La he armado buena… Eso pasa cuando me dejan sola, si es que… Aunque este fic lleva categoría drama xD
Capítulo 10
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Debía de decirlo. Pensar en Hinata en su casa era muy diferente que antes. Boruto estaba encantado con la idea. Incluso ofreció su cama educadamente, porque ella no podía dormir con él, por supuesto.
Tenía que reconocer que por un momento se congeló por la idea. Primero: no era la primera vez que pasaba. Segundo; Boruto era la muestra de la inocencia que no poseía él.
—El sofá estaría bien —había descartado ella.
Aunque Naruto solo tuvo que mirarla una vez para notar lo emocionante que significaba para ella acompañar a Boruto en la noche. Así que no iba a negárselo.
Le entregó un pijama, cedió su ducha y advirtió a Boruto de que tenía ese tiempo para limpiar su habitación. El niño llevaba haciéndolo desde entonces.
Y él no hacía más que sentirse enjaulado con sus sentimientos. Le preocupaba que todo aquello remetiera contra Boruto de alguna forma. Y eso era algo por no que pensaba pasar. Lo sentía por Hinata, pero Boruto era mil veces más importante que ella, que su familia y cualquier otra persona. Incluso él.
—Papá.
—¿Qué? —exclamó, sorprendido por su presencia. Boruto parpadeó y le entregó un móvil—. Creo que es el de… mamá. ¿Contesto?
Naruto frunció el ceño y se acercó a él. El número llevaba por nombre un número. Sólo uno. Boruto se movió antes que él y presionó para responder. Naruto frunció el ceño y le miró acusadoramente.
—¿Perdón? —dijo entre dientes.
—¿Quién habla?
Ambos miraron el teléfono. Boruto tartamudeó, sorprendido.
—Soy… ehm, Boruto.
Naruto iba a quitarle el teléfono cuando la otra voz habló antes.
—Ah. Tú debes de ser el espermatozoide corrupto al que me hija se aferra. ¿Cómo era tu nombre?
Boruto levantó la mirada a él. Naruto aferró el móvil rápidamente para pegarlo a su oído.
—Soy el padre —resumió—. Vuelva a herir a mi hijo y…
—¿Y qué harás? ¿Por ser el dueño del espermatozoide que encajó en mi hija tengo que respetarte o tenerte miedo? Creo que no eres consciente de con quién estás hablando. Aunque, en realidad, quería hablar contigo.
Apretó los dientes. Miró hacia Boruto, quien estaba confuso y claramente, dilatando lo que le habían llamado. Abrió las puertas del balcón y salió.
—Sé perfectamente quién es usted.
—Bien. Así tengo que ahorrarme explicaciones —continuó la mujer—. Y tengo una propuesta muy elegante que hacerle. La suficiente como para que todavía quede algo de usted y de su hijo.
—Espero que sea consciente de que no voy a aceptar amenazas, señora Hyûga. Es mi hijo de quien está hablando.
—Por favor, señor Uzumaki, ahórrese los lujos que no posee en palabras. No es un hombre de gran poder. Eso ya lo sé de sobras. Ya he investigado su procedencia y niveles monetarios. Lo raro es que le hayan permitido quedarse con su hijo. Ah, no. Sé por qué. ¿Sasuke Uchiha y Sakura Uchiha?
Maldijo entre dientes.
—No negaré que la familia Uchiha posea un gran poder, pero los Haruno no. Así que será fácil hundirlos también. Por favor, no imagine castillos de arena. Le ofrezco algo, en realidad. Algo beneficioso para usted y… su prole.
—Déjeme adivinar: dinero y un vuelo para mañana.
La mujer se echó a reír.
—Eso sería digno de una película, señor Uzumaki. No, claro que no. No voy a gastar ni un solo céntimo en su hijo. Pero me gustaría que conociera el peso de poder. Sus cuentas bancarias se vaciarán. Su hijo perderá la seguridad social, el colegio… los servicios sociales se tiraran encima suya y se lo quitarán. Lo llevaran a un reformatorio y me aseguraré de que desaparezca.
Apretó el móvil con fuerza. Lo sintió crujir entre sus dedos.
—Y, desconozco su interés en mi hija, pero dado que su teléfono está con usted, imagino que las mentiras de mi hija han sido muy profesionales hasta que he descubierto la verdad. No está con Konohamaru, sino en su piso en la avenida. ¿Verdad? Es el número diez.
Entrecerró los ojos.
—Le ha puesto un…
—Sí. Sé dónde está mi hija. No exactamente el lugar cuando hay mucho más, como en el centro comercial, pero sí cuando son lugares normales. Hasta ahora he estado aceptando las mentiras o que se quedara en casa de Konohamaru. Sus mareos constantes. Le permití buscar un niño que debería de haberse quedado en las sombras.
—Negarle su derecho a ser madre… para cubrir sus errores, señora, no es lo correcto.
—No quieras darme sermones de moralidad cuando no sabes nada de mí.
—Conozco su historia —aseguró—. Lo que se empeña en ocultar. Su vergüenza. Y plantar la semilla en su hija de la tortura, no es justo.
—No me hable de justicia, señor Uzumaki. No me hable de cosas que no comprende. Deje de mirar la parte que quiere ver a su favor. Cualquier amenaza que me quiera hacer por airear mis secretos, no le servirá de nada. Llegaría usted años tarde.
—Por mi hijo soy capaz de…
—Yo también —interrumpió ella—. Hinata, con su defecto, es mi hija.
—Hinata no tiene ningún defecto.
—Sí, lo tiene. Es demasiado débil.
Soltó una carcajada.
—Discúlpeme, pero cada mujer que ha sido capaz de traer al mundo un hijo no es de considerar débil.
—Yo he traído tres al mundo —le recordó—. Fueron mis elecciones y mi deber. Hinata sólo lo hizo por despecho. Por rebeldía.
—Por soledad. Su hija lo hizo por soledad —recalcó—. Usted puede tener mucho dinero. Mucho poder. Puede tener muchos sirvientes y puede tener dos hijas maravillosas y un perro que la sigue a todos lados con la esperanza de ser algo más. Hinata estaba sola en un mundo rodeado de personas que ni siquiera la veían. Ella quería algo que la valorara, que la necesitase. Ella quería ser mejor madre que usted.
—Por supuesto —reconoció ella—. ¿En la calle? ¿Tirada bajo un puente? Hinata no tenía nada. Ni dinero ni un hogar. Ni amigos. Esa chiquillada le habría costado no solo su vida. La de su hijo también. Por suerte, el hijo desapareció primero.
—Usted lo sabía…
—No. No sabía que fueran a llevarse al bebé, que lo robaran. Fue un alivio que sucediera, eso sí. No tendría que pasar por esa vergüenza. Sin embargo, a ella le daba igual y siguió buscando. Lo que sí sabía es qué había detrás porque también investigué. Señor Uzumaki, no subestime mis capacidades, como le he dicho. Dejaré esta noche para que mi hija aproveche lo que sea que quiera descubrir, pero, mañana ha de desaparecer de su vida o cumpliré mi amenaza.
Apretó los dientes.
—Deje que mañana vaya a la prueba del vestido, señor Uzumaki. Al fin y al cabo, esa boda es lo único que limpiará su nombre y, pasar la noche en un departamento con un hombre desconocido, sólo la hundirá más.
Antes de que pudiera negarse, colgó.
Si ese móvil hubiera sido suyo lo habría tirado por el balcón.
¿Cómo podría llegar un padre a ser así? ¿Cómo podía el poder dar esas alas a las personas?
—¿Papá? —preguntó Boruto asomándose—. ¿Tenemos secador?
—Sí —confirmó adentrándose. Hinata estaba ya en el salón, con su pijama, grande y los cabellos húmedos.
—Perdón —se disculpó—, busqué por el cuarto del baño, pero no lo encontré.
—No, Gaara lo guardaba en… No importa.
Recordar a Gaara continuaba siendo una punzada de dolor. Podían haber hecho las paces, pero continuaba echándolo de menos.
Sacó el cajón del mueble de las toallas y se lo entregó. Hinata sonrió y en pequeños saltos, volvió al cuarto de baño para secarse. No podía entenderlo. Por más que la mirase, por más que intentara encontrar al demonio que veía su madre, no podía verlo.
—¿Esa mujer era… mi abuela?
Miró a su hijo con cierta cautela. ¿De qué podría servir mentirle?
—Sí.
—Entiendo. Creo que no le caeré muy bien nunca —sentenció cruzándose de brazos—. Tampoco es que ella me caiga bien. Para ella sólo soy un… ¿cómo dijo?
—Olvídalo —recomendó—. Esa mujer no conoce los límites del respeto a la vida de los demás. Nunca te acerques a ella si no estas conmigo. ¿Vale?
—Papá…
—Lo digo en serio, Boruto —dijo acercándose a él—. No quiero que te encuentres con ella. No vayas a buscarla.
—No pensaba hacerlo —aclaró el pequeño elevando las manos—. Soy malo y todo eso, pero no idiota. O no siempre.
—Ambos nos conocemos —aseguró aferrándolo del cuello con el brazo y frotando el puño de la otra mano—. ¡Y eres incontrolable!
—¡Vale, vale! —protestó él empujándolo, intentado luchar contra su fuerza. Por suerte, todavía le quedaban muchos años para poder lograrlo—. ¡Me rindo!
Una risa interrumpió su juego. Al volverse, se encontraron con Hinata que se cubrió la boca enseguida. Ambos se miraron.
—¿Crees que tendrá cosquillas? —preguntó Boruto.
—¿Y si lo compruebas? —animó.
Antes de que Hinata tuviera tiempo si quiera de preguntarse qué pasaba, Boruto saltó del sofá en el que habían caído para perseguirla. Naruto se quedó donde estaba, observándolos mientras corrían, persiguiéndose uno a otro, riéndose como si realmente no tuvieran problemas que les mordiera la nuca.
—¿Para qué se ha duchado ella entonces? —preguntó cuando los vio jadeantes y satisfechos.
—No pasa nada —aseguró ella trenzándose el cabello—. No me viene mal algo de ejercicio.
—No he notado que le hiciera falta.
Al instante, ocurrieron tres cosas. Ella; enrojeció. Boruto; guiñó los ojos y los miró de hito en hito. Y él se quedó completamente de piedra.
—Quiero decir que… bueno….
—Papá, no intentes arreglarlo —aconsejó Boruto corriendo a la cocina y regresando con dos vasos de agua—. Mejor nos vamos a dormir.
Hinata sonrió amablemente y siguió a Boruto. Antes de que entrara, Naruto llegó a ella.
—Espera, Hinata.
—¿Sí?
—Ten. Boruto contestó sin querer —explicó entregándole el móvil. Ella lo tomó con cierto temor—. Tu madre ha llamado. No trató bien a Boruto. Logré interceptarla antes, pero…
—Entiendo.
—No, no lo entiendes —negó, pero tomó aire, calmándose—. Disfruta de tu noche con Boruto.
Ella asintió, aunque reconoció las dudas en su mirada. Igualmente, él cerró la puerta y les dio la espalda.
No sabía cómo iba a salir de eso.
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Hinata no pudo dormir absolutamente nada esa noche. No le importaba. El cansancio estaba recargado por la emoción e ilusión. Dormir junto a Boruto era emocionante de muchas formas. Hablaron un poco de lo que a él le gustaba, no preguntó nada incómodo o doloroso y se mantuvo despierto hasta que el sueño ganó la batalla.
Disfrutó de observarle mientras dormía. Era un chico fuerte, delgado, pero por su hiperactividad podía suponer que gastaba muchas calorías. Su cabello rubio era más claro que el de su padre y sus pestañas, igualmente rubias y finas. Aunque sus ojos eran más claros, semejaban a los de su padre.
Dios. ¿Qué tenía de ella? Si lo hubiera visto en la calle nunca le habría conocido.
Tener que levantarse fue doloroso para ella. Significaba separarse de él, enfrentar la realidad que había dejado atrás. Aunque no iba a ser la última vez, le dolía de cierta forma.
Además, le preocupaba todavía las palabras de Naruto al despedirse esa noche. Tampoco fue muy elocuente antes de marcharse de la casa para encontrarse con Hanabi y dirigirse a la tienda de modas después de desayunar.
No entendía qué ocurría, aunque parecía haber algo que le daba mala espina.
—Estás preciosa, Hinata.
Ella elevó la mirada de los pies a su rostro. Hanabi sonreía tras ella mientras observaban el pomposo vestido. La apretaba en la cintura y resaltaba su pecho. Blanco puro. La cola pesaba a su espalda.
—Es demasiado —dijo mirándola.
—De eso nada —aseguró Hanabi—. Es un vestido de boda, tiene que ser demasiado. Y te queda espectacular.
Hinata sonrió como respuesta.
—Es pesado.
—Claro. Me gusta verlo como que llevas a tu espalda el peso de tu vida en soledad y que, al llegar al altar, la compartes con otra persona y se vuelve más liviano. Lo entenderás cuando llegue el momento.
Asintió y caminó hacia el cambiador. Hanabi la siguió para ayudarla.
—Tengo que contarte algo, Hinata.
—¿Qué ocurre? —preguntó mientras le bajaba la cremallera.
—Anoche escuché a mamá hablar. Creía que estaba sola, pero… logré escucharla —murmuró bajando la voz.
Hinata se volvió a ella, aguantando el vestido por el pecho.
—¿Anoche? Llamó a mi teléfono —explicó—. Boruto lo cogió cuando yo estaba en la ducha, así que… bueno, seguro dijo cosas crueles. Naruto intervino antes de que fuera a peor.
Hanabi negó y le entregó el sujetador y el jersey.
—Te aseguro que dijo muchas crueles. No solo una y dudo que estuviera hablando con un menor. Lo habrías notado en Boruto de ser así.
—Creo que… —Soltó aire—. Fue con Naruto. Estuvo hablando con él.
Hanabi asintió y colgó el vestido cuando ella terminó por quitárselo. Se bajó la falda y la miró aterrada.
—Dios mío. ¿Qué fue capaz de decirle? ¿Escuchaste todo?
—No. Todo no. Pero sí escuché… —Se lamió los labios, dudosa. Hinata la tomó de las manos.
—Por favor, Hanabi, tienes que decirme qué escuchaste. No te lo calles.
Asintió, preocupada.
—Yo, escuché a mamá decir que ella tuvo tres hijos.
Hinata bajó lentamente las manos. Exhaló, incrédula.
—Hinata. No es como si no lo supiéramos o sospecháramos. La devoción que siente por Neji es cada vez más clara. Pero que lo acepte como si nada frente a un extraño, y sé que puede sonar duro dado que es el padre de tu hijo, es que realmente el desespero que tiene por destruirte la hace cometer errores.
No pudo soportar un sollozo lastimero. Se sentó a duras penas en el banco y se cubrió el rostro.
—A veces me pregunto por qué nací. Si ella iba a odiarme. ¿Por qué me tuvo? No tengo la culpa de ser mujer. No tengo culpa de querer libertad y mi propia vida. ¿Por qué… tiene que hacerme tanto daño?
El llanto escapó a su control. No podía más. El peso de todo, la acumulación. Hanabi la abrazó con fuerza, acarició sus hombros.
—Resiste, Hinata. Queda poco. Pronto terminará.
—Da igual que termine pronto o no, Hanabi —descartó—. Quitarme a mi hijo ahora mismo lo que me destrozaría. Lo he encontrado y quiero quedármelo. No quiero hacer sufrir a Naruto ni ser mala, entiéndeme. Tú no los has visto juntos. Esos dos se quieren mucho… me sentí… feliz, como en casa. Verlos… fue maravilloso.
Hanabi se agachó frente a ella.
—Espera. Hinata. ¿Segura que hiciste a Boruto comprando una semilla? Porque como hablas pareciera que te interesa el padre de tu hijo.
El rubor apareció sin que fuera capaz de poner su mejor cara de póker.
—Ay, madre…. —farfulló Hanabi levantándose —. Sí, te gusta.
Se pasó las manos por los cabellos.
—Hanabi, no… —intentó disculparse.
Hanabi la ignoró.
—¿Has pensado en lo que eso causa? ¿En la boda? ¿En Konohamaru?
—No —negó levantándose—. En lo único que puedo pensar es en mi hijo. Siempre ha sido mi hijo. Lo siento, Hanabi, pero me aproveché de la amabilidad de Konohamaru para ello.
Hanabi le devolvió una mirada dolida.
—Sé cuanto amas a tu hijo, lo que te has desgastado buscándole, pero no digas eso. Ambos nos hemos esforzado por ayudarte y fuimos los primeros en alegrarnos porque finalmente sucediera. Y me muero de ganas de poder conocer a mi sobrino. Sin embargo, no renuncies ni insultes todo cuanto hemos hecho de esa forma, porque eso sería demasiado.
—No era… Lo siento —se disculpó—. Lo siento. Creo que tengo más de mamá de lo que pienso.
—Eso no es cierto —aseguró Hanabi—. Si fuera así, no te dejarías pisotear como haces ni tendrías este miedo que sientes. ¿Por qué no hablas con el padre de tu hijo? A ver qué sucedió. Que te aclare esa conversación.
Ella dudó.
—¿Crees que lo hará?
—No lo sé, hermana —concedió Hanabi—, yo no le conozco tan bien como tú.
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Naruto agachó la cabeza, completamente hundido. Sasuke cambió de postura en la silla y se quitó las gafas.
—Lo siento, Naruto, no voy a mentirte. Si esa mujer realmente lleva a cabo sus amenazas, dudo que puedas defenderte. Estarías sin fondos, sin un techo, sin poder mantener la escolaridad y, así, perderías a Boruto sin lugar a dudas. Todos los esfuerzos que hicimos para que lo conservaras se perderían.
—¡Mierda! —maldijo—. Creía que se podría hacer algo. ¿Cómo puede amenazarme así y dejarlo como si nada? ¿No hay forma de devolvérsela?
—Con la poca cartera que posees, no. Perderías sin duda. No subestimes el poder monetario y de redes de los Hyûga. Las amenazas no son en vano. Y has de pensar que hundirte no sería sólo a ti. Tu compañía caería en picado y habría despidos masivos. No olvides que tienes las vidas de otras personas bajo tu cuidado.
—¡Lo sé! —exclamó—. Pero Boruto… —Apretó los puños—. Si fuera por Sarada tú harías cualquier cosa, Sasuke. Si quisieran quitártela. Aunque eso significara perder todo esto. ¿Verdad?
Sasuke se apoyó en los codos mientras miraba la fotografía de su familia sobre el escritorio entre ellos.
—Por suerte para mí, mi hija no lleva consigo una madre problemática.
—No culpes a Hinata de esto —advirtió.
—No lo hago —tranquilizó Sasuke—. Sólo reafirmo la realidad. Hinata quizás no es el problema, lo que trae detrás sí. Y has tenido un pequeño mordisco de advertencia. No tardará en convertirse en una realidad si permites que Hinata siga viendo al niño mientras la madre no quiera.
—No es justo, Sasuke —protestó—. Mi hijo ha conocido a una madre que deseaba conocer por encima de todo. Tú no viste su cara cuando me lo pedía. Ni viste cómo se miraban cuando se conocieron. Sakura puede confirmártelo. Ella estaba allí.
—Ya lo sé. Sakura me lo contó. Y no digo que no te emocione, pero cumplir ese deseo te hará perder a tu hijo. Es una maldita balanza en la que has de elegir. O tu hijo, o su madre.
—No puedo hacer eso…
—¿No puedes? —cuestionó elevando las cejas—. No conoces lo suficiente a Hinata.
—Puede que no, sí, pero sé cómo se siente ella. Sé lo que es vivir con miedo de perder algo que atesoras. Y Hinata acaba de recuperarlo. Le quitaron muchas cosas de su vida con Boruto. Cosas que Gaara y yo disfrutamos.
—¿Te has planteado como habrían ido las cosas de tenerlo Hinata? La vida que tendría Boruto. Si esa mujer ha llegado a amenazarte de esa forma: ¿Qué habría sucedido con ellos?
—Hinata pensaba marcharse y vivir por ella con su hijo. Pero… su madre me recordó ayer lo mal que estaría para ella. Sin apoyo monetario, sin hogar, con un hijo recién nacido. No iba a apoyarla en nada. Incluso parecía capaz de evitar que mejorase si alguien la quería ayudar. Me dieron arcadas.
—Bueno, los padres espartanos han existido desde siempre.
—¡Deja de ser tan condescendiente!
—No estoy siéndolo —descartó Sasuke—. Lo que te estoy demostrando es que esa mujer no tiene ni misericordia por un recién nacido.
—Ya te he contado lo que sabemos de ella. ¿No podríamos usarlo?
—No. ¿Crees que ella no ha ido preparando el terreno? Puede con su vergüenza porque castiga a otra persona y porque ya ha allanado el terreno. Presentar a su hijo por ahí no la avergüenza porque, dio un heredero sanguíneo. Los clanes antiguos son una mierda.
—No hace falta que me lo recuerdes —protestó—. Porque ahora mi hijo está inmerso en ello.
—Pues sácalo.
—Sasuke….
—No. Sé realista, Naruto. Tienes que escoger. O tu hijo o su madre. Y todavía estás a tiempo.
Sasuke se puso en pie mientras él lo seguía con la mirada.
—¿A qué te refieres?
Lo vio tomar algunas carpetas con documentos. Le miró y frunció el ceño.
—Porque hasta ahora nunca te habías interesado tanto en una mujer o complicándote la vida por una y tu hijo. Hace poco te habría dado igual y habrías arrasado cualquier problema por tu hija. Aunque eso conllevara romperle el corazón a otra persona.
—Sasuke, romperle el corazón a Hinata significa romperle el corazón a Boruto. Es un trasto y puede creerse adulto, pero no es así. Sigue siendo un niño. ¡Un niño que acaba de recuperar a su madre!
Sasuke asintió lentamente.
—¿Y es mejor que pierda a su padre y madre a la vez por eso, que se quede en la calle, termine en un orfanato o adoptado por otra familia que no sabrás ni cómo se comportarán con él? No es fácil lo que quieres hacer.
—Por eso estoy entre la espalda y la pared. Recurrí a ti por eso y… sigo en esa mierda de carretera que no tiene ni un solo desvío o una gasolinera en el camino.
—¿Te has vuelto filósofo? Qué sorpresa.
—Ahórrate tu sarcasmo, diablos. Me tomo muy en serio a mi hijo.
—No —negó Sasuke firmemente—. Si te lo tomaras en serio, estarías hablando ya con su madre y pidiéndole que no se acercara a tu hijo.
Se puso en pie lentamente. Se detuvo a su lado, con la boca tirante.
—Tú te desharías de Sakura por Sarada. ¿Verdad?
—Sí —respondió rápidamente—. Sarada siempre estará por encima de Sakura. Siempre. Y aunque te parezca una mierda, hay muchas madres y padres en este mierda de mundo que darían todo por sus hijos. Todo. Y si la balanza va hacia el lado en que pueden perderlos… bueno, no creo que tenga que darte una respuesta a eso.
—Y también están los padres que no sirven para serlo —recordó apretando los puños una vez más—. Lo comprendo, pero…
—No quieres aceptarlo —interrumpió Sasuke frunciendo el cejo—. Mierda. Ya es tarde. Te has enganchado de esa mujer. Después de tiempo sin nada, ahora, repentinamente.
—Es la madre de mi hijo.
—¿Y por eso has de amarla? —inquirió—. Dios, ni siquiera te acostaste con ella para engendrar a Boruto.
—No hablaba de… ¿Por qué siempre tienes que ser tan literal con todo? —protestó—. Además, qué importancia tiene. ¿Es un problema si la amo?
—Lo es —aseguró Sasuke—. Ella no va a poder salvarte de perder a Boruto. Los sentimientos te cegarán.
Rechinó los dientes. La furia sólo nublaba su mente. Y no los sentimientos que pudiera tener hacia Hinata.
—Eso no importa. Si la amo o no, no importa.
—¿Por qué?
—Va a casarse.
Relajó los hombros y caminó hacia la puerta.
—Si no hay una solución clara, habrá que escarbar en la arena hasta encontrarla. Mis sentimientos, aunque sean escasos, no nublaran mi juicio. Pero me he equivocado en algo: no tenía que venir contigo. Tenía que hablar con Hinata desde el principio.
—En eso estamos de acuerdo.
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—Muchas gracias por recibirme.
Naruto asintió con la cabeza y se hizo a un lado para dejarla pasar. Hinata caminó hasta el centro del despacho, se sentó y observó la estancia para intentar calmar sus nervios. La conversación con Hanabi no había ayudado más que a darse cuenta de que su madre era capaz de aterrorizarla siempre.
—Igualmente, yo iba a llamarte para poder hablar. Pero el trabajo me atrapó.
Hinata le miró. Estaba diferente. No parecía el mismo hombre sentado a su lado en un coche comiéndose hamburguesas y viendo una película. O el mismo que se reía a carcajadas mientras le hacía cosquillas a su hijo. La relajación de Naruto era increíble. Su aspecto como jefe, también.
Y de cierta manera, le daba miedo.
Se apretó las manos, preocupada, mientras él caminó hacia el otro sofá, se abrió la chaqueta y se sentó. Sus manos, grandes y delgadas, pasaron por sus rubios cabellos.
—¿Puedo hablar primero? —cuestionó.
Él la miró sorprendido, pero asintió.
—Por favor.
Ella le imitó y acomodó su posición.
—Creo que anoche quisiste decirme algo y no fui capaz de comprenderlo. Luego he comprendido un poco mejor que, cuando me dijiste que mi madre le había dicho cosas malas a Boruto, no implicaba sólo a él. ¿Verdad?
—No.
La sinceridad en su voz la asustó.
—Yo… ¿Puedo saber de qué hablaron? Sé que suena a egoísta, pero…
—En realidad, yo quería hablar contigo de esa conversación. Tu madre fue mi clara y, sinceramente, no voy a dar rodeos. No, cuando se trata de mi hijo.
Se puso en pie y comenzó a dar vueltas por la habitación. Hinata rumió sus palabras, comprendiéndolo.
—Te amenazó con hacerle algo a Boruto.
—Algo peor. O una mezcla de ello —murmuró nervioso. Hinata se levantó para poder seguirle—. Hinata. He de aclarar algo antes. Puede que sea muy estúpido que pasen estas cosas, pero igualmente necesito poner todo en claro. ¿Puedes escucharme?
—Eso estoy haciendo —aseguró. Le puso una mano en el hombro pero él se apartó.
—Mira, reconozco que todo esto implica muchos sentimientos de por medio. Y uno de ellos es algo que yo apagué hacía mucho tiempo, cuando ocurrió lo que llevaría al nacimiento de Boruto. He estado cerrando mi corazón a todas las mujeres que he conocido. Utilizando a Gaara para escudarme en una relación que no existía. Hasta que te encontré.
Clavó la mirada en ella. Se estremeció por completo.
—Me hiciste sentir como un hombre de nuevo. Un hombre con deseos.
Le dio la espalda, como si necesitara tiempo para sopesar sus palabras. Ella lo agradecía, porque sentía que el corazón iba a salirse de su pecho.
—Sasuke me recordó eso cuando he hablado con él antes. Que nublabas mi mente por mis deseos. Y reconozco que de mantenerlos apagado a despertarse fuertemente me confunden. Igualmente, no sé qué nombre puedo ponerles. ¿Amor? ¿Empatía? ¿Deseos?
—Yo…
Él se volvió. Su gesto había cambiado. Más serio, más firme. Más lejano.
—Tu madre me ha recordado cosas que obvié y la verdad, me ha puesto tras las cuerdas. Provoca que tome una decisión y necesito tomarla.
—Por favor —detuvo—. Necesito que me explique qué le dijo.
Él asintió. Metió las manos en los bolsillos y caminó hacia el escritorio.
—Me dijo que me quitaría a Boruto. Destruiría todo por cuanto he luchado y me he esforzado y pensé que eso no era tan malo. Me imaginé en la calle y no me importó. Sin embargo, la idea de alejarme de Boruto me destruye. Te lo dije, creo, cuando acepté que te acercaras a él. Casi te rogué porque no me lo quitaras.
—¡Y no quiero eso! —aseguró—. Mi madre siempre actúa por su cuenta, impone a los demás por su vergüenza y me usa de excusa. Y…
—Si lo cumple, me quitará a Boruto. Y sé de buena tinta que tu madre cumple lo que promete.
—Y la condición para no hacerlo…
—Es que tú no te acerques a Boruto.
Soltó aire y cerró los ojos. ¿A alguien podría dolerle tanto el corazón con solo unas palabras? ¿Era posible destrozarle el alma en vida?
Buscó a tientas el sofá. Ni siquiera cuando estuvo sentada pareciera que el aire regresaba a ella.
—Boruto es…
—Tú hijo es tanto tuyo como mío. Pero Hinata, tú no tienes recursos. ¿O me vas a decir que tienes una cuenta bancaria en algún lugar que te permita mantener a Boruto? Tu cuenta reside en las ganancias del clan Hyûga.
—Sí —murmuró avergonzada—. Intenté abrir cuentas a mi nombre, pero me las cancelaban. En diferentes bancos. Mi madre se ha asegurado que no tenga nada. Es cierto.
—Si tu madre me cierra las cuentas y hunde la compañía, yo no tendré nada con qué defender a mi hijo. Boruto sería llevado por los servicios sociales en ese mismo instante. Tú conoces el poder tras tu apellido. Creo que no tengo que resumirte nada más de su crueldad. Aunque me intriga cómo hiciste para conseguir el dinero para la muestra. Y si me lo has explicado, perdona, no lo recuerdo.
—Olvida eso, por favor —suplicó acercándose al escritorio—. Me estás pidiendo que me aleje de Boruto.
Naruto tragó e inclinó la cabeza. Cuando la elevó, la miraba firmemente.
—Sí. Haré todo lo que pueda por Boruto y tú realmente no tienes poder para evitarlo. Tu madre lo tiene para enviarlo al reformatorio. Si tengo que elegir entre ustedes tres, siempre será mi hijo.
Le vio cerrar el puño sobre la mesa. El dolor se acomodaba sobre ella, en su corazón exactamente. El mismo dolor se mostraba en sus ojos. Entendía, entonces, que el mismo dolor que la estrangulaba a ella lo hacía en Naruto.
Apretó los labios para intentar retener el llanto.
Naruto siseó entre dientes, cubriéndose los ojos con la mano.
—Y deja de llorar —murmuró—. Márchate.
Parpadeó, sorprendida. Retrocedió lentamente hacia la puerta y no estaba segura del todo, pero logró captar unas últimas palabras.
Porque no seré capaz de controlarme…
Pero cuando le miró, Naruto estaba ya de espaldas a ella y el reflejo de la ventana le devolvía el gesto más helado que podría haberle visto nunca.
Salió al exterior y el aire frío le acarició las mejillas y secó las lágrimas.
Todo aquello no era ni culpa de Naruto ni culpa de ella y menos de Boruto. Sólo había una persona culpable de todo aquello.
Quizás fue la furia en ese momento que la llevó a tal comportamiento. Lo que llevaba callando durante años, el hecho de haber tenido en sus manos a su hijo. No podría nunca responder qué fue.
—Vaya. Al fin has vuelto a casa.
Sí. Su madre era la causante. La que creaba todo el caos, la que llevaba atando su vida como si fueran lazos oscuros alrededor de su cuerpo. Lazos que se convertían en cadenas.
Y, sin embargo, su madre estaba con toda tranquilidad en la mesa, delante de un plato de carne y revisando el periódico. Como si no acabara de volver a quitarle su hijo. Apretó los puños a medida que se acercaba. Su primo se levantó por educación, pero ella le puso la mano en el hombro y lo sentó.
Nunca se había detenido a pensar si era fuerte, si sería capaz de defenderse de un ataque. Tampoco de que fuera capaz de hacer lo que hizo.
Cogió le cuchillo de la mesa y lo clavó sobre la carne de su madre, quien elevó las cejas y la mirada hacia ella.
—¿Qué estás haciendo?
—Sí en algún momento de tu vida me has amado, has amado a Hanabi o a Neji.
La pronunciación del nombre de su medio hermano aterró a su madre. Empezaba a ponerse en pie, pero ella la sentó del mismo modo que hiciera con su hermano.
—Sí alguna vez realmente has sido madre, cosa que dudo muchísimo, deberías de entender el daño que acabas de hacerme. Me dolería mil veces menos que me cortaras las venas o me arrancaras las muelas en vivo, madre. Esto era lo último que vas a hacer en mi vida.
Retrocedió, dándole la espalda.
—No puedes hacer eso, Hinata —interrumpió su madre—, la boda va a celebrarse y tú, estarás ahí.
Se volvió para negarse, harta. Antes que tuviera tiempo de hacerlo cubrieron su boca y nariz. El cloroformo inundó su mente y relajó su cuerpo.
—E irás a ella quieras o no.
Continuará…
