Querida Camino:

Te escribo alarmada por la falta de noticias tuyas. Entiendo que las circunstancias no habrán mejorado, o habrías querido alegrarme contándomelas. Por ello, sigo enviándote con estas letras todo mi apoyo para vosotros en estos duros momentos.

Te envío también el final de la historia de Ángela. A veces ayuda, para sobreponerse a las desgracias propias, analizar las ajenas y extraer alguna enseñanza de ellas. Esa ha sido mi obsesión desde que te conocí y asumí que me estaba enamorando de mi alumna: no repetir contigo los errores que cometí con ella.

Durante todo el día aceché las ventanas de casa de Ángela, esperando que me hiciera alguna de las señales que habíamos convenido para encontrarnos. No hubo ninguna. El edificio seguía custodiado por la policía, y mi intento desesperado por colarme fue vergonzosamente descubierto. Esta incursión, mi insistencia, y más que eso el aspecto demente que tomé, convencieron a mi madre de atender a mis súplicas de que fuera ella a ver a Ángela, confiando en que los policías sí la dejarían pasar.

Me equivoqué. Desde mi atalaya tras los cristales la vi discutir con ellos cuando le bloquearon la puerta del edificio, con malos modos. Siguió insistiendo hasta que uno de los agentes se perdió en el interior del edificio. Tardó en regresar, y durante todo ese tiempo mi madre se mantuvo allí, firme como una roca, reclamando que le franquearan el paso. La adoré en aquel momento. Finalmente, el guardia regresó, negó con la cabeza y le entregó una nota de papel. Mi madre dio media vuelta, cabizbaja.

La nota era de Elena. En ella, nos decía que su padre los mantenía aislados en prevención de algún otro atentado anarquista, y que su madre había caído en un estado de postración nerviosa a causa de las noticias, por lo que no era posible verla. Su padre personalmente había ordenado que la dejaran sola, y no había hablado con nadie desde el día anterior.

-La ha encerrado para debilitarla, madre, y destruir su espíritu. Lo creo capaz de matarla de hambre o por aislamiento ¡Tenemos que sacarla de ahí! – rogué, y mi madre se avino a posponer una discusión detallada sobre las consecuencias de mi relación con Ángela hasta que se descartara ninguna amenaza contra su bienestar

Mil ideas sobre cómo llegar a Ángela pasaron por mi cabeza, y todas quedaron descartadas por inviables, o se frustraron por la vigilancia que el juez había establecido sobre su propia casa. Mi propia vigilancia desde los ventanales no me reveló ningún resquicio por el que pudiera colarme en los dos días siguientes, y me alarmó ver cómo el juez volvía a la casa. Finalmente fue mi madre la que dio con la solución.

-Voy a pedir ayuda a don Gonzalo. Él os conoce a los dos, y no podrán negarle la entrada.

La idea me pareció maravillosa, y aunque mi madre se negó a que fuera yo a avisarlo, sí consintió en que estuviera presente en la visita que nos hizo después de haber acudido a la casa del juez.

Don Gonzalo llegó muy serio. Yo sabía que Ángela, en un momento en que la culpabilidad por creer que se había aprovecha de mi juventud la había abrumado, le había contado en secreto de confesión que tenía una relación con un joven. Pero no fue hasta esa tarde que el sacerdote había descubierto que la joven era yo.

Siempre le agradecí que no viniera a sermonearme. No sé si fue por el aprecio que le tenía a mi madre, o a la propia Ángela, pero se limitó a transmitir sus palabras, y la situación que había encontrado en la casa. Ángela estaba en su habitación, sola, por órdenes de su marido, que no le permitía contacto con sus hijos pero no les había explicado a estos el porqué. El sacerdote la había encontrado serena, aunque con signos evidentes de haber superado a duras penas una fase de llanto y desesperación. Le agradeció la visita y le había dado un mensaje para mí.

-Me dijo que… que te quiere, y que siempre estará en deuda contigo por haberle devuelto la alegría y la ilusión a su vida. Pero que ahora tú debes seguir tu camino, y ella tiene que pensar en sus hijos, que no merecen verse envueltos en un escándalo, y que por eso piensa plegarse a las órdenes de su marido.- con ciertas dudas, el sacerdote añadió algo, procurando mantener una voz neutra.- El juez llegó mientras estaba hablando con Ángela, y me echó de la casa, después de abroncar al policía que me había dejado pasar. No creo que me deje volver a visitarla.

Al marcharse, me encrespé de nuevo, y volví a la carga: quería hacer un nuevo intento de colarme en el edificio de enfrente. Mi madre me lo prohibió con la misma energía con que yo lo reclamaba, pero nuestra discusión fue interrumpida por la llegada de mi padre.

-Déjame que yo hable con él.- me pidió mi madre, y me retiré a mi cuarto. Nunca una tarde de verano se me hizo tan larga, esperando que declinara la luz y pudiera poner en marcha el plan que había trazado. Empaqueté algunas prendas, así como todo el dinero en efectivo que había podido reunir, incluyendo el que había tomado del cajón de mi madre, y algunas pequeñas joyas que mi familia me había obsequiado a lo largo de los años. Me vestí con unos pantalones que había escamoteado a mi padre, y cubrí mi pelo con una gorra antes de deslizarme hacia la salida de servicio mientras escuchaba de fondo el tono alterado de mi padre discutiendo con mi madre.

Seguía habiendo toque de queda en la calle, pero aproveché el cambio de turno de los guardas para buscar el callejón tras la casa de Ángela. Sabía que su edificio estaba sellado, pero confiaba en poder acceder al de al lado, y buscar luego la manera de pasar de un balcón a otro. La ansiedad por verla ocultaba los peligros de la maniobra, y me dio el arrojo necesario para llevarlo a la práctica. ¡Ilusa de mí! Apenas conseguí entrar en el edificio, los gritos de una vecina mirona alarmaron a los agentes de la calle, que me persiguieron por las escaleras hasta acorralarme en el altillo. Creyéndose mi disfraz de pilluelo, me golpearon sin dudarlo mientras me arrastraban a la calle, donde se me cayó la gorra, revelando mi melena y mi condición de mujer. Derrotada, confesé mi nombre y me acompañaron a mi domicilio, donde mis padres aún no habían descubierto mi huida.

-¿Qué has hecho, Maite?- preguntó mi padre, y más que sus palabras, su expresión de absoluto cansancio y desolación me dieron a conocer que ya estaba al corriente de todo.

Me negué a negar mi amor, y le devolví la mirada, orgullosa.

-Amo a Ángela, y no me importa lo que penséis o digáis los demás. Ella también me ama, y es lo único que me importa.

Mi padre me dirigió otra mirada, y en esta al cansancio se unió otro sentimiento: el enfado.

-¿Cómo puedes decir eso? ¡No sabes lo que has hecho, con tu lujuria desviada! Joaquín Hierro se ha presentado en mi despacho y se ha dado el lujo de llamarte furcia invertida en mi cara. Y yo, imbécil cegado por mi adoración a mi hija, te he defendido hasta que me ha mostrado las pruebas, ropas y dibujos tuyos que habían quedado en su casa. Me ha exigido que te lleve lejos de San Sebastián de inmediato, y te aseguro que voy a darle gusto.

-¡No puedes hacer eso, padre! ¡Me niego a irme!- rugí.

-Ya lo creo que puedo. ¡Soy tu padre!, y tengo potestad sobre ti, aunque a veces se te haya olvidado. Si te hubiera atado más en corto, no te hubieras enredado en esta locura que nos va a llevar a todos a la ruina.

-¡No permitiré que nadie se interponga entre Ángela y yo, ni su marido ni mucho menos vosotros! Nadie nos va a separar.

-¡Aparte de inmoral, eres una egoísta!- rugió mi padre.

-¡Damián, cállate!- intentó frenarlo mi madre.

-¿No ves el daño que estás haciendo, no sólo a ti, sino incluso a esa mujer, a su reputación, a sus hijos,… a tu propia familia?- enfadado pero también con dolor en su voz, mi padre me miraba sin comprenderme. Nunca antes me había sentido tan lejana de él, y eso también rompió mi corazón.

-Yo sólo sé que la amo, y que no puedo vivir sin ella.- repentinamente, una gran calma me invadió. No tenía más palabras que decir, y ya estaban dichas.

Mi padre me miró, y negó con la cabeza.

-Puede que sea así, pero tampoco puedes vivir con ella. Y de momento, vas a irte a tu cuarto. Aunque no te importen, el mundo tiene ahora otros problemas que no giran en torno a ti.- y con firmeza me tomó del brazo y me llevó a mi cuarto, cerrándolo con llave.

Pasé la peor noche de mi vida, pues en las anteriores al menos aún había tenido la esperanza de contar con la ayuda y la influencia de mi padre para enfrentar al juez Hierro. Apenas pegué ojo, y paseé arriba y debajo de la habitación como una fiera enjaulada hasta que bien temprano mi madre me abrió la puerta y me abalancé al balcón. Mi primera mirada fue para el edificio del otro lado de la calle, donde las cortinas estaban abiertas en la forma que Ángela y yo habíamos convenido para comunicar que podíamos vernos. Mi corazón se saltó un latido, interpretando que ella había podido salir de su encierro, y que había alguna posibilidad de que pudiéramos vernos, o al menos enviarnos algún mensaje. Me dispuse a vestirme para salir, por más que mi padre se opusiera, pero cuando ya me deslizaba hacia la puerta de servicio, llamaron a la puerta. Era don Gonzalo.

Su semblante mostraba una seriedad extrema. Pidió hablar con mi madre, pero yo aseguré que no iban a dejarme al margen, de modo que nos sentamos en el salón. Mi padre apareció a mis espaldas, y se quedó de pie.

-Vengo de casa del juez… Me avisaron esta madrugada de que Ángela estaba enferma…

A partir de ahí, tengo un recuerdo confuso del resto. Sé que don Gonzalo habló con voz mesurada acerca de un malestar repentino, de una crisis nerviosa, de una redoma de un preparado para dormir que había aparecido vacío, y de Ángela tumbada en su cama, su cuerpo frío, sus manos vacías, sus ojos abiertos y fijos en el infinito, inertes.

Habló de Elena insistiendo a su padre en que la dejara atenderla, en un aviso urgente enviado con Juanita, en la llegada del médico y el sacerdote casi a la vez, de la impotencia de ambos, de las lágrimas del niño y del horror de la hija. Y de la expresión impenetrable del juez, que sin acercarse siquiera al cadáver de su esposa, había exigido al médico que certificara la muerte de Ángela por causas accidentales. Y de cómo este lo había hecho.

Recuerdo vagamente que me puse de pie, para inmediatamente caer al suelo, incapaz de sostenerme. Y que mi padre me izó, hasta dejarme en mi cama, donde mi madre me arropó y acompañó durante los días que duró mi postración. No podía pensar, sólo sufrir, y la imagen de Ángela, más pálida que nunca, muerta, no se me iba de la cabeza. Perdí la facultad de hablar, y casi la de respirar, ahogada por la pena, la culpa y los recuerdos y la sensación de injusticia cometida contra nosotras, que no habíamos hecho nada más que amarnos.

Por favor, escríbeme pronto. Tus letras me son tan necesarias como el aire.

Tuya siempre, Maite.

Disclaimer: los personajes pertenecen a la serie Acacias 38 de RTVE y Boomerang Televisión.