Querida Maite:

Me pides que, por mi bien, aguante en mi papel de respetable mujer casada, que contemporice con mi madre y con Ildefonso, que tenga paciencia por mi bien; como en cierta ocasión le dije a mi madre, te pido que dejes de pensar en mi bien, porque no sé si podré resistirlo. Levantarme cada día me cuesta un esfuerzo infinito porque no hay nada aquí en lo que me pueda interesar con sinceridad, todo me es indiferente o desagradable; desde la marcha de mi hermano, la única compañía que puedo soportar, y no siempre, es la de Anabel, una nueva vecina.

Recordando, se me viene a la cabeza las veces que me dijiste que no querías repetir los errores del pasado. Y, paradójicamente, creo que estás repitiendo el error de Ángela, no el de amarme, sino el de sentirte culpable por ello, el de querer actuar pensando en mi bien, sin dejarme la libertad de decidir por mí misma. No debería haber más regla que la libertad de amar, y aunque siempre entendí los motivos por los que te fuiste de Acacias, déjame decirte que no los comparto, y que hoy más que nunca creo que debimos desafiar al mundo e irnos juntas. Nada de lo que tú considerabas tan imprescindible para mí, y por lo que me quedé aquí, me hace feliz, ni lo hará nunca.

Tuya, esperando que enmendemos los auténticos errores del pasado, Camino

Querida Camino:

Advierto un tono crítico, amargo en tu última carta, y me duele en el alma el sentirte así, enojada conmigo. Cierto es que, pese a toda la experiencia que una pueda tener, hay circunstancias en que se vuelve a tropezar en la misma piedra. Quizá tienes razón en que, queriendo protegerte, también quería evitar sentirme culpable, pero no como Ángela culpable de enamorar a una jovencita, sino culpable de limitar tu vida, de que por estar conmigo te cerraras a otras relaciones, a otras vivencias.

Aquella tarde que me contaste lo que te ocurrió en Valdeza te dije que debías hacer un esfuerzo por reconciliarte con la idea, con la imagen, del cuerpo masculino. ¿Entenderás que en algunos momentos tuve dudas de si elegías estar conmigo como una manera de escapar de ese trauma, y así evitar la intimidad con un hombre? Yo quería, y quiero, que el día que estemos juntas, ese día sea por una elección libre y consciente de lo que tomamos y de lo que dejamos. Esa era mi principal motivación al marcharme dejándote atrás, incluso mayor que la de evitarte estar en boca de todos, o del riesgo de cárcel.

Se me hace cuesta arriba escribirte más hoy sobre nosotras. Espero que seguir con la historia de mi relación con Ángela ayude a que te libres de tu amargura.

Apenas dormí, inquieta por la conversación que me esperaba con Ángela. Mil veces la planifiqué, y mil veces la imaginé acabando una en brazos de la otra. No había otra opción en mi cabeza que esa, confesarle mi amor a pecho descubierto y que ella cediera a esos sentimientos, que yo intuía que eran correspondidos. Por más que una vocecita me advertía de que había obstáculos muy evidentes que ella esgrimiría para rechazarme, en mi mente yo era capaz de tumbar todas esas reticencias y lograr que aceptara mi amor.

En esas cavilaciones llegó el amanecer, y entonces me arrepentí de no haber descansado algo más, porque quería mostrar mi mejor aspecto para visitarla. Me arreglé como ella me había enseñado y procuré desayunar con normalidad para no llamar la atención, aunque anduve distraída ante las preguntas de mi madre. Mi mirada no dejaba de buscar el reloj de la pared, esperando el momento en que mi marcha pudiera pasar inadvertida.

Y entonces Ángela llamó a la puerta. La doncella la anunció y no pude evitar un gesto de sorpresa, por la hora, inusual para una visita, y sobre todo porque según la doncella, Ángela había pedido ver a mi madre, que mandó hacerla pasar.

No consentí quedarme al margen, y nos sentamos las tres en la sala. La escena me tenía completamente fuera de mí, y mis dedos tamborileaban nerviosos sobre mis codos. ¿Qué pretendía Ángela con esa visita, con mi madre presente? Venía cargada con una caja, y tras los saludos de rigor, Ángela expuso el objeto de su visita sin rodeos.

-Mi hija Elena va a dejar las clases de pintura, y como he sabido que también Maite las deja, para marcharse a estudiar fuera, no quería que este material se perdiera. Son pinturas y algunos útiles que le ha ido prestando a mi hija en estos meses, y que se habían quedado en casa. También algunos retales que sobraron después de arreglar el vestido.

La neutralidad de su voz me hirió en lo más profundo, tanto como sus acciones o el contenido de sus palabras. Aquello era una manera de librarse de mí rotunda, sin vuelta atrás, rompiendo todos los lazos que en un primer momento me habían unido con Elena, y que luego me habían llevado a ella.

Mi madre, ignorante de todo, le aseguró que no era necesario que hubiera traído la caja con las pinturas, aunque le agradeció el gesto.

-Su trabajo con el vestido fue maravilloso. Maite estaba más guapa que nunca aquella noche.

-Maite es una muchacha muy hermosa, con un estilo y personalidad únicos. Para mí fue un placer ayudarla a lucir todos sus méritos.

-Se lo agradezco igualmente. Maite nos ha hablado muy bien de usted, y de Elena. Ha disfrutado mucho de las meriendas en su casa. Me alegro de haberla conocido por fin, porque nunca antes habíamos coincidido en ninguna reunión, ¿verdad?

-No suelo asistir a muchas reuniones ni eventos sociales. A mi esposo no le gusta alternar, y yo prefiero estar en casa, con mis hijos.- explicó Ángela con sencillez, aunque yo sabía la triste realidad tras esas palabras.

-Doña Ángela conoce a don Gonzalo, el párroco de San Ignacio, madre. Puede que allí tengan oportunidad de coincidir.- no pude evitar intervenir, furiosa como estaba por no poder conversar a solas con Ángela, como había previsto. La taladraba con la mirada, pero ella me evitaba, escudándose en todo un recital de cortesías insulsas.

-Oh, me gustaría mucho. Don Gonzalo realiza una labor muy importante, y cualquier colaboración es poca.- mi madre mantenía el tono cordial, pero no se me escapó la mirada suspicaz que me dedicó. A ella, igual que a mí, no podía por menos que extrañarle esta visita.

-Quizá algún día, aunque ya le digo que salgo poco de casa. De hecho, ya es hora de que vuelva, no quisiera quitarles más tiempo.- se levantó para irse, y me adelanté a mi madre reclamando el acompañarla a la puerta. Apenas teníamos unos segundos para poder hablar fuera del alcance de los oídos de los demás, y alterada y furiosa como estaba por la argucia que había usado Ángela para no vernos a solas, sólo una palabra se vino a mis labios.

-Cobarde.- acompañé mi insulto entre dientes con una mirada cargada de despecho y decepción. Ángela me la sostuvo un momento y, como ya me había ocurrido en otras ocasiones, leí una tormenta de emociones en el fondo de sus ojos claros. Pero ninguna dijo nada más, y se marchó.

La semana siguiente, mi corazón destrozado y mi maletín de dibujo tomaron el tren a París.

Mi corazón también está destrozado al acabar de escribirte esto. Recordar las despedidas me duele tanto como vivirlas. No quisiera pensar que esta carta sea la última, porque no quieras saber más de mí.

Tuya siempre, en esta vida y en la otra, Maite

Disclaimer: los personajes pertenecen a la serie Acacias 38 de RTVE y Boomerang Televisión.