Querida Maite:

Tu última carta me dejó sumida en una ensoñación que me ha durado días. Al final va a resultar que entre tus muchos talentos (pintora, polemista, profesora, amante) también está el de narradora. No sólo has capturado mi interés con la historia de cómo conociste a la familia Hierro, sino que me has devuelto las ganas de pintar, aunque tenga que ser a escondidas. Para bien o para mal, paso mucho tiempo sola, de modo que al dejar de leer la carta, pude tomar acto seguido mi viejo cuaderno y un lápiz, y dejarme llevar por la inspiración.

Me intriga la descripción que haces de Elena. Si no supiera que no fue ella el objeto de tu pasión, hubiera pensado que estabas desarrollando sentimientos por la hija, y no por la madre.

Por favor, sigue escribiéndome. No sabes cómo me ayuda a seguir en pie, y con esperanza.

Siempre tuya, tu alumna, Camino

Querida Camino:

Me alegra que reconozcas mis múltiples talentos, aunque debo decirte que alguno de ellos sólo afloró al tenerte cerca. Te animo a que sigas pintando, sea como sea y por encima de todo, porque esa será la vía por la que tu alma podrá expresar todo aquello que la aqueja, y que de otra forma se te pudriría dentro. Lo que no expresamos nos consume, y lo que seguiré contándote hoy es una buena muestra de ello.

Un día, volviendo de la academia, Elena me pidió un favor.

-Quiero hacerle un regalo a mi madre para el día de su santo, un retrato. Pero sé que no me va a salir bien… ¿podrías pintarlo tú por mí?

-Es mejor que lo dibujes tú, Elena. Seguro que a tu madre le encanta, aunque no sea perfecto, porque se lo habrás hecho con todo tu cariño.

Intenté negarme para animar a Elena a acometer la tarea, pero la verdad es que la petición, aparte de sorprenderme, me había interesado sobremanera. Sería todo un reto hacer un retrato de una persona a la que sólo conocía superficialmente, tratar de captar su ser por debajo de la imagen de apacible señora de su casa y madre amantísima, que de una manera confusa yo intuía como una impostura.

-No, Maite, no intentes animarme a que lo haga yo. Me gusta dibujar, y aunque el profesor no me haga mucho caso, disfruto de las clases porque os veo crear unas láminas tan hermosas,… Pero no tengo la clase de talento que tú tienes, y quisiera que el retrato fuera de verdad bueno.

Acabé cediendo. ¿Pensarás mal de mí si reconozco que los halagos de Elena me envanecieron un poco? Me propuse pintar un retrato realmente exquisito, uno que no desentonara si lo presentara en la prueba de acceso a la escuela de París, el curso siguiente; un retrato que fuera a la vez un tratado de belleza y un puente al alma de la modelo, que posaría sin ella saberlo.

Acordamos que durante la semana siguiente mantendríamos la rutina de meriendas establecida, pero ella intentaría tener más entretenido al pequeño Joaquín y a su madre para que yo pudiera sacar algún boceto rápido de Ángela, discretamente. En una ocasión me preguntó por el cuaderno de dibujo, pero mentí diciendo que quería hacer un bodegón diferente, y que trataba de copiar los restos del bizcocho que habíamos merendado. En realidad, la miraba de reojo, tratando de que mi mano reprodujera sus pómulos de porcelana, o la curvatura de su cuello, que se me asemejó al de un cisne, o me situaba detrás del niño, intentando descifrar la expresión de sus ojos cuando miraba a sus hijos.

Trabajé sobre mis incompletos bocetos otra semana más, dudando sobre si ceñirme a un realismo más clásico o dotar de más viveza la imagen con toques impresionistas; dudé sobre si realizar un dibujo en carboncillo, o lanzarme a un lienzo al óleo; dudé sobre la composición, sobre si aplicar color o no, sobre si ceñirme a retratar su rostro o ampliar la imagen para representar también su elegante busto y sobrio vestido. Elena me había dado carta blanca para que decidiera por mí misma, pero me obsesioné de tal forma con realizar un retrato que les agradara a ambas, que dediqué día y noche a probar uno y mil enfoques; hasta que el día antes del santo lo di por terminado, aunque ni mucho menos estaba satisfecha. Algo me decía que no había conseguido insuflar vida a mi creación.

Se lo entregué a Elena, y me animé al notar cuánto le entusiasmaba. Me lo agradeció con un cariñoso abrazo y me prometió que me contaría con lujo de detalles la reacción de su madre cuando se lo entregara, al día siguiente.

Los nervios se apoderaron de mí. No era la primera vez que hacía un retrato, pero sí que era el primer encargo que recibía de fuera de mi familia. Reconozco que por un lado sentía la vanidad del artista que disfruta de que admiren su obra. Pero por otro me dominaba un sentimiento mucho más humilde, la imperiosa necesidad de que a Ángela le gustara el retrato, de que se viera identificada en los trazos en los que yo había procurado captar su forma y su esencia.

Tengo que dejar de escribir ahora, pero lo retomaré pronto. Por más que nos guste olvidarlo, hasta las artistas necesitamos salir a hacer la compra, pagar las facturas y ver qué se cuece en el mundo.

Tuya, Maite.