Querida Maite:

Estoy empezando a apreciar a Ángela a través de tus cartas, y creo que me hubiera encantado conocerla en persona. Es extraño como a veces tratas durante años a personas, y su compañía no te aporta ninguna enseñanza, y sin embargo hay otras con las que, incluso en un periodo muy corto de tiempo, consigues una comunión y una complicidad que te marcan mucho, y te dejan con las ganas de poder disfrutar más de su compañía. A veces, por ser demasiado educadas, nos perdemos de hablar de lo que de verdad importa, y nunca llegamos a descubrir hasta estas personas, o lo hacemos cuando es demasiado tarde.

Contigo fue muy fácil transitar de los lugares comunes de la conversación social a descubrir lo que teníamos en lo hondo del alma: a veces, con palabras, a veces con miradas. Sigue contándome cómo anduviste esa senda con Ángela, a ver si así descubro cómo romper el hielo que se ha instalado en mi matrimonio: ni deseo ni aspiro a amar a Ildefonso, pero sí intuyo que, al menos, podríamos ser amigos sinceros, y que esto sería bueno para ambos.

Tuya, desde lo hondo de mi alma, Camino

Querida Camino:

A menudo te dije que eras una muchacha demasiado joven e inexperta para saber a lo que nos exponíamos al prolongar nuestra relación, y reconozco que dudé de que pudieras mantener tu amor por mí cuando nos descubrieran, y te vieras presionada. Sin embargo, me desarmaste con tu voluntad inquebrantable de estar a mi lado, y no olvido que, finalmente, fuiste tú quien consiguió sacarme de la cárcel.

Lo que quiero decir es que, desde nuestra despedida, y más en tu última carta, noto una nueva madurez en ti, un tanto sombría, pero ese es el precio de la consciencia. Me hablas con gran sensatez de lo que es, al final, el ejercicio más difícil de todos: ser sincera con una misma, y con los demás, y procurar que sobre esa verdad se puedan edificar relaciones que nos mejoren. Derribar las fachadas podridas de la buena educación para poder conocer a la otra persona y construir una amistad, o un amor, sólidamente fundados, es un propósito elevado, aunque difícil de cumplir.

Y sí, yo estaba hastiada de la fachada de buenos modales que cubría mis encuentros con Ángela, casi todos con sus hijos de testigos involuntarios, lo que impedía que pudiéramos hablar con la verdad desnuda, una verdad que, para aquel final de invierno, yo ya no podía negar: estaba obsesionada con Ángela.

Una tarde especialmente desapacible de finales de invierno, Elena me dijo que no podíamos ir a su casa a merendar, pero me invitó a que nos escabulléramos al desván.

-Cuando nos vinimos de Soria arrumbamos aquí muchos muebles y adornos que estaban en el piso. Mi padre dice que no nos volveremos a mudar, salvo que lo llamen a la capital, y que no quiere trastos de nadie en su casa.

Nos entretuvimos sacando de varios baúles paños de terciopelo rematados por morilleras, y tafetán irisado. Teníamos un encargo de la academia para dibujar algunos maniquíes con modelos de fiesta, y Elena quería consejo sobre cómo representar las texturas de la tela, así que nos deleitamos en el tacto de los tejidos, intentando analizar los reflejos de la luz en ellos.

Aunque el reto que nos había propuesto nuestro profesor de dibujo hubiera debido concentrar toda mi atención y esfuerzo, a pocos meses como estaba de tener que hacer las pruebas de ingreso en la Escuela de Bellas Artes de París, mi cabeza navegaba por otros derroteros. Por un lado, quería interrogar a Elena sobre los orígenes de sus padres; por otro, me intrigaba nuestro cambio de escenario, y fantaseaba sobre los motivos por los que Ángela no se dejaba ver en el día de hoy.

Afortunadamente, Elena estaba inquieta y eso le soltó la lengua. Al parecer, la noche anterior había habido una escena inusual, una fuerte discusión entre el juez y su esposa, a resultas de la cual ella estaba postrada en cama. Me alarmé, e indagué sobre los motivos de la pelea.

-Mi hermano se va a estudiar a un internado en Bilbao. Mi padre dice que está muy enmadrado, y que debe prepararse con los jesuitas, como hizo él, para ganarse cuanto antes la entrada en la facultad de Derecho. Cuando se lo dijo, Joaquín hizo pucheros, y mi madre se puso como loca, se opuso tajantemente y hasta le amenazó con… Mi padre insistió en que era una decisión tomada, le dijo a Joaquín que dejara de comportarse como una niña mimada, y mandó a mi madre a su cuarto mientras nosotros nos escondíamos en la cocina, con Paquita. Mi hermano no paró de llorar hasta que se durmió. Esta mañana mi madre no se ha levantado, y Paquita nos ha dicho que no la molestáramos en todo el día.

-No puedo creer que tu padre sea tan duro. ¡Joaquín sólo es un niño! – estaba indignada, y supuse que con mi comentario lograría empatizar con Elena, pero esta me sorprendió.

-Mi padre tiene razón, y sólo busca lo mejor para mi hermano, que ya no es tan chico: va a cumplir once aunque no lo parezca. Tiene que prepararse para su futuro. ¡Ojalá se preocupara tanto por mí! – había un dolor que yo nunca había percibido en la voz de mi amiga, que de pronto me pareció más mayor que nunca, yo que siempre la veía como una niña pequeña aunque apenas nos separaba un año de edad. – Tan poco le importo, que ni siquiera me prohíbe las clases de pintura, aunque desprecia cualquier tipo de arte.

Supuse que es posible tenerle miedo a un padre, y a la vez necesitar imperiosamente agradarle y sentirse merecedora de su atención. Comparé una vez más la relación de la familia Hierro con la que yo tenía con mis padres, y me volví a sentir muy afortunada, a pesar de un reciente desencuentro con mi madre.

-¿No crees que sería mejor que Joaquín decidiera dónde quiere estudiar, cuando sea un poco más mayor? Separarlo de tu madre, y de ti, suena un poco… cruel.

-Pero padre sabe lo que es mejor, y antes o después iba a tener que irse. Mi madre y yo nos acostumbraremos, como siempre hemos hecho cuando nos ha tocado mudarnos, o cuando murieron mis otros hermanos. No sirve de nada luchar contra el destino, y hacerlo sólo provoca escenas como la de ayer: mi madre tendrá que calmarse y aceptarlo.

Me horroricé ante semejante pasividad y conformismo. Siempre había sabido que Elena carecía de la energía que a mí me sobraba, pero la manera en que habló me recordó las palabras de su madre acerca de haber sido domesticada por la vida. Resolví que necesitaba hablar con Ángela a solas, como fuera, con cualquier excusa o motivo.

Espero que esta nueva escena te haya sublevado tanto como a mí me ocurrió en su momento. Una de las cosas que siempre admiré de ti fue tu bravura y tenacidad para obtener lo que querías, a veces incluso contra mi opinión. Si no hubiera sido por tu insistencia al buscarme, quizá nunca nos hubiéramos besado ni compartido intimidad, y ahora no podría ensoñarme con esos recuerdos mágicos.

Tuya, Maite

Disclaimer: los personajes pertenecen a la serie Acacias 38 de RTVE y Boomerang Televisión.