Querida Camino:

¿Por qué no sé nada de ti? Me asusta que haya pasado algo que te impida comunicarte conmigo, y me angustia que no lo hagas porque no quieres. Por favor, dame alguna señal de tus deseos, que ahora sí estoy dispuesta a cumplir al pie de la letra. Si no la tengo, esta será mi última carta.

No sé cuántos días estuve postrada, ida, tras conocer la muerte de Ángela. Luego me contaron que hubo un momento en que sí me levanté, para ver salir su féretro a la calle, seguido por sus hijos y su marido, de riguroso luto. Aparte de esto, me dejé hacer como si fuera una muñeca de trapo a la que cualquiera maneja, y mi madre me daba de comer y me aseaba como si su hija, en lugar de estar llegando a la edad adulta, hubiera vuelto a ser un bebé.

Un día me vistieron y como a una ciega que no supiera dirigir sola sus pasos, me sostuvieron para meterme en un carruaje, y de ahí a la estación. El traqueteo del viaje se me asemejaba a andar descalza por un sendero de guijarros, en el que cada paso me infligía un dolor lacerante, y me rasgaba el corazón; pero en lugar de llorar o gritar, seguí en mi estado catatónico, ausente.

Quizá eso me salvó la vida, porque cuando semanas después recuperé plenamente mi consciencia, el dolor agudo de la pérdida había quedado anestesiado, y dado paso a una sensación de honda tristeza carente de cualquier ilusión, pero compatible con la vida. Y la vida me exigió que empezara a actuar, porque había graves noticias: el juez Hierro había cumplido sus amenazas contra mi padre, y había aprovechado su investigación del asesinato del presidente, cometido por un anarquista, para culpabilizarlo a él, acusándolo de haber alentado dichas ideas desde el periódico. Los propietarios, asustados por las implicaciones, le exigieron la dimisión como director, y su nombre quedó manchado.

Nos trasladamos a Pamplona, a casa de mis abuelos maternos, donde el peso del escándalo llegaba de forma atenuada, y la tristeza dio paso a la ira. Mi nombre y vínculo con Ángela no habían salido a la luz, aunque hubo rumores, pero en cambio la carrera profesional de mi padre quedó afectada para siempre, y nuestra relación tampoco volvió a ser igual. No quiero pensar en que nunca me perdonara lo sucedido, pero desde entonces me miró con una distancia, con una extrañeza, que me dolía infinitamente, y donde antes había complicidad y orgullo por compartir el mismo apellido, ahora había decepción y fracaso por su parte, culpa y vacío por la mía.

Mi tío me sugirió que volviera a París, donde él había rogado para que mantuvieran mi plaza en la escuela de Bellas Artes, y acepté su ofrecimiento por la insistencia de mi madre, que me aseguró que lo mejor era poner algo de distancia, con el escándalo y con mi padre, y que yo también necesitaba involucrarme en alguna actividad que me sacara de la casa, que me supusiera algún reto, y que me obligara a despejar los nubarrones de mi ánimo, que oscilaba entre los accesos de tristeza y los de furia.

Llegar a París me hizo bien. Mi tío, al que le habíamos contado todo lo ocurrido, apenas hizo comentario sobre ello, pero mantuvo su trato afectuoso, y me ayudó a adaptarme a la ciudad. Mi madre me escribía con frecuencia, y me hacía visitas de vez en cuando, y siempre insistía en que dejara de culparme por el trágico final de Ángela, y en que tenía que seguir adelante con mi vida, porque a ella no le hubiera gustado otra cosa. Descubrí una fortaleza admirable en mi madre, y me juré que, pesara a quien le pesara, no iba a dejar que me encerraran en vida, y que siempre sería fiel a mis ideas y sentimientos.

En algún momento del otoño, volví a clase. La rutina escolar me obligaba a moverme, comer, hablar, y aunque al principio ponía poco interés, la energía positiva que se respiraba en la escuela acabó por envolverme. Fue entonces cuando conocí a Sophie, y al tiempo me sentí con la confianza suficiente como para contarle mi historia. Su comprensión me ayudó a volverme a volcar en el arte, utilizando mis pinturas para sacar afuera mis demonios, y poco a poco recordé lo que era sonreír.

El dolor me asaltaba por sorpresa cuando menos lo esperaba. Bastaba un gesto de alguna mujer en la calle, una frase casual en un café o un vistazo a una vidriera para que mis recuerdos de ella se apoderaran de mi ánimo, y pasara tardes y noches llorando. Aprendí a lidiar con mi tristeza, a no negar mi dolor y a convivir con él, y poco a poco le fui limitando su poder sobre mí. Le concedía unas horas de melancolía, pero tomaba los pinceles y me obligaba a transformarla en una obra: era mi tributo a Ángela, convertir nuestro amor en arte, en belleza.

Mis pequeños éxitos en la escuela, las primeras exposiciones con otros alumnos, el reconocimiento de los profesores, me estimularon. Empecé a pensar también con espíritu práctico en que mi arte podía darme independencia económica, y con ella la libertad para vivir de acuerdo a mis convicciones. Fue entonces cuando empecé a utilizar el apellido Zaldúa, como homenaje a mi madre y para evitar implicar más el nombre de mi padre en mis futuras andanzas.

No conseguí que mi padre asumiera, en las últimas veces que lo vi antes de su muerte, que su hija había conducido su vida por otros derroteros de los que él hubiera querido, pero que se abría camino en la vida por sus propios méritos; sin embargo, no hubo más reproches, y creo que nos despedimos en paz.

Decidí que me quedaría a vivir en París, donde tenía más oportunidades profesionales y me sentía más libre, y mi madre admitió que me hacía bien seguir allí, y que no quería para su hija otra cosa que no fuera su felicidad. Pero nos visitábamos a menudo, y en alguna ocasión me contó que le habían llegado noticias de Elena, a la que nunca volví a ver: se había casado con un comerciante, y vivía en Bilbao, alejada de la influencia de su padre.

¿Qué me quedó de Ángela? Su colgante, y mil recuerdos que tienden a difuminarse en mi memoria. La convicción de que el amor nos mejora, nos eleva. Una mayor confianza en mí misma, y el haberme liberado de complejos adolescentes. También un sentimiento de culpa que me asaltó de nuevo al conocerte, el de haber puesto mis sentimientos por encima de todo, incluso de su seguridad, y por eso me juré y perjuré no volver a poner a nadie en riesgo a causa de mis sentimientos. Pero igualmente me prometí a mí misma que no pensaba fingir sobre mis inclinaciones, y que no me sometería ni a los convencionalismos ni a un matrimonio de conveniencia solamente por evitar habladurías o problemas. Sería honesta con mis sentimientos, si bien no podría proclamarlos fuera de mi círculo de confianza. Con mis muchas flaquezas, creo que lo mantuve, al menos hasta que te conocí a ti, e hiciste temblar mi vida.

Creo que ahora sí, con esto pongo fin a esta historia. La he alargado como excusa para escribirte de seguido: ¿qué haré ahora con todas estas hojas en blanco que tengo ante mí? Quizá te has hartado de mis cartas, y por eso no contestas. Quizá deba dejar de escribirte, y enviarte bocetos; o intentar la locura de llamarte, usando el teléfono de la casa de comidas cuya dueña sirve de intermediaria para tus cartas. A veces me dejan allí recados….

Disclaimer: los personajes pertenecen a la serie Acacias 38 de RTVE y Boomerang Televisión.