Querida Maite:
Acepto tu deseo de mantener sólo para ti una brizna de tu intimidad con Ángela: ya sé que, de las dos, la desvergonzada soy yo.
Aunque no me lo hubieras dicho, sabía que tu primera experiencia tuvo que ser hermosa, lo bastante para que hicieras que la mía también lo fuera, ahuyentando para siempre cualquier otro recuerdo.
Me llama la atención que tu relación con Ángela tuviera que escapar del espacio cerrado de su casa para poder desenvolverse; mientras que para nosotras fueran las cuatro paredes de tu estudio nuestro lugar de libertad. Al final, la cuestión es que no importa el lugar donde estés, sino el con quién, y eso me crea incertidumbre sobre París. Por lo que me cuentas en tu carta, ni siquiera París por sí sola consiguió mitigar tu pena. He soñado tanto con estar allí contigo que temo que el día en que lo consigamos no llegue a cumplir mis expectativas. Últimamente he soñado con esa isla desierta de los mares del Sur donde sí puedo gritar a los cuatro vientos que te amo…
Te amo, Camino
Querida Camino:
Me abrumas al hacerme recordar nuestros momentos de intimidad, todos esos regalos que me hiciste. ¿Cómo podía no devolvértelos, amándote de la mejor forma que pude? Tu pasión juvenil al buscarme me ha halagado más de lo que eres capaz de entender por tu edad y tu belleza; y si en algo he contribuido, al amar tu cuerpo además de tu alma, a proporcionarte dicha y hacerte más libre, pensaré que he hecho algo bueno en la vida.
Tienes razón al poner en cuestión que llegar a París vaya a ser la solución a todos nuestros problemas. Aunque mucho más liberal que la española, la sociedad francesa tampoco nos aceptará públicamente, y es bueno que sepamos que la incomprensión y los obstáculos nunca desaparecerán del todo, a pesar de que se respiran aires de cambio por la inestabilidad política. El día que demos el paso de volver a vernos, tendremos que tener ideas claras, voluntad firme y nuestras manos siempre unidas en ese lazo nuestro para evitar que la galerna nos separe, otra vez.
Las dos semanas que pasamos en Mondragón nos proporcionaron a Ángela y a mí lo que nunca habíamos tenido: tiempo y espacio para compartirlos a solas. En las comidas y por las tardes teníamos que mantener las apariencias y participar de la vida social del balneario, pero nada de eso me pesó porque pude aunar el cariño que le tenía a mi abuela con la alegría de volver a tratar a Elena, cuyo aspecto fantasmal empezó a mejorar a ojos de todos. Presenté a Ángela como a una estimada vecina, y procuré que no se me escapara el amor por los ojos al ver cómo charlaba con mi abuela y mi tío, mostrando la mente aguda y la extrema sensibilidad que yo siempre había intuido bajo ese caparazón represivo en el que se refugiaba para evitar choques con el juez.
Pero el tiempo de mi felicidad, ¡ah, ese venía por las mañanas y las noches, que eran nuestras, sólo nuestras! Mientras las enfermeras atendían a Elena y a mi abuela en sus baños y masajes, Ángela y yo podíamos escabullirnos por los jardines, o por los senderos que salían del pueblo, y tener las conversaciones que tantas veces habíamos postergado.
En ellas, me lanzó una a una todas las objeciones que su conciencia le dictaba que debía oponerme antes de claudicar definitivamente y sin reservas a nuestro amor. Y yo nunca me había alegrado más de ser hija de mi padre y haber afilado mis habilidades dialécticas en discusiones sin tregua con él.
-Podría ser tu madre.
-No lo eres, y nunca te he mirado como a tal. Mi madre y tú no os parecéis en nada.
-Eres apenas una niña, y yo te he pervertido.
-No uses esa palabra, que suena sucia y no tiene nada que ver con lo que sentimos la una por la otra. Además, soy yo quien te ha buscado.
-Estoy casada.
-No, estás presa de un contrato desigual, y es la otra parte quien comenzó a incumplirlo, tratándote mal y haciéndote infeliz. Eso es motivo de romper cualquier contrato.
-No tienes experiencia para saber lo que es atarse a una persona de por vida.
-Estar contigo no me ata, sino que me hace más libre. Me has descubierto cómo ser más yo, cómo romper barreras y ensanchar los límites que tenía mi vida.
-Si alguien se enterara, sería nuestra ruina.
-Podemos seguir ocultándolo si actuamos con inteligencia, igual que estamos haciendo ahora manteniendo en público nuestra fachada respetable.
-No eres consciente de la presión que supone mantener una vida de mentiras, te lo digo por experiencia.
-Estoy dispuesta a hacer cualquier esfuerzo que sea necesario; y además, no tendré que fingir que soy tu amiga y estoy a gusto en tu compañía.
-Eres tan hermosa, tan vital,…. Yo estoy consumida.
-Tú me has hecho sentir hermosa, cuando yo no me sentía así. A mis ojos, eres la más bella de las mujeres.
-Si nos descubren, podrían encarcelarnos, o algo peor.
-No puede haber nada peor que vivir sin verte. Lo sé.
-Si mi marido se enterara, nos destruiría.
-No lo hará.
-Esta relación va contra las leyes de Dios y de los hombres.
-Si las leyes de los hombres son las que aplica tu marido, son injustas e inhumanas. Y las leyes de Dios no pueden estar en contra del amor.
-Nunca podremos manifestar abiertamente nuestro amor.
-Viviremos en un mundo para nosotras dos.
-No tenemos futuro, nuestra felicidad no durará más que un momento.
-Pues hagamos que cada momento cuente, vivamos en el ahora.
-Arrastrarán tu nombre y el de tu familia por el fango.
-Nada me importan las apariencias sociales, y mi familia piensa igual.
-Si mis hijos se enteraran, ¿qué pensarían de mí?
-Elena no puede desear otra cosa que no sea tu felicidad.
-Estás renunciando a tener tu propia familia, tus propios hijos.
-No estoy renunciando a nada: te elijo a ti.
-Podrías encontrar a un hombre que te hiciera feliz y te diera todo lo que yo nunca podré.
-No necesito que un hombre me dé nada, lo que deseo lo obtendré por mí misma.
-No tengo fuerzas para luchar contra el mundo.
-Yo te prestaré las mías.
-No tengo nada que ofrecerte más que mis manos vacías.
-Yo las llenaré de amor.
A veces nuestras discusiones continuaban por la noche, tras amarnos en su habitación, a la que yo acudía cuando el balneario quedaba en silencio; hasta que un día una llamada en la puerta nos sobresaltó y tuve que esconderme: era una enfermera que venía a alertarla de que Elena había sufrido una pequeña crisis. A la mañana siguiente tuvimos la discusión definitiva, que supondría el punto de no retorno para nosotras.
-Maite, no podemos seguir así. Esto parece un sueño, pero tiene que acabar ya. La prudencia y la razón han estado en suspenso para que podamos disfrutar de estos días, y que Dios me perdone, pero he cedido porque te amo, y porque estaba tan débil que apenas podía seguir viviendo hasta que tú me has dado ánimos. Pero si seguimos jugando con fuego, puede ocurrir un desastre.- me miró profundamente, y yo ya sabía que me amaba con desesperación, pero su ánimo se había repuesto lo suficiente (me enorgullecía pensar que gracias a mi cariño y entrega) como para que su voluntad fuera más fuerte de lo que había sido cuando se entregó a mis brazos.
-Sé que tienes razón al hablar así.- y escupí la palabra razón con desprecio.- Pero no hay sentido ninguno en vivir de forma tan razonable, pero tan pobre y triste, que la vida sea una sucesión de días melancólicos sin ninguna alegría ni esperanza.
-Tú eras una muchacha alegre y vital, con proyectos, cuando yo te conocí. No me necesitas para darle alegría a tu vida.
-Pero era una alegría superficial, porque en el fondo yo me sentía sola, diferente a los demás.- mi voz tembló al confesarle esto, de lo que yo misma no había sido consciente hasta hacía poco.
-Ángela, desde que te conozco, has cambiado mi vida y me has hecho comprender que la auténtica felicidad nace de compartir una conexión con otra alma gemela, una conexión que nos eleve, que nos mejore. Nunca volveremos a estar solas, porque nos tenemos la una a la otra; tú y yo tenemos esa conexión, lo sabes, nos comprendemos con sólo mirarnos, y no hay momento en que no quiera estar contigo. Te amo.- aunque no era la primera vez que enunciaba mis sentimientos con tal claridad, Ángela seguía azorándose por ello y el acostumbrado sonrojo se instaló en sus mejillas.
-No sabes lo que dices. Eres una niña, y no es posible que tengas esos sentimientos por mí. Yo no soy nadie en tu vida, nadie.- sus intentos de rechazo habían perdido fuerza con cada nuevo impetuosa declaración de mi parte.
-Por supuesto que eres alguien para mí. – refuté con convicción, frunciendo el ceño por el enfado de que se minusvalorara de ese modo. - No creas que no he pensado mucho en estos meses, que no sé las implicaciones de todo esto. Pero no hay manera de que renuncie a verte, te necesito como al aire que respiro. Y después de lo que hemos vivido, sé que tú también me necesitas a mí.
Ese era un órdago que yo no había pensado en lanzar, pero las palabras salieron de mi boca aquella mañana, y tenían el timbre de la verdad en ellas. Ángela me miraba, con lágrimas cayendo serenamente por sus mejillas, y no pude evitar pensar que el reflejo de la luz en ellas era tan hermoso como el aura de las vidrieras de San Ignacio.
-Me haces feliz, Ángela. ¿Crees que yo puedo hacerte feliz?
-Ya lo haces, Maite… - la confesión, no por esperada me maravilló menos. Sentí que mi pecho se ensanchaba, y lágrimas de felicidad extrema se agolparon en mis párpados. Ángela me rozó la mejilla con las yemas de sus finos dedos, y me sonrió, y fue como si los cielos de borrasca se abrieran para dejar pasar la luz de una nueva mañana. – El sólo hecho de saber que ibas a venir a casa al salir de clase me sacaba una sonrisa, y me pasaba la mañana pensando en que ese día iba a verte. Estar cerca de ti, y que me miraras como me mirabas… tus ojos han abierto el candado de la jaula donde vivía, y han vuelto a poner en marcha mi corazón, mi amor. ¿Que si creo que puedes hacerme feliz? No lo creo, lo sé.
Nos miramos largo tiempo, porque escuchar esas palabras de su boca me habían dejado sin aliento; pero finalmente nos abrazamos y continuamos viviendo el sueño. Aún quedaba una semana hasta que llegaran mis padres.
Mientras escribía la carta he recordado aquella tarde en que te mostré "El abrazo", y cómo tú me lanzaste también todas las objeciones que otros habían puesto en tu boca acerca del amor entre mujeres. Creo que las rebatí adecuadamente, ya que desde ese día te convertiste en defensora convencida de la causa, y comenzaste tu acoso y derribo a mis ya débiles defensas.
Ojalá siempre fuera tan fácil convencer a las personas de que cambiaran sus opiniones, demostrándoles con argumentos las falacias de sus creencias. Jamás he dudado de mi vocación de artista, pero tampoco quiero renunciar nunca a la tarea de cambiar el mundo a través de algo más aparte de los sentimientos: a través de la razón y el diálogo. Me temo que los gobernantes europeos no están de acuerdo conmigo, porque los discursos que se oyen en estos días son una ofensa a la inteligencia.
Tuya, un poco más melancólica que de costumbre, Maite.
Disclaimer: los personajes pertenecen a la serie Acacias 38 de RTVE y Boomerang Televisión.
