños, ¿de acuerdo?
—¡De acuerdo! —contestó él similar a esos militares de las fuerzas armadas —Tengo dos manos y un celular con GPS, ¿ya sirve?
—¡Por supuesto! —afirmó ella agitando su mano al aire —Si se nos da la oportunidad para la próxima puedo invitarte una cerveza, creo que ya eres un poco legal como para beber.
—¿Dónde quedó lo de ser niños? —fui yo quién reprendió aquello, Atsumu carcajeó apenado colocándose a mi lado. Al parecer se le esfumó de la cabeza el audio de "Tobio te amo", no me molestaría recordárselo cada vez que el alcohol se presentase frente a sus narices.
—Cuando quieras, Miwa.
—¡Bien!— respondió ella, la sonrisa le marcaba el hoyuelo en la mejilla izquierda, herencia de papá —Espero que les vaya bien…
Y así, Miwa se despidió de nosotros y nos abandonó en plena capital de Miyagi. Una vez que la figura de mi hermana desapareció de nuestra vista, los músculos de Atsumu se desinflaron despidiendo los nervios de su ser, tuve que sostenerlo con un brazo para que el peso de su mochila no lo tirase al suelo.
—Se siente extraño conocer tu entorno— me dijo recuperando su compostura —Tu hermana me cae muy bien, no es como Samu, él movería planetas enteros con en simple fin de avergonzarme.
Todavía no la conoces del todo. Mejor cerrar el pico e ignorar ese dato.
Le saqué el gorro de béisbol para poder apreciar mejor su rostro, el flequillo se deslizó por todo el lado derecho de su rostro, entre los dos lo recogimos para colocarlo tras su oreja, por el camino nuestros dedos se entrelazaron. No me disgustaba para nada esa sensación de su piel sobre la mía, era una calidez que no negaba darle la bienvenida siempre.
—Hola— le dije, esta vez sin que nadie interrumpa su bienvenida.
—Hola, mi santurrón— excepto él, claro.
—No me llames de esa forma.
—¿Entonces prefieres cara de apuñalar? Pero si quieres puedo usar también mocoso presumido.
—Creo que empezaré a usar apodos también—me enderecé intentando ganar autoridad. Atsumu se puso colorado.
—Shhhhh. ¡No se vale!
Salimos de la estación sin soltarnos las manos, no nos importó que las personas nos hayan dedicado una mirada que duraba los segundos suficientes como para no considerarlo descarado. Atsumu sacó de su mochila una bolsa con chuches de tarta de queso porque en Kobe no abrían temprano su tienda favorita y en Osaka no había esas galletitas de leche que tanto quería que yo probase, de todas formas lo acepté con cariño, nos las comimos por el camino. Quedamos primero en recorrer el centro hasta dar con el bus que nos llevaría a una tienda de waffles que encontré por internet. No sabía si a Atsumu le gustaba los waffles pero quería que mi invitación fuese una sorpresa.
Nos terminamos la última galleta de tarta de queso, Atsumu me entregó el lado izquierdo de su auricular inalámbrico.
—¿Tienes algo especial para escuchar hoy? —ofreció. Yo dudé mientras perdía la mirada en sus dedos deslizándose por la pantalla del móvil.
—No tengo gustos específicos para la música.
Abordamos el bus al son del rock de los dos mil, me anoté mentalmente que a Atsumu le gusta destrozarse los oídos con la música, pero en algún punto del viaje bajó el volumen porque empezamos a platicar sobre la ciudad de Sendai, de allí pasamos al voleibol, a lo que sucedió en los últimos días y que el manga que leímos sobre la luna sacaría un drama CD al siguiente año.
—Por cierto, nunca supe qué significaba la luna.
—¡¿De verdad?! —Asentí ante su dramatismo —Por todo lo que existe, Tobio, significa "te quiero" por su pronunciación.
—Ah…— modulé indiferente —Entonces yo también.
—¿Eh?
Nos bajamos del bus y sin querer se me desprendió el auricular, Atsumu lo atrapó en el aire, por instinto también lo intenté pero mis manos sólo chocaron con las de él. Nos reímos al unísono. Dejé que Atsumu volviese a colocarme el auricular, tuvo cuidado de no tocar mi rostro más de lo que debería.
Y esa mirada. En ese momento Atsumu traía esa mirada que, cuando lo rememoro, hace que las lágrimas se me escapen sin piedad.
Lo vi cambiar de música antes de hacer cualquier otra cosa, como respirar. Lo noté claramente nervioso porque falló como tres veces en colocar la contraseña.
Mi música favorita estuvo resonando de fondo mientras nos encaminábamos a la tienda de waffles, me daba la sensación que todo a nuestro alrededor se trastornaba y se amoldaba a la melodía.
—Dijiste que cantarías esta música.
—No me hagas esto, Tobio, mi inglés es una mierda.
Tarareé siguiendo el ritmo.
—Miya…
—Me has llamado Atsumu dos veces, no te arrugarás si me llamas por mi nombre.
—Canta, Atsumu.
Él no supo dónde esconder toda esa vergüenza que emanaba, no le despegué la mirada.
—I let go, —carcajeaba entre palabras mal pronunciadas —there's just no one that gets me like you do…
Interrumpí su paso colocándome frente a él.
—You're my only…— continué en voz baja porque mi inglés no era mucho mejor que el suyo.
Ambos nos reímos en voz baja, ignorando el mundo, teniendo en mente que sólo existía una persona para el otro en ese momento. Sólo éramos nosotros dos en medio de la ciudad, sobre una acera de granito, en un otoño joven en nuestros años de preparatoria. En un lapso donde no teníamos idea que el futuro existe y que no es lo mismo para todas las personas, que muchos no llegan hasta allí. No éramos conscientes de que hay años largos, años cortos, días amargos, días felices, minutos de amor y segundos de desesperación.
Queríamos aferrarnos sólo al momento, al sosiego que sólo el otro podría dar.
Cerré los ojos mientras Atsumu me besaba.
My only one.
N.A.: AL FIN-
