Hola amigos. A continuación tenemos el quinto capítulo de "El Conjuro Secreto"

Yu-Gi-Oh le pertenece a Kazuki Takahashi.

Cómo anuncié anteriormente estas son las edades de los personajes:

Atem: 17 años.

Yuriko: 15 años.

Yugi: 38 años.

Rebecca: 33 años.

Jono: 17 años.

Mireya: 20 años.

Seth: 23 años.

Kisara: 19 años.

Mahad: 25 años.

Mana: 16 años.

Sin más que agregar damos por iniciado este capítulo. Esperamos sea de su agrado.

Al finalizar el capítulo debo hacer un anuncio importante.

El Conjuro Secreto: Capítulo 5: El Sendero que Recorremos Juntos

Mireya vio a su amiga caminar detrás de la Sacerdotisa. Y las siguió en silencio. Podía entender la situación, pero le parecía que el Faraón estaba siendo muy duro con Yuriko. Aunque no podía negar que la más joven se había comportado de manera incorrecta, era demasiado fuerte la medida que le estaban imponiendo. Yuriko era un alma libre, sin ataduras y el imponerle ese tipo de cambios le parecería un gran suplicio. A pesar de llevar muy poco tiempo de vivir en el palacio con ella podía notar muchas cosas. Volteó a ver a Jono y al Sacerdote, los vio peleando, puso los ojos en blanco y los ignoró. Definitivamente haber puesto a esos dos como mentor y alumno era un verdadero fastidio. Solo pedía que Jono no fuese tan insolente con lo que le esperaba. Ella no quería verlo lastimado o herido. La rubia no había pertenecido a la realeza en ningún momento pero suponía que era lo que les iban a enseñar. Cómo comportarse en público, como caminar, y otras cosas más.

Esperaba que ambas aprendieran por su bien. Algo le decía que el aprendizaje sería estricto. Mireya al ser la mayor del grupo notaba con facilidad los detalles de todo, podía ver los celos que Isis le tenía a Yuriko por el tiempo compartido con Mahad. Ya que solían abrazarse con frecuencia. Sería un largo caminar pero ella estaría ahí para su amiga. La cuidaría y protegería tal y como ella lo hizo al salvarla de la muerte.

Yuriko por su parte debía reconocer que se había equivocado al pelear con el Rey de Egipto. La cercanía que tenía con él le hacía olvidar que no eran iguales, él era una persona educada, refinada, no era egoísta y sobre todo era un excelente líder, su único defecto era que el Faraón era soberbio y tenía muy poca paciencia con las personas. Ella era todo lo contrario: caprichosa, tenía la mala costumbre de nunca quedarse callada y responderle a la gente, impulsiva hasta el punto de arriesgar su vida y curiosa con el entorno en el cual se encontraba. No debió haberle llamado "Soberano Soberbio" ni debió burlarse en su cara.

Sabía que una simple disculpa no lograría ablandarle el corazón a el Faraón y para que el la mandase a "educar" era porque la consideraba una salvaje y lejos de sentirse enojada, decidió que lo mejor que podía hacer era aprender los modales. Pero sus facciones no ocultaron su decepción.

Su padre y su madre la habían educado bien, si ella era impulsiva era porque estaba cansada de que se burlaran de su físico, de que la golpearan cada mañana o que se mofaran de que ella no era tan "bonita" "elegante" y "perfecta" como sus famosos padres. Por eso comenzó a entrenar en silencio, llegó a tener una resistencia corporal tan fuerte que no llegaba a desmayarse con los golpes, después de que devolvió una agresión la dejaron en paz físicamente. Los insultos siguieron por un tiempo más hasta que no se quedó callada y recurrió a ignorar a las chicas. Las compañeras de la escuela le temían ya que ahora era una persona fuerte y sarcástica, aunque trataban no podían ignorar a la hermosa hija de Yugi. Porque a pesar de que le habían hecho daño ella seguía siendo una buena persona, solo la orillaron a responder cuando se sentía agredida.

Y eso era lo que le había pasado con el Faraón, el no la había agredido con intención, lo sabía y lo reconocía. Pero se había sentido mal cuando el Rey la llamó "hija de Yugi" porque recordó que en su tiempo la llamaban despectivamente así. O cuando la nombraban "enana" sabía que era más pequeña que la estatura promedio pero no le gustaba que se mofaran de eso. El Rey se estaba comportando de otra forma con ella, lo vio reír y bromear, es más parecía otra persona, no parecía el Rey serio y frío que ocupaba el trono Egipcio. Parecía un adolescente normal a su lado.

-Llegamos. -Anunció Isis y le hizo señas a la rubia y a la tricolor para que entraran a la habitación donde las llevó.

Vieron una mesa de madera la cual tenía pergaminos dispersados sobre la misma, dos pequeñas sillas. Les indicó que se sentaran en sus respectivos lugares. La clase estaba por comenzar.

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Mahad había sido llamado a los aposentos privados del Faraón. Se preguntaba en silencio que podría necesitar su Rey. Los escoltas que cuidaban la puerta de la habitación lo dejaron entrar sin anunciarse, eso le indicaba que el Faraón lo esperaba con urgencia.

Lo encontró de pie cerca de su palco privado, Atem lo veía serio y cruzó los brazos sobre su pecho, el hechicero trató de diferenciar la razón por la cual fue llamado a su presencia. Se inclinó ante el, siguiendo siempre el protocolo real. Hasta que escuchó su fuerte voz hablándole.

-Mahad. No es necesario que te inclines. Necesito tu sabio consejo. Respondió Atem mientras su amigo lo veía con confusión.

-¿En qué puedo ayudarlo mi Rey? Por alguna razón a Mahad le pareció que era serio lo que le diría.

-Mahad. ¿Crees que unas flores podrían agradarle a una chica para pedirle disculpas? Preguntó Atem tímidamente mientras se sonrojaba.

Por un momento el hechicero real creyó haber escuchado mal. ¿Su Rey estaba pensando en darle flores a Yuriko? Mahad no era tonto, el ya sabía para quién sería el presente.

-Mi Señor, a una dama siempre le gustarán las flores. Dependiendo que flores le agraden a ella. Sería un toque especial darle como presente sus favoritas. Respondió quería ver si Atem aceptaría que el presente era para ella.

-Entiendo. ¿Cuáles podrían ser sus favoritas? No tengo idea de cuales podrían agradarle. Volvió a preguntar sutilmente.

Mahad decidió que jugaría con las cosas un poco ya que necesitaba que su Rey aceptara que ese posible regalo fuera para su pequeña lirio.

Vio a Atem tomar uno de los jarrones de barro pequeños y vio como se servía un poco de agua en un pocillo de oro. Tomó un sorbo de la bebida mientras esperaba la respuesta de su hechicero.

-A Mana le gustan los jazmines, mi Señor.

Contuvo su risa disimulada cuando vio a su amigo y gobernante escupir su bebida. Lo vio toser un poco del contenido mientras lo veía como si le hubiera dicho algo improbable.

-¡Mahad! ¡El presente no es para ella! ¡Es para… mi princesa! Respondió sin pensarlo.

Atem se dio cuenta que había hablado de más. Desde el momento en que la nombró "Princesa" en medio de su enojo con el mercader sabía que en el Pueblo y en el Reino habían bautizado a Yuriko como "Princesa de Egipto" desde que Yugi se había marchado de sus aposentos, se hallaba pensando que podría agradarle. No podía darle joyas ya que anteriormente le había obsequiado el collar de su madre y le devolvió sus aretes, la cual era la posesión más valiosa de la chica. No podía darle un anillo porque sabía que podía malinterpretarse sus intenciones, además ella poseía en su cuello un rompecabezas milenario muy parecido al suyo. Y las flores fue lo único que se le ocurrió que podría agradarle. Pero no quería que Mahad supiera que el presente era para ella. Sin embargo cuando mencionó a Mana, no pudo evitar sobresaltarse y dejar en claro que el regalo no era para la castaña.

Había sido su prometida, la mujer con la cual existió un tiempo donde el quería pasar el resto de su vida con ella, con la cual compartió muchas cosas, su primer beso, su primera experiencia sexual. Casi llegaron a concertar su matrimonio, pero ya no iba a ser así. Ellos ya no iban a casarse. La había querido de eso estaba seguro, pero no la había amado.

Sus pensamientos cambiaron de un momento a otro. Un recuerdo en particular se hizo presente frente a él. Podía volver a remembrar cuando vio por primera vez a la hija de su "compañero" la vio caminar lentamente llevaba una falda de color negro y una blusa de color rojo. Su piel blanca y ojos verdes hacían resaltar aún más su belleza natural. Cabello de tres colores predominaba el negro, los reflejos fucsia y los mechones rubios del mismo la hacían ver como una dulce combinación de fragancias. Piel blanca como las estrellas del firmamento. Lo miraba con curiosidad como si tuviera muchas dudas en su cabeza. El la veía con sorpresa, ya que solo con mirarlo lo había cautivado. Para evitar que notaran su interés evidente en ella, al verse reflejado en los ojos de Yuriko, se distrajo con el rompecabezas que tenía sobre si misma. Algo que solo ellos dos podían ver y tocar. Su corazón latía con fuerza al recordar cada uno de los momentos a su lado y se sonrojó aún más sin notarlo. No quería estar peleado con la tricolor, quería estrecharla en sus brazos, depositarle un beso en su frente y decirle que todo estaría bien. Olvidó que Mahad estaba en la habitación observándolo desde hace un tiempo.

El castaño pudo notar dos cosas importantes. La primera fue que su Rey ya había superado su ruptura con su ex prometida, la segunda pero no menos importante fue que pudo ver que su Faraón tenía sentimientos encontrados por su invitada de honor, Yuriko. Aunque el Rey no lo quería reconocer y mucho menos aceptar. Había mucho misterio en como se habían conocido el padre de ella y su Faraón pero era evidente su interés por la chica.

-Faraón a ella le gustan las llamadas "Rosas Rojas" Lo otro que podría darle son Gardenias. Solo un pequeño consejo mi Señor. No vaya a verla en este momento, ella debe aprender a comportarse y aceptar sus errores. Le respondió con cautela.

Atem al escuchar a su amigo guardó silencio y lo vió con seriedad. ¿Por qué no quería que el fuera en ese momento a ver a Su Princesa? ¿Acaso Mahad se creía dueño del tiempo que compartían? De ser así debía encargase de que no convivieran tanto. Mahad era un hombre casado pero era el Maestro en Artes Mágicas de Yuriko. Además de Jono, Mireya y Kisara era uno de los allegados a la chica de ojos verdes.

-Mahad. Dame una buena razón para no ir a verla en estos momentos. El tono frío con el que dijo las cosas hizo estremecer al castaño, sintió que si no le daba una explicación clara al respecto lo encerraría en el calabozo.

-Mi Faraón. En este momento ella está en sus clases con su tutora, Isis, mi esposa. Además mi Rey es necesario que ella aprenda a respetar a sus autoridades. Deje que reflexione, ella regresará a disculparse con usted pero que nazca de su corazón ese deseo. Si usted va en este momento y la perdona, pensará que siempre va a salirse de los problemas sin mayores inconvenientes. Es necesario que ella madure. Dijo pensando cada una de sus palabras, manipularía un poco a los dos adolescentes, sí era el destino de Yuriko ser Reina de Egipto debía aprender a respetar a su futuro consorte.

Atem suspiró aliviado de que fuera por ese motivo que Mahad le pedía no ir a disculparse con ella. Su mejor amigo tenía razón, debía dejar que ella aprendiera la lección. Prepararía todo para cuando ella se le acercara de nuevo a él. Sonrió con seguridad.

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Yuriko veía los pergaminos con los ojos llenos de lágrimas. No entendía nada de lo que estaba escrito aunque lo intentara, tanto Mireya como Isis habían avanzado con la educación, pero ella aún no entendía muchas palabras en los pergaminos. Se sentía como una analfabeta. Su idioma natal era el japonés y conocía un poco el idioma inglés porque su madre le explicaba algunas palabras de su país natal, ya que era Estadounidense. Pero no podía entender nada escrito en el papel. Debía reconocer que si quería ser arqueóloga o egiptóloga en su futuro debería aprender el idioma. Pero en estos momentos no podía reconocer los jeroglíficos, le parecían más garabatos que palabras.

-Tutora, Isis. Habló modulando el tono de voz para que no se escuchara frágil.

-¿Qué sucede? Habló ella autoritariamente, había notado que Yuriko no había avanzado en la lectura.

-Necesito de su ayuda. La verdad es que no se leer. Respondió con vergüenza.

-¿Qué tú qué? Preguntó viéndola con incredulidad luego recordó que cuando compró a Jono le había entregado el pergamino de compra a Seth diciendo que no sabía leer el "antiguo lenguaje egipcio"

-Tutora, de dónde vengo este no es mi idioma nativo. Y no puedo entender el lenguaje de los pergaminos. Respondió con honestidad.

-Muy bien te los leeré en voz alta. Pudo ver que ella no le mentía al decirle que no podía entender nada de lo que estaba escrito.

La vio asentir mientras limpiaba las lágrimas que tenía resbalando por sus mejillas.

-Lo primero que toda mujer debe aprender durante su transición a doncella de la corte son las siguientes reglas importantes:

Regla número 1: Utilizar un tono de voz bajo y bien modulado.

Regla número 2: Saber escuchar.

Regla número 3: Evitar el uso de bromas pesadas o sobrenombres con sus superiores.

Regla número 4: Debe sonreír al solicitar y recibir un favor.

Regla número 5: Vestirse de manera adecuada.

Regla número 6: Toda dama de la corte debe caminar correctamente. No debe encorvarse al andar.

Regla número 7: Antes de entrar a un lugar donde no hemos sido invitados, debe tocar la puerta y esperar que se le permita el ingreso.

Regla número 8: Toda dama de la corte debe practicar el arte del bordado.

Regla número 9: Las doncellas de la corte deben aprender el arte de la danza.

Regla número 10: Una doncella de la corte no debe fijarse en algún superior. O en alguien que esté fuera de su alcance.

Al terminar de leer el pergamino Isis pudo notar confusión en la mirada de Yuriko, ignoró a propósito que Mireya la veía con fastidio, la regla número 10 no era precisamente la que le estaba diciendo a la tricolor. Realmente lo hacía porque quería que ella no se fijara en Mahad. Lo que no estaba tomando en consideración era que le había dado una idea equivocada a su ahora aprendiz.

-¿Todo eso debo aprender? Pudo ver que la tricolor se hallaba confundida.

-Si, empecemos con la modulación de voz.

-Si, tutora.

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Llevaba una semana aprendiendo las nuevas costumbres a las que debía apegarse. Estaba desesperada ya no quería seguir adelante con las mismas. Cada vez que se equivocaba Isis la golpeaba "benevolentemente" con un pequeño abanico de papel. La única que había avanzado mucho y ya parecía una verdadera doncella de la corte era Mireya. Tanto la había aturdido su aprendizaje que no había podido asistir a sus clases de magia con Mahad y no había tenido tiempo de buscar al Faraón. Llevaba una semana sin poder verlo.

Sentados cerca del jardín Jono y Yuriko estaban conversando. Los dos tenían un punto de vista en común: no querían seguir más con su llamada educación.

-Jono. Ya no quiero seguir tomando las clases con la tutora Isis. Le confió ella mientras sus ojos se llenaban de lágrimas mientras las retiraba con un pequeño pañuelo de lino.

-Te entiendo perfectamente, Yuriko, yo pienso igual. No entiendo nada. El Mentor Seth me explica y no me doy abasto, son tantas reglas de etiqueta por aprender. Respondió el haciendo un pequeño puchero mientras cruzaba los brazos.

Los dos se vieron a los ojos, pudieron distinguir que ambos compartían la misma frustración y decepción.

-Buenos días, un gusto saludarlos mis queridos amigos. Hoy es un lindo día, ¿no les parece? Saludó con mucho entusiasmo a sus amigos. Lo que no esperaba era que ambos la vieran con enojo y molestia.

-Presumida. Susurraron mientras la ignoraban en silencio.

-¿Qué les pasa a ustedes dos? Preguntó sintiéndose ofendida por el desplante que le hacían ambos compañeros.

Para Mireya no era ningún secreto que tanto Jono y Yuriko despreciaban la educación que estaban recibiendo con los Sacerdotes del Faraón. Ella sabía que no se habían criado en un entorno tan exigente con sus modales o su forma de expresarse, el rubio había vivido muchos años en la calle, mendigando y trabajando para poder llevarse el pan a la boca, no era alguien acostumbrado a ser educado con las personas. Era una persona sin rodeos la cual decía las cosas sin fingir sobre lo que pensaba. La tricolor era una persona que a simple vista se podía notar que estaba acostumbrada a ser libre y hacer las cosas a su manera. Pero no era alguien que estuviera dispuesta a estar bajo la presión a la que era sometida a cada momento. Era notorio que estaba estresada.

La rubia había notado que Isis la estaba sobrecargando de aprendizaje, lo hacía con intensión de que Yuriko se mantuviera alejada de su maestro Mahad. Y al menos por una semana lo había conseguido, no había podido hablar con el hechicero ni mucho menos había tenido interacción con sus padres o el Faraón. Isis la estaba exiliando con cada pergamino que le obligaba a memorizar.

-Perdón Mireya, tú no tienes la culpa de nuestras desgracias. Respondieron al unísono, se sentían avergonzados por la forma en la que habían actuado.

-Jono. Yuriko. Lo siento yo no debí hablarles así. Sé que ha sido difícil su aprendizaje. Respondió ante ellos.

Antes de que pudieran replicar un escolta se acercó al grupo de amigos.

-Señorita Mireya, Joven Jono. El Faraón desea verlos en este momento. Fue lo único que les informó, se retiró sin dar mayores detalles.

Los rubios se vieron entre sí con confusión. Se despidieron de la tricolor y procedieron a irse en silencio.

Al verse sola, Yuriko, reflexionó su situación. Caminó lentamente hasta llegar cerca de los árboles del jardín, suspiró con fuerza, ya que tenía una semana de no hablar con sus padres, ni había podido disculparse con El Faraón. Su frustración crecía con cada pensamiento, lejos de sentirse como una "doncella de la corte" se sentía como una ignorante, le dolía darse cuenta que era una inútil. La modulación de la voz y la postura fue lo más fácil del aprendizaje.

Lo difícil era los modales en si. Tenía prohibido ser sarcástica y debía sonreír a cada momento del día, estaba prohibido entrar sin tocar las puertas y lo que más le costaba a la tricolor era que no estaba acostumbrada a no responder las ofensas. En esa semana Isis la había golpeado con el abanico más de 30 veces cada vez que no modulaba su lenguaje. Y siendo honesta consigo misma, no le estaba agradando la forma tan hipócrita en que la trataba su Tutora.

No tenía tiempo para buscar al Monarca, estaba sometida bajo un estricto control de actividades, a penas contaba con el tiempo para comer y dormir. Mientras limpiaba las lágrimas que deslizaban de sus mejillas pudo ver cerca del árbol algo que llamó su atención.

Parecía que uno de los escoltas reales había dejado sus herramientas de guerra, debajo del tronco. Sobresalía un pequeño arco de madera y unas flechas con puntas de hierro. Cerró los ojos lentamente mientras recordaba que en su época existió un tiempo donde a ella le llegó a interesar el deporte de la arquería. Al lanzar objetos había notado que tenía puntería sobre sus objetivos.

Tomó el arco y la flecha con sus manos; creyéndose sola en el lugar comenzó a lanzarle flechas a las ramas del árbol más grande, frondoso que estaba en el jardín.

-Soy una tonta. Nada me sale bien. Ni siquiera soy digna de acercarme al Faraón y disculparme con él. El jamás me perdonará al ver que nada me sale bien. ¿Por qué todo tiene que ser tan difícil para mí? Pensaba mientras lanzaba una por una las flechas del arco las lágrimas resbalaban por sus mejillas sin darse cuenta.

No estaba consciente de que alguien la estaba observando en silencio. Dándose cuenta de su gran potencial con el arte de la arquería. Tenía debilidades a la hora de sostener el arco y colocar la flecha, pero su puntería era precisa, aunque no tan fuerte.

La vio "entrenar" y se pudo ver a si mismo tiempo atrás cuando él era un joven inexperto. Pasó días enteros estudiando, entrenando para formar parte de la corte real del Faraón. Su origen humilde no fue un impedimento para ser el mejor aprendiz de su generación. Tenía 17 años cuando superó a su maestro y fue aceptado en la corte real del Faraón Aknamkanon y poco después fue ascendido a Sacerdote y Guardián del Cetro Milenario.

Observó a la mejor amiga de su prometida, la invitada de honor del Faraón y la llamada "Princesa de Egipto" la señorita Yuriko. Sabía que la mencionada estaba recibiendo una "educación especial" pues cometió la falta grave de insultar al gobernante de Egipto. El fue uno de los testigos de la pelea que habían tenido los dos adolescentes. En los años que tenía de servir en el palacio vio a su Rey actuar de manera sublime con sus invitados, no había visto al Monarca comportarse como realmente era. Desde la muerte del Faraón Aknamkanon, el príncipe ahora Rey había cambiado en su forma de ser. Pero cuando la señorita estaba cerca, sonreía con dulzura y su actitud autoritaria desaparecía al instante.

Seth tenía que reconocer que la chica le parecía una persona demasiado exótica. En una ocasión le había llamado "loca" cuando le mencionó unos términos que no entendió, además que su piel era blanca como la leche, y que venía de un lugar muy lejano. Lo único que le podía agradecer era su amistad con su amada. La verdad es que el si quería acercársele y saber porque casi todas las personas que la conocían la estimaban, se ganaba el cariño de sus semejantes.

Conocía a dos personas que no se llevaban con la llamada "princesa" el maestro Aknadin y Mana. Ambos le hacían desplantes; Yuriko siempre terminaba peleando con los mencionados.

Se acercó hasta quedar detrás de ella . Y tomó una impulsiva decisión.

-De esa manera, no se comporta una "doncella de la corte" Dijo mientras la chica lo observaba sorprendida de que alguien la hubiera descubierto haciendo travesuras.

-Y de esta manera no se comporta un Sacerdote del Faraón. Si no le importa Guardián le pido que se marche de este lugar. Su presencia me incomoda. Fue su única respuesta, tantas veces repitiendo el protocolo hizo que responder descortésmente fuera un arte.

-La Forma en la que lanzas las flechas está mal. Puedes lastimarte o lastimar a alguien. Respondió viendo la manera educada en la que, lo había mandado al Demonio.

-No le pedí su opinión, solamente le pido que no se meta en lo que no le importa Sacerdote Seth. Aunque trataba de ser cortés no podía, tragó en seco al darse cuenta que rompió tres reglas de la corte.

-Tienes agallas. No cualquiera tiene el valor de responderme a mí o a El Faraón. Quería ver la reacción de la tricolor al mencionar al Rey.

Sus ojos verdes brillaron con fuerza y se sonrojó levemente al escuchar que el Sacerdote le mencionaba al Monarca.

-No son agallas. En el caso del Faraón me dejé llevar por el enojo que tenía en esos momentos. Con usted es porque me está haciendo comentarios fuera de lugar. ¿Usted cree que yo lastimaría a alguien con las flechas? Verifiqué que no hubiera nadie cerca antes de lanzarlas. No soy tan imprudente con las personas. Usted es un idiota si piensa que no tomé precauciones.

-¿Sabes que ser grosera con un Sacerdote es un delito que se paga encerrándote en un calabozo? -Vio como la chica se estremecía al mencionar su posible castigo- Te propongo un trato. Ven aquí después de tus clases y puedo enseñarte algunas cosas para mejorar en tus tiros, no le diré a nadie que me insultaste si accedes a venir.

-Esta bien, lo veo aquí mañana. Disculpe la grosería de hace un momento. Respondió dejando el arco y la flecha en el suelo. Se despidió ya que le quedaban solo 5 minutos para llegar a su clase de bordado.

Seth la vio marcharse mientras corría con prisa, no solía ser manipulador pero ya había decidido tomar como pupila a la chica. Se emocionó en verdad ya que no había tenido a ninguna persona con el potencial de ella. Ni siquiera "la cosa" tenía ese nivel de entrenamiento.

El primer día de su entrenamiento fue uno de los más memorables para el castaño de ojos azules. Yuriko era frágil pero su cuerpo era resistente a los golpes. Vio su potencial como tiradora todavía más desarrollado al lanzar las flechas con las pruebas que le puso.

Estaba seguro que si el la entrenaba de manera adecuada ella podría llegar a ser una heroína.

Conversaron de como fue que nació su amistad con Kisara, Jono, Mahad y Mireya. Y como se dio su "acercamiento" con el Faraón.

Pudo ver que la chica estaba arrepentida de haber sido altanera y grosera con su Faraón, ella quería disculparse con el y darle un presente para reparar la ofensa. A Seth se le ocurrió una idea y se la hizo saber a la doncella de ojos verdes.

-Señorita Yuriko, para dar su tributo a nuestro Rey, puede utilizar esto. Dijo él dándole tres coloridas prendas en sus manos.

-Sacerdote Seth ¿Qué me aconseja hacer? Preguntó ella sin entender cuál era el mensaje tras dichas palabras.

-Confecciónele algún traje o alguna capa. Sí lo hace de esa manera y da las disculpas correctas el podría perdonarla pronto.

Vio los ojos verdes de la tricolor llenarse de emoción y alegría.

-Lo haré entonces. Gracias. Le sonrió con calidez y Seth no pudo evitar alegrarse. Comenzaba a entender porque a Mahad le agradaba tanto la niña.

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Atem veía incrédulo a los dos amigos de su princesa. Les había mandado a llamar por segunda ocasión en dos semanas consecutivas porque deseaba saber cómo había avanzado su educación. Parecían dos personas diferentes ya que dominaban a la perfección algunas reglas de etiqueta.

Yugi estaba presente ya que quería hacerles algunas preguntas. No había visto a su hija en casi dos semanas. Y le preocupaba, no había pasado tanto tiempo separado de su pequeña. Estaba complacido con la educación de sus amigos, pero quería verla a ella. Consideraba que Atem había sido muy injusto con el aprendizaje tan intenso que estaba recibiendo de parte de Isis.

Atem por su parte deseaba con todo su corazón ver a Yuriko. Dos semanas habían transcurrido desde su pelea. Estaba enterado de lo que había hecho su única Sacerdotisa, ya estaba buscando una solución ante la situación. Mandó a llamar a Isis y a Yuriko, era tiempo de ver si su aprendizaje estaba dando frutos.

Lentamente entraron a la habitación, caminaban las dos de manera elegante y pausada. El Rey Adolescente no pudo evitar emocionarse al ver a la tricolor de ojos verdes.

Ambas mujeres hicieron una inclinación ante su Rey. Yugi se alegró al ver a su hija, se veía serena.

-Aquí estamos mi Señor. Cómo puede notar la invitada de Honor de Egipto, está aquí para que usted pueda juzgar su avance. Respondió Isis serena más por dentro se sentía nerviosa. Se había excedido con la chica, sabía que su Rey no estaba feliz con el mini exilio que le había provocado a la niña.

Atem se acercó a la chica, no le importaba que su corte estuviera presente. Necesitaba ver que ella estuviera bien y sobre todo disculparse con ella.

-Yuriko. La llamó el mientras seguía haciendo su reverencia.

Ella se levantó del lugar donde estaba y alzó su mirada, le regaló una sonrisa al Monarca de cortesía.

-¿Sí? Dígame Faraón. Respondió ella con una voz moderada, dulce y baja.

Atem la observó en silencio. El quería disculparse con su Yuriko a solas. Pudo notar que su forma de expresarse había mejorado.

-Me complace ver que tú aprendizaje ha dado frutos.

-Gracias Majestad. Me alegra que usted esté complacido. -Volvió a sonreír en silencio- ¡Hola Padre! Alzó el brazo saludando a Yugi.

Pudo notar que Yugi se sobresaltó al ver que su hija le llamó "Padre" y no "Papá". Tanto su "Compañero" y él compartían la misma confusión, esa manera tan cordial de hablar no era propia de ella. Esa persona no era Yuriko.

Solo esperaría el mejor momento para pedirle disculpas a su Princesa.

Transcurrió una semana más. Aunque la Tricolor estaba libre de tomar sus clases, había decidido encerrarse en su habitación tiempo completo. No le había confiado a sus amigos lo que estaba planeando. Solo salía para comer, asearse y entrenar en secreto con su nuevo Instructor.

La chica en realidad estaba trabajando en la idea que le dio el Sacerdote Seth, esmerada en hacer el mejor presente posible. Y gracias a las clases de bordado que había recibido se le hizo fácil realizar lo que tenía planeado. Ya le habían dado las medidas correctas solo tenía que terminar.

No fue consciente de que había preocupado a medio palacio con su exilio voluntario. Recordó los tiempos en que se dedicaba a estudiar y se quedaba en su alcoba toda la tarde, leyendo sus libros de texto. Había terminado en un plazo de una semana lo que necesitaba.

Contempló su obra maestra con alegría, solo esperaba que a él Monarca le gustara el presente y la pudiera perdonar. Era tiempo de usar el vestido que le había encargado a Kisara en el Pueblo. Le había pedido prestado su maquillaje y perfume a Mireya. Estaba lista para encontrarse con el Faraón.

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Tres semanas. Atem no quería reconocer que este tiempo lejos de la "hija de Yugi" le estaba afectando demasiado. Su única interacción fue al presentarla como una bella doncella de la corte. Y aunque había dado la orden de que no la hostigaran con más clases, el creyó firmemente que lo buscaría en el instante que quedara libre, y ella no lo hizo. ¿Acaso se encontraba molesta por la intensidad de su sistema educativo? El Faraón solía dar paseos con su corcel ante todos por el Pueblo cuando salía al Reino por sus deberes reales. En estos momentos se hallaba comprando lo que Mahad le había recomendado entregarle a la chica. El ya no soportaba más la situación, estaba cansado de esperar, el sería quien se disculparía con ella. Le había dado demasiado tiempo y temía que con lo ocurrido la hubiese perdido para siempre. Con el ramo de flores en sus brazos emprendió el retorno al palacio. Nadie le impediría que ellos se reconciliaran el día de hoy.

Yuriko había envuelto el presente en un paquete sencillo de lino. Con una pequeña cuerda de color rojo había amarrado el centro del obsequio para que no se saliera del empaque.

Se había dado un baño y se había arreglado con pulcritud, el vestido de color azul con destellos dorados la hacían lucir bella. Tomó un poco del frasco de perfume y se aplicó en el cuello, vestuario y cabello. Maquilló sus labios de color rojo y aplicó delineador negro sobre sus párpados. No entendía porque pero quería verse linda ante el Faraón.

Ya era el momento de encontrarle y disculparse. Salió de su habitación tomando el presente en sus manos y fue a buscar al Faraón. Lo buscó casi por todo el palacio y no lo encontró. Únicamente ignoraba las miradas intensas que recibía de parte de los guardias y escoltas del palacio. Ella no estaba interesada en impresionarlos a ellos. Llegó al jardín y aunque no era lo correcto, se subió a un árbol, se sentó sobre las ramas, esperaría a que el Faraón hiciera acto de presencia.

Lo vio llegar con su caballo blanco y un hermoso ramo de flores. Gardenias para ser exactos. Le llamó fuertemente la atención el adorno floral, aunque rápidamente descartó que el presente fuera para ella, ya era el momento de disculparse, con el Monarca.

-¡Faraón! ¡Aquí arriba! Gritó sin pensarlo desde el lugar donde estaba sentada.

-¡Yuriko! ¿Qué estás haciendo ahí? ¡Bájate en este momento! Escuchó el gritó desesperado del Rey y pudo ver temor en sus ojos Violetas.

Se sonrojó al escuchar su nombre en la fuerte voz del Faraón, pensó que se veía lindo con el ramo en sus brazos además de que le gustaba el brillo de sus ojos aunque el estaba preocupado por ella.

-Necesito hablar con usted. No me pasará nada. Deme un momento.- Dijo tratando de bajarse del árbol, en el instante en el que su zapatilla tocó la rama el peso de su cuerpo rompió la misma y la hizo caer al vacío- ¡Aaaaa! ¡Faraón! ¡Aaaaa! Gritó con fuerza mientras trataba de sujetarse del árbol con su brazo derecho, sin lograrlo. En su brazo izquierdo llevaba el presente del Faraón.

-¡Yuriko! Atem hizo que su caballo corriera con rapidez y logró atrapar a la chica antes de que se golpeara con el suelo.

La atrapó entre sus brazos, ella quedó sentada en el regazo del Monarca, sus ojos verdes estaban abiertos lo veía con sorpresa y alivio.

-¡Faraón! -Gritó ella mientras lo abrazaba recostando su cabeza en su pecho- ¡Lo siento! ¡Lo siento tanto! Sin darse cuenta comenzó a llorar sus lágrimas mojaron la túnica del Gobernante estaba asustada por la caída, de igual manera porque no le gustaban los caballos.

-No tienes porque disculparte. No llores. ¿Te encuentras bien? ¿Estas herida? Le preguntó temiendo que ella se hubiese lastimado al caer.

-¡Sí tengo que hacerlo! Yo… yo… ¡Oh, Faraón! ¡Perdóneme por la forma tan grosera en la que le hablé la última vez! ¡No pude reconocer que usted estaba bromeando conmigo! Llevo tres semanas pensando en darle algo para agradarle y precisamente el día que lo termino, tengo que arruinarlo con mis tonterías. Respondió viéndolo a los ojos, ya no lloraba pero su tristeza se reflejaba en sus facciones.

Atem se sonrojó al comprobar que tanto él como ella estaban pensando en el otro durante estas tres semanas. Se sintió regocijado al saber que ella estaba buscando un momento adecuado para acercarse a él y disculparse. Su Princesa lo quería y el aunque lo negara a cada momento el también la quería. El afecto que le tenía era diferente al que había sentido por cada persona de su época y por las que había conocido en el siglo XXI.

-Yuriko. Yo también te suplico que me perdones. Yo no debí ser soberbio contigo, no debí hablarte tan fuerte. ¿Me perdonarías Mi Princesa? Le dijo viéndola con ternura colocando su mano en su mentón.

Ella se sintió muy emocionada y al mismo tiempo estaba feliz, no podía creer que el Faraón le estaba solicitando su perdón.

-Si, mi Faraón. ¿Usted me perdona a mi? Preguntó con dulzura, ella lo observó esperando su respuesta.

-Si, mi Princesa. Su corazón latía con fuerza al escucharla llamarlo "mi" Faraón. Todo Egipto lo llamaba así pero en este momento solo le importaba ser el Rey de Yuriko. Únicamente de ella, solo a ella quería escucharla llamarlo "mi Faraón".

-Le doy este presente como símbolo de mi solicitud de perdón. Le dijo extendiéndole el paquete a el Rey.

-Gracias, Yuriko. Esto es para ti espero te agraden. Confesó sonrojado recibiendo su presente y entregando el suyo a ella.

-¡Son Gardenias! ¡Son una de mis flores favoritas! ¡Gracias muchas gracias mi Faraón! Sonrió con dulzura viéndolo directo a los ojos.

Violeta y verde se encontraron en medio de ese mar de sensaciones. Sus corazones latían con fuerza, su sonrojo crecía a cada momento, sin darse cuenta se estaban acercando lentamente, Atem veía hipnotizado lo labios rojos de Yuriko, ella veía los labios morenos del Faraón, ambos pensaban en que se podría sentir si se besaban. Yuriko cerró los ojos esperando que el amigo de su padre la besara. Debía reconocer que no se había sentido con tanta confianza así como lo estaba en este momento. Ella no sabía besar, sería su primer beso. Yuriko no entendía cómo llamar a estos sentimientos nuevos que florecían en su corazón.

Atem por su parte se sentía muy emocionado, sintió su respiración agitada, se acercó con intención de besarla, tenía que reconocer que adoraba a esa chica que tenía frente a él, a pesar de que ella era la hija de su "compañero" no pudo evitar que ella lo cautivara, sí la besaba sabía que no había marcha atrás, si lo hacía no podría alejarla de su cuerpo ni de su vida. Sí sus labios se tocaban el le juraría lealtad y fidelidad por la eternidad.

-¡¿Que estas haciendo sentada encima del Faraón?!

Fue lo que escucharon y les hizo separarse con sorpresa. Yuriko recordó que estaba "sentada" sobre el regazo del Monarca, se bajó con el ramo de flores en sus manos e hizo lo único que hacía cuando no tenía una respuesta lógica: huir.

Corrió y corrió sin mirar atrás hasta que llegó a su habitación. Se sentó en la orilla de la cama y contempló las flores en silencio. Ya tenía un lugar donde ponerlas, sin notarlo el rompecabezas que tenía sobre su estómago brilló tenuemente, su actual poseedora se encontraba feliz. Estaba agradecida de que el Faraón la disculpara. De ahora en adelante lo llamaría "mi Faraón"

Atem no pudo evitar ver con enojo a su ex prometida. Con su grito había provocado que Yuriko saliera corriendo con el ramo de flores en sus manos.

-No tenías porque gritar. Exclamó viéndola con molestia.

-Ella estaba sentada en su regazo. No tenía que estar sobre usted. Dijo sintiendo ganas de golpear a la tricolor.

-El único que decide quién puede estar o no estar sobre mi, soy yo. No te metas en mis asuntos, Mana. Se bajó de su caballo y se dirigió a sus aposentos privados, ya que quería ver el regalo de su princesa.

Mana lo vio irse en silencio, fue testigo de que Atem y Yuriko se estaban casi besando cuando los interrumpió. No podía permitir que su relación siguiera avanzando ella no perdería al hombre que amaba frente a una niñita caprichosa.

Atem llegó a su habitación y abrió su regalo con prisa. Se quedó sorprendido de lo que vio frente a sus ojos: una magnífica capa de color rojo y un traje de color azul oscuro con detalles dorados. Ella lo había hecho con sus propias manos, eso era lo que había estado haciendo durante una semana entera, decidió que los utilizaría en eventos importantes de su Reino. Las prendas se habían vuelto preciadas en sus manos.

Todos estaban reunidos en el comedor excepto por una persona que aún no había llegado. Atem le había pedido a Yugi que se sentara un lugar después de dónde solía estar. Yugi aceptó aunque se dio cuenta que tenía que estar relacionado con su hija que aún no llegaba para almorzar.

Yuriko entró en el comedor caminando lentamente. Hizo una reverencia ante todos y se iba a sentar al lado de su madre y Jono. Atem se levantó de su lugar en la mesa y le tomó la mano con suavidad, ella entendió que el Faraón quería que se sentara a su lado. Le sonrió con dulzura e hizo lo que él sin decir nada le pedía.

No le soltó ni rechazó en ningún momento. Ella se sentó al lado derecho del Faraón, quedando sentada en medio del Rey y su padre. Toda la corte real tragó en seco al ver dónde el Rey le pedía sentarse. Ese lugar donde ella se encontraba únicamente le podía pertenecer a la futura Reina de Egipto.

Atem aclaró su voz, creyendo que nadie le estaba prestando la debida atención. Cuando la realidad era que todas las miradas estaban puestas sobre el.

-Quiero hacer un anuncio importante: Les informo que la señorita Yuriko y yo hemos resuelto nuestras diferencias. La voz fuerte y autoritaria fue escuchada en todo el comedor. Siguió tomando su mano y la vio con ternura, reconocía que estos sentimientos eran nuevos para él.

Aknadin se enfureció aún más al ver la escena. Se dio cuenta que su hijo no podría gobernar Egipto. Porque el no era un estúpido que no se daba o fingía no darse cuenta de lo que pasaba su "querido" sobrino veía a esa asquerosa extranjera de la misma forma en que su difunto hermano solía ver a su amada Reina. Era tarde, Mana, no había podido separarlos y ahora el Faraón estaba prendado de la enana insolente. Sí antes la despreciaba ahora podía reconocer que la odiaba ella y a la prometida de su hijo. Ya encontraría la forma de deshacerse de las dos.

Mana sintió sus ojos llenarse de lágrimas. A ella nunca le tomó la mano en público ni mucho menos llegó a verla de esa forma tan especial. Había perdido la guerra antes de la primera batalla.

Mahad sonrió con sutileza. Sabía que su consejo había dado los resultados esperados, ya no tenía duda alguna de que su Rey y su pequeña lirio se habían disculpado mutuamente. Y lo que estaba confirmando era claro, ambos tenían emociones fuertes por el otro.

Yuriko no pudo evitar sonreírle al Faraón, su sonrisa era dulce y sincera, sentía gratitud hacia el Monarca por haberla disculpado. Trató de disimular su sonrojo, le agradaba que le tomara su mano.

El único que no se sentía bien con lo que estaba viendo frente a sus ojos era Yugi, solo porque conocía a Atem podía decir que el y su hija eran amigos cercanos ya que "su otro yo" no pondría sus ojos en su hija ¿Verdad?

Sí tan solo Yugi entendiera que la verdad estaba frente a sus ojos. Solo que él se negaba a aceptar lo que estaba pasando.

Después de casi tres semanas sin salir iría con sus amigos al Pueblo. Se puso el vestido de color negro con detalles dorados que le había confeccionado Mireya. Solamente le faltaba una persona muy importante: Mahad. No lo había visto desde el almuerzo, había pedido informes de dónde se podría encontrar, las respuestas que le dieron fue que estaba entrenando junto a su aprendiz a Orillas del Río Nilo.

Salió del jardín junto a Jono, Mireya, Kisara y el Sacerdote Seth, a pesar de su miedo a los caballos tuvo que ir en el mismo caballo donde iba Kisara, tomó de la cintura a su mejor amiga, y la abrazó con fuerza. Jono y Mireya se fueron juntos ya que Seth viajaría solo.

No tardaron mucho en llegar al Nilo. La chica de ojos verdes quedó embelesada al ver la belleza y magnitud del famoso río del cual le habían explicado en su clases de geografía. Sus queridos bisabuelos le habían contado sobre sus aventuras en dicho lugar. Este lugar era antiguo y por eso las aguas eran cristalinas, volvía fértil todo el lugar a su alrededor.

Se bajó del caballo ya que no quería estar más sobre él. El único que podía hacerla sentir mejor sobre el animal era el Faraón. El le daba tranquilidad, cuando estaba a su lado.

-Ya regreso, iré por Mahad. Ojalá el quiera acompañarnos. Le anunció a sus amigos.

-Yuriko, iré contigo. Dijo Jono con determinación el era su escolta personal, tenía que acompañarla a cada momento.

-No es necesario, no voy a tardarme mucho. Aunque gracias Jono.

Sin esperar más respuesta comenzó a caminar, quería que el hombre al que consideraba su hermano les acompañara. Tenía 3 semanas sin estar conviviendo con él y lo extrañaba mucho.

Divisó dos siluetas en la lejanía, estaban entrenando con báculos de madera. Mahad se veía sereno mientras Mana le reclamaba algo que la tricolor no había logrado entender.

-¡Mahad! -Exclamó con emoción su único interés era hablarle a su maestro- ¿Interrumpo algo? Lo único que le quedaba claro era que Mana había quedado seria al verla.

-Sí. Algo importante de nosotros… Mana calló al instante ya que Mahad no la dejó terminar de hablar.

-No, no es importante, Yuriko. Dime, ¿Qué necesitas? Dijo sonriéndole, tenía mucho tiempo de no escuchar su voz.

-Quería pedirte que vinieras al Pueblo con nosotros, iremos todos, hasta el Sacerdote Seth nos acompañará. Le dijo ella muy ilusionada de poder ir.

-Claro, mi pequeña lirio. Iré con ustedes. Dame un momento solo voy a recoger mis materiales de estudio. Espérame aquí. Mana el entrenamiento finalizó, puedes volver al palacio sí lo deseas o puedes quedarte sí es tu deseo. Dijo para finalmente dejar solas a las dos chicas.

-¿Quieres venir con nosotros? Le invitó la tricolor a la castaña a pesar de que la había discriminado por el color de la piel. Quería que se disculpara con Kisara.

-No me interesa ir. Respondió altanera tratando de provocar a la menor.

-Como quieras. Dijo restándole importancia, el desplante hizo enfurecer a Mana.

-¿Por qué tienes que entrometerte en mi vida? ¡Estúpida niña! ¡Mi maestro iba a enseñarme algo importante y por tu culpa, no lo hará! Estalló finalmente en gritos que hicieron que la chica de ojos verdes la observara fijamente.

-¿De qué hablas? ¡Mahad dijo que no era importante! Respondió cansada de que Mana la culpara de eso.

-¡Solo viniste a quitarme lo que por derecho me corresponde! ¡Me quitaste a mi Maestro y me arrebataste a mi Faraón! ¡Malditos tú y tu asquerosa familia!

Mana dejo de gritar en el instante en el que recibió una cachetada en la mejilla derecha. Yuriko la había golpeado sin pensarlo.

-Escúchame bien Mana. A mí me puedes decir lo que quieras, tus palabras no me afectan en absoluto. Pero con mi familia no lo permitiré. ¡Te lo advertí! Exclamó tumbando a la aprendiz al suelo mientras le propinaba golpes en la cara.

-¡Quítate de encima! ¡Estúpida! Gritaba Mana con fuerza, estaban forcejeando entre sí, la castaña le arrancó a la tricolor, el collar que le había regalado el Faraón y el DiaDhank.

-¡No lo haré! ¡Hasta que aprendas a respetar a mis padres! ¡Desgraciada! Yuriko no podía controlarse cuando agredían a Yugi y a Rebecca.

-¡Suéltame! Logró darle alcance a su báculo y susurró un hechizo de levitación, su única intención era evitar los golpes de la chica de piel blanca.

Sus pensamientos la traicionaron inconsientemente, solo pensó en que si la chica frente a ella desaparecía, podría recuperar el amor de Atem. Su magia se desequilibró y en vez de solo hacer flotar a la chica, la arrojó lejos de ella.

-¿Qué haces? ¡Aaaaa! -Gritó al sentir como su cuerpo salía hacia atrás- ¡¡Mana!! ¡Ayúdame!

Lo último que pudo ver antes de caer a las aguas frías del Nilo, fue a la castaña asustada viendo con terror cómo caía y lo que ya no pudo ver era la desesperación con que la veía Mana mientras era arrastrada por la fuerte corriente del Rio.

-¡¡Yuriko!! Gritó una fuerte voz masculina. Mahad había visto todo, se arrepentía de haberse ido, no pudo ayudarla con su magia por estar demasiado lejos.

La vio desaparecer frente a sus ojos. Nunca se perdonaría el no haber estado para ella.

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Bueno amigos hasta aquí llegó el quinto capítulo de "El Conjuro Secreto".

Muchas gracias a: Guest y a Jrauser por dejar sus comentarios en la historia.

El anuncio que hago a continuación es el siguiente: Hagers a partir de este capítulo dejará el proyecto por motivos personales.

Lamento que las cosas terminaran así.

A partir del capítulo seis todo estará a mi cargo. Las actualizaciones tardarán un poco más en ser redactadas podría tardar de tres semanas a un mes en publicar los capítulos.

Gracias a todos los que le dieron una oportunidad a esta historia y no los defraudaré. Cómo se dijo al inicio del fanfic cada capítulo ya está planeado y creado. Lo que me falta es plasmar las ideas.

Atentamente,

Sharlotte Soubirous.