BESO
Bakugo Katsuki, del otro lado de la mesa, tenía los ojos fijos en el rostro de Uraraka Ochako. Sabía que la chica le estaba contando una anécdota realmente divertida por la forma en que se reía, incluso recordaba algo de la conversación que estaban teniendo, pero en ese momento se sentía como desconectado de su cuerpo. Parecía que el tiempo a su alrededor se había detenido y que en aquel espacio sólo estaban ellos dos.
Bakugo pasó saliva pesadamente cuando sus ojos bajaron de esos orbes color café, pasando por la nariz respingada, las mejillas sonrojadas y se detuvieron en su boca que formaba palabras que no alcanzaba a escuchar y comprender. La forma en que redondeaba los rosados labios al hablar, los dientes blancos y perfectos que se mostraban cada que reía, la manera en que pasaba su lengua inquieta por el labio inferior para humedecerlo antes de morderlo…
Todo aquello le parecía extremadamente fascinante.
No recordaba cuándo fue la última vez que le prestó tanta atención a alguien, pero sin duda aquel momento no lo olvidaría ni en mil años. Cada gesto estaba grabado en su memoria.
Uraraka levantó su vaso de limonada y sorbió por el popote sin dejar de ver a Bakugo.
–¿Qué? –Preguntó con una sonrisa inclinándose un poco hacia el frente.
Bakugo parpadeó un par de veces para salir de su ensimismamiento y le devolvió la sonrisa recargando la cabeza en su mano derecha.
–Nada.
–¿Qué crees que debí haber hecho?
Bakugo se sintió como si acabara de tragarse una piedra. Uraraka le estaba preguntando algo relacionado con la historia que le había contado y él no tenía ni idea porque no le había prestado atención. Se encogió de hombros con naturalidad y cruzó los brazos.
–Creo que…
Uraraka soltó una risita que hizo sentir culpable a Bakugo.
–No escuchaste nada de lo que te dije, ¿verdad?
–Claro que te escuché.
–Dime de qué estaba hablando.
–Estabas…ya sabes, estabas contándome de aquella vez que…
Uraraka levantó una ceja inquisitiva y negó con la cabeza.
–No tienes remedio, Bakugo Katsuki. La próxima vez que decidas ignorarme, avísame para no seguir hablando sola.
–No estaba ignorándote, lo juro.
–¿Entonces?
–Estaba ocupado pensando en cuánto deseo besarte.
–Es la excusa más patética que he oído –respondió Uraraka.
Bakugo se dio cuenta, por su tono de voz, que estaba un poco molesta. Se recargó con ambos brazos en la mesa y se inclinó hacia su rostro. Casi podía analizar el café de sus ojos y contar una a una sus pestañas, pero lo que le interesaba estaba un poco más abajo. Puso su mano derecha en la mejilla de Uraraka y la acercó suavemente hasta que sus labios hicieron contacto.
Uraraka cerró los ojos y relajó su postura. Primero fue sólo un roce, tan delicado como la caricia de una pluma, pero entonces los labios de Bakugo se juntaron firmemente con los suyos y se movieron con más insistencia, pero sin perder aquel toque sutil y delicado del principio. Parecía que Bakugo quería memorizar cada sensación, la calidez de su boca y su suavidad. Luego de unos segundos tuvieron que separarse para tomar aire.
Bakugo sonrió de lado y se recargó en el respaldo de su silla. Uraraka estaba un poco más sonrojada y evitaba la mirada de Bakugo, aunque tampoco podía dejar de sonreír. Se mordió el labio inferior instintivamente y Bakugo tuvo que luchar con la tentación de lanzarse nuevamente a besarla.
La verdad, no se resistió demasiado.
