Disclaimer: los personajes pertenecen a la serie Acacias 38 de RTVE y Boomerang Televisión.
Querida Maite:
Tu última carta me ha servido de refugio en esta última semana, en la que no he tenido ningún otro momento de paz. Imaginarte como alumna, entre lienzos, preparándote para ir a París, me ha llenado de una vitalidad que no sentía desde que tuviste que marchar. ¿Cómo eras entonces? Me describes a Elena y Ángela, pero ¿cómo eras tú? ¿Ya eras aficionada a esos escandaloso pantalones? ¿Qué te inspiraba entonces? ¿Has usado alguna de las técnicas de ese don Ernesto cuando me dabas clase a mí?
Por favor, sigue contándome. Prefiero con mucho leerte que escribirte sobre los cotilleos del barrio, las peleas con mi madre, o la falta de entendimiento con Ildefonso.
Tuya, Camino
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Querida Camino:
Eres muy curiosa, señorita Pasamar, queriéndolo saber todo. Y no, no siempre he tenido el depurado gusto para la moda que tengo ahora. En aquel entonces yo era una adolescente más bien feúcha, con un pelo que se encrespaba con facilidad por la humedad de la costa. Pero estando entre pinceles nada de eso me importaba, porque mi imaginación volaba hasta que convertía en algo hermoso incluso los horribles jarrones de don Ernesto. Al final, acabaron gustándome.
Durante ese otoño me convertí en una visitante asidua de casa de Elena. Al salir de las clases en la academia, tres tardes a la semana, me ofrecía a acompañarla, y ella se acostumbró de tal forma que la criada dejó de ir a buscarla. Charlábamos por la calle, y cuando la dejaba en su puerta, Ángela me invitaba a merendar, con una leve sonrisa que iluminaba su rostro, de costumbre contenido, casi inexpresivo.
Aquella casa me producía emociones encontradas. Gruesos cortinajes impedían la entrada de la de por sí ya escasa luz otoñal, creando un ambiente entre tétrico y adormecido. La sensación opresiva que había percibido en mi primera visita se confirmó en las siguientes, y sólo se rompía cuando Elena me animaba a contar anécdotas y nuestra cháchara llenaba el silencio de las habitaciones, austeras, casi monacales. Les hablaba de las reuniones que organizaban mis padres, de las noticias del momento o de mi ilusión por conocer París, y aquel mundo cerrado parecía ampliar sus límites por unas horas.
El papel de Ángela como dueña y señora de aquel cementerio viviente me intrigaba. Jamás, en esos primeros meses de conocernos, la vi tocar a sus hijos para nada que no fuera el gesto puramente funcional de arreglar el lazo de la trenza de Elena o acercar la silla del pequeño Joaquín a la mesa. Sin embargo, no había momento en que no estuviera pendiente de ellos, y siempre escuchaba las trivialidades que Elena o yo contábamos como si constituyeran una historia apasionante. Durante nuestros parloteos, Elena parecía florecer con respecto a la tímida niña que había conocido en la academia, y sus ojos, mucho más oscuros que los de su madre, lucían expresivos. En esas ocasiones Ángela la observaba sin que yo supiera descifrar su expresión; en alguna ocasión, noté que también me miraba a mí.
El hermano pequeño de Elena era un niño tranquilo que disfrutaba cuando su madre le leía alguna fábula. Su voz lucía entonces con dotes de gran narradora, pero tan pronto acababa la lectura, nos devolvía el protagonismo y se ponía a coser mientras el niño nos pedía que jugáramos a los soldaditos con él. Elena ponía cara de fastidio, pero casi siempre acababa cediendo, y yo me unía durante un rato, hasta que al dar las seis, indefectiblemente, Ángela me acompañaba a la puerta.
Una tarde, ansioso por irse a jugar al acabar de merendar, Joaquín se enredó con los faldones del mantel, y pegó un tirón que derribó la cafetera, un par de vasos y un plato, que se hizo añicos contra el suelo. Todos contuvimos la respiración por el estruendo, pero mi siguiente reacción no fue otra que reírme por lo aparatoso del desastre. Pero al buscar complicidad en la mirada de Ángela y Elena, no la hallé. Bien al contrario, Elena parecía demudada, se había quedado pálida como un lienzo y apenas en unos segundos se agachó para ir recogiendo las piezas de loza del suelo.
Me llevé una tremenda sorpresa al mirar a Ángela. De ordinario, su expresión serena, o quizá falta de emoción, la dotaba de una elegancia armónica con la ropa oscura que solía vestir y su esbelto cuello. Pero en aquel momento, todo en ella parecía crispado, y mi primer pensamiento es que iba a reñir al niño. Pero no: su rostro, sencillamente, estaba aterrorizado.
Me creerás que aparte de pintora, en aquella época creí tener talento para la escritura, ya que fantaseé con toda una serie de razones que explicaran esta escena, a cual más rocambolesca, y que diera una causa lógica a la frialdad que se respiraba en aquella casa. No obstante esa sensación de falta de aire, me obstiné en seguir visitándola, en parte por creer que así ayudaba a Elena a salir de su aislamiento. Puede que otra razón fuera que ya Ángela me resultaba un misterio fascinante, pero aún no era capaz de reconocer esa motivación.
Espero que me perdonarás algunas licencias al rememorar esta historia. Me fascina pensar cómo nuestra mente selecciona aquellos recuerdos que luego tuvieron importancia en el discurrir de los acontecimientos, igual que el ojo del artista selecciona aquellos rasgos de su musa que mejor ayudan a captar su esencia.
Dejo de escribirte ahora, porque quiero pintar, y rememorar los rasgos de mi musa…
Siempre tuya, Maite
