Hola amigos ya tengo listo el capítulo 11 de "El Conjuro Secreto" espero sea de su agrado.
Yu-Gi-Oh le pertenece a Kazuki Takahashi.
Sin más que agregar doy por iniciado el capítulo. Este capítulo narrará la historia de Sameh. El personaje recién introducido en mi historia. Cabe resaltar que tendrá protagonismo en la historia. Como han notado hay ciertos personajes que si me pertenecen en su totalidad: Yuriko, Mireya, Tadeo, la Reina Shani y Yohei. En el caso de Jono y Teana pertenecen al Videojuego "Forbidden Memories" y los personajes que son obra y creación de Kazuki Takahashi.
Se que la historia no ha recibido la atención que me gustaría pero adoro escribirla. Es mi regreso después de 10 años de que abandoné los fics. Así que seguiré escribiendo lo que tengo planeado.
Muchas gracias a los que leen la historia aunque no comenten nada. Y a los que si han comentado me agrada saber que adoran mis ideas que solo son ficción.
Gracias. Como mencioné en el capítulo anterior Sameh está inspirado en un personaje que ha creado Santiago. Esperemos el momento donde el de a conocer su creación original.
Soundtrack recomendado a escuchar en este capítulo: "Contigo Estoy" Canción interpretada por Cecilia Toussaint Año 2006. Perteneciente a la película "Tierra de Osos 2" de la franquicia Disney.
Advertencia 1: Narraciones sobre asesinato.
Advertencia 2: Menciones religiosas mezcladas con ficción.
Advertencia 3: Lenguaje vulgar.
El Conjuro Secreto: Capítulo 11: Sameh El Escriba Real Parte 1
Sameh caminaba lentamente mientras se dirigía a la biblioteca real. Tenía algunos privilegios desde que se había vuelto la compañía de la Princesa Yuriko. Su nombre le daba curiosidad, ella le había comentado que su nombre era oriental, y qué significaba "Pequeña Lirio" entendía con mayor claridad porque le habían puesto ese nombre sus padres. Pero la razón por la que se dirigía a ese lugar era sencilla: Necesitaba hablar con el Hechicero de la corte: Mahad. Se había informado de los horarios del mago y estaba enterado que tres veces por semana antes de la comida el se hallaba estudiando pergaminos antiguos en este lugar. Era el momento de dejar claras sus intenciones para con la llamada Princesa.
Sameh ya era un adulto. Sabía que la chica de ojos verdes era una adolescente menor a él, pero él al ser una persona objetiva había notado varios panoramas que otros se tardarían años en descubrir. Solo con observar de una manera analítica las cosas se había dado cuenta de las siguientes situaciones:
Situación número uno: Mahad el hechicero real tenía una esposa. Pero su amistad y cariño hacia Yuriko era como si fuesen dos hermanos.
Situación número dos: Jono el escolta real es el mejor amigo de la chica de ojos verdes y está enamorado de Mireya. Una de las doncellas y amigas de la princesa.
Situación número tres: El Faraón está enamorado de la Princesa y la gran mayoría de los que trabajan en el palacio lo saben. Los únicos que parecen ignorarlo es el padre de ella y la misma chica.
Situación número cuatro: Kisara la esposa del Sacerdote Seth. Es la mejor amiga de la tricolor, pero él está seguro de que ella dentro de si alberga un gran poder.
Situación número cinco: Mireya, la doncella real, está enamorada de Jono aunque lo niegue. Es una de las mejores amigas de Yuriko y el cariño que se tienen es correspondido.
Situación número seis: El Señor Yugi se parece demasiado al Faraón y él quiere entender porque, si no son familia.
Situación número siete: El Sacerdote Aknadin no es alguien de fiar.
Y así sucesivamente Sameh podría seguir todo el día pensando en las situaciones que había descubierto en menos tiempo del esperado. Finalmente pudo entrar a la biblioteca y tal como ya lo suponía sentado en una de las pequeñas sillas y sobre la mesa de madera con varios pergaminos esparcidos en la misma se encontraba Mahad. Quien al verlo entrar a la habitación lo observó con seriedad.
-Buen día, Sacerdote Mahad. ¿Estará desocupado? Me gustaría charlar un poco con usted. Dijo el chico de cabello de color morado mientras hacía una reverencia ante su autoridad.
-Buen día, Sameh. ¿De qué quieres hablar? Respondió con rudeza. Se sentía un ambiente tenso con los dos hombres.
-De la Princesa Yuriko.
Mahad observó con una sensación de enojo y fastidio dentro de su pecho al joven de ojos rojos frente a él. Al fin se atrevía a hablarle de ella. ¿Acaso venía a fanfarronearle el hecho de que su presencia los había separado a los dos? Que había alejado a la persona que más quería de su vida. Porque si Mahad amaba a Yuriko como una hermana menor y ella le había demostrado que le correspondía el sentimiento. Ella también lo amaba aunque no se lo dijera. Había notado que su forma de expresar sus sentimientos era abrazar a las personas que más quería.
-¿Qué quieres hablar de "Mi" Aprendiz? Hizo énfasis en la palabra mi con fuerza.
-No pretendo alejarte de ella.
Creyó haber escuchado mal y se levantó de la silla donde se encontraba sentado. ¿Qué no pretendía alejarlos? Yuriko lo había estado ignorando desde que compartían las tardes el extranjero y ella, había puesto distancia mientras pasaba menos tiempo con él y con Jono. Los tenía olvidados a los dos. Pasaba las tardes sentada en el jardín con Sameh mientras hablaban de quién sabe que temas con el adulto. Y cuando alguien se acercaba dónde estaban los dos, ella lo observaba mientras él le negaba algo en silencio con la cabeza y procedían a cambiar de tema.
-¿Qué no pretendes alejarnos? ¡Ella me ignora por darte prioridad a ti! ¡No se qué le has dicho pero está cambiando su forma de actuar! Mahad trató de no exaltarse pero no pudo lograrlo, sentía que se estaba burlando de él.
-Sacerdote. Ella está buscando la manera de protegerte. Y mi única ocupación es ayudarla. Yo no voy a reemplazar tu lugar. Me haré mi propio lugar en su vida. Es lo único que quería decirle.
-¡Escúchame bien Sameh! Lo que me estás diciendo es una burla hacia mí. Ella es mi Pequeña Lirio. Y nadie va a romper la amistad que tenemos. ¿Protegerme? ¿De qué estás hablando? Ella no tiene porqué hacerlo, quién debe cuidarla soy yo.
-Sacerdote, el término que usas es desconocido para mí. Solo puedo decirte que estás ignorando muchas verdades con respecto a la princesa. Te repetiré lo que dije hace un momento. No los voy a alejar. Si de verdad eres alguien sabio podrás comprender porque ella ha puesto distancia. Pregúntale hoy al atardecer. Con su permiso. Sameh salió de la biblioteca. Hoy era el día pactado con Yuriko para obtener las respuestas que buscaba.
Mahad lo observó incrédulo. ¿Al atardecer? Claro que iría, no podía soportar la distancia entre ellos. ¿Acaso así se sentía Atem esas dos semanas en las cuales Yuriko no se le acercó?
Debía darse prisa le correspondía hablar con el escolta real.
Llegó a el patio donde entrenaban los escoltas y guardianes que custodiaban la vida del Faraón, el Gobernante de todo Egipto. El lugar donde se encontraban entrenando la tricolor y el rubio. Sabía que ella era la única mujer que estaba recibiendo entrenamiento militar. Kisara y Mireya solo se instruían en un tal "DiaDhank" y Yuriko era la única que entrenaba en el arte de la espada, arco y flecha.
Sameh no había podido observarla mientras luchaba junto a su escolta personal, pero desde que ella le confesó que sus "amigos" término que no entendió cabe resaltar estaban en peligro mortal, se había vuelto más dedicada a él entrenamiento. Se sorprendió al verla pelear con la espada con el Sacerdote Seth mientras el sonido del acero al chocar le daba una sensación de que el hombre frente a ella no estaba luchando con todas sus fuerzas, mientras que la tricolor si estaba a su límite. De un momento a otro ella en plena lucha logró quitarle de su mano derecha la espada a el castaño mientras procedía a lanzarla lejos y con su propia espada lo acorralaba contra la pared. La punta filosa de la espada de la chica de ojos verdes quedó apuntando hacia el cuello de Seth quien la veía sorprendido de tal hazaña. Ni siquiera Atem había logrado quitarle la espada en un "encuentro amistoso" había bajado la guardia ante esto o de verdad ella estaba dispuesta a ser la más fuerte de sus guerreros.
-Buen entrenamiento, Seth. Aunque no tienes que fingir que te he ganado. La tricolor alejó su espada de su Mentor mientras le sonreía con nerviosismo palpable en su rostro. Sentía que se había excedido con su pelea.
-¿Fingir? Yuriko yo no finjo las derrotas, no soy Jono que se deja ganar a propósito. Le respondió con seriedad a su pupila, ella de verdad le había ganado a él. Si ella fuese una enemiga lo habría derrotado rápidamente.
-¡Jajaja! ¡Seth qué gracioso eres! -Dejó de mofarse en el instante en el que vio que Seth estaba cruzado de brazos frente a ella- ¡Lo siento, Mentor! No volveré a reírme de ti. ¿Puedo tomar un descanso?.
-Claro, vámonos. Parece que el sabelotodo quiere hablar con la cosa. Respondió divertido mientras la tomaba del brazo ella se quedó pensativa procesando las palabras de su amigo.
Sameh observó que el moreno de ojos rojos entrenaba con el arco y la flecha. Era bueno en combate cuerpo a cuerpo y en el arte de la espada. Pero era pésimo con la arquería. No tenía buena puntería y era necesario que mejorara en ese sentido.
-¡Jono! Le llamó Sameh con un poco más de confianza. El mencionado alzó el rostro al ver que lo estaban nombrando. Lo observó con seriedad pero dejó de lado su arco y flecha.
-¿Qué quieres Sameh? Le dijo de manera más brusca que de costumbre, esa actitud de Jono era normal en él.
-Hablar contigo.
-¿De que quieres hablar? No tengo tu tiempo, tengo mucho que hacer. Respondió fingiendo que no estaba molesto con el chico de cabello morado.
-De Yuriko. Quiero que sepas que…
-¡Cállate! ¿Vienes a decirme que te nombró su escolta personal y que yo ya no soy necesario para ella? Estalló finalmente con los pensamientos que tenía desde que la chica de ojos verdes lo había ignorado la primera vez.
-No es nada de eso en primer lugar. En segundo lugar estás equivocando las cosas. En tercer lugar no me grites, me dan dolor de cabeza los mismos. Solo voy a informarte que no es mi intención que ustedes dos se alejen. Si quieres saber porque ella ha estado tan distante, pregúntale al atardecer. No agregó más palabras y se marchó del lugar. Sabía que Jono le buscaría a los dos después.
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Yuriko caminó e introdujo sus pies en el agua cristalina de la fuente. Algunos ya lo habían bautizado como "El Jardín De La Princesa" porque era el lugar donde podían encontrarla con facilidad. No era su jardín y ella no era una princesa, había una persona que la había llamado así y su corazón latía con fuerza al recordarlo.
-¿Me perdonarías mi princesa? Le dijo el Faraón mientras colocaba una de sus manos en su mentón viéndola con ternura.
En el pueblo ya la llamaban "Princesa" antes de que el Monarca lo hiciera, pero desde que él la había llamado a ella así en su presencia le había quedado ese título: "Princesa de Egipto" y ahora era el sobrenombre con el que la conocían en la región. Si de verdad iba a tomarse ese papel en serio ya era el momento de hacerlo válido. No sólo protegería a sus amigos. Lo haría también con el pueblo. Aunque hubieran muchos que la rechazaban aún por su color de piel. No quería que le temieran o respetaran por el título con el cual le conocían.
En su época la mayoría de las mujeres la rechazaban por ser la "débil" hija de Yugi Muto. Sufrió años de desprecios, burlas y golpes y había tenido que recurrir a los gritos y aunque le diera vergüenza admitirlo, a los golpes con las "señoritas" de su época. En esta época había sufrido el rechazo por el color de su piel. Pero si se tomaba en serio su papel como supuesta princesa del Reino de Egipto podría demostrarle a todas esas personas prejuiciosas su verdadero valor.
Ella sería más que la "Invitada de Honor" más que la "Princesa de Egipto" y más que la "Protegida del Faraón" y con su fuerte determinación y voluntad lograría ese cambio en las tierras áridas de la nación que le daba cobijo.
Sameh se sentó con ella e imitó su acción en la fuente. Faltaba poco para el atardecer y sabía que los citados llegarían pronto con ellos. Utilizó un conjuro no verbal para hacerse invisible así parecía que Sameh estaba sentado solo en el lugar.
Se sorprendió al ver que Mahad y Jono se acercaban hacia donde estaba el dúo presente.
¿Qué había planeado Sameh?
Lo que fuera era mejor resolverlo poco a poco. Podía intuir que la razón de tal reunión era por su objetivo.
Cerró los ojos con lentitud, dio un pequeño suspiro y la lluvia de las anécdotas de lo que le había contado Sameh hace unas horas se hizo presente en forma de recuerdos. De algo que ella no vivió pero que si podía imaginar.
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Muracuc
8 Años Antes.
La luz que entraba por la pequeña ventana de barro en su hogar le ayudaba a leer con mayor claridad los pergaminos y papiros que tenía en sus manos. Su corazón latía con alegría al leer detalladamente lo que su padre le había comentado días atrás. Se sentía emocionado al ser el aprendiz a escriba más joven de la región. Tenía 11 años pero ese no era pretexto para ser rechazado en el arte que había escogido desempeñar.
Desde pequeño le llamó la atención los confines del conocimiento. A pesar de que aún era un niño algunos por su seriedad e inteligencia lo comparaban con un adulto.
Sameh observó con cariño la pluma y la pintura que debía utilizar para iniciar su propio papiro. Al ser hijo único de el matrimonio conformado por Nadim y Hamila existían ocasiones donde él se aburría y para evitarlo se dirigía a la plaza del pequeño poblado al que pertenecía. El pequeño pelimorado sabía que en ese lugar podría conversar con otras personas sobre sus conocimientos.
Desde que vio las estrellas del firmamento deseaba saber lo que formaba parte de las distintas constelaciones del cielo azulado, saber que existía más allá de Alá, el dios que su pueblo veneraba con fervor, y aunque él no era religioso sus dudas más allá de que si era el único dios. Sabía de antemano que la gente de su raza era demasiado extremista con los temas relacionados a su dios.
Aprendió que habían conversaciones delicadas que no podía tratar con cualquier persona a propósito.
-Sameh. ¡Mi niño! Es momento de almorzar. Ven. Deja los pergaminos en la mesa, seguirás después con eso. Le llamó su madre una hermosa mujer de cabello morado y ojos color gris.
-¡Voy mamá! Respondió mientras guardaba los pergaminos debajo de la pequeña mesa de madera que adornaba su pequeña casa.
Le gustaba la compañía de sus padres, a veces le gustaba recostarse sobre su pequeño camastro y que su madre le acariciaba la cabeza mientras le cantaba aquella canción de cuna humilde que de ante mano había escuchado a los otros niños del lugar decir que sus madres les cantaban.
Sameh suspiró con un poco de tristeza al verse solo. Los niños y niñas de la aldea no solían acompañarlo ni jugaban con él por el siempre motivo de que lo consideraban un sabelotodo. A los niños no les interesaba saber de dónde provenía el río que los abastecía de agua ni las lluvias que en ocasiones tenían en la aldea. Mucho menos les llamaba la atención donde provenían los conocimientos del bien y el mal.
Recostado observó a sus padres, su mamá se acercó mientras le susurraba al oído aquella canción a la cual había una sola palabra que no lograba comprender:
-Oirás una voz sin saber en dónde estás. Dice: "Ya no llores más, contigo estoy" Querrás encontrar un amigo fiel de tu misma piel. Contigo estoy. No habrá montaña sin escalar, el río del tiempo lo puedo cruzar, tú en tu camino, yo al mío voy. Mi luz te doy… Contigo estoy. Contigo estoy. Contigo estoy.
Le gustaba esa pequeña canción de cuna. Solamente la palabra "amigo" "amistad" era las únicas palabras que no lograba entender. Según sus conocimientos adquiridos la llamada amistad era una relación afectiva entre dos o más personas, implicando lealtad, cariño, amor, compromiso, sinceridad, y solidaridad.
A veces confundía esa palabra con comida. Eran las veces donde hacía reír a los adultos a su alrededor. Y el lejos de enojarse se pondría aprender más. Tenía mucha paciencia con sus semejantes, su padre solía bromear al decirle que tenía la temple de un soberano. A pesar de que vivían lejos de Egipto, el sabía que en ese lugar gobernaban los Faraones, la encarnación de el dios Ra en la tierra.
La jerarquía de aquel lugar tan lejano le hacía pensar muchas cosas. Los Reyes y Reinas de aquel lugar tenían todo lo material posible y por haber. ¿Eran felices rodeados de tanta riqueza y poder? ¿O tenían inquietudes por el resto del mundo que no les pertenecía? El sentía que no necesitaba de las riquezas. Más bien sentía que eran bienes mundanos que solo servían para corromper a la humanidad. El pequeño pelimorado se sentía feliz por tener a su madre y padre con él. Apoyándolo a cumplir su sueño de extender su conocimiento.
Lo único que ellos desconocían eran sus dudas sobre Alá. Y su ansia de conocimiento sobre Ra. Su pueblo no era creyente de los denominados dioses egipcios. No creían en Ra, Osiris y Anubis. Solo creían en Alá y Mahoma. Y quien dudaba de ellos recibia una simple amenaza: "Arderás por siempre en las llamas de Yahannam" y eso era el comienzo. La persona recibía amenazas de odio y desprecio, algunos hasta eran asesinados en la búsqueda del conocimiento en otras religiones.
Sameh tenía a penas 11 años de edad. Y estaba a punto de descubrir que algunas preguntas por más dolorosas que fueran no tendrían una respuesta definida y aunque trataras de buscarle un sentido o una explicación está simplemente no llegaría. Y si llegaba lo único que te podía dejar era un dejo de amargura y decepción.
Era un día cálido en la pequeña aldea de Muracuc, Sameh y sus padres Nadim y Hamila habían salido al mercado. Comprarían algunas provisiones para su pequeño hogar. Necesitaban comprar lo más necesario. Nadim había escuchado rumores de que los musulmanes estaban expandiendo su reino por varios lugares y estaban demasiado cerca de llegar a su hogar, si esto era verdad corrían grave peligro. Ya que los mismos ejecutaban a cuánto "opositor" encontraban en sus dominios. Aunque esta aldea creía en Alá y Mahoma, no compartían las creencias de los musulmanes con respecto al trato a la mujer en la ley islámica y la moralidad del profeta.
Los fieles seguidores de el dios solían enfurecerse en el momento en el cual escuchaban claramente que se cuestionaban estos temas. Los juicios y castigos que implementaban eran los más crueles y sádicos.
Nadim se acercó a su pequeño hijo. Tenía un presentimiento. Le dio un cálido abrazo a su único hijo mientras él lo observaba con asombro.
-Hijo. Sabes que te amo. Aunque no te lo diga a cada momento. Solo quiero que sepas que siempre a tu lado estaré, en los días que parezcan los más oscuros la muerte no existirá porque estarás bajo mi protección. Sentía que se despedía de su niño. Algo le decía que no lo vería crecer y convertirse en el escriba que anhelaba ser.
-¡Papá! Vamos no digas esas cosas. No estás muriendo. Aún te quedan muchos años a mi lado. Eran las pocas veces en las cuales Sameh hablaba como lo que era realmente un niño pequeño.
Antes de que su madre pudiera reprenderlo con amor. Los gritos de las mujeres y hombres pusieron en alerta a la pequeña familia, y ese solo era el inicio de la trágica situación que les esperaba en lo poco que quedaría del mundo que conocían.
Hamila tomó a su hijo de la mano mientras Nadim cubría con su cuerpo a sus seres queridos. Los trotes de los caballos que se acercaban hicieron que todos observaran incrédulos a quienes estaban atacando su hogar.
Los musulmanes habían llegado a Muracuc. Y estaban separando a las personas para interrogarlas, los que no fueran considerados sinceros eran asesinados en el acto. El líder de la caravana observó a Nadim mientras analizaba si eran traidores de Alá.
Desenfundó su espada y acercó el acero filoso del mismo directo a su rostro. Aunque el hombre de familia estaba asustado no lo demostraría. Debía proteger con su último aliento a su esposa y a su hijo de aquellos hombres.
-¡Dime en este momento el nombre de tu dios! Exigió sin importarle nada más que su respuesta.
-Mi dios es Alá. Respondió sin demostrar lo asustado que se sentía en realidad al presentir que el día de hoy moriría.
-¿Quién es Mahoma? Volvió a preguntar el extraño sin bajar su arma.
-Es el Profeta. El escogido para dar a conocer la escritura sagrada.
-Tus respuestas no me convencen. -Atravesó con su arma el pecho de Nadim sin ningún tipo de remordimientos.
El padre de Sameh se desplomó en el suelo, trató de detener el sangrado de su herida aunque sabía que era en vano. No sabía cuánto tiempo de vida le quedaba, solamente se lamentaba que su hijo observara su muerte a tan corta edad.
-¡No! ¡Nadim! Amado mío. Gritó Hamila mientras trataba de acercarse a su compañero para tratar de limpiar y curar sus heridas.
Aquel hombre no se lo permitió atravesó su vientre con la misma espada con la cual había herido al hombre que yacía en el suelo. Ella cayó encima de quién había sido su compañero de vida hasta ese momento. Tomó la mano de él entre la suya. Jamás pensó que moriría el mismo día que él y dejarían solo a su pequeño hijo. Lamentaba el no poder estar con él y el no poder decirle cuánto lo amaba.
-¡No! ¡Mamá! ¡Papá! ¿Por qué lo hicieron? ¡Nosotros no les hicimos nada! ¿Porqué? ¿Porqué? Preguntaba el niño de ojos rojos mientras sollozaba al ver a sus progenitores muertos en el suelo.
-¡Escúchame bien engendro! ¡Te daré dos minutos de ventaja para que corras e intentes escapar! ¡Pero créeme que te encontraré y te atravesaré con mi espada! ¡Largo! ¡Ustedes no son más que un pueblo falso que no cree en Alá y Mahoma! ¡Por eso merecen la muerte por hipócritas!
Sameh no podía creer lo que escuchaba, seguía escuchando los gritos de sus compatriotas, y se sentía muy asustado.
-¡Sameh! ¡Vete! ¡Por favor hijo! ¡Huye! Por nosotros no puedes hacer nada más. No olvides que te amamos. Escuchó a su madre que aún tenía vida hablarle.
-La perra está viva.
-En un momento nos encargaremos de ella.
El pequeño pelimorado sintió sus ojos llenarse de lágrimas, a pesar de estar paralizado del miedo tuvo que obedecer a su madre y salir corriendo para cumplir el deseo de su progenitora. Sentía la adrenalina pura recorrer su cuerpo, su corazón latía con fuerza mientras corría desesperado por huir de esos asesinos. No era el único que estaba tratando de escapar.
Pudo ver a los conocidos de sus padres, a los niños y niñas que lo evitaban y hasta a sus educadores correr por sus vidas. Y aunque parecía que no lo alcanzarían muy pocos lograron escapar de la aldea.
Sameh observó a lo lejos lo que alguna vez fue su hogar, vestido con una túnica sencilla y a penas con una pequeña bolsa de lino en la cual llevaba algunas monedas de oro emprendió el camino por el desierto. No sabía con exactitud hasta donde le llevaría el camino de arena. El haría todo lo posible por sobrevivir de una y de otra manera. Sabía que los espíritus de sus padres lo acompañarían por la eternidad.
Y esa vez fue la primera ocasión en la cual el niño de ojos rojos sollozó hasta sentir que sus lágrimas limpiaban lo más profundo de su alma, porque había perdido la única familia que tenía en el mundo. Se había quedado solo en un mundo lleno de crueldad y dolor.
Los primeros meses no fueron sencillos. Y los que le siguieron fueron complicados, Sameh tuvo que utilizar el conocimiento que ya poseía para llegar a otras aldeas sin poder advertir lo que había pasado en la suya. En la primera que llegó trató de hacerlo pero lo único que recibió fueron burlas y amenazas al creerlo un mentiroso y traidor. Hubo quien lo acusó de ser parte de aquella caravana de hombres que se dedicaban a exterminar a los de su misma especie.
Y aunque le doliera no poder hacer nada por aquellas personas escogió que lo mejor que podía hacer era quedarse callado. Hubieron personas que se dedicaron a ayudarlo y le brindaron agua y comida, otros le ofrecían trabajo a cambio de poder obtener satisfacer sus necesidades más básicas y los más crueles eran quienes trataban de someterlo. Nadie le ofreció un techo donde vivir así que su hogar fueron las calles.
Más su curiosidad jamás cesó con el tiempo. Era uno de los pocos que sabían leer y escribir en más de un idioma, solía escabullirse a las casas de libros como solían llamarle para poder leer los manuscritos públicos. Los que eran privados no estaban a su alcance. Nunca se quedó callado ante lo que en realidad pensaba y su nuevo objetivo para llegar a ser un escriba real era llegar a Egipto. Así que decidió entrenarse de todas las formas posibles y así lograría ser el mejor. El conocimiento era la mejor cura para la ignorancia. La ignorancia es, ha sido y siempre será la peor de las enfermedades y el origen de todas las demás.
¿Cuántas injusticias se han llevado a cabo en nombre de las creencias que se han jactado de ser las únicas verdades cuando en realidad están llenas de confusión por ser el vivo retrato de la ignorancia? Los manuscritos eran una luz brillante para obtener la esperanza del conocimiento eterno y aunque no puedas obtener todas las respuestas siempre querrás saciar esa curiosidad.
Cuando era pequeño anhelaba tener un hermano o hermana para compartir sus experiencias de la vida. Desafortunadamente la vida no le había permitido a sus padres tener más descendencia.
Su único objetivo era seguirse instruyéndose y si para lograrlo debía entrar en los dominios de los Faraones lo haría, algún día cuando ya no fuera un pequeño niño.
Los años pasaron con lentitud. Sameh ahora tiene 19 años. Atrás quedaron los recuerdos de su doloroso pasado. Muchas veces tuvo que correr y esconderse en distintas aldeas. Cuando el compartía sus verdaderas creencias sobre Alá o Ra. El libro del Corán o cualquier manuscritos sagrado las personas ignorantes lo perseguían para matarlo. Siempre lograba escapar de sus enemigos, excepto en aquella ocasión donde lo acorralaron justo antes de llegar a Egipto.
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Egipto.
Época Actual.
Sameh llevaba varios días caminando por el desierto, había logrado burlar a uno de sus enemigos que había tratado de matarlo cuando hablaban de los dioses. El hombre era egipcio y para el no habían más dioses que Ra, Anubis, Osiris y todas las demás deidades que formaban parte del culto.
Sameh solamente compartió su creencia sobre Alá. Y qué reconocía que habían más divinidades. Hasta se atrevía a pensar que eran los mismos dioses solo que eran conocidos con otros nombres. Y en el instante en el cual lo dijo y vio la mirada llena de odio que le dirigía el hombre y como desvainaba su espada era la señal que debía salir corriendo otra vez. Era un modo de vida al parecer, la humanidad está llena de prejuicios, los que solían sufrir más eran los esclavos, las personas de piel clara y los que pensaban diferente.
Las personas observaban al moreno de cabello morado correr por las calles del pueblo. Debía pasar la entrada a la ciudad de Egipto para seguir evitando a aquellos que lo llamaban enemigo. Casi lograba llegar a su destino cuando frente a él apareció un hombre más alto que el y lo tomó del brazo colocando su daga en su cuello. Por un momento Sameh creyó que aquel hombre le iba a cortar el cuello. Pero las intenciones del hombre eran otras, más crueles en realidad.
-¿Así que tú eres Sameh "El Traidor"?
No le respondió ni le asombró el sobrenombre que le habían asignado las personas. Lo consideraban un traicionero, sabelotodo y sabiondo era otra de las formas en las cuales le habían llamado.
-Correcto. Soy Sameh, más no soy un traidor. Me han llamado así porque pienso diferente a todos ustedes.
-A mí me importa una mierda lo que pienses o creas. Lo único que quiero obtener de ti es un esclavo más para mí servicio y no trates de resistirte. No te mataré, sería la salida más fácil para tu liberación.
Sameh lo observó incrédulo, ¿Un esclavo? En todos estos años jamás lo habían tomado para servirle a alguien más. Y la sentencia que le habían dado le hacía sentir ansiedad. No lo matarían al menos a que pudiera fastidiar a su amo.
Eso haría lo cansaría con sus conocimientos para que lo mandase a ejecutar. A veces sentía que estaría actuando como un cobarde pero el no le pertenecería a nadie, el era un ser humano que deseaba en estos momentos alcanzar la libertad.
Y lo había conseguido el hombre harto de escucharlo lo había llevado al pueblo para que lo juzgaran. Lo que Sameh nunca previó en su plan era que lo salvarían.
Que la luz le llegaría a su vida en la forma en la cual se le presentó. Una Princesa y su Escolta Personal. Escuchó claramente que ni uno de los dos iban a permitir que lo siguieran maltratando. Lo que le hizo finalmente alzar la cabeza y ver a sus salvadores fue el grito de la mujer.
No había escuchado a alguien actuar con tanta valentía. Y lo que le hizo sorprenderse en verdad, fue observarla a ella: La Princesa tenía los ojos de color verde, su piel era tan blanca como la luz de la luna, su cabello de tres colores levemente recogido le daba una apariencia casi angelical. Notó que llevaba una pequeña bolsa de lino y en esta sobresalía una pequeña daga de oro y acero. Su vestido de color blanco la hacía verse con suma inocencia.
La vio enfurecer y llamar a una de las criaturas de la oscuridad. Había leído que en Egipto la gran mayoría de personas participaban en los juegos de las sombras y solo los más instruidos podían participar en los "Yami no Game"
No olvidaría que gracias a ese dúo el estaba a salvo. A ella no le importaba que el fuese extranjero, que el color de su piel fuese diferente. O que sus conocimientos fuesen distintos.
Ella hizo lo que nadie más había hecho por el. Le permitió entrar a su casa y le asignó una cama para que el pudiera descansar.
Con la convivencia transcurrida notó que ella a pesar de que aparentaba ser fuerte, ocultaba un pequeño secreto. Yuriko había sufrido lo mismo que él, la gente le había hecho daño por ser diferente, la habían forzado a ser alguien completamente diferente a quien realmente era. La chica era alguien curiosa e impulsiva como él pero por estar siempre a la defensiva, cometía muchas imprudencias que podían haberla llevado a la muerte. Notó que tenía muchos "amigos" palabra que el seguía sin comprender ya que nunca tuvo uno de los mismos. Ella odiaba las injusticias porque algo o alguien le había lastimado en su pasado.
La canción de cuna que le había cantado su madre antes de la tragedia de su pueblo era su único recuerdo. Pero al mismo tiempo seguía ese misterio en su corazón y aunque a veces parecía que no tenía sentimientos, el prefería no demostrar lo que sentía para no salir lastimado otra vez.
Pero la chica de ojos verdes se había forjado sin proponérselo un lugar en su corazón. Y el también lo había hecho en el de ella. El la veía como la hermana menor que el no había podido tener en su vida y ella lo veía como un hermano y como una de las personas más sabias de la región. Los dos estaban aprendiendo mucho uno del otro y ambos saciaban su mutua curiosidad. El no la alejaría de sus allegados y había llegado el momento de demostrarlo.
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Yuriko suspiró y se fingió dormida recostada en el brazo derecho de Sameh. Había notado que Mahad y Jono se dirigían con ella. Sameh debía haberlos citado para que ellos vinieran aquí. La tricolor sabía que a esta hora Jono solía escabullirse a la cocina para comer y Mahad solía estar con la corte real del Faraón. Si estaban aquí era porque lo que necesitaban hablarle era importante.
Su querido instructor se traía algo entre manos y ya podía intuir de que se trataba.
-¡Estamos presentes a la hora que nos citaste Sabiondo! ¡Ahora dinos lo que queremos saber! Aunque el rubio no solía ser tan brusco al hablar desde que formaba parte de la corte del Faraón, tenía que reconocer que cuando una situación le dolía solo tenía una manera de hablar. Se cerraba ante todos y actuaba a la defensiva.
Mahad observó a Jono con fastidio. Habían hablado con anticipación para saber que era lo que estaba pasando. Le hablarían con tranquilidad a Sameh para que respondiera y no lo iban a agredir. Pero Jono acababa de complicar las cosas con su actitud, él también estaba furioso con él pero no podía demostrarlo.
-Ignora eso. Solo responde ¿Por qué nos has alejado de Yuriko? Nos ha dejado de lado por tu presencia. ¡Tú sabelotodo…!
-¡Jono! ¿Qué tipo de modales son esos? ¡Mahad! ¡No seas grosero con él! Sabía que debía quedarse callada si quería saber lo que necesitaba pero no iba a permitir que los suyos lastimaran a su nuevo amigo. Ella sabía que las palabras herían más que los golpes y aunque parecía que a Sameh no le importaba nada, ella sabía que solo era una máscara para ocultar sus emociones.
El rubio y el castaño se sonrojaron con vergüenza al escuchar la voz de la tricolor. ¿Dónde estaba ella? En el jardín solamente se hallaban los tres hombres presentes.
Si las miradas pudiesen matar era notorio que Yuriko estaría muerta y enterrada. Sameh la observaba mientras cruzaba los brazos sobre su pecho. Mientras la chica se hacía visible ante todos le sonreía con una falsa sonrisa al pelimorado. Él le pidió que guardara silencio para escuchar las respuestas de los presentes para que pudieran obtener la información que ella requería. Sentía que se le acababa el tiempo si no las obtenía.
-¡Te dije que guardaras silencio!
-¡No iba a permitir que te insultaran! ¡Mahad y Jono son muy importantes para mi! Pero no permitiré que sean groseros contigo. Se cruzó de brazos sin querer aceptar el regaño. Había roto el acuerdo en medio de su impulsividad.
-Si pero ya habíamos quedado en que estarías presente sin que te vieran. Torpe. Exclamó Sameh sin pensarlo tanto. Le tenía mucho aprecio a la Princesa, pero si le correspondía regañarla, también lo haría sin remordimientos.
-¿Ah? ¡Torpe eres tú también al fingir que nada te afecta! No eres un bloque de hielo para disimular que nada te duele.
-¿Qué es un bloque de hielo?
-Es agua que pasa de estar en un estado líquido a sólido. Sólido quiere decir que la puedes tocar porque está congelada.
-El agua cristalina es líquida. ¿Cómo me vas a decir que existe agua sólida y que se puede tocar.
-De donde yo vengo si existe. Es parte de los tres estados de la materia: sólido, líquido y gaseoso.
-¡Imposible!
-¡Te estoy diciendo la verdad!
-¡Silencio! ¿Qué está pasando aquí? Yuriko no me digas que estás peleando otra vez con el Faraón. La vez pasada no te castigué pero está vez si lo haré, señorita.
Yuriko reconoció la voz de su padre.
-¡Oh no! Mi papá viene para acá. No puede verme aquí. ¡Ya lo sé utilizaré de nuevo el conjuro de invisibilidad! Sin pensarlo tomó de la mano a Sameh, a Jono y Mahad los agarró de sus prendas y los hizo invisibles a los cuatro.
Pudieron observar que Yugi llegó al lugar y al no ver a su hija presente se quedó viendo al vacío y aunque fingiera que todo estaba bien, para Yuriko no pasó desapercibido el hecho de que su padre estaba preocupado por ella. Por lo que quería hacer.
-Quisiera poder explicarte las razones de mi silencio mi pequeña nenita. Pero no puedo hacerlo, no ahora. Susurró Yugi creyendo que estaba solo en el jardín.
Los ojos verdes de Yuriko se llenaron de lágrimas al escuchar las palabras de su padre, aún tenían muchas cosas de las cuales hablar. El misterio del Faraón y su pasado con su padre era un tema que seguía pendiente entre ellos. El porque se negaba a informarle de la futura guerra que se avecinaba, las razones por las cuales se tenían que sacrificar tantas vidas y sobre todo el enemigo del Faraón. ¿Dónde estaba aquella persona a la cual en el Reinado del Faraón anterior se destruyó su hogar? Y sobre todo ¿Quién era el traidor de los guardianes del Faraón?
Su corazón se sobresaltó al ver a su padre guardar silencio mientras pensaba en los 6 guardianes: Seth, Mahad, Karim, Shada, Aknadin e Isis. Podía meter las manos al fuego por Mahad y Seth estando segura que ellos no eran el traidor. A Karim y Shada no los conocía tanto ya que no convivía seguido con ambos sacerdotes, Isis no sería capaz de algo tan bajo, el único que ella sentía que si lo haría si sus intereses estaban siendo amenazados era Aknadin, pero no habían pruebas a demás de que solo con ella peleaba.
Recordaba vagamente el origen de los artículos milenarios, su bisabuelo Arthur mencionaba una masacre ocurrida por la ambición de aquel guardián.
Su padre se marchó sin decir más resolvería primero está situación con Mahad y Jono luego buscaría a su padre y tendría que hablar con él y tenía dos opciones o lo convencía de decir la verdad o debería manipularlo para que le dijese las cosas como eran realmente.
De momento dejó esa sensación de vacío de lado, debía hablar con sus tres amigos. Les hizo la invitación a que se sentaran en las bancas cerca de la fuente. Haciéndolos visibles en el acto.
Yuriko fue la primera en hablar podía sentir el ambiente tenso entre los tres hombres.
-Mahad, Jono, Sameh. Me gustaría saber porque hay tanta indiferencia en ustedes tres. Se levantó de la banca y quedó parada frente a los tres, si lo veías desde un punto de vista ajeno, podría darte risa la situación. La chica era la más bajita de los cuatro, la escena daba una sensación de valentía pero al ver a los hombres frente a la chica, todos más altos que ella sentías que un gatito indefenso le hacía frente a tres grandes perros.
-¡Yuriko! Este sabelotodo te ha hecho creer cosas que no son. El rubio gritó fuera de sí mientras alzaba el puño en el aire. Procedió a bajarlo cuando la tricolor lo observó de manera severa ¿Acaso lo iba a regañar?
-Jono. ¿Qué te dije sobre ser grosero? Colocó sus brazos en su pequeña cintura e hizo todo lo posible por verse intimidante.
-Lo siento. Jono guardó silencio sintiéndose como un pequeño niño regañado por sus padres.
-Volviendo al tema en cuestión. Sé que me he alejado mucho de ustedes dos estos días. Sé que he pasado más tiempo con Sameh. Pero tengo motivos de gran peso para hacerlo. Solo quiero protegerlos.
-¿Protegernos? ¡Mi obligación como el Hechicero Real es proteger a cada una de las personas que viven en nuestro reino. ¿Por qué tendrías que protegernos a nosotros dos que somos tu escolta y tu… hermano. ¿Qué estoy pensando Yuriko no es mi hermana, aunque la quiero como si realmente lo fuera. – Mahad se quedó callado pensando que otras palabras agregar sin dejar en evidencia sus sentimientos que de nueva cuenta quedaban a flor de piel-… maestro. Concluyó para finalmente cruzar sus brazos sobre su fuerte y musculoso pecho.
-Amigos. Hay un traidor entre nosotros. Sameh y yo estamos buscando las pruebas necesarias para asegurarnos que esta persona no lastime al Faraón ni mucho menos a los que nos rodean. Ustedes al ser mis mejores amigos corren peligro y Sameh al ser uno de mis más recientes amigos no le daré la espalda. Estoy harta de los estereotipos de esta región. El hecho de que pienses o seas diferente sea un pretexto para intentar matarte. Ya no pudo más se abrazó a su misma comenzando a derramar lágrimas, le dolía cada una de las injusticias que había presenciado en su corta estancia en el antiguo Egipto.
A su parecer su padre era el más cruel y egoísta de todos.
-¿Un traidor? Yuriko estás segura de lo que están diciendo. No es posible todos le somos leales al Faraón. Debe haber un error. Mahad jadeó incrédulo de la situación
-Acá no hay traidores, a menos que sean de piel blanca. El rubio cubrió su boca al ver que su protegida lo veía sorprendida.
-Sacerdote Mahad… ¿Usted me cree capaz de difamar a uno de los suyos? Escolta Jono, ¿Acaso le parezco una traidora por ser alguien de piel blanca?-La frialdad con la que dijo sus preguntas los hizo estremecer de dolor. Pudieron ver decepción en sus ojos verdes cual esmeralda- Sameh fue una pésima idea decirles a ellos nuestras sospechas. Yuriko cruzó los brazos sobre su pecho sintiéndose profundamente traicionada con ambos hombres.
-Te lo advertí desde un principio. El chico de cabellos morados observó con tristeza a la Princesa.
-No es necesario decirme un "te lo dije" Respondió sumamente herida.
-Vámonos. No somos bienvenidos aquí. Sameh la tomó de la mano si ninguno de esos dos que se hacían llamar sus amigos la iban a apoyar el lo haría.
-Yuriko, yo no quise decir eso. Yo… Jono trató de alcanzarla pero fue en vano, los dos desaparecieron con rumbo hacia la cocina del palacio.
Sus ojos rojos se llenaron de lágrimas. ¿Qué había hecho? Mahad lo observaba con enojo, frustración e ira. Por haber hablado sin pensar había hecho que Yuriko desconfiara más de ellos dos. La había lastimado y eso la había unido más a Sameh.
Bastardo. Para Jono era un maldito ladrón que le estaba robando la atención de su mejor amiga, le tenía unos celos nada agradables y el hecho de que el mismo rubio hubiera lastimado a su protegida le carcomía el corazón de tristeza. Tenían que solucionar las cosas ya, los dos corrieron a el lugar donde se hallaban la tricolor y el Chico de ojos rojos.
Yuriko sonrió con falsedad al tomar una de las manzanas de la cocina, sin siquiera lavarla le propinó una mordida a la misma, masticó con suavidad su contenido mientras el dolor de su estómago le hacía saber que había sido un error no limpiarla con agua.
-Sameh, no he aprendido a hacer las cosas bien. No debí decirle a los chicos sobre lo que hemos estado hablando. No me creyeron. Su decepción era palpable en sus palabras.
-Es comprensible. Aún a mi me cuesta mucho comprender de dónde proviene tu conocimiento de la traición. Cualquiera que fuera no confiaría en tus palabras. Respondió cruzando sus brazos sobre su pecho, la mujer de ojos verdes le observó con atención y lejos de seguir quejándose colocó una mano cerca de su rostro pensativa.
-Ya sé que no confían en mi porque soy diferente, mi color de piel los hace dudar. Pero es la verdad. Hay un traidor. Al Faraón lo han atacado, se supone que el palacio está protegido por muchos escoltas reales. ¿Acaso no les parece sospechoso que las dos ocasiones diferentes los enemigos hayan podido entrar con mucha facilidad? ¿O todos aquí fingen ser ciegos? Estaba empezando a creer que alguien muy influyente era el que estaba creando está atmósfera de confusión.
-Tienes un punto a favor. Sameh sabía que era difícil entrar a cualquier lugar donde no eras invitado.
-Sabes me alegra que seas mi amigo. Más bien eres como otro hermano para mi. Ella le sonrió mientras seguía comiéndose la manzana ignorando el dolor que la misma le proporcionaba por no haberla limpiado.
Los dos ignoraban que el grupo de amigos de la tricolor los observaban convivir: Jono, Mahad, Mireya, Kisara, Seth y el Faraón en persona habían escuchado solamente la parte donde Yuriko le decía a Sameh que le alegraba tener al joven de cabellos morados como amigo.
-¿Amigo? Dime ¿Qué es un amigo? ¿Acaso es un platillo tradicional de aquí? Preguntó con sinceridad y temiendo que ella se burlase de él.
Yuriko casi se cae de espaldas al escucharlo decir tales palabras. ¿Sameh no sabía que significaba tener un amigo?
-¡Pero que carajos?¡ No sabe nada de la amistad! Bueno tendré que explicárselo. La hija de Yugi Muto pensó mientras escogía las palabras correctas al hablar.
-¿No sabes lo que significa ser un amigo? Y se supone que tú lo sabes todo. -Las palabras irónicas de Jono hicieron sorprender a su protegida. Mahad por su parte perdió la poca paciencia que tenía con el rubio y procedió a hacer lo impensable le propinó un pequeño golpe en la cabeza- ¡Ay Mahad! ¿Por qué me golpeaste? Gritó mientras se acariciaba la parte donde el castaño lo había golpeado.
-Porque me desespera tu forma "elegante" de decir las cosas. Agrega algo más y no podrás usar a "El Dragón Negro de Ojos Rojos" por una semana.
-¿Qué?
Yuriko no pudo evitar reírse. Colocó su mano derecha cubriendo su boca para finalmente estallar en carcajadas. Olvidó por completo sus sentimientos de dolor con respecto a su mago y su escolta. No pudo evitar reírse de la ocurrencia de Jono y de la actitud de Mahad. ¿Cuántas veces su maestro de artes mágicas perdía la paciencia? Si le pasaba él no lo demostraba.
Sameh por su parte no entendía la situación, procedió a entrelazar su mano con la de la princesa, y no pudo evitar sentir un poco de incomodidad al ver que el Faraón lo observaba con seriedad. Tenía que calmar su risa antes de que todos pensaran que se estaba burlando del Sacerdote y El Escolta.
-¡Jono! Eso te pasa por grosero. ¡Mahad! Cuidado casi lo dejas sin cerebro de por sí, no tiene nada ahí. Exclamó Seth para relajar aún más la situación.
-¡Oye! ¡Cállate! Jono seguía acariciando su cabeza lo único bueno de todo lo que le había pasado era que Yuriko estaba riéndose alegremente y ya no tenía más decepción visible en su mirada.
-Sameh. Un amigo es aquel que te apoya en muchas ocasiones de tu vida, es alguien con quien compartes tu tiempo y le tienes cariño a esta persona. Los mismos se apoyan en todos los momentos de la vida, buenos o malos. -Respondió la tricolor mientras tomaba y apretaba la mano del hombre sin hacerle daño- Mi primera amiga en este lugar fue Kisara y si te contara como ha sido que conocí a los demás te sorprenderías. Puedo decirte que al menos a Jono y Mireya los conocí casi de la misma manera que a ti.
Sameh no necesitó de mayor explicación para entender lo que significaba aquellas palabras, pudo entender con claridad el porqué Jono lo había defendido con tanta valentía cuando se vieron la primera vez. Habían pasado por la misma situación aunque las razones eran muy diferentes. Quizás Jono le contaría en algún momento su historia.
-¿Acaso ellos…?
-En algún momento te lo dirán. Solo quiero que sepas que yo soy tu amiga, estoy para ti, no te traicionaré ni daré la espalda. Y aunque dos ciertas personitas que no quiero decir quiénes son pero que están presentes crean que vas a quitarles su lugar en mi corazón pues están equivocados. Cada uno se ha forjado un lugar en mi vida, nadie reemplaza a nadie. ¿Me permites darte un abrazo? Preguntó mientras alzaba sus brazos dejándole a el chico de cabello morado la decisión de abrazarla o rechazarla.
Desde la muerte de sus padres Sameh no había permitido a nadie que le abrazara y realmente jamás le importó si alguien quería ser parte de su vida. Pero en estos momentos, desde que "La Princesa de Egipto" lo salvó de ser asesinado junto a su escolta y la niña que los acompañaba quería estar a su lado. Estaba viéndola como la familia que jamás tuvo. La hermana menor con quién compartir sus conocimientos. Tal vez eso era lo que sentía el Hechicero real por ella.
No dudó en ningún momento correspondió el abrazo que ella le brindaba. Lo que no esperó era que ella acariciaría su cabeza mientras empezaba a susurrar aquella canción que el le confesó aquella vez que hablaron cerca de la fuente del palacio.
-Oirás una voz sin saber en dónde estás, dice: "ya no llores más contigo estoy". Querrás encontrar un amigo fiel de tu misma piel, contigo estoy. Trataba de darle todo el cariño que le había negado la misma vida durante estos años.
-No habrá montaña sin escalar, el río del tiempo lo puedo cruzar… Sameh no pudo evitar empezar a recitar las palabras de aquella canción. El único recuerdo de su familia.
-Tú en tu camino, yo al mío voy. Mi luz te doy, y contigo estoy. Ella no quería que nadie más volviera a sentirse solo en el mundo. No permitiría esa sensación de nuevo, ella lo había experimentado en carne propia aunque solo lo había sentido con las mujeres de su época y de esta región.
-Contigo estoy.
-Contigo estoy.
En ese momento Sameh creyó firmemente que por fin había encontrado a una amiga en el mundo.
Atem sonrió con satisfacción al confirmar que su amada princesa no tenía nada más que una amistad con el chico de cabello morado.
En esos momentos desconocía que a su verdadero rival lo había conocido en la boda de Kisara y Seth.
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Bueno hasta aquí llega la primera parte de este capítulo. En esta ocasión hago una dedicación a mi querido hermanito. Santiago. No olvides que siempre estaré contigo sin importar la distancia.
Explico algunos detalles a continuación:
Muracuc: Es el nombre que recibe Marruecos en lengua bereber. Significa: "La tierra de Dios" es el lugar de origen de Sameh.
Muerte de los padres de Sameh: Originalmente la escena era más cruda y sanguinaria pero decidí suavizar la trágica muerte de ambos personajes.
Los nombres los escogió Santi: Hamila y Nadim.
Persecución del conocimiento: Desde los tiempos antiguos todo lo que es diferente ha sido perseguido y destruido. No hablo solo de religiones, existieron las conquistas de otros pueblos, naciones y regiones. No lo abarco tan explícitamente aquí. Pero de eso se trata la historia de Sameh. Aquí se mezcla la ficción con la persecución árabe, realmente no me instruí al 100% sobre este tema.
Yahannam: En la cultura musulmana el Yahannam es El Infierno. Su equivalente es la Yanna el Paraíso.
Alá: Es el dios del la religión musulmana. Es el nombre en árabe que Dios ha preferido sobre los demás, según las creencias de los creyentes de su fe.
Mahoma: Considerado un profeta es el fundador de la religión musulmana, se presentó como el continuador de los grandes profetas monoteístas anteriores: Abraham, Moisés y Jesucristo.
Contigo Estoy: Como dejé claro en la introducción es una canción perteneciente a una película de Disney. Como dije en el prólogo de la historia hay soundtracks que quedan como anillo al dedo en algunas escenas por eso recomiendo la canción dando los respectivos créditos y la versión que escuché para dicho escrito. En esta ocasión está canción es una dedicatoria para Santiago en realidad pero es el tema central de la amistad de Yuriko y Sameh.
Gracias a los que están leyendo mi historia y dándole una oportunidad a la misma.
Espero no defraudarlos.
Atentamente,
Sharlotte Soubirous.
