Siento la tardanza. Ya saben, estaba de exámenes. No es que los haya dejado. Los estúdios me secuestran.
Anteriormente:
Naruto, Gaara y Boruto planean tener un día fantástico de playa, sin embargo, el destino que siemrpe es tan incierto, provocan que se encuentren con una joven, una madre y un primo. ¿Qué querrá el destino de ellos? ¿Podrá Gaara demostrar que sus sentimietos son reales y no una farsa?
Capítulo 2
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Que Boruto enfermara era un dolor de cabeza. El niño era hiperactivo hasta el modo en que no sentía la fiebre y siempre terminaba cargando demasiado su cuerpo. Por eso, cuando Gaara le llamó Naruto no se lo pensó dos veces antes de regresar a casa.
Cuando entró en el dormitorio, Gaara ya había conseguido arroparlo y estaba con la mano estirada para coger uno de los comics del pequeño rubio. Naruto dejó caer la cartera con un suspiro de alivio y sin pensarlo demasiado, abrazó al pelirrojo por detrás.
—Gracias, Gaara. No sé qué haría sin ti, ttebayo.
El otro respondió rozándole los brazos con la punta de los dedos. Un gesto delicado, de precaución que bastaba para darle la mínima chispa de felicidad que necesitaba. Mas cuando se apartaba y dejaba no solo su esencia y calor en él, Gaara sentía que el alma se le partía en dos.
Lo vio caminar hacia la cama donde Boruto descansaba e inclinarse con afecto sobre aquel niño tan semejante a él. Muchas veces Gaara le había insistido en hacer una prueba de paternidad en busca de sus padres, pero Naruto siempre se negaba, alegando que cuando Boruto fuera mayor de edad él mismo podría averiguar qué tipo de padres abandonaban a un bebé como él en lugar de darle la felicidad que merecía.
Gaara había sopesado muchas opciones para que abandonaran a Boruto. Desde padres asustados y adolescentes hasta una madre soltera. Y si se hundía en las más telenovelescas profundidades, sería todo un clásico.
Incluso una vez se le ocurrió la loca idea de que aquella rubia se la hubiera jugado. La investigó y descubrió que era enfermera en un hospital para heridos de guerra y estaba casada con el familiar de uno de sus pacientes. Habían tenido un hijo idéntico a ambos. Investigó su pasado y jamás tuvo otro hijo. Pero como el dinero todo lo podía comprar…
Decidió hablar con ella, enfrentarla, pero Yamanaka se echó a llorar, asegurándole que ella nunca le habría hecho algo tan cruel. Reconocía que había obrado mal para conseguir su plaza como enfermera, pero jamás vendió el semen de Naruto para sacarse dinero o tuvo un hijo con él. Incluso confesó que había terminado por no usar el semen de Naruto para la prueba por mera conciencia.
Cuando le preguntó qué había pasado con la muestra, le prometió haberla tirado a la basura. Sakura le confirmó su coartada. Y la mujer de Uchiha no es que fuera de fácil trato para él, pero nunca le había mentido. Es más, su relación con ella se basaba en gruñidos y en pocas palabras. Aunque ella parecía sentirse cómoda a su lado, seguramente, tras convivir con su pareja tantos años se había acostumbrado a un ser como él.
Eres un Sasuke pelirrojo, Gaara, le había dicho muchas veces Naruto con una de esas sonrisas que mandaban a volar su corazón y su alma al techo. Aunque él no compartía ese pensamiento con él. Pero si le sonreía de ese modo, se quedaba sin palabras porque el corazón le latía hasta en la boca.
Miró de reojo hacia la cama, donde Naruto se había arrodillado junto a Boruto y colocaba mejor el paño húmedo que había resbalado de la frente del niño. La mirada azulada era pura ternura y preocupación.
Boruto abrió los ojos solo un momento para mirar a su padre y sonrió. Naruto, entonces, levantó sus ojos hacia él.
—¿Crees que deberíamos de llevarlo al hospital? —cuestionó—. Generalmente sus fiebres no suben tanto.
Gaara frunció el ceño, acercándose.
—Hace poco que logré bajársela —dijo posando una mano sobre la mejilla del niño. La apartó con sorpresa y miró al otro hombre—. Sí. Ya.
Naruto asintió y levantándose, cargó con el niño mientras él cargaba con lo necesario.
Si realmente fueran una pareja, él sería la parte ordenada que siempre cargaba con todo lo necesario. A veces se sentía como una mujer con Naruto.
Lo amaba. Desde el fondo de su corazón. Con toda su alma.
Amaba su forma de ser. Amaba sus despistes, que bebiera y se manchara mientras lo hacía. Amaba que comieran juntos. Disfrutaba de su sonrisa. No le importaba su risa escandalosa. Amaba su espalda, porque era lo que más le permitía ver, lo que más le permitía tener esos momentos de debilidad. Mostrar cuanto lo amaba antes de volver a colocar su cara de póker perfecta.
Y pese a todo lo que lo amaba, también sabía que no ocurría del mismo modo a la inversa.
Naruto nunca podría amarle.
En esos momentos, con Boruto en sus brazos y su gesto marcado de preocupación, lo sabía. Boruto había sido lo que logró hacer que Naruto sentara la cabeza, que decidiera dejar las faldas para asentarse.
Pero Boruto no había logrado afianzarlos o, mejor dicho, no había logrado que Naruto le viera con los mismos ojos que él.
—¿Puedes llamar a Sakura-chan? —cuestionó Naruto mientras esperaban el ascensor—. Creo que tiene turno hoy. A ver si puede acercarse.
Gaara asintió y buscó el móvil entre las cosas que cargaba. No se lo cogió a la primera y tampoco a la tercera. Cuando finalmente lo hizo, estaban llegando al hospital y cuando esperaban a que alguna enfermera tuviera la amabilidad de ayudarles, ella se plantó en medio de la sala de espera, dio tres gritos y bastó para que Boruto tuviera más ojos encima de los que tendría jamás.
Mientras Naruto y Sakura se encargaban del pequeño, Gaara se tomó un respiro fuera, agradeciendo el frescor de la noche. No le había gustado nunca la aglomeración y aunque debido a su trabajo había tenido que acostumbrarse a ello, cuando no quería miradas innecesarias se sentía agobiado.
Se quedó a un lado de la puerta de urgencias, siempre atento por si Naruto saliera a buscarle o necesitara algo. Apoyado contra la pared, sopesó las opciones que siempre había barajeado. Podría irse, dejar a Naruto y Boruto y buscarse un nuevo sendero en su vida. Sin embargo, su corazón se negaba a soltarse de ese extraño sentimiento que sentía por ambos rubios.
Idiota.
—Idiota.
Sí, eso mismo. Es lo que soy un…
Detuvo su pensamiento y levantó la mirada del suelo. Dos enfermeras acababan de salir por la puerta y murmuraban entre ellas. Una joven se había detenido algo más allá, parando un taxi.
Las dos mujeres la observaban, con gesto frustrados.
—¿Cuántas veces ha venido ya? No se da por vencida, diablos. Ya hasta parece una idiota con tanta insistencia. ¿Qué le cuesta entender que no es no?
Gaara se encogió más entre las sombras, deseando pasar por desapercibido. Lo que menos necesitaba era meterse de lleno en una pelea de gatas.
—Ponte un poco en su lugar, mujer. Es natural que busque.
—¿Natural que busque? —gruñó la primera mujer—. Para empezar, no tendría que haber hecho lo que hizo. Es despreciable. No sé ni cómo se atreve a venir. Si su madre se enterase, la mataría.
—Bueno, todos conocemos a su madre y es la reina de hielo. Y su padre es peor todavía.
—Lo sé. Si no fuera porque el nuevo director del hospital es su amigo, seguro que ni se atrevería a pisar este lugar. ¿Crees que tenga el descaro de usar la excusa del bebé para casarse con él? Muchas enfermeras se volverían locas por su causa.
Gaara desvió la mirada de las mujeres para clavarla en la otra mujer. Estaba adentrándose en el taxi y por un instante, tuvo una extraña sensación.
A rápidos pasos se acercó hasta el coche, inclinándose.
—Espere —ordenó. El taxista se volvió hacia él.
—Lleno, amigo. Si quiere otro taxi tendrá que pedirlo. O puede esperar a que deje a la señorita y luego venga a por usted.
Gaara negó.
—No quiero un taxi, quiero…
Se volvió hacia la mujer, quedándose con la boca abierta al reconocerla. La joven se llevó una mano a la boca.
—Usted es…
Naruto suspiró aliviado cuando Sakura terminó de explicarle qué ocurría. Unas anginas problemáticas pero que no habían llegado a un punto extremo. Con la hiperactividad de Boruto la fiebre se complicó, pero no había sido nada irreparable. Unos días en observación bajo cuidados médicos era el resultado.
—Gracias, Sakura-chan.
—No me las des —negó esta encogiendo los hombros para darse golpecitos con los puños—. Tengo guardia hoy, así que no es ningún problema para mí. El pediatra es amigo mío, además. Te aseguro que lo hará bien. Está en buenas manos.
—Si fuera Sarada…
—Lo sé, Naruto —interrumpió—. Sé cómo te sientes. Y probablemente, tendría que estar encargándome de mi hija y de que mi pareja no estrangulara a mis compañeros.
Naruto no pudo evitar sonreír al imaginarse a Sasuke haciéndolo.
—Se pondrá bien —prometió Sakura tomándole de las manos—. Solo necesita descansar. Y tú también.
—En realidad ha sido Gaara el que se ha encargado de todo —musitó apretando los labios con enfado. Un enfado consigo mismo—. Me llamó cuando estaba en el trabajo y vine corriendo.
Miró por encima de su hombro hacia el pasillo. Había dejado a Gaara en la zona de urgencias.
—Iré a buscarle y darle las gracias.
—Más vale que se las des bien —asintió Sakura dándole una palmada en el hombro—. Una cena romántica sería genial. Y un poco de sexo.
Naruto apretó los labios para retener la sorpresa. Nunca nadie había ofrecido esa oportunidad para Gaara y él. Sí. El pelirrojo era su coartada mejor elaborada, pero nadie tenía que saber que ni siquiera se besaban o que compartir la cama era algo simple como dormir.
Así que se forzó en sonreír.
—Lo haré.
Sakura parpadeó, preocupada.
—¿Va todo bien entre vosotros? —preguntó.
Naruto sabía que no era por cotillear. Tampoco por un simple cumplido. No. Sakura estaba preocupada de verdad.
—Va todo bien, tranquila. Solo es que ambos trabajamos muchos y a veces siento que lo exploto, ttebayo. Pero ya se lo compensaré.
Sakura asintió, conforme y sacó el busca cuando este sonó.
—Vale, tengo otros pacientes que atender. Pasaré por aquí si algo ocurriera y vendré varias veces cuando esté libre.
—Gracias, Sakura-chan.
La mujer se alejó sin más dilación, taconeando el suelo y dejando una estela de perfume a rosas a medida que se alejaba.
Naruto dio un último vistazo a su hijo antes de marcharse para buscar a Gaara.
—¿Naruto-senpai?
Se detuvo en seco al escuchar la voz, girándose hacia el lado contrario de las habitaciones. Un joven hombre en bata avanzó hacia él. Al principio, no le reconoció. Había cambiado mucho desde la última vez que le viera y ya no llevaba ese cabello rebelde o conservaba las mejillas hinchadas de la juventud.
—¡Ostras! No puede ser —exclamó acercándose a él para estrecharle la mano—. ¡Konohamaru!
—El mismo. Hacia demasiado tiempo que no nos veíamos. ¿Qué haces por aquí? ¿Visitar a un familiar?
Naruto negó y señaló con el pulgar por encima del hombro.
—Mi hijo.
Konohamaru parpadeó sorprendido y siguió su dirección antes de volver a mirarle.
—Vaya, senpai. No sabía que fueras padre.
—Sí, hace tiempo —asintió sonriendo con esa sonrisa estúpida que solo aparecía cuando alardeaba de Boruto—. ¿Qué hay de ti?
—Bueno, me tocó heredar. ¿Recuerdas? Mi tío murió y todo recayó sobre mí. No es que me vaya mal, pero ya sabes lo influyente que ha sido siempre mi familia. Y hoy día siguen encima de mí, pero al menos, ser director del hospital es algo que siempre quise ser. Está bien.
Naruto asintió. Konohamaru había dejado atrás al adolescente rebelde que se revelaba contra todo lo que los demás esperaban de él. Siempre quería ser mejor, para que le mirasen a él y no a su apellido.
Konohamaru miró hacia la habitación y sonrió.
—¿Al final lograste conquistar a la rubiales aquella? ¿Es la madre de tu hijo?
Naruto se tensó y no supo exactamente cuál fue el motivo exacto. Si el recuerdo amargo de Ino o el hecho de que el tema de la paternidad y maternidad de Boruto fuera algo tan fácil de sacar a la luz. ¿Qué importaba? Boruto era su hijo. Que el destino quisiera que se asemejara tanto, era una delicia. La sangre no importaba.
—No. Aquello fue… un desastre. Pero hace mucho de eso, ttebayo. —Esbozó su mejor sonrisa y añadió—. ¿qué hay de ti?
Konohamaru se encogió de hombros.
—Tengo una prometida muy guapa con la que planeo casarme a finales de año.
EL hombre más joven se rascó la nuca, sonriente y con toques rojizos en su mejilla. Una timidez encantadora que a cualquier chica derrotaría, pero a él no. Naruto se alegró por él y tras darle una palmada de felicidad, escuchó pacientemente las virtudes de la famosa prometida a la que solo podía imaginarse, hasta que Gaara entró en su campo de visión.
Levantó la mano para hacerse ver y el pelirrojo no tardó apenas nada en descubrirle. Aunque sospechaba que antes de que él viera a Gaara, este lo había visto a él. Siempre era así. Gaara sabía dónde estaba antes incluso de decírselo.
Konohamaru siguió la dirección al notar que su atención estaba puesta en otro lado y enseguida, captó el gesto oculto de sorpresa que había visto en tantas personas cuando pensaban que él y Gaara eran pareja.
Ajeno a ello o ignorando perfectamente su reacción como muchas otras veces, Gaara se acercó, con el ceño fruncido y ese deje extraño de que algo no iba bien en él.
—¿Qué ocurre?
—Nada, nada —negó el pelirrojo—. ¿Y Boruto?
—Se quedará ingresado esta noche. Sakura hace turno de noche, así que estará pendiente. Ah, cierto. —Se volvió hacia Konohamaru—. Te presento a un amigo mío. Le di clases hace años y entró en la misma universidad que nosotros.
Gaara miró a Konohamaru con sorpresa.
—¿Conseguiste aprender algo de él?
Naruto rechinó los dientes y Konohamaru rio.
—Sí. A no rendirme.
Gaara hizo una mueca de aceptación y se encogió de hombros. Todo interés en Konohamaru había terminado.
—Necesito hablar contigo —dijo mirándole directamente a los ojos—. A solas.
Konohamaru carraspeó y le dio palmada en el hombro.
—Bueno, ya nos vemos, Naruto-senpai —saludó. Hizo una inclinación hacia Gaara y se alejó.
Naruto suspiró.
—Ya hemos hablado de lo de espantar a los tíos. No todos quieren empotrarme contra una pared.
Notó que Gaara apretaba los labios para ni soltar alguna frase irritante como las de siempre. "Eso crees tú", "no miras a tu alrededor", etc. Pareciera que lo que tuviera que contarle fuera mucho más interesante.
—¿Qué querías decirme?
—Aquí no —negó Gaara mirando a su alrededor dudosamente—. A solas.
Naruto se rascó la nuca, algo confuso.
—Vale, pues en el coche.
Gaara dudó un instante, como si pensase que meterse con él en un sitio cerrado para darle una mala noticia fuera terrible.
Y no estaba muy equivocado.
Naruto apretó las manos sobre el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—Creía que ya habíamos hablado de esto, Gaara —musitó entre dientes. No por un susurro suave ni agradable, era el claro tono de esfuerzo contenido.
—No puedes seguir esquivando la realidad, Naruto. Boruto es…
—Adoptado. Lo sé mejor incluso que tú.
—Y algún día querrá saber quién es su madre y por qué tu no le has…
Gruñó una palabrota.
—¿Y eso te da derecho a actuar a mis espaldas? —cortó—. ¿Te lo da, ttebayo?
Se maldijo por ser tan frio con él, por ver el dolor en sus ojos. Se maldijo por ser un dichoso cobarde y no querer revolver en el pasado. Por no querer recordar aquel tiempo en que no era nadie.
—Si escucharas lo que he descubierto, quizás entenderías que…
—Gaara —interrumpió levantando una mano, tan rápido que el pelirrojo se echó hacia atrás, desconcertándole—. No sigas.
—Deberías de escucharme antes de censurar la conversación.
—Gaara…
Fue más una súplica que una orden. Agotado, se dejó caer en el sillón, sujetándose las rodillas con la punta de los dedos.
—¿Qué quieres de mí? ¿Quitarme a Boruto?
—No. Quiero que sea capaz de mirar a la cara a la mujer que lo abandonó. Creo que tiene derecho. ¿Acaso no querrías tu saber por qué tus padres no te amaron?
—Tú no…
Cerró la boca de golpe. Gaara frunció las cejas en espera.
—Lo siento. Tú sí comprendes que es eso.
Gaara asintió lentamente. Naruto podía comprender su afán, la necesidad de darle a Boruto algo que él no consiguió.
—Mierda, lo comprendes mejor que yo. Pero…
—Te da miedo que te quiten a Boruto, lo sé. ¿Por eso querías esperar a que fuera mayor de edad?
—Sí. Sé que es injusto —confesó—. Pero sé que si conozco a la mujer que lo dejó tirado, ahora mismo, podría…
Apretó los labios y los dedos sobre la tela del pantalón. Gaara le tocó los nudillos con delicadeza.
—No vas a perderle porque sepa quién es su madre.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque ese crío te adora —aseguró—. Al cien por cien.
—Pero si siempre dice que…
—Lo mismo decías tú a tu padre —interrumpió—. Y luego ibas a llorar a las faldas de tu madre porque pillabas una rabieta.
—Nunca debí de contarte mi infancia —replicó cruzándose de brazos y apretando los labios mientras apartaba la mirada. Se congeló por un instante—. Oye, esa mujer no es…
Gaara levantó la mirada justo cuando el flash los cegó. Cuando abandonaron el coche no había rastro de la mujer y ambos, atónitos, se quedaron un buen rato preguntándose qué había ocurrido.
Tan concentrados en ello estaban, que olvidaron la conversación, dejándola a un lado.
Gaara no llegó a contarle a Naruto sobre la mujer del taxi. Y Naruto no llegó a aclarar la situación.
Sin embargo, más tarde, en un apartamento no muy lejano, una joven mujer tecleaba con fervor sobre su teclado de gamer, con las brillantes luces encendidas resaltando bajo sus dedos.
Su blog, aquel día, contenía un título especial.
Los cachondos vecinos que son capaces de montárselo hasta en un coche frente al hospital.
Quizás era largo. Sí. Indecoroso. También.
Pero a veces, no podías pedirle mucho al cerebro de ciertas personas.
Esta mujer solo quería disfrutar de sus fotografías, que se encargó de subir alegremente. Dos hombres que resaltaban a simple vista. Dos hombres guapos, atractivos. ¿Cómo no iba a vender su blog?
Qué suerte, tenía, además, de que esa misma pareja viviera frente a ella y que nunca se hubieran dado cuenta de su presencia. Ni cuando les observaba tender la ropa. O cuando salían por las mañanas.
No se habían fijado en la placa de su puerta.
Tampoco ella.
Pero… ¿qué tenía que ver esta mujer con ellos? ¿Por qué los perseguía? Había algo más aparte de su blog tan famoso en internet gracias a los hermosos hombres.
Karin Uzumaki sonrió.
El primer like de la publicación venía de la mano de HH.
Interesante.
Cotninuará...
