Querida Maite:
Me ha emocionado mucho la forma en que hablas de tus padres. A menudo he lamentado tener tan pocos recuerdos del mío, y que su prematura muerte dejara a mi madre como la única cabeza de familia. Creo que eso la cargó con un exceso de responsabilidad que derivó en el afán de controlar toda mi vida, con las terribles consecuencias que hemos sufrido las dos.
Por otro lado, ansío que me descubras qué te hizo lograr la confianza en ti misma que siempre luciste, porque no te reconozco en esa jovencita acomplejada e insegura que describes. Como ya te dije en una ocasión, eres bellísima y atractiva a mis ojos, porque más allá de que tus rasgos tengan o no el equilibrio y la proporción de unas facciones clásicas, revelan la fuerza de tu alma, honesta y libre. Eres bella y verdadera para mí, eres mi inspiración.
Tuya, Camino
Querida Camino:
Tus palabras me turban hoy tanto como aquella primera vez que las pronunciaste, cuando me regalaste aquel retrato a carboncillo. ¿Sabes que quedé cavilando, que apenas dormí aquella noche, pensando en cómo estabas consiguiendo que me abriera contigo, metiéndote bajo mi piel, dudando de si me estaba excediendo con mis confidencias? La seguridad en mí misma es una máscara que, de tanto llevarla puesta, ha acabado siendo una parte auténtica de mí, pero la confianza en mi propia valía ha sido como las mareas del Cantábrico, un vaivén impetuoso que lo mismo lo cubre todo que deja al descubierto los restos de un naufragio.
Sabes de sobra que si tardé (no demasiado, porque eres irresistible) en rendirme a tus encantos y poner mi corazón a tus pies no fue porque sintiera vergüenza de mis sentimientos e inclinaciones, sino por las dudas acerca de que yo pudiera ser todo lo que tú te mereces, y de que tu cariño y tu deseo pudieran ser mejor atendidos si se depositaban en otra persona.
Mas ciertamente anduve un largo camino desde esa niña que se miraba frustrada al espejo hasta la mundana pintora que llegó a Acacias. Y, como en tantos otros aspectos fundamentales de mi vida, Ángela tuvo un papel determinante en ese cambio.
Después de nuestra conversación sobre mi retrato, la relación con Ángela entró en una nueva dimensión. No podía dejar de pensar en ella, y todo mi tiempo giraba en torno a recordar nuestras conversaciones, e imaginar otras nuevas.
Seguí visitando su casa invitada por Elena, tras las clases de pintura, pero todos mis sentidos ya no estaban puestos en la charla con mi amiga, ni en los juegos de su hermano, sino en captar todos y cada uno de los gestos de la dueña de la casa.
Su callado comedimiento, que antes me había parecido tranquilidad de espíritu, empezó a revelárseme como un caparazón para mantener al mundo exterior apartado de un turbulento interior. Sus maneras pausadas, en lugar de signo de educación, pasé a interpretarlas como resultado del miedo. La delicadeza de sus manos, de dedos largos y hábiles, se quebraba a veces con un temblor nervioso. La inclinación de su frente, siempre con la mirada baja, no era ya un requerimiento de su labor de costura, sino un gesto de rechazo al mundo exterior. La forma en que, sin excepción, me despedía a las seis de la tarde, antes de que llegara el juez Hierro, era para mí señal suficiente de que a partir de esa hora la casa se convertía en una cárcel donde ninguna risa, ninguna demostración de naturalidad o afecto, estarían permitidas. Sin conocerlo, empecé a odiar a ese hombre.
Pero mientras duraban mis visitas, me concentré en aprovechar y disfrutar de cada minuto, escuchándolo todo, observándolo todo. Me bebía sus ocasionales sonrisas, cuando sus rasgos se redondeaban y la habitación parecía iluminada por el sol. En ocasiones, la descubría a ella mirándome a mí, y esas miradas me provocaban oleadas de calor que desde todos los extremos de mi cuerpo acababan concentrándose en mis mejillas, arreboladas. Aún no era capaz de interpretar esas miradas de sus ojos claros, pero su efecto era dejarme sin aliento. Luego, ya en mi casa, las revivía una y otra vez. Nunca me había sentido así.
Una de las tardes, mientras ayudaba a Elena a aplicar algo de color en uno de sus bocetos, me di cuenta de que Ángela no estaba leyendo el cuento que le contaba al pequeño Joaquín. Aunque sostenía el mismo volumen encuadernado en verde que de costumbre, la historia del sastrecillo valiente no era la que ya le había escuchado contar en otras ocasiones, sino que las peripecias resultaban frescas y mantenían la atención del niño, que no paraba de pedir nuevos detalles.
Me di cuenta de que Ángela improvisaba las historias para no cansar a su hijo, y lo hacía con tal naturalidad y cadencia, aparentando que leía cuando en realidad sus ojos miraban al infinito, que la narración era mil veces más atrayente que la original. Admiré su capacidad, y tuve una idea que no le quise plantear de inmediato, pues debía hacer una consulta con mi padre.
A la semana siguiente consideré madurado el proyecto, y aproveché un momento en que el niño estaba entretenido con sus juguetes para planteárselo a madre e hija.
-¿A quién le iban a interesar mis cuentos? No tienen ningún mérito, solamente son variaciones de los clásicos, para entretener a mi hijo con nuevas historias.
-Pero son excelentes historias, y ningún cuento es original por completo, todos son giros de tuerca sobre las mismas ideas. El periódico de mi padre está buscando relatos así para publicarlos en una revista semanal ilustrada. He hablado con él y está dispuesto a leer alguno, y publicarlo si es aceptable. Yo misma me encargaría de ilustrarlos.
-Sería tan emocionante, madre. - Elena se ilusionó. - Me encantan esos cuentos aunque ya no sea tan pequeña como Joaquín, y sin duda pagaría por leerlos. Si además llevan los dibujos de Maite, pues…. sería maravilloso. ¡Tu nombre en el periódico, qué emoción!
La expresión de Ángela giró súbitamente de la extrañeza y un ligero sonrojo, a la rigidez mortecina.
-A tu padre no le gustaría que mi nombre estuviera expuesto en una publicación frívola, una revista de cuentos infantiles. - la cara de Elena también se demudó, corroborando la opinión de que el juez no aprobaría el proyecto.
-¿Cómo no va a gustarle que su esposa demuestre su talento, que sea admirada, incluso que gane algo de dinero? - a pesar de mis informes previos sobre el juez Hierro, me parecía inconcebible que el marido de Ángela no disfrutara del éxito de su esposa, que yo consideraba asegurado.
Las seis en el reloj del salón interrumpieron nuestra conversación, y mecánicamente Ángela se levantó para acompañarme a la puerta. Cuando ya estaba en el dintel, sin nadie más a la vista, añadió un comentario que me dejó consternada.
-Mi marido no necesita, ni tendrá, nada de mí más que lo que ya le he dado. Cualquier otra actividad por mi parte no haría más que avergonzarlo. Gracias por tu ofrecimiento, Maite.
Espero que comprenderás el motivo por el que empecé a odiar al juez Hierro, un odio que con el tiempo crecería sin medida. Fueron tiempos oscuros, de sentimientos negativos de los que me costó mucho salir. Pero siempre hay un camino para volver a la luz. Mi Camino eres tú.
Tuya siempre, Maite.
Disclaimer: los personajes pertenecen a la serie Acacias 38 de RTVE y Boomerang Televisión.
