Escena 7
Querida Maite:
Comparto tu odio por el juez Hierro. Si esto fuera un cuento de hadas, él sería el malvado villano que mantiene encerrada a la princesa en la torre de marfil, hasta que un valeroso paladín, tú, llegaras a rescatarla.
¡Cuánto me gustaría un cuento de hadas del que tú y yo fuéramos protagonistas, bellamente ilustrado por ti, y por supuesto con final feliz! Como con tantas otras cosas, habrán de pasar muchos años hasta que dos mujeres podamos ser protagonistas de historias que los demás lean para su disfrute e inspiración.
Sigue contándome, que si es necesario iré escalando la torre para ser yo quien vaya a buscarte.
Tu dama que te espera, Camino
Mi bella dama:
Déjate de monsergas de cuentos de hadas de princesas encerradas. Estamos en el siglo XX, y si bien hay sueños que no podremos alcanzar quizá en toda una vida, como es poder manifestar públicamente nuestro amor, hay otros que son ya realidades, o casi: las mujeres no necesitamos que nos rescaten de ningún encierro, tenemos que echar la puerta abajo y salir al mundo y a la vida a ser dueñas de nuestro propio destino. Nunca es fácil, pero cada paso que una de nosotras da, lo damos todas, así que levántate, paloma mía, y ven a mí.
No te enfades por mi riña; entiendo que cuando la vida nos da la espalda, recluirse en las ensoñaciones de un mundo de fantasía es tentador. Pero no es así como yo te conocí y te quise, sino viva y en el mundo real, un mundo que tiene aspectos dolorosos, pero que precisamente por eso son un desafío que hace que nos aferremos a la vida y tengamos las emociones a flor de piel. Ya sabes que la verdad está en la piel.
Después del fracaso de mi proyecto de los cuentos ilustrados, durante varios días nuestras meriendas mantuvieron un tono anodino, y Ángela se mantuvo distante e inexpresiva, lo que de alguna forma me enervaba. Moría de ganas de poder tener con ella otra conversación personal que me permitiera conocer todos sus pensamientos, pero la ocasión no se dio hasta varias semanas después, una tarde que Elena faltó a clase. Me acerqué a preguntar por ella, y la criada me informó de que los dos hermanos estaban enfermos, en cama. Me retiraba ya cuando, en un impulso, solicité ver a Ángela.
Me recibió en la habitación de Elena, que descansaba en un duermevela agitado entre mantas. Tan rubia y con labios febriles, parecía aún más frágil y necesitada de protección que de costumbre. Aunque Ángela me aseguró que no era nada peor que unas anginas, habían acomodado al niño a dormir en un catre en la misma habitación para poder estar constantemente pendiente de ambos.
-No estoy dispuesta a perder más hijos.
Sorprendida por la brusca afirmación, me senté a su lado y mi gesto la interrogó sin palabras. Con gran sencillez y una entonación contenida, me contó que en el pasado había sufrido varios embarazos que se malograron, y había perdido otros tres hijos con apenas meses de vida.
-¿Sabes, Maite? Amo a mis hijos con cada fibra de mi ser, y no hay nada que no haría por ellos. Pero cuando eres joven, y te enseñan que tu destino como mujer es ser madre, nadie te advierte de que con cada embarazo, con cada parto, el miedo a que algo pueda ir mal, y el sufrimiento también se apoderan de ti; tu cuerpo y tu alma se escinden, se rompen; y si después de ese sufrimiento, tu vientre no da fruto, o el fruto muere antes de llegar a… - su voz, hasta entonces tocada con un timbre de inusual dureza, se quebró.- Es insoportable.
-Pero Elena y Joaquín son estupendos, y seguro que podría tener otros hijos…. – farfullé.
-Eso nunca va a volver a pasar. Mi cuerpo no es sólo un recipiente para cumplir los deseos ajenos. – sonó cortante, casi agresiva. Al verme azorada, se suavizó.- ¿Sabes que Joaquín tenía un gemelo? Su padre le cambió el nombre para que se llamara como el hermano que murió. No volveré a enterrar a un hijo, ni volveré a poner mi cuerpo en la tesitura de contener una nueva vida, para que luego esa vida se frustre.
-¿No quiere más hijos? Eso es… es algo natural. ¿Para qué si no nuestro cuerpo se desarrolla en la forma en que lo hace? – no pude evitar un ligero encogimiento de hombros, un gesto involuntario que hacía desde el inicio de mi adolescencia para tratar de disimular la rotundidad de mi pecho.
Ángela me miró con atención, capturando mi mirada a la par que mis manos, que acarició con dulzura.
-Tu cuerpo es tuyo, Maite, y es precioso tal y como es; no está destinado a la maternidad, salvo que la desees, ni debe servir a más dueño que tu alma. Aunque sea nuestra alma lo que nos diferencia de los animales, el cuerpo es también divino, porque nos permite materializar nuestros deseos: ver el mundo, caminar por él, probar todos los sabores y acariciar las texturas amadas. – una Ángela que yo no conocía se descubrió ante mí, elocuente, apasionada y con unas ideas que igualaban, si no superaban en radicalidad, a las de mi padre.
-Nunca hubiera imaginado que pensaba así. Siempre parece tan… contenida.
Ángela me dedicó una sonrisa triste que me traspasó el corazón por enésima vez en la tarde.
-No siempre he estado muerta por dentro. Si me hubieras conocido cuando tenía tu edad, te hubieras llevado una impresión muy diferente sobre mí. Pero la vida me ha domado a base de golpes, y ahora me siento muy vieja.
-Sus palabras no son las de una vieja. Para mí, son la puerta a un mundo nuevo.- las palabras escaparon de mis labios sin haberlas pensado, y noté cómo impactaban en la mirada clara de Ángela, que se hizo más brillante. Por primera vez intuí en sus ojos algo, además de sorpresa. Una emoción que podía ser agradecimiento, hermandad,… o la ilusión de vivir otra vida.
-Eres tan joven… - y diciendo esto rozó el óvalo de mi rostro con las yemas de sus dedos, y yo me di cuenta de que hubiera dado cualquier cosa por haberla conocido en ese entonces, por haberla conocido siempre, y por formar parte de su ilusión.
Mientras te escribía, he recordado nuestros primeros encuentros, cuando aún tenía que hacerte el amor sólo con mis palabras y miradas. Con Ángela me pasó igual, la besé con mis ojos mucho antes de llegar a hacerlo con mis labios.
Quizá sea bueno que toda relación comience de esa forma, antes de llegar a consumarse en plenitud, sobre todo para poder soportar los momentos de alejamiento en que las palabras son la única forma de transmitir el amor. Recibe estas letras mías cargadas de todo mi sentimiento.
Tuya, Maite
Disclaimer: los personajes pertenecen a la serie Acacias 38 de RTVE y Boomerang Televisión.
