Escena 17
Querida Maite:
Leer tu carta es la única alegría que he tenido esta semana. La tensión en casa es insoportable, ya que el comportamiento de Ildefonso, tras su confesión, se ha vuelto errático: lo mismo anda triste y humillado, que me reclama un acercamiento íntimo, y yo sé que ya no sería capaz de ello.
Por su parte, a mi madre le ha surgido un pretendiente, y a pesar del alejamiento entre nosotras, no deja de apenarme que su orgullo la mantenga insensible y rechace a un buen hombre. Quizá el encono con que te persiguió no proviniera solamente del hecho de que fuera una mujer quien había enamorado a su hija, sino de que es realmente incapaz de experimentar y comprender el amor.
Por ello, sigue escribiéndome. Háblame de la fuerza del amor para cambiar a las personas.
Siempre tuya, Camino
Querida Camino:
¡Qué complicadas somos las personas! Siempre he deseado vivir con libertad, y para ello es imprescindible actuar de acuerdo con los propios pensamientos. En el momento en que una persona reprime sus ideas y sentimientos, acaba haciendo lo contrario de lo que desea, y esa contradicción sólo puede llevar a la frustración y la infelicidad. Por lo que me cuentas, Felicia se encuentra enredada en esa telaraña, y no te voy a negar que no me importa verla recibir algo de su propia medicina.
Más me preocupa la actitud de Ildefonso. Hay situaciones que un hombre, por más cualidades que atesore, no puede resistir, porque si no bastaran sus propios deseos frustrados, se va a encontrar con la presión social para comportarse de cierta manera. Ten mucho cuidado, Camino, porque lo veo capaz de hacer cualquier cosa.
Seguiré contándote la historia de Ángela, que ya toca a su fin. En nuestro caso, también tuvimos nuestra ración de contradicciones.
Mi familia no tardó en notar lo extraño de mi comportamiento. Por primera vez en mi vida tuve roces con mi padre, que me reprochó varias veces mi abandono de la escuela de París. Intenté contentarlo trabajando como ilustradora en el periódico, pero no tardó en detectar que, más que aprender el oficio, mi interés era poder ir y venir por la ciudad a mis anchas, bajo el pretexto de entregar encargos o hacer bocetos. Afortunadamente para mí, creí entonces, aquel año el trabajo lo absorbió por completo, ya que había lanzado fuertes críticas a las autoridades por el ajusticiamiento, con débiles pruebas, de unos obreros anarquistas, aparte de seguir cuestionando los métodos del ejército en Cuba; en represalia, recibió veladas amenazas de los grupos más conservadores, y entre tantas tensiones que exigían su atención, aflojó su control sobre mí.
Mi madre era harina de otro costal. Empezó a dedicarme miradas inquisitivas cada vez que detectaba alguna novedad en mi aspecto, y en una ocasión me preguntó directamente por mis labios, enrojecidos tras pasar una mañana particularmente intensa con Ángela. Nunca tuve dudas de su amor por mí, pero, injustamente, siempre la había considerado una mujer demasiado ocupada con sus actividades sociales y su perpetuo romance con mi padre como para que la crianza de una hija llenara su vida; sin embargo, aquel invierno me sorprendió dedicándome tiempo y atenciones que yo, absorta en mi enamoramiento como estaba, no aprecié.
Siempre había guiado con esmero mi formación, poniéndome en manos de los mejores tutores cuando le pareció que el colegio se quedaba corto para mis inquietudes; pero entonces empezó a recomendarme lecturas diferentes, de autoras antiguas y contemporáneas, de poesía, con mensajes libertarios y sutilmente eróticos. A menudo dirigía la conversación hacia mis amistades, intentando discernir si yo mostraba preferencia por algún conocido, y llegó a preguntarme directamente si es que estaba enamorada. Se lo negué, pero ella siguió con sus averiguaciones, y sus sospechas rondaron la verdad: empezó a invitar a Elena a nuestra casa, y hasta la incluyó en sus tertulias literarias de los jueves. Un día, me pareció un logro conseguir que se uniera Ángela, para poder disfrutar de su compañía bajo una apariencia de normalidad.
-Me parece que este cuento tiene una protagonista con una fuerza arrolladora: Micaelita, aunque ella misma no lo sepa, es una mujer fuerte, independiente, todo un modelo de comportamiento para la mujer del nuevo siglo que se acerca. - aseveró mi madre durante esa tertulia.
-Querida Begoña, perdona que te lo diga, pero tu entusiasmo me parece tan exagerado como el conflicto de la historia: dejar a tu prometido el día de la boda, sólo por un encaje roto... ¡No me dirás que la Pardo no es muy tremendista al hacer una montaña de un grano de arena! - le discutió doña Eloísa, una de las amigas más cercanas de mi madre.
- Tremendista no: naturalista, en todo caso. Ella habla de la vida tal y como es. - refutó mi madre.
-Me atrevo a hacerles una consulta para que me iluminen, dada mi inexperiencia... - Elena ya osaba hablar fuera de su entorno familiar, aunque el sonrojo no desaparecía de su rostro al hacerlo. - ¿Cómo es posible conocer a un futuro esposo? Bernardo, el novio del cuento, parece un buen hombre hasta que Micaelita rompe el encaje. ¿Cómo puede un solo mal gesto ser tan revelador de su auténtico carácter? ¿Cómo podría yo, algún día, tener la certeza de conocer el carácter de mi prometido, tras un detalle como ese? ¡No sé si algún día llegaré a tener esa clase de juicio, hoy me parece impensable!
-Es una cuestión de instinto, creo. - me adelanté al resto de las señoras, atrayendo la atención tanto de mi madre como de Ángela, sentadas en extremos opuestos de la tertulia - Hay momentos en que tenemos una revelación acerca de una persona, de su maldad, su bondad, es como si hubiera un fogonazo de luz que nos erizara la piel y, de repente, lo sabes, sabes que tienes que decir "no" y huir, o al contrario, ligar tu vida a esa persona. Y si hacemos caso a la piel, siempre elegiremos bien.
Más tarde Ángela me contó cuánto la habían asustado mis palabras, por lo encendidas que sonaron, y porque yo no había podido evitar cruzar mis ojos con los suyos, lo cual no pasó inadvertido. Por ello, se obligó a intervenir, rebajando mi pasión con el habitual tono frío y distante que empleaba al hablar en público.
-Es fascinante creer que una mujer tiene el control de su destino en sus manos, pero la realidad es que incluso en este cuento, que pretende ser veraz, se nos escamotea el saber cómo termina la historia. En realidad, no sabemos qué fue de Micaelita, si encontró la felicidad o al menos la paz tras romper su compromiso. No hay final feliz. - aunque eludió mi mirada, aquellas palabras iban dirigidas a mí, y su frialdad se me clavaba como un puñal en el pecho.
-Coincido con su apreciación, doña Ángela. Como mujeres casadas que somos, sabemos que el matrimonio es el estado ideal para una mujer. Aunque creamos que hay otras opciones, ninguna es demasiado amable con nosotras. - concluyó doña Eloísa.
Acabé la reunión desalentada y triste por las palabras de mi amada, que caían como un balde de agua fría sobre mis esperanzas de tener algún tipo de futuro para las dos; y cuando días después ella me habló, asustada, de la mirada suspicaz que mi madre nos dirigió al escucharme, le rogué que dejara de aceptar las invitaciones a mi casa, ya que la tensión de estos encuentros amenazaba con quebrar su templanza, y temí que quisiera concluir nuestro idilio.
No lo hizo, pero efectivamente conforme avanzaba la primavera las dificultades para vernos aumentaron. Cada vez nos costaba más encontrar excusas plausibles, o ajustarnos a los horarios que nos daban seguridad. Un par de veces estuve a punto de cruzarme con Elena en las escaleras camino del altillo, y Ángela me contaba con cierto temor que veía a su hija menos dispuesta a someterse a la asfixiante disciplina de su padre. Mi amiga se había recuperado magníficamente de su enfermedad, florecía físicamente a la par que maduraba su carácter, y me había confesado que estaba deseando escapar del claustrofóbico ambiente doméstico, aunque sabía que la única forma de hacer esto era mediante el matrimonio.
Aquello hubiera debido ser una buena noticia, pero Ángela no podía liberarse de una aprensión terrible a su marido. No sólo temía que él nos descubriera, sino que impidiera a Elena conocer gente, y eventualmente elegir a un esposo de su gusto; otras veces lo que temía era lo contrario, que le concertara enseguida un matrimonio de acuerdo con sus ambiciones.
-Eres una persona excepcional, Maite, contigo rompieron el molde. Nos has hecho mucho bien a las dos: a mí me has devuelto la vida, y a mi hija la has enseñado a vivirla con alegría. Pero a veces siento que esto no puede durar, y que más nos hubiera valido no conocer la felicidad, porque perderla será insoportable.
-Vivir a medias no es vivir, Ángela. El tiempo que estuve en París es como si hubiera estado dormida, y nada me importa lo que pueda pasar mañana, porque hoy estoy aquí contigo, y soy muy feliz.
Ángela me miraba, y hoy sé que tenía razón al pensar en todo lo que sí podíamos perder. Me contaba todos esos miedos durante nuestros paseos con fingida formalidad, pero me empeñé en que las mañanas en el desván fueran solo para nosotras, sin que la presencia ominosa del juez sobrevolara nuestro ánimo. En cambio, hablábamos de las últimas lecturas, del avance en las obras de San Ignacio, o del vestido que le estaba cosiendo a Elena para cuando pudiera realizar su presentación en sociedad. Mientras, la hice posar para mí, y conseguí finalmente hacerle un retrato en el que se reconoció con gusto, uno en que sus ojos verde azulados sí brillaban de felicidad. En ese retrato pendía de su cuello una cadena con un pequeño colgante con una hoja labrada en jade: al obsequiarle el retrato, ella me entregó a cambio el colgante, y ese es el único recuerdo material que pude conservar de ella.
-No quiero que nadie más que tú acaricie mi cuello. - me dijo al quitárselo, con una mirada tan cargada de deseo que no tuve más remedio que dejar el carboncillo para dedicarme a amarla con minuciosidad.
Debo acabar ahora mi carta, porque Sophie ha venido a buscarme. Quizá pronto pueda darte la buena noticia de que vuelvo a exponer en París, algo que echo mucho me menos.
Tuya, echándote de menos como el pincel al lienzo, Maite
Brindo por los reencuentros en tierra extraña, y por las conexiones que superan el tiempo y el espacio.
Disclaimer: los personajes pertenecen a la serie Acacias 38 de RTVE y Boomerang Televisión.
