¡YAHOI! ¿Cuánto tiempo, eh? Demasiado, lo sé xD.
En fin, no quiero entreteneros mucho, así que, por favor, disfrutad del capítulo y leed las notas de autor del final. Tengo novedades, novedades frescas fresquitas fresquísimas (?).
Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto.
¡Espero que os guste!
Regreso
A través de la luna delantera del coche, Sakura divisó a lo lejos el cartel que anunciaba que estaba entrando en el territorio de Konoha. Apretó las manos sobre el volante y tensó la mandíbula, mientras el vehículo se deslizaba por la vieja carretera que tantas veces habían recorrido ella, Naruto y Sasuke en su adolescencia, cuando todavía el acceso era impracticable y ningún humano del mundo exterior podía acceder al pueblo.
Apartó de su mente aquellos recuerdos, negándose a que la nostalgia la ablandara. Necesitaba sacar a su hija de allí. Era un corderito indefenso ante una manada de lobos hambrientos, y sí, lo pensaba literalmente.
Finalmente, las primeras casas aparecieron ente ella. Vio a un chico salir de un puesto de vigilancia. Oficialmente, ese puesto estaba para controlar el número de turistas que accedían, extraoficialmente, para controlar que nadie que fuera a causar problemas se colara.
―¡Buenos días! Hace frío hoy, ¿eh? Espero que se haya traído ropa de abrigo. ―El chico rio, intentando ser amable y educado. Pero Sakura no tenía ganas de ser educada y amable. Con gesto brusco, agarró su bolso y le tendió su permiso de conducir. El joven parpadeó y abrió los ojos―. Oh, no hace falta que me enseñe nada. Con que me diga su nombre y el motivo de su visita, ya sabe, es una zona natural protegida y…
―Sakura Haruno. Vengo a buscar a mi hija. ―El chico pestañeó y ladeó la cabeza, ahora con curiosidad. Sakura esperó, con el cuerpo tenso como un arco de violín.
Tras un minuto de minucioso escrutinio, el chico asintió y entró de nuevo en la garita, para presionar el botón que levantaría la valla de seguridad que daría paso al coche. Sakura arrancó casi al instante y se perdió de su vista.
Se fue poniendo más y más nerviosa con cada tramo de carretera que recorría. Pronto llegó al centro del pueblo. Aparcó el coche al lado de un edificio que debía de haber sido remodelado en los últimos años, porque no le sonaban ni las ventanas ni el color de la fachada.
Cerró los ojos y respiró hondo, buscando tranquilizarse. Ella solo había venido a buscar a su hija. Nada más. No podían impedírselo. Era su hija. Tenía su custodia legal. Sarada aún era menor de edad. No debería haberse ido de la manera en que lo hizo.
Porque eso la había obligado a ella a volver, cuando había jurado que jamás lo haría, que jamás volvería a poner un pie en esas calles viejas y llenas de baches en las que había compartido juegos y confidencias con el resto de sus amigos.
En las que todos sus sueños y esperanzas se habían cumplido solo para ser rotos en mil pedazos cuando la realidad le cayó encima de golpe.
Ella era humana. No pertenecía allí. Ni su hija tampoco.
Respirando hondo, se deshizo del cinturón de seguridad, tomó su bolso, agarró las llaves y abrió la puerta del coche, saliendo de este. Una ráfaga de viento helado la recibió, haciendo que su palidez natural se acentuara. Metió medio cuerpo en el coche mascullando una maldición y cogió un anorak grueso que había llevado consigo a sabiendas de que en ese pueblo del demonio haría un frío helador.
Se lo puso, se colgó el bolso al hombro y cerró el coche. Le había dicho a la empresa de alquiler que lo necesitaría durante dos o tres días. Le habían asegurado que no había problema y que, en caso de necesitar más tiempo, podía comunicarlo por teléfono y ellos ampliarían el contrato y le pasarían la factura encantados.
Se preguntó qué sería mejor. ¿Ir a casa de Sasuke? Lo descartó al instante. No. Seguramente él ni se encontraba allí, tan ocupado como estaba siempre. ¿A casa de Naruto? Sin duda, él sabría dónde encontrar a su hija. Era el alfa, el líder. Aunque eso tampoco lo hacía ser omnipresente. ¿A casa de sus padres? No, no debería importunarlos. Ellos le habían dejado bien claro en numerosas ocasiones que no aprobaban su decisión de irse y de llevarse a Sarada consigo. Estaban absorbidos por la ilusión de felicidad que daba la vida en Konoha, al igual que el resto de humanos inocentes que vivían allí.
Sakura no lo entendía, ahora que era adulta. ¿Cómo podían aceptar tan alegremente vivir entre seres que de un momento a otro podían transformarse en bestias y arrancarte la cabeza de un mordisco si se les cruzaban los cables?
Sacudió la cabeza. No le valía de nada pensar en ello. Ella había tomado la sabia decisión de irse. Ya no tenía nada que la atara a Konoha. Absolutamente nada. Al menos, así lo atestiguaban los papeles del divorcio.
Finalmente, se dijo que si de verdad quería saber dónde encontrar a Sarada, la fuente más fiable de información sería Chōchō Akimichi, la declarada mejor amiga de su hija. Por más que Sakura se había esforzado en alentar a Sarada a que hiciera amistades nuevas en la ciudad, su hija se había encerrado en sí misma y seguía manteniendo contacto con sus amigos de la infancia. Sakura había creído que con el tiempo se le pasaría, pero contra todo pronóstico, Sarada no había dejado atrás Konoha igual de bien que lo había hecho ella.
Suspiró, mientras caminaba hacia la cafetería que regentaban Chōji y su mujer, Karui. Hacía años que no los veía. Se preguntó cómo la recibirían y luego se encogió de hombros, asiendo la manilla de la puerta y tirando hacia fuera para abrirla. El calor y el ruido proveniente del interior la inundaron. A Sakura no le sorprendió ver el local tan animado. Era casi la hora de comer y muchos aprovechaban para juntarse allí para llenarse el estómago y comentar los últimos cotilleos o eventos del día en vez de volver a sus casas. Además, los niños estaban de vacaciones y en un pueblo tan pequeño y aislado como Konoha, incluso ir a comer a la cafetería del pueblo suponía un entretenimiento más que bienvenido.
Al principio, nadie le dio más de una mirada. Luego, alguien cuchicheó algo y pronto un murmullo se extendió por el local a medida que ella avanzaba por entre las mesas, directa hacia la barra. Se negó a dar muestras de que eso la afectara. Así que levantó la cabeza en un gesto altivo y orgulloso mientras apoyaba las manos sobre la superficie de madera vieja y carraspeaba, tratando de llamar la atención de la joven que preparaba cafés como si no hubiera un mañana.
Chōchō no pareció haberse percatado de su presencia, pero Sakura sabía que solo la estaba ignorando a propósito. Era imposible que alguien poseedor de las peculiaridades de un Akimichi no la hubiese notado desde que entró por la puerta.
Volvió a carraspear, esta vez más alto, mostrando así su molestia. Estaba intentando no montar una escena, de verdad que sí, pero sus nervios y la gente que la miraba ahora como si fuera una atracción de feria no se lo estaban poniendo nada fácil.
De la puerta de la cocina salió entonces Karui, con su larga melena pelirroja recogida en un moño desordenado. Su piel morena brillaba a causa del sudor y el ceño fruncido indicaba que no estaba de humor.
Tras su mujer, Chōji asomó su enorme cuerpo. Sonrió fugazmente a Sakura y le susurró a su mujer algo al oído. Karui discutió con él unos segundos, para luego resoplar, darse la vuelta y volver a meterse en la cocina.
Chōji se aclaró entonces la garganta y empezó a balancearse nervioso sobre los talones, sin saber muy bien qué hacer o decir. Supuso que lo más adecuado sería saludar primero.
―Hola, Sakura. ―La pelirrosa sintió que parte de su tensión se desvanecía. Chōji había modulado un tono educado y amable. No quería problemas. Bien, ella tampoco. Además, su guerra no iba con él. Por mucho que la hiciera sentir incómoda estar en presencia de una criatura que era medio lobo.
―Hola. ―Miró de reojo para Chōchō, que seguía con sus quehaceres, ajena al parecer a la escena que se desarrollaba a su lado. Su padre suspiró y negó. Se acercó a su hija y le dijo algo al oído. Chōchō protestó pero Chōji volvió a insistirle. Finalmente, tras una rápida batalla verbal, la joven claudicó, elevando los brazos al cielo y bufando, en un exagerado aspaviento digno de un adolescente en pleno berrinche.
Se dio la vuelta y se plantó frente a Sakura, con los brazos cruzados, los labios torcidos, el ceño fruncido y los ojos entrecerrados.
―¿Qué?―Sakura intentó no alterarse por su brusquedad. Suponía que Chōchō solo quería proteger a su mejor amiga a causa de alguna lealtad malentendida. Era una niña todavía y no entendía que algunas cosas estaban por encima del romanticismo de la lealtad, la amistad o, incluso, el amor.
―¿Dónde está Sarada?―Chōchō apretó los labios y sus dedos se clavaron en la bronceada piel de sus brazos.
―No lo sé.
―Chōchō―imploró su padre. La joven bufó.
―No lo sé. Sarada ya es mayorcita, ¿sabes? No me dice a cada segundo dónde está, con quién está o lo que hace o deja de hacer. ―Sakura sintió que empezaba a perder la paciencia. Chōji le lanzó a su hija una mirada ahora de advertencia, diciéndole sin palabras que no agitara más el avispero. Con un último resoplido, Chōchō claudicó―. Seguramente estará en casa de tío Naruto y tía Hinata. Pasa mucho tiempo allí últimamente, ¿sabes?―dijo, de forma maliciosa.
Sakura sintió que todas las alarmas empezaban a sonar en su cabeza. Tragando saliva, le dio las gracias con un cabeceo a Chōchō y se dio la vuelta para salir nuevamente a la calle. El frío del exterior le dio la bienvenida y suspiró, arrebujándose en su abrigo y metiendo las manos en los bolsillos, maldiciéndose por haberse olvidado de coger un par de guantes antes de salir de su casa a toda prisa.
Echó a andar por el centro del pueblo, mirando de reojo casi sin quererlo para las casas que rodeaban la amplia plaza en cuyo centro una fuente de piedra se alzaba, orgullosa, casi inalterable a pesar del paso de los años. Nadie sabía a ciencia cierta cuánto tiempo llevaba allí el imponente monumento de piedra, pero se decía que era uno de los elementos más antiguos del país. Desde luego, el artista que la esculpió había hecho un trabajo magnífico retratando a la jauría de lobos siguiendo lo que parecía las órdenes de un humano de aspecto salvaje, cuyo dedo índice señalaba directamente hacia la entrada del pueblo.
Sakura recordaba perfectamente aún a día de hoy la leyenda que rodeaba a esa fuente. El hombre se decía que era el fundador del pueblo de Konoha, y los lobos sus inseparables compañeros aunque, por supuesto, todos en Konoha sabían que esos lobos eran también hombres, hombres transformados en su bestia interior. Y el humano su líder, el alfa que los guiaba, ordenando a sus seguidores que expulsaran a los invasores de su nuevo hogar, el único remanso de paz que había hallado su pueblo tras mucho tiempo vagando de bosque en bosque, de pantano en pantano, de montaña en montaña, siempre evitando a los humanos que no entendían por qué algunos de los suyos de pronto, al llegar a la adolescencia, se convertían en lobos gigantescos y amenazadores.
Un grito femenino la sacó de sus pensamientos. Giró la cabeza y vio cómo una mujer rubia ligera de ropa, venía corriendo en su dirección, con sus ojos azules bien abiertos. Sakura sintió el fastidio recorrerla a la vez que un sentimiento de incomodidad.
Ino se paró frente a ella dejando que su vestido de gasa lila flotase un segundo a su alrededor antes de volver a caer con gracia, acariciando sus blancas y largas piernas. Sakura hizo una mueca y luego se ruborizó a causa del enfado hacia sí misma. Hacía mucho tiempo que había dejado de sentirse inferior en comparación con Ino. Su antaño mejor amiga era una mutación antinatural de la naturaleza, ella no. Ella era humana. Normal. Y no pretendía ser nada más. Y su hija, por quién estaba allí, era igual que ella. Y se negaba a sentirse mal por eso.
Así que irguió los hombros y la miró directamente a los ojos.
―Ino-cerda.
―¡Frentona! ¡Eres tú! ¡No me lo puedo creer! ¡Estaba a medio vestir cuando Karui vino a contármelo! ¡Válgame el cielo! ¡Estás… estás… ―Sakura alzó una ceja ante su balbuceo.
―¿Mayor?―Ino boqueó para luego echar la cabeza hacia atrás y reír.
―Iba a decir «madura», pero supongo que tu definición vale igual. ―Se encogió de hombros.
―Tú, sin embargo, no has cambiado un ápice. Sigues exactamente igual. ―Ino notó el tono cortante con una pizca de resentimiento y automáticamente borró su sonrisa. Frunció el ceño y se irguió, casi queriendo gruñir. Sakura se preparó. ¿Ino le saltaría al cuello? ¿Se transformaría?
Para su sorpresa, Ino respiró hondo un par de veces y recuperó acto seguido su sonrisa. Enganchó su brazo con el suyo y empezó a andar arrastrándola con ella.
―Vamos, seguro que querrás ver a Sarada. Lo más probable es que esté por ahí con sus amigos. Naruto y Hinata sabrán por dónde andan esos chicos. ―Sakura se dejó arrastrar, sin ganas de discutir. Era más rápido así. En cuánto tuviera de nuevo a su hija, ambas se irían.
Enseguida llegaron a una casa un poco más apartada de las demás, casi en el límite del pueblo. Reconoció la propiedad al instante y sus ojos verdes se abrieron desmesuradamente. Ino soltó una risita al percatarse de su aturdimiento.
―A Naruto le costó un poco arreglarla y adecentarla, pero con la ayuda de Sasuke, Shikamaru y los demás tuvo todo listo en un periquete. Fue su regalo de boda para Hinata. Aunque, bueno, Boruto ya existía por aquel entonces. Y pensar que nos reíamos de él cuando decía que algún día viviría en esta casa y sería el alfa de todos nosotros… ―Sakura sintió que sus ojos se empañaban y parpadeó para ahuyentar las traicioneras lágrimas.
No iba a caer en la burda trampa de Ino. Ella era más lista que eso.
La rubia la soltó momentáneamente para abrir la puerta del jardín y la dejó pasar primero. Tragando saliva, Sakura se adentró en el jardín aún cubierto de una capa de nieve. Esta había comenzado a derretirse, pero Sakura sabía por experiencia que no desaparecería del todo hasta dentro de un par de meses.
Llegaron a la entrada de la casa y, sin llamar y sin timbrar, Ino abrió la puerta y la empujó dentro, mientras ella cerraba.
―¡Ya estamos aquí!―anunció, a sabiendas de que los que estuvieran en el interior de la casa ya lo sabrían.
Tomándola del brazo, Ino tiró de Sakura hasta el salón. Sakura tuvo que tragar saliva cuando sus ojos verdes se adentraron en la cálida estancia, reencontrándose con varios de los rostros de su infancia y adolescencia.
Tragando saliva, repasó con su mirada a todos y cada uno de ellos. Allí estaba Shikamaru, con su mirada aburrida y desinteresada de siempre; Hinata, con sus inquisitivos y a la vez compasivos orbes perlados; Naruto, quién se esforzaba por sonreírle de manera cálida, aunque ella podía ver lo nervioso que estaba en realidad; y, por último… él.
Sasuke.
Su peor pesadilla hecha realidad.
Tuvo que esforzarse al máximo para no echarse a temblar. Para no echarse a llorar como si aún fuera una niña asustadiza y hambrienta de amor y de atención del chico al que amaba. No, ya no iba a rebajarse más. Había aprendido por las malas que ese no era su sitio. Y le importaba un bledo lo que el universo quisiera para ella.
Sin transmitir ninguna emoción, los miró a todos de hito en hito. Finalmente, los saludó con un educado y civilizado cabeceo. Shikamaru gruño y murmuró algo. Sakura casi quiso sonreír, segura de que su antiguo amigo habría dicho algo así como «problemático».
―Sakura… ―La voz de Naruto la hizo parpadear una vez. La había sorprendido su tono, más varonil y ronco que la última vez que la había oído―. Me alegro de que hayas decidido visi-
―¿Dónde está mi hija?―lo cortó, enfatizando las dos últimas palabras. Naruto cerró la boca y dejó salir un largo y cansado suspiro. Sakura vio cómo Hinata se movía hacia él y le cogía la mano, dándole un apretón. Naruto le dedicó una mirada llena de calor y agradecimiento, devolviéndole el apretón y luego volviendo a mirarla a ella.
Se aclaró la garganta y habló de nuevo:
―Sakura, bienvenida a Konoha. Espero que las cosas te hayan ido bien en estos años. ―Sakura se irritó ante su intento de querer se correcto y educado. Ese no era el Naruto que ella conocía. El Naruto que ella conocía era escandaloso, infantil y fanfarrón. Y ya estaría abrazándola efusivamente y chillándole al oído lo mucho que se alegraba de verla y lo encantado que estaba de tenerla de nuevo allí.
Sacudió la cabeza ante sus absurdos pensamientos. El tiempo no podía retroceder. No podía pretender que todo fuese cómo cuando aún eran unos niños que tan solo querían ser mayores para sentirse importantes, apreciados y amados. Ella, por supuesto, tenía unos padres que la querían y la mimaban, pero lo único que quería en esa época era que Sauske la quisiera tanto como ella lo amaba a él.
De nuevo, sintió irritación ante su traicionera mente, que se empeñaba en retrotraerla al pasado una y otra vez. Estar en Konoha estaba empezando a afectarle. Debía salir de allí cuánto antes. Debía llevarse a Sarada de allí cuánto antes.
―¿Dónde está mi hija?―repitió su pregunta, demandante, exigiendo una respuesta inmediata. Naruto suspiró e Ino frunció el ceño. Sasuke, por el contrario, la miró directamente a los ojos, sin transmitir emoción alguna.
―Mandaré a alguien a buscarla, si quie-
―No va a irse contigo. ―Sakura pestañeó. Giró su cabeza lentamente hacia el que había soltado esas palabras, mientras sus oídos captaban la maldición que soltaba Naruto por lo bajo.
Sus ojos verdes se clavaron en unos negros como el ónix. Sasuke seguía con la misma expresión inmutable desde que ella había llegado. Sakura sintió que toda su irritación se transformaba en ira, en pura furia, dirigida solo y exclusivamente hacia una persona en concreto.
―¡¿Perdona?! ¡¿Qué has-
―Sarada no va a irse. No quiere irse. Se queda conmigo. ―Las pálidas mejillas de la pelirrosa se calentaron a causa del enfado.
―¡¿Y quién eres tú para decidir algo así?! ¡Sarada es mi hija! ¡Yo tengo su custodia! ¡Tú no puedes-
―Un papel no significa nada. Nada. ―Sasuke calló para luego dejar caer las palabras definitivas que hicieron que a Sakura se le retorciesen las entrañas―. Ella no es feliz contigo.
―¡¿Cómo te atreves?! ¡Tú no sabes, nada! ¡NADA! ¡Todo lo que he hecho ha sido por Sarada, por su bienestar, por su felicidad! ¡No tienes ningún derecho a reprocharme nada! ¡No cuando tú… tú…
―Por favor, Sakura, Sasuke, hablemos como personas civilizadas―trató de mediar Naruto, interponiéndose entre ambos. Sakura clavó entonces su mirada en él, hirviendo de ira.
―¡¿Personas?! ¡Por favor! ¡Vosotros no sois personas! ¡Sois… sois…
―Dilo―gruñó Sasuke, sus ojos negros endurecidos, brillando de desafío―. Vamos, Sakura, dilo. ―Sakura se estremeció y dio un paso atrás. Sintió cómo sus manos comenzaban a temblar y las apretó en puños.
Se había jurado no perder la compostura. Ella era la cuerda, la civilizada, la humana. La que pensaba con la cabeza y no con otras cosas. La que había logrado cosas, cosas importantes, en su vida.
Y sin ayuda de nada ni de nadie.
Alguien entonces se acercó a ella y le puso una mano en el brazo. Sakura dio un respingo a causa de la sorpresa, topándose con la mirada perlada de Hinata. Le apretó ligeramente con los dedos y Sakura sintió toda su fuerza en ese simple toque. Si quisiera, Hinata podría romperle el brazo. Le estaba advirtiendo sutilmente que se tranquilizara o entonces tomaría medidas drásticas.
Sakura cerró los ojos y respiró hondo, tratando de tranquilizarse.
―¿Por qué no le pides a Boruto que vaya a buscar a Sarada, Naruto-kun?―Sakura abrió los ojos de golpe. Su rostro debió de reflejar el pánico que la asaltaba porque esta vez fue Ino la que se colocó a su lado y la retuvo de la muñeca, sin hacerle daño, pero con firmeza.
―Nosotras nos quedaremos con Sakura y tendremos una larga charla con ella. ―Los hombres se miraron entre sí. Sasuke no parecía muy contento al respecto, pero finalmente asintió con un movimiento rígido de la cabeza. El alivio se reflejó entonces en la cara de Naruto, quién recuperó al instante su alegre sonrisa.
―Me parece estupendo, cariño. ―Sakura no pudo evitar que un atisbo de sorpresa se filtrara en su expresión al escuchar el tono tan cálido y amoroso con el que Naruto había pronunciado la última palabra, mirando directamente hacia Hinata.
Tras unos segundos Hinata asintió y Naruto, tras dedicarles una breve sonrisa a las tres féminas, se dio la vuelta y abandonó la estancia. Poco después Sasuke y Shikamaru lo siguieron, aunque el primero muy a regañadientes. El sonido de un par de puertas abriéndose y cerrándose le indicó a Sakura que habían salido de la casa.
Solo entonces, Hinata e Ino la soltaron y se pusieron frente a ella. La rubia se cruzó de brazos con el ceño fruncido mientras Hinata se giraba y se dirigía hacia el grupo de sofás y sillones que había en el centro del salón. Sakura, estupefacta, vio cómo la mujer de Naruto cogía una jarra y empezaba a servir lo que parecía ser té en un par de tazas. Luego, la miró.
―¿Café o té?―Sakura, que sabía que aquello no podía ser más surrealista, no supo qué contestar de buenas a primeras. Fue Ino la que lo hizo finalmente por ella, bufando por causa de la espera.
―Ponle una buena dosis de cafeína, Hinata. La necesitará. ―Tras pensarlo un momento Hinata asintió y dejó la tetera que tenía en las manos para coger una cafetera y echar un poco de café en una tercera taza―. ¡Oh, las demás ya están aquí!―Sakura no supo a qué se refería Ino hasta que escuchó unos golpes en la puerta.
Con total calma, Hinata dejó lo que estaba haciendo y fue abrir. Voces y risas femeninas llegaron a sus oídos antes de que otras tres mujeres entraran en el salón.
Sakura sintió que se le caía el alma a los pies al reconocerlas a todas.
Tenten, Karui y Temari.
Dos humanas y una loba.
―Bien, ya estamos todas. Ahora… Sakura, por favor, siéntate. Tenemos mucho de lo que hablar. ―Antes de darse cuenta, Sakura se encontró sentada en uno de los sofás, rodeada por todas las mujeres a las que una vez, en un pasado que creía lejano, había llamado amigas.
Y supo, sin que siquiera hubiese empezado la conversación, que su vida volvería a dar un vuelco sin que ella pudiese hacer nada para impedirlo.
―Y entonces el muy idiota va y me deja sola. ¿Te lo puedes creer? ¡A una damisela delicada como yo! A ver, no es cómo si no pudiera volver sola a mi casa, que una tiene sus recursos, pero… ¡Sarada! ¿Me estás escuchando?―La joven Uchiha dio un respingo y se giró a mirar a su mejor amiga. Le sonrió, nerviosa, y asintió.
―S-sí, claro… Mitsuki es un idiota. ―Chōchō puso los ojos en blanco y suspiró, meneando la cabeza.
―Tampoco te pases. Que aún no hemos llegado a eso… ―De pronto, Sarada vio cómo su amiga se ponía rígida y giraba la cabeza hacia un lado y otro, para luego murmurar entre dientes.
―Será posible… Menudo imbécil… ¿Eh? Oh, vaya… ―Chōchō giró entonces la cabeza hacia Sarada. Esta parpadeó al percibir cierta compasión y preocupación en la expresión de la Akimichi.
―¿Chōchō…?
―Sarada. ―Todo su cuerpo se puso rígido. Se negó a darse la vuelta y encararlo. Había hecho un magnífico trabajo todos aquellos días de atrás, ignorándolo y evitando cruzárselo por el pueblo―. Sarada―la volvió a llamar, más fuerte. Sarada se percató de que de pronto lo tenía delante de ella, sus ojos contemplando la goma de sus pantalones negros y su chaqueta igualmente negra con franjas rosas en los brazos. Boruto siempre había tenido una extraña fascinación por ese color a pesar de ser un chico, cosa que la había hecho pensar en el pasado que tal vez fuese más sensible y por tanto sería un novio más que perfecto…
Negó con la cabeza ante sus estúpidas fantasías infantiles.
―Sarada. ―La voz de su mejor amiga la hizo girarse a mirarla―. Boruto ha venido a buscarnos porque… es importante. ―Sarada parpadeó. ¿Importante? ¿El qué era importante?
Las siguientes palabras que salieron de la boca del joven rubio despejaron todas sus dudas.
―Tu madre ha venido a buscarte. Está en mi casa. Papá me ha pedido que te diga que por favor vayas a casa de tus abuelos y esperes allí. El tío Sasuke irá a buscarte…
―Enseguida iremos. ―Boruto miró un momento para Chōchō. Luego clavó la vista en ella una última vez y, respirando hondo, asintió y se dio la vuelta, echando a andar con las manos en los bolsillos y los hombros hundidos.
Sarada sintió el impulso de levantarse, ir corriendo hacia él y abrazarlo por la espalda, pero se contuvo a tiempo. Boruto ya no significaba nada para ella. Además, ahora mismo tenía cosas más importantes en las que pensar.
Su madre… Expulsó una bocanada de aire que se transformó en vaho a causa del frío. Solo era cuestión de tiempo, lo sabía. Si había podido disfrutar de unos días de libertad era solo porque su progenitora la creía extremadamente responsable y sensata. Jamás se le hubiese pasado por la cabeza que su perfecta hija pudiese sacar los pies del plato.
Se sintió fatal de pronto, sabiendo que seguramente su madre estaría armando un lío tremendo en casa de sus tíos. Sakura Haruno no se caracterizaba precisamente por ser paciente y comprensiva, no de buenas a primeras, al menos.
Se levantó y Chōchō la imitó. Le puso una mano en el hombro y se lo apretó, sonriéndole para infundirle ánimos.
―¡Venga, vayamos a casa de tus abuelos! Estoy segura de que no pasará nada. ―Sarada quiso reír ante la inocencia de su mejor amiga.
Pero se dejó guiar sin chistar. De pronto, no tenía ganas de discutir.
Sentada en medio de gente a la que Sakura no creía que volvería a ver en su vida, sentía el sudor caerle en goterones por la nuca y la espalda. Quería levantarse e irse, pero sabía que no llegaría muy lejos. No con tres mujeres más fuertes, rápidas y astutas que ella en la misma habitación.
―Bueno, entonces… ¿vas a quedarte mucho tiempo? Sarada amará oír eso. ―La voz de Temari, que había sonado segura y a la vez indiferente, hizo a Sakura levantar la cabeza y clavar su vista en ella.
―No voy a quedarme―consiguió decir, felicitándose porque su voz había sonado segura y firme. Las demás suspiraron.
―¿No? Bueno, es una lástima. Los chicos van a hacer una función en fin de curso. Hasta Shikadai se ha involucrado. Cosa que me ha sorprendido… gratamente.
―Bueno, puede que sea la última vez que se vean en un tiempo. Los chicos querrán tener un buen recuerdo.
―Habrá que estar ojo avizor para que no cuelen nada sospechoso. ―Tenten rio entre dientes.
―Diría que buena suerte con eso, pero teniendo en cuenta vuestros dones, os será pan comido. Es más, dudo siquiera que lo intenten.
―Oh, lo intentarán. Creerán que son más listos y más astutos que nosotros, sus viejos y desfasados padres. No saben que fuimos nosotros los que inventamos la mayoría de los trucos que planean usar.
―Shikadai usará la oportunidad para tener una pequeña lucha de inteligencia con su padre. A Dios gracias. Así los tendré entretenidos unos días. ―Las demás rieron. Sakura no sabía qué hacer o decir. Era una extraña allí sentada. Ya no pertenecía a ese lugar. Nunca más.
―¿Y qué parejas creéis que se formarán? Algunos ya tendrán los dieciocho cumplidos y podrán reclamar a sus parejas. Hinata, ¿crees que Boruto-
―¡NO!―Aquel chillido por parte de la Haruno hizo a las demás girar sus cabezas hacia ella. De pronto, Sakura recuperó el sentido común. Canalizó todas sus energías en levantarse y en mirar furibunda a Hinata―. ¡No puedes permitirlo! ¡Naruto me lo prometió! ¡Que mi hija nunca… nunca… ―Hinata suspiró y dejó su taza tranquilamente sobre la mesa.
―¿Nunca se uniría con el hombre al que ama?―Sakura ahogó un grito de horror.
―¡Sarada no-
―¿Eso crees, Sakura? Entonces, dime, ¿por qué se ha escapado de la ciudad? ¿Por qué está aquí ahora y no contigo, presumiendo de vivir como una humana normal y corriente?―Sakura rechinó los dientes.
―¡No pienso consentirlo! ¡Sarada es una niña aún, por Dios! ¡Por eso decidí sacarla de aquí! ¡Ella se merece algo mejor! ¡Se merece ser ella misma!
―¿Estás diciendo que nosotras- ―Hinata alzó una mano, pidiéndole silencio a Karui. La pelirroja obedeció, aunque a regañadientes, volviéndose a sentar y dejándole esto a la compañera del alfa de la manada.
―Sakura, sabías que esto iba a pasar tarde o temprano. ―Sakura abrió la boca para negar pero Hinata la interrumpió―. Sí, lo sabías. ¿Acaso tú pudiste resistirte a Sasuke? ¿Acaso yo pude resistirme a Naruto-kun? ¿Acaso alguna de nosotras pudo? Es un vínculo sagrado e inevitable. ―Sakura se llevó una mano al pecho, negando.
―¡No, no, no! ¡No pienso permitirlo! ¡Sarada tiene derecho a decidir! ¡Nadie más que ella va a guiar su vida! ¡No consentiré que se pierda a sí misma! ¡Nunca!―Hinata suspiró nuevamente. Aquello iba a ser más difícil de lo que creía.
―Sakura- ―Un portazo distrajo a las mujeres. Hinata cerró los ojos al percibir el olor y los pasos furiosos de Sasuke. Seguramente, el Uchiha había dado la vuelta para enfrentar de una vez por todas a Sakura. Era tan impaciente como su propio esposo.
Cambiantes. Eran incluso peores que los niños a veces.
―¿Por eso te fuiste? ¿Por eso me abandonaste? ¿Por eso me he perdido casi seis años de la vida de mi hija?―Sabiamente, las demás mujeres presentes decidieron retroceder. Una pareja tenía derecho a tratar de arreglar sus diferencias sin interferencias de terceros. Solo si la cosa era demasiado grave, entonces intervenía la manada.
Al fin y al cabo, las uniones para ellos eran sagradas. Más incluso que los lazos de sangre que los unían a su familia o manada de nacimiento.
Sakura, lejos de amilanarse, se irguió y encaró a Sasuke, sin miedo ahora.
―¡Esta no era la vida que yo quería! ¡Nunca estabas en casa! ¡No sabía lo que hacías o dejabas de hacer por ahí! ¡Eres… en parte animal! ¡Y yo una humana! ¡No podía competir contra eso!
―¿Competir? ¡¿Cuándo demonios se convirtió en una competición?! ¡Creciste aquí, Sakura, por el amor de los espíritus! ¡Conoces las reglas!
―¡Reglas que pueden romperse! ¡Reglas que no garantizaban nada!
―¡¿Y no podías hablarlo conmigo?!
―¡Lo intenté! ¡Pero esa otra parte… tuya nunca me entendía!―Sasuke se pasó una mano por el pelo, nervioso―. ¡Y no quería que me pasase lo mismo… ―Se calló, pero no hizo falta que concluyera la frase. Todas las cabezas se giraron hacia Hinata, quién sonrió y se encogió de hombros, dando a entender que no pasaba nada―. ¡Y no pienso permitir que a Sarada le ocurra algo parecido! ¡JAMÁS!
―¡Eso no pasará! ¡¿Crees que yo dejaría que le pasara algo a mi hija?!
―¡Eres un lobo Sasuke, por el amor de Dios! ¡Te pondrás de parte de tu manada, como siempre ha pasado!
―¡Sarada es parte de esa manada, Sakura!
―¡Una manada que la destrozará! ¡Ella no es… no es como tú, como vosotros! ¡No ha cambiado! ¡Es humana, Sasuke! ¡Humana! ¡No es una loba que gruñe y se guía por el instinto!
Un grito ahogado interrumpió la discusión. Las mujeres cambiantes allí presentes, hicieron una mueca e intercambiaron una mirada de circunstancias. Sakura escuchó entonces un ruido alejándose, como de crujidos sobre la nieve, y luego un grito masculino que hizo que su sangre se helara en sus venas.
―¡SARADA, VUELVE!
Su mente colapsó en ese instante, negándose a admitir lo que su cerebro había comenzado a hilar.
No, no su pequeña.
Su pequeña no…
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Sarada corría por el bosque, con el corazón latiéndole a toda prisa dentro de su pecho. No oía nada más que este y los crujidos que la suela de sus gruesas botas de nieve hacían sobre la fría y blanca capa que lo cubría todo.
Había decidido salir de la casa de sus abuelos. No era justo que su padre o los padres de Boruto tuvieran que cargar con las consecuencias de sus acciones. Por ello, por segunda vez en su vida, su carácter adolescente hizo acto de presencia instándola a la rebeldía. Había abierto una de las ventanas de su habitación y, tras hacer unos sencillos cálculos teniendo en cuenta la distancia hasta el suelo, su propio peso y la resistencia del tejadillo del porche trasero, se había deslizado por este hasta el borde y luego de ahí al suelo, rodando sobre sí misma sobre la nieve, que había amortiguado en parte su caída.
Se había quedado sin respiración, pero, para su sorpresa, no le había dolido y ni siquiera tenía una magulladura o un moratón.
Luego, había echado a correr hacia la casa de Naruto y Hinata. Sabía que no le abrirían la puerta si timbraba, así que había rodeado la propiedad hasta un lateral, dónde vio una ventana semi abierta que terminó por abrir del todo para colarse dentro, dónde los gritos de sus padres la recibieron.
Con el corazón encogido, había ido hacia el salón, queriendo decirle a su madre que dejara en paz a su padre, que él no tenía la culpa de nada y que, por la paz, se iría con ella de vuelta a casa.
No contaba con quedarse escuchando a raíz de las cosas tan extrañas que se estaban diciendo. Ni de enterarse de lo que se había enterado.
Estaba en estado de shock cuando alguien la había llamado en un susurro desde atrás. Girándose con la conmoción en todo su rostro, se había topado con Boruto, que la miraba preocupado.
Fue entonces cuando había retrocedido y había empezado a correr, lanzándose de nuevo por la ventana. Boruto le había gritado que volviera, pero ella había seguido corriendo.
Ahora, apenas veía por dónde iba ni dónde estaba. Tampoco sabía hacia dónde se dirigía. Sólo quería alejarse y reflexionar sobre todo lo que había escuchado.
¿Su padre era un lobo? Era imposible. Absolutamente imposible.
¿Cambiante? Nunca había oído ese término.
¿Que ella era humana? Obviamente. Eso se veía a plena vista.
Negó, sintiendo que sus sienes comenzaban a martillearle y que la cabeza comenzaba a darle vueltas.
Tras ella, Boruto la vio trastabillar y maldijo. Sabía que podía atraparla fácilmente. Solo debía imprimir un poco más de velocidad a sus piernas y la alcanzaría en un suspiro. Pero sabía que Sarada necesitaba tiempo para reflexionar, para pensar. Necesitaba desahogar toda la confusión que seguramente sentía ahora mismo. Así que le daría tiempo. Tal vez unos minutos más. Sí, eso bastaría.
Al fin y al cabo, Sarada humana. Su pequeña y frágil humana.
Su lobo interior sonrió y gruñó en aprobación ante su pensamiento.
Al fin y al cabo, antes de salir en pos de su futura compañera, Sasuke le había dado su permiso con un sutil asentimiento de cabeza, diciéndole así que podía manejar el asunto como mejor le pareciese. Era su deber, su derecho, como la pareja destinada de Sarada.
Se fijó entonces en que unos metros más adelante se abría un claro. Boruto lo reconoció. Era uno de sus rincones favoritos, dónde solía ir cuando quería estar solo y no quería que nadie lo molestase.
Sonriendo, aceleró entonces su carrera, dando alcance a Sarada y adelantándola. La joven abrió mucho los ojos al verlo, sobre todo cuando Boruto frenó en seco y se giró, todo en un mismo movimiento, la mar de fluido y elegante. Sarada no fue capaz de frenar a tiempo y se estrelló contra su pecho.
Su duro y caliente pecho…
Parpadeando, Sarada movió sus dedos y, al notar el tacto y el calor de una piel humana dio un grito y se alejó de un salto. O lo intentó, al menos, porque Boruto la sujetó firmemente de la muñeca. Sarada comenzó a temblar bajo su intensa mirada azulada.
―P-por favor… ―Ni ella misma supo exactamente lo que pedía. ¿Quería estar sola? ¿Le tenía miedo? ¿Creía o no creía en las extrañas revelaciones que había escuchado de los mismísimos labios de sus padres? ¿Habían sido capaces de mentirle toda su vida? ¿De verdad el mundo no era tal y como ella creía?
Sacudió la cabeza y gimió cuando sintió cómo Boruto tiraba con suavidad de su brazo. De pronto, se vio envuelta en un abrazo fuerte, cálido y protector. Se le antojó un sitio de lo más cómodo y, rindiéndose, se acurrucó allí y sintió ganas de echarse a llorar como una niña.
Boruto le acarició la espalda arriba y abajo buscando tranquilizarla.
―Todo estará bien'ttebasa. ―Sarada cerró los ojos y se sintió flotar. Se dio cuenta de que había perdido su centro de gravedad y gritó, aferrándose al cuello masculino. Boruto rio y la vibración la recorrió de arriba abajo, fulminándolo con la mirada.
Entonces se dio cuenta de que, cómo aquel primer día en que había salido a salvarla en la carretera, iba medio desnudo. Bajó la vista, fijándose incluso en que los dedos de sus pies asomaban bajo las pantorrillas de los pantalones térmicos.
Incrédula, lo miró de nuevo a los ojos. Boruto amplió su sonrisa y se encogió de hombros, caminando con ella en brazos como si no pesara más que una pluma hasta el borde del claro y dejándola sentada, apoyada contra el tronco de un árbol. Luego, se alejó unos pasos y respiró hondo.
―¿Qué…
―Sé que tienes muchas preguntas. Sé que estás confusa ahora mismo y que no sabes qué creer y que no. Sé que todo tu mundo se ha puesto de cabeza. Y sé que, si no te lo muestro, no vas a terminar de creértelo.
―Boruto… ―Él cerró los ojos y respiró hondo. Buscó en su interior hasta conectar su parte humana con su parte animal. El lobo rugió de júbilo cuando se le dio permiso para salir. Boruto sintió todo su cuerpo vibrar antes de que sus huesos estallaran y se recolocaran.
Un bramido que luego se transformó en un rugido hendió el silencio del bosque, haciendo huir a varias bandadas de pájaros.
Sarada no podía creer lo que sus ojos estaban presenciando. Estaba soñando, sí, seguro que era una pesadilla. Si cerraba los ojos y los volvía a abrir, seguro que se encontraba en su cama, viendo el techo en penumbra de su habitación. Tal vez y toda esa semana había sido un sueño y seguía en la ciudad, con su madre aún haciendo guardia en el hospital y ella sola, en una casa que a veces le parecía demasiado grande para dos personas.
No obstante, cuando volvió a abrirlos, el gigantesco lobo color bronce seguía allí, delante de ella, mirándola con unos inquietantes e inteligentes ojos azules como el cielo.
Su mente le dijo quién era. Que no estaba soñando.
―¿Bo-Bo-Bo-Boruto?―Su tartamudeo hizo gemir al animal, que movió una de sus patas delanteras hacia ella, agitando su cola de un lado a otro, con las orejas gachas en señal de que no quería hacerle daño.
Fue demasiado para Sarada. Demasiado para su pobre mente analítica y racional. Así que hizo lo que haría cualquier persona normal en su situación.
Se desmayó.
Boruto abrió sus ojos al ver cómo su compañera caía hacia un lado, acurrucada sobre la hojarasca que cubría el suelo del claro. Gimiendo, se acercó a ella y le lamió la cara, con cuidado, pero ella no se despertó. Con el corazón latiéndole a toda prisa y con las orejas erguidas para captar cualquier sonido que pudiera dar aviso de una amenaza, se tumbó a su lado, enroscando su gigantesca envergadura y su cola en torno al frágil cuerpo humano de su pareja.
Apoyando la cabeza encima de sus patas, acercó su hocico a su mejilla y la tocó con el morro, como para darle a conocer su presencia.
Como si presintiera que ahora estaba a salvo, Sarada se acurrucó contra su pelaje, dejando escapar un suave suspiro de satisfacción.
―Boruto… ―El corazón del ahora lobo se llenó de regocijo.
Ella lo reconocía, de la misma manera en que él, dos años atrás, la había reconocido a ella como su compañera.
Y su alma, por fin, se sintió ligera.
Porque ahora, después de tanto tiempo, la tenía junto a él. Al fin.
Y no dejaría que nada ni nadie se la arrebatase.
Por encima de su cadáver.
Fin Regreso
Ea, pues eso. Nada que añadir, su señoría (?).
Vale, dije arriba que tenía novedades, así que, cómo no quiero andarme por las ramas, ahí van: no me encuentro nada bien últimamente. Se supone que debería estar contenta porque voy a empezar a trabajar de nuevo, pero lo cierto es que no es así. No tengo ganas de prácticamente nada e incluso he pensado en dejar este nuevo trabajo para centrarme en intentar estar bien conmigo (porque además el horario es una mierda, especialmente para aquellos que tenemos familia de la que ocuparnos). Pero necesito el dinero, así que a joderse tocan.
Aguantaré lo que pueda (si es que puedo) y luego ya veré lo que hago con mi vida. Bueno, sé exactamente lo que quiero hacer, pero para eso necesito tener dinero para los gastos diarios primero, al menos durante un tiempo. Entonces me centraré en lo que quiero. Se acabó. Esta vez sí. No puedo seguir en la incertidumbre constante, no sabiendo lo que pasará mañana.
Vale, esto era una parte. Ahora viene la segunda:
Como se supone que voy a empezar a trabajar de nuevo (al menos durante tres meses; sí, menudo veranito, yujú) y el horario que tengo es para echarse a llorar (porque además me lleva una hora volver a mi casa desde allí, en el culo del mundo), no creo que tenga tiempo para escribir como me gustaría (porque aunque no actualice yo escribo, aunque algún que otro proyecto se quede sin ver la luz xD). Así que he dejado una cosita preparada para vosotros.
Voy a dejar estas semanas de descanso mientras estoy con la formación y tal, y a partir de la primera semana de junio, probablemente, o la segunda, depende de cuándo quieren que empecemos el contrato (porque aún no lo saben ni ellos) empezaré a subir esa cosita a razón de un capítulo por semana.
¿Queréis? ¿Sí? Ya sabía yo que os gustaría la idea (?).
De todas maneras, rezaré para no durar mucho en este trabajo. Como os digo, no tengo muchas ganas, lo hago más que nada por la pasta, me arrepentí nada más hacer la entrevista, pero en fin, para la próxima ya lo sé. Tengo que retomar la preparación de las oposiciones sí o sí. De hecho, pienso llevarme los apuntes y en las dos horas que tengo que estar tirada allí, alejada de la mano de Dios, estudiar como una cosaca. A tomar por culo todo.
Ale, ya me he desahogado xD.
Volvamos a lo importante:
¿Me dejáis un review? Porque, ya sabéis:
Un review equivale a una sonrisa.
¡Muchísimas gracias por el suyo a: Ideki14! ¡De verdad, muchísimas gracias! ¡Lo aprecio un montonazo!
*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.
Lectores, sí.
Acosadores, no.
Gracias.
¡Nos leemos!
Ja ne.
bruxi.
