Vamos poniéndonos al día =)
ADVERTENCIA: Lemon YAOI.
Capítulo 7
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Gaara se dejó caer sobre la cama, agotado, con el cuerpo lleno de marcas y sudor y el semen resbalando entre sus piernas. Lee, a su lado, también jadeaba y el cabello tazón se le pegaba en la cabeza. Sonreía como un tonto. Como debería de sonreír él de estar con otra persona, de ser otro hombre el que sudara a su lado, o el que le llenara hasta satisfacerlo.
—Esta ronda, al menos, no has dicho su nombre —dijo Lee apoyándose sobre los codos para mirarle—. Eso es un gran paso.
—No te acostumbres —soltó dándole la espalda en busca del móvil. No tenía ninguna llamada—. He de irme.
—¿Para? —preguntó Lee apoyando la cabeza en su hombro—. No soy tonto. Nadie te llama. No te necesitan. Allí no. Aquí sí.
Lo abrazó y tiró de él hasta caer de espaldas sobre la cama. Gruñó molesto e intentó zafarse sin conseguirlo. Lee era grande, activo y mucho más fuerte de lo que parecía bajo la bata de enfermero. Mucho más. Y no podía negar que fue interesante acariciar su cuerpo y que era capaz de excitarle.
Cuando su mano bajó hasta su ingle no tardó en endurecerse de nuevo.
—Es frustrante —protestó cubriéndose el rostro.
—No lo es —negó Lee sin detenerse. Cuando levantó las caderas aferró su testículos—. Puede que tu alma esté confusa, pero tu cuerpo necesita soltar todo lo que tienes acumulado. Ya te lo dije. Da igual que me uses. Algún día dejarás de usarme para necesitarme.
Gaara lo dudaba. Dudaba de todo. De la vida que llevaba hasta ahora. De quién era. De por qué dejaba a ese hombre jugar con su cuerpo mientras su alma igualmente volaba a los abrazos imaginarios de otra persona.
Y eso le frustraba. Más que un orgasmo vacío.
Lee era encantador, a parte de una máquina en la cama. No quería reunirse con él solo para follar. Se tomaba su tiempo en cortejarle. Una comida, un cine, quizás un café. Tenía conversaciones triviales y escandalosas y aceptaba sus silencios con cierta calma.
—Lee —nombró atrapando las almohadas entre sus dedos cuando levantó sus caderas hacia él—. No te enamores de mí.
Lee soltó una risita y mordió su espalda. Su sexo acariciando su trasero.
—Demasiado tarde, Gaara. Demasiado tarde.
Gaara palideció pero su cuerpo le traicionó cuando lo sintió entrar en él. Poderoso, arrasando con todos sus pensamientos y dejándole la mente en blanco.
Sin embargo, esa vez, su boca sí nombró a otro.
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Naruto estaba de pie, en el centro de la sala, con las piernas separadas y las manos en la cintura mientras miraba los historiales con el ceño fruncido. Konohamaru estaba a su espalda, apoyado contra la pared y sosteniendo un vaso de café entre sus dedos.
—Si no hubiera tanto desorden sería más fácil para mí seguir las pistas —protestó.
—Lo siento, Hinata siempre está trasteando con ellos y lo tiene colocado a su modo. Para otros parece desordenado, pero ella lo necesita así.
Naruto se rascó la nuca y le miró.
—No quiero ser grosero, pero ahora mismo esto me parece una putada. Mi hijo también necesita encontrar a su madre y esto me atrasa.
Konohamaru suspiró.
—Lo sé. También he recibido muchas quejas de las enfermeras. La única que no se queja es Moegi, pero hasta ella está harta. Lo entiendo. Pero ella lo necesita.
Naruto se cruzó de brazos.
—¿Hinata no es de una casa de ricos?
—Del clan Hyûga, sí —respondió—. Y sé qué vas a preguntar: ¿Cómo una niña de tan buena cuna ha perdido su hijo? ¿Verdad?
Naruto apretó los labios. Recordaba lo que Sakura le contó de la mujer, la trágica historia tras todo.
—No —negó—. He aprendido que hay detrás más cosas de las que parece, así que puede que sea una mujer que sufrió un robo al igual que muchas. O le dijeran que murió. No lo sé. Es sólo que pensaba que las mujeres como ella siempre tenían guardianes encima. Como el tipo de la playa —recordó gruñendo una palabrota.
—La vida de Hinata es mucho más complicada de lo que parece a simple vista, Naruto —explicó Konohamaru—. Y es triste que sea así porque es una mujer maravillosa. Por eso la quiero tanto. Y creo que se merece intentar encontrar paz en su vida, aunque ponga patas arriba una habitación que más tarde se puede arreglar. Ella necesita encontrar esa parte que le quitaron.
—Mi hijo también —recalcó.
Konohamaru volvió a suspirar.
—Tengo una idea —dijo repentinamente—. Hinata ha leído más historiales que tú de los que hay aquí. Los tiene ordenados para ella. ¿Por qué no trabajáis juntos? Igual podréis ayudaros mutuamente.
Naruto se golpeó la palma con el puño, emocionado.
—¡Oye, es buena idea! —exclamó—. ¿Le importará?
—No creo que le importe —negó dando un trago al café—. Y así no estaré tan preocupado de que esté aquí sola, hundiéndose en recuerdos, sin comer o perdiendo horas de sueño.
El recuerdo de Hinata rememoró su encuentro entre esas paredes. El golpe, la cercanía y la desilusión de que pasara algo que hacía mucho tiempo que extinguió. Se preguntó si estaría bien del todo que aceptara la proposición pero la cara ilusionada de Boruto se repetía una y otra vez, aumentando su esfuerzo.
—Entonces, por favor, me gustaría trabajar con ella, ttebayo —aceptó.
—Le enviaré un mensaje —informó Konohamaru sacando su móvil y tecleando. Poco después le miró—. Ella estará aquí sobre las tres de la tarde. ¿Te viene bien?
—Sí, he pedido un permiso para esto, así que no hay problema —aceptó—. Iré a comer algo —dijo tras mirar el reloj—. No queda mucho, pero no puedo trabajar con el estómago vacío o Gaara me regañará de nuevo.
—Que aproveche entonces.
Se despidió de él para dirigirse a la cafetería. Nada más pedir su comida y cargar su bandeja para buscar un sitio, un hombre levantó la mano hacia él, invitándolo a acercarse. Lo hizo, agradeciendo el ofrecimiento, hasta que lo reconoció.
—¿No eres el enfermero que trató a mi hijo?
—Sí, sí —afirmó ofreciéndole la mano con una energía que superaba a la suya—. ¡Rock Lee! Ese es mi nombre. ¿Cómo se encuentra Boruto?
—Mucho mejor. Ha sanado y en casa vuelve a ser un huracán —respondió mientras intentaba hacer memoria—. Gracias por su trabajo.
—No tiene que dármelas. Me gusta trabajar con niños. Es la juventud del mañana —animó levantando el pulgar—. Y tu hijo me hizo un favor.
Naruto metió su tenedor entre los espaguetis para mirarle después.
—¿Un favor? —se interesó.
Lee inclinó la cabeza. Tenía ese corte tazón, esas gruesas cejas y una sonrisa fina y estirada en los labios.
—Me dio el número del hombre con el que vives.
Se tomó su tiempo en comer algo de su comida. Lee esperó también, observándole con detenimiento.
—Tu eres el Lee. El de los mensajes.
—Sí —confirmó—. No me respondió al principio. Solo monosílabos. Costó hacerlo. Pensé que sería inútil, hasta que finalmente me aceptó una cita. Dijo que tú le habías alentado a ir.
—Sí —reconoció—. Creo que tiene derecho a ser feliz.
Lee apretó un trozo de pan entre sus dedos, masajeándolo.
—¿Realmente lo crees?
—Claro que sí —aceptó incrédulo por la pregunta—. Gaara lleva mucho tiempo conmigo. A mis espaldas. No recuerdo un sólo día en que trajera a alguien a casa, que pasara la noche fuera o simplemente chatea con alguien como está haciendo contigo.
—¿Nunca te has preguntado por qué?
Detuvo el tenedor a su boca para mirar la comida. Luego al enfermero. Lee hablaba en serio. Pese a que soltó un gruñido irónico.
—No puedes ser tan ignorante.
—No lo soy —respondió molesto—. Gaara es…
—Es gay y está enamorado de ti de toda la vida. Ha estado atado a ti porque no podía ver otra cosa. Porque tenía esperanzas. Especialmente, cuando dejaste de interesarte en mujeres. Lo has utilizado. No. Has utilizado sus sentimientos.
Se puso en pie como un resorte. La gente comenzó a mirarle y cuchichear pero él solo sentía que le pitaron los oídos.
—Yo no he…
—Lo has hecho. Indiferente o no. Lo hiciste. Has abusado de la buena fe de Gaara en tu convenio. Fingiendo cuando estabas interesado en ser gay, pero siempre darle la espalda. ¿Qué tipo de agradecimiento le dabas? ¿Un abrazo, un seco gracias? ¿Cuándo te has disculpado con él por todo eso?
—Suficiente —siseó recogiendo sus cosas.
Lee se levantó.
—Me gusta. De verdad me gusta —le dijo—. Dámelo.
—Gaara no es una posesión —objetó sorprendido.
Lee asintió y avanzó hasta su altura. Era alto también y más musculado.
—Entonces, suéltale. Dile las cosas claras, rompe su corazón. De curarle ya me encargo yo.
Naruto se alejó, con la cabeza a punto de explotar.
Gaara siempre estuvo con él. Quería que fuera feliz, por supuesto, pero no a coste de una mentira. Y él había mentido, metido en su propio mundo y obviando ciertas cosas de Gaara.
No necesitaba que Lee le dijera esas palabras. Ya lo sabía.
Sacó su móvil y llamó. Gaara no tardó en responderle. Tenía la voz ronca y agotada, como si acabara de despertarse.
—Gaara. ¿Estás bien?
—¿Eh? Sí, estoy bien. Solo que… me he dormido —respondió carraspeando—. ¿Ocurre algo? ¿Has descubierto algo?
—No, todavía no. Ahora en nada me reuniré con Hinata. La chica de la playa —explicó—. Y me ayudará a comprender mejor los archivos. Porque los ha colocado a su apaño, complicándome la búsqueda.
—¿Por qué le permiten eso? —preguntó—. Eso complica la situación para los demás.
—Ella perdió a su hijo y también tiene favoritismo por Konohamaru —respondió frotándose el ceño—. No importa, Gaara. Espero que me ayude ahora y tengo posibilidad de cercar más la búsqueda.
—Sí, pero…
—No te he llamado para eso —interrumpió antes de que la conversación continuara sobre él.
—¿No? —La voz de Gaara sonaba sorprendida—. ¿De qué entonces?
Naruto se apoyó contra la pared, alejado de la muchedumbre de la cafetería.
—Gaara —empezó—. He conocido a Lee.
El silencio fue toda la respuesta que necesitó.
—Te mereces ser feliz, Gaara. Yo no puedo… sabes que yo…
—Naruto —cortó—. Ahora no. Así no.
Cerró la boca, buscando a su alrededor una salida. ¿Cómo podía hacer eso sin herirle? ¿Sin reconocer que fue cruel y malvado?
—Me aproveché de ti, Gaara —susurró—. Lo hice…
—Y yo lo permití —interrumpió él—. Dos no quieren algo si uno no cede.
—Gaara…
—Como he dicho; no es el modo. Hablaremos luego en casa… Por favor, Naruto.
Se lamió los labios, tomándose su tiempo.
—Nos vemos en casa.
Gaara fue el que colgó. Naruto se quedó en ascuas. ¿Cuál era el camino a escoger? Le debía tanto a Gaara que no sabía ni cómo hacerlo.
Se fijó en el reloj de la pared. Grande, con las oscuras agujas moviéndose. El tiempo no se detenía.
Recordó la cita con Hinata y decidió ir paso a paso. Quería mucho a Gaara, le estaba muy agradecido, pero su hijo iba primero. Hasta que él.
Bajó hasta la habitación, mostrando la tarjeta de visitas a la enfermera del mostrador, que no le dijo nada. Hinata ya estaba allí, sentada en una de las sillas masticando un trozo de manzana en pequeños bocados. Al escuchar la puerta levantó los ojos y también, su trasero de la silla.
—¡Ah, usted! Siento mucho lo de ayer —se disculpó de nuevo.
—No tiene importancia —negó acercándose más—. ¿Konohamaru te ha dicho algo?
—Sí —reconoció sonrojándose—. Siento mucho que por mi causa se le complique la búsqueda. Nunca deseé que otra persona tuviera que buscar en estos historiales y estaba tan concentrada en lo mío que no pensé en cómo afectaría a otras personas. Lo siento mucho.
—Mientras puedas ayudarme a encontrar lo que busco en tu descontrol, no creo que sea el fin del mundo —descartó—. ¿Podrás? Aunque eso quizás te quite algo de tiempo de buscar.
Hinata miró las carpetas con cierta tristeza.
—No pasa nada —dijo—. He mirado estas carpetas tres veces ya. Cada una. Sin encontrar lo que busco. Pienso que se escapa de mis manos y no sé cómo puedo…
Se interrumpió con su propia mano, nerviosa, tomando aire para mirarle con los ojos brillantes.
—Le ayudaré —prometió—. Quizás usted tenga más suerte que yo en este periplo. Me alegraría mucho que así fuera.
Asintió tomando una de las carpetas.
—Es el primer hospital donde busco —explicó—. Si ha mirado ya tres veces en este lugar. ¿Por qué no va a otro hospital?
Hinata parpadeó, confundida. Su boca se tensó en una fina línea blanquecina.
—Porque fue aquí donde me quitaron a mi bebé.
Le costó tragar. De la impresión, del dolor que mostraba en su rostro, en sus ojos. En cómo le temblaban las manos. En cómo miraba alrededor en busca de una ayuda que no llegaba.
—Yo… quiero encontrarlo. Sé lo que dicen a mis espaldas, lo sé de sobra… pero no puedo dejar de buscar. Me dijeron que mi hijo estaba muerto pero jamás me lo dejaron ver… Jamás.
—Quizás fuera un protocolo…
Aunque conociendo la historia oculta de ese hospital lo dudaba.
—No, no lo es —negó ella sentándose por necesidad—. El hospital, ahora, y en otros centros también, suelen preguntar a la madre si quiere verlo. Si aceptas, te lo muestran. Aunque duela. Yo… —osciló la cabeza negativamente—. Perdón. Acabo de conocerle y estoy contándole mis problemas cuando usted mismo tiene los suyos.
Se limpió las mejillas con las manos y tomó aire.
—Dígame qué quiere buscar.
Naruto habría querido ofrecerle su hombro, demostrar que podía contarle lo que ocurrió de necesitarlo. Pero Boruto era más importante. Siempre.
—Creo que la madre de mi hijo pertenece a un clan. Sus rasgos son semejantes y tras que una amiga visitara a una enfermera que trabajaba aquí, descubrí que era una mujer rica. Así que puedo descartar a ciertas personas.
Hinata le miraba ansiosa.
—¿Una enfermera que trabajó aquí? —preguntó llevándose la mano al corazón—. Por favor. ¿Dónde puedo…?
—Ha muerto —interrumpió antes de que preguntase más—. Se ha suicidado. Justo el día siguiente de que mi amiga la visitara. Las demás personas cercanas al caso también lo están.
—Sí, pregunté en su momento, pero no me dijeron nada de una enfermera que… Oh —comprendió—. Tiene contactos en algún alto cargo…
—¿Usted no? —preguntó sorprendido.
Ella negó.
—Sólo tengo a Konohamaru —respondió escondiendo un mechón tras su oreja. Su boca se extendió en una adorable sonrisa—. Es increíble. Me mima muchísimo y se lo agradezco. Es la única salvación que tengo ahora mismo. ¿No tiene a alguien así?
La imagen de Gaara le vino a la mente.
—Sí… y he abusado mucho de él. Egoístamente. No es la misma situación, claro —aclaró antes de que mal pensara—. Desconozco lo que os une en realidad a ti y Konohamaru, pero él es un buen chico. Mi samaritano también es un buen hombre, pero… yo no. Me apoyé en él para cubrir un defecto mío para con el mundo.
Hinata se levantó y se acercó hasta posar una mano sobre su hombro.
—No sé qué podría decirle.
—No necesita decirme nada —dijo aferrando su mano—. Si no, ayudarme a encontrar la mujer que perdió mi hijo.
Ella asintió y caminó hasta una de las estanterías.
—Si quiere archivos de clanes y con ello, mujeres ricas que creyeran perder a su bebé, todo este lado de esta estantería —explicó. Caminó hasta otra de las estanterías—. Aquí están las madres adineradas pero que no pertenecen a un clan. En cuanto a tema de muertes, lo siento, están un poco mezclados. Imagino que usted no necesitará los ejemplares de bebés perdidos o abandonados.
—En realidad, no quiero descartarlos —sopesó—. Mi hijo fue secuestrado para ser entregado a otra familia. Pero fue descartado y…
apretó los puños al recordarlo. Ella le miró comprensiva.
—Me alegra saber que quien estaba tras eso fue capturado —reconoció—. Pero no puedo evitar sentirme mal al pensar que me habría gustado que fuera mucho antes que mi hijo.
—Lo siento —se disculpó. Detuvo la mano que levantó tentado a tocarla. No quería volver a experimentar aquella sensación, que se le nublara la mente y recordara que era en realidad un ser sexual.
Hinata se volvió hacia él, ajena a sus pensamientos.
—¿Por qué quiere usted encontrar a su madre? Ah, quizás es demasiado grosero de mi parte preguntarlo.
—No, está bien —negó tomando algunas de las carpetas indicadas por ella—. Mi hijo, Boruto. Lo he criado durante muchos años sin saber que realmente era mío. Dio la casualidad de que el destino ha querido que fuera así.
—El destino es… sorprendente —murmuró ella sentándose junto a él en la mesa—. ¿No se parece a usted?
—Muchísimo —confirmó abriendo una de las carpetas—. A veces pienso que estoy ciego y que tienen razón mis amigos al pensar que no pienso demasiado en las cosas o que soy un despistado. Hace poco le operaron de anginas y descubrimos que es mío. Recordé cómo llegó a mí y… atando cabos comprendí que su madre realmente no quería perderle. O quiero creer eso —confesó apretando las manos contra el papel—. Mi hijo quiere conocer a su madre y me gustaría saber qué pasó. Creo que él se merece la verdad.
Ella asintió.
—Me gustaría pensar que ella lo quería... —susurró—. Sé que es demasiado bonito pensar que no hay madres que abandonan a sus hijos, que los tiran por el retrete, abandonan en un contenedor… lo sé. Pero… como madre que perdió a su hijo, deseo con todas mis fuerzas creer que… eso es mejor que abandonarlo. No sé cómo pueden tener la sangre fría de hacerlo.
—Todo. Las mismas cosas. Es horrible. Inhumano —corrigió—. Apartar a un hijo de su madre es cruel. Ser abandonado por tu madre…
Cerró los ojos, suspirando para calmar su furia. Ella le apretó la mano.
—Lo siento… Esto es doloroso.
—Lo es —reconoció mirándola directamente a los ojos—. Pero mi dolor comparado al suyo… es minúsculo.
Hinata bajó la mirada, lamiéndose los labios.
—Yo… lo hice en contra de toda mi familia.
—¿Perdón? —preguntó.
—Mi hijo.
—Oh —comprendió—. ¿Y su padre?
—No tiene padre.
No supo qué decir. Ella se echó hacia atrás.
—Yo… quería escapar de mi familia. Dejar de seguir siendo controlada y… bueno, ya vio a mi madre y mi primo.
—Sí —recordó.
—Me asfixiaba. Nada de lo que me rodeaba me hacía sentir ser yo o que era mío. Que me lo había ganado con mi pulso. Decidí que podía ser madre. Me quedé embarazada. Mi madre intentó evitar que lo tuviera. Que abortara. Quiso casarme en contra de mi voluntad. Pero oculté mi vientre hasta que llegó al punto de ser imposible de… ya sabe.
—Abortar legalmente —comprendió.
—Sí. Cada mes que pasaba, cada ecografía. Cada sonido de su corazón. Lo amaba. Cada vez más…
Sus manos temblaron mientras hablaba. Sus hombros. Las lágrimas ya no eran capaces de retenerse en sus ojos y bailaban irregulares por sus mejillas.
—Vine al hospital sola para una revisión y me dijeron que debía quedarme. Tenía que guardar reposo porque el bebé era más grande de lo esperado. Lo hice. Sufrí cuatro horas de parto. Y después… después…
Cerró los ojos y las lágrimas resbalaron una vez más hasta la mesa.
Naruto se movió. Sin pensarlo. La silla cayó hacia atrás y sus brazos la rodearon. Hinata lloró en su pecho, tembló entre sus brazos.
—Eras muy joven y estabas sola. Te arrebataron lo único que querías. Lo comprendo. Llora hasta que la rabia salga, pero recuérdala, porque vamos a encontrar lo que te arrebataron. Lo que te quitaron a ti… y lo que le arrancaron a mi hijo.
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Konohamaru suspiró y se apartó de la puerta. Había escuchado toda la conversación. El dolor en la voz de Hinata y se le rompía el corazón de escucharla de nuevo. Recordaba la vez en que ella se lo contó. En cómo lloró hasta quedarse sin lágrimas.
Lejos de conseguir la libertad que ansiaba, seguía estancada en el mismo lugar, con peores situaciones de asfixia incluso. Él pensaba que podría ayudarla pero era poco lo que podía ofrecerle. Comprendió que necesitaba otra persona con la que hablar de lo que le ocurrió. Alguien que fuera capaz de comprenderlo y que, de alguna forma, viviera lo mismo o parecido a ella.
Apretó el puño, esperanzado.
—Por favor… que sea ya feliz.
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Naruto dejó las carpetas que había llevado consigo sobre la mesa del salón. La casa estaba a oscuras excepto su dormitorio. Boruto no estaba. Así que suponía que sólo era él. Tomó aire y decidió echar valor a la situación.
Cuando entró, Gaara estaba sentado a un lado de la cama y diversas bolsas a los pies del mueble. Con las manos colgando entre sus piernas y la cabeza inclinada.
—¿Boruto? —preguntó. Gaara ni siquiera le miró.
—En casa de los Uchiha. Dijo de ir al cine con Sarada y quedarse allí. Le he dejado ir.
Naruto asintió, más tranquilo de conocer el lugar donde su hijo estaría creando más de su caos. Se sentó junto a él.
—Gaara… —comenzó sin encontrar realmente las palabras—. Lo siento.
—No te disculpes más, Naruto —suplicó alargando la voz—. No puedo soportar más disculpas por algo que no es culpa tuya.
—Lo es. Abusé de esto durante mucho tiempo. Fingiendo no darme cuenta de la verdad y… aprovechándome de esto.
—Yo dejé que pasase —corrigió Gaara finalmente mirándole—. No me usaste. Yo realmente… me aferraba a esa pequeña esperanza. De que me vieras. Pero nunca lo hiciste. ¿Verdad? Porque no soy una mujer.
—No tiene que ver con… —negó sorprendido—. Gaara, simplemente es que yo no puedo ver mujeres ni hombres.
Hasta hacía poco. Hasta que tuvo contacto con Hinata Hyûga y cada vez conocía más de ella. Su cuerpo despertó. Su alma vibró, como si estuviera encajando en algo que dejó atrás mucho tiempo atrás.
—Simplemente nunca he podido enamorarme de ti —confesó—. Te quiero, Gaara. Te aprecio. Pero no puedo amarte. Nunca podré ha…
Gaara lo acalló. Por primera vez, en mucho tiempo, con todas las oportunidades que tuvo de hacerlo, le estaba besando. Ahora, en ese momento. Sus manos temblaban mientras le aferraban los hombros y su boca era delicada, hasta que se convirtió en humedad. Cuando se separó, vio algo que no veía desde hacía muchos años.
—Gaara… por favor no llores.
Lo estrechó entre sus brazos, besando su mejilla y queriendo absorber su dolor. Cuando estuvo más calmado, lo hizo atrás con sus manos y le miró.
—Naruto… realmente te he amado —confesó—. Mucho. Y he sufrido mucho más por mi culpa que por la tuya. No quise ver las cosas y me aferré a un romance no correspondido. No puedo más. Podía soportar que no me tocaras, que aún así regresaras por las noches a mí. Pero no puedo soportar que me estés alentado a enamorarme de otra persona. Eso es…
—Horrible, lo sé —comprendió. Miró las maletas—. ¿Dónde vas a ir? ¿Con Lee?
—Sí —asintió—. Le he llamado y me ha ofrecido un lugar mientras encuentro mi propio sitio.
—Parece un buen hombre —dijo. Posó una mano sobre su hombro—. Sin embargo, si te hiere, dímelo y le partiré las piernas. No se lo digas a Sasuke, pero eres mi chico especial. Se sentiría celoso, seguramente, de saberlo.
Gaara casi esbozó una sonrisa. Volvió a besarle, esa vez la mejilla y se marchó.
La casa quedó en silencio.
Demasiado doloroso para soportarlo.
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Hinata se sentó junto al seto del jardín. Tras años de búsqueda comprendió que ese era un lugar muy acorde a ella de todo el hospital. Alejado de las enfermeras y de la gente que entraba y salía. Solo Konohamaru solía saber dónde encontrarla en el hospital y solían ser cuatro lugares: la sala de archivos, el banco junto al seto, la cafetería o su despacho.
Nunca pensó que otra persona estuviera paseando por ese lugar, distraído. No, hasta que lo reconoció.
—¿Naruto?
El hombre dio un respingo y ella levantó las manos en son de paz.
—No voy a hacerle daño —prometió.
Él la miró y, después, soltó una carcajada. Hinata no supo si se había vuelto o sufría del mismo problema que todos los hombres creyendo que las mujeres no eran capaces de hacerles nada.
—Perdona —se disculpó él—. Es sólo que… estaba pensando que necesitaba hablar con alguien o me iba a volver loco y has aparecido. ¿Qué haces aquí tan tarde?
—Suelo irme tarde y a veces me siento aquí, sola, mientras intento poner en orden mis pensamientos. En casa es… complicado. Así que este lugar se convirtió un poco en mi refugio. Y hay una cámara ahí —añadió señalando un punto rojo en lo más alto de la pared—. No es peligroso. Konohamaru siempre avisa de que me tengan vigilada por si acaso.
—Un hombre precavido, sí —afirmó él mirando el banco—. ¿Podemos sentarnos?
—Claro. Te cederé mi lugar secreto por un rato —concedió en broma.
—Gracias…
Se sentó, dejando las carpetas que llevaba a un lado y pasándose ambas manos por los cabellos. Hinata se sentó después.
—¿Ha ocurrido algo? —se interesó.
—Sí —respondió Naruto mirándola—. Dios, sí, ttebayo. He… terminado de abusar de la buena fe de una persona y ahora me siento… ¿Impaciente? ¿Solo? No sé cómo puedo llamar a esto. La oscuridad y el silencio del piso me… torturaban. Gaara siempre tenía todo encendido cuando llegaba a casa y ahora… da miedo.
—Comprendo… ¿Él era tu samaritano?
—Sí —confirmó—. Del que te hablé antes.
Afirmó con la cabeza para alentarlo a continuar.
—Era una persona muy importante para mí —continuó—. Y le he roto el corazón. Incluso sabiéndolo, no puedo evitar pensar que yo estoy peor que él. Justo ahora…
—No, eso no es cierto —interrumpió ella—. La gente va y viene. Se dejan, se mantienen juntos. Pero en realidad nos olvidamos que tenemos que querernos más solos que con alguien. Llegará un momento en que al volver a tu casa y verla a oscuras dejará de afectarte…
Se mordió los labios.
¿Quién era ella para darle consejos cuando continuaba junto a su cama la cuna que compró para su hijo doce años atrás? Siempre se acostaba a su lado, la zarandeaba. El día en que su madre obligó a la servidumbre a llevársela entró en caos. Fue gracias a Konohamaru que se la devolvieron. Continuaba aferrándose a esa cuna. A ese recuerdo. A ese vacío.
Naruto le dio palmaditas en la mano.
—Todos cargamos con cierta oscuridad. ¿Verdad?
—Sí… —admitió—. Pero usted tiene a su hijo. No puede permitir que le engulla. Él debe de seguir adelante y para eso, le necesita.
Hinata le devolvió el apretón para enfatizar sus palabras. No quería presionarlo ni hacerle ver que era mejor que ella, pero sí que tenía a alguien que le necesitaba.
—Siento que lo vuestro no funcione, pero su hijo es importante.
—¿Lo nuestro? —Pareció perplejo.
—Ah, sí. Konohamaru me dijo que usted era…
Él pareció comprender.
—Ah, ya… Eso.
La miró fijamente, con más intensidad de la que pensaba que alguien fuera capaz de hacerlo.
—No lo soy. Era parte de una tapadera que monté para proteger mis sentimientos y así es como atrapé a Gaara, mi samaritano, en esto. En realidad… me gustan las mujeres.
—Oh… ¡Oh! —comprendió enrojeciendo—. Perdón, tampoco es que debiera de importarme.
—No tienes que disculparte —descartó él mirando hacia el cielo—. No sé bien porqué, pero hablar contigo me tranquiliza. Es fácil contarte cosas que he acumulado durante muchos años. Sólo podía hacer esto con Gaara y ahora… sin apenas conocerte, siento que puedo contártelo todo.
Ella sonrió.
—Creo que… es porque ambos hemos sufrido y eso nos hace sentir que nos van a comprender. Yo… aparte de Konohamaru y mi hermana, no le he contado a nadie más mis problemas. Hasta hoy, contigo.
Naruto suspiró, estirándose.
—Pues me alegra poder hacerlo. No las desgracias, pero sí… el poder ver el mundo más claro después de contarlo todo.
—Sí…
Hubo un rato de silencio, hasta que ambos escucharon unos pasos no muy lejanos. Hinata miró en la dirección.
—¡Hinata!
—Oh, es Konohamaru —anunció Naruto poniéndose en pie a la par que ella.
—Sí, casi siempre volvemos juntos a casa —informó recogiendo sus cosas—. Buenas noches. Oh —se detuvo antes de alejarse, extendiendo un papel hacia él—. Cuando necesite hablar, aunque sea muy tarde, escríbeme.
Naruto cerró su mano en el papel y asintió. Luego señaló a Konohamaru con la mano levantada y ella se alejó, aceptando el brazo de Konohamaru y sonriendo.
—¿Es buena ayuda?
—Es un buen hombre, sí —afirmó—. Con muchos problemas y una vida dura. Pero ¿quién no tiene una vida dura?
Konohamaru besó su coronilla.
—Pasará, Hinata. Te lo prometo.
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Gaara levantó la cabeza al escuchar sus pasos detenerse justo frente a él. Cuando se arrodilló sintió sus manos en su mejilla. Parpadeó para enfocar mejor.
—Lo he hecho —le dijo—. He roto con todo eso.
Lee lo levantó con facilidad y lo estrechó entre sus brazos.
—Bienvenido a la libertad.
Continuará…
¿Saben? Tengo dudas si lo de GaaLee no es también algo tóxico…
