Querida Maite:
Por favor, cuelga los pinceles y toma la pluma, pues tienes talento para ello. Tu última carta me la he bebido como la mejor novela, y saber que tú la protagonizabas, y poder ilustrarla en mi mente recordando "El abrazo", ha sido una experiencia llena de intensidad. La forma en que pintas el paisaje me ha recordado a mi tierra, y he sumado la añoranza por visitar de nuevo Santander a todos mis otros anhelos incumplidos. Pero como un escritor de folletines cualquiera, me has dejado con la miel en los labios, sin saber cómo terminó tu abrazo con Ángela.
Por más que la iniciativa del beso fuera compartida, tengo claro que fuiste tú quien, con sus actos, comenzó la declaración de amor. Recuerdo bien tus palabras jurando no querer cometer los mismos errores. Entiendo que, en algunos momentos de tu vida, has considerado que confesarle tus sentimientos a Ángela fue un error, atendiendo a todo lo que pasó después. Y que por eso querías alejarme, y reprimiste el demostrarme físicamente tu afecto. Pero demostrar el amor jamás puede ser un error, y no creo que entonces lo fuera tampoco, pese a todo.
Te confieso que he intentado demostrar mi afecto a Ildefonso, ofreciéndome a él físicamente, en un intento desesperado para que nuestro matrimonio funcionase. Te pido perdón por ello, aunque no creo que fuera un error, sino un paso necesario para tener la certeza de que es él quien guarda el mayor secreto de entre los dos: no lamento decirte que me ha rechazado, y que tú eres, sigues, seguirás siendo, la única persona con la que he compartido la intimidad del amor.
Tuya, sólo tuya, Camino
Querida Camino:
No sé cómo describir mis sentimientos ante lo que me cuentas sobre Ildefonso y tú. Celos, sí, reconozco que siento celos, no puedo evitarlo. Pero no por ello tengo menos respeto por tu decisión, y a la vez extrañeza ante su rechazo, ansia de consolarte, admiración por tu entereza: todas esas emociones se me juntan en un nudo muy apretado que puede resumirse en un deseo infinito de estar ahí contigo, y recoger, yo sí, tu ofrecimiento.
Un par de veces, tras leer tus cartas, he empezado a preparar una bolsa con la que dirigirme a la gare para viajar a tu lado y sacarte de ese laberinto que es la vida en Acacias. Pero antes de subir a ningún tren, vuelvo a recordar los motivos por los que nos separamos, y todos siguen existiendo y siendo más fuertes que mi impulso de verte.
Entonces, me quedo parada en medio de la estación, mirando el enorme reloj de la fachada, y comprendo que ese es el único amigo que tenemos: el tiempo, que con su paso puede hacer que algunos obstáculos desaparezcan, algunos enemigos se debiliten, algunas miradas se aburran, algunas mentes se abran, y se haga posible nuestro reencuentro. Lo único que debe permanecer inalterable es nuestra voluntad de vivir juntas.
Continúo la historia donde la dejé, para que sigamos juntas ese relato y no me olvides a pesar de mi cobarde ausencia.
Caí enferma a causa del enfriamiento que cogí la mañana de la tormenta, sumado al desasosiego de mi ánimo. Así, pasó una semana sin que volviera a ver a Ángela, ni me atreviera a forzar un encuentro yendo a su casa. Además, la visita de mi tío Armando puso en primer término un asunto en el que yo hubiera preferido no tener que pensar: mi traslado a París.
Todo estaba hablado, y las perspectivas de estudiar en la prestigiosa escuela de Bellas Artes, vivir en una gran ciudad, y codearme con las estimulantes amistades de mi tío, al que por otra parte yo adoraba, me habían colmado de felicidad hasta que Ángela se había cruzado en mi camino. Pero en la situación actual aquel viaje semejaba a una sentencia de muerte pronta a cumplirse, destinada a acabar con la más mínima esperanza de poder mantener el trato, en cualquier grado, con ella.
Llena de dudas, salí una mañana para la zona nueva de la ciudad. Un aluvión de emigrantes llegaba cada día a San Sebastián para asentarse en viviendas que apenas merecían tal nombre. En uno de estos barrios, el de Gros, el mecenazgo de algunos notables junto al empuje de los nuevos vecinos había financiado una nueva iglesia en la que yo estaba muy interesada.
Aun sin terminar, la iglesia de San Ignacio ya daba servicio a la feligresía. Mi madre había invitado a alguna tertulia en casa al párroco, don Gonzalo, creo que al principio sólo para ofrecer un nuevo desafío a la dialéctica de mi padre: ateo como era, le incomodaba la familiaridad de mi madre con el cura, que demostraba con hechos su compromiso con los más humildes, y no tenía más remedio que reconocerle sus logros concretos, su discurso directo y su honradez, tan diferente a la de cualquiera de los meapilas que regentaban la mayoría de parroquias de la ciudad. El caso es que ambos desarrollaron una cierta simpatía, y al enterarse el sacerdote de mis inquietudes artísticas, me invitó a visitar la iglesia siempre que quisiera para observar la laboriosa colocación de lo que iba a ser la joya del edificio: sus vidrieras, elaboradas por el afamado artista francés Maumejean.
Ver cómo los artesanos ensamblaban una a una las piezas vítreas para velar con ellas las ventanas ojivales, componiendo escenas religiosas de mil colores, me fascinaba. Los trazos metálicos del dibujo eran de una elegancia que había tratado de imitar en el papel mil veces, pero la combinación de las estilizadas figuras con los matices del color, variables según la luz del día, me parecía que superaban el campo del arte para entrar en el de la magia, y me inducían a un estado de absorta maravilla que se me ocurrió que era justo lo que necesitaba aquella mañana para apartar a Ángela de mi mente.
Efectivamente, pasé horas entre los obreros, observando su técnica de trabajo, los trucos del fundido, la firmeza delicada de sus manos al trabajar. Paseé por la nave izquierda, donde ya se habían colocado varios ventanales, haciendo bocetos que luego quería ampliar. Inmersa en mi trabajo, no me molestaba el ruido de la obra ni de algunos feligreses que utilizaban las capillas ya terminadas. Incluso el confesionario estaba ocupado, y me pareció sugerente incluir en uno de mis apuntes la imagen difusa de don Gonzalo a través de la celosía, mientras escuchaba la confesión de algún alma descarriada, oculta tras el parapeto de madera.
Daba los últimos trazos a mi boceto cuando la persona oculta en el confesionario se levantó para irse. Era una mujer velada, pero no tuve dificultades para reconocer a Ángela. Ella acabó de guardar el librito que había tenido en las manos y se retiró el velo. Al alzar la vista, pude leer en su reacción el mismo asombro que yo sentía.
Sin pensarlo, la alcancé en el pórtico y acompasé mi andar al suyo. No nos mirábamos, pero no hizo falta hablar para que lentamente tomáramos el mismo rumbo, que nos devolvía a casa por el puente más concurrido de la ciudad.
-No te tenía por una persona religiosa.- observó Ángela, intentando mantener un tono distante.
-Vengo por las vidrieras. Ver tanta belleza me hace un poco creyente.- la miré de reojo, y me enorgulleció ver que se sonrojaba. No iba a permitirle una conversación intrascendente después de lo que había ocurrido entre nosotras, pero tampoco quise forzar una escena en medio de la calle.- No sabía que conociera a don Gonzalo.
-Sí. Tiene un alma buena, comprensiva con las flaquezas humanas… siempre que haya propósito de enmienda.
-¿Necesita enmendar algo que ha hecho?- pregunté, con algo de miedo.
Ángela tardó en contestar.
-Tengo que pedirte perdón, Maite. Mi comportamiento del otro día fue indebido, impropio de alguien de mi edad y condición. No volverá a ocurrir nada parecido, y te ruego que me perdones, y lo olvides.
La miré con seriedad, y algo salvaje leería en mis ojos cuando atendió mi petición de que se sentara en un banco del parque que estábamos atravesando. Ocupamos los extremos, procurando simular indiferencia; yo saqué mi cuaderno para aparentar que trazaba un boceto de las palomas que picoteaban la hierba, mientras ella se mantenía rígida, mirando al frente.
-No puede pedirme que olvide el beso que nos dimos.
-Es necesario. Nunca debió pasar, y vuelvo a pedirte perdón por ello.
-No tengo nada que perdonarle. Conocerla, pasar tiempo con usted, hablarnos con la confianza de ser amigas, es lo mejor que me ha pasado en la vida.
-Las amigas no se comportan… de esa manera, y hay temas de los que nunca debí hablarte, intimidades que no eran apropiadas para tus oídos.- la firmeza de su voz vaciló, y sonó más avergonzada que humilde.- Tengo edad para ser tu madre, Maite.
-Pero no lo es.- me alegré de que mis palabras brotaran como el rayo, pero luego suavicé el tono.- Sé que hay diferencia de edad entre nosotras, pero no pretenda tratarme como a una niña, porque nunca lo ha hecho, desde aquel día en que hablamos de su retrato. Puede que no haya vivido tanto como usted, pero sé reconocer a quienes me hacen bien, y puedo decidir por mí misma qué quiero para mi futuro.
-Pero es que yo no tengo futuro, Maite.- me miró por un momento, con un deje de desesperación en la voz y en la mirada cristalina.- Tienes que alejarte de mí, o puedo arrastrarte a este agujero negro que es mi vida. Creo que ya te he perjudicado demasiado, más de lo que nunca podré perdonarme.
Me impacienté.
-Deje de hablar de culpas y de perdón. No tiene que pedirme disculpas, Ángela. Y tampoco voy a pedírselas yo. Lo que ocurrió aquella mañana es lo más hermoso que me ha pasado en la vida, y si aquel arriero no nos hubiera interrumpido, sé que usted no hubiera salido corriendo. Estaba sintiéndolo, igual que yo.
No lo negó, y el aire se volvió pesado a nuestro alrededor. Ambas mantuvimos silencio unos momentos, rememorando.
-Lo que pasó aquella mañana debe quedar allí, en aquella cueva, y después de hacer examen de conciencia, debemos olvidarlo.
-No.- me sorprendió a mí misma la firmeza de mi voz, aunque estaba intentando no alzarla. – Quizá para usted sea suficiente con acudir a un cura que le borre los recuerdos con agua bendita, pero no lo es para mí. Yo sé lo que siento, y sé que la amo.
-¿Estás loca? – sus ojos se agrandaron al oírmelo decir.
-Sí, pero loca de amor.- le dirigí una mirada más elocuente que mis palabras, y por mucho esfuerzo de contención que hizo, noté que se ruborizaba.
-No hables así. Podrían oírte.
Inevitablemente, como un satélite que orbita alrededor de su sol y se siente atraído por su energía, yo había ido deslizándome en el banco hasta reducir la distancia entre nosotras, de forma que era difícil mantener la impostura de que no estábamos juntas, y un par de transeúntes nos dedicaron alguna mirada. Intenté recomponerme, pero mi voz sonó imperiosa.
-Pues dígame cuándo podemos hablar a solas. Tenemos que hablar, las dos, y la calle no es lugar para ello.
Ángela era una persona herida a muchos niveles, y su voluntad de eludirme se quebró, y asintió a mi orden. Quizá también ella necesitaba de nuestros encuentros para seguir viviendo.
-Mañana iré a media mañana a su casa. – anuncié-. Procure que no haya nadie.
¿Comprendes, Camino, todas las veces que me resistí a entregarme por completo, por más que mi cuerpo y mi corazón clamaran para que te tomara en mis brazos? Demasiado recuerdo cómo presioné a Ángela, incapaz de resistirme a verla, abocándola a una continuar una relación que acabaría con ella.
Por eso, y por tu bien, te ruego paciencia y templanza para mantener tu matrimonio, aunque sólo sea una ficción, el tiempo que sea necesario para que el mundo gire y la vida nos ofrezca esa segunda oportunidad que nos merecemos.
Tuya, siempre y por completo, Maite
Porque nos merecemos una segunda parte.
Disclaimer: los personajes pertenecen a la serie Acacias 38 de RTVE y Boomerang Televisión.
