Querida Maite:

Cuando me enteré, cotilleando en Acacias, de que habías tenido una relación que te marcó en el pasado, no te extrañará saber que los celos me consumieron, y envidié a tu desconocido amante. Ahora que en tus cartas me estás dando los detalles que cómo comenzó vuestro amor, me siento agradecida hacia Ángela, por cómo te trató y cómo te hizo crecer, y se me ocurre que pusiste mucho de ella en la forma en que me guiaste cuando nos conocimos.

Sin embargo, hay algo que aún se me escapa en la forma en que ella afrontaba su matrimonio. Por desgracia, sé bien en qué clase de laberinto se convierte la convivencia de un matrimonio infeliz, cuando cualquier gesto o comentario inocente puede desencadenar una escena desagradable; pero me sorprende su oscilación entre el miedo y la rebeldía, aunque sólo fuera una rebeldía de palabra. Espero que me lo acabes desvelando, y que tus dotes de narradora no te envanezcan y alarguen mi espera.

Tuya siempre, Camino.

Querida Camino:

Creo que es justo que experimentaras celos, aunque fueran una ínfima parte de los que sentí yo. Me reconforta que, pese a ello, y aunque sólo sea a través de mis palabras, estés llegando a conocer y apreciar a Ángela. No sabes cuánto significa para mí poder hablar de ella con alguien, ya que uno de los aspectos más dolorosos de la forma en que acabó nuestra relación fue que su nombre quedó proscrito de las conversaciones de mi familia, y apenas he podido hablar con sinceridad acerca de mis sentimientos por ella: sólo con mi amiga Sophie, aquí en París, pero con nadie que sea tan importante para mí como tú. Aunaros a las dos en la misma conversación me reconcilia con mi pasado y me mantiene en la esperanza de un mejor futuro.

Intentaré contestar a tus preguntas sobre las oscilaciones en el carácter de Ángela, que siempre existieron y no siempre comprendí. Pero, a cambio, te pido que te extiendas con detalle sobre esas desavenencias de tu matrimonio, que en varias cartas mencionas, pero nunca parecen resolverse. Escríbeme y háblame de ti, porque ansío saber qué cuitas rondan tu cabeza.

El viernes, un día antes de la velada a la que asistiría con mis padres, acudí por la mañana a recoger el vestido. Ángela había hecho un trabajo magnífico, y la tela de crepé de algodón en tonos broncíneos combinados con seda celeste parecía acoplarse a mi cuerpo en la forma exacta para realzarlo sin que me sintiera expuesta o incómoda. La falda tenía una caída gloriosa que prometía lucir al girar en los bailes, y el escote en pico, elegante y nada pronunciado, me hizo sonrojar un poco al destacar inequívocamente mi busto.

-El color del vestido es perfecto para que destaque tu tono de pelo, tu piel y tus ojos. Los realzaremos con un poco de maquillaje, y nadie podrá dejar de mirarte.

Era yo quien no podía dejar de mirarla a ella, reflejada en el espejo, cuando empezó a peinarme, y me dejé hacer disfrutando del masaje de sus dedos en mi cuero cabelludo, aunque objeté, alarmada, que no pretendía ser el centro de la fiesta, sino sólo disfrutarla junto con mis padres. Ángela se burló suavemente. No conocía ese humor suyo, y me encantó.

-No estás hecha para quedarte arrinconada o en un segundo plano; ni aunque lo intentaras de verdad podrías. Lo que te dije el otro día sobre ocultarse tras una cierta apariencia no se aplica a todo el mundo.

-¿Y por qué se lo aplica usted? No veo por qué no podría salir de esa casa tan lúgubre, y de esa ropa oscura, y esa rutina férrea, y llevar una vida más activa, más alegre… más feliz. ¿No desea eso para Elena? – miré a la Ángela que se reflejaba en el espejo. Sus ojos se habían petrificado.

-Todo lo que hago lo hago por mis hijos. Pasar inadvertidos, seguir las normas y que todo esté conforme a sus deseos es la única forma de que consigan un día liberarse y tener una vida propia. La mía ya no es importante.

No tuve que preguntar conforme a los deseos de quién tenía que vivir la familia Hierro. La sombra del juez sobrevolaba toda la conversación. Un impulso violento que yo no sabía que albergaba en mi interior me sobrevino entonces, y si hubiera estado delante de él, creo que me le hubiera enfrentado. Cómo sólo estábamos Ángela y yo, me levanté bruscamente y hablé con vehemencia.

-¿Cómo puede decir eso? ¿Cómo puede vivir, bueno, existir, sepultada en vida, y dejar que sus hijos habiten en este cementerio?

Ángela se levantó con una brusquedad que no le conocía, y se encaró conmigo.

-No es tan fácil como crees. No existe libertad para una mujer casada, que además es madre. Pero si renunciando a mi vida, consigo que mi hija sí pueda elegir la suya, no dudes que lo haré.

-¿Cómo puede renunciar a todas las inquietudes que yo sé que tiene, a escribir, a reír, a recibir visitas libremente, a demostrar afecto a las personas que le importan? ¿Va a dejar que envíen a Joaquín al internado también por guardar las apariencias?

Nunca había visto, ni volví a ver, a Ángela tan furiosa. Su rostro convulsionó, y sin llegar a mediar palabra, arrasó con todos los afeites que había desplegado sobre el tocador, para luego señalarme la puerta con un ademán violento y decidido.

-¡Vete!

Mi estado de ánimo estaba por los suelos para acudir a la velada. Toda mi insistencia para que me llevaran al baile se tornó apatía, desolada como estaba por la discusión con Ángela, y pensar en estar rodeada de gente se me hacía tan difícil como tragar hiel. Sólo quería estar sola, y dibujar, aunque lo único que me salía era emborronar láminas que estropeaba en unos trazos, a la vez que me reprochaba el haber presionado a Ángela hasta el punto de pelearnos; pero tan pronto me sentía culpable por haberla confrontado, también se me hacía claro que no podía soportar verla sometida a su marido.

Intenté cancelar mi presencia en el baile, y pensé que mi madre me lo permitiría, pero pocas horas antes del evento llegó un paquete para mí a la casa. Aunque no tenía remite, al abrirlo no me cupo ninguna duda de quién lo enviaba. Era el vestido que me había cosido Ángela, completamente terminado, junto con un primoroso juego de finas medias y ropa interior confeccionado en un raso delicado que se acoplaba a mi piel como ninguna prenda que yo tuviera lo hacía. Una pequeña nota acompañaba el envío: "Disfruta del baile, niña hermosa". Sentí como mis hombros se libraban de una tonelada de peso, entendiendo que ese envío era una ofrenda de paz, y una sonrisa se adueñó de mi rostro mientras me maquillaba como Ángela me había enseñado la mañana antes.

Mi madre se sorprendió mucho al verme finalmente arreglada, y los ojos de mi padre no ocultaron el orgullo que sentía por mí.

-Nadie llevará del brazo mayores bellezas que yo – afirmó, y allá nos dirigimos.

El ambiente del casino era espectacular, y acabó por desbordar mi alegría. Era difícil no disfrutarlo ante la cascada de alabanzas que coseché y, qué diantres, tenía diecisiete años, la música sonaba alegre y me habían permitido tomar un espirituoso en el aperitivo. Flirteé tanto como hablé, bailé más de lo que estuve sentada, y reí bastante más de lo que comí, por lo que mi ánimo se había elevado por las nubes cuando tuve un encuentro inesperado.

Conocí al juez Joaquín Hierro.

Estaba buscando a mi padre, que se había reunido con otros caballeros en uno de los salones para discutir de política. Los ánimos estaban caldeados a cuenta de las acusaciones que se estaban haciendo en la prensa internacional contra la política española en Cuba, y desde la puerta se oían los gritos.

-¡Weyler es un carnicero, y si Cánovas no lo destituye, perderemos el apoyo europeo! – Alonso Díaz de la Fuente, líder del partido liberal en la ciudad y frecuente invitado en mi casa, acompañaba sus palabras con golpes de puño en el brazo del sofá donde se sentaba.

-El general Weyler está cumpliendo la misión que se le encargó, restaurar el orden en los dominios españoles. Donde otros ven crueldad, yo veo mano firme y eficacia. No se puede negociar con delincuentes. – un hombre alto, con el escaso pelo cuajado de canas, expuso su postura con una voz tenebrosa que me encogió el corazón.

-Sin embargo, juez Hierro, en esta ocasión puede que la mano firme no sea suficiente. España no tiene recursos para ganar por sí sola la guerra, y si los americanos se ponen en nuestra contra por las noticias sobre las masacres en Cuba… - mi padre argumentaba con su habitual tono lógico y didáctico, pero yo ya no lo oía. Me había quedado petrificada al escuchar nombrar a Hierro, y no podía dejar de mirarlo. Sus patillas y cejas pobladas le daban el aspecto que yo atribuía a los ogros de los cuentos, pero había inteligencia en la mirada de sus ojos oscuros, mirada que parecía controlar toda la escena, y en un momento dado, se detuvo un momento en mí.

-Los americanos no se pondrían en nuestra contra si los periodistas no estuvieran difundiendo calumnias, en lugar de apoyar a su país. ¿Nunca ha pensado que es más importante su responsabilidad en el mantenimiento del orden, que hacerse rico vendiendo periódicos?- Hierro apuntó a mi padre con su dedo, en un gesto tan amenazante como si hubiera usado una pistola.

-Mi responsabilidad es con mis lectores, que tienen derecho a saber la verdad.- la respuesta de mi padre, directa y sin artificios, me enorgulleció. – Como juez, debería saber que no hay nada más importante que la verdad.

-Como juez, sé que no hay nada más importante que proteger nuestra sociedad del caos y la anarquía. Y que las costumbres demasiado liberales de algunos, disfrazadas de modernidad – un gesto sutil de su mentón, en mi dirección, hizo volver la vista a mi padre, que al verme se incorporó - o de humanismo, no hacen sino contribuir a ese desorden que amenaza a nuestras familias, a nuestra sociedad.

Noté que mi padre hacía un supremo esfuerzo para contenerse, él que nunca rehuía una buena discusión, y abandonaba su asiento para venir hacia mí, y sacarme del salón.

-No quiero que estés aquí, ese hombre desprende veneno con cada palabra, y no me gusta cómo te ha mirado. Habla de orden, pero lo que transmite es un mundo de cadenas, castigos y muros imposibles de escalar. – me acarició la mejilla con el dorso de su mano y me sonrió. – Estas guapísima, hija. Me alegro de que hayamos venido, pero ahora busca a tu madre, creo que es hora de recogernos.

No sé si estas escenas te han aclarado las dudas que tenías sobre el carácter de Ángela, pero fueron dos momentos muy importantes en el devenir de nuestra relación, que estaba en peligro de morir casi antes de empezar.

A menudo he fantaseado con aquella tarde en que viniste a mi estudio a reprocharme que fuera a irme de Acacias sin avisarte. Me hablaste con dureza, y con claridad, y cuando ibas a marcharte, enfadada, creyendo que me había deshecho de tu retrato sin darle ningún valor, yo podía haberte mentido, o podía haber callado, y dejar que te fueras. Quizá no nos hubiéramos visto nunca más, y tras un tiempo de dolor, hubiéramos seguido con nuestras vidas. Pero yo no fui capaz de mentirte, no fui capaz de dejar que me odiaras por olvidarte tan pronto, y te confesé la verdad, sobre el cuadro y sobre lo profundo de mi amor por ti. ¿Fui débil o valiente al hablarte? No lo sé, pero decir la verdad me regaló uno de los momentos más felices de mi vida.

Con Ángela estaba en esa misma encrucijada, la de ser capaz de hablar, y exponerme al desastre, o la de callar, y dar por muerto algo que apenas había nacido.

Te sigo llevando tatuada en cada poro de mi piel, Maite.

Disclaimer: los personajes pertenecen a la serie Acacias 38 de RTVE y Boomerang Televisión.