Querida Maite:
Sublevada es poco. Tu última carta me ha hecho gritar de rabia. ¿Cuándo dejarán los padres de creer que pueden dirigir la vida de sus hijos, volver a vivir sus vidas a través de las de ellos? No puedo aceptar que el respeto debido a los padres incluya el sometimiento completo a sus decisiones: no lo acepto y no lo aceptaré.
Adivinarás por mi tono que he vuelto a tener un encontronazo con mi madre. Sigue interfiriendo en mi matrimonio, queriendo saber detalles que sólo nos pertenecen a Ildefonso y a mí, y lo que es peor, metiéndome ideas acerca de lo que debería ser mi vida marital y de lo que es normal o no en ella. Quizá, sin sus insinuaciones nada sutiles, no se me haría tan evidente que algo no marcha bien entre él y yo, y habríamos podido desarrollar una relación más satisfactoria, al menos de afecto, si no de amor.
No se me ha escapado tu alusión a un problema con tu madre. Extiéndete sobre él, porque quizá en tu caso encuentre algún consejo o clave para solucionar mis cuitas.
Siempre tuya, Camino.
Querida Camino:
Lamento leer que tus problemas con tu madre no tienen fin. Leo entre líneas que también hay problemas con Ildefonso, y créeme que lo siento sinceramente. Sabes que tuve celos de ese soldadito desde el momento en que entró en tu vida, pero reconozco que a pesar de mis sospechas sobre él, hasta el momento se ha comportado contigo, incluso conmigo, de la mejor manera, y siendo imposible que nosotras estemos juntas, creí que podrías acabar contenta, si no feliz, a su lado. Él podría darte cosas que yo jamás, y no me refiero sólo a la aprobación social o el prestigio de su título.
No me dejes en ascuas sobre cuáles son vuestros problemas, porque me inquieta esa insatisfacción a la que te refieres. Yo satisfaré tu curiosidad sobre mi relación con mi madre, que en aquellos días no atravesaba sus mejores momentos.
Inquieta por las revelaciones que me había hecho Elena, urdí un plan para encontrarme con Ángela a solas. Éramos vecinas, y en los meses que llevaba frecuentándola había descubierto que desde el salón de mi casa se veían las ventanas del suyo. Alguna vez, con cualquier pretexto, yo había eludido mis obligaciones matutinas para dedicarme a espiar esas ventanas, esperando robar alguna imagen suya. Aquel día hice lo mismo, pero mi atención se centró en identificar a Paquita cuando saliera a hacer la compra: cuando esto ocurrió, cogí un fardo que había preparado y me lancé a la calle.
Carcomida por las dudas de estar excediendo los límites de la confianza, pero necesitada de verla, toqué a su puerta. Se me hizo eterna la espera, pero finalmente la misma Ángela abrió. Si no hubiera sabido lo que me había contado su hija, no hubiera notado ninguna diferencia en su aspecto habitual, pulcramente peinada con su pelo recogido en la nuca, y vestida en su tono oscuro de siempre. Se sorprendió mucho al verme, pero tras una larga mirada, me franqueó el paso, yo diría que con gusto.
Farfullé mis pretextos para presentarme en su casa. ¿Sería tan amable de darme su opinión sobre el vestido que le traía? Pronto debía asistir a una velada con mis padres, y me parecía adecuado hacerle algunos cambios a la prenda, demasiado modesta y recatada, para lucirla de noche y en un gran evento, pero mi madre se había negado, y necesitaba el consejo de una costurera experta como era ella.
Tuve claro que no se había creído ni media palabra de mi historieta, aunque paradójicamente era verdad. Mi madre y yo habíamos tenido una agria discusión acerca de mi indumentaria para lo que iba a ser, extraoficialmente, mi presentación en sociedad. Yo había crecido asistiendo a las tertulias literarias, políticas, musicales, que ellos organizaban en casa, pero esta era una ocasión especial, la inauguración de la temporada de primavera en el casino; quizá influida por las horas que habíamos dedicado en la academia a diseñar figurines de moda, le pedí a mi madre que me dejara hacerme un vestido nuevo, que me hiciera sentir más adulta, y hermosa, en un evento festivo al que acudiría la flor y nata de la ciudad.
Con una suave sonrisa que no desmentía su incredulidad, pero no la hacía ofensiva, Ángela ojeó los figurines que le mostré, tomó el vestido a medio hacer y me hizo poner de pie para echármelo por encima. Me lo ciñó a la cintura, y luego me hizo girar muy lentamente, de forma que no puedo echar la culpa del mareo que sentí al movimiento, sino a su cercanía. Observó críticamente la forma del escote, y finalmente pronunció su veredicto.
-Podríamos hacer algo para mejorarlo, pero necesito tomarte medidas. Desvístete, que voy a buscar mi costurero.
Me dejó a solas con mi sonrojo mientras me desprendía de mi falda y blusa hasta quedarme vestida con las púdicas enaguas que mi madre consideraba apropiadas para mí. Al volver, evité mirarla a los ojos, pero no se me escondió que ella sí me observaba con atención, desde mis piernas hasta llegar a mi rostro. Me sonrió, y mi vergüenza desapareció, sustituida por una necesidad de que me mirara que me hizo erguirme, y retomar la conversación. La confianza se había instalado entre nosotras, y no me costó sincerarme.
-A veces creo que mi madre quiere que me vista como una niña, o como las monjas con las que estudió; y no la entiendo, porque en otros temas es la mujer más liberal que pudiera usted imaginar. No sé si quiere protegerme de algo, o es que teme que mi carácter sea demasiado… efervescente, y me exceda y haga el ridículo. Y bueno, ya sé que no soy ninguna belleza, pero me fascinan las telas, con esos colores magníficos y la variedad de estampados, alguna tendrá que sentarme bien…
Ángela esperó a tenerme subida en un escabel que me elevaba un par de palmos por encima de ella, con el vestido suelto sobre mi cuerpo. Ella iba clavando alfileres aquí y allá, para crear alforzas y pliegues que le dieran la forma deseada a la prenda, antes de contestarme.
-Tu madre querrá, como queremos todas las mujeres, que quien te conozca te ame por quien eres, y no sólo por tu belleza. Tienes una mente despierta y un corazón que no te cabe en el pecho: lo sé por la alegría que has traído a la vida de mi hija… – su voz vaciló un momento antes de añadir - y a la mía; pero también eres muy hermosa, Maite. No debes decir, ni mucho menos pensar lo contrario. Tienes un pelo vivo, brillante, que no sé por qué te empeñas en alisar, una sonrisa que transmite calidez, unos ojos verdes preciosos que iluminan el sitio donde estás, y una piel suave y que rebosa salud; tienes lo que las modistas llamamos "buena percha", al moverte eres grácil y elegante,…. A poco que lo pretendas, cautivarás a quien quieras.
Enrojecí hasta la raíz del cabello con esas palabras, dichas como al descuido, sin mirarme apenas a los ojos. Pero sentía sus manos ciñéndome la cintura para tomar medidas, y su aliento rozar apenas mi cuerpo por sobre la tela, y creo que en ese preciso momento experimenté por primera vez lo que es el éxtasis amoroso. En aquel entonces no lo identifiqué como tal, y sólo sentí desfallecer mis piernas mientras mi vientre se hacía líquido y explotaba en una ola de calor.
-La ropa que te pones y el maquillaje que usas es una herramienta para dar una imagen, Maite. Si quieres, puedo ayudarte a manejarla en tu beneficio, pero tú tienes ojo de artista, así que no dudo que sabrías elegir qué imagen te conviene en cada momento: si quieres mostrar algo auténtico de ti, o prefieres ocultar los golpes.
-¿Los golpes? – mi navegación extática por el limbo se interrumpió bruscamente.
-Sí. Los golpes de la vida. – me quedé mirándola horrorizada, sin estar segura de si había entendido la intención de mi pregunta, de hasta dónde llegaba el drama de su matrimonio. - Habrá momentos en que una fachada impecable, y aburrida, es lo que te permitirá defenderte del mundo y mantener tu mente libre de intromisiones, aunque tu vida se haya derrumbado y seas esclava de las circunstancias. Mantener las apariencias puede darte la dosis de libertad necesaria para, por dentro, seguir siendo tú. Pero esa imagen también puede acabar consumiéndote, y siendo un cascarón vacío.
Me ayudó a bajar del escabel, y notó mi rostro confuso al quedar nuestros ojos a la misma altura, muy cerca. Notaba su olor envolviéndome, y hubiera querido dejar de pensar para entregarme a sentirlo, pero sus últimas y crípticas palabras resonaban en mí, y sólo podía darles una interpretación.
-Usted siempre viste de oscuro, se maquilla con sobriedad, actúa de forma contenida, convencional, porque esa es la manera de mantener su espíritu independiente y sin intromisiones.
Justo en ese momento, Ángela me miró como nunca antes me había mirado. Aparte del afecto o el agradecimiento, en esa mirada de sus ojos verdosos, muy parecidos a los míos, leí la alegría de sentirse comprendida, el reconocimiento de estar ante un alma gemela. Un mudo asombro que muy bien pude confundir con amor.
-No tienes ojo sólo para el arte, Maite, también para ver lo que hay en el alma de las personas. Podrías ser mi hija, pero me has diagnosticado como si tuvieras toda la experiencia del mundo. Podría ser tu madre, pero me siento mucho más cerca de ti de lo que he estado de nadie desde hace… toda una vida.
El tiempo se detuvo mientras aún sostenía mis manos, y ninguna palabra acudió a mi boca, pero recorrí su rostro con mi mirada, amándola con mis pupilas.
Ruidos en el pasillo interrumpieron nuestro momento, y nos separamos desviando los ojos. Me despojó del vestido a medio coser, y ambas nos apresuramos a recoger, en silencio. No obstante, cuando ya me iba, Ángela volvió a dedicarme unas palabras.
-Vuelve a finales de semana, a esta hora: tendré terminado el vestido y te enseñaré a maquillarte de modo que todos admiren esos ojazos que tienes. Pero no digas nada de esto a Elena.
Rememorando aquel día, creo que fue la primera vez en que Ángela me miró como a una mujer adulta, y aunque posiblemente en ese momento ella aún no me amaba como luego lo hizo, ya habíamos establecido un vínculo entre iguales; tal y como nos ocurrió a nosotras: por más que yo me empeñara en seguir tratándote sólo como a una alumna, tú ya habías sobrepasado ese papel, y te habías convertido en mi igual, mi alma gemela.
Tu profesora, pero también alumna, y compañera, que no te olvida ni un momento, Maite.
Disclaimer: los personajes pertenecen a la serie Acacias 38 de RTVE y Boomerang Televisión.
