Querida Maite:

La melancolía de tu última carta parece alegre comparada con la zozobra que me agita estos últimos días. Ildefonso acabó de sincerarse conmigo sobre ese secreto relacionado con la guerra que yo intuía y que se interponía entre nosotros. Efectivamente, el secreto existe, y es más terrible de lo que pensaba: una herida lo dejó incapacitado de tal manera que es de todo punto imposible que podamos compartir nuestro lecho marital. Esto, que yo puedo llegar a asumir y hasta a agradecer en cierto sentido, a él le produce una humillación terrible que no sé si será capaz de superar. En todo caso, una vez más se muestra cómo las maquinaciones de mi madre para casarme, e incluso tu marcha para que yo pudiera llevar una vida "normal", fueron errores que me encadenan a una vida vacía e insatisfecha.

No sé cómo afrontar esta situación. Le tengo cariño a Ildefonso, y en estos momentos me siento más unida a él que nunca porque entiendo lo que es sufrir un dolor sin remedio; sin embargo, sé que este afecto amistoso que le brindo no está a la altura ni de sus deseos, por lo que vive frustrado; ni mucho menos de los míos, que están todos puestos en ti.

Tuya, con lágrimas en los ojos que esperan que tú las seques, Camino

Querida Camino:

Tu revelación, cuyos detalles puedo leer entre líneas, me conmociona. Malditas las guerras y quienes las hacen, destruyendo a su paso las vidas de jóvenes como Ildefonso. Comparto tu pena por él, y por ti, enjaulada dentro de un matrimonio en el que alguna vez yo misma creí que podrías encontrar una felicidad que no podía proporcionarte el estar conmigo, la de tener una familia e hijos. ¡Serías una madre tan hermosa, Camino! Y cómo disfrutaría pudiendo pintarte de nuevo, desnuda, pero con tu vientre fecundo: espero que esta pequeña confesión no te moleste ni turbe.

No sé de qué manera puedo ayudarte a sobrellevar unos días que adivino van a ser terribles. Sólo puedo recomendarte que recuerdes nuestras charlas cuando te decía que tienes una fuerza interior que quizá ni tú misma sospechas, y que no pierdas, ni siquiera en estos momentos duros, la confianza en el futuro. Aférrate a la vida, Camino.

Mis padres llegaron al balneario con intención de pasar sólo unos pocos días, para luego regresar todos juntos a San Sebastián, pero mi abuela se empeñó en quedarse todo el verano en Mondragón porque según ella aún no se había recuperado plenamente. Su tez volvía a mostrar buen color, y sus movimientos eran lo bastante ágiles como para que mi madre no reprimiera una carcajada y le asegurara que entendía que prefiriera quedarse allí, donde se preveía un verano lleno de actividades, en lugar de volver a la rutina de casa; pero que tenía que entender que los demás debíamos volver a nuestras obligaciones, incluyendo en ellas mi retorno a París.

De modo que no tuve más remedio que poner sobre la mesa la decisión que había tomado tras aquellas semanas en que mi relación con Ángela parecía haberse convertido en una realidad, aunque fuera oculta a los ojos de los demás: no iba a volver a la escuela de Bellas Artes, sino que quería permanecer en San Sebastián. Alegué falta de adaptación a París, y mi tío no pudo negar que mi estado de ánimo en los meses que había vivido allí con él había sido bastante sombrío, por lo que la sorpresa de mi madre al verme renunciar al que había sido mi sueño, y la decepción de mi padre por lo que consideraba una muestra de falta de tenacidad, se atemperaron y me permitieron quedarme.

La punzada de culpabilidad que sentía por haberles mentido era rápidamente sofocada por mis encuentros con Ángela. Aquel otoño fue el tiempo de mi felicidad. Sentía la sangre palpitarme en las venas cada vez que salía de mi casa sabiendo que iba a verla, y mi mente se afiló para inventar mil y una excusas que nos permitieran encontrarnos: de camino al trabajo que mi padre me había obligado a tomar en el periódico, ella se hacía la encontradiza y charlábamos de las pequeñeces de la vida cotidiana, logrando una maravillosa sensación de normalidad; de vuelta de las clases de pintura que Elena y yo habíamos retomado, regresaron también nuestras meriendas, y me complacía llevar algo de alegría a aquella casa, más vacía que nunca desde que faltaba el niño, internado por su padre; en la iglesia de San Ignacio, donde yo seguí acudiendo para admirar los progresos de las vidrieras, mientras que ella pedía la guía espiritual de don Gonzalo para lidiar con la culpabilidad de la que nunca consiguió liberarse; después, indefectiblemente compartíamos el camino de regreso conversando acerca del arte, y de la vida.

Pero cuando todo a mi alrededor parecía detenerse, perdiendo cualquier atisbo de importancia, era en aquellos días en que conseguíamos la cuadratura del círculo, eludiendo obligaciones, mintiendo a nuestros familiares, y nos podíamos encontrar a solas, en nuestro refugio.

Fue Elena la que, durante una merienda, recordó la tarde que habíamos pasado en el desván el año anterior, y ante la extrañeza de Ángela, le explicamos cómo nos habíamos ocultado allí para no molestarla durante su crisis nerviosa.

Para mi sorpresa, una fría mañana de diciembre, justo el día de mi cumpleaños, Ángela me citó allí. Cuando llegué, la espesa capa de polvo había sido despejada de una de las esquinas, donde baúles y estanterías habían formado un reservado junto a una ventana, con un diván cubierto de chales, donde ella me esperaba a medio vestir. La luz formaba un aura sobre su cabellera rubia, y el sol brillaba en su piel nacarada, dándole un aspecto de hada, de ser mágico sacado de mi imaginación para cautivarme, y si no hubiera estado ya enamorada de ella, allí mismo le hubiera entregado mi corazón.

¿Cuántas veces nos amamos sobre aquel diván? Perdí la cuenta, aunque sé que nunca me parecían suficientes. Tanto como acariciar su cuerpo, o sentir su respiración sobre mi piel, amé también las conversaciones en las que abríamos nuestro corazón sin tapujos. Así supe de su infancia, en la que fue mimada por sus padres y hermano, y de cómo quedó devastada al perderlos; de la forma en que Joaquín Hierro la había pedido en matrimonio poco después de llevar a la horca a los asesinos de su familia, y de cómo ella había averiguado, después, que su petición no tenía que ver con el afecto, sino con obtener un prestigio y un respaldo que le permitiera consolidar su carrera; y de la manera en que él se le había impuesto, arrancándola finalmente de su entorno conforme había logrado ascensos, obligándola a saltar de ciudad en ciudad, aislándola del resto del mundo a la vez que seguía exigiéndole mantener relaciones maritales hasta que había logrado el ansiado hijo varón que el juez, hijo ilegítimo él mismo, deseaba por encima de todas las cosas.

Estas confesiones acababan sin excepción en un abrazo lleno de ternura. Yo le prometía que no volvería a estar sola ante los sinsabores de su matrimonio, y ella me aseguraba que haber podido contármelo todo le hacía mucho bien. Nos mirábamos, y las palabras de amor, de eternidad, tenían sentido. Mas luego caía el silencio sobre nosotras, porque ambas sabíamos que las fantasiosas soluciones a aquel callejón sin salida, que a veces yo expresaba en voz alta (que el juez muriera, que huyéramos al fin del mundo disfrazadas de artistas bohemios, que sorpresivamente la Iglesia aceptara el divorcio, o que un terremoto destruyera la ciudad y nos dieran por desaparecidas), escapaban a nuestro control.

Pero la melancolía con que nos despedíamos de aquellos encuentros se disolvía como un azucarillo cuando volvía a comenzar la espera, ilusionada, excitada, del siguiente, y contaba los minutos, y no vivía más que para esos momentos.

En el tiempo que he vivido en París he llegado a conocer a muchos artistas y gente del mundillo bohemio que han buscado en distintas sustancias, más allá del vino o la absenta, una inspiración que por sí sola no les llega, y acaban presos de una adicción que suele acabar destruyéndoles como personas. Jamás he encontrado interés en esta vía creativa, pero si te soy sincera, creo que mi comportamiento y los vaivenes de mi estado de ánimo aquel invierno se asemejaban bastante a las de un adicto: en este caso, la sustancia de la que era dependiente era el amor de Ángela.

Tuya, adicta al roce de tus labios, Maite

Disclaimer: los personajes pertenecen a la serie Acacias 38 de RTVE y Boomerang Televisión.