Querida Maite:
Te pido perdón si mi última carta te dio la impresión de que te rechazo. Recibir tus cartas sigue siendo mi única alegría, incluso cuando su contenido no es el que a mí me gustaría: sin ellas creo sinceramente que ya hubiera tirado la toalla en mi intento por aparentar que vivo, y que mi cuerpo no es simplemente un envoltorio vacío de alma.
Has conseguido asombrarme de nuevo con tu narración. ¿Cómo pudo Ángela mantener la frialdad suficiente para expulsarte de su vida? Lloré por ti, por la joven Maite que tuvo que vivir ese rechazo. Todas las veces que tú intentaste rechazarme, poco tiempo conseguiste mantenerte en tus trece. ¿Y cómo pudiste finalmente marcharte a París sin intentar un último acercamiento? Quiero pensar entonces que yo hice bien al buscarte una y otra vez, porque si hubiera dejado el progreso de nuestra relación en tus manos, a poco hubiéramos llegado.
Sigue contándome la historia, y dame alguna alegría porque la necesito como el agu. Dime, por ejemplo, que un día vas a hacer el equipaje para sí subirte a un tren de regreso a mis brazos.
Te espera en nuestra estación, siempre, Camino
Querida Camino:
¡Cómo no soñar con ese tren! No digo estas palabras en vano: ese tren existe, si bien aún no sabemos cuándo partirá. Mientras, debes mantener esa vida de la que hablas con tanto rechazo, aletargada quizá, pero vida al fin y al cabo. Igual que yo, que mientras pienso en ti sigo pintando, intentando exponer mis obras en este mundo artístico que es tan fascinante como exigente, porque la lucha por la vida es vida también.
No sé si alegrarme o preocuparme de que no menciones en tu carta a nadie del barrio. ¿No hay nada que contar, ni bueno ni malo? Quiero pensar que has templado los ánimos y los disgustos te afectan menos. La paciencia es nuestra mejor aliada, y crear un refugio interior donde nadie pueda interferir debe ser tu misión prioritaria.
Seguiré escribiéndote mi historia, porque es un ejemplo de que la vida siempre te da una segunda oportunidad.
Pasé el resto de la primavera en París, y lo que debía haberme hecho tan sumamente feliz apenas si consiguió mitigar algo mi sombrío estado de ánimo. Intenté echarle la culpa de todo a Ángela, prefería estar furiosa con ella por haberme expulsado así de su vida a penar por su ausencia. Pero lo conseguí a medias, porque no podía evitar regodearme en negros pensamientos acerca de que mis sentimientos no habían sido correspondidos, y de que mi persona no tenía ningún valor para ella.
Pese a mi alicaído espíritu, París me llenaba los ojos con todos sus estímulos: la luz del sol rompiendo las nubes, el colorido de las floristas, los contrastes de la elegancia extrema de los visitantes de mi tío enfrentados a los harapos de los mendigos y gente de mal vivir que poblaban las calles del barrio de los artistas. Acompañada a veces, pero sola siempre que podía, me perdía por las callejuelas intentando que esas imágenes me embriagaran y así vaciar mi mente del sufrimiento que me había causado el rechazo de mi amada.
Pero cuando llegaba la noche y me quedaba sola, el fantasma de Ángela se me aparecía, y rememoraba una y otra vez nuestras conversaciones, o nuestras tardes en compañía, y siempre acababa quedándome dormida con el recuerdo de su beso en mis labios.
Mi tío me felicitó calurosamente cuando nos comunicaron mi aprobado en la prueba de acceso a la escuela de Bellas Artes, y envió inmediatamente un telegrama a mis padres con la noticia. No pude evitar una pizca de orgullo, que inmediatamente se unió a otra idea. ¡Qué no daría por contárselo a Elena, y a Ángela! Fantaseé con la posibilidad de hacerlo, de escribirle; pero el temor a causarle algún problema con su marido, y por qué no reconocerlo, el despecho por la forma en que me había tratado, se impuso y no lo hice, aunque una y otra vez creía ver su amado rostro en las caras de los transeúntes.
El telegrama con la respuesta de mis padres traía otra noticia, ésta muy desagradable. Mi abuela Antonia había estado enferma, y a duras penas se estaba recuperando; deseaba verme a mí, que era su nieta más joven, su favorita. Mi tío se apresuró a prepararlo todo para ir a ver a su madre, y me complació saber que no teníamos que ir a casa, donde la presencia de Ángela se haría sentir con más fuerza, sino al balneario de Mondragón donde estaba pasando la convalecencia.
Pese a mi esfuerzo por evitarlo, la melancolía me invadió al pasar por San Sebastián. Volver a ver sus calles a través de las ventanas de la diligencia inundó mi mente de imágenes de la mujer que amaba, así que traté de hundirme en el incómodo asiento durante el trayecto que nos llevó al interior. No fui una compañía muy animada, y sin duda mi tío lo notó, pero creo que lo achacaba a la preocupación por mi abuela. Al llegar, me recomendó que descansara un rato en la habitación que nos habían reservado antes de verla, y seguí su consejo porque me sentía realmente mareada, más afectada de lo que hubiera pensado por el retorno, hasta el punto de haberme figurado ver el rostro de Ángela mirándome desde una de las ventanas del piso superior.
La habitación era pequeña, pero cómoda, luminosa y ventilada, propicia para fortalecer el cuerpo y el ánimo de aquellos que buscaban la salud en las aguas sulfurosas del balneario. Pese a mi inquietud, por puro agotamiento del viaje conseguí dar una cabezada, y cuando me desperté ya caía la tarde. Me arreglé para ir a buscar a mi tío y a mi abuela, pero al salir, con la mano todavía en el pomo de la puerta, algo me detuvo.
-Maite.
Esa voz…. Sacudí la cabeza, creyendo ser presa de nuevo de una de mis ensoñaciones.
-Maite, ¿eres tú?- la voz cadenciosa, tan añorada, con un deje doloroso que también me era conocido, resonó en mis oídos.
Me giré, y mi corazón se detuvo. Una exhalación que era a la vez sorpresa y deseo vació mis pulmones, incapaz mi cuerpo de retener los signos vitales, mi corazón desbocado, porque mi vida entera estaba fuera de mí, frente a mí. Ángela estaba allí, en pie, como una de mis apariciones, pero estaba demacrada hasta un punto que supe que tenía que ser real: en mis sueños su belleza aparecía intacta, pero ahora sus ojos me miraban desde el fondo de unas profundas ojeras, y su vestido negro resaltaba aún más una palidez cadavérica y una delgadez no ya elegante, sino enfermiza.
-¿Qué hace aquí?- fue lo único que acerté a preguntar.-¿Está enferma?
-Elena…- no pudo decir nada más, y comenzó a sollozar. Me estremecí por lo que querría decir esa palabra, y al momento siguiente la estaba abrazando, intentando darle consuelo en la privacidad de mi habitación.
Como aquella otra vez, lloró sin frenos, con su cuerpo aferrado al mío en busca de un apoyo que parecía faltarle desde hacía mucho. Yo me sentía embriagada, por su cercanía y porque el reencuentro con el que tantas veces había soñado se estuviera produciendo. Sólo con un esfuerzo sobrehumano conseguí articular unas palabras que no fueran de amor, y le pregunté por Elena, temiendo lo peor.
-Ha estado tan enferma… creí que la perdía. Las fiebres la consumían y no podía retener ni una cucharada de sopa, se ha quedado tan flaca como un pajarillo recién caído del nido.- su respiración fue normalizándose conforme me contaba lo ocurrido desde que no sabía de ella.- Me aislé en su cuarto porque Joaquín no quería que tocara al niño, por si era contagiosa… y sólo por eso ha consentido en dejarnos venir a las dos solas, para librarse de las molestias de un desenlace fatal…. Yo la he velado día y noche hasta que la fiebre ha disminuido, pero sigo teniendo mucho miedo de que recaiga… y he estado tan sola…
Me miró con el sufrimiento en los ojos claros y lágrimas arrasando sus mejillas. ¿Qué podía hacer? La besé con toda la dulzura y con toda la entrega de que fui capaz, borrados en un momento los sinsabores de los últimos meses, el despecho acumulado por la forma en que se produjo la despedida, la decepción por su cobarde claudicación. Nada de eso me importaba, sino sólo el sentir que no me rechazaba, que sus labios se volvían cálidos y flexibles bajo los míos, y que sus manos buscaban aferrarse a mi cuello con la misma fuerza con la que yo la agarraba del talle para eliminar cualquier espacio entre nosotras.
El atardecer nos vio caer enlazadas en la estrecha cama de la habitación, y permíteme que siga guardando para mí las palabras que nos dijimos, y la forma en que nos tocamos. Espero que te baste saber que fui muy feliz aquella primera vez.
¿Recuerdas aquella tarde en el estudio, cuando me reprochaste que me marchara sin avisarte, ignorándote como a alguien que sólo se ha tratado en la cola del ultramarinos? Fuiste dura conmigo, merecidamente, y yo no conseguí mantenerme en mi decisión de apartarte de mí. Siempre fui una sentimental, Camino, y como verás por lo que te he contado, no soporto ver el sufrimiento en la persona amada. Por más sensata que quiera ser, acabo cediendo una y otra vez; seguramente porque, en el fondo, sé que el único pecado que de verdad es imperdonable es el de renunciar al amor.
Tuya, siempre, Maite
Feliz día del amor
Disclaimer: los personajes pertenecen a la serie Acacias 38 de RTVE y Boomerang Televisión.
