¡YAHOI! Bueeeeeeeno, pues después del parón triste por lo-que-todos-ya-sabemos (?), volvemos a la carga con el BoruSara, que lo tengo aparcado desde tiempos inmemoriales y, aunque es algo cortito y posiblemente confuso, como din na miña terra, algho é algho (?).

No me hagáis caso, es que estoy muertísima no, lo siguiente. Voy andando por la calle y se me cierran los ojos del sueño que tengo. Ayer me quedé frita sobre los apuntes, estudiando. Apoyé la cabeza encima de la mesa y ahí me quedé, hasta que oí la puerta de casa cerrarse porque se había ido alguien xD.

Siempre digo que tengo que organizarme, pero ni tiempo tengo para hacer eso. Si hasta me había comprado un taco de planificadores de Mr. Wonderful, y nada, ahí están los pobres, muertos de risa *suspiro*.

Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto.

¡Espeor que os guste!


Empieza la reconquista


Boruto se miró en el espejo del baño, con la determinación brillando en sus ojos azules. La noche anterior había sido liberadora. Su padre tenía razón: dependía de Sarada el que le perdonase o no. Él ya podía ponerse a dar misa o a hacer piruetas en la luna que, si ella no quería perdonarlo, no lo haría. No tenía porqué hacerlo. Estaba en todo su derecho de mandarlo a volar después de cómo la había tratado a lo largo de esos años, de las cosas tan horribles que le había dicho. Boruto sabía que la había herido, que, en el fondo, Sarada era una chica sensible y dulce, pero fuerte y orgullosa, también. Sonrió. Sí, era su pequeña y orgullosa humana. Y él tenía el deber de reparar todo el daño causado o, al menos, intentarlo.

Por Sarada, lo haría.

Porque ella lo valía.

Respiró hondo y asintió a su reflejo. Ya tenía algo así como un plan.

Con eso en mente, terminó de lavarse los dientes y la cara y luego salió. Su hermana pequeña se tiró a sus brazos nada más verlo bajar las escaleras.

―¡Buenos días, hermano!

―¡Oh, buenos días, Hima!―La niña se lo quedó mirando y parpadeó. Boruto se limitó a sonreírle y a revolver su cabello negro azulado, igual al de su madre.

Se internó en la cocina, dónde Hinata terminaba de preparar un delicioso desayuno casero. Boruto se fijó, mientras se sentaba a la mesa, en que había mucha más cantidad que de costumbre.

―Mamá, ¿tenemos visita o algo'ttebasa?―Hinata dejó un plato con huevos y beicon en el centro de la isla de la cocina.

―Sasuke-kun y Shikamaru-kun van a venir a hablar con tu padre.

―Ah, eso lo explica―murmuró, alargando la mano para coger un bollito casero recién hecho y untarlo con mantequilla. Pero Hinata le dio con la cuchara de palo en la mano―. ¡Ay!

―Tú tienes cereales y leche. ―Boruto la miró, incrédulo.

―¿Pretendes que me alimente de maíz inflado y leche fría? ¿De verdad vas a dar tan pobre alimento a tu único hijo varón? ¿A tu niño del alma'dattebasa?―Hinata lo miró con las cejas alzadas. Boruto le aguantó dos segundos el escrutinio, para acto seguido enrojecer y bajar la cabeza.

―Cereales y leche será―murmuró, abriendo la nevera con cara de resignación. Hinata sonrió.

―Así me gusta, que seas obediente. Oh, y no te olvides de darle recuerdos a Sarada-chan cuando vayas a verla hoy. Dile que es bienvenida en casa siempre que quiera. ―Boruto casi deja caer la botella de leche al oír las palabras de su progenitora.

―¿Q-quién te ha dicho q-que voy a ver a Sarada hoy?―Hinata se dio la vuelta, con una sonrisa bailando en sus labios.

―Solo lo he adivinado. ―Boruto se sonrojó, preparando su desayuno. Cogió un bol del armario, echó un buen puñado de cereales y luego vertió medio bote de leche encima. Guardó este en la nevera nuevamente para que no se estropeara―aunque con el frío que hacía dudaba que se fuese a echar a perder―y abrió un cajón para sacar una cuchara. Se fue para el salón y prendió la televisión, para entretenerse con algo mientras daba buena cuenta de su pobre desayuno. Luego se pasaría por la cafetería de los Akimichi, a ver si se apiadaban de él y le daban algo más. Un poco de leche y unos gramos de cereal no iban a alimentar a un lobo en crecimiento como él. Y su madre lo sabía y lo castigaba por su estúpido comportamiento.

No decía que no se lo mereciera, pero, mierda, la comida casera de su madre era la mejor del pueblo y todos lo sabían…

Se dio cuenta de pronto de que la casa estaba más silenciosa que de costumbre. Buscó alrededor con la mirada.

―Papá no está―le dijo su hermanita, sentándose a su lado en el sofá y balanceando sus piececitos adelante y atrás, como si estuviera columpiándose―. Está en el taller, adelantando algo de trabajo antes de que lleguen el tío Sasuke y el tío Shikamaru. ―Boruto hundió la cuchara en sus cereales.

―No he preguntado'dattebasa―masculló, molesto. Himawari sonrió.

―Lo sé. ―Boruto bufó y decidió concentrarse en su desayuno.

Cuando al fin acabó, se levantó del sofá y fue a dejar los cacharros sucios en el fregadero. Cogió un estropajo, echó un poco de lavavajillas y limpió lo que había manchado. Hinata lo vio por el rabillo del ojo, orgullosa de lo alto y lo guapo que se había vuelto.

―Mamá, yo…

―Sí, sí. Anda, vete. ―Boruto se lo agradeció con una sonrisa, inclinándose para darle un beso en la mejilla―. ¡No te olvides de despedirte de tu padre! ¡Boruto! ¡¿Me has oído?!―le gritó, cuando el aludido en cuestión ya subía a toda prisa las escaleras.

―¡Sí'ttebasa! ¡Iré a ver al viejo antes de irme!―Hinata suspiró, regresando la atención a lo que estaba cocinando en la sartén.

―Santos espíritus del bosque, cuánto trabajo me da este niño… ―Pero sonrió, feliz.

Porque por fin su pequeño iba a recorrer el camino para el que había nacido.

Al fin iba a poder luchar por su compañera.

No sin tiempo.


Sarada había salido temprano de casa de su padre aquella mañana. Se levantó temprano, se puso su mejor ropa de abrigo y se fue a dar un paseo por el límite del bosque, algo que siempre, desde niña, le encantaba hacer. Sonriendo, había recordado que hacía aquello cada mañana con su padre hasta que sus progenitores habían decidido separarse. Aunque, a estas alturas, Sarada intuía que había sido más bien cosa de su madre el marcharse. Tal vez en busca de un trabajo mejor. Suspiró. Darle vueltas a eso ahora no le reportaría ningún bien.

Decidió ir a desayunar a la cafetería Akimichi. Igual Chōchō estaba libre y podría hacerle compañía mientras comía algo. ¿Qué le apetecía? ¿Dulce o salado? Iba pensando en eso, cuando al abrir la puerta de la cafetería sus ojos, involuntariamente, se desviaron hacia una mesa en una esquina, dónde despuntaba una brillante cabellera dorada, que relucía a la luz del sol matinal que entraba a raudales por la ventana.

Sintió que perdía el apetito de pronto y estaba por darse la vuelta y marcharse, cuando la voz de su mejor amiga se lo impidió.

―¡Ah, Sarada! ¡Buenos días! ¡Perdona, pero estamos a tope! ¿Puedes esperar unos minutos?―Incapaz ahora de irse y dejar en mal lugar a su amiga, Sarada inspiró hondo, hizo de tripas corazón y se giró, con una perfecta sonrisa falsa en el rostro.

―Claro, no hay problema. ¿Quieres que te eche una mano con eso?

―¡No, no! ¡Mamá y yo nos las apañamos bien! ¿Venías a desayunar?

―Sí… ―dijo Sarada, insegura, recorriendo el local solo para encontrarse conque no había ni una sola mesa libre―. Pero creo que-

―No problema, no problema. Mira, Boruto está ocupando una mesa de dos y está solo. Puedes sentarte con él. ―El estómago de Sarada se contrajo ante la sola mención de aquel nombre, ahora maldito para ella.

―N-no es necesario. Volveré más-

―¡Seguro que a él no le importa, mujer! ¡Vamos, ve!―Sarada se vio empujada de pronto por su mejor amiga hacia la persona que menos le apetecía ver en aquel momento, pero incapaz de montar una escena en medio de tanta gente. Nadie tenía porqué saber de su vida personal.

Tragando saliva, se dijo que estaba siendo estúpida y, alzando el mentón en una pose orgullosa, miró directamente a los ojos azules de un sorprendido Boruto, que la miraba a su vez como si fuera un fantasma. Sarada apretó los dientes. ¿Pensaba que se iba a quedar en casa, encogida en un rincón, llorando por su culpa? ¡Pues iba listo!

―Buenos días―saludó, en un tono frío y cortante no carente de cortesía. Boruto reaccionó levantándose y dedicándole una sonrisa temblorosa, insegura.

―Bu-buenos días'ttebasa. ―Sarada se quitó el abrigo, lo dejó colgado de la silla y luego apartó esta para poder sentarse.

―¡Enseguida estoy con vosotros, parejita! ¡Papá, necesito cuatro tortillas para ayer!―Sarada medio sonrió al observar a Chōchō ir y venir con soltura entre las mesas, portando una bandeja llena hasta los topes de cafés, refrescos y platos de comida. A pesar de su constitución, la joven Akimichi se desenvolvía muy bien. Parecía que apenas notaba el peso de la bandeja, y era rápida y eficiente. Al parecer, en el último año, Chōchō había decidido sacar su faceta responsable y ayudar más en el negocio familiar, tal vez pensando en que esa cafetería pasaría a sus manos cuando sus progenitores decidieran jubilarse.

No estaba mal pensar en el futuro de una, ¿verdad? Sarada suspiró, dándose cuenta de que ella también debería ir pensando en qué hacer de su vida…

Un carraspeo la hizo salir de sus pensamientos. Se puso rígida y se giró hacia su acompañante de mesa, adoptando una pose seria y desinteresada.

―E-esto… Sarada… yo… que-quería decirte que… ―La Uchiha apretó los labios e hizo chirriar sus dientes.

―¿Qué te hace pensar que quiero hablar contigo?―le dijo en un susurro bajo, carente de toda emoción. Boruto tragó saliva y se frotó las manos en el pantalón para limpiarlas del sudor que las cubría.

―Sé que no… no soy tu persona favorita en este preciso momento, pero… ―Cerró los ojos, inspiró y exhaló y luego la miró fijamente a la cara, con expresión grave―. Lo siento. Si-siento… siento todo lo que te dije el otro día. Yo… no fue mi mejor momento…

―¿Qué te hace pensar que estoy molesta?―Boruto tomó aire.

―Cualquiera lo estaría. Sé que yo lo estaría'ttebasa. Si alguien… ―Sarada levantó una mano, deteniendo así sus patéticos balbuceos.

―No quiero oír nada de lo que quieras decirme. Olvídate de que existo y tengamos la fiesta en paz. ―Boruto apretó los dientes, negándose a rendirse a su corazón herido, dónde cada palabra que salía de los labios femeninos se le clavaba como un cuchillo.

Sarada suspiró y se apoyó en la ventana. Dejó vagar su vista por el familiar paisaje nevado de Konoha, tan frío y tan hermoso a un tiempo. Verlo ahí, frente a ella, tratando de disculparse, no era lo que quería. Para Sarada, Boruto Uzumaki había muerto. Al menos románticamente hablando. Y probablemente como amigo, también. Porque iba a tardar un buen tiempo en sanar.

Boruto la observó durante varios minutos. Sintió el golpeteo de su corazón en las costillas, cada latido más doloroso que el anterior. Se lo merecía, era cierto. Lo admitía.

Pero hizo igualmente un último intento.

―Lo siento. Sé que me has dicho que no quieres oírlo, pero… lo siento. Lo cierto es que… estaba molesto y… lo pagué contigo. No debería haberlo hecho. Lo siento. ―Se levantó, recogió su abrigo para ponérselo y sacó varios billetes de la cartera que dejó sobre la mesa―. Pide lo que quieras. Invito yo. Es… lo menos que puedo hacer. ―Por el momento, pero eso ella no necesitaba saberlo todavía.

Se puso el abrigo, el gorro y los guantes y se encaminó hacia la puerta, atravesándola cabizbajo y con los hombros caídos. Detrás de la barra, Chōchō se quedó mirando para la espalda masculina con compasión. Como mujer, entendía a Sarada. Pero como loba, como compañera de manada, entendía a Boruto.

Tomó una decisión. Ayudaría a esos dos a reconciliarse. Aunque fuese lo último que hiciese. Con determinación, se dirigió hacia la mesa dónde Sarada seguía sentada, con la mirada perdida en la ventana.

―Bueno, al menos algo es algo. ―Sarada pestañeó y miró hacia delante, encontrándose con los ojos miel de su mejor amiga mirándola fijmamente.

―¿Eh?

―Boruto. Se ha disculpado, ¿no es así? Al menos ha tenido la decencia de comportarse como un hombre y pedirte disculpas-

―Como si fuese necesario. ―Chōchō calló al oír la frialdad en el tono de Sarada. Se apoyó en la mesa y se inclinó hacia adelante.

―Sarada, al menos concédele eso: cualquier otro se habría hecho el loco o el que no se acordaba. Boruto ha venido de frente y ha admitido que fue un imbécil. ―Sarada resopló, irritada.

―Yo no se lo pedí. Además, ¿por qué lo defiendes? ¿No se supone que como mi mejor amiga tu deber es estar de mi lado?

―Estoy de tu lado, Sarada. Siempre. Ya lo sabes. Pero, como mujer, no puedo dejar pasar a un hombre que sabe comportarse con madurez. ―Sarada suspiró, ahora con cansancio.

―Déjalo, Chōchō. No intentes arreglar algo que es imposible. ―La Akimichi rodó los ojos y luego suspiró, asintiendo.

―Bueno, si es lo que quieres… Pero recuerda mis palabras: un hombre no es un hombre si no es capaz de admitir sus errores. ―Luego se levantó y se dirigió de nuevo hacia la barra, para proseguir con su trabajo.

Sarada regresó la vista a la ventana, dejando que sus pensamientos vagaran sobre los últimos acontecimientos de su vida.

«Disculparse no cambia nada, Borutonto. Ya no».

Aunque una vocecita interior le insistía para que lo perdonara.


Se miró los nudillos, ahora magullados, sangrantes y pelados. El pobre árbol con el que se había desahogado no estaba mejor: había acabado tirado en el suelo. El estruendo había hecho salir volando y piando a unos cuantos pájaros y estaba seguro de que el revuelo se habría oído en el pueblo. Pero no le importaba. Necesitaba sacar la frustración que llevaba dentro o esta se lo comería vivo.

Sabía que no iba a ser tan fácil. Pero saberlo no hacía que doliera menos. Ni siquiera el dolor físico de sus manos conseguía paliar en algo el que le laceraba el corazón.

Escuchó pasos tras él y se giró, dispuesto a echar de allí a cualquiera que se atreviera a acercarse a él. En estos momentos era un animal herido que no tenía nada que perder. Y todos sabían que era peligroso acercarse a los animales heridos.

―No es nada molón destrozarte las manos por amor al arte, ¿sabes? Sobre todo unas tan bonitas y varoniles como las tuyas. ―Boruto resistió el impulso de poner los ojos en blanco.

―Chōchō, ¿me has seguido hasta aquí?―La aludida se encogió de hombros y salió de su escondite entre los árboles que los rodeaban.

―No es difícil seguirle el rastro a un lobo herido, ya sabes. ―Boruto apretó los dientes.

―Si solo has venido a joder… ―Chōchō anduvo hasta colocarse delante de él.

―Escucha: he venido porque me preocupas. Me preocupáis los dos, de hecho. ―Boruto parpadeó.

―¿Los dos?―Chōchō suspiró.

―Sarada y tú. Sois unos memos. Ambos. ―Boruto abrió la boca para replicar, pero ella no lo dejó decir nada―. Ella por orgullosa y terca y tú por imbécil y bocazas. Entiendo por qué a lo largo de los años has actuado como lo hiciste. Pero Sarada no tiene idea, merluzo. Así que un cambio tan repentino la habrá cogido por sorpresa. Y eso está bien. Desconcertarla para que acceda a escucharte no es mal plan. Pero no funcionará. No con Sarada. Es una humana muy inteligente. Más que la media. ―Boruto suspiró.

―Lo sé'ttebasa. ―Murmuró, más para sí que para ella.

―Así que… he decidido que voy a echaros un cable. A los dos. ―Boruto frunció el ceño. Chōchō sonrió―. Antes de que me digas que no lo necesitas, déjame aclararte una cosa: no tienes ni puta idea de lo que le gusta a una doncella pura y sencilla como Sarada. Pero tranquilo, aquí estoy yo para allanarte el camino. Te ayudaré, siempre y cuando no la cagues más de lo que ya lo has hecho, claro. ―Boruto cerró los ojos y respiró hondo, tomándose unos segundos para pensarlo.

Lo cierto es que la ayuda de Chōchō puede que no le viniese mal del todo. Era cierto que no conocía a Sarada lo suficiente… todavía. Y que un punto de vista femenino, de una chica de su edad que además resultaba ser la mejor amiga de su futura compañera…

Sí, podía funcionar.

Abrió los ojos y asintió, despacio, como pensándose si al final estaba haciendo lo que debía o no.

Chōchō amplió su sonrisa.

―Así me gusta, lobito. No te arrepentirás. Cuenta conmigo. ―Boruto se metió las manos en los bolsillos, arrepintiéndose al segundo al ver la mueca malvada en el rostro de su amiga.

«Espero que no me salga el tiro por la culata».


―Mmmm… Hinata, tus pasteles están deliciosos, como siempre. ―La Uzumaki sonrió, dejando en el centro de la mesa una bandeja con termos de té, café y leche.

―Suertudas―murmuró Tenten, una mujer alta y castaña con el cabello recogido en dos elegantes moños a los lados de la cabeza―. Vosotras podéis comer lo que os dé la gana cuando os dé la gana y no engordáis ni un gramo. ―Tenten suspiró, cogiendo una taza para servirse un poco de té.

―Gracias, Ino. Tenten, hay bocadillos integrales, si quieres. ―Tenten, con medio bollo en la boca, la miró sorprendida. Ino y Karui rieron.

―Déjala, Hina. Creo que ya se ha rendido ante tu talento culinario. ―Tenten murmuró un asentimiento de placer mientras saboreaba el bollito recién horneado. Estaba de muerte…

―¿Y bien? ¿Por qué nos convocaste con tanta urgencia, Hina? ¿Ha pasado algo…?―Hinata suspiró, sentándose en el extremo de uno de los sofás del salón de su casa, dónde las mujeres estaban reunidas.

―Yo lo sé―dijo Ino, dejando su taza de café sobre la mesa―. Boruto, ¿cierto?―Hinata asintió.

―Como todas ya sabréis… Sarada está aquí, en Konoha. Vino contraviniendo las órdenes de sus padres y Sasuke-kun… bueno… le ha dado vía libre a Boruto. ―Cuatro pares de ojos se abrieron al tiempo, sorprendidos.

―¿En serio?―preguntó Temari, loba y esposa de Shikamaru, uno de los consejeros y amigos de Naruto que lo ayudaban a mantener el orden y la paz en su particular manada, como ellos lo llamaban.

Hinata asintió, adoptando un aire serio.

―Boruto está dispuesto a hacer las cosas bien… por fin, ahora que puede hacerlo. Pero eso implica…

―… Contarlo todo a Sarada―terminó Ino por ella.

―Y no solo eso: ella tiene que aceptarlo. De otra manera, las cosas no funcionarán. ―Hinata volvió a asentir al escuchar a Temari.

―¿Por eso nos has llamado a nosotras también?―preguntó Tenten, curiosa. Hinata parpadeó y luego negó con la cabeza.

―Os he llamado a todas porque sois mis amigas. Aunque… bueno, no puedo negar que tu opinión y la de Karui sería de gran ayuda.

―¿Porque las dos somos humanas?―Hinata volvió a asentir.

―¿Cómo… es decir, cuándo os enterastéis…

―¿Quieres saber si nos dio un infarto o algo así?―Hinata tuvo que esforzarse para no sonreír.

―Sí, más o menos. ―Tenten y Karui se miraron y se sonrieron.

―Bueno, en mi caso me quedé en shock para luego echarme a reír. Me dio un ataque de histeria. Neji pensó que me había vuelto loca de repente… Luego, estuve dos días encerrada en mi casa, en la ciudad, ya sabes, antes de mudarme definitivamente. Si unos locos psicópatas me perseguían porque pensaban que estaba involucrada con tu primo, prefería tenerlo cerca a que me pillaran por sorpresa. Soy una gran maestra de las artes marciales, pero mis habilidades solo funcionan con los humanos normales y corrientes―gruñó Tenten, como si aquello la molestara.

Hinata, Ino y Temari rieron. La morena se giró entonces hacia Karui, que estaba pensando como responderle.

―La verdad, en mi caso… Chōji intentó que no me diese cuenta por todos los medios. Para él, bueno… sabéis que siempre ha tenido complejo por su físico. Si para un humano es motivo de vergüenza tener sobrepeso… para un lobo es algo casi inaudito. Así que como pensaba que ya era algo raro que quisiera salir con él, hizo de todo para que sus otras rarezas no me espantaran. ―Ino sonrió, recordando alguno de aquellos momentos en los que Chōji los arrastraba a ella y a Shikamaru para distraer a Karui de cualquier cosa lobuna o extraña que ocurriese a su alrededor.

―Él ya sabía que eras su compañera destinada, pero eras humana. Y eso… lo aterraba―le dijo la rubia, suavemente, poniendo una mano sobre las de Karui, que sonrió.

―Lo sé. Ahora lo sé. ―Respiró hondo para salir de su mundo de recuerdos y fijó la vista en Hinata―. Al final, no pude soportarlo más y me planté. Le dije que qué leches pasaba, por qué siempre desaparecía de repente con alguna excusa ridícula para aparecer al día siguiente o a los dos días como si nada hubiera pasado. Recuerdo que le entró el pánico e intentó salirse por la tangente y escapar de mí. Como estábamos en la ciudad, no podía echar a correr con su velocidad sobrehumana, así que conseguí darle alcance en una calle medio desierta y le supliqué. Le dije que, si me quería, si quería que lo nuestro funcionara, me tenía que contar qué ocurría. ―Hinata sonrió al ver los ojos color miel de su amiga brillantes.

―Y… ¿se transformó?―Karui asintió.

―Bueno, no inmediatamente, me dijo que, si de verdad quería saber, fuese con él. Nos metimos en su coche y condujo hasta llegar a una zona algo apartada en medio de la nada. Yo a esas alturas pensaba que me había metido en algo peligroso, que me iban a secuestrar o algo así y había sido tan imbécil como para caer en la trampa. Pero entonces él se bajó del coche, me pidió que hiciera lo mismo y allí, en medio de ninguna parte… se transformó. Me quedé en shock. ―Tenten asintió, comprensiva.

―Como para no. Esa primera vez que Neji hizo lo mismo delante de mí, a poco más me muero del susto. Mientras que Lee ya lo sabía, el muy maldito. ―Hinata sonrió a Tenten y le dio un apretón reconfortante en la mano, haciendo luego lo mismo con Karui.

―¿Y cómo te lo tomaste?―La pelirroja se encogió de hombros.

―Primero me desmayé. Me desperté un par de horas más tarde, en el coche, con Chōji abrazándome como si realmente me hubiese muerto o algo así. Al ver su rostro lleno de lágrimas, de miedo, de pánico… comprendí que daba igual que fuese lobo o no, para mí como si era medio caballo. Amaba a ese chico que se preocupaba lo suficiente, hasta el punto de llorar delante de mí. En el mundo que había vivido hasta ese momento, un hombre que lloraba era considerado un inútil, un débil, un bueno para nada.

―Chōji siempre fue dulce y amable, demasiado amable para cómo eran las manadas en aquella época―comentó Ino, con una sonrisa nostálgica.

―Que se lo cuenten a Hinata―dijo Temari, con un bufido. Un estremecimiento recorrió la espalda de la mencionada ante las palabras de sus dos amigas rubias.

―No pensemos en eso ahora. Entonces… ¿Te lo tomaste bien?―Karui respiró hondo.

―No te mentiré: fue difícil de asimilar. Más que el hecho en sí, todos los cambios que vinieron detrás. Tuve que mudarme, empezar una nueva vida. Luego estaban todas esas costumbres lobunas, cómo… bueno… ya sabéis… ―Hinata e Ino se sonrieron, cómplices. Karui, roja como un tomate, agarró su taza de té y le dio un sorbo, tratando de disimular el rubor que de pronto cubría su piel morena.

―Entonces… ¿Qué podemos hacer? No quiero que mi futura nuera acabe odiándonos… ―Tenten y Karui se miraron.

―Hinata, no es algo que puedas decidir tú. Si Sarada acepta o no a Boruto, es cosa suya. De ellos. En términos de nuestra especie, Boruto ya es adulto. ―Hinata suspiró.

―Lo sé, Temari. Pero eso no quita que me preocupe igual. Soy su madre.

―Cuando os oigo hablar de vuestros hijos, casi me creo que seáis humanas y todo―dijo Tenten, haciendo reír a las únicas dos lobas presentes.

―Entonces… ¿No hay nada que pueda… ―Karui dio un sorbo a su taza de té antes de contestar. Quería tranquilizar las inquietudes de su amiga, pero también era consciente de todo lo que implicaba el que un humano entrase a formar parte de una manada llena de lobos que, aunque con forma humana la mayor parte del tiempo, tenían sus peculiaridades.

Cómo cuando se ponían a gruñir por todo y, lo peor, es que se entendían entre ellos. Le había costado un tiempo acostumbrarse, pero luego se dio cuenta de que no podría haber escogido una familia mejor. Porque aunque posesivos, malcarados y gruñones, también eran ferozmente protectores; amaban con pasión, con desmesura, cómo jamás podría hacerlo un humano ya que, a diferencia de estos, los lobos solo encontraban una pareja en la vida a la que amaban verdaderamente, la única con la que podrían tener hijos. Y, si bien esto podría parecer contraproducente, en realidad acababa siendo todo lo contrario, porque más temprano que tarde, los dos se daban cuenta de que el instinto nunca fallaba, y de que cada uno era guiado hacia aquella persona que mejor podía comprenderlo, complementarlo y amarlo.

Finalmente miró para Hinata y le tomó las manos entre las suyas, apretándoselas para tratar de reconfortarla.

―Muéstrale a Sarada todo lo que se está perdiendo―le dijo, en tono suave―. No le hables de Boruto ni trates de influenciarla con palabras, no funcionará. Pero muéstrale cómo se las gastan los hombres de la familia, nuestros hombres. Hazle ver lo maravillosa que puede ser Konoha o el tener a un puñado de lobos malhumorados pendientes de ti.

―¿Así que somos malhumoradas, eh?―le dijo Ino, juguetona, aunque con el ceño un tanto fruncido. Tenten sonrió.

―Solo cuando algo os molesta. Pero es normal, creo. En todos los años que os conozco y que somos amigas, he llegado a la conclusión de que a veces sois más animales que personas. Y no lo digo en el mal sentido. Sino que… os guiais por vuestro instinto más que por la mente. Si algo os da mala espina u os resulta sospechoso, enseguida se os nota. Pero eso es bueno porque hace que personas como Karui o como yo que os conocen, sepan que algo no anda bien y podamos tomar las medidas necesarias para protegernos, en caso de que ninguno esté cerca. ―Karui corroboró las palabras de Tenten con un asentimiento de cabeza.

―Eso me salvó varias veces, cuando conocí a Chōji. Vengo de un ambiente… complicado, aunque eso es decir poco, creo. En muchas ocasiones aparecía de la nada, y yo me cabreaba con él porque creía que había estado siguiéndome o algo así. Que tampoco andaba muy lejos de la verdad, vamos, pero sin él… tal vez no estaría aquí. Es curioso, como el destino hace que conozcas a la persona correcta en los momentos más inoportunos. ―Hinata sonrió cálidamente al oír a su amiga.

―Eso… no puedo discutírtelo―dejó salir en un susurro que solo Ino llegó a oír. La rubia miró a Hinata y sonrió, sabiendo que su mente se había perdido en los recuerdos.

Luego suspiró, pensando en que Sakura ya podía estar preparada para lo que se avecinaba, porque esta vez no estaban dispuestas a ceder. Ni ellas ni los demás.

Ya no más.


―Bueno, ¿qué haremos?―Fue Shikamaru quién planteó la pregunta. Él, Naruto y Sasuke se encontraban en el jardín de la casa del segundo, disfrutando bajo el porche cubierto del frío y la nieve primaveral. Pronto el sol calentaría más y derretiría el manto blanco, desvelando así la naturaleza dormida que había debajo.

Era un paisaje bonito. Algunos dirían que duro y helado en invierno, pero eso estaba bien para ellos. De hecho, era precisamente por esa dureza e inaccesibilidad que sus ancestros se habían quedado a vivir allí. Incluso hoy en día, con los coches, era difícil llegar hasta Konoha. Aunque el turismo había repuntado en los últimos años, gracias a todo el trabajo que Naruto, Sasuke y él habían hecho y seguían haciendo.

―No lo sé. ¿Sasuke? ¿Alguna idea'dattebayo?―El aludido gruñó como única respuesta, haciendo suspirar a Naruto, que se dedicó a terminarse uno tras otro los deliciosos bollos que su esposa había horneado aquella mañana. El beicon y los huevos habían desaparecido hacía tiempo, así como las tostadas y las salchichas. Aun así, todavía quedaban cuatro bandejas enteras llenas de bollos, y Naruto se felicitó una vez más por haber conseguido convencer a su maravillosa mujer de que lo aceptase y pasase el resto de sus días a su lado.

―Será problemático―dijo Shikamaru, echando más de ese delicioso café en su taza y paladeándolo con deleite en cuánto el líquido amargo, caliente y reconfortante tocó su lengua.

Naruto suspiró, terminando un bollo y cogiendo otro, devorándolo también en cuestión de segundos. A su otro lado, cómodamente sentado sobre una tumbona que el rubio había sacado del cobertizo para aquella reunión informal, junto con otras dos―una para él y otra para Shikamaru―Sasuke hacía lo mismo, comiendo bollo tras bollo como si no hubiera un mañana.

―Eso ya lo sabemos. El caso es… ¿qué hacemos? No podemos sentarnos y dejar que todo estalle'ttebayo.

―¿Ah, no?―Naruto miró de mala manera para el Nara.

―No, así que deja de hacer el vago y empieza a darle a ese cerebro de listillo que tienes. Que falta nos va a hacer. ―Shikamaru se estiró y dejó escapar un bufido de protesta.

―Qué problemático. Sasuke, es tu asunto, ocúpate tú. ―El Uchiha gruñó por segunda vez.

―¿Se puede saber qué mierda os pasa hoy? ¡Está a punto de armarse la marimorena y vosotros ahí, tan panchos! ¡No tenéis sangre en las venas'ttebayo!―Ahora fueron los dos morenos los que gruñeron. Naruto puso los ojos en blanco y se dejó caer sobre su tumbona―. Me rindo. Sois un caso perdido… ―murmuró. Shikamaru y Sasuke lo miraron con una ceja alzada cada uno, para luego observarse y sonreírse. Ya habían molestado un poco a su jefe, ahora sí podían ponerse al lío.

―Naruto, realmente, no hay nada que podamos hacer. Sakura tiene todo el derecho del mundo a venir a Konoha e intentar llevarse a su hija. El único que puede impedírselo es Sasuke. Y él ya ha dejado claro que esta vez no va a permitirlo. ―Naruto se rascó la frente.

―Eso lo sé. Pero todos aquí sabemos lo cabezota, impulsiva y de mal genio que es Sakura. Montará un cristo y alborotará al pueblo. Acusará a Sasuke de un montón de mierdas y luego… querrá irse por dónde ha venido, como si tal cosa.

―Esta vez no―dijo Sasuke, con determinación filtrándose en su voz―. Sarada quiere quedarse. No me lo ha dicho, pero lo sé. Es mi hija. La conozco. Ya las últimas vacaciones lamentó tener que marcharse. No le gusta la ciudad. No tiene amigos allí y pasa casi todo su tiempo encerrada en casa, estudiando o haciendo trabajos extra para el colegio. ―Naruto y Shikamaru lo miraron, sorprendidos.

―¿Y tú cómo sabes todo eso?―Sasuke se encogió de hombros.

―Ser policía tiene sus ventajas, aunque sea en un pueblo como Konoha. Tengo mis contactos. ―Naruto alzó las cejas.

―¿Le has pedido a algún policía de la ciudad amigo tuyo que espíe a tu hija?

―Yo no diría espiar. Es una palabra… comprometida. Vigilar, quizá. Estar al pendiente…

―Sasuke, lo pongas como lo pongas, da igual. Has estado espiando a tu hija. ―Sasuke desvió la vista, negándose a admitir lo evidente.

―Necesitaba saber cómo le iba. Es todo. ―Shikamaru y Naruto suspiraron pero no lo censuraron, tampoco. Los dos sabían que los instintos podían ser un dolor en el culo a veces. Además, no era la primera vez que Naruto ponía a Konohamaru, un lobo joven al que él mismo había entrenado de cachorro, a seguir a Boruto o a Himawari cuando creía que era necesario.

O que él hacía lo mismo con Shikadai, el vago y maleante que tenía por hijo. Era un buen chaval, pero descuidado y perezoso al extremo, que odiaba tener que esforzarse por cualquier cosa. En eso se parecía a él en demasía, lo admitía. Él tampoco había sido el epítome del trabajo duro a su edad. Suponía que en cuanto madurase, la cosa cambiaría. Era cuestión de tiempo.

―Volviendo al tema… ¿qué haremos? Por mucho que digas que no vas a dejar que Sarada se marche… No sé yo si ella querrá quedarse, no después de… de lo que Boruto le ha hecho―terminó Naruto, algo incómodo por toda la situación generada por su primogénito.

Sasuke suspiró y miró para su mejor amigo y líder.

―No fue culpa de Boruto, no entera, al menos. Deja de martirizarte. Además, aun a pesar de eso, estoy seguro de que Sarada no querrá marcharse. Es feliz aquí, lo sé. Y es solo cuestión de tiempo que tu mocoso arregle su metedura de pata. Lo sé. Es tan cabezota como tú. Yo diría incluso que más. ―Naruto sonrió.

―Lo es, ¿verdad? Creo que más que de mí, lo ha heredado de su madre'ttebayo. ―Sasuke medio sonrió mientras que Shikamaru suspiró, relajado al fn.

―Bueno, pues decidido. Hablarás con Sakura y le dirás que no puede presentarse aquí como la reina de Saba y pretender hacer su santa voluntad. Las cosas no funcionan así. ―Naruto resopló.

―Es más fácil decirlo que hacerlo'dattebayo.

―¿Quieres que te escriba un discurso?―Naruto hizo un gesto de negación con la mano.

―Nah, déjalo. Ya improvisaré sobre la marcha. Sería tontería que me escribieras algo que olvidaría a los dos minutos.

―Bueno, al menos lo admites. ―Naruto le dio un puñetazo en el hombro, lo suficientemente fuerte como para desequilibrarlo. Shikamaru gruñó en protesta pero no le devolvió el golpe, sabiendo que en parte se lo merecía, ya que no estaba siendo muy colaborador aquella mañana. Pero es que no era hombre de mañanas, no señor.

Sasuke, por su parte, se limitó a cerrar los ojos con una sonrisa. Ahora que el tema de su hija estaba decidido, solo le quedaba esperar a que la madre de la susodicha se presentase en Konoha.

Y entonces su plan podría empezar.

Al fin, iba a recuperar su vida, una vida que jamás debería haber desaparecido.

Fin Empezando la reconquista


¿Qué? Ya os dije que era confuso. No me miréis así xD.

Ahora, si sois tan amables, ruego me dejéis todas vuestras opiniones y sugerencias en un bonito review que me levante el ánimo y me dé energía para aguantar lo que queda de día. Por favor. Necesito gasolina. Desesperadamente. Así que, ¿me dejáis un review? Porque, ya sabéis:

Un review equivale a una sonrisa.

*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.

Lectores sí.

Acosadores no.

Gracias.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.