Querida Maite:

He releído tu carta con los ojos arrasados en lágrimas. Mentiría si dijera que todas han sido por la joven Maite, y por Ángela: las más dulces han caído cuando he rememorado nuestros primeros acercamientos, aquella emoción que estaba llena de la esperanza de poder compartir nuestra vida. Pude que cada relación sea diferente y tenga su propia historia, su propia verdad: pero el amor siempre es el mismo.

Sigues manteniendo mi atención, mucho más que cualquier visita del vecindario o las inacabables trifulcas con mi madre: en la última, su enfado vino porque no soporta oír tu nombre en mis labios, y yo no consigo, ni quiero, dejar de pronunciarlo. Me imagino qué obstáculos entorpecieron vuestra relación, quiénes fueron los enemigos a los que tuvisteis que sortear. Su marido, obviamente, pero… ¿qué papel jugó tu familia en todo esto? Escríbeme pronto, que ansío saber más de esa joven Maite. Siempre me dijiste que eras sólo una niña cuando conociste y amaste a Ángela, pero en tu reacción protectora reconozco a la mujer madura y magnífica que yo conocí y amé en Acacias.

Tuya, siempre, Camino.

Querida Camino:

Tus referencias a tu familia me han dejado preocupada. Quise pensar que al verte casada, y conmigo lejos, tu madre cejaría en su afán controlador y permitiría que te manejases sola, y que siendo lo sensata que eres, esa sería la mejor cura al dolor de nuestra separación. Pero supongo que es inevitable que tu madre siga presente en tu vida, ya que la guía un amor sincero, aunque mal entendido. Procura evitar el conflicto con ella, porque aunque parezca que esos chispazos te mantienen viva en medio del tedio, sé bien que sufres hondamente por cada enfrentamiento.

Me pides que te hable de la joven Maite, y me cuesta hacerlo con objetividad, pero haré un esfuerzo para que me bajes del pedestal en que a veces creo que me tienes. Sólo soy una mujer, llena de defectos y que ha cometido todos los errores que se pueden cometer, pero que sigue intentando ser fiel a una sola cosa: la libertad de ser yo misma.

Después de la revelación vivida, volví a casa con un torbellino en mi cabeza. Tenía necesidad de saber más sobre Ángela, y sobre su pasado, y se me ocurrió sacarla a colación durante la cena de esa noche.

Mi padre no la conocía a ella, pero sí a su marido, el juez Joaquín Hierro.

-Su trabajo hace honor a su apellido. Es duro e inflexible, y una vez ha forjado una opinión sobre el caso que se juzga, nunca la cambia, sino que hace recaer todo el peso de la ley sobre la persona a la que considera responsable. En él no cabe la duda, ni la compasión o la creencia en la regeneración.

-¿No es eso lo que debe esperarse de un juez, padre? Una persona con opiniones veleidosas y poco fundamentadas no puede dedicarse a aplicar la ley, ¿no?

Mi padre me miró con gravedad. Me encantaba polemizar con él porque jamás, desde que tuve entendimiento para hacerlo, me había tratado como a alguien inferior, ni por mi edad ni por mi sexo; bien al contrario, estábamos acostumbrados a discutir de lo divino y lo humano con todos los argumentos que éramos capaces de poner en pie. Damián Caballero, director del periódico "El popular", doctor en Letras por la universidad de Salamanca, experimentado hombre de mundo, republicano y ateo, disfrutaba tan intensamente de las conversaciones con su hija adolescente como de una tertulia en el Ateneo de la ciudad, y esta vez no fue una excepción a la regla, de modo que me explicó todas sus reticencias hacia el juez Hierro.

-Maite, tener un criterio firme y razonado sobre algo, y procurar el cumplimiento de la ley, no excluye la comprensión hacia las circunstancias en que se producen ciertas conductas. Comprender no quiere decir perdonar, pero sí procurar una solución al problema para que no se repita, en lugar de simplemente castigarlo para obtener satisfacción en la venganza. Un delincuente no puede ser eliminado sin más, si no se eliminan las condiciones que lo abocaron al crimen.

-Estás hablando como un anarquista cualquiera, padre. Educar a los criminales sólo es la solución en un mundo ideal en que los criminales deseen ser educados. – lo fustigué sin piedad, sabiendo lo mucho que le molestaba que lo calificaran de anarquista.

-No ponga palabras en mi boca, jovencita. Que el juez Hierro sea capaz de enviar a prisión, durante años, a una viuda endeudada que ha robado algunos garbanzos en el colmado, a un obrero huelguista o a un padre de familia numerosa que ha desvalijado algún caserío, ni favorece el imperio de la ley, ni demuestra sensatez de criterio. Es solamente una demostración de que le gusta ejercer el poder y tener en un puño a los que tienen la desgracia de ser más débiles que él.

Me quedé callada, pensando en que me parecía que esas palabras podían aplicarse perfectamente a Ángela y Elena.

-Entiendo que no te gusta ese hombre, padre.

-Entiendes bien, Maite. Sabes que no me gusta prohibirte que conozcas gente de todas las condiciones y estratos sociales, pero realmente no quisiera que pasaras tanto tiempo en su casa. Ya sé que has trabado amistad con su hija, pero no todas las familias son como la nuestra, y puede que tu forma de ser y pensar acabe provocando algún encuentro desagradable con el juez Hierro.

-No te alarmes, padre. – la alarmada era yo. No quería que mi padre me prohibiera seguir con mis visitas, lo que hubiera complicado sobremanera mis indagaciones sobre Ángela. – Ya sé que no hay otro hombre como tú, que permita que una mujer joven como yo le discuta sus opiniones, pero eso no va a pasar. El juez nunca está cuando yo estoy de visita, llega a tarde a casa, aunque es cierto que una impronta oscura lo sobrevuela todo.

-Eres muy perceptiva, hija, - intervino mi madre, - y si te has dado cuenta de esa aura negativa, no dudo de que sabrás defenderte de ella. Ya sabes, Maite, que la inteligencia y la voluntad son tus mejores cualidades. Y efectivamente, nunca encontrarás a un hombre como tu padre.

Mi madre, Begoña Zaldúa, había conocido a mi padre cuando ya superaba ampliamente la edad que se considera apropiada para que una mujer se case, y su familia la había dejado como un caso perdido, destinada a ser la tía soltera que consiente a los sobrinos. Mantenía una activa vida social y cultural, y había escrito una carta al periódico de mi padre, cuestionando un editorial muy crítico con la política del gobierno en Cuba; mi padre le contestó mediante otra editorial, en la que se reafirmaba; una nueva respuesta de mi madre pareció dar por zanjado el asunto, hasta que una nueva carta enviada por el periodista, esta privada, la retaba a mostrar las pruebas en que apoyaba sus argumentos.

Tres meses más tarde, la correspondencia mantenida ocupaba un lugar principal en el escritorio de ambos, y mi padre se presentó en Pamplona para poder debatir en persona con la tenaz señorita Zaldúa. Tres meses más tarde estaban comprometidos, y al mismo tiempo que se firmaba la paz en Cuba, ellos firmaban las capitulaciones matrimoniales. Yo nacía al año siguiente, y nunca vi entre mis padres otra cosa que no fuera complicidad, respeto, admiración por el otro, comunión de objetivos,… amor, en suma. Eran conocidos por dedicarse piropos y miradas incendiarias en público, el tipo de comportamiento que no se espera en un matrimonio ya maduro.

-Tu padre se enamoró de mí a través de mis cartas, antes de conocernos en persona. Si cuando vino a buscarme a Pamplona, tan alto y guapísimo, no hubiera estado ya en el bote, al verme se hubiera espantado. Recuerda, Maite, que una mente despierta y un corazón honesto son las mejores armas que tenemos las mujeres de esta familia, no dependemos de una cara bonita o un tipo atrayente.

Sé que mi madre no tenía ninguna mala intención al hablarme así, pero cada vez que repetía esas palabras y me recordaba lo mucho que nos parecíamos físicamente, yo acababa frente al espejo de mi habitación, valorándome críticamente hasta que un cierto desaliento me invadía. Mi pelo se encrespaba pese a los esfuerzos con el cepillo, mis ojos, demasiado pequeños, no eran simétricos, la prominencia de mi nariz podía resultar poco femenina, mi tipo no tenía la esbeltez que empezaba a estar de moda y mi pecho se había desarrollado tempranamente hasta un punto que, a pesar de mi habitual desparpajo, me causaba cierto embarazo y procuraba evitar vestidos que lo resaltaran. Ciertamente me sentía orgullosa de mis expresivas manos, de mi ingenio agudo y del talento con los lápices que desde pequeña habían fomentado, pero de cuando en cuando, ante el espejo, me sentía disconforme con mi propio cuerpo.

Espero haber saciado, al menos de momento, tu curiosidad por mi pasado. Tengo bellos recuerdos de mi infancia, y crecí rodeada de la atención y el afecto de mis padres, a los que quiero entrañablemente aunque ya hace demasiado que dejé de verlos con regularidad. Mi madre era de por sí una mujer inusual, a la que he acabado pareciéndome más de lo que jamás hubiera pensado, a pesar de que en esos años tuviéramos algunos desencuentros; y la relación con mi padre, en particular, siempre fue especial, permitiendo y alentando que desarrollara mi personalidad y aptitudes, al margen de lo que la sociedad consideraba el comportamiento idóneo para una señorita: con su apoyo, la idea de convertirme en artista fue tomando cuerpo y ya habíamos convenido que al año siguiente me iría a vivir a París, donde mi tío trabajaba en el cuerpo diplomático, para estudiar en la mejor escuela de artes del mundo.

¿Entiendes ahora por qué nunca alenté que desobedecieras, te enfrentaras o guardaras rencor a tu madre? Nunca quise que, por amarme a mí, tuvieras que renunciar a los tuyos. Ninguna familia es perfecta, pero cuando nos faltan se crea un vacío imposible de llenar, bien lo sé.

Te envío todo mi amor para llenar en algo ese vacío, Maite.

Este capítulo va dedicado a E.G., el doctor que llevo dos años cuidándonos y que con su conversación me dio marco que necesitaba para mi historia: San Sebastián.

Disclaimer: los personajes pertenecen a la serie Acacias 38 de RTVE y Boomerang Televisión.