Querida Maite:
Ha sucedido algo terrible. A causa de una indiscreción mía, el secreto de Ildefonso ha sido revelado, y ahora es la comidilla de Acacias. Él está destrozado, y yo me siento tan culpable que haría cualquier cosa, cualquiera, por consolarlo o dar marcha atrás en el tiempo para sellar mis labios. Como eso es imposible, lo abrazo y comparto su sufrimiento.
Tuya, Camino
Querida Camino:
Estoy conmocionada por las noticias que me envías. ¡Maldita sociedad, que disfruta haciendo leña del árbol caído! La opinión pública no es más que una máquina de triturar sueños, que pretende que todo el mundo esté cortado por el mismo patrón, y no consiente que nadie viva de acuerdo a sus propias ideas, ni exprese libremente sus deseos. Cualquiera que, por azar o por decisión propia, lleve una vida diferente, será objeto de burla o crítica. Esa es la moral de la sociedad cristiana, y en ocasiones como esta me siento anarquista, y la arrasaría a sangre y fuego.
Hubo otro momento en que hubiera encendido sin dudar la mecha de un artefacto explosivo que hubiera arrasado con todo.
Aquel 8 de agosto, tras amarnos, Ángela y yo nos habíamos dejado envolver por el calor del mediodía, y nuestros cuerpos, con la laxitud posterior al clímax, se ajustaron como siempre habían hecho, y nos arrullamos, confiadas en disponer aún de unas horas.
Pero un ruido brusco me arrancó del sopor, y al abrir los ojos me encontré frente a frente con Joaquín Hierro. El juez estaba en medio del desván, mirándonos con expresión inescrutable, y me sentí traspasada por esos ojos grises; muy azorada, intenté cubrirme, recomponiendo sobre mi cuerpo las prendas que estaban a mi alcance, mientras notaba que Ángela se despertaba a mi lado, y emitía un gemido de terror profundo.
Nadie habló durante unos momentos, pero cuando ya me incorporaba, todo empezó a ocurrir de repente. El juez se abalanzó sobre mí, me agarró de un brazo y me arrastró hacia la puerta, empujándome contra ella sin contemplaciones.
-Salga de mi casa y jamás vuelva.- se giró hacia Ángela, que seguía petrificada en el diván.- Y tú, ramera, prepárame una maleta que tengo que viajar. No te atrevas a hablar con mis hijos, no salgas de tu habitación, no respires siquiera o te fulminaré.
Sus últimas palabras las había escupido a la cara de su esposa, mi mujer, que seguía acurrucada en una postura de autodefensa, y con su rostro transfigurado por el pánico. La agarró por los brazos, inclinando sobre ella toda su considerable estatura de forma que parecía a punto de devorarla. Me abalancé contra él para defenderla, pero sólo conseguí que me apartara con un brusco manotazo que me hizo trastabillar al suelo, descalza como aún estaba.
-¡Lárgate, furcia, o soy capaz de mataros a las dos!- tronó el juez, y Ángela me miró suplicante.
-Maite, vete. Por lo que más quieras, ¡vete!- me gritó, alargando su mano hacia mí, como queriendo acariciarme una vez más.
Lo que yo más quería era a ella, y mi instinto me impulsaba a no dejarla sola con su marido, pero el juez, con un brillo de odio profundo en sus ojos cavernosos, volvió a tomar la iniciativa y sin decir una sola palabra más engarfió mis muñecas con su mano y me arrastró hasta la puerta, arrojándome fuera, junto con un hatajo de prendas. Por el hueco de la escalera, llamó con voz potente:
-¡Policía! Llévense a esta delincuente y vigilen que no suba nadie más.- y seguidamente volvió al desván, cerrando de un portazo, mientras un par de agentes me arrastraban pisos abajo, hasta echarme fuera del edificio.
No sé cómo conseguí llegar a casa, conmocionada y a medio vestir, pero nadie pareció darse cuenta porque reinaba una gran agitación en la calle, comparable a la que yo misma experimentaba. La gente corría de un lado a otro, y un enjambre de hombres uniformados se hacía dueño de la ciudad. Pero yo era incapaz de centrarme en nada que no fuera la cara de terror de Ángela, y mi impotencia para defenderla me abrumaba. De pronto, otro rostro amado se me cruzó por la cabeza, y lo utilicé como asidero para no sucumbir al torbellino de mi mente: mi padre. Necesitaba verlo, contarle lo que había pasado, y que me ayudara a enfrentarme a Joaquín Hierro.
Sin embargo, fue mi madre la que acudió a mis golpes de llamada en la puerta, ella también muy alterada.
-¡Maite! Gracias a dios que ya estás aquí, iba a salir a buscarte, no es seguro andar por las calles con lo que ha pasado.- me abrazó y notaría mis temblores además de mi desaliño, porque enseguida me preguntó.- Pero, ¿cómo vienes, qué te pasa?
Mi propia zozobra era superior a la vergüenza o el reparo a confesar mi relación con Ángela, así que las palabras se desbordaron por mi boca.
-Madre, tienes que ayudarme. Hay que ir a casa de Ángela, sacarla de allí. Va a matarla si no hacemos algo.
Mi madre me miró como sin entenderme, pero entonces se detuvo a fijarse en mi desordenado atuendo, la camisa mal abotonada, el pelo desmadejado, y los pies desnudos. Y un rayo de comprensión atravesó sus ojos, tan parecidos a los míos.
-¿Dónde estabas, Maite? ¿Qué te ha pasado para que vengas así?- me tomó de las manos y escudriñó mis brazos, donde empezaban a formarse moratones, y mi rostro, arrasado en lágrimas que yo no recordaba haber derramado.
-Estaba con Ángela...
No sé qué más palabras utilicé, pero me quebré, presa de los nervios y falta de fuerzas, y las palabras salieron a borbotones. Mi madre no dejó de escucharme, pero mientras me condujo a mi habitación, donde me obligó a detener mis pasos, erráticos, me sentó en la cama y detuvo mis manos, que temblaban descontroladas. Yo seguí derramando palabras que no recuerdo con exactitud, y cuando me di cuenta, ya había acabado de confesarle mi relación con Ángela y la forma en que su marido acababa de descubrirnos. Siguió mesándome el cabello unos minutos sin dirigirme la mirada, sin soltar palabra, hasta que yo insistí en que teníamos que avisar a mi padre y presentarnos en la casa de los Hierro.
-Tenemos que ir, madre. Está sola con él, y ese hombre es capaz de matarla. Y yo no puedo vivir sin ella.-estaba suplicando, y ante ese tono, mi madre reaccionó.
-No podemos ir a ningún sitio, hija. La ciudad está tomada por la policía y se ha declarado el toque de queda porque esta mañana han asesinado al presidente Cánovas, en el balneario de Mondragón. Tu padre ha avisado de que se queda en el periódico, y el juez Hierro es el encargado de levantar el cadáver y dirigir la investigación.
La marabunta de emociones de la que era presa se rasgó por una repentina lucidez que me hizo darme cuenta de algunos detalles. Primero, que el asesinato de Cánovas había sido la causa del temprano regreso a casa del juez. Segundo, que era un hombre dominado por la ambición, y frío como un témpano, para seguir pensando en preparar la maleta para un viaje de trabajo después de descubrir a su esposa en brazos de una mujer. Y tercero, que si el juez había partido hacia Mondragón, Ángela estaba sola, y por tanto segura de momento. Una leve sensación de alivio me dio una tregua después de la turbulencia de la última hora, y respiré profundamente. Tenía que pensar en qué hacer.
Piensa, Camino, piensa. Hasta en los momentos más oscuros, cuando nuestro corazón parece no poder resistir más dolor, debemos buscar en nuestro interior los motivos para seguir luchando y sobreponernos a todo. Busca en tu interior, y ayuda a Ildefonso a que también lo haga: dile que le deseo lo mejor.
Tuya, Maite
Disclaimer: los personajes pertenecen a la serie Acacias 38 de RTVE y Boomerang Televisión.
