Querida Maite:
Tus últimas palabras, rememorando nuestro primer encuentro íntimo en tu estudio, me han hecho mucho bien, y una vez más me reafirman en que estamos hechas la una para la otra, porque por encima de otras muchas cosas, siempre fuimos capaces de hablarnos de frente y con la verdad por delante. Podías haberme dejado ir, pero me hubiera ido con una mentira, una impresión equivocada, y ni siquiera el bello recuerdo de nuestras clases hubiera quedado incólume. Pero, valiente y honesta como eres, me confesaste la verdad, una que yo había adivinado en el fondo de tus ojos. Esa verdad nos complicaría la vida, pero la haría mejor de lo que nunca hubiera imaginado.
Me preguntabas por el estado de mi matrimonio, y no puedo dejar de comparar ambas relaciones. La nuestra, sincera y por eso mismo capaz de resistir contra viento y marea. La que tengo con Ildefonso, basada en las mentiras y en el aparentar, de manera que incluso el afecto auténtico que ha acabado despertando en mí con sus atenciones y delicadeza, se ve enturbiado por la certeza de que nos mentimos. Yo no le he hablado de ti, cómo hacerlo. Y sé, en las entrañas sé, que él me guarda algún secreto por lo menos tan grave como el mío.
A resultas de todo ello, mi vida es una rutina insoportable de trabajo en el restaurante, discusiones con mi madre, y tardes tediosas en casa, los dos callados para evitar decir algo que pueda incomodarnos, demasiado cargados de pasado para poder amarnos libremente, demasiado bien educados para molestarnos.
Creo que pronto tendré que tomar una decisión, forzar alguna escena que rompa esta rutina de buenos modales completamente insatisfactoria. Sé que siempre me aconsejaste paciencia en esta tesitura, pero la mía se agota y necesito saber si, de algún modo, Ildefonso y yo podemos llegar a ser un matrimonio.
Te envío mi alma en estas palabras, en la esperanza de que contigo esté mejor cuidada que aquí, Camino.
Querida Camino:
Aunque admiro tu firmeza y clarividencia para saber que, sin llevar la verdad por delante, cualquier relación acaba pudriéndose, temo que al perder la paciencia fuerces una situación desagradable e insostenible. Tengo que volver a recomendarte que esperes, que seas prudente, que ganes tiempo: no hay otra forma de que se olviden del escándalo que nos rodeó, y que podamos acabar juntas.
Pero sé que si estás llegando a ese límite, es porque la convivencia se te hace inaguantable. ¡Cómo deseo estar ahí contigo, ayudándote a soportar todo esto! Y cómo me recuerdas a mí misma, hace ya media vida, cuando esa impaciencia tuya la experimentaba yo, y contaba las horas que me faltaban para ver a Ángela, o después de nuestra pelea, contaba las horas que llevaba sin verla. Seguiré contándote la historia, y ojalá que de este relato saques templanza y nuevas fuerzas para seguir adelante.
Pasó una semana sin que viera a Ángela. Las clases de pintura se habían interrumpido por la Pascua, por lo que no tenía la excusa de las meriendas con Elena; presa de la impaciencia, me presenté en su casa una mañana, pero Paquita me dijo que no podía recibirme. La negativa se repitió otra mañana, y aquello me sentó como un jarro de agua fría. Pensé que al enviarme el vestido nuestra pelea había quedado en el olvido, pero estaba claro que no.
Aquello me sumió en la melancolía, y mi estado de ánimo, oscuro y depresivo, se asemejó al inicio de aquella primavera, más frío y desapacible de lo habitual. A nadie extrañó que me enclaustrara, rehuyera la compañía de todos, y me dedicara a pintar de forma obsesiva. Mis padres interpretaron que estaba preparando mi examen de ingreso, y me dejaron tranquila.
Pero tranquilidad era lo único que no sentía. Medité mucho en esos días, emborronando cuadernos con paisajes que alternaban lo lúgubre con lo exaltado. Tomaba el vestido y rozaba con las yemas de los dedos la tela, buscando en ella la huella de Ángela. Sentada frente al balcón, espiando las ventanas de su casa por si podía atisbar una imagen suya, intenté poner algo de orden en todo el cúmulo de sensaciones de los últimos meses, examinando con honestidad mis emociones y sentimientos hacia cada uno de los miembros de la familia Hierro.
Al final, una verdad emergió indiscutible: amaba a Ángela.
Esta epifanía me arrojó a otra espiral de incertidumbre y nervios. Era la primera vez que me enamoraba, y por más que mi madre me hubiera repetido una y mil veces que una mujer no necesita de un hombre para sentirse realizada, yo sentía que me era precisa la presencia de Ángela hasta para respirar. Nunca había entrado en mis ensoñaciones de niña la opción de poder experimentar ese tipo de sentimientos por una mujer, pero una vez identifiqué que mi pasión por Ángela era del mismo tipo que mi madre sentía por mi padre, no pude negarme a mí misma la evidencia. Y eso me dejaba ante el abismo. No podía determinar qué hacer, yo, de costumbre tan decidida. Por más liberal que fuera mi familia, no se me ocultaba que amar a una mujer era algo que me colocaría fuera de todos los límites, me convertiría en una de esas personas de las que no se habla abiertamente, sino en conversaciones morbosas y reprobatorias a media voz.
Y, siendo grave, esa era la menor de mis preocupaciones. La mayor era cómo actuar y hablar con Ángela, si es que conseguía volverla a ver, prever cuál podía ser su reacción si le confesaba mis sentimientos: que me correspondiera parecía una quimera, y el estómago se me hacía un nudo al asumir que era mucho más probable que me rechazara, perdiendo así incluso la posibilidad de verla en calidad de madre de mi amiga.
Una mañana, incapaz ya de soportar el torbellino de mi mente, que no me había dejado pegar ojo en toda la noche, tomé mis acuarelas y marché hacia la playa. Amenazaba lluvia, y el viento fuerte ya había encabritado el mar, así que busqué acogida en una de las covachas que horadan el monte Igueldo. Miré más allá de la bahía, donde no existía refugio, y empecé a dibujar barcos naufragando en medio de la galerna y cielos borrascosos en los que no se colaba ni un rayo de luz.
En aquel momento, vi pasar a Ángela.
Ella no me había visto, y la seguí como una polilla atraída por la luz. Ascendía por el sendero rodeado de brezo y robles que llevaba a la ermita de Lourdes-txiki, con un ramo de florecillas violetas en las manos, y paró ante el abrigo rocoso donde manos piadosas habían creado un altar dedicado a la virgen, donde se detuvo largo rato rezando. Esperé, deambulando por los alrededores pero sin que me viera, levantando surco en la arenilla del camino, sin decidirme a abordarla. Empezó a llover, y quizá porque el aguacero enfrió mis ánimos, me falló el valor y decidí retirarme hacia donde había dejado mis útiles de pintura.
El ansia por salir huyendo se apoderó de mí. No podía afrontar ese encuentro, no sabía cómo hablarle ni qué decirle. Recogí de cualquier manera y asumiendo que me calaría hasta los huesos, me precipité hacia la playa justo en el momento en que la tormenta empezaba a descargar de firme.
-Maite…– esta vez fue ella la que me vio, y su voz sonó quebrada, pero fue suficiente para detenerme. Me giré hacia ella y, a través de la cortina de agua y la sombra del paraguas que portaba, destacaron sus ojos, enrojecidos por el llanto. Nos miramos fijamente durante lo que pareció una eternidad, hasta que un trueno rompió el trance, y ambas nos refugiamos al amparo de la covacha, medio cubierta por hiedra.
-¿Estrenaste el vestido que….?
-¿Por qué llora? – de todas las formas que había imaginado para retomar mi conversación con Ángela, esa era la única que no había previsto, pero me rehusé a iniciar una conversación educada y formal sobre trivialidades. Pondría mi corazón en sus manos, y que fuera lo que dios quisiera: sería todo o nada.
Ángela me miró otro momento, largo, eterno, y creí que no iba a contestarme, pero de un segundo a otro, se quebró y comenzó a sollozar sin descanso. La rodeé con mis brazos y apoyé su mejilla en mi hombro, meciéndola. A pesar de que la lluvia había humedecido mi pelo y mi ropa, sentí una calidez que inundaba mi ser.
-Hoy es el cumpleaños de mi hija, de mi Lourdes. Mi pequeña… - los sollozos se recrudecieron, y me limité a seguir abrazándola a la espera de que sus temblores pasaran. Poco a poco se animó a seguir hablando, y me contó que Lourdes había sido la primera de sus hijas, una niña preciosa a la que alumbró siendo aún muy joven, al año de su matrimonio.
-Me casé enamorada, o creyendo estarlo, y cuando nació mi hija pensé que no se podía ser más feliz. Era morena, como su padre, pero tenía mis ojos. Pasaba con ella cada momento del día, pese a los consejos de quienes me decían que una mujer de mi posición no tenía por qué dedicarse tan plenamente a la crianza de los hijos. Pero para mí era el paraíso estar con mi niña, y sentir que ya no estaría sola nunca más. Decidí amamantarla yo misma, y no me pesaban las veces que debía levantarme por la noche para atenderla, aunque eso me costó los primeros disgustos con Joaquín.
No nos mirábamos a los ojos, y creo que eso ayudó a que las palabras fluyeran sin interrupción; pero yo podía sentir los estremecimientos de su cuerpo conforme se acercaba a la tragedia.
-Una noche me desperté sobresaltada. La había dejado en su cuna después de dormirla, pero no llegué a acostarme, sino que di una cabezada en la mecedora, a su lado; así que con sólo incorporarme ya pude ver a mi bebé. No respiraba. No me volví loca, aunque sentía que el corazón se me paraba en el pecho: la cogí, le examiné la boca, la nariz, la palmeé y desnudé en un segundo por si alguna alimaña se había colado entre sus ropas. Desperté a gritos a toda la casa, pero cuando la cocinera y Joaquín acudieron, nada más pudieron hacer. Mi Lourdes había dejado de respirar, y estaba muerta, su cuerpo aún caliente entre mis brazos.
La abracé con más fuerza, pero seguí sin decir nada. ¿Qué podía decir? Sólo acaricié su pelo rubio con mi mano, y seguí arrullándola, intentando transmitirle algo de calidez y afecto que contuviera sus temblores.
-El médico dijo que había sido un mal aire, un ataque del que mueren muchos niños sanos menores del año. No había nada que hubiéramos podido hacer, aunque las viejas del pueblo no se privaron de hacer comentarios sobre la maldición que parecía sobrevolar a mi familia. Por supuesto, me culpé de todo, y no pude mantener la compostura durante el entierro, aunque el cementerio había sido mi segunda casa en los últimos años.
-¿Por qué dice eso? – por primera vez me permití interrumpirla, pero me estaba perdiendo de una parte de la historia que se me antojaba importante.
-Mis padres y mi hermano mayor habían sido asesinados un par de años antes. La investigación la llevó Joaquín, y consiguió encontrar y condenar a los culpables. Así es cómo lo conocí, y me pidió matrimonio. En aquel momento lo veía algo así como mi paladín, mi salvador, y acepté su proposición con la mejor de las voluntades. Después de la boda su carácter empezó a revelárseme; pero no fue hasta la muerte de Lourdes cuando comprendí cabalmente lo negro que hay en fondo de su ser. Fue la misma tarde del entierro, del que yo volví con los nervios destrozados y prácticamente inválida, incapaz de andar o incorporarme por una mezcla de agotamiento físico y nervioso. Él me metió en la cama, se sentó a mi lado y me dijo, con esa voz que tiene que no admite réplica, que me ordenaba dejar el drama, descansar y olvidar, ya que al fin y al cabo la muerte de una niña no era tan importante, y que esperaba que más pronto que tarde estuviera dispuesta a retomar nuestras relaciones conyugales, para que le proporcionara un hijo varón.
Una ira sorda me ahogó. Tamaña muestra de insensibilidad me parecía excesiva incluso para el hombre al que yo ya odiaba, y si no me levanté a pegar puñetazos contra las paredes fue sólo para no dejar de sostener a Ángela, que curiosamente, parecía ya haberse calmado, y se enderezó para, ahora sí, mirarme directamente a los ojos.
-Tenías razón en todo lo que me dijiste el otro día, Maite. He renunciado a vivir, creo que lo hice casi desde aquel día en que murió mi hija, y se me reveló que estaba casada con un monstruo sin corazón. Se impuso en mi lecho hasta embarazarme de nuevo, pero mi cuerpo parecía haberse mustiado, igual que mi ánimo tras perder a mi niña, y tuve un aborto. Una y otra vez se repitió la historia: me embarazaba, y la criatura se malograba en mi vientre, o a los pocos meses de nacida. Y con cada nuevo parto, yo me debilitaba, y se me hacía más difícil afrontar la gestación de una nueva vida con ilusión: sólo sentía miedo y dolor.
Mis ojos estaban velados por lágrimas no derramadas, lágrimas de compasión por su sufrimiento. Traté de contenerme, porque sentía que necesitaba mi fortaleza, y la estreché con más fuerza, notando como nuestros cuerpos se adaptaban y compartían un calor reconfortante. Ángela siguió hablando, con su mejilla sobre mi pecho.
-Elena nació débil como un pajarillo, y sin embargo se agarró a la vida como una brizna de hierba que nunca va a llegar a crecer para dar sombra, pero que es imposible tronchar. Luego, le nació otra hermana, pero las dos cogimos unas fiebres: la nena, Isabel, murió, y yo estuve a las puertas de la muerte. Casi, casi, me dejé ir… pero estaba Elena, y no la podía dejar en manos de Joaquín. Finalmente, tuve al niño, el hijo que él siempre había querido, y que sin embargo no se le parece en nada. Desde entonces no he consentido que vuelva a tocarme; pero no es eso lo importante. Mi única esperanza es que mis hijos puedan escapar del influjo de su padre; Elena, que no le interesa en lo absoluto, puede que lo logre; pero sé que mi hijo y yo estamos condenados a una cadena perpetua que nos une a ese hombre, inflexible, ambicioso y sin corazón.
-Pero no puede renunciar a la vida, a la belleza, al … amor. Yo sé que no ha renunciado del todo, o no me habría dicho las cosas que me ha dicho. Yo sé que bajo la superficie sigue latiendo fuerte la sangre en sus venas. Está viva, Ángela, lo sé, lo he visto cuando habla conmigo, cuando me ha hecho sentir que soy hermosa.- musité esas palabras temblando, con mis labios en su frente, sin atreverme a enfrentar sus ojos en la cercanía.
-Y lo eres, Maite, hermosa y vital como el sol cuando amanece e ilumina toda la creación, para despertarla a la vida. Yo sólo soy la luna, que refleja su luz, pero no tiene vida propia.- ella sí me miró, y acarició mi mejilla con las yemas de sus dedos, y pareció que por un momento anhelaba esa vida.
Ángela me besó. O puede que yo la besara a ella. No habíamos roto nuestro abrazo, y la conversación se produjo en un murmullo suficiente para la escasa distancia entre nosotras. Sus ojos no se habían desprendido de los míos, y nuestras respiraciones, acompasadas, se mezclaban. Su nariz rozó mi mejilla, mientras mis brazos la estrechaban más y más fuerte, y en algún momento nuestros labios se encontraron. Reconozco que tuve un momento de duda, no sobre mis sentimientos, sino sobre si aquello podía estar ocurriendo de verdad; pero ella reinició el beso cuando mi boca se retiró un suspiro de la suya. Mi cabeza se nubló, y todo mi ser se redujo a una prolongación de mis labios, empeñados en deleitarse en cada roce, y en una prolongación de mis manos, que encontraron un punto de apoyo en su cintura para no caerme, mientras que las suyas acariciaban mi rostro, húmedo ya no por la lluvia, sino por un deseo febril.
¿Te asombrarás si te digo, amor mío, que aquel cuadro, "El abrazo", era mi homenaje a este encuentro con Ángela? La unión de los complementarios, ella tan rubia y frágil, yo morena y llena de energía, formando un círculo de amor y comprensión que, ingenua de mí, creí indestructible.
Tuya siempre, desde el otro lado del lazo que nos une, Maite.
Me disculparán pequeñas licencias cronológicas en este capítulo: Lourdes-txiki es un enclave que se configuró posteriormente a la época en que se desarrolla la historia, pero me pareció demasiado bonito como para no usarlo.
Disclaimer: los personajes pertenecen a la serie Acacias 38 de RTVE y Boomerang Televisión.
